¿Qué es el deseo? Qué le ocurre a una mente que siempre se está controlando, reprimiendo, que sublima el deseo


No se trata de que no tengan deseos, sino sólo de que la mente sea capaz de mirar sin describir lo que ve.

Ahora bien, veamos primero qué le ocurre a una mente que siempre se está controlando, que reprime, sublima el deseo. Una mente así, estando ocupada consigo misma, se vuelve insensible. Aunque pueda hablar de sensibilidad, bondad, aunque pueda decir que debemos ser fraternales, que debemos producir un mundo maravilloso y todas esas insensateces de que hablan las personas que reprimen el deseo, una mente semejante es insensible, porque no comprende aquello que ha reprimido. Es esencialmente lo mismo que uno reprima el deseo o que sucumba a él, porque el deseo sigue estando ahí. Podremos reprimir el deseo por una mujer, por un automóvil, por una posición social; pero el propio impulso de no tener estás cosas, impulso que nos hace reprimir el deseo por ellas, es en “sí mismo una forma de deseo”. Estando, pues, atrapado en el deseo, un tiene que comprenderlo y no decir que es bueno o que es malo.

Entonces, ¿qué es el deseo? Ver un árbol balanceándose al viento, es algo hermoso de contemplar; ¿qué hay de malo en eso? ¿Qué hay de malo en observar el movimiento de un pájaro que vuela? ¿Qué hay de malo en mirar un automóvil nuevo construido maravillosamente y perfectamente pulido? ¿Y qué hay de malo en ver a una persona bella, con un rostro simétrico, un rostro que revela sensatez, inteligencia, calidad humana?

Pero el deseo no se detiene ahí. Nuestra percepción no es sólo percepción, sino que con ella viene la sensación. Al aparecer la sensación, queremos tocar, establecer contacto; y entonces surge el deseo de poseer. Uno dice: «Esto es bello, tengo que poseerlo», y así comienza la agitación del deseo.

Ahora bien, ¿es posible ver, observar, darse cuenta de las cosas bellas y feas de la vida y no decir: «Debo poseer eso», o «No debo poseer eso»? ¿Alguna vez han observado simplemente algo? ¿Comprenden, señores? ¿Han mirado alguna vez a su propia esposa, a sus hijos, a sus amigos, simplemente los han mirado? ¿Alguna vez han mirado una flor sin llamarla «rosa» o lo que fuere, sin querer ponerla en el ojal o llevarla a su casa y regalarla a alguien? Si son capaces de observar así, sin todos los valores que la mente atribuye a las cosas, entonces descubrirán que el deseo no es algo tan monstruoso. Pueden mirar un automóvil, ver su belleza, y no quedar presos en el desorden o la contradicción del deseo. Pero eso requiere una intensidad inmensa de observación, no una mera mirada casual.

 No se trata de que no tengan deseos, sino sólo de que la mente sea capaz de mirar sin describir lo que ve. Se trata de poder mirar la Luna sin decir inmediatamente: «Esa es la Luna, ¡qué hermosa se ve!», mirar de tal modo que no se entrometa el parloteo de la mente. Si pueden hacerlo, descubrirán que la intensidad de observación, de sentimiento, de verdadero afecto, de amor, tiene su propia acción que no es la acción contradictoria del deseo.

Experimenten con esto y verán qué difícil es para la mente observar sin parlotear respecto de lo que observa. No obstante, la naturaleza del amor es ésa, ¿verdad? ¿Cómo podemos amar si nuestra mente jamás está en silencio, si siempre estamos pensando en nosotros mismos? Amar a alguien con todo nuestro ser, con mente, cuerpo y corazón, requiere de una gran intensidad; y cuando el amor es intenso, el deseo pronto desaparece. Pero casi ninguno de nosotros tiene jamás esta intensidad en relación con nada excepto consciente o inconscientemente con su propio provecho personal.

Jamás tenemos un sentimiento por algo sin buscar obtener de alguna otra cosa. Pero sólo la mente que tiene esta inmensa energía es capaz de seguir el movimiento veloz de la verdad. La verdad no es estática, es más rápida que el pensamiento, y la mente no puede concebirla. Para comprender la verdad, tiene que existir esta energía inmensa que no puede ser conservada ni cultivada. Esta energía no adviene mediante la negación propia, mediante la represión. Por el contrario, exige completa entrega de uno mismo, y uno no puede entregarse a sí mismo, o entregar todo lo que posee, si meramente desea un resultado.

Es posible vivir sin envidia en este mundo que se basa en la envidia, la codicia y la persecución del poder, de la posición, pero ello requiere una intensidad extraordinaria, claridad de pensamiento, de comprensión. Uno no puede librarse de la envidia sin comprenderse a sí mismo; de modo que el comienzo está aquí, no en alguna otra parte. A menos que uno comience consigo mismo, haga lo que haga jamás dará con la terminación del dolor.

KRISHNAMURTI   Obras Completas, volumen X Bombay, 16 de febrero de 1957

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Un pensamiento en “¿Qué es el deseo? Qué le ocurre a una mente que siempre se está controlando, reprimiendo, que sublima el deseo

  1. ¿Cómo podemos amar si nuestra mente jamás está en silencio, si siempre estamos pensando en nosotros mismos? Amar a alguien con todo nuestro ser, con mente, cuerpo y corazón, requiere de una gran intensidad; y cuando el amor es intenso, el deseo pronto desaparece. Pero casi ninguno de nosotros tiene jamás esta intensidad en relación con nada excepto consciente o inconscientemente con su propio provecho personal.

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