I – La Pasión de Jesús: «Me diste doce hombres, y los he conservado a todos salvo a uno, el hijo de la venganza”


EN GETSEMANÍ

ERAN APROXIMADAMENTE las diez de este jueves por la noche cuando Jesús llevó de regreso a los once apóstoles desde la casa de Elías y María Marcos hasta el campamento de Getsemaní. Desde el día que estuvo con el Maestro en las colinas, Juan Marcos se había ocupado de vigilar constantemente a Jesús. Como tenía necesidad de dormir, Juan había descansado varias horas mientras el Maestro estaba con sus apóstoles en la sala de arriba, pero al escuchar que bajaban las escaleras, se levantó y se puso rápidamente un manto de lino; luego los siguió a través de la ciudad, cruzó el arroyo Cedrón y continuó hasta su campamento privado que lindaba con el parque de Getsemaní. A lo largo de esta noche y del día siguiente, Juan Marcos permaneció tan cerca del Maestro que lo presenció todo y escuchó muchas cosas que dijo el Maestro desde este instante hasta el momento de la crucifixión.

Mientras Jesús y los once regresaban al campamento, los apóstoles empezaron a preguntarse por el significado de la prolongada ausencia de Judas; hablaron entre sí acerca de la predicción del Maestro de que uno de ellos lo traicionaría, y sospecharon por primera vez que las cosas no iban bien con Judas Iscariote. Pero no se dedicaron abiertamente a hacer comentarios sobre Judas hasta que llegaron al campamento y observaron que no estaba allí esperándolos para recibirlos. Cuando todos acosaron a Andrés para saber qué le había pasado a Judas, su jefe se limitó a comentar: «No sé dónde está Judas, pero me temo que nos ha abandonado.»

LA ÚLTIMA ORACIÓN EN GRUPO

Poco después de llegar al campamento, Jesús les dijo: «Amigos y hermanos míos, me queda muy poco tiempo que estar con vosotros, y deseo que nos aislemos mientras le rogamos a nuestro Padre que está en los cielos que nos dé fuerzas para sostenernos en esta hora y de aquí en adelante en todo el trabajo que tenemos que hacer en su nombre.»

Después de haber hablado así, Jesús los llevó un poco más arriba por el Olivete hasta una gran roca plana desde donde se veía todo Jerusalén, y les pidió que se arrodillaran en círculo a su alrededor como lo habían hecho el día de su ordenación; luego, mientras permanecía allí en medio de ellos, glorificado en la suave luz de la luna, levantó los ojos al cielo y oró:

«Padre, mi hora ha llegado; glorifica ahora a tu Hijo para que el Hijo pueda glorificarte. Sé que me has dado plena autoridad sobre todas las criaturas vivientes de mi reino, y daré la vida eterna a todos los que se vuelvan hijos de Dios por la fe. Y la vida eterna consiste en que mis criaturas te conozcan como el único verdadero Dios y Padre de todos, y que crean en aquel que has enviado a este mundo. Padre, te he exaltado en la tierra y he realizado la obra que me encargaste. Casi he terminado mi donación a los hijos de nuestra propia creación; sólo me queda abandonar mi vida en la carne. Ahora, oh Padre mío, glorifícame con la gloria que tenía contigo antes de que existiera este mundo y recíbeme una vez más a tu diestra.

«Te he manifestado a los hombres que escogiste en el mundo para dármelos. Son tuyos —como toda vida está en tus manos— tú me los diste y yo he vivido entre ellos enseñándoles el camino de la vida, y ellos han creído. Estos hombres están aprendiendo que todo lo que tengo procede de ti, y que la vida que vivo en la carne es para hacer que los mundos conozcan a mi Padre. La verdad que me has dado se la he revelado a ellos. Estos amigos y embajadores míos han querido recibir sinceramente tu palabra. Les he dicho que he salido de ti, que tú me has enviado a este mundo, y que estoy a punto de volver a ti. Padre, ruego de hecho por estos hombres escogidos. Y ruego por ellos no como rogaría por el mundo, sino como por aquellos a quienes he escogido en el mundo para que me representen en el mundo después de que haya regresado a tu tarea, al igual que te he representado en este mundo durante mi estancia en la carne. Estos hombres son míos; tú me los has dado; pero todas las cosas que son mías son siempre tuyas, y has hecho que todo lo que era tuyo ahora sea mío. Has sido exaltado en mí, y ahora ruego para que yo pueda ser honrado en estos hombres. No puedo estar más tiempo en este mundo; estoy a punto de volver a la tarea que me has encargado. Tengo que dejar atrás a estos hombres para que nos representen y representen a nuestro reino entre los hombres. Padre, mantén fieles a estos hombres mientras me preparo para abandonar mi vida en la carne. Ayuda a estos amigos míos para que sean uno en espíritu, como nosotros también somos uno. Mientras podía estar con ellos, podía velar por ellos y guiarlos, pero ahora estoy a punto de irme. Permanece cerca de ellos, Padre, hasta que podamos enviar al nuevo instructor para que los consuele y los fortalezca.

