COMPRENDER LAS RAÍCES DE LA ESCLAVITUD


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Rabindranath Tagore dice en su Gitanjali:

Obstinadas son las restricciones, pero me duele el corazón cuando intento vencerlas. La libertad es lo único que quiero, pero me avergüenzo de tener esperanza de ella. Estoy seguro de que hay en ti un tesoro inmensurable, y de que eres mi mejor amigo. Pero me falta valor para deshacerme de las baratijas que abarrotan mi habitación. La mortaja que me cubre es una mortaja de polvo y muerte. La odio, pero la abrazo con amor. Mis deudas son enormes, mis fracasos mayúsculos, mi vergüenza secreta y opresiva. Aun así, cuando voy a pedir mi bien, tiemblo de miedo de que mi oración me sea concedida.

Rabindranath Tagore es el más contemporáneo de los hombres y, sin embargo, también el más antiguo. Sus palabras son un puente entre la mente moderna y los sabios más antiguos del mundo. Especialmente, su libro Gitanjali es su mayor contribución a la evolución humana, a la consciencia humana. Es uno de los libros más excepcionales que han aparecido en el siglo XX.

Tagore no es una persona religiosa en el sentido corriente. Es uno de los pensadores más progresistas —no tradicional, heterodoxo— pero su grandeza reside en su inocencia de niño. Y quizá debido a esa inocencia, fue capaz de convertirse en el vehículo del espíritu universal. Es un poeta de la más alta categoría, y también un místico. Semejante combinación solo se ha dado una o dos veces antes: en Jalil Gibran, en Friedrich Nietzsche y en Rabindranath Tagore. Estas tres personas llenan esa categoría. En la larga historia del hombre, esto es extraordinario… Ha habido grandes poetas y ha habido grandes místicos. Ha habido grandes poetas que tenían un poco de misticismo, y ha habido grandes místicos que se han expresado en poesía… pero su poesía no es brillante.

Es difícil decir si Rabindranath es mejor como poeta o como místico. Es ambos —es mejor como ambas cosas— y en el siglo XX… Rabindranath no fue un hombre confinado en India. Fue un cosmopolita, se educó en Occidente, y estuvo continuamente viajando por diferentes países; le encantaba andar errante. Era un ciudadano del mundo, y sin embargo, tenía profundas raíces en India. Aunque volaba lejos, como un águila alrededor del sol, no dejaba de volver a su pequeño nido. Y nunca perdió de vista su herencia cultural, no importa lo cubierta de polvo que pudiese haber llegado a estar. Fue capaz de limpiarla y convertirla en un espejo en el que uno puede verse a sí mismo.

Sus poemas de Gitanjali son ofrendas de canciones a Dios. Ese es el significado de la palabra Gitanjali: ofrendas de canciones. Él solía decir: «No tengo nada más que ofrecer. Soy pobre como un pájaro, o rico como un pájaro. Puedo cantar una canción cada mañana, fresca y nueva, en agradecimiento. Esa es mi oración». Nunca fue a ningún templo, nunca rezó en el sentido tradicional. Nació hindú, pero no sería correcto confinarlo a una cierta sección de la humanidad; era muy universal. Le dijeron muchas veces: «Tus palabras están tan fragantes de religiosidad, tan radiantes de espiritualidad, tan vivas con lo desconocido, que incluso los que no creen en nada más que la materia se sienten afectados, conmovidos. Pero nunca vas al templo, nunca lees las escrituras».

Su respuesta es inmensamente importante para vosotros. Dijo: «Nunca leo las escrituras; de hecho, las evito, porque tengo mi propia experiencia de lo trascendental y no quiero que las palabras de otros se mezclen con mi experiencia original, auténtica, individual. Quiero ofrecerle a Dios exactamente lo que constituye el latido de mi corazón. Puede que otros lo hayan conocido —sin duda, otros lo han conocido— pero su conocimiento no puede ser mi conocimiento. Solo mi experiencia puede satisfacerme, puede colmar mi búsqueda, puede darme confianza en la existencia. No quiero ser un creyente».

Estas palabras hay que recordarlas: «No quiero ser un creyente; quiero ser alguien que sabe. No quiero tener muchos conocimientos; quiero ser lo suficientemente inocente como para que la existencia me revele sus misterios. No quiero ser considerado un santo». Y la realidad es que en todo el siglo XX no ha habido nadie más santo que Rabindranath Tagore; pero no quiso ser reconocido como tal. Dijo: «Solo tengo un deseo: ser recordado como un cantor de canciones, como un bailarín, como un poeta que ha ofrecido todo su potencial, todas las flores de su ser, a la divinidad desconocida de la existencia. No quiero ser venerado; lo considero una humillación… algo feo, inhumano, y completamente distante del mundo. Todo hombre lleva en sí a Dios; toda nube, todo árbol, todo océano está lleno de divinidad, así es que ¿quién debe venerar a quién?».

