Cuando una relación es “metáfora” del vínculo con Dios


1. Cuando una relación es “metáfora” del vínculo con Dios.

El hombre está creado para establecer vínculos con todos los seres en un lazo de comunión. Las relaciones interpersonales nacen de los vínculos más hondos: “paternidad”, “maternidad”, “filiación”, “fraternidad”, “amistad”, “esponsalidad”, “comunidad”.

Para quienes somos creyentes la experiencia de Dios nos posibilita la creación de un nuevo estilo de relación interpersonal: Un vínculo fraterno, un lazo de projimidad, una “Alianza” con el hermano. No simplemente hay que considerar al otro como al “prójimo” sino también “hermano” y -en algunos casos- cuando lo elegimos y nos eligen también como “amigo”.

En el cristianismo se encuentra una profunda vocación a la projimidad, a la fraternidad y a la amistad. En el vínculo más plenamente humano, el amor asume las características singulares de la relación de caridad, fraternidad y amistad.

La experiencia de Dios siempre incluye la dimensión fraterna y fundamenta un nuevo vínculo humano que supone una interrelación, una “con-vocación”, una llamada compartida, un destino en común. Una convocación al encuentro, la presencia, la mutua correspondencia y la fidelidad dada y recibida.

Esta relación incluye al otro de una manera particular. Se constituye en una señal, una alusión a otra realidad que nos sobrepasa y nos contiene. El lazo humano se vuelve “metáfora” de una nueva presencia de Dios “en medio” de los corazones. El otro se convierte en un “signo” del amor de Dios que se brinda singularmente desde una relación determinada.

Así entonces podremos experimentar más existencialmente el amor que Dios nos tiene. Si nadie nos ama no podemos llegar a creer en el amor de Dios, amor siempre humanado, amor de encarnación, amor de espacio y tiempo. A partir de esta Alianza no sólo podemos amar más a Dios sino que también podemos amar más desde Dios a aquél que Dios mismo eligió para que fuera una expresión concreta de su amor para con nosotros.

En el amor aprendemos a conectarnos con lo bueno que el otro tiene, con lo que el otro posee de Dios y de don. El otro no es sólo presencia, signo, expresión o “metáfora” de Dios y su amor sino que el mismo vínculo interpersonal se hace experiencia de Dios. Sin esta experiencia común y compartida, la relación es sólo apariencia, simulacro, vacío. Cada relación tiene la singularidad de una experiencia de Dios distinta y única. A Dios hay que amarlo humanamente y al amarlo humanamente también lo amamos sobrenaturalmente.

 

2. El “carozo” del corazón.

 

El acto propio del vínculo fraterno es el “compartir” en el que se da una especie de “permeabilidad” para “exteriorizar” la interioridad e interiorizar la exterioridad. Lo de “afuera” lleva el sello de lo de “adentro” y lo de “adentro” se explicita en lo de “afuera”. El lenguaje de las palabras, los sentimientos y los gestos, van creando el “idioma” en común. Se entra en un diálogo que va siendo creado, construido en el lazo humano y cuyo contenido somos nosotros mismos.

Hay que compartir el “carozo” del corazón. Al principio tiene sus dificultades ya que, en general, no se nos ha enseñado a abrir el corazón y expresar nuestros sentimientos. Tenemos muchos condicionamientos personales, familiares, sociales, culturales, psicológicos y temperamentales. Es relativamente común que se tengan estas dificultades.

Lo fundamental es el acto de libertad como gesto de apertura. Tenemos que aprender a compartir. Hay gestos que salen con simplicidad, sinceridad, frescura, naturalidad y espontaneidad. Otros se realizan con dificultades, esfuerzos y hasta con dolor. Todo acto genuino de libertad es también un gesto de liberación: A veces hay que romper con los condicionamientos, prejuicios, imágenes preconcebidas, inhibiciones, miedos y vergüenzas.

