LA APERTURA DEL TERCER OJO

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El Dr. Martes Lobsang Rampa fue un abad tibetano, reencarnado y reconocido y un lama médico perfectamente cualificado, con una tarea especial en su vida. No vino a este planeta (como muchos creen) para escribir libros o difundir el conocimiento oculto. Vino a esta tierra para hacer una tarea especial, la de señalar los defectos de los seres humanos en el plano astral. Querían saber porqué nosotros (los humanos) hemos vuelto a fallar (los humanos somos una especie fallida). Otras personas antes que él vinieron con el mismo propósito. Ellos fallaron pero el Dr. Rampa triunfó.

***

The Third Eye3Llegó mi cumpleaños y me dejaron todo el día libre, sin clases ni deberes religiosos. Por la mañana temprano me dijo el lama Mingyar Dondup:

«Diviértete hoy cuanto quieras, Lobsang. Al oscurecer vendremos a verte.» Lo pasé muy bien tendido al sol, sin ocuparme ni preocuparme por nada. Allá lejos lucían los tejados del Potala. Detrás de mí las aguas azules del Norbu Linga, o Parque de la Joya, me hacían desear una lancha para bogar por ellas. Al Sur un grupo de mercaderes cruzaba el Kyi Chu en el transbordador. ¡Con qué rapidez pasó el día!

Al oscurecer fui a la pequeña habitación donde me habían citado. Poco después oí el murmullo de las suaves botas de fieltro sobre el suelo de piedra y entraron en mi habitación tres lamas del más alto grado. Me pusieron en la cabeza una compresa de hierbas que sujetaron fuertemente con una venda. Allí me dejaron y ya anochecido volvieron los tres. Uno de ellos era el lama Mingyar Dondup. Me quitaron cuidadosamente la venda y la compresa y me limpiaron y secaron la frente. Un lama forzudo se sentó detrás de mí y me apretó la cabeza entre sus rodillas. El segundo lama abrió la caja y sacó un instrumento de reluciente acero, una especie de lezna, pero hueca y con la punta en forma de diminuta sierra. El lama se quedó unos minutos mirando el instrumento y luego lo pasó por la llama de una lámpara para esterilizarlo. El lama Mingyar me cogió las manos y me dijo:

—Esto es muy doloroso, Lobsang, pero sólo puede hacerse hallándose en tu pleno conocimiento. No durará mucho; de modo que procura estarte lo más quieto que puedas.

Siguieron sacando y preparando instrumentos y una colección de lociones de hierbas. Pensé: «En fin, Lobsang, de todos modos acabarán contigo antes o después. Nada puedes hacer… Como no sea estarte quieto.» El lama que tenía en la mano el instrumento de acero miró a sus compañeros y dijo:

— Empecemos ya, pues el sol acaba de ocultarse.

Aplicó el instrumento al centro de mi frente y empezó a hacer girar el mando. Al principio tuve la sensación de que me estaban pinchando con espinas. Luego me pareció que el tiempo se había detenido. A medida que los pinchos penetraban en la piel y en la carne, no sentía dolor alguno. Sólo me sobresalté cuando el acero tropezó con el hueso. El lama siguió apretando y movió el instrumento levemente para que los dientecillos de acero royeran el hueso frontal. No sentía ningún dolor agudo, sino algo semejante al dolor de cabeza corriente. No hice movimiento alguno. Estando delante de Mingyar Dondup habría preferido morir a moverme o lanzar un gemido. Aquel hombre tenía fe en mí, y yo en él. Estaba convencido de que cuanto hacía o decía era acertado. Me miraba fijamente con las facciones contraídas.

De pronto hubo un ruidito y el instrumento penetró en el hueso. Inmediatamente detuvo el lama su movimiento y sostuvo con firmeza el instrumento, mientras el lama Mingyar Dondup le pasaba una pequeñísima astilla de madera, muy limpia, que había sido tratada con hierbas y fuego para hacerla tan dura como el acero. Esta cuña, metida en el interior del instrumento fue penetrando por el agujero que me habían abierto en la cabeza. El lama-cirujano se apartó un poco para que el lama Mingyar Dondup pudiera ponerse también frente a mí. Entonces, a una señal de este último, el cirujano fue empujando aún más la cuña con infinitas precauciones. De pronto sentí una extraña sensación como si me hicieran cosquillas en el puente de la nariz; después me pareció oler sutiles aromas que no podía identificar.

También pasó esta impresión y luego me pareció que me estaban empujando o que yo empujaba contra un velo elástico. De pronto se produjo un fogonazo cegador y en aquel mismo instante el lama Mingyar Dondup dijo:

— ¡Alto!

Durante un momento sentí un dolor muy intenso que fue disminuyendo y desapareció por completo. En el momento máximo de dolor había visto como una llamarada blanca que luego fue sustituida por espirales de color y glóbulos de humo incandescente. Me quitaron con todo cuidado el instrumento de metal, pero me dejaron dentro el trocito de madera que no me quitarían hasta pasadas dos o tres semanas y hasta entonces tendría que permanecer en aquella habitación en una oscuridad casi absoluta. Nadie podría verme, excepto los tres lamas, que seguirían dándome instrucciones cada día. Hasta que me extrajesen la cuña apenas comería ni bebería. Después de vendarme la cabeza para que no se moviese la cuña, se volvió hacia mí el lama Mingyar Dondup y me dijo:

—Ya eres uno de nosotros, Lobsang. Durante toda tu vida verás a las personas como son y no como pretenden ellas ser.

Fue para mí una extraña experiencia ver a aquellos hombres como envueltos en una llama dorada. Hasta más adelante no supe que sus auras eran doradas a causa de la vida tan pura que llevaban y que las de la mayoría de la gente tenían un aspecto muy diferente. A medida que este nuevo sentido se me fue desarrollando, gracias al entrenamiento intensivo a que me sometieron los tres lamas, fui observando que hay otras emanaciones que se extienden más allá del aura más íntima.

Con el tiempo pude adivinar el estado de salud de una persona por el color e intensidad de su aura. También pude saber cuándo decían verdad o mentira, según fluctuaran las auras. Pero no sólo el cuerpo humano era el objeto de mi clarividencia. Me dieron un cristal que aún poseo y en cuyo uso he adquirido una gran práctica. Nada hay de magia en las tan conocidas bolas de cristal. Sólo son instrumentos como un microscopio o un telescopio que, gracias a las leyes naturales, nos permiten ver los objetos normalmente invisibles. Ese cristal sólo sirve de foco para el Tercer Ojo y con él se puede penetrar en el inconsciente de una persona o registrar el recuerdo de ciertos hechos. El cristal debe adaptarse al individuo que lo usa. Algunas personas trabajan mejor con un cristal de roca y otros prefieren la bola.

También los hay que usan un recipiente de agua pura o un disco negro. Lo de menos es el instrumento, ya que los principios que actúan son los mismos.

