Usted es el sufrimiento ¿Es el sufrimiento diferente de uno mismo?


Cuando no hay un observador que esté sufriendo, ¿es el sufrimiento diferente de uno mismo? Uno es ese sufrimiento, ¿no es así?

Usted  no está separado del dolor, usted es el dolor. ¿Que ocurre? Al no rotular eso, al no nombrarlo, al no ignorarlo, usted es tan sólo ese dolor, ese sentimiento, esa sensación de angustia. Cuando no lo nombra, cuando no hay miedo con respecto a eso, ¿está el centro relacionado con ello? Si lo está, entonces tiene miedo de ello. Entonces tiene que actuar, hacer algo al respecto. Pero si el centro es eso, entonces, ¿qué hace usted? No hay nada que hacer, ¿verdad? Si usted es eso y no está rotulándolo, aceptándolo o desechándolo, si usted es esa cosa, ¿qué ocurre? ¿Dice que sufre entonces? Por cierto, ha tenido lugar una transformación fundamental. Ya no existe más el «yo sufro», porque no hay un centro que sufra, y el centro sufre porque jamás hemos examinado qué es el centro. Vivimos tan sólo de palabra en palabra, de reacción en reacción.

 

¿Es el sufrimiento tan sólo una palabra o es una realidad?

 

¿Es el sufrimiento tan sólo una palabra o es una realidad? Si es una realidad y no simplemente una palabra, en ese caso ahora la palabra carece de significado; existe tan sólo el sentimiento de intenso dolor. ¿En relación con qué? En relación con una imagen, una experiencia, con algo que usted tiene o no tiene. Si lo tiene, lo llama placer; si no lo tiene, es dolor. Por lo tanto, el dolor está en relación con algo. Ese algo, ¿es mera verbalización, o es una realidad? Tal como el miedo, no puede existir por sí mismo, sino sólo en relación con algo: un individuo, un incidente, un sentimiento. Ahora bien, usted está plenamente alerta al sufrimiento. ¿Está ese sufrimiento separado de usted y, por lo tanto, usted es meramente el observador que percibe el sufrimiento, o ese sufrimiento es usted?

 

La mayoría de nosotros no está en comunión con nada. No estamos en comunión directa con nuestros amigos, con nuestra esposa, con nuestros hijos […]

Para comprender, pues, el dolor, uno debe amarlo,  ¿no es así? Es decir, debe estar en comunión directa con él. Si usted quiera comprender algo -a su vecino, a su esposa, o a alguna relación-, si quiere comprender algo completamente, debe estar cerca de ello. Debe llegar a ello sin reparo alguno, sin prejuicio, condena ni repulsión; debe mirarlo, ¿verdad? Si yo quiero comprenderlo a usted, no debo tener prejuicios a su respecto, debo ser capaz de mirarlo, no a través de las barreras, de las pantallas de mis prejuicios y condicionamientos. Tengo que estar en comunión con usted, lo cual implica que debo amarlo. De igual manera, si quiero comprender el dolor, debo amarlo, debo estar en comunión con él. No puedo hacerlo porque estoy escapando del dolor mediante explicaciones, teorías, esperanzas, postergaciones, todo lo cual constituye el proceso de verbalización. Así pues, las palabras me impiden estar en comunión con el dolor. Las palabras -palabras de explicaciones, racionalizaciones, que siguen siendo palabras, un proceso mental- impiden que entre en comunión directa con el dolor.

 Pero sólo cuando estoy en comunión con el dolor puedo comprenderlo.

 

El Libro de La Vida               Krishnamurti

 

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