II – La Pasión de Jesús: La actitud jovial de Jesús iba decayendo. A medida que pasaba el tiempo se volvía cada vez más serio e incluso triste


LAS ÚLTIMAS HORAS ANTES DE LA TRAICIÓN

Los apóstoles se quedaron profundamente anonadados cuando regresaron a su campamento y comprobaron que Judas no estaba allí. Mientras los once emprendían una viva discusión sobre el asunto de su compañero apóstol traidor, David Zebedeo y Juan Marcos llevaron a Jesús a un lado y le revelaron que habían estado observando a Judas durante varios días, y que sabían que tenía la intención de traicionarlo poniéndolo en manos de sus enemigos. Jesús los escuchó pero se limitó a decir:

«Amigos míos, al Hijo del Hombre no puede sucederle nada a menos que lo quiera el Padre que está en los cielos. Que no se inquiete vuestro corazón; todas las cosas concurrirán para la gloria de Dios y la salvación de los hombres.»

La actitud jovial de Jesús iba decayendo. A medida que pasaba el tiempo se volvía cada vez más serio e incluso triste. Los apóstoles, que estaban muy agitados, eran reacios a regresar a sus tiendas aunque se lo pidiera el mismo Maestro. Al volver de su conversación con David y Juan, Jesús dirigió sus últimas palabras a los once, diciendo: «Amigos míos, id a descansar. Preparaos para el trabajo de mañana. Recordad que todos deberíamos someternos a la voluntad del Padre que está en los cielos. Os dejo mi paz.» Después de hablar así, les indicó que regresaran a sus tiendas, pero mientras se iban, llamó a Pedro, Santiago y Juan, diciendo: «Deseo que permanezcáis un rato conmigo.»

Los apóstoles se durmieron únicamente porque estaban literalmente agotados. Habían estado escasos de sueño desde que llegaron a Jerusalén. Antes de ir a sus diferentes tiendas para dormir, Simón Celotes los condujo a todos a su tienda, donde estaban guardadas las espadas y otras armas, y entregó a cada uno su equipo de combate. Todos recibieron estas armas y se las ciñeron allí mismo, excepto Natanael. Al rehusar el arma, Natanael dijo: «Hermanos míos, el Maestro nos ha dicho muchas veces que su reino no es de este mundo, y que sus discípulos no deberían luchar con la espada para establecerlo. Yo creo en esto, y no pienso que el Maestro necesite que utilicemos la espada para defenderlo. Todos hemos visto su enorme poder y sabemos que podría defenderse de sus enemigos si lo deseara. Si no quiere resistirse a sus enemigos, debe ser porque esa conducta representa su intento por realizar la voluntad de su Padre. Rezaré, pero no empuñaré la espada.» Cuando Andrés escuchó el discurso de Natanael, devolvió su espada a Simón Celotes. Así pues, nueve de ellos estaban armados cuando se separaron para irse a dormir.

El resentimiento que tenían porque Judas era un traidor eclipsó por el momento todo lo demás en la mente de los apóstoles. El comentario del Maestro alusivo a Judas, expresado en el transcurso de la última oración, había abierto sus ojos al hecho de que los había abandonado.

Después de que los ocho apóstoles se hubieron retirado finalmente a sus tiendas, y mientras Pedro, Santiago y Juan estaban esperando recibir las órdenes del Maestro, Jesús le dijo a David Zebedeo: «Envíame a tu mensajero más rápido y fiable.» Cuando David trajo ante el Maestro a un tal Jacobo, en otro tiempo corredor al servicio de los mensajes nocturnos entre Jerusalén y Betsaida, Jesús se dirigió a él y le dijo: «Ve a toda prisa hasta Abner en Filadelfia y dile: `El Maestro te envía sus saludos de paz y dice que ha llegado la hora en que será entregado en manos de sus enemigos, que le darán muerte, pero que resucitará de entre los muertos y pronto aparecerá ante ti antes de ir hacia el Padre, y que entonces te dará unas directrices hasta el momento en que el nuevo instructor venga a vivir en vuestro corazón.’» Cuando Jacobo hubo repetido este mensaje a la satisfacción del Maestro, Jesús lo envió a su misión, diciendo: «No temas por lo que alguien pueda hacerte, Jacobo, porque esta noche un mensajero invisible correrá a tu lado.»

