Seguí reverentemente el cortejo que acompañó a Selma y a su hijo hasta su último reposo


Cinco años del matrimonio de Selma transcurrieron, sin que hubiera hijos que reforzaran los lazos espirituales entre ella y su esposo, lazos que hubieran podido acercar a sus almas contrastantes.

 La mujer estéril es vista con desdén en todas partes, porque la mayoría de los hombres desean perpetuarse en su posteridad. El hombre común considera a su esposa, cuando no puede tener hijos, como a un enemigo; la detesta, la abandona y desea su muerte. Mansour Bey Galib era de esa clase de hombres; en lo material, era como la tierra, duro como el acero y codicioso como un sepulcro. Su deseo de tener un hijo que llevara su nombre y prolongara su reputación hizo que odiara a Selma, a pesar de su belleza y de su dulzura.

 Un árbol que crece en una cueva no da fruto; y Selma, que vivía en la parte oscura de la vida, no concebía…El ruiseñor no hace su nido en la jaula, a menos que la esclavitud sea el sino de su raza… Selma era una prisionera del dolor, y era voluntad del Cielo que no hubiese otro prisionero que le hiciera compañía. Las flores del campo son hijas del afecto del sol y del amor de la Naturaleza; y los hijos de los hombres son las flores del amor y de la compasión.

El espíritu del amor y de la compasión nunca reinó en su hermosa casa de Ras Beirut. Sin embargo, se arrodillaba Selma todas las noches y pedía a Dios un hijo en quien encontrar compañía y consuelo… Oró hasta que el Cielo oyó sus plegarias.

 El árbol de la cueva floreció y, al fin dio fruto. El ruiseñor enjaulado empezó a hacer su nido con las plumas de sus alas. Selma extendió los encadenados brazos hacia el Cielo, y recibió el precioso don, y nada en el mundo pudo hacerla más feliz que saber que iba a ser madre… Esperó ansiosamente, contando los días, y ansiando el tiempo en que el canto más dulce del Cielo, la voz de su hijo, sonara como campanitas de cristal en sus oídos. Empezó Selma a ver la aurora de un futuro menos negro, a través de sus lágrimas…

 

Era el mes de Nisán cuando Selma estaba en el lecho del dolor y del trabajo de parto, donde luchaban la vida y la muerte. El médico y la comadrona se preparaban a entregar al mundo a un nuevo huésped. Pero a altas horas de la noche, Selma empezó a gritar, con gritos que eran una separación de la vida… Un grito que se prolongó en el firmamento de la nada… Un grito de fuerza debilitada ante la quietud de fuerzas superiores… El grito de mi pobre Selma, que se debatía entre los pies de la vida y los pies de la muerte…

 Al alba, Selma dio a luz un varón. Al abrir los ojos la madre, vio rostros sonrientes en toda la habitación, y luego vio que la vida y la muerte aún luchaban en su lecho. Cerró los ojos, y exclamó, por primera vez:

– ¡Oh, hijo mío!

La comadrona envolvió al recién nacido en pañales de seda, y lo puso junto a su madre, pero el médico se quedó mirando a Selma, moviendo tristemente la cabeza.

Gritos de gozo despertaron a los vecinos, que se precipitaron a felicitar al padre por el nacimiento de su heredero, pero el médico miró a Selma y al hijo, y movió tristemente la cabeza.

Los sirvientes corrieron a dar la buena nueva a Mansour Bey sin saber que el médico seguía considerando a Selma y al niño con honda preocupación.

 Al salir el sol, Selma se llevó el niño al pecho, y el niño abrió los ojos y miró a su madre. El médico tomó al niño de los brazos de Selma y con lágrimas en los ojos, dijo:

-Es un huésped que se va…

El niño falleció mientras los vecinos celebraban con el padre en la gran sala de la casa, y mientras bebían vino a la salud del heredero. Selma miró al médico, y le rogó:

-Deme a mi hijo, y deje que le dé un beso…

Y aunque el niño estaba muerto, los sonidos de las copas entrechocando por los brindis de alegría, resonaban en la gran sala.

 

El niño nació al alba, y murió al llegar los primeros rayos del sol… No vivió para consolar y acompañar a su madre. Su vida había empezado al terminar la noche y cesó al principiar el día, como una gota de rocío vertida por los ojos de la oscuridad y secada al contacto de la luz. Fue una perla que la marea arrojó a la costa y que la misma marea devolvió a las profundidades del mar… Un lirio que acababa de abrirse del capullo de la vida y que aplastó el pie de la muerte. Fue un huésped querido que iluminó un instante el corazón de Selma, y cuya partida mató su alma. Tal es la vida de los hombres, la vida de las naciones, la vida de soles, lunas y estrellas.

