III – La Pasión de Jesús: Se trataba de uno de esos momentos terribles en la vida de un hombre en que todo parece aplastarlo con una crueldad demoledora y una agonía terrible


A SOLAS EN GETSEMANÍ

Cuando todo estuvo silencioso y tranquilo en el campamento, Jesús se llevó a Pedro, Santiago y Juan, y subieron un corto trecho hasta una hondonada cercana donde había ido anteriormente con frecuencia para orar y comulgar. Los tres apóstoles no podían dejar de reconocer que el Maestro estaba dolorosamente abrumado. Nunca antes lo habían observado tan triste y agobiado. Cuando llegaron al lugar de sus devociones, pidió a los tres que se sentaran y velaran con él mientras se alejaba a casi un tiro de piedra para orar. Cuando se hubo postrado en el suelo, oró:

«Padre mío, he venido a este mundo para hacer tu voluntad, y la he hecho. Sé que ha llegado la hora de abandonar esta vida en la carne, y no rehuyó hacerlo, pero quisiera saber si es tu voluntad que yo beba esta copa. Envíame la seguridad de que te complaceré en mi muerte tal como lo he hecho en mi vida.»

El Maestro permaneció unos momentos en actitud de oración, y luego se acercó a los tres apóstoles; los encontró profundamente dormidos, pues tenían los párpados pesados y no podían permanecer despiertos. Cuando Jesús los despertó, dijo: «¡Cómo! ¿No podéis velar conmigo ni siquiera una hora? ¿No podéis ver que mi alma está extremadamente afligida, afligida de muerte, y que anhelo vuestra compañía?» Cuando los tres se despertaron de su sueño, el Maestro se alejó de nuevo a solas y, cayendo al suelo, oró otra vez: «Padre, sé que es posible evitar esta copa —todas las cosas son posibles para ti— pero he venido para hacer tu voluntad, y aunque esta copa sea amarga, la beberé si es tu voluntad.» Después de haber orado así, un ángel poderoso descendió a su lado, le habló, lo tocó y lo fortaleció.

Cuando Jesús regresó para hablar con los tres apóstoles, los encontró de nuevo profundamente dormidos. Los despertó diciendo: «En esta hora necesito que veléis y oréis conmigo —necesitáis orar aún más para no caer en la tentación— ¿por qué os dormís cuando os dejo?»

Entonces, el Maestro se retiró por tercera vez para orar:

«Padre, ves a mis apóstoles dormidos; ten misericordia de ellos. En verdad, el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil. Y ahora, oh Padre, si esta copa no puede ser apartada, entonces la beberé. Que no se haga mi voluntad, sino la tuya.»

Cuando hubo terminado de orar, permaneció unos momentos postrado en el suelo. Cuando se levantó y regresó donde estaban sus apóstoles, los encontró dormidos una vez más. Los observó y, con un gesto de piedad, dijo tiernamente: «Dormid ahora y descansad; el momento de la decisión ha pasado. Ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre será traicionado y entregado a sus enemigos.» Mientras se inclinaba y los sacudía para poder despertarlos, dijo: «Levantaos, volvamos al campamento, porque he aquí que el que me traiciona está cerca, y ha llegado la hora en que mi rebaño va a ser dispersado. Pero ya os he hablado de estas cosas.»

Durante los años que Jesús vivió entre sus discípulos, éstos tuvieron en verdad muchas pruebas de su naturaleza divina, pero en este momento están a punto de presenciar nuevas evidencias de su humanidad. Justo antes de la más grande de todas las revelaciones de su divinidad, su resurrección, deben producirse las pruebas más grandes de su naturaleza mortal: su humillación y su crucifixión.

Cada vez que había orado en el jardín, su humanidad se había aferrado más firmemente, por la fe, a su divinidad; su voluntad humana se había unificado más completamente con la voluntad divina de su Padre. Entre otras palabras que le había dicho el ángel poderoso se encontraba el mensaje de que el Padre deseaba que su Hijo terminara su donación terrenal pasando por la experiencia de la muerte que atraviesan las criaturas, exactamente como todas las criaturas mortales deben experimentar la disolución material cuando pasan de la existencia en el tiempo a la progresión en la eternidad.

