Soy el hijo de Marta, mujer del pueblo de Ban


MARTA II

 Volví a Beirut en el otoñó del año 1900, después de pasar mis vacaciones de estudiante en el norte del Líbano. Y antes de volver a mis estudios pasé una semana vagando alrededor de la ciudad en compañía de algunos camaradas, saboreando las delicias de la libertad, de la que los jóvenes están hambrientos, y que se les niega en sus casas y en las cuatro paredes de las aulas. En esa edad, y en tiempo de vacaciones, el joven es como un ave, que al encontrar abierta su jaula, vuela llena de júbilo, con el corazón lleno de trinos y de la alegría de la escapatoria.

La juventud es un bello sueño, pero su dulzura se ve esclavizada por el hastío de los libros, y su despertar es doloroso.

Acaso llegue un día en que los hombres sabios puedan unir los sueños de la juventud y el deleite del aprendizaje, como la confidencia une a los corazones en conflicto. Acaso llegue un día en que el maestro del hombre sea la naturaleza, la humanidad, su libro, y la vida, su escuela. ¿Llegará ese día? No lo sabemos, pero sentimos la urgencia que nos impulsa hacia arriba, hacia el progreso espiritual, y ese progreso es comprensión de la belleza que existe en todo lo creado, mediante la bondad que existe en nosotros y la expansión de la felicidad mediante nuestro amor por esa belleza.

Aquella tarde, estaba yo sentado en el porche de mi casa, observando los movimientos de la gente y escuchando los pregones de los vendedores ambulantes, cada cual alabando la excelencia de sus mercancías y alimentos, cuando un muchachito se me acercó. Tendría unos cinco años de edad, vestía harapos, y en el hombro llevaba una bandeja llena de ramitos de flores. Con voz temblorosa y débil, como si fuera parte de su herencia de largos, sufrimientos, me pidió que le comprara unas flores.

Observé aquella carita pálida, donde brillaban unos ojos negros, oscurecidos con las sombras de la enfermedad y la pobreza; su boca era como una cicatriz abierta en un pecho herido; sus delgados brazos desnudos y su cuerpecito macilento se doblaban por el peso de la bandeja de flores, como un rosal marchito entre frescas plantas verdes. Vi todo esto de una sola mirada, y sonreí sintiendo lástima, con una sonrisa en la que había la amargura de las lágrimas. Una de esas sonrisas que nacen en la profundidad del corazón y afloran a los labios: si reprimimos estas sonrisas, se reflejan en nuestros ojos.

Le compré algunas flores, pero era su charla lo que quería yo comprar, pues sentí que en sus tristes miradas y en su lastimoso aspecto se escondía una tragedia: la tragedia de los pobres, que perpetuamente se representa en el escenario de los días. Al hablarle con palabras amables, se mostró amistoso; como si hubiera encontrado a alguien que le pudiera ofrecer un poco de protección y seguridad. Me miró asombrado, porque los de su clase sólo están acostumbrados a recibir malos tratos de los otros niños, que consideran a los muchachos de la calle como cosas despreciables, y no como a pequeñas almas heridas por las flechas de la desventura. Luego le pregunté su nombre.

-Fuad -contestó, con los ojos fijos en el suelo.

Proseguí:

-¿De quién eres hijo, y dónde está tu familia?

-Soy el hijo de Marta, mujer del pueblo de Ban.

-¿Y quién es tu padre? -le pregunté.

Movió la cabecita, como aquel que ignora quién es su padre.

-Entonces, ¿en dónde está tu madre, Fuad?

-En casa, enferma.

