Al llegar el alba, el cuerpo de Marta fue puesto en un ataúd de madera, y llevado en hombros por dos personas de condición humilde


MARTA III

En su garganta roncaba ya la muerte, con un profundo y lastimoso lamento. Luego, habló con acento de súplica, debilitado por el dolor:

 -Has venido aquí movido por la bondad y la compasión, y si es verdad la compasión por los pecadores es un acto piadoso, y si la compasión por los que se han extraviado es meritoria, el Cielo te recompensará. Pero te ruego te alejes de aquí y vuelvas al lugar de dónde vienes, pues tu presencia en este sitio arrojará vergüenza sobre ti, y tu compasión por mí, te valdrá insultos y desprecio. Vete, antes de que alguien te vea en este cuarto manchado por los cerdos. Camina con premura y tápate el rostro con tu capa, para que ningún transeúnte pueda reconocerte. La compasión que sientes no me devolverá mi pureza, ni borrará mi pecado, ni apartará la poderosa mano de la muerte, que ya pesa sobre mí. Mi maldad y mis culpas me han arrojado a estas negras profundidades. Que tu compasión no te acarree escarnio. Soy una leprosa que vive entre las tumbas. No te acerques a mí para que la gente no te considere sucio y se aparte de ti. Vuelve ahora a aquellos sagrados valles; más no menciones mi nombre, pues el pastor rechazará a la oveja enferma, para que no se contagie su rebaño. Y si algún día debes mencionarme, di que Marta, mujer del pueblo de Ban, ha muerto; no digas nada más.

Luego, tomó las manecitas de su .hijo, Y las besó tristemente. Suspiró, y volvió a hablar:
-La gente mirará a mi hijo con desprecio y burla, diciendo que es un retoño del pecado; dirán que es el hijo de Marta, la ramera; el hijo de la vergüenza y del azar. Dirán de las cosas peores, pues la gente es ciega, y no verá que su madre ha purificado su niñez con dolor y con lágrimas, y que le ha dado la vida con su tristeza y su infortunio. Moriré, dejándolo huérfano entre los hijos de la calle, solo en su existencia, sin piedad, con un terrible recuerdo como única herencia. Si es cobarde y débil, se avergonzará de este recuerdo; pero si es valeroso y justo, su sangre circulará con orgullo. Si el Cielo lo preserva y le da fuerzas para llegar a ser un hombre, el Cielo lo ayudará para luchar contra quienes le han hecho daño a él, y a su madre. Pero si muere y lo liberan del peso de los años, me encontrará en el más allá, donde todo es luz y reposo, esperando su llegada.
Mi corazón me inspiró estas palabras;

-No eres leprosa, Marta, aunque hayas morado entre las tumbas. No eres impura, aunque la vida te haya colocado en las manos de los impuros. La impureza de la carne no puede llegar al espíritu puro, y los copos de nieve no pueden matar a las vivientes semillas. ¿Qué es la vida, sino una era de tristezas donde las espigas de las almas se esparcen antes de dar fruto? Tengamos piedad del trigo que no cae en la era, pues las hormigas de la tierra se lo llevarán, y las aves del Cielo se lo llevarán, y ese trigo no entrará en los graneros del dueño del campo.

Eres víctima de la opresión, Marta, y quien te ha oprimido nació en un palacio, y es grande por su riqueza, pero de alma pequeña. Eres perseguida y despreciada, pero más vale que una persona sea la oprimida, y no la opresora; y es mejor ser víctima de los instintos humanos, que ser poderoso para aplastar las flores de la vida y desfigurar las bellezas del sentimiento con los malos deseos. El alma es un eslabón en la cadena divina. El calor de la vida puede torcer este eslabón y destruir la belleza de su redondez, pero no puede transformar su oro en otro metal; antes bien, el calor puede hacer que el precioso metal brille más. Pero ay de aquel que sea débil, y que permita que el fuego lo consuma y lo convierta en cenizas para que los vientos las esparzan sobre la faz del desierto. Sí, Marta, eres una flor aplastada por la planta del animal que se oculta en el ser humano. Pesados pies han pasado sobre ti y te han abatido, pero no han aniquilado esa fragancia que sube con el lamento de las viudas y el lloro de los huérfanos, y el suspiro de los pobres hacia el Cielo, fuente de la justicia y de la misericordia. Que te sirva de consuelo, Marta, saber que eres la flor aplastada, y no el pie que la ha aplastado.