Podemos compartir toda la vida, hacerla palabra y gesto. Discernir cuál es la motivación más profunda que nos mueve; ver la dirección fundamental de nuestra búsqueda; opciones; criterios; valores; el contexto de la vida y sus circunstancias; los obstáculos y las inquietudes; los sueños y las expectativas, lo que aún está pendiente; las dificultades actuales; las preocupaciones y desafíos. Incluso, cuando el vínculo vaya arribando a una cierta madurez, abrirnos al proyecto de vida e incluso a la experiencia de Dios, sus caminos y dones.

También aprender a poner a la luz los propios límites, debilidades y heridas, animándonos a entregar lo que en nuestro interior requiere de la sanidad del amor.

Compartirlo todo con simplicidad y profundidad, no asumiendo “poses” afectadas, ni moviéndonos con imágenes, ni prejuicios. No siendo “rebuscados”, no inventando, exagerando, disimulando u ocultando. Sin mentirnos a nosotros mismos, intentando –en cambio- la autenticidad. No soñar con lo que no somos o vivimos, creando falsas expectativas a los demás, no teniendo en cuenta los sentimientos del otro. Saber siempre que el otro nos quiere bien y desea hacernos bien. El amor siempre nos hace ser mejor. Siempre nos regala nuestra mejor versión.

 

3. Compartir.

 

Para profundizar la relación hay que ir rompiendo las barreras interiores, no estar a la defensiva ni a la ofensiva. Crear un ámbito de confianza para la expresión de aquello que sentimos y pensamos. Liberar el corazón, aprender a acordar y a disentir. No tener miedo a las diferencias. Saber que el otro me aporta, me “multiplica”, me “suma”, no “resta”, ni “divide”. Me enriquece y complementa. La divergencia no es una oposición personal sino un intercambio de miradas desde un diálogo adulto y constructivo. Siempre soy recibido en un espacio de contención interior. Soy escuchado, el otro es responsable de lo que le comparto. Puedo apoyarme y descansar en él siendo aceptado y querido. Él transformará en su propia plegaria mi preocupación.

 

Hay que dejar que los otros nos puedan ayudar con la luz de su discernimiento y su experiencia, teniendo en cuenta lo que dicen y las orientaciones que dan. Si hay cosas que me reservo, no tiene que ser por egoísmo, pudor, timidez, vergüenza, miedo, represión, culpa o condicionamientos negativos sino porque yo o el otro debemos crecer, esperar el ritmo de la relación, el aumento de la confianza y el cariño o porque ahora no están dadas las condiciones, o no es el momento adecuado o el modo oportuno: Hay que ver cómo, cuándo, dónde, con quién, por qué, para qué…

 

Hay cosas que tienen que ser maduradas para ser entregadas y sanadas para ser compartidas. A menudo son curadas en el mismo acto de ser compartidas y recibidas.

Al compartir estamos siendo introducido en un ámbito donde sólo se puede ingresar sintiendo respeto, reverencia y delicadeza de quién sabe que sólo desde el amor se puede entrar a lo profundo.

Hay que intentar recibir y acoger al hermano creando un espacio interior de contención, escuchando con el corazón y no simplemente oír. Tener la hospitalidad del corazón, guardando lo que se comparte como un “tesoro escondido”, sabiendo que allí –en la vida comunicada- está el alimento del vínculo. Tenemos que sentirnos responsables del cuidado de la interioridad compartida.

El compartir del corazón luego se vuelve oración de entrega e intercesión ante Dios. Orar la vida, sus búsquedas e inquietudes, sus debilidades y caídas, sus logros y crecimientos. Orar el corazón propio y  del otro. Hacer del interior una plegaria

Así el compartir será realmente fructífero: No meramente de “información” sino de “elaboración” y construcción en común: Compartir para discernir, optar, obrar y crecer. En definitiva, amar para ser feliz.

