La separación tiene su propia poesía; uno sólo tiene que aprender su len­guaje, y tiene que vivirla en toda su profundidad


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Prender fuego a su cuerpo ha sido la tarea más difícil de mi vida. Es como si estuviese quemando uno de los cuadros más hermosos de Leonardo o de Vin­cent Van Gogh. Por supuesto que para mi ella tenía más valor que la Mona Lisa y era más bella que Cleopatra. No es una exageración. Todo lo hermoso que hay en mi visión viene, de alguna manera, a través de ella.

Nana no era sólo mi abuelo materno. Me es muy difícil definir lo que era para mí. Él solía llamarme “rajá” -“rajá” significa “el rey”- y durante aquellos siete años consiguió que yo viviera como un rey. El día de mi cumpleaños solía traer un elefante de un pueblo cercano… En aquellos días, los elefantes en la India estaban reservados, o bien para los reyes -porque es muy costoso el mantenimiento, la alimentación y el servicio que requieren los elefantes- o para los santos. Los solían disfrutar estos dos tipos de personas. Los santos podían tener elefantes porque tenían muchos seguidores. De la misma forma que los seguidores se ocupaban del santo, se ocupaban del elefante. Cerca de allí había un santo que tenía un elefante, de modo que para mi cumpleaños mi abuelo materno solía subirme al elefante con dos bolsas, una en cada lado, llenas de monedas de plata…cf002501_1524x2000 (1)

En mi infancia, todavía no habían aparecido los billetes en la India; las rupias todavía eran de plata. Mi abuelo llenaba dos grandes bolsas, y las colgaba una de cada lado, con monedas de plata, y yo iba dando vueltas por la aldea tirando las monedas de plata. Así es como solía celebrar mi cumpleaños. Una vez que empezaba, me seguía con su carro de bueyes con más rupias, y me iba diciendo: «No seas avaro; tengo más guardadas. No puedes tirar todas las que tengo. ¡Sigue tirándolas!».

Él consiguió en todos los aspectos darme la idea de que pertenecía a alguna familia real.

La separación tiene su propia poesía; uno sólo tiene que aprender su len­guaje, y tiene que vivirla en toda su profundidad. De esa misma tristeza surge un nuevo tipo de alegría… , que parece casi imposible, pero sucede. Yo la he co­nocido con la muerte de mi nana. Fue una separación total. No nos volveremos a ver pero había algo hermoso en ello. Él era viejo y se estaba muriendo, pro­bablemente de un fuerte ataque al corazón. No lo sabíamos porque en el pue­blo no había médico, ni farmacéutico ni medicinas. Por eso no pudimos saber cuál fue la causa de su muerte, aunque creo que fue un grave ataque al corazón.

Le pregunté al oído:

-Nana, ¿hay algo que me quieras decir antes de irte? ¿Las últimas palabras? ¿Me quieres dar algo para que te recuerde para siempre?-. Se quitó el anillo y me lo puso en la mano. Ahora, lo tiene algún sannyasin*; se lo regalé a alguien. Pero ese anillo siempre fue un misterio. Durante toda la vida no le permitió ver a nadie lo que había en su interior, pero él solía mirar de vez en cuando. El ani­llo tenía una ventana de cristal a ambos lados, de modo que se podía mirar a través. En la parte superior había un diamante, y a cada lado había una ventanilla de cristal.

No le había dejado ver a nadie lo que solía mirar a través del cristal. En su interior había una estatua de Mahavira, el tirthankara jainista; una figura muy hermosa y muy pequeña. Se trataba de un pequeño retrato de Mahavira, y aque­llos dos cristales actuaban como lupas. Lo ampliaban y parecía enorme.

Con lágrimas en los ojos mi abuelo me dijo:

-No tengo otra cosa para darte, porque todo lo que tengo te será arreba­tado, igual que me ha sido arrebatado a mí. Sólo puedo darte mi amor por aquél que se ha conocido a sí mismo.

Aunque no me quedé con el anillo, he cumplido su deseo. Lo he conoci­do, y lo he conocido dentro  de mí mismo. El anillo, ¿qué más da? Pero el pobre viejo amaba a su Maestro, Mahavira, y me dio su amor. Respeto su amor a su maestro y a mí. Las últimas palabras que dijo fueron: «No os preocupéis, porque no me estoy muriendo».

Todos esperamos para ver si decía algo más, pero aquello fue todo. Sus ojos se cerraron y dejó de existir.

Todavía recuerdo aquel  silencio. La carreta de bueyes estaba cruzando el le­cho de un río. Me acuerdo exactamente de todos los detalles. No dije nada por­ que no quería molestar a mi abuela. Ella no dijo nada. Pasaron algunos instan­tes, entonces me empecé a preocupar por ella y le dije:

-Di algo; no estés tan callada, no lo puedo soportar.

No os lo creeréis, ¡se puso a cantar una canción! De ese modo aprendí que hay que celebrar la muerte. Cantó la misma canción que había cantado cuando se enamoró de mi abuelo la primera vez.

También conviene tener en cuenta esto: tuvo el valor de enamorarse hace noventa años en la India. No se casó hasta los veinticuatro años. Eso era poco corriente. Una vez le pregunté por qué había tardado tanto en casarse. Era una mujer muy bella… Le dije en broma que se habría enamorado de ella hasta el rey de Chhattarpur, el estado donde se encuentra Khajuraho.

Ella respondió:

-Qué raro que lo menciones, porque ocurrió. Pero yo le rechacé, y no sólo a él, sino también a muchos otros.

