¿No es extraño que la gente preste tan poca atención a sí misma con referencia al conocimiento de si”? ¿No es extraña la complacencia obtusa con que cierran sus ojos a lo que realmente son?

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¿Que podría darle al hombre la posibilidad de emplear el tiempo ventajosamente en su búsqueda, sino la libertad de toda clase de apego?

Pregúntense: ¿son libres? Muchos se inclinan a contestar “sí “ si están relativamente seguros en un sentido material y no tienen que inquietarse acerca del mañana; si no dependen de nadie para la subsistencia o para la elección de las condiciones de vida. Pero ¿es esto libertad? ¿Se trata sólo de condiciones exteriores? …

Al hablar sobre diferentes temas, he notado lo difícil que es el transmitir, aunque sea a una persona bien conocida, la comprensión que se tiene hasta del tema más ordinario. Nuestro idioma es demasiado pobre para descripciones completas y exactas. Más tarde, encontré que esta falta de comprensión entre un hombre y otro es un fenómeno matemáticamente ordenado, tan preciso como las tablas de multiplicar. En general, depende de la así llamada “psique” de la gente de que se trata y, en particular, del estado de su psique en un momento dado.

La verdad de esta ley puede verificarse a cada paso. Para ser comprendido por un hombre, no sólo es necesario para el que habla saber cómo hablar, sino también para el que escucha saber cómo escuchar. Y es por esto que puedo decir que si yo hablara del modo que considero exacto, todos aquí, con muy pocas excepciones, pensarían que estoy loco. Pero como ahora tengo que hablar para mi auditorio tal cual es, y mi auditorio tendrá que escucharme, primero debemos establecer la posibilidad de un entendimiento común. Mientras hablamos, debemos señalar gradualmente los hitos de una conversación productiva. Todo lo que quiero sugerir en este momento es que traten de mirar los fenómenos y cosas que les rodean, especialmente a ustedes mismos desde un punto de vista, desde un ángulo, que puede ser diferente a lo que es usual o natural para ustedes. Sólo mirar, porque el hacer más sólo es posible con el deseo y la cooperación del que escucha, cuando el que escucha deja de escuchar pasivamente y empieza a hacer, es decir, cuando se mueve hacia un estado activo.

Muy a menudo, al conversar con la gente, se oye la opinión directa o implícita de que al hombre, tal como lo encontramos en la vida ordinaria, se lo podrá considerar casi el centro del universo, el ‘‛ápice de la creación” o, en cualquier caso, una entidad grande e importante, cuyas posibilidades son casi ilimitadas, sus poderes casi infinitos. Pero aun con tales puntos de vista hay ciertas reservas: dicen que para esto se necesitan condiciones excepcionales, circunstancias especiales, inspiración, revelación, etc. Sin embargo, si examinamos esta concepción del “hombre”, vemos de inmediato que está formada por características que pertenecen no a un hombre, sino a varios individuos conocidos o supuestamente diferentes. En la vida real, nunca encontramos a tal hombre, ni en el presente, ni como personaje histórico en el pasado, ya que cada hombre tiene sus propias debilidades y si se mira más de cerca, se designa el espejismo de grandeza y de poder.

Pero la cosa más interesante no es que la gente disfrace a los demás con este espejismo, sino que, debido a una característica peculiar de su propia psique, lo transfiera a sí misma, si no en su totalidad, por lo menos en parte, como un reflejo. Y así, aunque las personas son casi nulidades, se imaginan ser ellas mismas este tipo colectivo o algo muy parecido.

Mas si un  hombre sabe cómo ser sincero consigo mismo —no sincero como usualmente se entiende esa palabra, sino despiadadamente sincero- entonces a la pregunta: “¿Que es usted?” no esperara una contestación reconfortante. Por lo tanto, sin esperar que ustedes se aproximen a experimentar por si’ mismos sobre lo que estoy hablando, sugiero que para comprender mejor lo que quiero decir, cada uno de ustedes ahora debería hacerse a sí mismo la pregunta: “¿Qué soy yo‛?” Estoy seguro que el 95 por ciento de ustedes se quedara perplejo con esta pregunta y contestará con otra: “¿Qué quiere usted decir?‛’.

Y esto probará que un hombre ha vivido durante toda su vida sin hacerse esta pregunta, que ha dado por sentado, axiomáticamente, que él es “algo”, hasta algo muy valioso, algo que nunca ha puesto en duda. Al mismo tiempo, es incapaz de explicar a otra persona lo que es. ¿Y no sería que no lo sabe, porque de hecho este “algo” no existe, sino que su existencia es mera presunción? ¿No es extraño que la gente preste tan poca atención a sí misma con referencia al conocimiento de si”? ¿No es extraña la complacencia obtusa con que cierran sus ojos a lo que realmente son y gastan sus vidas en la plácida convicción de que representan algo valioso? Dejan de ver la irritante vacuidad escondida detrás de la fachada demasiado pintada creada por su propio engaño y no se dan cuenta de que su valor es puramente convencional. En verdad, esto no es siempre así.

No toda la gente se ve a sí misma tan superficialmente. Sí, existen las mentes inquisitivas que anhelan la verdad del corazón, la buscan, se esfuerzan por resolver los problemas planteados por la vida, tratan de penetrar dentro de sí mismos. Si un hombre razona y piensa sanamente, no importa que camino siga al resolver estos problemas, inevitablemente debe regresar a sí mismo y empezar a solucionar el problema de lo que el mismos es y cuál es su lugar en el mundo que lo rodea. Porque sin este conocimiento no tendrá ningún punto de enfoque en su búsqueda. Las palabras de Sócrates, “Conócete a ti mismo”, persisten para todos aquellos que buscan el verdadero conocimiento y el ser.

Acabo de usar una nueva palabra: “ser”. Para estar seguro que por ella todos entendemos la misma cosa, tendré que decir algunas palabras como explicación.