«Me diste doce hombres, y los he conservado a todos salvo a uno, el hijo de la venganza, que no ha querido seguir asociado con nosotros. Estos hombres son débiles y frágiles, pero sé que podemos confiar en ellos; los he puesto a prueba; me aman al igual que te veneran a ti. Aunque deberán sufrir mucho por mí, deseo que también estén llenos de alegría ante la seguridad de la filiación en el reino celestial. He dado a estos hombres tu palabra y les he enseñado la verdad. El mundo puede odiarlos como me ha odiado a mí, pero no pido que los saques del mundo, sino que los protejas del mal que hay en el mundo. Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad. Del mismo modo que me enviaste a este mundo, yo estoy a punto de enviar a estos hombres al mundo. Por el bien de ellos, he vivido entre los hombres y he consagrado mi vida a tu servicio, a fin de poder inspirarlos para que se purifiquen por medio de la verdad que les he enseñado y el amor que les he revelado. Sé muy bien, Padre mío, que no necesito pedirte que veles por estos hermanos después de que me haya ido; sé que los amas como yo, pero hago esto para que puedan darse cuenta mejor de que el Padre ama a los hombres mortales como el Hijo los ama.

«Y ahora, Padre mío, quisiera rogar no solamente por estos once hombres, sino también por todos los demás que ahora creen en el evangelio del reino, o que puedan creer más adelante gracias a la palabra del ministerio futuro de mis apóstoles. Quiero que todos sean uno solo, como tú y yo somos uno. Tú estás en mí y yo estoy en ti, y deseo que estos creyentes estén igualmente en nosotros; que nuestros dos espíritus residan en ellos. Si mis hijos son uno como nosotros somos uno, y si se aman los unos a los otros como yo los he amado, entonces todos los hombres creerán que he salido de ti y estarán dispuestos a recibir la revelación que he efectuado de la verdad y de la gloria. He revelado a estos creyentes la gloria que tú me has dado. Así como tú has vivido conmigo en espíritu, yo he vivido con ellos en la carne. Así como tú has sido uno conmigo, yo he sido uno con ellos, y el nuevo instructor será siempre uno con ellos y en ellos. He hecho todo esto para que mis hermanos en la carne puedan saber que el Padre los ama como el Hijo los ama, y que tú los amas como me amas a mí. Padre, trabaja conmigo para salvar a estos creyentes a fin de que dentro de poco puedan estar conmigo en la gloria, y luego continúen hasta unirse contigo en el abrazo del Paraíso. A los que sirven conmigo en la humillación, quisiera tenerlos conmigo en la gloria para que puedan ver todo lo que has puesto entre mis manos como cosecha eterna de la siembra del tiempo en la similitud de la carne mortal. Anhelo mostrar a mis hermanos terrestres la gloria que tenía contigo antes de la fundación de este mundo. Este mundo sabe muy poco de ti, Padre justo, pero yo te conozco y te he hecho conocer a estos creyentes, y ellos harán conocer tu nombre a otras generaciones. Y ahora les prometo que estarás con ellos en el mundo al igual que has estado conmigo —que así sea.»

Los once permanecieron arrodillados en círculo alrededor de Jesús durante varios minutos, antes de levantarse y regresar en silencio al campamento cercano.

Jesús oró por la unidad entre sus seguidores, pero no deseaba la uniformidad. El pecado crea un nivel muerto de inercia maligna, pero la rectitud alimenta el espíritu creativo de la experiencia individual en las realidades vivientes de la verdad eterna y en la comunión progresiva de los espíritus divinos del Padre y del Hijo. En la comunión espiritual de un hijo creyente con el Padre divino, nunca puede haber una finalidad doctrinal ni una superioridad sectaria de conciencia de grupo.

En el transcurso de esta oración final con sus apóstoles, el Maestro aludió al hecho de que había manifestado al mundo el nombre del Padre. Y esto es realmente lo que hizo al revelar a Dios mediante su vida perfeccionada en la carne. El Padre que está en los cielos había intentado revelarse a Moisés, pero no pudo ir más allá de hacer que se dijera: «YO SOY». Y cuando se le instó a que revelara más cosas de sí mismo, sólo se reveló: «YO SOY el que SOY». Pero cuando Jesús hubo terminado su vida terrenal, el nombre del Padre se había revelado de tal manera que el Maestro, que era el Padre encarnado, podía decir en verdad:

Yo soy el pan de la vida.
Yo soy el agua viva.
Yo soy la luz del mundo.
Yo soy el deseo de todos los tiempos.
Yo soy la puerta abierta a la salvación eterna.
Yo soy la realidad de la vida sin fin.
Yo soy el buen pastor.
Yo soy el sendero de la perfección infinita.
Yo soy la resurrección y la vida.
Yo soy el secreto de la supervivencia eterna.
Yo soy el camino, la verdad y la vida.
Yo soy el Padre infinito de mis hijos finitos.
Yo soy la verdadera vid; vosotros sois los sarmientos.
Yo soy la esperanza de todos los que conocen la verdad viviente.
Yo soy el puente viviente que va de un mundo a otro.
Yo soy el enlace viviente entre el tiempo y la eternidad.

Jesús amplió así la revelación viviente del nombre de Dios para todas las generaciones. De la misma manera que el amor divino revela la naturaleza de Dios, la verdad eterna revela su nombre en unas proporciones siempre crecientes.

EN GETSEMANÍ

La Pasión de Jesús – I

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