Durante la primera semana permaneció mi habitación en una oscuridad casi completa. A la semana siguiente dejaron entrar un poco de luz y la fueron aumentando cada día un poco más. El decimoséptimo día estaba la habitación completamente iluminada y vinieron los tres lamas para quitarme la cuña de madera. Fue mu y sencillo. La noche antes me habían untado la frente con una loción de hierbas. Por la mañana se presentaron los tres lamas y, como el primer día, uno de ellos me sujetó la cabeza entre las rodillas.

El cirujano agarró con unas fuertes pinzas el extremo saliente de la astilla y me la arrancó de un solo tirón. El lama Mingyar Dondup me rellenó el pequeño agujero que había quedado con una pasta de hierbas y me enseñó el trocito de madera. Se había vuelto tan negra como el ébano mientras estuvo en mi cabeza. El lama-cirujano colocó el pedacito de madera sobre un pequeño brasero junto con incienso de varias clases. Mi iniciación se completaba con aquel humo combinado que subía hacia el techo. Aquella noche sentía como un torbellino dentro de mi cabeza. ¿Cómo vería a Tzu con mi nueva facultad? ¿Cómo se me aparecerían mi padre y mi madre? Pero estas preguntas no podían tener aún respuesta.

Por la mañana volvieron los lamas y me examinaron cuidadosamente.

Dijeron que podría hacer ya la vida normal, pero que pasaría la mitad del tiempo con el lama Mingyar Dondup, que me enseñaría siguiendo un método intensivo. En las demás horas asistiría a las clases y cumpliría con los deberes religiosos, no ya con una finalidad educativa, sino para que la vida en común me equilibrase. Algo más adelante me enseñarían también por métodos hipnóticos. Por lo pronto, lo que más me interesaba era comer. Durante los últimos dieciocho días me tuvieron racionado y ahora debía recuperarme.

Cuando salía de la habitación sólo pensaba encontrar algo de comida. Se me acercó una figura envuelta en un humillo azul con brochazos de rojo vivo. Di un grito de espanto y volví a la habitación. Los demás se admiraban de mi expresión de terror.

—¡En el corredor hay un hombre envuelto en fuego! —exclamé. Y el lama Mingyar Dondup se apresuró a asomarse y volvió enseguida sonriente.

—Lobsang, no te asustes. El aura de ese hombre es de un azul humeante porque su personalidad no está aún desarrollada y los ramalazos de color rojo son los impulsos de irritación que no puede contener. De modo que puedes salir con toda tranquilidad en busca de esa comida que estás deseando.

Me encantó hallarme de nuevo entre los chicos amigos. Creía conocerlos perfectamente, pero ahora veía que no los conocía en absoluto. Me bastaba mirarlos para captar enseguida sus verdaderos pensamientos: la simpatía que algunos sentían por mí, la envidia de otros, y la indiferencia de unos cuantos. No se trataba de saberlo todo con sólo ver unos colores; tenían que enseñarme a comprender lo que significaban esos colores. Mi Guía y yo nos sentábamos en una habitación oculta desde donde podíamos ver a los que entraban por las puertas principales. Por ejemplo, me decía el lama: « esas líneas de color que vibran sobre el corazón del que entra ahora, Ese tono y esa vibración indican que padece una enfermedad del pulmón.» O bien cuando se acercaba un mercader: «Fíjate en ése. ¿Ves las franjas que se mueven en torno suyo con unos puntitos que aparecen y desaparecen intermitentemente? Cree que podrá engañar a los monjes tontos. Está pensando que ya lo ha hecho en otra ocasión. ¡A qué mezquindades desciende el hombre por dinero!»

Y cuando vimos venir a un monje anciano, me dijo el lama: «Observa a ése con toda atención, Lobsang. Es un santo varón, pero cree en la exactitud literal de nuestras Escrituras; ¿no ves que tiene descolorido el amarillo de su nimbo? Eso indica que todavía no está lo suficientemente desarrollado espiritualmente para razonar por sí mismo.» Y así me ejercitaba día tras día. Sobre todo practicaba el poder del Tercer Ojo con los enfermos, tanto los del cuerpo como los del alma. Una tarde me dijo el lama: «Tendremos que enseñarte también a cerrar el Tercer Ojo cuando quieras, pues se te hará insoportable estar contemplando a todas horas las debilidades humanas. Pero por ahora, para ejercitarte, has de tenerlo abierto todo el tiempo como los ojos de tu cara.»

Hace muchísimos años, según nuestras leyendas, todos los hombres y mujeres podían usar el Tercer Ojo. En aquellos tiempos los dioses andaban por la tierra y se mezclaban con los hombres. La Humanidad tuvo visiones en que se veía sustituyendo a los dioses e intentando matarlos, pero el Hombre olvidaba que si él podía ver más allá de lo terrenal, los dioses tenían ese sentido mucho más desarrollado que él. Y los dioses, para castigar al Hombre, le cerraron el Tercer Ojo. Sin embargo, a través de los siglos, ha habido siempre unos pocos individuos dotados de esa clarividencia.

Aquellos que la tienen de un modo natural e innato, pueden aumentar su poder mil veces mediante un tratamiento adecuado, como había sucedido conmigo.

El Abad me mandó llamar un día y me dijo: “Hijo mío, disfrutas ya de ese poder que le está negado a la mayoría. Úsalo siempre para el bien y nunca con una finalidad egoísta. Cuando viajes por otros países encontrarás a mucha gente que querrá hacerte actuar como un mago de feria. Te dirán:

“Adivina esto, prueba lo otro.” Pero yo te digo, hijo mío, que nunca has de caer en la tentación de lucir tu habilidad ante ellos. Ese talento se te ha dado para ayudar a los demás, no para enriquecerte. Todo aquello que veas por tu clarividencia…, ¡y verás muchas cosas!…, no lo reveles si ha de dañar a otros y perjudicar su camino en esta vida. Porque el hombre, hijo mío, ha de elegir su propia senda y le digas lo que le digas la seguirá. Debes ayudarlo en la enfermedad y el sufrimiento, pero nunca le revelarás lo que pueda alterar su elección de camino.» El Abad, hombre muy sabio, era el médico que atendía al Dalai Lama.

Antes de terminar nuestra entrevista me dijo que dentro de unos cuantos días me mandaría a buscar el Dalai Lama, que deseaba conocerme. Me invitaría a pasar unas semanas en el palacio del Potala acompañado por el lama Mingyar Dondup.

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Drepung & Sera Monasteries, Lhasa, Tibet

VIDA EN LA LAMASERÍA

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Lobsang Rampa fue el indiscutible introductor del budismo tibetano ante el gran público de Occidente, un nombre mítico entre los pioneros de la ‘invasión’ espiritual oriental que hoy vivimos. Supuestamente era un Lama tibetano que se hizo famoso mundialmente en 1956 cuando publicó ‘El Tercer Ojo’, un libro de extraordinario impacto que no ha dejado de ser reeditado desde entonces.