Acabamos de preguntarnos si lo que un hombre piensa de sí mismo corresponde a lo que es en realidad, y ustedes se preguntaron a sí mismos qué son. He aquí un médico, allá un ingeniero ya allí un artista. ¿Son realmente lo que pensamos que son? ¿Podemos considerar la personalidad de cada uno de ellos como idéntica a su profesión, a la experiencia que esta profesión, o su preparación para ella, le ha dado?

Cada hombre llega al mundo como una hoja de papel en blanco; luego la gente y las circunstancias a su alrededor empiezan a rivalizar entre sí para ensuciar esta hoja y cubrirla con escritos. Entran aquí la educación, la formación de la moralidad, la información que llamamos conocimiento; todos los sentimientos de deber, honor, conciencia, etc. Y todos pretenden que los métodos adoptados para injertar al tronco estos retoños conocidos como la “personalidad del hombre” son inmutables e infalibles. Gradualmente se ensucia la hoja y mientras más se ensucia con el así llamado ‛’conocimiento‛’, más listo se considera al hombre. Cuanto más hay escrito en el espacio llamado “deber”, más honesto se dice que es poseedor; y así es con todo. Y la misma hoja sucia, al ver que la gente considera su suciedad como un mérito, cree que es valiosa. Este es un ejemplo de lo que llamamos “hombre”, al cual aún agregamos frecuentemente términos tales como talento y genio. Sin embargo, el humor de nuestro ‘‛genio”, cuando se despierta en la mañana, se arruina para todo el día si no encuentra sus pantuflas junto a la cama.

El hombre no es libre ni en sus manifestaciones ni en su vida. No puede ser lo que desea ser ni lo que cree que es. No se asemeja al retrato de sí mismo y las palabras ‛’hombre”, el ápice de la creación no son aplicables a él.

“Hombre”, éste es un término para enorgullecerse, pero tenemos que preguntarnos ¿qué clase de hombre? No el hombre, por cierto, que se irrita por trivialidades, que presta atención a pequeñeces y se enreda en todo lo que lo rodea. Para tener derecho a llamarse hombre, se debe ser un hombre; y este “ser” se obtiene sólo a través del conocimiento de sí y del trabajo sobre uno mismo en las direcciones que llegan a ser claras a través del conocimiento de sí.

¿Han tratado ustedes alguna vez de observarse mentalmente cuando su atención no está concentrada en algún problema determinado? Supongo que la mayoría de ustedes están familiarizados con esto, aunque tal vez sólo unos pocos lo han vigilado sistemáticamente en sí mismos. Sin duda, ustedes se han dado cuenta de nuestro modo de pensar por asociaciones casuales, cuando nuestro pensamiento ensarta escenas y memorias desconectadas, cuando cada cosa que cae dentro del campo de nuestra conciencia o apenas la toca ligeramente, hace surgir en nuestro pensamiento estas asociaciones causales. La cadena de pensamientos parece continuar sin interrupción, entretejiendo fragmentos de representaciones de percepciones anteriores, tomadas de diferentes grabaciones en nuestra memoria. Y estas grabaciones giran y se desenvuelven mientras nuestro aparato pensante teje hábil y continuamente los hilos del pensamiento de este material.

Las grabaciones de nuestros sentimientos giran del mismo modo; agradable y desagradable, alegría y tristezas, risa e irritación, placer y dolor, simpatía y antipatía. Al ser alabado usted está contento; alguien lo regaña y su humor se echa a perder. Algo nuevo capta su interés e instantáneamente le hace olvidar lo que tanto le interesaba el momento anterior. Gradualmente su interés lo amarra a esta nueva cosa, hasta que se hunde de pies a cabeza; de repente ya no la posee, usted ha desaparecido, está amarrado y disuelto en esta cosa; de hecho ella lo posee, lo ha cautivado; y esta infatuación, esta capacidad para ser cautivado, bajo muchos diferentes modos, es una característica de cada uno de nosotros. Esto nos amarra y nos impide ser libres. Por lo mismo nos quita nuestra fuerza y nuestro tiempo, dejándonos sin posibilidad de ser objetivos y libres: dos cualidades esenciales para quien decide seguir el camino del conocimiento de sí.

Debemos esforzarnos por la libertad si nos esforzamos por el conocimiento de sí. La tarea de un más amplio conocimiento y desarrollo de sí es de tal importancia y seriedad, demanda tan intensidad de esfuerzo, que es imposible intentarla descuidadamente y en medio de otras cosas. La persona que emprende esta tarea debe darle preeminencia en su vida, la que no es tan larga para permitirle el malgastarla en trivialidades.

¿Que podría darle al hombre la posibilidad de emplear el tiempo ventajosamente en su búsqueda, sino la libertad de toda clase de apego?

Libertad y seriedad. No la clase de seriedad que se asoma bajo cejas fruncidas y labios arrugados, ademanes cuidadosamente reprimidos y palabras filtradas entre los dientes, sino la clase de seriedad que significa determinación y persistencia en la búsqueda, intensidad y constancia en ella tal, que un hombre, aun cuando descansa, continúa con su tarea principal.

Pregúntense: ¿son libres? Muchos se inclinan a contestar “sí “ si están relativamente seguros en un sentido material y no tienen que inquietarse acerca del mañana; si no dependen de nadie para la subsistencia o para la elección de las condiciones de vida. Pero ¿es esto libertad? ¿Se trata sólo de condiciones exteriores? …

PERSPECTIVAS DESDE EL MUNDO REAL (1º)

Beethoven – Violin Concerto – Vadim Repin – Valery Gergiev – Kirov Orchestra Saint Petersburg

G.I. GURDJIEFF

G.I. GURDJIEFF

El hombre es una pluralidad. Su nombre es legión

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El hombre no tiene un «Yo» individual. En su lugar, hay centenares y millares de pequeños «yoes» separados, que la mayoría de las veces se ignoran, no mantienen ninguna relación, o por el contrario, son hostiles unos a otros, exclusivos e incompatibles. A cada minuto, a cada momento, el hombre dice o piensa «Yo». Y cada vez su «yo» es diferente. Hace un momento era un pensamiento, ahora es un deseo, luego una sensación, después otro pensamiento, y así sucesivamente, sin fin. El hombre es una pluralidad. Su nombre es legión.

