Desde que venimos al mundo nos han enseñado a depender; a ser responsables frente a nuestros padres, nuestra familia, amigos, sociedad, y una larga lista de condicionantes sociales, absurdos e inútiles


CODEPENDENCIA: ADICCIÓN AL AMOR

En la radio suena una canción: “No sé vivir sin ti, si tú no estás aquí ya nada importa, mi vida no tiene sentido sin tu amor…”. Si pensamos detenidamente en el verdadero significado de esta letra tan romántica e inofensiva, nos daremos cuenta de que en realidad entraña mucho peligro… La codependencia está dentro del apartado de las adicciones.

Codependencia se define como el ciclo de patrones de conducta y pensamientos disfuncionales que producen dolor y que se repiten de manera compulsiva como respuesta a una relación enferma y alienante. El codependiente no puede vivir sin la persona objeto de su adicción, ya sea un familiar, amigo, compañero de trabajo o pareja.

En una relación de estas características, el codependiente se funde y se confunde con la otra persona hasta el punto de llegar a perder su propia identidad. “Lo da todo” por el otro, de modo que sus deseos y necesidades quedan relegados a un segundo plano, lo que, obviamente, deviene en una negación de sí mismo.

Esta autonegación crea en el individuo codependiente una constante sensación de ansiedad y de vacío insaciable. El miedo al abandono es su mayor miedo, aunque no el único, también teme por su propia identidad e independencia.

El amor es una experiencia esencial. Todos acariciamos el deseo de tener amor e intimidad en nuestra vida. Pero algo tan natural se ha vuelto difícil. ¿Por qué? Porque para tener verdadera intimidad, para disfrutar de auténtico amor, hemos de respetarnos y aceptarnos tal cual somos, seres únicos y perfectos, dignos de amar y ser amados. Es nuestra condición de seres humanos. Todos y cada uno de nosotros estamos equipados para amar y ser felices. Es más, esta debería ser nuestra verdadera tarea en este planeta, laboratorio perfecto para drenar nuestros sufrimientos y limpiar nuestro pasado, rompiendo, con la claridad de nuestra conciencia, el círculo vicioso de nacimientos y muertes en el que nos vemos inmersos, ad infinitum…

Para tener amor e intimidad hemos de derribar nuestras fronteras y estar dispuestos a “desnudarnos” y “entregarnos”. Sólo esa confianza plena puede ayudarnos a salir de nuestro aislamiento. Y esto no es tarea fácil. Más aún, nos da terror. Invertimos tanto en nuestra coraza, la hemos moldeado tan cuidadosamente y hecho tan sofisticada, que ya no sabemos vivir sin ella y, aunque nos lo propusiéramos ahora mismo, tampoco sabríamos cómo deshacernos, así de repente, de esa malla que hemos tejido alrededor de nuestro ser y que ahora nos mantiene prisioneros.

Desde que venimos al mundo nos han enseñado a depender; a ser responsables frente a nuestros padres, nuestra familia, amigos, sociedad, y una larga lista de condicionantes sociales, absurdos e inútiles. Nos inculcan la creencia de que hemos de vivir con arreglo a lo que es “nuestra responsabilidad”,  que hemos de vivir con arreglo a lo que es “útil”, -¿útil para quién?-, y de que tal cual somos, no somos adecuados.

“Qué difícil para mí es verme sin juzgarme, la educación que me dieron fue, cambia, cambia, no estás bien como eres, tienes que cambiar, vivir para los demás,  no para ti, vive según el patrón que te dimos, ya está todo dicho no busques más”

Así que parece que para ser dignos de amor, aceptación y respeto, debemos esforzarnos un poco más en aparentar lo que no somos, si no, no “encajas”. Ésta es la basura del actual paradigma universal: ser en serie, franquiciados. Y bajo esta demanda, el amor se ha convertido en un mercadería barata. Y en nuestros corazones sólo reinan la soledad, el dolor, la desesperanza y el miedo.

Poco a poco, hemos ido domesticando nuestro ser salvaje hasta convertirnos en felpudos. Y si queremos recuperar nuestra dignidad y nuestra capacidad de amar, toda pose, máscara y mentira, toda hipocresía y sumisión debe desaparecer de nuestras vidas.