Había mucho que estudiar en clase. Nos sentábamos en filas. Cuando el profesor nos explicaba algo o leía o escribía en la pizarra colgada en la pared, se volvía hacia nosotros. Pero cuando trabajábamos estudiando las lecciones, se ponía detrás de nosotros al fondo de la clase y ninguno se atrevía a distraerse por miedo a que el profesor se estuviera fijando en él.Llevaba un buen palo que no vacilaba en emplear contra cualquier parte de nuestro cuerpo, la primera que se le pusiera al alcance: hombros, brazos, espalda, o… el sitio más indicado.

Estudiábamos muchas matemáticas, porque era ésta una asignatura esencial para la astrología. Nuestra astrología no es ni mucho menos adivinatoria o de arte de magia, sino que se basa en principios científicos. A mí me exigían muchos conocimientos astrológicos porque son necesarios para la medicina. Es mejor aplicar a cada persona el tratamiento que requiere su tipo astrológico en vez de creer que porque un tratamiento ha dado resultado con una persona puede curar también a otra. De las paredes pendían grandes cartas astrológicas y otras donde aparecían pintadas las diferentes clases de hierbas medicinales. Estos cuadros eran cambiados todas las semanas. Se nos exigía que conociésemos todas las plantas por su aspecto.

Más adelante nos llevaron en excursiones para coger y preparar estas hierbas, pero no nos permitían realizar este trabajo práctico hasta que no conocíamos a primera vista todas las variedades de plantas. Estas expediciones en busca de hierbas, que solían realizarse en el otoño, las acogíamos con gran regocijo, ya que representaban un descanso en la rutina de la vida monástica. A veces nos pasábamos tres meses seguidos en las montañas, junto a las nieves eternas y a una altitud de más de seis mil metros, donde las grandes capas de hielo eran interrumpidas por inesperados valles verdes gracias a los manantiales de agua caliente. Esta es una experiencia que seguramente no puede disfrutarse en ninguna otra parte del mundo. En una distancia de cincuenta metros se puede pasar de una temperatura de cuarenta grados Fahrenheit bajo cero a otra de 100 grados Fahrenheit sobre cero. Esta zona sólo la habían explorado algunos de nuestros monjes.

Nuestra instrucción religiosa era intensiva. Todas las mañanas teníamos que recitar las Leyes y los Pasos del Camino de Enmedio. He aquí las Leyes:

  1. Tener fe en los dirigentes de la lamasería y en los de nuestro país.
  2. Cumplir con los deberes religiosos y estudiar todo lo humanamente posible.
  3. Honrar a nuestros padres.
  4. Respetar a los virtuosos.
  5. Honrar a los mayores y a los de elevada condición social.
  6. Hacer todo lo que se pueda en beneficio de la Patria.
  7. Ser honrado y verídico en todo.
  8. Preocuparse por los amigos y parientes.
  9. Hacer el mejor uso del alimento y de la riqueza.
  10. Seguir el ejemplo de los que son buenos.
  11. Ser agradecido y corresponder a la amabilidad de los otros.
  12. Dar en todas las cosas la medida justa.
  13. No ser celoso ni envidioso.
  14. No escandalizar.
  15. Ser moderado en palabras y actos y no dañar a otros.
  16. Soportar el sufrimiento y la desgracia con paciencia y humildad.

Se nos decía constantemente que si todos obedecieran estas Leyes no habría luchas ni desarmonía en el mundo. Nuestro monasterio se distinguía por su austeridad y por el rigor con que se preparaba a los acólitos. Los monjes trasladados de otras lamaserías se cansaban al poco tiempo de tanta severidad y se marchaban en busca de un monasterio menos rígido. A éstos los considerábamos como unos fracasados, mientras que nosotros constituíamos la élite. En muchas otras lamaserías no había servicios religiosos nocturnos: los monjes se acostaban al anochecer y se levantaban al alba durmiendo tranquilamente todo ese tiempo. Esa vida nos parecía de una comodidad casi afeminada, y aunque a veces protestábamos entre dientes por la dureza de nuestra vida, más habríamos protestado si nos hubieran cambiado el plan de vida.

El primer año, sobre todo, fue durísimo. Luego llegó el momento de eliminar a los fracasados. Para resistir las excursiones a las montañas heladas en busca de hierbas había que ser de una extraordinaria fortaleza física. Es natural que nuestros dirigentes decidieran prescindir de los débiles para que no desanimaran a los demás. Durante el primer año no tuvimos ni un momento de asueto: nada de juegos ni distracciones propias de chicos. El tiempo que estábamos despiertos lo ocupaban por completo el estudio y toda clase de trabajos.

Una de las cosas que hoy he de agradecer más es cómo me enseñaron a aprenderme las cosas de memoria. La mayoría de los tibetanos tienen buena memoria, pero los que nos preparábamos para monjes-médicos teníamos que saber los nombres y la descripción exacta de un gran número de hierbas, así como conocer todas las combinaciones que podían hacerse con ellas y la manera de usarlas. También teníamos que saber mucho de astrología y poder recitar de memoria todos los textos sagrados. En el Tíbet se ha desarrollado a través de los siglos un curioso método mnemotécnico.

Imaginábamos que nos hallábamos en una habitación en cuyas paredes se alineaban miles y miles de cajones. En cada cajón había una etiqueta claramente escrita y las palabras de cada etiqueta podían leerse con toda facilidad desde el lugar donde estábamos. Teníamos que clasificar todo lo que nos iba diciendo el profesor, y nos habían enseñado a imaginar que abríamos el cajón apropiado y archivábamos en él el dato que acabábamos de oír. Lo importante era que visualizásemos con toda claridad tanto el dato como la exacta localización del cajón. No se necesita demasiado entrenamiento para entrar —imaginativamente— en esa habitación, abrir el cajón correspondiente, sacar el dato requerido, así como todos los demás que con él se relacionen.

Nuestros profesores daban una gran importancia a la mnemotecnia. Inesperadamente nos hacían preguntas sólo para probarnos la memoria. Eran preguntas desconcertantes, sin la menor relación una con otra, para que no pudiésemos seguir una pista. Muchas veces nos pedían que les recitásemos pasajes de los Libros Sagrados y nos interrumpían bruscamente para preguntarnos algo sobre determinada hierba. Olvidarse de algo implicaba un severo castigo. Entre nosotros, el olvido era la más imperdonable de las faltas y se castigaba con tremendas palizas. No se nos daba mucho tiempo para contestar. Por ejemplo, el profesor decía súbitamente: «Muchacho, vas a decirme ahora mismo la quinta línea de la página octava del séptimo volumen del Kan Kan-gyur. Abre el cajón ahora mismo; ¿qué lees?» No responder a los diez segundos era igual que si no se hubiese recordado. A los diez segundos la paliza era segura y más valía no intentar evitarla porque si, por ejemplo, se daba la respuesta a los quince segundos y se cometía algún error, entonces los palos eran más abundantes y fuertes.