Muy a menudo, casi en cada conversación, G. volvía sobre la ausencia de unidad en el hombre.

Uno de los errores más graves del hombre, dijo, que debe serle recordado constantemente, es su ilusión con respecto a su «Yo». “El hombre tal como lo conocemos, el hombre máquina, el hombre que no puede «hacer», el hombre con quien y a través de quien «todo sucede», no puede tener un «Yo» permanente y único. Su «Yo» cambia tan rápidamente como sus pensamientos, sus sentimientos, sus humores, y comete él un error profundo cuando se considera siempre una sola y misma persona; en realidad, siempre es una persona diferente, nunca es el que era un momento antes.

El hombre no tiene un «Yo» permanente e inmutable. Cada pensamiento, cada humor, cada deseo, cada sensación dice «Yo». Y rada vez, parece tenerse por seguro que este «yo» pertenece al Todo del hombre, al hombre entero, y que un pensamiento, un deseo, una aversión, son la expresión de este Todo. En efecto, no hay prueba alguna en apoyo de esta afirmación. Cada pensamiento del hombre, cada uno de sus deseos se manifiesta y vive de una manera independiente y separada de su Todo. Y el Todo del hombre no se expresa jamás, por la simple razón de que no existe como tal, salvo físicamente como una cosa, y abstractamente como un concepto. El hombre no tiene un «Yo» individual. En su lugar, hay centenares y millares de pequeños «yoes» separados, que la mayoría de las veces se ignoran, no mantienen ninguna relación, o por el contrario, son hostiles unos a otros, exclusivos e incompatibles. A cada minuto, a cada momento, el hombre dice o piensa «Yo». Y cada vez su «yo» es diferente. Hace un momento era un pensamiento, ahora es un deseo, luego una sensación, después otro pensamiento, y así sucesivamente, sin fin. El hombre es una pluralidad. Su nombre es legión.

El alternarse de los «yoes», sus luchas por la supremacía, visibles a cada instante, son comandadas por las influencias  exteriores  accidentales. El calor, el sol, el buen tiempo, llaman inmediatamente a todo un grupo de «yoes». El frío, la neblina, la lluvia llaman a otro grupo de «yoes», a otras asociaciones, a otros sentimientos, a otras acciones. No hay nada dentro del hombre que sea capaz de controlar los cambios de los «yoes», principalmente porque el hombre no los nota, o no tiene ninguna idea de ellos; vive siempre en su último «yo». Algunos, naturalmente, son más fuertes que otros; pero no por su propia fuerza consciente. Han sido creados por la fuerza de los accidentes, o por excitaciones  mecánicas  externas. La educación, la imitación, la lectura, el hipnotismo de la religión, de las castas y de las tradiciones, o la seducción de los últimos «slogans», dan nacimiento, en la personalidad de un hombre, a «yoes» muy fuertes que dominan series enteras de otros «yoes» más débiles. Pero su fuerza es tan sólo la fuerza de los ‘cilindros’ de los diferentes centros. Todos  los ‘yo’ que  forman  la personalidad del hombre tienen el mismo origen que estos cilindros; todos son el resultado de influencias externas; se mueven y están sujetos a nuevas influencias externas.

El hombre no tiene individualidad. No tiene un gran «Yo» único. El hombre está dividido en una multitud de pequeños «yoes». “Pero cada uno de ellos es capaz de llamarse a sí mismo con el nombre del Todo, de actuar en el nombre del Todo, de hacer promesas, de tomar decisiones, de estar de acuerdo o de no estar de acuerdo con lo que otro «yo», o el Todo, tendría que hacer. Esto explica por qué la gente toma decisiones tan a menudo y tan raramente las cumple. Un hombre decide levantarse temprano, comenzando a partir del día siguiente. Un «yo», o un grupo de «yoes» toma esta decisión. Pero levantarse es problema de otro «yo» que no está de acuerdo en absoluto, y que quizás ni siquiera ha sido puesto al corriente. Naturalmente, a la mañana siguiente el hombre seguirá durmiendo, y por la noche decidirá nuevamente levantarse temprano. Esto puede traer consecuencias muy desagradables. Un pequeño «yo» accidental puede hacer una promesa, no a sí mismo, sino a alguna otra persona en un momento dado, simplemente por vanidad, o para divertirse. Luego desaparece. Pero el hombre, es decir el conjunto de los otros «yoes» que son completamente inocentes, tendrá que pagar quizás por toda su vida esta gracia. La tragedia del ser humano es que cualquier pequeño «yo» tiene el poder de firmar contratos, y que luego sea el hombre, es decir el Todo, quien deba enfrentarlos. Así pasan vidas enteras, cancelando deudas contraídas por pequeños «yoes» accidentales. “

Las enseñanzas orientales están llenas de alegorías que intentan describir, desde este punto de vista, la naturaleza del ser humano. “Según una de ellas, el hombre es comparado a una casa, sin Amo ni mayordomo, ocupada por una multitud de sirvientes. Éstos han olvidado completamente sus deberes; nadie quiere cumplir su tarea; cada uno se esfuerza en ser el amo, aunque fuere un momento, y en esta especie de anarquía la casa está amenazada por los más graves peligros. La única posibilidad de salvación está en que un grupo de sirvientes más sensatos se reúna y elija un mayordomo temporal, es decir, un mayordomo suplente. Este mayordomo suplente puede entonces poner en su sitio a los otros sirvientes, y obligar a cada uno de ellos a realizar su trabajo: la cocinera a la cocina, el cochero al establo, el jardinero al jardín, y así sucesivamente. De esta manera, la «casa» puede estar lista para la llegada del verdadero mayordomo, el cual a su vez preparará la llegada del verdadero Amo.

