V-La Pasión de Jesús: “Algunos quisieran matar al Hijo del Hombre porque son ignorantes; pero tú, amigo, sabes lo que estás haciendo. ¿Cómo puedes, por tanto, rechazar la luz de Dios?”


ANTE EL TRIBUNAL DEL SANEDRÍN

UNOS REPRESENTANTES de Anás habían ordenado en secreto al capitán de los soldados romanos que llevara a Jesús al palacio de Anás inmediatamente después de arrestarlo. El antiguo sumo sacerdote deseaba mantener su prestigio como principal autoridad eclesiástica de los judíos. También tenía otro objetivo al retener a Jesús en su casa durante varias horas, y era ganar tiempo para reunir legalmente al tribunal del sanedrín. No era legal convocar el tribunal del sanedrín antes de la hora de la ofrenda del sacrificio matutino en el templo, y este sacrificio se ofrecía hacia las tres de la mañana.

Anás sabía que un tribunal de sanedristas estaba esperando en el palacio de su yerno Caifás. Unos treinta miembros del sanedrín se habían reunido a medianoche en la casa del sumo sacerdote a fin de estar preparados para juzgar a Jesús cuando fuera traído ante ellos. Únicamente se habían reunido aquellos miembros que se oponían enérgica y abiertamente a Jesús y a sus enseñanzas, puesto que sólo se necesitaban veintitrés para constituir un tribunal procesal.

Jesús pasó unas tres horas en el palacio de Anás en el monte Olivete, no lejos del jardín de Getsemaní, donde lo habían arrestado. Juan Zebedeo estaba libre y a salvo en el palacio de Anás, no solamente debido a la palabra del capitán romano, sino también porque él y su hermano Santiago eran bien conocidos por los criados más viejos, pues habían sido invitados muchas veces al palacio, ya que el antiguo sumo sacerdote era un pariente lejano de su madre Salomé.

EL INTERROGATORIO DE ANÁS

Enriquecido por los ingresos del templo, con su yerno como sumo sacerdote en ejercicio, y debido a sus relaciones con las autoridades romanas, Anás era en verdad el individuo más poderoso de la sociedad judía. Era un planificador y un conspirador sofisticado y diplomático. Deseaba dirigir este asunto para deshacerse de Jesús; temía confiar enteramente una empresa tan importante como ésta a su brusco y agresivo yerno. Anás quería asegurarse de que el juicio del Maestro permanecería entre las manos de los saduceos; temía la posible simpatía de algunos fariseos, ya que prácticamente todos los miembros del sanedrín que habían abrazado la causa de Jesús eran fariseos.

Anás no había visto a Jesús desde hacía varios años, desde la época en que el Maestro se presentó en su casa y se marchó inmediatamente al observar la frialdad y la reserva con que lo recibió. Anás había pensado aprovecharse de esta antigua relación e intentar de este modo persuadir a Jesús para que abandonara sus pretensiones y se fuera de Palestina. Le repugnaba participar en el asesinato de un hombre bueno y había razonado que quizás Jesús escogería dejar el país en lugar de sufrir la muerte. Pero cuando Anás se encontró delante del fornido y resuelto galileo, supo enseguida que hacer tales proposiciones sería inútil. Jesús era aún más majestuoso y equilibrado de lo que Anás lo recordaba.

Cuando Jesús era joven, Anás se había interesado mucho por él, pero ahora sus ingresos estaban amenazados por lo que Jesús había hecho tan recientemente echando del templo a los cambistas y a otros mercaderes. Este acto había suscitado la enemistad del antiguo sumo sacerdote mucho más que las enseñanzas de Jesús.

Anás entró en su espaciosa sala de audiencias, se sentó en un gran sillón y ordenó que trajeran a Jesús ante él. Después de observar al Maestro en silencio durante unos momentos, dijo: «Comprenderás que habrá que hacer algo con respecto a tu enseñanza, puesto que estás perturbando la paz y el orden de nuestro país.» Mientras Anás miraba de manera indagadora a Jesús, el Maestro lo miró directamente a los ojos, pero no respondió. Anás dijo de nuevo: « ¿Cuáles son los nombres de tus discípulos, además de Simón Celotes, el agitador?» Jesús lo miró de nuevo, pero no contestó.

Anás estaba considerablemente molesto porque Jesús se negaba a contestar a sus preguntas, de tal manera que le dijo: «¿No te preocupa que yo sea benévolo o no contigo? ¿No tienes consideración por el poder que tengo para determinar las cuestiones de tu próximo juicio?» Cuando Jesús escuchó esto, dijo:

«Anás, sabes que no podrías tener ningún poder sobre mí si no fuera permitido por mi Padre. Algunos quisieran matar al Hijo del Hombre porque son ignorantes y no conocen nada mejor; pero tú, amigo, sabes lo que estás haciendo. ¿Cómo puedes, por tanto, rechazar la luz de Dios?»