Sin embargo, debo reconocer que este sistema mnemotécnico es formidable. Téngase en cuenta que no podíamos llevar libros de consulta de un lado para otro. Nuestros libros suelen ser de un metro de longitud y cerca de medio metro de altura con sus enormes hojas de papel muy grueso sueltas y sujetas por dos pesadísimas tapas de madera labrada. Más adelante habría yo de alegrarme de haber adquirido ese dominio de la memoria.

Durante los primeros doce meses no nos permitieron salir del monasterio. A los que salieron les cerraron la puerta para siempre. Ésta era una de las normas de Chakpori, porque la disciplina era tan rígida que se temía que la menor interrupción le quitase al acólito las ganas de regresar. Confieso que si yo hubiera tenido algún sitio adonde ir no habría resistido a la tentación de escaparme al principio. Pero después del primer año estábamos ya acostumbrados a la implacable disciplina. El trabajo constante y la prohibición de todo juego servían más que nada para seleccionar a los acólitos. Los débiles no podían resistirlo. Pero los demás, al cabo de unos cuantos meses, habíamos olvidado ya que existían juegos en el mundo. Desde luego, practicábamos ciertos deportes, pero era sólo como un trabajo más y para que nos sirvieran de algo útil más adelante.

Cuando iba a cumplir mi octavo aniversario, me llamó el lama Mingyar Dondup y me dijo que los astrólogos habían predicho que el día siguiente de mi cumpleaños sería el más indicado para “abrirme el Tercer Ojo”. Esta noticia no me atemorizó porque sabía que mi amigo estaría junto a mí y confiaba en él plenamente. Como tantas veces me había dicho, cuando tuviese abierto el Tercer Ojo podría ver a la gente tal como de verdad es. Para nosotros el cuerpo no era más que una cáscara o caparazón animado por la auténtica personalidad de cada cual, el Superser, que toma las riendas cuando uno se duerme o se muere. Creemos que el hombre está colocado en su deleznable cuerpo físico sólo para que aprenda y progrese. Durante el sueño regresa el hombre a otro plano de existencia. El espíritu se aparta del cuerpo físico y sale flotando en cuanto llega el sueño. El espíritu mantiene su contacto con el cuerpo físico por medio de un «cordón de plata» que no se rompe hasta el momento de la muerte. Y nuestros ensueños, mientras estamos dormidos, son vivencias que se realizan en el plano espiritual del sueño. Cuando el espíritu regresa al cuerpo, el choque del despertar desquicia la memoria onírica a no ser que esté entrenado especialmente.

Por eso a la gente le parece disparatado el mundo de los ensueños. Pero me referiré a esto con mayor extensión cuando relate mi propia experiencia en este campo.

El aura que rodea el cuerpo y que cualquier persona, bajo las adecuadas condiciones, puede aprender a ver, no es más que un reflejo de la Fuerza Vital que arde en él. Creemos que esta energía es eléctrica lo mismo que el rayo. En Occidente los hombres de ciencia pueden ya medir y registrar las ondas eléctricas cerebrales. Lo cual deben recordar quienes se burlan de estas cosas y tampoco debe olvidarse la corona solar. Las llamas del disco solar salen de él y cubren una distancia de millones de kilómetros. Corrientemente no vemos esta corona, pero cuando hay un eclipse total es muy fácil de verla. En verdad no importa que la gente lo crea o no. La incredulidad no extinguirá la corona solar. Allí sigue. Y lo mismo sucede con el aura humana. En cuanto se abriese mi Tercer Ojo, podría yo ver esta aura entre otras cosas.

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Por: Pilar López Bernués
Colaboradora de Enigma 900 en España
ARTICULO / PERSONAJES ENIGMATICOS

Tendría alrededor de dieciséis años cuando la obra “El Tercer Ojo” llegó a mis manos. Sin mucho entusiasmo al principio, leí la primera frase: “Soy tibetano, uno de los pocos que han llegado a este extraño mundo occidental…” y, por alguna razón, ya no pude dejar de leer el libro. Ignoraba en ese momento, que aquel ejemplar pequeño, poco atractivo visualmente y editado en rústica iba a dar un giro de 180 grados a mi vida, a mi concepción de la misma y a mis creencias.

Antes de seguir, y para acallar a los “puritanos”, deseo manifestar que conozco de sobra las muchas versiones que sobre el Dr. Rampa circulan. Ni siquiera entro a debatir si fue realmente un lama tibetano o un simple ocultista, como parece ser. Pero a mí eso me importa poco. Es más, tengo la completa seguridad de que en los años cincuenta presentándose ante un editor como un aficionado a los temas ocultos, no habría publicado nada. En esa época, todo lo que se separaba de las religiones establecidas era tema tabú o propio de “ilusionistas”, se descalificaba lo que estaba “más allá” por el simple hecho de ir contra-corriente y de que en ese mundo de lo oculto (como en todos) ha existido siempre mucho fraude y mucho aprovechado… Por tanto, si Lobsang Rampa fue un lama tibetano o un simple ciudadano de a pié que adoptó esa identidad para poder darse a conocer, considero que no es importante ante el valor del mensaje que dejó.

A lo largo de los años, han ido apareciendo en revistas y reportajes de todo tipo “grandes descubrimientos” relacionados con el aura, los viajes astrales, el túnel oscuro con un halo de luz que parece conducirnos al “otro lado” en el momento de la muerte, y del que cada vez hay más referencias de moribundos o gente clínicamente muerta que logró regresar. Pero todos esos “descubrimientos” yo ya los leí en los libros del Dr. Rampa en los años 60-70… Eso sí, cuando los temas ocultos empezaron a tomar auge y aparecieron ocultistas y parasicólogos como setas, ni uno sólo (que yo sepa) mencionó a Lobsang Rampa, y algunas de sus teorías y técnicas mostradas como innovadoras ya las conocía yo desde hacía mucho, justamente a través de sus libros.

Cuando un hombre escribe “Haz a los demás lo que desearías que te hicieran a ti” merece, como mínimo, un cierto respeto. Dio a conocer a los occidentales una filosofía de vida completamente diferente a la que nos mostraban las religiones tradicionales y supo dar respuestas a las muchas preguntas que todos nos hacemos y que, en mi caso concreto, estaban sin resolver: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Por qué existe tanta injusticia? ¿Por qué algunos nacen ricos y otros pobres? ¿Por qué hay gente que vive cien años y otros apenas unos días? ¿Por qué algunos hombres son sanos y felices y otros viven un infierno por problemas físicos, enfermedades o desgracias?.