Estas escasas palabras salidas de los labios de aquel niño resonaron en mis oídos con acentos, familiares, y en mi más profundo sentimiento se formaron extrañas imágenes de melancolía, pues supe, en el acto, que la desventurada Marta cuya historia había yo oído de los aldeanos, vivía, enferma, en Beirut. Aquella muchacha que sólo ayer moraba entre los árboles y los valles, lejos del sufrimiento, estaba padeciendo las penalidades del hambre y del dolor en la gran ciudad. La muchacha huérfana que había pasado su niñez en diálogo con la naturaleza, cuidando de las vacas en los hermosos prados, había sido arrastrada por la marea de la corrupta civilización, para convertirse en presa de la miseria y el infortunio.

Al pasar estas ideas por mi mente, el niño seguía mirándome, como si viera con los ojos de su inocente espíritu el sufrimiento de mi corazón.

El muchachito hizo ademán de retirarse, pero yo le tomé la mano y le dije:

-Llévame dónde está tu madre; quiero verla.

Me condujo por las calles, caminaba delante de mí silencioso y asombrado. De vez en cuando miraba hacia atrás, para comprobar si verdaderamente yo lo iba siguiendo. Sentía temor y pena. Caminé por sucias callejuelas donde el aire estaba turbio con el aliento de la muerte, y pasamos por casuchas donde los hombres viciados se entregaban a malas acciones tras las cortinas de la noche. Pasamos por callejones donde el viento silbaba como una serpiente, y yo caminaba detrás de aquel muchachito de tiernos años, de inocente corazón y mudo valor. Tenía el valor de los que están familiarizados con la maldad de una ciudad que en el Medio Oriente se conoce como “la novia de Siria”, y “la perla de la corona de reyes”. Por fin, llegamos a un suburbio miserable, y el muchachito entró en una morada humildísima, a la que el paso de los años había convertido en lastimosas ruinas.

Entré, detrás de él, sintiendo que mi corazón latía apresuradamente. Me vi en medio de un cuartucho en donde el aire era húmedo. Por todo mueble había una lámpara cuya débil, luz cortaba la oscuridad con amarillentos rayos, y un camastro cuya apariencia hablaba de la más extremada pobreza, de abandono y necesidad. En aquel camastro dormía una, mujer con el rostro vuelto hacia la pared, como si en ella quisiera refugiarse de las crueldades del mundo; o acaso viera en las carcomidas piedras un corazón más tierno y compasivo que el de los hombres. El niño se acercó a la mujer, gritando:

– ¡Madre! ¡Madre!

La mujer se volvió hacia nosotros y vio al niño, que me señalaba. Hizo un movimiento defensivo bajo los harapos que la cubrían, y con voz amarga por los sufrimientos de un espíritu en agonía, exclamó:

¿Qué quieres de mí, hombre? ¿Vienes a comprar los últimos restos de mi vida, para saciar tu sed de placer? Apártate de mí, pues las calles están llenas de mujeres dispuestas a vender sus cuerpos y sus almas a bajo precio. Yo no tengo que vender sino unos cuantos suspiros, que pronto comprará la muerte con la paz de la tumba.

Me acerqué a su lecho. Las palabras de aquella mujer llegaron a lo más profundo de mi corazón, porque eran el final de un relato triste. Le hablé, deseando que mis sentimientos fluyeran junto con mis palabras:

-No tengas temor de mí, Marta. No he venido a verte como una bestia de rapiña, sino como un hombre triste. Soy del Líbano y he vivido mucho tiempo entre esos valles y aldeas, cerca de los bosques de cedros. No temas nada, Marta. La mujer escuchó mis palabras y supo que surgían de la profundidad de un espíritu que lloraba junto con ella, pues tembló en su lecho como una rama desnuda ante el viento invernal. Se llevó las manos a la cara, como si quisiera ocultarse de aquel triste recuerdo, aterrador en su dulzura y amargo en su belleza. Tras un silencio y un suspiro, volvió a aparecer su rostro entre los hombros temblorosos. Vi sus ojos hundidos que parecían mirar algo invisible allí, en el vacío de aquella habitación, y vi que sus labios temblaban con desesperación.

 

Ninfas del Valle          Marta   II

Khalil Gibrán

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