“La comparación del hombre con una casa en espera de su amo es frecuente en las enseñanzas del Oriente que han conservado las huellas del conocimiento antiguo, y como ustedes lo saben, esta idea aparece también bajo formas variadas en numerosas parábolas de los Evangelios. “

Pero aunque el hombre comprendiera sus posibilidades de la manera más clara, esto no lo acercaría ni un paso hacia su realización. Para estar en condición de realizar estas posibilidades, debe tener un ardiente deseo de liberación, debe estar listo a sacrificar todo, a arriesgar todo por su liberación.”

Fragmentos de Una Enseñanza Desconocida

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PD OUSPENSKY

 

— ¿Qué quiere usted? me dijo G. Los hombres son maquinas. Las máquinas son necesariamente ciegas, inconscientes. No pueden ser de otra manera y todas sus acciones tienen que corresponder a su naturaleza. Todo sucede. Nadie hace nada. El «progreso» y la «civilización», en el sentido real de estas palabras, no pueden aparecer sino al término de esfuerzos conscientes. No pueden aparecer como resultado de accionen inconscientes y mecánicas. ¿Qué esfuerzos conscientes puede hacer una máquina? Y si una máquina es inconsciente, lo son también cien y mil máquinas y cientos de miles y millones de máquinas.

La actividad inconsciente de un millón de máquinas tiene necesariamente que dar por único resultado la destrucción, la exterminación. Es precisamente en las manifestaciones inconscientes e involuntarias en las que reside todo el mal. Ustedes no comprenden todavía, y no pueden imaginar todas las consecuencias de esta plaga. Pero llegará el tiempo en que comprenderán.”

 El hombre máquina

¿Cómo debe entenderse la evolución del hombre?

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La humanidad no progresa, ni evoluciona. Lo que nos parece ser progreso o evolución es una modificación parcial que puede ser inmediatamente contrabalanceada por una modificación correspondiente en la dirección opuesta.

Me esforzaré en reconstruir todo lo que se dijo en el grupo de San Petersburgo y en los grupos posteriores, exactamente como lo recuerdo, y tratando de no volver sobre lo ya dicho en las “Conferencias Psicológicas”. Sin embargo, es imposible en algunos casos evitar las repeticiones y además, la exposición fiel de las ideas’ de la enseñanza de G. tal como él las dio, ofrece, a mi parecer, un gran interés.

Alguien preguntó durante una reunión: “¿Cómo debe comprenderse la evolución?”

—La evolución del hombre, respondió G., se puede comprender como el desarrollo en él de aquellas facultades y poderes que jamás se desarrollan de por sí, es decir, mecánicamente. Sólo este tipo de desarrollo o de crecimiento marca la evolución real del hombre. No hay, y no puede haber, ninguna otra clase de evolución.

“Consideremos al hombre en el grado actual de su desarrollo. La naturaleza lo ha hecho tal cual es y tomado colectivamente, hasta donde podemos ver, así permanecerá. Los cambios que podrían ir en contra de las exigencias generales de la naturaleza sólo se pueden producir  en unidades  separadas.

Para comprender la ley de la evolución del hombre, es indispensable captar que esta evolución, más allá de cierto grado, no es en absoluto necesaria, es decir: de ningún modo necesaria para el desarrollo propio de la naturaleza en un momento dado. En términos más precisos, la evolución de la humanidad corresponde a la evolución de los planetas; pero el proceso evolutivo de los planetas, para nosotros, se desarrolla a través de ciclos de tiempo infinitamente largos. En el espacio de tiempo que el pensar humano puede abarcar, no puede tener lugar ningún cambio esencial en la vida de los planetas, y por consiguiente no puede tener lugar ningún cambio esencial en la vida de la humanidad.

La humanidad no progresa, ni evoluciona. Lo que nos parece ser progreso o evolución es una modificación parcial que puede ser inmediatamente contrabalanceada por una modificación correspondiente en la dirección opuesta. “La humanidad, así como el resto de la vida orgánica, existe sobre la tierra para los fines propios de la tierra. Y es exactamente lo que debe ser para responder a las necesidades actuales de la tierra.

“Sólo un pensamiento tan teórico y tan alejado de los hechos como el pensamiento europeo moderno, podría concebir la posibilidad de la evolución del hombre independientemente de la naturaleza circundante, o considerar la evolución del hombre como una gradual conquista de la naturaleza. Esto es completamente imposible. Ya sea que viva, muera, evolucione o degenere, igualmente el hombre sirve a los fines de la naturaleza, o más bien, la naturaleza se sirve igualmente —aunque quizá por motivos diferentes— de los resultados tanto de la evolución como de la degeneración. La humanidad considerada como un todo jamás puede escapar a la naturaleza, ya que aun en su lucha contra ella, el hombre actúa de conformidad con los fines de la misma. La evolución de grandes masas humanas está en oposición a los fines de la naturaleza. La evolución de un pequeño porcentaje de hombres puede estar de acuerdo con estos fines.

El hombre contiene en sí mismo la posibilidad de su evolución. Pero la evolución de la humanidad en su conjunto, es decir, el desarrollo de esta posibilidad en todos los hombres, o en la mayoría de ellos, o aun en un gran número, no es necesaria a los designios de la tierra o del mundo planetario en general, y de hecho, esto podría serle perjudicial o aun fatal. Hay, por consiguiente, fuerzas  especiales (de carácter planetario) que se oponen a la evolución de las grandes masas humanas y las mantienen donde deben estar.

Por ejemplo, la evolución de la humanidad más allá de cierto grado, o más exactamente, más allá de cierto porcentaje, sería fatal para la luna. Actualmente la luna se nutre de la vida orgánica, se nutre de la humanidad. La humanidad es una parte de la vida orgánica; esto significa que la humanidad es un alimento para la luna. Si todos los hombres llegaran a ser demasiados inteligentes, ya no querrían ser devorados por la luna.