Todas esas respuestas yo las encontré en los libros del Dr. Rampa. Todos me parecen valiosos pero yo destacaría uno escrito a modo de cursillo: “Usted y La Eternidad” Cada capítulo es una “clase” y allí se muestran, paso a paso, las técnicas para ver el aura, viajar al astral, curar con las manos etc. Y siempre desde un sentido espiritual de la vida, siempre considerando que esto es una escuela, que venimos a aprender, que la muerte no existe como tal y sólo se trata de ir evolucionando, de ir creciendo como entidad… Y puesto que es conocido a través de la Física que la “Energía no se crea ni destruye, sólo se transforma”, creer que la energía que compone un ser, con todos sus conocimientos, sentimientos y experiencias sigue existiendo parece bastante lógico.

Como siempre me ha interesado más el contenido que la fachada exterior, vuelvo a repetir que me importa poco si Lobsang Rampa fue quien dijo ser o sólo adoptó esa identidad para poder transmitir su mensaje. Lo que sí tengo claro es que lo hizo. Cambió mi vida y la de varios miles / millones de personas que, gracias a él, vimos “una luz en la oscuridad” De modo que sólo me resta decir:

¡Gracias, Dr. Rampa!

Pelkor Chode Monastery, Gyantse, Tibet

LA PRUEBA INCONTROVERTIBLE DE LA INMORTALIDAD

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Sentimos y actuamos inconscientemente como si lucháramos por nuestra supervivencia, de manera que esa noción inconsciente se refleja en nuestras emociones, las cuales se tornan turbulentas. Comienza a cons­truirse dentro de nosotros un sentimiento de ira, defensividad o agresividad y sentimos la necesidad de vencer a toda costa para no ser aniquilados. Esa es la ilusión. El ego no sabe que la mente y las posiciones mentales no tienen nada que ver con lo que somos, porque el ego es la mente no observada.

El Zen dice, “No busques la verdad. Sencillamente abandona tus opiniones”. ¿Qué significa esa frase? Dejar de identificarnos con la mente. Lo que somos aflora espontáneamente cuando eso sucede.

El ego nace a través de la brecha presente en la psique humana en la cual la identidad se separa en dos partes a las cuales podríamos llamar “yo” y “mí mismo”. Por consiguiente, todos los egos son esquizofrénicos, para usar la palabra en su acepción popular de la doble personalidad. Vivimos con una imagen mental de nosotros mismos, un ser conceptual con el cual tenemos una relación. La vida misma termina siendo un concepto separado de nuestra esencia en el instante mismo en que hablamos de ella como “mi vida”.

Tan pronto como decimos o pensamos en términos de “mi vida” y creemos en lo que decimos (en lugar de ver la expresión como una convención lingüística), habremos entrado en el ámbito de lo ilusorio. De existir “mi vida”, inmediatamente se desprende que Yo y mi vida somos dos cosas distintas, de tal manera que también puedo perder mi vida, mi tesoro imaginario más preciado. La muerte se convierte en una realidad aparente y en una amenaza. Las palabras y los conceptos dividen la vida en segmentos separados carentes de realidad en sí mismos.

Podríamos incluso decir que la noción de “mi vida” es el delirio original de la separación, la fuente del ego. Si yo y la vida somos dos, si estoy separado de la vida, entonces estoy separado de todas las cosas, de todos los seres, de todas las personas. ¿Pero cómo podría estar separado de la vida? ¿Cuál “Yo” podría existir separado de la vida, separado del Ser? Es completamente imposible. Por consiguiente, “mi vida” no puede existir y no tengo una vida. Soy la vida. Yo y la vida somos uno. No puede ser de otra manera. ¿Entonces cómo podría perder mi vida? ¿Cómo podría perder algo que no poseo? ¿Cómo podría perder algo que Yo Soy? Es imposible.

Eckhart Tolle

Eckhart Tolle

Yanni – Riconoscimento (Tribute)

 

 

ACOMPAÑANDO LA VEJEZ DE NUESTRA MADRE

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Con el transcurrir de los años, muchas veces, nos volvemos custodios y protectores de nuestra madre y se inaugura un tiempo de compañía y  silencio, las miradas se vuelven más lentas, igual que los movimientos, y el corazón late más despacio, buscando ritmos más profundos.

En la medida en que pasa el tiempo, cuando los hijos somos grandes e incluso, nosotros mismos nos vamos volviendo mayores, si tenemos el regalo de disfrutar de nuestra madre, ciertamente nos cuesta verla envejecer. A todos los hijos nos duele.  No por la vejez en sí misma sino porque no queremos que aquellos que amamos sufran.

Más allá del desgate de la vida, la erosión de los años, los achaques, las enfermedades, las repeticiones de las mismas preguntas,  los olvidos de lo inmediato, la aparición recurrente del pasado, las heridas del alma y las arrugas de la piel, acontece una bendición poco común.

Con el transcurrir de los años, muchas veces, nos volvemos custodios y protectores de nuestra madre y se inaugura un tiempo de compañía y  silencio, las miradas se vuelven más lentas, igual que los movimientos, y el corazón late más despacio, buscando ritmos más profundos. Así la vida nos prepara para la otra vida, para la continuación de la existencia más allá, donde el amor queda intacto y la presencia no envejece.

Cuando la compañía de la madre ya no es física, comienza el ritual de otra presencia, no menos continúa, ni menos intensa. El diálogo se retoma como si nunca se hubiera cortado. Nuestros pedidos de ayuda y protección se hacen más insistentes.

Los amores del cielo siempre nos recorren y nos acompañan. Nunca nos dejan. Vigilan nuestros sueños.

La muerte es una excusa para hacernos más íntimos y cercanos. No nos separa sino que nos une más. No nos distancia sino que nos aproxima. No es el sueño sino el despertar. No es “irse” sino un permanente “estar”.

Sólo hay que esperar y nuevamente se dará la fiesta del re-encuentro, el beso esperado y el abrazo anhelado.

Hay un beso en la eternidad que te espera. argent1

Hay una sonrisa en el cielo que te está reservada.

Hay una rosa cuya fragancia nunca se pierde.

Hay un abrazo en la eternidad que lleva el nombre de tu madre.

Sólo hay que ver los signos.

Es cierto que mientras luchamos en esta vida,  pasamos por el nudo ciego del sufrimiento. Las madres son -por naturaleza- mujeres llenas de fortaleza y valentía. Cada madre que sufre se asocia a la Madre universal: María, silenciosa y dolorida al pie de la Cruz, conoció los agudos dolores de parto del alma, las “contracciones” del corazón.

Detrás de cada madre,  hay una historia de hijos. Detrás de los hijos, hay historias de madres.