Anás se quedó casi desconcertado por la manera amable en que Jesús le habló. Pero ya había decidido en su interior que Jesús debía irse de Palestina o morir; así pues, reunió su coraje y preguntó: «¿Qué es exactamente lo que intentas enseñar a la gente? ¿Qué pretendes ser?» Jesús contestó:

 «Sabes muy bien que he hablado abiertamente al mundo. He enseñado en las sinagogas y muchas veces en el templo, donde todos los judíos y muchos gentiles me han escuchado. No he dicho nada en secreto; entonces, ¿por qué me preguntas sobre mi enseñanza? ¿Por qué no llamas a los que me han escuchado y les preguntas a ellos? Mira, todo Jerusalén ha oído lo que he dicho, aunque tú mismo no hayas escuchado estas enseñanzas.»

Pero antes de que Anás pudiera responder, el administrador principal del palacio, que estaba cerca, abofeteó a Jesús, diciendo: «¿Cómo te atreves a contestarle así al sumo sacerdote?» Anás no reprendió a su administrador, pero Jesús se dirigió a él, diciendo: «Amigo mío, si he hablado mal, testifica contra el mal; pero si he dicho la verdad, entonces ¿por qué me golpeas?»

Anás lamentaba que su administrador hubiera abofeteado a Jesús, pero era demasiado orgulloso como para tener en cuenta el asunto. En su confusión, se fue a otra habitación y dejó solo a Jesús casi una hora con los criados de la casa y los guardias del templo.

Cuando regresó, se puso al lado del Maestro y dijo: «¿Pretendes ser el Mesías, el libertador de Israel?» Jesús dijo: «Anás, me conoces desde la época de mi juventud. Sabes que no pretendo ser nada más que lo que mi Padre ha decretado, y que he sido enviado a todos los hombres, tanto gentiles como judíos.» Entonces Anás dijo: «Me han dicho que has pretendido ser el Mesías; ¿es verdad?» Jesús miró a Anás pero se limitó a contestar: «Tú lo has dicho.»

Aproximadamente en ese momento, unos mensajeros del palacio de Caifás llegaron para preguntar a qué hora sería llevado Jesús ante el tribunal del sanedrín, y puesto que faltaba poco para el amanecer, Anás pensó que sería mejor enviar a Jesús, atado y custodiado por los guardias del templo, a Caifás. Él mismo los siguió un poco después.

PEDRO EN EL PATIO

Cuando el grupo de guardias y soldados se acercaba a la entrada del palacio de Anás, Juan Zebedeo caminaba al lado del capitán de los soldados romanos. Judas se había quedado rezagado a cierta distancia, y Simón Pedro los seguía a lo lejos. Después de que Juan hubiera entrado en el patio del palacio con Jesús y los guardias, Judas se acercó a la cancela pero, al ver a Jesús y a Juan, continuó hacia la casa de Caifás, donde sabía que el verdadero juicio del Maestro se llevaría a cabo más tarde. Poco después de que Judas se hubiera marchado, llegó Simón Pedro, y mientras permanecía delante de la cancela, Juan lo vio en el momento en que estaban a punto de meter a Jesús en el palacio. La portera que estaba encargada de la cancela conocía a Juan, y cuando éste le pidió que dejara entrar a Pedro, ella asintió con placer.

Al entrar en el patio, Pedro se dirigió hacia el fuego de carbón e intentó calentarse porque la noche era fría. Se sentía aquí totalmente fuera de lugar entre los enemigos de Jesús, y en verdad no estaba en su sitio. El Maestro no le había ordenado que se mantuviera cerca tal como se lo había recomendado a Juan. Pedro pertenecía al grupo de apóstoles que habían sido expresamente advertidos que no arriesgaran su vida durante estas horas del juicio y de la crucifixión de su Maestro.

Pedro había tirado su espada poco antes de llegar a la cancela del palacio, de manera que entró desarmado en el patio de Anás. Su mente era un torbellino de confusión; apenas podía darse cuenta de que Jesús había sido arrestado. No conseguía captar la realidad de la situación —que se encontraba allí en el patio de Anás, calentándose al lado de los criados del sumo sacerdote. Se preguntaba qué estarían haciendo los demás apóstoles y, al darle vueltas en la cabeza a la forma en que Juan había sido admitido en el palacio, llegó a la conclusión de que los criados lo conocían, puesto que Juan le había pedido a la portera que lo dejara entrar.

Poco después de que la portera dejara entrar a Pedro, y mientras éste se calentaba junto al fuego, ella se le acercó y le dijo maliciosamente: «¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?» Pedro no debería haberse sorprendido de ser reconocido de esta manera, ya que había sido Juan quien le había pedido a la muchacha que le dejara traspasar las cancelas del palacio; pero estaba en tal estado de tensión nerviosa que el ser identificado como discípulo lo desequilibró, y con un solo pensamiento prioritario en su mente —la idea de escapar con vida— respondió de inmediato a la pregunta de la sirvienta, diciendo: «No lo soy.»