“Pero las posibilidades de evolución existen y se pueden desarrollar en individuos aislados, con la ayuda de los conocimientos y de los métodos apropiados. Tal desarrollo puede efectuarse sólo en interés del hombre, en oposición a las fuerzas y, se podría decir, a los intereses del mundo planetario. Un hombre tiene que comprender esto: que su evolución no interesa sino a él. A ningún otro le interesa. Y no debe contar con la ayuda de nadie. Porque nadie está obligado a ayudarle, y nadie tiene la intención de hacerlo. Por el contrario, las fuerzas que se oponen a la evolución de las grandes masas humanas también se oponen a la evolución de cada hombre. Toca a cada uno el ingeniárselas. Mas si un hombre puede burlarlas, la humanidad no puede hacerlo. Ustedes comprenderán más tarde que todos estos obstáculos  son muy útiles; si no existieran, sería necesario crearlos intencionalmente, porque sólo al vencer los obstáculos un hombre puede desarrollar en sí mismo las cualidades que necesita.

Tales son las bases de un concepto correcto de la evolución del hombre. No hay evolución obligatoria, mecánica. La evolución es el resultado de una lucha consciente. La naturaleza no necesita esta evolución; no la quiere y la combate. La evolución no puede ser necesaria sino al hombre mismo, al darse cuenta de su situación y de la posibilidad de cambiarla, cuando se da cuenta de que tiene poderes que nunca emplea, y riquezas que no ve. Y es en el sentido de lograr la posesión de estos poderes y de estas riquezas que la evolución es posible. Pero si todos los hombres, o la mayoría de ellos, comprendieran esto y desearan obtener lo que les pertenece por derecho de nacimiento, la evolución llegaría a ser otra vez imposible. Lo que es posible para cada hombre es imposible para las masas.

“El individuo tiene el privilegio de ser muy pequeño, y por lo tanto de no contar en la economía general de la naturaleza, donde no cambia nada el que haya un hombre mecánico de más o de menos. Podemos darnos una idea de la correlación de magnitudes comparándola a la que existe entre una célula microscópica y nuestro cuerpo entero. La presencia o la ausencia de una célula no cambia nada en la vida del cuerpo. No podemos ser conscientes de ello, y esto no puede tener influencia sobre la vida y las funciones del organismo. Exactamente de la misma manera, un individuo como tal es demasiado pequeño para influir en la vida del organismo cósmico, con el cual está en la misma relación (en lo que se refiere al tamaño) que la de una célula con todo nuestro organismo. He aquí precisamente lo que le puede permitir «evolucionar», he aquí en qué se basan sus «posibilidades».

En cuanto a la evolución, es indispensable convencerse bien, desde el principio mismo, que nunca existe evolución mecánica. La evolución del hombre es la evolución de su conciencia. Y la «conciencia» no puede evolucionar inconscientemente. La evolución del hombre es la evolución de su voluntad, y la «voluntad» no puede evolucionar involuntariamente. La evolución del hombre es la evolución de su poder de «hacer», y el «hacer» no puede ser el resultado de lo que «sucede».

La gente no sabe lo que es el hombre. Ella tiene que tratar con una máquina muy complicada, mucho más complicada que una locomotora, un auto o un avión — pero no saben nada, o casi nada, de la estructura, de la marcha, ni de las posibilidades de esta máquina; ni siquiera comprenden sus mas simples funciones, porque no conocen la finalidad de estas funciones. Imaginan vagamente que un hombre tendría que aprender a manejar su máquina como tiene que aprender a manejar una locomotora, un auto o un avión, y que una maniobra incompetente de la máquina humana es tan peligrosa como una maniobra incompetente de cualquier otra máquina. Todo el mundo se da cuenta si se trata de un avión, de un auto o de una locomotora.

Pero muy raras veces uno lo toma en consideración cuando se trata del hombre en general, o de sí mismo en particular. Uno cree que es justo y legítimo pensar que la naturaleza le ha dado al hombre el conocimiento necesario de su propia máquina; no obstante, la gente estará de acuerdo en que un conocimiento instintivo de esta máquina está lejos de ser suficiente. ¿Por qué estudian ellos la medicina y recurren a sus servicios? Evidentemente porque se dan cuenta que no conocen sus propias máquinas. Pero no sospechan que podrían conocerlas mucho mejor de lo que la ciencia las conoce y que entonces podrían obtener de ellas un trabajo completamente distinto.”

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PD OUSPENSKY

 Fragmentos de Una Enseñanza Desconocida

Los Humanos somos alimento de “algo”

¿Somos una Granja de Entidades Superiores?

El mito de los maestros espirituales

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Un viaje para desplegar nuestra observación interior y exterior y revelar nuevos enfoques en el cambio hacia nuestro propósito de vida. Visitas a Katmandú, Pokhara, Parque nacional de Chitwan y trekking consciente por los Himalayas de 5 días. Del 26 de Diciembre de 2014 al 6 de Enero de 2015.

Por José María Doria

¿Todavía crees que la personalidad puede tener solo una cara?, ¿la perfecta?
¿Acaso creías que era tan paciente y casto como parecía predicar?
¿Imaginaste que formar pareja con una persona tan “meditadora” sería un camino de rosas?

En el camino de búsqueda de la verdad que cada día más personas recorren, es frecuente encontrar la figura del “maestro espiritual”, figura modélica y ejemplar, tal vez inspirada en la incondicional entrega que se genera en la cultura oriental entre discípulo y gurú. Y el hecho de que sobre este gurú se tienda a proyectar las más sublimes idealizaciones, no quiere decir que éste realmente llegue necesariamente a encarnarlas en su propio nivel persona.

Quizá convenga aclarar de una vez por todas que no es lo mismo ser un “Maestro”, como parece que muchos discípulos tratan legítimamente de llegar a ser, que tener incorporadas una o varias “maestrías” en la esfera personal. Y en este sentido puede afirmarse sin temor a caer en la radicalidad, que el único Maestro que existe, es decir, aquello que se manifiesta tan perfecto como divino,  es el ser esencial que todo ser humano ES en su consciencia profunda.