Anteriormente aquella noche, no había parecido tan difícil beber la copa, pero cuando el Jesús humano se despidió de sus apóstoles y los envió a descansar, la prueba se volvió más espantosa. Jesús experimentaba esos sentimientos naturales de flujo y reflujo que toda experiencia humana tiene en común, y en aquel momento estaba cansado de trabajar, agotado por las largas horas de esfuerzo tenaz y de penosa ansiedad a causa de la seguridad de sus apóstoles. Aunque ningún mortal puede atreverse a comprender los pensamientos y sentimientos del Hijo encarnado de Dios en un momento como éste, sabemos que soportó una gran angustia y sufrió una tristeza indecible, porque grandes gotas de sudor corrían por su rostro. Por fin estaba convencido de que el Padre tenía la intención de dejar que los acontecimientos naturales siguieran su curso; estaba plenamente decidido a no emplear, para salvarse, ninguno de sus poderes soberanos como jefe supremo de un universo.

Las huestes reunidas de una inmensa creación se cernían ahora sobre esta escena, bajo el mando temporal conjunto de Gabriel y del Ajustador Personalizado de Jesús. Los jefes de división de estos ejércitos del cielo habían sido advertidos repetidas veces que no interfirieran en estas transacciones terrenales, a menos que el mismo Jesús les ordenara que intervinieran.

La experiencia de separarse de los apóstoles suponía una gran tensión para el corazón humano de Jesús; esta tristeza de amor le aplastaba y le hacía más difícil enfrentarse a una muerte semejante a la que sabía muy bien que le esperaba. Se daba cuenta de cuán débiles e ignorantes eran sus apóstoles, y le horrorizaba abandonarlos. Sabía muy bien que había llegado la hora de su partida, pero su corazón humano anhelaba descubrir si no existía la posibilidad de que hubiera alguna vía legítima para escapar de este trance terrible de sufrimiento y de pena. Cuando su corazón hubo buscado así una escapatoria, sin conseguirla, estuvo dispuesto a beber la copa. La mente divina de Miguel sabía que había hecho todo lo posible por los doce apóstoles; pero el corazón humano de Jesús deseaba haber hecho más por ellos antes de dejarlos solos en el mundo. El corazón de Jesús estaba destrozado; amaba sinceramente a sus hermanos. Estaba aislado de su familia carnal; uno de sus asociados escogidos lo estaba traicionando. El pueblo de su padre José lo había rechazado y había sellado así su destino como pueblo con una misión especial en la tierra. Su alma estaba atormentada por el amor frustrado y la misericordia rechazada. Se trataba de uno de esos momentos terribles en la vida de un hombre en que todo parece aplastarlo con una crueldad demoledora y una agonía terrible.

La naturaleza humana de Jesús no era insensible a esta situación de soledad personal, de oprobio público y de fracaso aparente de su causa. Todos estos sentimientos pesaban sobre él con una fuerza indescriptible. En medio de esta gran tristeza, su mente volvió a los tiempos de su infancia en Nazaret y de sus primeros trabajos en Galilea. En el momento de esta gran prueba, muchas escenas agradables de su ministerio terrenal surgieron en su mente. Gracias a estos antiguos recuerdos de Nazaret, Cafarnaum, el Monte Hermón y las salidas y puestas de sol en el resplandeciente mar de Galilea, logró calmarse mientras fortalecía y preparaba su corazón humano para salir al encuentro del traidor que tan pronto iba a traicionarlo.

Antes de que Judas y los soldados llegaran, el Maestro había recuperado por completo su equilibrio habitual; el espíritu había triunfado sobre la carne; la fe se había afirmado sobre todas las tendencias humanas al temor y a albergar dudas. La prueba suprema del desarrollo completo de la naturaleza humana había sido afrontada y superada de manera aceptable. Una vez más, el Hijo del Hombre estaba preparado para enfrentarse a sus enemigos con serenidad y con la plena seguridad de que era invencible como hombre mortal dedicado sin reservas a hacer la voluntad de su Padre.

A SOLAS EN GETSEMANÍ

III – La Pasión de Jesús

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Un pensamiento en “III – La Pasión de Jesús: Se trataba de uno de esos momentos terribles en la vida de un hombre en que todo parece aplastarlo con una crueldad demoledora y una agonía terrible

  1. Todos hemos estado a solas alguna vez, o muchas, en Getsemaní, pero si volvemos nuestra mirada a lo mas profundo de nuestro corazón, nos daremos cuenta que el Amor nunca nos ha dejado solo, aunque nuestros ojos estaban nublado y nuestra alma desesperada, en el Vacío infinito de esa oscuridad, El estaba allí esperándonos para reconfortarnos en la Prueba. Gracias por no abandonarnos nunca. En el Libro estaba escrito “Puede una madre olvidarse del hijo de sus entrañas……….pues aunque ella se olvide, Yo nunca te dejare”
    Un abrazo para todos.

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