Luego Jesús se volvió hacia el jefe de los visitantes griegos que estaban acampados con ellos y le dijo:

«Hermano mío, no te inquietes por lo que está a punto de suceder, puesto que te he avisado de antemano. El Hijo del Hombre será ejecutado a instigación de sus enemigos, los jefes de los sacerdotes y los dirigentes de los judíos, pero resucitaré para estar con vosotros un poco de tiempo antes de ir hacia el Padre. Cuando hayas visto que sucede todo esto, glorifica a Dios y fortalece a tus hermanos.»

En circunstancias normales, los apóstoles hubieran dado personalmente las buenas noches al Maestro, pero esta noche estaban tan preocupados por la conciencia repentina de la deserción de Judas y tan aturdidos por la naturaleza insólita de la oración de despedida del Maestro, que escucharon su saludo de adiós y se alejaron en silencio.

Aquella noche, cuando Andrés se alejaba de su lado, Jesús le dijo lo siguiente:

«Andrés, haz lo que puedas para mantener juntos a tus hermanos hasta que yo regrese con vosotros después de haber bebido esta copa. Fortalece a tus hermanos, puesto que ya te lo he dicho todo. Que la paz sea contigo.»

Ninguno de los apóstoles esperaba que sucediera nada fuera de lo común aquella noche, puesto que ya era muy tarde. Trataron de dormirse para poder levantarse temprano por la mañana y estar preparados para lo peor. Pensaban que los jefes de los sacerdotes intentarían capturar a su Maestro por la mañana temprano, porque nunca se hacía ningún trabajo secular después del mediodía del día de la preparación de la Pascua. Sólo David Zebedeo y Juan Marcos comprendieron que los enemigos de Jesús vendrían con Judas aquella misma noche.

David había acordado permanecer de guardia aquella noche en el sendero más elevado que conducía a la carretera de Betania a Jerusalén, mientras que Juan Marcos debía vigilar la carretera que subía del Cedrón a Getsemaní. Antes de que David se dirigiera a su tarea autoimpuesta de centinela en un puesto avanzado, se despidió de Jesús diciendo: «Maestro, he tenido la gran alegría de servir contigo. Mis hermanos son tus apóstoles, pero yo he disfrutado haciendo las cosas menores tal como debían hacerse, y te echaré de menos con todo mi corazón cuando te hayas ido.» Jesús le dijo entonces a David: «David, hijo mío, los demás han hecho lo que se les ordenaba que hicieran, pero tú has hecho este servicio por tu propia voluntad, y he sido consciente de tu dedicación. Tú también servirás algún día conmigo en el reino eterno.»

Entonces, mientras se preparaba para ir a vigilar en el sendero de arriba, David le dijo a Jesús: «Sabes, Maestro, he enviado a buscar a tu familia, y un mensajero me ha dado la noticia de que esta noche están en Jericó. Mañana por la mañana temprano estarán aquí, pues sería peligroso para ellos subir de noche por este maldito camino.» Bajando la mirada hacia David, Jesús dijo solamente: «Que así sea, David.»

Cuando David se marchó hacia la parte alta del Olivete, Juan Marcos empezó a vigilar cerca de la carretera que descendía a lo largo del arroyo hacia Jerusalén. Juan habría permanecido en su puesto si no hubiera sido por su gran deseo de estar cerca de Jesús y de saber qué estaba sucediendo. Poco después de que David lo dejara, y al observar que Jesús se retiraba con Pedro, Santiago y Juan hacia una hondonada cercana, Juan Marcos se sintió tan dominado por una mezcla de devoción y de curiosidad, que abandonó su puesto de centinela y los siguió, ocultándose entre los arbustos. Desde allí observó y escuchó todo lo que sucedió durante estos últimos momentos en el jardín, poco antes de que Judas y los guardias armados aparecieran para arrestar a Jesús.

Mientras todo esto se desarrollaba en el campamento del Maestro, Judas Iscariote conversaba con el capitán de los guardias del templo, el cual había reunido a sus hombres antes de ponerse en camino, bajo la dirección del traidor, para arrestar a Jesús.

LAS ÚLTIMAS HORAS ANTES DE LA TRAICIÓN

La Pasión de Jesús –II  

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