El hecho de que un ser pueda servir de “maestro” a otro, no significa que su persona tenga que encarnar la perfección, sino que basta con que haga de espejo a la luz que el discípulo busca y que todos en realidad somos. Por otra parte, los seres que encarnan grandes capacidades mentales y espirituales, no dejan de tener dolores de cabeza, asperezas con los hijos o discípulos, días con mal tiempo en el carácter, y en muchos casos, enfermedades y muertes muy dolorosas. Una realidad que tiende a ocultarse para satisfacer las infantiles etapas de una humanidad que necesita modelos ideales para crecer, ya que al igual que todo niño, precisa del “mejor papá del mundo”. Sin duda una manera de enfocar la energía hacia valores y virtudes que actúan como los primeros faros de navegación.

Como bien se sabe, este discípulo que durante unos años de fervor y respeto modélico, ha necesitado idealizar a su “maestro”, tarde o temprano termina por crecer y madurar, al tiempo que tiene la ocasión de presenciar en éste, alguna salida de tono ajena a la habitual beatitud. A veces podrá pillarle infraganti satisfaciendo deseos oficialmente nada deseables en los “iluminados”, o simplemente observará en su maestro gestos de ira, manipulación o exageraciones varias que no ha podido reprimir en la cotidiana reunión de sus fieles.

Situaciones éstas que en la inmadurez del discípulo tienden a ocasionar desilusión y rabia. ¡Papá ha muerto!, ¿qué será verdad de todo lo que nos ha dicho? ¡Todo esto es un camelo! Sentimientos que naturalmente brotan en el joven peregrino, que de alguna forma, si quiere seguir avanzando, tendrá que acabar viendo desde el amor y la belleza, las limitaciones menos presentables, las arrugas más profundas y los deseos menos confesables… de la “esfera persona” de su iniciador. Todo ello sin confundir la Luna con el dedo que la señala.

Poco a poco y conforme el discípulo acepta su sombra, comienza a tener la “manga más ancha”, y asimismo a quererse con sus propias limitaciones. Finalmente termina también por percibir a su antiguo maestro con capacidades y competencias, en muchos casos tan admirables como exquisitas, es decir, cualidades de alta cultura derivadas de un largo cultivo. Es entonces cuando comprende que las maestrías son rasgos del alma, rasgos que se manifiestan con sabiduría a través de la propia esfera personal, esfera que por naturaleza es dual, contradictoria y vulnerable, por muy observada y trabajada que ésta haya sido.

Con el tiempo, el discípulo se da cuenta de que ya ha descubierto en sí mismo, uno a uno, todos los defectos que criticó en sus tiempos de “idealización académica”. Son los aspectos que ahora abraza en su viejo maestro, tornando a éste todavía más venerable que cuando era considerado como un avatar de incógnito entre los humanos con la misión de salvar a la Tierra. Es entonces cuando de pronto, los ojos del discípulo son ya capaces de percibir el amor profundo y una ternura infinita envuelta en intuición y sabiduría. Amor y lucidez que ni más ni menos son, han sido y serán las suyas, ni más ni menos que la expresión directa de la verdadera identidad o nivel en el que se despierta de la ilusión de considerarse persona separada, un nivel en el que ya no hay “otro”, en el que se ES unidad de consciencia. El nivel de de percepción que todo ser humano visitado por la Gracia es capaz de sentir y expresar.

El maestro no es aquel que transmite información, ése es el profesor. En realidad el maestro es quien deconstruye el andamiaje para atravesar el ego, el que facilita el desarme de resistencias, quien acompaña e inspira el proceso de ser lo que sabemos que somos, pero aún así seguimos soñando que no lo somos. El maestro es quien de alguna forma, despertó y dinamiza el despertar, el que transitó por el laberinto, se perdió una y mil veces, y quien en el camino de vuelta a casa, encuentra otros que también lo recorren.

¿Quién es el maestro? ¿Un libro, un atardecer, un perro, un inocente, un amante, tus padres, aquel anciano, el más humilde, el tacón de la bailarina, la flauta del eremita, las sandalias del peregrino, el dolor de aquel adiós, la mirada de la ternura, el relámpago, la herida de nuevo abierta, la sonrisa de una madre, tu voz, el falo de Don Fauno, la pérdida, el cielo estrellado, el pezón de la doncella, la muerte, el ojo de la vaca…?

Todo aquello que refleje tu esencia…
Aunque a veces para llegar a ello, se atraviesen los infiernos de las propias sombras.

José María Doria

José María Doria

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 Superación Transpersonal. Entrevista a José María Doria

El maestro es quien de alguna forma, despertó y dinamiza el despertar, el que transitó por el laberinto, se perdió una y mil veces, y quien en el camino de vuelta a casa, encuentra otros que también lo recorren.

 

LA EDUCACIÓN Y EL SIGNIFICADO DE LA VIDA ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia si ella nos conduce a la violencia y a la completa infelicidad?

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Nuestra educación presente está adaptada a la industrialización y la guerra, siendo su principal propósito desarrollar la eficiencia; y nosotros nos hallamos atrapados en esta maquinaria de competencia despiadada y destrucción mutua. Si la educación nos conduce a la guerra, si nos  enseña a destruir o ser destruidos, ¿no ha fracasado completamente?

Todos hemos sido preparados por la educación y el medio para buscar el provecho personal y la seguridad, y para luchar por nosotros mismos. Aunque lo disimulemos con frases agradables, hemos sido educados por las diversas profesiones, dentro de un sistema basado en la explotación y el temor adquisitivo. Una educación semejante debe traer inevitablemente confusión y desdicha para nosotros mismos y para el mundo, porque crea en cada individuo esas barreras psicológicas divisivas que lo mantienen separado de los demás.

La educación no es un mero asunto de adiestrar la mente. El adiestramiento, contribuye a la eficacia, pero no genera integración. Una mente que tan sólo ha sido adiestrada es la continuación del pasado, y una mente así jamás puede descubrir lo nuevo. Por eso, para averiguar qué es la verdadera educación, tendremos que investigar todo el significado del vivir.