 

Y Selma miró intensamente al médico. – ¡Deme a mi hijo y déjeme abrazarlo -gritó-; deme a mi hijo, y déjeme darle el pecho! Pero el doctor inclinó la cabeza y su voz se quebró al decir: -Señora, su hijo está muerto; tenga paciencia. Al oír estas palabras del médico, Selma dio un terrible grito. Luego, permaneció inmóvil un momento, y sonrió, como con alegría. Su rostro se iluminó como si hubiera descubierto algo, y dijo dulcemente:

Deme a mi hijo; quiero tenerlo cerca de mí, aunque esté muerto.

El médico le llevó el niño muerto a Selma y se lo puso en los brazos. Selma lo abrazó, luego volvió el rostro a la pared, y le habló a su hijo, en estos términos: -Hijo mío, has venido por mí; has venido a mostrarme el camino que conduce a la playa. Aquí estoy, hijo mío; llévame, y salgamos de esta oscura cueva.

 Y un minuto después, un rayo de sol penetró entre las cortinas de las ventanas e iluminó dos cuerpos inmóviles, que yacían en la cama, custodiados por la profunda dignidad del silencio y protegidos por las alas de la muerte. El médico salió de la habitación con lágrimas en los ojos, y cuando llegó a la gran sala, la celebración se convirtió en un funeral; pero Mansour Bey Galib nunca pronunció una palabra de lamento, ni derramó una sola lágrima. Se quedó de pie, inmóvil como una estatua, con una copa de vino en la mano derecha.

 Al día siguiente, Selma fue amortajada con su blanco vestido de novia y puesta en un ataúd; la mortaja del niño fueron sus pañales de seda; sus ataúd, los brazos de su madre; su tumba el calmado pecho que no lo alimentó. Eran dos cuerpos en un solo ataúd. Seguí reverentemente el cortejo que acompañó a Selma y a su hijo hasta su último reposo.

 Al llegar al cementerio, el obispo Galib empezó a cantar los salmos funerarios, mientras los demás sacerdotes oraban, y en los indiferentes rostros de todos ellos vi un velo de ignorancia y vacuidad.

Al bajar el féretro, uno de los asistentes dijo en voz baja: -Es la primera vez que veo a dos cuerpos en un ataúd. -Parece que el niño hubiera venido a rescatar a su madre de un esposo inmisericorde -dijo otra persona.

Y otra persona exclamó:

-Miren a Mansour Bey: dirige la vista al cielo, como si sus ojos fueran de hielo. No parece que haya perdido a su esposa y a su hijo en un solo día.

Y otra persona más, comentó:

-Su tío, el obispo, volverá a casarlo mañana con una mujer más rica y más fuerte.

 El obispo y los sacerdotes siguieron cantando y murmurando plegarias hasta que el sepulturero terminó de llenar la fosa. Luego, todos se fueron acercando uno a uno, a ofrecer sus respetos y sus condolencias al obispo y a su sobrino, con tiernas palabras, pero yo me quedé aparte, solitario, sin un alma que me consolara, como si Selma y su hijo no hubieran significado nada para mí.

El cortejo salió del cementerio; el sepulturero se quedó cerca de la nueva tumba, sosteniendo una pala en la mano. Me acerqué al sepulturero y le pregunté:

-¿Recuerda usted dónde enterró a Farris Efendi Karamy? Me miró un momento, y luego señaló la tumba de Selma. -Allí mismo; puse a su hija sobre él, y en el pecho de su hija reposa su nieto, y encima de ellos llené la fosa con tierra, con esta pala.

 Y mientras el sepulturero desaparecía detrás de los álamos, no pude más; me dejé caer sobre la tumba de Selma, y lloré.  Mi bien amada, la hermosa Selma, ha muerto, y nada queda de ella para preservar su memoria, sino mi roto corazón, y una tumba rodeada de cipreses. Esta tumba y este corazón son todo lo que ha quedado para dar testimonio de Selma.

 El silencio que custodia la tumba no revela el secreto de Dios, oculto en la oscuridad del ataúd, y el crujido de las ramas cuyas raíces absorben los elementos del cuerpo no descifran los misterios de la tumba, pero los suspiros de dolor de mi corazón anuncian a los vivientes el drama que han representado el amor, la belleza y la muerte.

 

X La Libertadora   ALAS ROTAS (1912)  Khalil Gibrán

 

 

 

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