En el silencio de la noche la Muerte llegó a la tierra desde Dios


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En el silencio de la noche la Muerte llegó a la tierra desde Dios. Flotó sobre la ciudad y escrutó las viviendas con sus ojos. Vio a los espíritus suspendidos en alas de los sueños, y al pueblo sometido al Sueño.

Cuando la luna se hundió tras el horizonte y la ciudad se oscureció, caminó silenciosamente entre las casas -cuidándose de no rozar nada- hasta llegar a un palacio. Penetró imperturbable a través de las puertas candadas y se detuvo junto al lecho de un hombre rico; y cuando la Muerte tocó su frente, se abrieron los ojos del durmiente, revelando su gran temor.

Al ver al espectro, dijo, con voz estremecida de furia y miedo -Vete, oh horrible pesadilla; déjame, oh espectro horrendo. ¿Quién eres? ¿Cómo has entrado a este sitio? ¿Qué buscas? ¡Abandona este sitio de inmediato, pues soy el amo de la casa y llamaré a mis siervos y guardianes y les ordenaré matarte!

Entonces la Muerte habló con voz tierna pero atronadora:

-¡Soy la Muerte. Inclínate ante mí!

-¿Qué quieres? -respondió el hombre-. ¿Por qué has venido a este sitio si aún no he concluido mis tareas? ¿Qué pretendes de un poder como el mío? ¡Vuélvete al débil, y llévalo contigo!

“Aborrezco la visión de tus garras sangrientas y de tu rostro hueco, y mis ojos se enferman al ver tus horribles alas y tu cadavérico cuerpo. -Después de un momento de horrorosa toma de conciencia agregó:- ¡No, no, oh Muerte misericordiosa! No tomes en cuenta mis palabras, porque el miedo revela lo que prohíbe el corazón.

“Toma un puñado de mi oro o llévate las almas de mis esclavos, pero déjame. Tengo deudas con la vida; poseo las riquezas de mi pueblo; mis barcos aún no han tocado puerto; mi cereal aún no ha sido cosechado. Llévate lo que quieras, pero perdóname la vida. Muerte, poseo harenes poblados de bellezas extraordinarias; tu elección es mi obsequio. Oye mi ruego Muerte: sólo tengo un hijo y lo quiero entrañablemente porque es mi única alegría en esta vida. Te ofrezco el supremo sacrificio: ¡llévatelo, pero perdóname!

La muerte murmuró:

-No eres rico sino piadosamente pobre.

Entonces tomó la mano de aquel esclavo terreno, tomó su realidad, y encomendó a los ángeles la ardua tarea de corregirla.

Y la Muerte caminó pausadamente entre las moradas de los pobres hasta que llegó a la más mísera que pudo hallar. En ella penetró y se aproximo al lecho en el que dormía plácidamente un joven. La Muerte rozó sus ojos; el joven se incorporó de un salto al verla junto a él, y con voz esperanzada y cariñosa dijo:

-Aquí estoy, mi, bella Muerte. Acepta mi alma, eres la esperanza de mis sueños. ¡Hazlos realidad!

¡Rodéame, oh Muerte amada! Eres misericordiosa, no me abandones. Eres un mensajero de Dios; llévame con Él. Eres la mano derecha de la Verdad y el Corazón de la Bondad; no me desdeñes. “Te he llamado muchas veces, pero no viniste; te he buscado, pero me rehuías; te llamé pero no me escuchaste. Ahora me escuchas: ¡abraza mi alma, Muerte amada!

La Muerte posó su tierna mano sobre los trémulos labios, llevó consigo la realidad, y la guardó bajo sus alas para protegerla durante el viaje. Ya de regreso en el cielo, se volvió y susurró su advertencia:

“Sólo regresarán a la Eternidad

Aquellos que en la tierra la buscaron.”

(Los Deseos )                              Khalil Gibrán

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