Para la mayoría de nosotros, el significado de la vida como una totalidad no es de primordial importancia, y nuestra educación acentúa los valores secundarios, tornándonos peritos en alguna rama del conocimiento. Si bien el conocimiento y la eficiencia son necesarios, el hacer hincapié fundamental en ellos sólo da por resultado conflicto y confusión.

Existe una eficiencia que, inspirada en el amor, va mucho más allá y es más grande que la eficiencia de la ambición; y sin amor, que trae consigo una comprensión integrada de la vida, la mera eficiencia engendra crueldad. ¿No es esto, acaso, lo que actualmente está ocurriendo en todo el mundo? Nuestra educación presente está adaptada a la industrialización y la guerra, siendo su principal propósito desarrollar la eficiencia; y nosotros nos hallamos atrapados en esta maquinaria de competencia despiadada y destrucción mutua. Si la educación nos conduce a la guerra, si nos  enseña a destruir o ser destruidos, ¿no ha fracasado completamente?

Para dar origen a la verdadera educación, es obvio que debemos comprender el significado de la vida como una totalidad, y por eso tenemos que ser capaces de pensar, no consecuentemente, sino de manera directa y veraz. Un pensador consecuente es una persona irreflexiva, porque se ajusta a un modelo; repite frases y piensa conforme a una rutina. No podemos comprender la existencia de modo abstracto o teórico. Comprender la vida es comprendemos a nosotros mismos, y eso es tanto el principio como el fin de la educación.

La educación no consiste tan sólo en adquirir conocimientos, en reunir datos y correlacionarlos; es ver el significado de la vida como una totalidad. Pero lo total no puede ser abordado a través de la parte, que es lo que intentan hacer los gobiernos, las religiones organizadas y los partidos políticos autoritarios.

El objeto de la educación es crear seres humanos integrados y, por lo tanto, inteligentes. Podemos adquirir títulos y ser eficientes desde el punto de vista mecánico, sin que por eso seamos inteligentes. La inteligencia no es mera información; no se obtiene de los libros ni consiste en ingeniosas respuestas autoprotectoras y afirmaciones agresivas. Una persona que no ha estudiado puede ser más inteligente que una erudita. Hemos hecho de los exámenes y los títulos la norma de inteligencia, y hemos desarrollado mentes astutas que eluden las cuestiones humanas vitales. La inteligencia es la capacidad de percibir lo esencial, lo que es; y la educación consiste en despertar esta capacidad en uno mismo y en los demás.

La educación debe ayudarnos a descubrir valores perdurables, a fin de que no nos aferremos meramente a fórmulas ni repitamos eslóganes; debe ayudarnos a derribar nuestras barreras nacionales y sociales en vez de acentuarlas, porque engendran antagonismo entre los seres humanos. Desafortunadamente, el sistema actual de educación nos torna serviles, mecánicos y profundamente irreflexivos; si bien nos despierta intelectualmente, en lo interno nos deja incompletos, atontados y faltos de creatividad,

Sin una comprensión integrada de la vida, nuestros problemas intelectuales y colectivos sólo se ahondarán y extenderán. El propósito de la educación no es producir meros eruditos, técnicos y buscadores de empleos, sino seres humanos integrados y libres de miedo; porque únicamente entre seres humanos así puede haber paz duradera.

En la comprensión de nosotros mismos, el miedo llega a su fin. Si el individuo ha de abordar la vida de instante en instante, si ha de enfrentarse a sus complicaciones, a sus desdichas y exigencias repentinas, debe ser infinitamente flexible y, por ende, debe estar libre de teorías y patrones particulares de pensamiento.

La educación no ha de estimular al individuo para que se amolde a la sociedad ni para que se oponga a ella, sino que debe ayudarle a descubrir los verdaderos valores que se revelan con la investigación imparcial y la percepción de nosotros mismos. Cuando no hay conocimiento propio, la autoexpresión se vuelve autoafirmación, con todos sus conflictos ambiciosos y agresivos. La educación debe despertar la capacidad de conocernos a nosotros mismos y, de tal modo, no complacernos meramente en la gratificadora autoexpresión.

¿De qué sirve que aprendamos, si en el proceso del vivir nos destruimos a nosotros mismos? Como hemos tenido una serie de guerras devastadoras, una inmediatamente después de la otra, es obvio que hay algo radicalmente erróneo en el modo como educamos a nuestros hijos. Creo que casi todos nos damos cuenta de esto, pero no sabemos cómo afrontarlo.

Los sistemas, ya sea educativos o políticos, no cambian misteriosamente; se transforman cuando hay un cambio fundamental en nosotros mismos. Lo que tiene importancia básica es el individuo, no el sistema; y mientras el individuo no comprenda la totalidad de sí mismo, ningún sistema, de la izquierda o de la derecha, podrá traer orden y paz al mundo.

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KRISHNAMURTI  – LA EDUCACIÓN Y EL SIGNIFICADO DE LA VIDA – 2ª

Los hombres son maquinas. ¿Qué esfuerzos conscientes puede hacer una máquina?

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Los hombres son maquinas. Las máquinas son necesariamente ciegas, inconscientes. No pueden ser de otra manera y todas sus acciones tienen que corresponder a su naturaleza. La actividad inconsciente de ‘un millón de máquinas’ tiene necesariamente que dar por único resultado la destrucción, la exterminación.

Durante una de las reuniones siguientes, se abordó una vez más la cuestión de los caminos.

—Para un hombre de cultura occidental, dije, naturalmente es difícil creer y aceptar la idea de que un faquir ignorante, un monje ingenuo, o un yogui retirado del mundo pueda estar en el camino de la evolución mientras que un europeo cultivado, armado de su «ciencia exacta» y de los últimos métodos de investigación, no tiene ninguna oportunidad y gira en un círculo del cual no puede esperar salir.

—Sí, esto es porque la gente cree en el progreso y en la cultura, dijo G. Pero no hay ningún progreso, de ninguna clase. Nada ha cambiado en miles de años. Sólo la forma exterior cambia. La esencia no cambia. El hombre sigue siendo exactamente igual. Los pueblos «cultos» y «civilizados» viven y se guían por los mismos intereses de los salvajes más ignorantes. La civilización moderna está basada en la violencia, la esclavitud y en las frases bellas. Pero todas las frases bellas sobre la ‘civilización’ y el ‘progreso’ son palabras y nada  más que palabras.”