EDUARDO CASAS

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Yanni – Felitsa (Live at El Morro, Puerto Rico) HD

The music “Felitsa” from1993 was written by Yanni as a tribute to his mother

Biografía: El 14 de noviembre de 1954, nace en Kalamata (Grecia), a orillas del mar Mediterráneo, Yanni Chryssomallis (en griego Γιάννης Χρυσομάλλης). Yanni es el segundo hijo de los tres que tuvieron sus padres Sotiri y Felitsa.

El 20 de mayo de 2006, muere en Kalamata, Felitsa, su madre, a los 76 años de edad. Yanni había realizado, años atrás, una composición en su memoria (“Felitsa”), dedicándosela personalmente durante el concierto “Yanni Live At The Acrópolis” en 1993.

El amor es compañero

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Ser compañeros toda la vida, hasta la puerta de la muerte donde nos abrazaremos para despedirnos momentáneamente hasta que nos volvamos a re-encontrar al otro lado del camino.

Después de mucho andar, el don más precioso que queda del amor es el compañerismo.

Hay una forma de amor en la que no siempre reparamos y, sin embargo, constituye el sustento de toda relación en cualquier rol que asuma: el compañerismo. La etimología de la palabra compañero  se deriva del latín compania, vocablo formado por cum (con), prefijo que equivale a la expresión “al mismo tiempo”, “simultáneamente” y panis, sustantivo que significa “pan”. Etimológicamente compañero  significa “los  que comparten el pan”.

Este hermoso y entrañable origen de la palabra nos lleva a pensar que compañeros son aquellos que comparten en la vida, en el trabajo o en cualquier otra circunstancia, a un mismo tiempo y bajo un mismo techo, el pan cotidiano. No sólo el pan del alimento necesario sino también los diversos panes que nos otorgan otros sustentos: los nutrientes espirituales, vinculares o afectivos.

Strolling through the parcLa palabra compañero remite a compañía, presencia, contención y cercanía. Todo verdadero amor, de algún modo, genera compañerismo. Sin embargo, no todo compañerismo es –necesariamente- expresión del genuino amor. Podemos tener compañeros que no nos amen o que no amemos. Compañeros que, por razones laborales o por las circunstancias de la vida y las relaciones, sólo nos toleran. Todo auténtico amor siempre desarrolla, de manera cada vez más creciente, alguna forma de compañerismo.

No es el amor el que sustenta la relación sino el modo de relacionarnos el que sostiene y acrecienta el amor. Hay maneras de vincularnos que –directamente- atacan y  destruyen el vínculo. Hay otras, en cambio, que favorecen la madurez del amor.

El compañerismo se da en cualquier relación de amor. Se puede ser compañero de los compañeros de camino y de trabajo; compañero de los amigos y de los padres, de los hijos, de los hermanos, de los sobrinos, de los vecinos. Se puede ser compañeros en la relación de pareja. Incluso se puede ser compañero de aquellos que están a nuestro cargo,  cuidado o responsabilidad.

En todas estas relaciones, cuando se da el compañerismo, resulta hermoso. Hay vínculos entre amigos en los cuales no son compañeros porque casi no se ven nunca. Hay hermanos, primos, padres e hijos, incluso hay quienes tienen relación de pareja y no son compañeros ya que hay demasiada distancia o el lazo afectivo se va erosionando.

En todo verdadero amor lo que uno pretende es llegar al compañerismo. Lejos de pensar que es el primer peldaño básico del amor, hay que considerarlo como una manifestación muy plena y madura. Un amor sin compañerismo le falta algo. paseando-55

Llegados a una determinada etapa de la vida y la relación, lo que se desea, es ser compañero. Encontrar al compañero o compañera con quien compartir los avatares de la vida. Cuando se acaba la emoción, la pasión o el deseo, lo que queda es el anhelo de  alguien que nos acompañe en las encrucijadas del camino. Uno anhela un padre, una madre, un hermano o hermana, un amigo, una esposa o esposo, una novia o novio que se sea   -simple y profundamente- compañera o compañero de ruta.

Ser compañeros toda la vida, hasta la puerta de la muerte donde nos abrazaremos para despedirnos momentáneamente hasta que nos volvamos a re-encontrar al otro lado del camino. Después de mucho andar, el don más precioso que queda del amor es el compañerismo.

Si nos detenemos en el amor de pareja, hay que subrayar el carácter esencial que tiene allí el compañerismo. Hay muchos que, después de un tiempo, se sienten solos a pesar de tener pareja. No me refiero a períodos esporádicos de tiempo en los cuales, por diversas razones, esto puede pasar sino a una sensación de permanente ausencia, distancia y lejanía en el vínculo de pareja, como si fueran extraños.

Incluso hay quienes prometen amor eterno y –con el paso de los años- hay amores que ni siquiera sobreviven al tiempo. Para algunos, esa promesa logra ser efectivamente realidad y para otros se vuelve una metáfora de un deseo que se tiene, especialmente el día en que realiza esa promesa, aunque después los cambios y vaivenes de la vida nos hagan desistir. No es que no se haya sido sincero entonces sino que aquella palabra de amor eterno y fidelidad dada se contextualizó en un momento determinado. Esto no significa que el contexto relativice toda opción sino que, hay que tener en cuenta, las circunstancias de dicha opción que, seguramente, no han sido las que ahora se viven. Si bien toda opción se realiza en  un contexto de circunstancias específicas, esto no implica que la opción sea circunstancial necesariamente.

paseando-4Que esa promesa resulte una realidad o metáfora dependerá exclusivamente de las personas que hayan hecho tal pacto.  Uno lo puede ver en los determinados perfiles que celebran el día de los enamorados o san Valentín, el 14 de febrero. Están efectivamente los enamorados. También aquellos que les gustaría estar enamorados. Incluso los que alguna vez lo estuvieron. Están los que se burlan irónicamente de ese día porque no están enamorados o porque quisieran estarlo y no pueden. Además se suman los que viven enamorados del amor, aunque no estén enamorados de nadie y nadie lo esté de ellos. No falta quien salude a un soltero o soltera, separado o divorciado e incluso consagrado ya que siempre de algo o de alguien se está enamorado, o hay alguna pasión predominante o estamos enamorados de lo que hacemos, etc.

Pareciera que el día de los enamorados abarca todos los sueños de amores posibles que cada uno pueda albergar en su corazón. De todos modos pasa lo mismo con cualquiera de los días de festejo. En el día de la madre o del padre se saludan a muchas personas que no son necesariamente madre o padre y que, sin embargo, algún vínculo con la maternidad y la paternidad tienen. En el día del niño se saluda a muchos adultos con motivo del niño interior que todos llevamos dentro. En el día de navidad decimos que todos los días son navidad, etc.

Los días de festejo nacen con un propósito concreto y tienden a universalizarse. Tal vez para que nadie, en la medida de lo posible, quede afuera.