Rabindranath nunca fue a ningún templo, nunca veneró a ningún Dios, nunca fue, en el sentido tradicional, un santo. Pero, para mí, es uno de los mayores santos que ha conocido el mundo. Su santidad se manifiesta en cada una de sus palabras. «Obstinadas son las restricciones, pero me duele el corazón cuando intento vencerlas. La libertad es lo único que quiero, pero me avergüenzo de tener esperanza de ella.»

Está diciendo algo no solo sobre sí mismo, sino sobre toda la consciencia humana.

Semejantes personas no hablan de sí mismas; hablan del núcleo mismo de todo el género humano. «Obstinadas son las restricciones…» Los obstáculos son enormes. … me he apegado demasiado a ellas. Ya no me parecen cadenas; se han convertido en mis ornamentos. Son de oro, son muy preciados. Pero me duele el corazón porque, por un lado, quiero libertad y, por el otro, no puedo romper las cadenas que me impiden ser libre. Esas cadenas, esos ornamentos, esas relaciones, se han convertido en mi vida. No puedo imaginarme a mí mismo sin mi amada, sin mis amigos. No puedo imaginarme a mí mismo absolutamente solo, en silencio profundo. Mis canciones se han convertido también en mis grilletes, así es que «me duele el corazón cuando intento vencerlas. La libertad es lo único que quiero».

Esta es la situación de todo ser humano. Es difícil encontrar un hombre cuyo corazón no quiera volar como un pájaro, que no quisiera llegar a las estrellas remotas, pero que también tenga conocimiento de su profundo apego a la tierra. Está profundamente enraizado en la tierra. Su escisión es que está apegado a su encarcelamiento y su anhelo más profundo es la libertad. Está dividido contra sí mismo.

Esta es la mayor angustia, ansiedad. No puedes dejar el mundo que te encadena; no puedes dejar a los que se han convertido en tus obstáculos en la vida, porque ellos son también tus apegos, tus alegrías. De alguna manera, ellos son también un alimento para tu orgullo. Ni puedes dejarlos, ni puedes olvidar que no perteneces a este mundo, que tu hogar debe estar en alguna otra parte, porque en tus sueños siempre estás volando, volando a lugares remotos. «La libertad es lo único que quiero, pero me avergüenzo de tener esperanza de ella.» ¿Por qué debería uno avergonzarse de tener esperanza de libertad?... Porque nadie te lo impide: puedes ser libre en este mismo momento.

 Pero esos apegos… han ahondado muy dentro de ti; se han convertido casi en tu propia existencia. Puede que te estén trayendo sufrimiento, pero también te traen momentos de felicidad. Puede que estén creando cadenas para tus pies, pero también te dan momentos de baile. Es una situación muy extraña que todo ser humano inteligente tiene que afrontar: estamos enraizados en la tierra y queremos alas para volar por el cielo. No podemos desarraigarnos porque la tierra es nuestra nutrición, nuestro alimento. Y no podemos dejar de soñar con alas, porque ese es nuestro espíritu, esa es nuestra alma misma, eso es lo que nos hace seres humanos. Ningún animal siente angustia; todos los animales están plenamente satisfechos tal como son. El hombre es el único animal que está intrínsecamente descontento; por eso la sensación de vergüenza, porque sabe: «Puedo ser libre». […]

Rabindranath tiene razón: «La libertad es lo único que quiero, pero me avergüenzo de tener esperanza de ella». Porque no es cuestión de esperanza; es cuestión de correr un riesgo. «Estoy seguro de que hay en ti un tesoro inmensurable, y de que eres mi mejor amigo. Pero me falta valor para deshacerme de las baratijas que abarrotan mi habitación.» Estás seguro de que en el mundo de la libertad, en la experiencia de la libertad, hay un tesoro inmensurable. Pero esta certeza es también una proyección de tu deseo: ¿cómo puedes estar seguro? Te gustaría estar seguro. Sabes que tienes un anhelo de libertad. No puede ser de una libertad inútil; debe de ser de algo sustancioso, algo inmensurable. Estás creando una certeza para armarte de valor y así poder lanzarte a lo desconocido. «… Y de que eres mi mejor amigo.» Pero todo esto son sueños hermosos, son esperanzas; la certeza es tu propia jaula, su seguridad. «Pero me falta valor para deshacerme de las baratijas que abarrotan mi habitación.» Todo esto son bellas ideas de la mente. «La mortaja que me cubre es una mortaja de polvo y muerte. La odio, pero la abrazo con amor.»