 

4. Amor y libertad.

 

Mientras que la caridad es amor de absoluta gratuidad -porque puede existir sin correspondencia afectiva en común ya que podemos amar incluso a lo que no nos aman; en la Alianza fraterna -como vínculo de amistad- no puede existir sin esa mutua benevolencia y reciprocidad; la respuesta libre a la gratuidad del amor y la interpelación a la comunión.

Toda reciprocidad nace de la libertad de la elección compartida. Una libertad que se hace común, se transforma en corresponsabilidad; en “el re-encuentro entre dos llamadas que se confirman mutuamente” .

Todo amor nace de un acto libre de voluntad. Nadie puede obligar a nadie. Esta correspondencia afectiva no es simplemente el acto primero del amor que escoge o se deja elegir, es también el dinamismo constante del amor que se alimenta y madura desde la fidelidad como “permanencia en el amor”.

Permanencia que no es algo estático, quieto o pasivo sino que es dinamismo del amor. Tampoco es posesión egoísta y celosa de una pasión enfermiza, dependiente y absorbente sino que es la libertad del cariño fiel.

 

El amor necesita pasar de la posesividad a la entrega y de la “exclusividad” a la universalidad.. Cada uno tiene un lugar único e insustituible en el corazón del otro. Nada ni nadie puede arrebatarlo, ni suplantarlo. Nadie ocupa el lugar de otro.

El corazón del hermano es un privilegio para mí: Es como mi propio “lugar”. Allí siempre seré recibido. Entro y me encuentro con él, conmigo y con Dios. Allí comparto mi vida y la recibo. Descanso de todas mis fatigas y máscaras. Puedo permanecer sin los pesados disfraces de mí mismo; estar al descubierto sin vergüenza, ni ocultamientos. Allí nada es profano.

La contención de los corazones es el “ámbito” interior que el otro tiene en mí. Los vínculos necesitan de alimento, de lo contrario agonizan y mueren. Las realidades más profundas son siempre las más frágiles; por eso requieren de un mayor cuidado. Este alimento demanda tiempo, presencia, compartir, gestos, mutua responsabilidad, oración y detalles significativos, entre otras cosas. Es preciso cultivar la relación para una mejor calidad de vínculo para eso el amor necesita de la presencia en cualquiera de sus formas posibles.

El amor es presencia y comunión -incluso en la misma ausencia- ya que engendra una particular revelación del otro y su misterio. El amor es el único milagro que rompe con la soledad de todas las soledades y disipa el frío de tanta distancia.

 

5. Aprendizajes de amor.

 

Uno de los primeros aprendizajes del amor consiste en morir a la forma en que nos gustaría ser amados por el otro. Hay que dejarlo amar como él quiera, como pueda, como sepa, como le salga y como elija. No hay que imponer, ni exigir, ni demandar nada. Hay que dejarnos amar positivamente según la forma de amor del otro, recibiendo con gratitud esa manera personal de ser querido. Su amor me diferencia, me distingue, no me deja ser el mismo que antes.

El escritor colombiano Gabriel García Márquez nos dice: “Sólo porque alguien no te ame como tú quieres no significa que no te ame. Puedes ser solamente una persona en el mundo pero para alguna persona eres el mundo. Te quiero no por quien eres sino por quien soy cuando estoy contigo.”

Hay que madurar la relación hasta la total gratuidad la cual conlleva siempre sacrificio: “No hay mayor amor que dar la vida” dice Jesús (Jn 15,13). Todo verdadero amor es sacrificial. Recuerda que “ninguna persona merece tus lágrimas y quien se las merezca no te hará llorar. No pases tiempo con alguien que no esté dispuesto a pasarlo contigo. No llores porque se terminó, sonríe porque sucedió. Quizás Dios quiera que conozcas mucha gente equivocada antes de que conozcas a la persona adecuada, para que cuando al fin la conozcas, sepas estar agradecido”. (Gabriel García Marquéz.)

En todos los casos es necesario aprender a amar con el amor con que somos amados por Dios y así lograr que nuestro mismo amor ya ni siquiera nos pertenezca.