En aquella época, en la India, las niñas se casaban a los siete años, a los nue­ve como mucho. Sólo por miedo al amor…, si fueran mayores podrían enamorarse. Pero el padre de mi abuela era un poeta; todavía cantan sus canciones en Khajurabo y en los pueblos cercanos. Él insistió en que no la casaría con nadie si ella no estaba de acuerdo. Y por arte del azar, se enamoró de mi abuelo.

-Eso es más extraño -le pregunté-. Rechazaste al rey de Chhattapur y, sin embargo, te enamoraste de este pobre hombre ¿Por qué? Desde luego no era un hombre muy apuesto, ni extraordinario en ningún otro sentido; ¿por qué te enamoraste de él?

-Estás haciendo la pregunta equivocada -respondió-. Enamorarse no tiene un «por qué». Le vi y eso es todo. Vi sus ojos y surgió en mí una confian­za que no ha flaqueado nunca.

También le pregunté a mi abuelo:

-Nani dice que se enamoró de ti. Por su parte está bien, pero ¿por qué permitiste que se celebrara la boda?

-No soy un poeta ni un pensador -me contestó-, pero reconozco la belleza cuando la veo.

Nunca a vi una mujer tan hermosa como mi abuela. Yo también estaba ena­morado de ella, y la amé durante toda su vida. Cuando murió a los ochenta años, corrí hasta la casa y la encontré ahí, echada, muerta. Estaban todos es­perándome, porque ella había dicho que no pusieran su cuerpo en la pira fu­neraria hasta que yo llegase. Insistió en que yo tenía que prender la pira fune­raria, de modo que me estaban esperando. Entré, le descubrí la cara… ¡y seguía estando hermosa! En realidad, más bella que nunca, porque todo estaba quieto; el alboroto de la vida, ya no estaban allí. Ella sólo era una presencia.

Prender fuego a su cuerpo ha sido la tarea más difícil de mi vida. Es como si estuviese quemando uno de los cuadros más hermosos de pira_funeraria_Leonardo o de Vin­cent van Gogh. Por supuesto que para mi ella tenía más valor que la Mona Lisa y era más bella que Cleopatra. No es una exageración. Todo lo hermoso que hay en mi visión viene, de alguna manera, a través de ella. Me ayudó totalmen­te a ser lo que soy. Sin ella habría sido un tendero, o quizás un doctor o un ingeniero, porque mi padre era tan pobre cuando aprobé el examen de ingreso, que para él era muy difícil mandarme a la universidad. Pero estaba dispuesto a pedir dinero para poder hacerlo. Me insistió mucho para que fuese a la universidad. Yo deseaba hacerlo, pero no quería hacer la carrera de medicina ni la de ingeniería. Rechacé de plano ser médico o ingeniero.

-Si quieres saber la verdad -le dije-, quiero ser un sannyasin, un vaga­bundo.

-¿Qué? -respondió-. ¿Un vagabundo?

-Sí -afirmé–. Quiero ir a la universidad y estudiar filosofía para ser un vagabundo filosófico.

Él se negó diciendo:

-En ese caso no pienso pedir dinero prestado ni tomarme todo ese trabajo.

Mi abuela dijo:

-No te preocupes, hijo; ve y haz lo que quieras. Estoy viva y venderé todo lo que tengo para ayudarte a ser tú mismo. No te voy a preguntar dónde vas a ir ni qué quieres estudiar.

Nunca me pidió nada y me mandaba dinero continuamente, incluso cuan­do ya era profesor. Le tuve que decir que ahora ya ganaba dinero y que prefería mandárselo yo a ella.

-No te preocupes -me contestó-. No necesito este dinero y seguro que le estás dando buen uso.

La gente se preguntaba de dónde sacaba tanto dinero para comprar mis li­bros, porque yo tenía miles de libros. Tenía miles de libros en casa, incluso cuan­do estaba estudiando en la escuela superior. Toda mi casa estaba llena de libros y todos se preguntaban de dónde sacaba el dinero. Mi abuela me había dicho:

“No le cuentes a nadie que te doy dinero porque, si se enteran tus padres, me empezarán a pedir dinero y me costará mucho negarme».

Siguió dándome dinero. Os sorprenderá saber que, incluso el mes en que murió, me había mandado el dinero habitual. Firmó el cheque la misma maña­na del día en que se murió. Igualmente os asombrará saber que era el último di­nero que le quedaba en el banco. Tal vez supiese que no iba a haber un mañana.

Soy afortunado en muchos sentidos, pero la mayor fortuna ha sido tener a mis abuelos maternos… y aquellos primeros años dorados.

OSHO  -Vislumbres de una infancia dorada-

* Tradicionalmente, un sannyasin, es un buscador espiritual que renuncia al mundo; como utiliza Osho el término, es un buscador, o discípulo, que permanece en el mundo pero trata de traer la meditación y la conciencia a todo lo que ella o él hace.

3 pensamientos en “La separación tiene su propia poesía; uno sólo tiene que aprender su len­guaje, y tiene que vivirla en toda su profundidad

  1. Precioso relato, en el que lleva implícito todo el Amor y la sensibilidad del Maestro, muchas gracias por publicarlo. Un abrazo.

  2. Es verdad mientras uno no se atreva a vivir plenamente sin ataduras seguira dormido realizando el mismo programa año tras año, poniendose la misma careta para agradar a los demás’ olvidandose que la plenitud esta dentro de nosotros.

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