Lamentablemente no hay un día del compañero o de la compañera. Hay día del amigo, aunque no es lo mismo. Sobre todo si entendemos que el compañerismo es una forma evolucionada del amor, en cualquiera de sus manifestaciones y roles.

Ojalá que cada uno pueda ser el compañero o la compañera que nuestra esposa o esposo, nuestra novia o novio, nuestros padres, hijos,  hermanos, sobrinos, ahijados y amigos necesiten: el amor es siempre compañero.

***

Relatos

El más pequeño acto de libertad rompe toda fatalidad.

Estaban uno destinado para el otro. Todo en el universo permanecía ordenado para que se produjera, en el día y la hora señalada, el feliz encuentro.

Mientras tanto, él cumplía con la rutina de cortar todos los días una rosa del jardín. Sabía que era para ella, aunque no la conocía.

Un día, no sé por qué extraña razón, no hizo el cotidiano ritual: se quedaron esperando para siempre. Nunca pudieron conocerse.

EC

***

Siempre desconcertante

Nadie nunca sabe

lo que será el camino del amor para cada uno.

Misterioso y laberíntico,

nos perdemos en él.

Sin brújulas,  mapas e  indicaciones,

vamos ciegos,

entre tropiezos y  tambaleos.

El amor transita todos los senderos.

Recorre calendarios.

Arma citas.

Crea mundos.

Visita por las noches jardines y calles.

Se queda esperando el alba.

Huidizo y –a la vez- encontradizo.

Nos hace equivocar.

No siempre lo podemos atrapar.

Solitario, en ocasiones, nos hace

-prolongadamente- esperar.

EC

***

 El libro de los amores que cambian

Todos saben que, en algún lugar, está el antiguo y misterioso libro: un códice perdido entre los milenios cuyas páginas transparentes pueden leerse, en todas las direcciones, igual  en anverso y reverso, de arriba para abajo o de abajo para arriba. Cuando se cambia de posición, la historia varía.

Todos los amantes quieren allí leer su propia historia, la cual siempre es distinta de acuerdo a las circunstancias antojadizas de la caprichosa lectura. Cada uno interpreta su historia de amor con todas sus variantes posibles: lo que es, lo que pudo haber sido y no fue, lo que pudo ser con alguna posibilidad, lo que efectivamente es y será, los siempre, los nunca, las salidas imprevistas del amor, sus sorpresas, su principio y su final y hasta sus cotidianas rutinas.

Es un libro de presagios y espejos. También dicen que existen el libro de agua, el de arena, el de fuego, el de aire y el de niebla. Cada uno con su enigma.

Es una pena que ese libro de los amores que cambian se haya perdido entre la desmemoria de los siglos.

Eduardo Casas

Eduardo Casas

 

Amores correspondidos?…

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La fuerza y la belleza de la vulnerabilidad

La sensibilidad implica vulnerabilidad. Somos sensibles a nuestras reacciones, a nuestras heridas, a nuestra atormentada existencia; o sea, somos sensibles a nosotros mismos y en ese estado de vulnerabilidad, hay egoísmo y, por lo tanto, podemos ser lastimados y volvernos neuróticos. Ésa es una forma de resistencia que se centra esencialmente en el yo. La fuerza de la vulnerabilidad en cambio, no es el egocentrismo, es como esa hoja nueva de primavera que puede resistir los fuertes vientos y florecer. En ese estado de vulnerabilidad uno no puede ser lastimado bajo ninguna circunstancia. La vulnerabilidad no tiene un centro, no tiene yo, tiene una enorme fuerza, vitalidad y belleza. -Krishnamurti-

***

El amor y el tiempo se asemejan a dos laberintos que se entrecruzan y en los cuales, muy a menudo, nos extraviamos sin mapa, ni brújula. Cada uno tiene que aventurarse a encontrarse perdido y permitir que se suspendan las propias certezas y seguridades. Quedando, de algún modo, todo modificado.

Cuando el amor y el tiempo de las personas involucradas en una relación coinciden se da un prodigio poco común. A veces esperamos para amar y no llega quien amamos. Otras, ni siquiera esperamos y -de sorpresa- viene. En ocasiones amamos y somos ignorados o no correspondidos. También puede que nos amen y nosotros no amar. Incluso se da que las personas involucradas afectivamente se aman pero cada una tiene su propio ritmo y necesitan su tiempo particular.

Las combinaciones –ciertamente- pueden ser muy variadas. Cuando amor y tiempo coinciden, se produce lo más anhelado y, también, lo menos común. Que dos personas se amen, encuentren correspondencia afectiva en un vínculo, ajusten el tiempo y el ritmo personal para la construcción de la reciprocidad y permanezcan -a pesar de todos los embates- juntos,  resulta cada vez más apreciado y menos conseguido. Algunos lo consideran un privilegio escaso. No todos gozan de esa posibilidad. Es casi un lujo.

El amor es siempre alguna forma de historia compartida. Sin esa participación colaborativa y complementaria no existe la posibilidad de un vínculo recíproco. Sin embargo, dar todo no significa que la otra persona reciba todo. A veces se da y no se sabe recibir. A veces se recibe, incluso aunque el otro no ha compartido intencionalmente algo significativo.

En la ruptura o el fracaso de un amor algunos buscan otra relación. Hay quienes afirman que el amor nunca se acaba: sólo se va a dónde y con quien encuentra sintonía y correspondencia.

wallpaper-3026301La ruptura narcisista del amor propio se logra cuando la reciprocidad -que garantiza que el vínculo no sea meramente el reflejo de uno mismo en la soledad de otro- se convierta en mutuo encuentro.  Para que eso llegue, hay que tener paciencia. Los mensajes que más duelen son los que uno anhela y nunca llegan. El amor guarda su propio tiempo, tanto en lo que construye como en lo que no funciona y deconstruye.  A veces si uno no puede alejarse, lo más inteligente es dejar ir. Es mejor retirarse a tiempo, cerrando lo más maduramente una historia y dejando un recuerdo grato, que  insistir perseverantemente y terminar convirtiéndose en una insufrible carga y una verdadera molestia. No nada más patético que dos que fracasan y uno queda enganchado en la relación. No hay que insistir. Tampoco sirve victimizarse. Siempre hay que ser digno en el amor.

Cuando una relación termina, lo más difícil no es perdonar u olvidar sino volver a confiar, ofrecer una nueva posibilidad. La vida, muchas veces, decide -por sí misma y sus circunstancias- quién entra en nuestra existencia. Cada uno, en cambio, tiene el poder de optar quién se queda. A veces no somos lo que el otro sueña. Somos lo que el otro está buscando, está necesitando o está desechando, incluso, sin saberlo conscientemente.

Eduardo Casas

Eduardo Casas

AHORA

Ahora es el presente.

Este instante,

esta palabra

y esta voz.

Poderoso y efímero

es todo momento fugaz.