Marta me había escuchado atentamente, y en su rostro brillaba un poco de consuelo, como las nubes cuando las iluminan los suaves rayos del sol poniente. Me invitó a sentarme al lado de ella. Así lo hice, tratando de leer en sus elocuentes facciones las ocultas sombras de su triste espíritu. Tenía la mirada de los que saben que están a punto de morir. Era la mirada de una muchacha aún en la primavera de la vida, que siente los pasos de la muerte aproximándose a su lecho. La mirada de una mujer olvidada, que hacía poco caminaba por los hermosos valles del Líbano, llena de vida y energía, y que en aquel momento, exhausta, sólo esperaba la liberación de los lazos de la existencia.

Tras un silencio conmovido, aquella mujer reunió sus últimas fuerzas y empezó a hablar; y sus lágrimas dieron un significado más profundo a sus palabras, pues parecía poner el alma en cada débil sollozo, y me dijo:

Sí, soy una mujer oprimida; soy la presa del animal que vive en el hombre; la flor pisoteada… Yo estaba sentada al borde del arroyo, cuando él pasó, a caballo. Me habló amablemente y dijo que era yo hermosa, que me amaba y que nunca me olvidaría. También dijo que los grandes espacios eran sitios desolados, y que los valles eran la morada de las aves y de los chacales… Me tomó en sus brazos, me atrajo hacia su pecho, y me besó. Hasta entonces no conocía yo el sabor de los besos, pues era yo una huérfana desamparada. Me subió a la grupa de su caballo y me llevó a una hermosa casa solitaria. Allí me dio vestidos de seda, y perfume, y ricos manjares… Todo esto lo hizo sonriendo, pero detrás de sus palabras dulces y de sus ademanes amorosos ocultaba su lujuria y sus deseos animales. Y cuando estuvo satisfecho con mi cuerpo y con la humillación de mi espíritu, se fue, dejándome una viva llama que fue creciendo suavemente. Luego, caí en esta oscuridad, fuente de dolor y amargas lágrimas… Así la vida se dividió para mí en dos partes: una débil y desamparada, y la otra más pequeña, que lloraba en los silencios de la noche, buscando volver al gran vacío.

En aquella casa solitaria mi opresor nos dejó a mí y a mi niño de brazos, entregados a las crueldades del hambre, del frío y de la soledad. No teníamos más compañero que el miedo, ni más consuelo que el llanto. Los amigos de aquel hombre acudieron a verme, y se dieron cuenta de mis necesidades y de mi debilidad. Acudieron uno tras otro, con la intención de comprarme con riquezas y de darme pan a cambio de mi honor… ¡Ah!, muchas veces estuve a punto de liberar a mi espíritu con mi propia mano, pero no lo hice, porque mi vida ya no me pertenecía a mí sola; era también de mi hijo, que el cielo había apartado de su reino, así como la vida me había apartado y hundido en las profundidades del abismo… Y ahora, está cercano él momento en que mi novio, el espíritu de la muerte, vendrá por mí tras larga ausencia, para llevarme a su blando lecho.

Después de un profundo silencio que fue como la presencia de invisibles espíritus, alzó la mirada hacia mí, una mirada en la que ya se observaban las sombras de la muerte, y con dulce voz continuó:

– ¡Oh, justicia, que estás oculta, tras estas imágenes aterradoras! Tú, y sólo tú puedes oír el lamento de mi espíritu que se va, y el clamor de mi corazón abandonado. A ti solo te pido que tengas piedad de mí, para que con tu mano derecha protejas a mi hijo, y con la izquierda recibas mi espíritu.

Sus fuerzas menguaron y su respiración se hizo más débil. Miró a su hijo con dolorosa y tierna mirada, y luego bajó los ojos lentamente, y con voz que casi era un silencio, empezó a recitar:

Padre nuestro, que estás en los cielos…

Dejó de oírse su voz, pero sus labios siguieron moviéndose un rato. Luego, todo movimiento abandonó a su cuerpo. Recorrió un estremecimiento a aquella mujer, suspiró por última vez, y su rostro se volvió intensamente pálido. El espíritu abandonó el cuerpo, y los ojos siguieron mirando lo invisible.

Al llegar el alba, el cuerpo de Marta fue puesto en un ataúd de madera, y llevado en hombros por dos personas de condición humilde. La enterramos en un campo desierto, muy lejos de la ciudad, pues los sacerdotes no quisieron orar sobre aquellos restos, ni permitieron que los huesos de Marta reposaran en el cementerio, donde las cruces son centinelas de las tumbas. No hubo más dolientes que acompañaran el cadáver hasta aquella alejada fosa que el hijo de Marta, y otro muchacho, al que las adversidades de la existencia le habían enseñado a ser compasivo.

 

 Ninfas del Valle          Marta III

Khalil Gibrán

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