Esto no podía dejar de producir en nosotros una impresión particularmente profunda, porque fue dicho en 1916, cuando la más reciente de las manifestaciones de la “civilización”, en la forma de una guerra como el mundo jamás había visto, no hacía sino crecer y ampliarse, arrastrando en su órbita de semana en semana a nuevos millones de hombres.

Recordaba haber visto, unos días antes, en la Liteiny, dos enormes camiones cargados hasta la altura de un primer piso, de muletas nuevas de madera, todavía sin pintar. No sé por qué estos camiones me habían asustado particularmente. En estas montañas de muletas, para las piernas que todavía no habían sido mutiladas, había, con respecto a todas las ilusiones con que la gente se arrulla, una ironía particularmente cínica. A pesar mío, me representé el hecho de que camiones exactamente semejantes rodaban en Berlín, París, Viena, Londres, Roma y Constantinopla. Y actualmente todas estas ciudades, que yo conocía y amaba, justamente en razón de sus diferencias y contrastes, se habían tornado hostiles para mí, así como en adelante serian hostiles entre sí, separadas por nuevos muros de odio y de crimen.

Un día que nos encontrábamos reunidos, hable de aquellos camiones y de su carga de muletas, y de los pensamientos que se habían suscitado en mí.

— ¿Qué quiere usted? me dijo G. Los hombres son maquinas. Las máquinas son necesariamente ciegas, inconscientes. No pueden ser de otra manera y todas sus acciones tienen que corresponder a su naturaleza. Todo sucede. Nadie hace nada. El «progreso» y la «civilización», en el sentido real de estas palabras, no pueden aparecer sino al término de esfuerzos conscientes. No pueden aparecer como resultado de accionen inconscientes y mecánicas. ¿Qué esfuerzos conscientes puede hacer una máquina? Y si una máquina es inconsciente, lo son también cien y mil máquinas y cientos de miles y millones de máquinas.

La actividad inconsciente de un millón de máquinas tiene necesariamente que dar por único resultado la destrucción, la exterminación. Es precisamente en las manifestaciones inconscientes e involuntarias en las que reside todo el mal. Ustedes no comprenden todavía, y no pueden imaginar todas las consecuencias de esta plaga. Pero llegará el tiempo en que comprenderán.”

Con esta afirmación, según lo recuerdo, terminó su conferencia.

FRAGMENTOS DE UNA ENSEÑANZA DESCONOCIDA

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P. D. OUSPENSKY

OSHO – Ninguna sociedad quiere que seas sabio

AL-GAZZALI, entre los santos y filósofos, que los doctores de la Iglesia consideran como columnas en el Templo del pensamiento absoluto

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Abū Ḥāmid Muḥammad ibn Muḥammad at-Tūsī al-Ghazālī, en árabeأَبُو حَامِد الغَزَالِيّ, latinizado como Algazael (GhazalehIrán1058 - TusIrán19 de diciembre de 1111), teólogo, jurista, filósofo, psicólogo y místico de origen persa.

Entre Al-Gazzali y San Agustín hay una gran afinidad espiritual y una estrecha ligazón mística. Ambos representan dos tendencias y dos sistemas similares que convergen en un solo principio, pese a las diferencias y disputas sectarias, teológicas y sociales que había en su época.

Aquel principio constituye un anhelo positivo dentro del alma, que comienza gradualmente en el ser humano, desde las cosas externas y sus manifestaciones hasta las razonadas, y desde la filosofía hasta las más altas concepciones sobre la Divinidad. Y lo más original es que he visto sobre los muros de una iglesia del siglo XV, en Florencia, Italia, un dibujo que coloca a Al-Gazzali entre los santos y filósofos, que los doctores de la Iglesia consideran como columnas en el Templo del pensamiento absoluto.

Se retiró Al-Gazzali del mundo, abandonando todo cuanto tenía de vida acomodada y alta posición, y se aisló solo, abrazando la vida mística.

Y desde entonces se dedicó a la meditación, investigando los finos hilos que unen los extremos de la ciencia con los principios de la religión, ahondando en su búsqueda, en pro de aquella ánfora oculta, en la que se entremezclan los conocimientos y las experimentaciones de los hombres con sus sentimientos y sus ensueños. Al-Ihya-w

Y así hizo San Agustín cinco siglos antes que Al-Gazzali, pues quien ha leído las Confesiones del Santo de la Iglesia, recordará cómo tomó a la tierra y sus vicisitudes por una Escala para subir hasta la Conciencia excelsa de la Vida.

Empero encontré a Al-Gazzali acercarse más a la esencia de las cosas y sus misterios que San Agustín. La causa puede que ella sea por la diferencia que hubo entre lo que el primero heredó de las teorías científicas arábigo-helénicas, varios siglos antes, y lo que el segundo recibió de la escuela teológica que preocupaba a los primeros padres de la Iglesia, durante los siglos II y III d.C. Por herencia significo todo aquello que se trasmite, a través del tiempo, de mente en mente, lo mismo que las características peculiares corporales que se manifiestan en los pueblos, siglo tras siglo.

También hallé en Al-Gazzali aquello que lo vuelve en un eslabón de oro que une entre los que lo precedieron de los místicos hindúes, y los que, posteriormente, le siguieron de los panteístas. En el viejo pensamiento hindú hay eco de lo que ha intuido y anhelado Al-Gazzali. Esta misma tendencia la encontramos, más tarde, en Espinosa y William Blake.

Entre los orientalistas cuenta Al-Gazzali con mucha simpatía, y lo estudian con respeto, colocándolo entre los filósofos de Oriente, en el primer rango, conjuntamente con Avicena y Averroes. Mas los místicos y los espiritualistas lo consideran el pensamiento más excelso que apareció en el Islam.

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 Khalil Gibran

Maher Zain Best Song