El amor es por sí mismo una delicadeza. Necesita de los detalles que crean el mundo, la “atmósfera” y lenguaje propio de los sentimientos. Se ama para ser de la mejor forma posible. Los detalles, símbolos de la intimidad construida en común –ya que no existen detalles para con los extraños- se revelan como la grandeza de la pequeñez.

Cuando se prioriza la relación por sobre la acción surgen los detalles como paisajes del mundo interior compartido. Los detalles son tan personales que sólo significan algo para quien los da o quien lo recibe en el lenguaje común del amor. Olvidar los detalles es no tener en cuenta una minúscula grandeza.

 

6. Distintas intensidades.

 

La relación en vínculos fraternos es la esencia del existir cristiano. La fraternidad y la amistad se transforman así en relaciones de la gracia y de la experiencia vincular de Dios. Cuando al otro le decimos “hermano”, “amigo” le asignamos un nombre que, por definición, es relacional. El vínculo fraterno asume lo mejor de lo humano llevándolo a la dimensión de la trascendencia. Asumir todo lo relacionalmente humano para resguardarlo en la gracia y lograr así que la gracia se humanice en un nuevo estilo de relación. La fraternidad -la única que hace a un hombre ser “hermano”- es un estilo de vinculación. La relación humana queda consagrada por un nuevo estilo.

Dios se ha hecho hombre para tener con los hombres un nuevo modo de relación desde un estilo “fraterno”. La fraternidad nos recuerda que nuestro Dios es un Dios Encarnado, un Dios humano, que nace, necesita crecer y expandir su humanidad.

La Encarnación nos hace ver que la calidad humana de cada persona es tan rica y única que Dios potencia esa riqueza con su gracia. La calidad humana y de la relación hacen que la intensidad espiritual de la experiencia de Dios se guste en la medida en que se vivan los vínculos humanos. No hay que imaginarse una sola forma de fraternidad, una sola manera de ser hermano de los otros. ¡Hay tantas posibilidades de profundidad en el vínculo humano! Lo importante es que sea manifieste un nuevo modo de relación en donde el hombre se abra al Dios humano y el ser humano refleje algo de Dios. Los primeros dones de la gracia que tenemos que trabajar son los dones de nuestra propia riqueza humana, la que se pone en juego en todos nuestros vínculos.

A partir de la Encarnación, Dios se ha hecho definitivamente hombre y, por consiguiente, el camino de la experiencia de Dios hay que hacerlo, ineludiblemente, desde el ensayo de las relaciones humanas. Dice el Apóstol San Juan: «A Dios nadie lo ha visto jamás. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y el amor ha llegado a su plenitud en nosotros. Si alguien dice, amo a Dios y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Nosotros hemos recibido de Él éste mandato: Quien ame a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4,12.20-21). En este amar a Dios amando al hermano y amar al hermano amando a Dios confluye la armonía entre el mandamiento divino y el mandamiento humano del amor a Dios y al hombre. (Mt 22,34-40; Lc 10,25-28; Mc 12,28-34). Si un amor define al otro, esto indica que la experiencia de Dios necesariamente pasa por la experiencia humana y la experiencia humana forme parte genuina de la experiencia de Dios. La relación humana es mediación de la experiencia de Dios.

 

Dentro de las relaciones existen diversas intensidades: «projimidad»; «fraternidad»; «amistad»; «Alianza fraterna». En la medida que la relación sea más profunda posibilitará que se convierta en la experiencia del encuentro con Dios desde la relación con el otro.

 

Tenemos que ser personas que hayan experimentado algo de Dios y de su amor a partir del corazón de los que nos aman y de los que amamos. Dios se hizo hombre para que  el hombre fuera el ámbito relacional más propicio para la experiencia de Dios en el amor, su concreción más personal.

 

Eduardo Casas

 

Un pensamiento en “Cuando una relación es “metáfora” del vínculo con Dios

  1. Eduardo Casas amigos del alma y de la vida¡ A travez del Amor Se conoce lo divino¡¡¡¡¡

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