Psicología del tirano


Abordé este asunto en el programa Hora clave y recibí tantos pedidos
para que lo escribiera, que cedo al reclamo. No dije nada original, porque
ya lo había desarrollado en uno de mis libros. En él me baso de nuevo ahora.
    

 Sostuve que existe un ‘romance secreto’ con los tiranos, a quienes se
llama, según las épocas, caudillos, dictadores, ‘mano dura’, personalidad
carismática o jefe autoritario. Por ejemplo, los caudillos, dueños de vidas
y haciendas, eran adorados por su valentía, su crueldad, su viveza, su
obstinación y hasta su generosidad caprichosa. Gobernaban como un rey, pero
no como cualquier rey, sino como un tirano, según el clásico modelo que nos
viene de la antigua Grecia.
  

    Ricardo Moscone, mientras realizaba una prolija investigación para
componer su exhaustiva biografía sobre Sócrates, revisó las frecuentes
condenas a la tiranía que realizaban los autores de aquel tiempo. Advirtió
que Sófocles quizás haya intitulado su tragedia inmortal con el nombre Edipo, a secas. Dijo que tal vez haya preferido Edipo tirano. No Edipo rey, porque la palabra ‘rey’ sólo es pronunciada una vez, hacia el final. La palabra ‘tirano’ es repetida siete veces.
     

 Freud se inspiró en esa tragedia para identificar el conflicto nuclear
de la neurosis, debido al incesto que Edipo comete con su madre y por haber
asesinado a su padre. En la Europa victoriana, cuando el psicoanálisis
realizaba sus primeros avances, era decisivo poner el acento en estos
puntos. Pero quedaban en la sombra otros, de gran riqueza. El complejo de
Edipo, centrado en esos dos aspectos, adquirió un enorme desarrollo teórico;
no así, en cambio, otro elemento básico: la tiranía, que esa obra expone de
un modo magistral.
     

 El desarrollo del argumento se adelanta a la técnica de las novelas
policiales, porque desde el comienzo presenta un enigma por resolver: la
causa de la peste que asolaba a Tebas. La peste no eran ratas o piojos o
culebras venenosas. La peste innominada, en realidad, eran la tiranía y sus
manejos. Edipo es un tirano que reúne en su personalidad y conducta todas
las lacras. Desconoce la jerarquía y dignidad del prójimo debido a su
narcisismo. Tiene tanto odio que enajena antiguos vínculos y hasta lazos de
sangre. No ama ni le alcanza lo mucho que ya tiene. Lo asaltan accesos de
furia. Grita fuerte e insulta, grosero. Su cabeza está nublada por una
incesante paranoia, que no le da reposo. Es incapaz de escuchar los buenos
consejos cuando se oponen a sus deseos o puntos de vista y considera
enemigos detestables a quienes los formulan. No soporta ninguna derrota. No
admite errores. Su superyó es destructivo, por lo cual es impotente para
comprender al otro que, si no se doblega, lo acusa de enemigo. Le hierve el
anhelo de venganza contra quienes considera un obstáculo para sus
ambiciones, aunque antes lo hayan servido como súbditos obedientes.
     

 La obra también revela que una tiranía puede instalarse por decisión
popular. Edipo es elegido por los ciudadanos de Tebas. En este aspecto, no
podemos sino redoblar nuestra admiración por Sófocles, que hace 2500 años
nos advertía que los tiranos pueden acceder al poder con aplausos y
felicidad comunitaria. Hitler fue elegido. Chávez fue elegido. Eso no
garantiza que una vez en el trono, mantengan la ley y merezcan ser alabados
como demócratas. No alcanza la elección: es determinante cómo se procede
después. Si después corrompen las instituciones, persiguen a los que piensan
diferente, generan confrontaciones para justificar los desquites y realizan
una apropiación indebida del patrimonio ajeno, la presunta democracia pasa a
ser una tiranía.
    

  El retumbante coro de la tragedia Edipo tirano exige conservar las
leyes. Porque son las leyes lo primero que profana el tirano, esa singular
peste de la sociedad. Después el coro señala que la intemperancia engendra a
los tiranos y que, si llegan muy arriba, se despeñan, con dolorosas
consecuencias para todos.
    

  En Grecia, el vocablo tyrannos se aplicaba a dioses y hombres. Se
refería al poder absoluto y arbitrario que no respetaba la ley, cuyas normas
debían flotar por encima de ellos mismos. Es un tyrannos quien adopta
medidas despóticas que incluyen la fuerza: castiga, destituye, descalifica,
persigue, destierra y hasta mata. El tyrannos es violento. Es rencoroso.
Prefiere permanecer ensimismado, encerrado, sólo accesible a los aduladores,
para sostener su mundo ilusorio, autista. Ignora la piedad y el perdón, que
considera signos de peligrosa debilidad o derrota. Jamás se pone en el lugar
del prójimo, al que, en general, desprecia cuando no le sirve. Considera que
merece que todo le pertenezca. Por eso se dedica a confiscar los bienes
ajenos. Y no lo frena el pudor al mentir, en especial cuando asegura que
ayuda a los pobres y débiles. Pero los pobres siguen siendo pobres, para
constituir su ejército ciego, ignorante, que lo apoya para continuar
atornillado en el poder. Dice que gobierna para todos, pero es mentira,
porque margina sin clemencia a quienes no bajan la cabeza ante él ni doblan
la rodilla. Le fallan las percepciones debido a la omnipotencia de su mente
inmadura. Su soberbia requiere una reiterada convalidación por parte de los
aduladores, que deben servirle halagos como si fuesen el pan de cada día. Es
un negador tenaz de la realidad, a la que le impide que llegue a su retina.
Por eso, Edipo termina arrancándose los ojos: ojos que se negaron a ver.
     