Intimar significa abrirse, dejar que otro ser entre en nosotros, estrechar lazos, compartir, bajar la guardia, pero no quiere decir sometimiento. Sabemos que eso de abrirnos nos expone y nos coloca en el pantanoso terreno de la vulnerabilidad, sabemos que es arriesgado y que puede dolernos mucho, pero esa es la manera. Y si amamos de verdad, ¿a qué tenerle miedo?, sólo por el sencillo hecho de amar, la felicidad llena nuestras vidas y nos ilumina. Amar es un regalo divino. Sin embargo, siempre esperamos algo a cambio, siempre encontramos un motivo para ensuciar el amor de interés y de miedo. Entonces el amor ya no es más amor. Y a esto, precisamente, es a lo que llamamos: codependencia.

Todos estamos infectados de codependencia, porque en esta vida terrena el miedo es más fuerte que el amor…Y si no, “quien esté libre de pecado…”

La codependencia se manifiesta de distintos modos. Para algunas personas es una forma de dependencia: no pueden poner fin a su relación, aún sabiendo de que no hay amor ni crecimiento en sus vidas, porque esa es la única forma de sentirse importantes; otras personas, cambian de pareja constantemente, incapaces de sostener una relación estable, íntima y profunda; y hay una tercera categoría, la de los que rechazan la simple idea de crear cualquier tipo de vínculo por temor al abandono y/o a perder su independencia.

Más allá del mero propósito biológico, la intimidad nos brinda una posibilidad de autodescubrirnos, de crecer y de sanar internamente. Es una oportunidad inmejorable para evolucionar de la codependencia al amor. Ahora bien, para ello necesitamos unos cuantos requisitos nada fáciles de superar, aunque no son imposibles: valor, sinceridad y esfuerzo. Debemos reconocer dónde estamos, hacernos conscientes de quiénes somos y aceptar nuestra situación. Mientras neguemos nuestra realidad y pensemos que son los demás el origen de nuestros sufrimientos, mientras pretendamos cambiar al otro a nuestra imagen y semejanza, según nuestros criterios y propia conveniencia, viviremos sumergidos en el “amor” codependiente, es decir en el desamor.

Un paso más hacia la sanación, sería indicar el camino del autoconocimiento. Entrar en contacto con nuestras propias necesidades y deseos, con nuestras heridas y miedos más profundos, aprender a aceptarlos y abordarlos con profunda atención y humildad. Eso nos ayudaría a valorarnos y confiar más en nosotros mismos, fundamental para poder salir de la red codependiente. Y un tercer peldaño a superar, será el auto respeto. Dejar de pretender lo que no somos, ser valientes, honestos y darnos permiso para amarnos con total aceptación.

El amor no es una luna de miel, es una transformación. El amor tiene más de trabajo que de placer. Cuando la fase oral termina y declina el deseo impulsivo, entonces surge la posibilidad de que nazca un amor más sereno, maduro, y más auténtico. Para eso hemos de estar dispuestos a ir más allá del ego; someternos a una verdadera revolución interna, ser vulnerables y aceptar la responsabilidad de nuestras heridas, y no vivir de expectativas, estar en contacto con nuestras necesidades y respetarnos por encima de todo. Porque antes o después, la intimidad pondrá en evidencia aquello que llevamos dentro y no podemos o no queremos ver. Por eso el amor nos atrae tanto como nos asusta, porque nos desnuda y nos expone, nos hace tocar el cielo y el infierno, nos invita a compartir, a crecer, a caer y confiar, nuevamente.

La codependencia no sólo se manifiesta en las relaciones de pareja, sino en todos los ámbitos en los que estamos en contacto con los demás; en cualquier situación de la vida cotidiana donde nos podamos involucrarnos con otros individuos. Es por ello, que esta cuestión tiene tanta importancia, porque las relaciones son la piedra angular de nuestra vida. Y en este asunto, el vivir desde nuestra autenticidad, desde la atalaya de quienes realmente somos, se plantea como una necesidad absolutamente vital, prioritaria e indispensable.

El trabajo personal en relación a la Codependencia, en esencia, nos pone en contacto con nuestra fragilidad, con esa parte a la que pedagógicamente se le llama el “niño interior”. Es un trabajo que exige valor y honestidad. Valor para conectar y mirar de frente aquello que más miedo y vergüenza nos da; y honestidad para llegar a darnos cuenta de que la causa de nuestro dolor radica, precisamente, en que para evitar ese dolor nos hemos apartado de nuestro centro y hemos desviado la mirada hacia otro lado, buscando culpables, o tal vez buscando alguna víctima propiciatoria que satisfaga nuestras necesidades más básicas.

by DEVI DYUMANI

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