Muy pronto, otro criado se acercó a Pedro y le preguntó: «¿No te he visto en el jardín cuando arrestaron a ese tipo? ¿No eres tú también uno de sus seguidores?» Pedro estaba ahora totalmente alarmado; no veía la manera de escapar sano y salvo de estos acusadores; negó pues con vehemencia toda conexión con Jesús, diciendo: «No conozco a ese hombre, ni soy uno de sus seguidores.»

Casi en ese momento, la portera de la cancela llevó a Pedro a un lado y le dijo: «Estoy segura de que eres un discípulo de ese Jesús, no solamente porque uno de sus seguidores me ha pedido que te dejara entrar en el patio, sino que mi hermana que está aquí te ha visto en el templo con ese hombre. ¿Por qué lo niegas?» Cuando Pedro escuchó la acusación de la sirvienta, negó totalmente que conociera a Jesús con muchas maldiciones y juramentos, diciendo de nuevo: «No soy un seguidor de ese hombre; ni siquiera lo conozco; nunca he oído hablar de él anteriormente.»

Pedro se alejó del fuego durante un momento mientras caminaba por el patio. Le hubiera gustado escaparse, pero temía atraer la atención. Como tenía frío, regresó junto al fuego, y uno de los hombres que estaban cerca de él dijo: «Tú eres sin duda uno de los discípulos de ese hombre. Ese Jesús es galileo, y tu manera de hablar te traiciona, pues hablas también como un galileo.» Y Pedro negó de nuevo toda conexión con su Maestro.

Pedro estaba tan inquieto que intentó evitar el contacto con sus acusadores alejándose del fuego y permaneciendo solo en el porche. Después de más de una hora de aislamiento, la portera y su hermana lo encontraron por casualidad, y las dos le tomaron el pelo de nuevo acusándolo de ser un seguidor de Jesús. Y otra vez negó la acusación. Justo cuando había negado una vez más toda conexión con Jesús, el gallo cantó, y Pedro recordó las palabras de advertencia que su Maestro le había dicho anteriormente aquella misma noche. Mientras permanecía allí, acongojado y abatido por el sentimiento de culpa, las puertas del palacio se abrieron y salieron los guardias conduciendo a Jesús hacia la casa de Caifás. Al pasar cerca de Pedro, el Maestro vio, a la luz de las antorchas, la cara de desesperación de su apóstol, anteriormente tan seguro de sí mismo y superficialmente valiente; volvió la cabeza y miró a Pedro. Pedro nunca olvidó aquella mirada durante toda su vida. Fue una mirada de compasión y de amor a la vez como ningún hombre mortal había visto nunca en el rostro del Maestro.

Después de que Jesús y los guardias hubieron franqueado las cancelas del palacio, Pedro los siguió, pero sólo durante una corta distancia. No pudo ir más allá. Se sentó a un lado del camino y lloró amargamente. Después de derramar estas lágrimas de desesperación, volvió sobre sus pasos hacia el campamento con la esperanza de encontrar a su hermano, Andrés. Al llegar al campamento, sólo encontró a David Zebedeo, el cual envió a un mensajero para indicarle el camino hasta el lugar donde se había escondido su hermano en Jerusalén.

Toda la experiencia de Pedro tuvo lugar en el patio del palacio de Anás en el monte Olivete. No siguió a Jesús hasta el palacio del sumo sacerdote Caifás. El hecho de que Pedro cayera en la cuenta, con el canto de un gallo, de que había negado repetidas veces a su Maestro, indica que todo esto sucedió fuera de Jerusalén, puesto que la ley prohibía tener aves de corral dentro de los límites de la ciudad.

Hasta que el canto del gallo no devolvió a Pedro su sentido común, sólo había pensado, mientras iba y venía por el porche para entrar en calor, en la habilidad con que había eludido las acusaciones de los criados, y en cómo había frustrado sus intenciones de identificarlo con Jesús. De momento, sólo había considerado que aquellos criados no tenían el derecho moral ni legal de interrogarlo así, y se felicitaba realmente por la manera en que creía que había evitado ser identificado y quizás arrestado y encarcelado. A Pedro no se le ocurrió que había negado a su Maestro hasta que el gallo cantó. Únicamente cuando Jesús lo miró se dio cuenta de que no había estado a la altura de sus privilegios como embajador del reino.

Después de dar el primer paso en el camino del compromiso y de la menor resistencia, a Pedro no parecía quedarle más salida que continuar con el tipo de conducta que había decidido. Se necesita un carácter grande y noble para cambiar de opinión y retomar el camino recto después de haber empezado mal. Demasiado a menudo, nuestra propia mente tiende a justificar nuestra permanencia en el camino erróneo después de haber entrado en él.

Pedro nunca creyó por completo que podría ser perdonado hasta el momento en que se encontró con su Maestro después de la resurrección, y vió que era acogido como antes de las experiencias de esta trágica noche de negaciones.

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V- La Pasión de Jesús

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