Sabes que tu cuerpo va a morir. De hecho, tu cuerpo está hecho de material muerto; ya está muerto. Parece vivo porque hay algo vivo dentro de él. Irradia calor y vida debido al huésped que hay dentro de ti. En el momento que el huésped haya emprendido el vuelo, la realidad del cuerpo te será revelada. Rabindranath dice que nuestros cuerpos están hechos de polvo y muerte. «La odio, pero la abrazo con amor.» Pero cuando te enamoras de una mujer, entonces se abrazan dos esqueletos; ambos sabéis que la piel es solo el revestimiento de un esqueleto. Si pudierais ver al otro en su verdadera desnudez —no solo sin ropa, sino también sin piel, porque esa es la verdadera ropa— entonces quedarías impresionado, y te escaparías lo más rápido posible de la persona amada con la que estabas prometiendo que ibas a vivir por siempre jamás. Ni siquiera mirarías hacia atrás; ni siquiera quisieras acordarte de ese fenómeno. […]

La odio, pero la abrazo con amor.» Así es la esquizofrenia del hombre, la personalidad dividida del hombre. Su casa está dividida contra sí misma; en consecuencia, no puede encontrar la paz. «Mis deudas son enormes, mis fracasos mayúsculos, mi vergüenza secreta y opresiva. Aun así, cuando voy a pedir mi bien, tiemblo de miedo de que mi oración me sea concedida.»

Estas líneas solo pueden entenderse si os recuerdo otro poema de Rabindranath del mismo Gitanjali.

En ese otro poema dice: «He estado buscando y rebuscando a Dios desde que puedo acordarme, durante muchas, muchísimas vidas, desde el principio mismo de la existencia. Alguna que otra vez, le he visto junto a alguna estrella lejana, y he bailado y me he regocijado pensando que la distancia, aunque grande, no es imposible de alcanzar. Y he viajado y he llegado a la estrella, pero para cuando he llegado a ella, Dios se había ido a otra. Y esto ha estado sucediendo durante siglos. »El desafío es tan enorme que sigo aferrándome a la esperanza… tengo que encontrarle, estoy absorto en la búsqueda. La búsqueda misma es tan enigmática, tan misteriosa, tan cautivadora, que Dios se ha vuelto casi una excusa: la búsqueda en sí misma se ha vuelto el objetivo.»Y, para mi asombro, un día llegué a una casa en una estrella remota con un pequeño letrero en la fachada que decía: “Ésta es la casa de Dios”. Mi alegría no tuvo límite: ¡por fin, había llegado!

Subí corriendo las escaleras, las muchas escaleras que llevaban a la puerta de la casa. Pero según iba acercándome a la puerta, de pronto surgió un miedo en mi corazón. En el momento en que iba a llamar, quedé paralizado por un miedo que nunca antes había conocido, que nunca había considerado, que nunca había imaginado. El miedo era este: si esta casa es ciertamente la casa de Dios, ¿qué voy a hacer después de haberle encontrado?» Ahora que buscar a Dios se ha vuelto mi vida misma, haberle encontrado será el equivalente a suicidarse. ¿Y qué voy a hacer con él? Nunca había pensado en estas cosas antes. Debería haber pensado antes de comenzar la búsqueda: ¿qué voy a hacer con Dios?»Con los zapatos en las manos, retrocedí en silencio y muy lentamente, con miedo a que Dios pudiera oír el ruido y pudiera abrir la puerta y decir: “¿Dónde vas? ¡Estoy aquí, entra!”. Y cuando llegué a las escaleras, corrí como no había corrido nunca; y desde entonces he vuelto a estar buscando a Dios, buscándole en todas partes… y esquivando la casa en la que vive. Ahora sé que tengo que esquivar esa casa. Y continúo la búsqueda, disfruto el viaje mismo, el peregrinaje».

La sabiduría que hay en esta historia es tremenda. Hay buscadores de la verdad que nunca han pensado « ¿qué haré con la verdad?». No puedes comerla, no puedes venderla; no puedes llegar a ser presidente porque tienes la verdad. A lo sumo, si tienes la verdad, la gente te crucificará.

Rabindranath tiene razón cuando dice: «Mis deudas son enormes, mis fracasos mayúsculos, mi vergüenza secreta y opresiva. Aun así, cuando voy a pedir mi bien, tiemblo de miedo de que mi oración me sea concedida», porque estas cosas son buenas para hablar de ellas: Dios, la verdad, la bondad, la belleza. Es bueno escribir tratados sobre ellas, hacer que las universidades otorguen doctorados, hacer que el comité del Nobel te conceda un premio. Estas cosas son buenas para hablar, para escribir, pero si llegas realmente a experimentarlas, tendrás problemas. Eso es lo que dice: tengo miedo de que mi petición pueda serme concedida.

Está bien que Dios esté sordo. No oye las oraciones; de lo contrario estaréis todos en dificultades. Tu oración te creará problemas, porque en las oraciones serás muy romántico y pedirás grandes cosas a cuya altura no podrás estar, y se volverán agobiantes e interferirán con lo que llamas tu vida… que, aunque llena de sufrimiento, va como una seda.