Es notable que, cuando ya había perdido su cetro y, pese a semejante
debacle quería seguir mandando, su sucesor, el tirano Creonte, le reprochó:
‘No quieras mandar en todo, Edipo, cuando incluso aquello en que triunfaste
no te ha dado provecho en la vida’.
     

 Según Plutarco, uno de los famosos sabios de Grecia, llamado Bías de
Priene, cuando fue interrogado sobre los animales salvajes, contestó de esta
forma: ‘De los animales salvajes, el más feroz es el tirano, y de los
animales domésticos, el más peligroso es el adulador’. Podemos agregar que
ambos se complementan y nutren bebiéndose la misma sangre.
     

En la Argentina hemos disfrutado puestas escénicas inolvidables de la
tragedia de Sófocles. El psicoanálisis ha cepillado hasta la raíz, ida y
vuelta, el complejo de Edipo. No obstante, el tirano que los griegos
clásicos nos aconsejaban mantener lejos, como un mal endémico, sigue vigente
en el querer secreto de la sociedad. Por eso los elegimos, por eso no les
ponemos límites o incluso negamos que tengan rasgos ominosos. No denunciamos
con fuerza sus defectos, sus vicios y abusos, sino que tendemos a
racionalizarlos, a menudo por miedo o intereses egoístas. Franjas
importantes -por motivos espurios, a veces; por obnubilación emotiva, otras-
tienden a seguir confiando en que cumplirán sus promesas de brindarnos un
país mejor y superarán el retroceso que padecemos en casi todos los órdenes.
Dicen que son ellos quienes combatirán el dragón que nos chupa la riqueza,
nos hace trampas, nos devasta. Sus promesas son altisonantes y aseguran
reivindicaciones, ecuanimidad, progreso; aseguran ser lo mejor de la
historia. Pero el progreso se reduce a engordar sus propios bolsillos y los
del círculo de amigos incondicionales (que tienen la etiqueta de ese animal
doméstico y dañino llamado adulador).
    

  Los tiranos, una vez encaramados, sobre el paño verde de la ruleta
nacional, barren como un crupier todas las fichas al alcance de su
rastrillo. Se ocupan, desde el alba de su gestión, en destruir los controles
y los frenos que puedan bloquear sus propósitos. Algunos son más prudentes y
disimulados; otros se envalentonan hasta la náusea. No consideran que la
corrupción sea inmoral si lleva agua a su molino.
    

  La corrupción, en sus manos, es una herramienta adicional para
mantener puesta una soga en el cuello de los cómplices: así no hablan ni se
sublevan. El tirano puede ser todo lo maligno que se quiera, pero no es
tonto.
   

   Sus efectos deletéreos no se limitan a la gestión, sino a la
degenerada ejemplaridad que inyectan en sus familiares, seguidores y el
resto de los habitantes. Eduardo Fidanza me recordó un pasaje del libro Masa
y poder, de Elías Canetti, donde titila este caso impresionante: ‘Cuando en
la corte de Uganda reía el rey, reían todos; cuando estornudaba,
estornudaban todos; cuando tenía un enfriamiento, todos aseguraban tenerlo;
si se cortaba el pelo, todos se hacían cortar el pelo’. Pero esa ejemplaridad producía consecuencias graves, porque implicaba coacción: ‘Que él estornude significa: ¡estornudad! Que se caiga del caballo: ¡caed!’ Todo apuntaba a reforzar su dominio. Sus gestos y expresiones debían ser celebrados con aplausos y también se debía alentar su repetición. ‘Pocos logran sustraerse de la obligación que emana de mil manos aplaudiendo’,
enfatiza Canetti.
     

El premio Nobel va más lejos aún, cuando indica que el ámbito donde
sucede lo que ha descrito se llama corte. Por eso ‘hacer la corte’ y
‘adular’ son sinónimos. La corte está infectada de subordinación y
servilismo. ‘Cortesano’ es una persona obsequiosa con su superior, un
vasallo. ¡Cómo abundan!
    

  Y aquí cierro el artículo. Cualquier semejanza con nuestra realidad
nacional no es pura coincidencia, sino que queda a criterio del lector

Psicología del tirano

Marcos Aguinis        http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota

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Un pensamiento en “Psicología del tirano

  1. El tirano: Sus promesas son altisonantes y aseguran
    reivindicaciones, ecuanimidad, progreso; aseguran ser lo mejor de la historia. Pero el progreso se reduce a engordar sus propios bolsillos y los del círculo de amigos incondicionales.

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