No hay nada fuera del ahora.

Todo lo demás es pasado o futuro,

quimera y olvido.

EC

Yanni – one man’s dream

LA MELANCOLÍA Y LA NOSTALGIA, DOS AMIGAS INSEPARABLES

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Indagaremos en estos sentimientos desde su sanidad, descubriendo las potencialidades que nos estimulan y despiertan en nuestro ánimo. Incluso en nuestra capacidad espiritual. Profundizaremos en estos dos estados que nos ponen siempre en una sensible fragilidad y en una condición vulnerable.

Aunque muchas veces utilizamos como sinónimos las palabras melancolía y nostalgia, sin embargo, tienen sutiles diferencias y matices. La melancolía posee más relación con el pasado; la nostalgia, en cambio, con el presente.  Se siente melancolía de cosas que fueron y que no se sabe si volverán a ser. De allí que se produzca cierta añoranza. Se experimenta nostalgia, en cambio, de realidades que están –de algún modo- presentes pero no tan plenamente. Por ejemplo, en el plano espiritual, uno puede sentir “nostalgia de Dios” ya sea porque se experimenta lejos de Él o simplemente porque le gustaría ahondar en el vínculo con el Señor. Por su parte, uno puede experimentar, respecto al pasado, melancolía por algún buen tiempo, un lugar en que fue feliz, una persona importante que ya no está, etc.

La diferencia entre melancolía y nostalgia se da en relación al tiempo: respecto al pasado y al presente. Se excluye el futuro porque no podemos sentir añoranza por aquello que todavía no se ha dado. Se añora lo que fue o lo que está siendo.

Si bien existe esta diferencia entre melancolía y nostalgia, no obstante son sentimientos hermanos muy semejantes. Ambos guardan estrecho lazo con cierta tristeza. La melancolía y la nostalgia son una especie de tristeza privada de su angustia. Es una tristeza suave y mansa que sólo añora, anhela o desea lo que fue –por haberlo perdido- o lo que está siendo, por querer vivirlo aún más plenamente.

La melancolía y la nostalgia –a pesar de alimentarse de cierta tristeza- son, en sí mismos, sentimientos sanos. No tienen relación con una enfermedad muy extendida actualmente: la depresión que influye en el organismo, el ánimo, la manera de sentir, pensar y actuar.

Un trastorno depresivo no es lo mismo que un estado pasajero de melancolía o tristeza. Tampoco indica una debilidad personal. No es una condición de la cual uno pueda liberarse a voluntad. Las personas que padecen de un trastorno depresivo no es porque lo quieran. Como cualquier otra enfermedad, uno no la elige. Las enfermedades nos eligen a nosotros o descubren –en nosotros- ciertas predisposiciones genéticas, físicas o psicológicas.

En la depresión, el paciente se siente hundido, con un peso agobiante sobre su vitalidad y su energía para vivir y hacer las cosas. En algunos casos extremos llegan a plantearse hasta el sentido mismo de la existencia. Es una sensación muy profunda, arrasadora. Se va perdiendo el sabor y el placer de vivir. Se experimenta una tristeza patológica que interfiere negativamente en la vida cotidiana, tanto en lo social como en lo familiar y personal. Se considera incapaz de casi todo lo que habitualmente solía hacer, lo cual aumenta sus sentimientos de culpa o de inutilidad. El desgano lo  torna apático, no tiene ganas de nada y nada le procura placer. La ansiedad y la desazón que puede variar en malhumor, irritabilidad y agresión.

También puede padecer Insomnio, y alteraciones del pensamiento, surgen ideas derrotistas y obsesiones,  la memoria se debilita y la distracción se torna frecuente. Se experimenta una persistente sensación de fatiga o cansancio, vive arrinconado, rumiando sinsabores y fracasos. Le resulta difícil tomar decisiones. Alimenta sentimientos autodestructivos y pérdida de la valoración y la autoestima.

Los trastornos depresivos severos  interfieren en lo cotidiano. Causa sufrimiento no sólo a quienes los padecen sino también a sus seres queridos, afectando su entorno. Sin embargo, en gran parte, este sufrimiento se puede evitar. La mayoría de las personas deprimidas no buscan tratamiento. La depresión es una enfermedad tratable. La mayoría de las personas  deprimidas pueden mejorar con un tratamiento adecuado.

Muchas veces la depresión es llamada la “enfermedad de la tristeza”. Sin embargo, no toda tristeza causa necesariamente depresión. Cuando incapacita para los vínculos sociales, la acción inmediata o la proyección al futuro, estamos ante la posibilidad de un estado depresivo. En la actualidad, hay muchos depresivos al vivir en una sociedad deshumanizada, masificada, despersonalizada,  anónima, estresada,  sumida en el desamor, el agotamiento emocional, el cansancio físico y psicológico, el estrés, la pérdida de sentido existencial, la sensación de falta de realización profesional o personal y el malestar generalizado.

Hay depresiones que tienen que ver con la predisposición genética de carácter biológico y hereditario y no siempre tiene un motivo demasiado claro que la provoque. Generalmente se curan a base de medicamentos psiquiátricos. Además algunas surgen como reacción de un acontecimiento especialmente duro y límite, son más complejas ya que implican la afectividad y a menudo requieren tratamiento psicológico.

También es cierto que hay personalidades con tendencias depresivas, estados de ánimo permanentemente triste, cabizbajos, desanimados, pesimistas, con poca autoestima, tendencia a la autocrítica y extremadamente vulnerables y sensibles. Aunque la depresión puede darse en cualquier personalidad ya que todos tenemos que lidiar con altibajos, frustraciones, dificultades, sinsabores, heridas, equivocaciones y errores. Hay que aprender a no generar enfermedad: las fobias, las obsesiones, las ansiedades y las depresiones, en gran medida, son generadas por nosotros mismos al no poder manejar miedos y temores con baja tolerancia a las frustraciones. La medicación, en general, reemplaza lo que no sabemos hacer por cuenta propia. Debemos procurar ser los mejores estabilizadores de nuestro ánimo y saber manejar las emociones, sentimientos y pasiones.

Algunos de los síntomas de la depresión son descenso del estado de ánimo, insomnio, ansiedad, incapacidad de disfrutar, temor al futuro, llanto, apatía, monotonía, silencio prolongado, comportamiento lento y apagado.

En la depresión, la melancolía y la nostalgia pueden estar acentuadas de manera muy aguda. Lo cual no significa que toda melancolía o nostalgia necesariamente deriven  en una depresión.

 Indagaremos en estos sentimientos desde su sanidad, descubriendo las potencialidades que nos estimulan y despiertan en nuestro ánimo. Incluso en nuestra capacidad espiritual. Profundizaremos en estos dos estados que nos ponen siempre en una sensible fragilidad y en una condición vulnerable.

Eduardo Casas

Eduardo Casas