La verdad se vuelve una cruz; la vida se vuelve agobiante. La verdad se convierte en veneno para Sócrates. La verdad se convierte en la muerte para al-Hallach Mansoor. La verdad se convierte en crucifixión para Jesucristo. Y tú oras: «Dios, otórgame la verdad. Dame cualidades que sean divinas, celestiales». Pero Dios está sordo a propósito: para que tus oraciones no puedan ser oídas y puedas disfrutar ambas cosas, tu desdichada vida y tus bellas oraciones. Las oraciones no serán escuchadas —puedes seguir lleno de envidia, lleno de ira, lleno de odio, lleno de egoísmo, y seguir rezando a Dios: «Hazme humilde; y como “bienaventurados son los mansos”, hazme manso»— pero a propósito.

No está escrito en ninguna escritura, pero yo os digo con autoridad propia que, después de crear el mundo en seis días, lo último que hizo Dios fue destrozar sus oídos. Desde entonces, no ha oído nada; y desde entonces, tampoco nosotros hemos vuelto a oír de él. De modo que está perfectamente bien: por la mañana vas al templo o a la iglesia o a la mezquita, rezas una bella oración, pides grandes cosas —sabiendo perfectamente que está sordo— y luego sigues siendo igual de desagradable e infeliz. Después, mañana por la mañana, vuelve a rezar una buena oración… Es un buen arreglo, un buen acomodo.

Rabindranath, en su poema, está señalando una tremenda verdad: ¿Quieres realmente a Dios? ¿Quieres realmente la verdad? ¿Quieres realmente silencio? Si preguntas, y eres honesto, te sentirás avergonzado. Tendrás que aceptar que no quieres realmente estas cosas. Solo estás simulando que meditas; porque sabes que has estado meditando muchos años y no sucede nada. No hay miedo; puedes meditar y no sucede nada. En cuanto empieza a suceder algo, entonces hay problemas. Cuando empiece a crecer en tu vida algo que no crece en los corazones de la multitud que te rodea, serás un extraño, serás una persona ajena. Y la multitud nunca perdona a los extraños, la multitud nunca perdona a las personas ajenas; los aniquila. Tiene que aniquilarlos para preservar su propia tranquilidad mental.

Un hombre como Jesucristo es una molestia continua, porque te recuerda que tú también puedes tener la misma belleza, la misma gracia, la misma verdad, y eso duele. Hace que te sientas inferior, y nadie quiere sentirse inferior. Y solo hay dos maneras de no sentirse inferior: una es volverse superior; esa es una manera ardua, y muy prolongada… peligrosa, porque tendrás que avanzar solo. La manera simple es acabar con ese hombre superior. Entonces toda la multitud está compuesta de gente igual. Nadie es superior, nadie es inferior. Todos son taimados, todos son embusteros, todos son criminales a su manera. Todos son envidiosos, todos son ambiciosos. Todos están en las mismas, y se entienden perfectamente. Y nadie causa ningún revuelo sobre la verdad, sobre Dios, sobre la meditación.

La gente es feliz sin ningún Buda, sin ningún Sócrates, sin ningún Zaratustra, porque estas personas son como cimas elevadas de montañas, y tú pareces tan pequeño, como un pigmeo; eso duele. Dicen que los camellos nunca se acercan a las montañas. Han elegido vivir en el desierto porque en el desierto ellos son montañas andantes, pero junto a las montañas parecerán hormigas, y eso duele. La manera más fácil es olvidarse de las montañas, decir: «Todas esas montañas son mitológicas, ficticias; la realidad es el desierto». De modo que disfrutas el desierto, disfrutas tu ego… y también disfrutas la oración: «Dios, por favor, libérame del ego, hazme humilde», sabiendo perfectamente que no oye, que ninguna oración es concedida. Puedes rezar por cualquier cosa sin miedo, porque seguirás siendo el mismo, y además tendrás la satisfacción de orar por grandes cosas.

Por eso la gente, sin volverse religiosa, se hace cristiana, se hace hindú, se hace musulmana. No son personas religiosas en absoluto; estas son estrategias para evitar ser religioso. Una persona religiosa es simplemente religiosa; no es ni hindú, ni musulmana, ni cristiana, ni budista… no es necesario. Es veraz, es sincera, es compasiva, es amorosa, es humana… tan humana que casi representa lo divino en el mundo.

OSHO

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Un pensamiento en “COMPRENDER LAS RAÍCES DE LA ESCLAVITUD

  1. Que hermoso relato…..con cuanta dulzura sabe enseñarnos el Maestro las verdades mas duras….muchas gracias por publicarlo.
    Un abrazo para todos.

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