EL ESPÍRITU REBELDE


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Solamente puedes encontrarte con la muerte en la muerte del ser querido. Cuando el amor y la muerte te rodean, se produce una transformación, una inmensa mutación, como si naciera un nuevo ser. Nunca vuelves a ser el mismo. Pero las personas no aman, y como no aman no pueden experimentar la muer­te como la experimenté yo. Sin amor la muerte no te da las llaves de la existen­cia. Con amor, te entrega las llaves de todo lo que hay.

Por lo que puedo recordar, sólo me gustaba un juego, discutir, discutir sobre cualquier cosa. De modo que muy pocos adultos podían aguantar­me; entenderme ni se plantea.

Nunca tuve interés en ir a la escuela. Ése era el peor lugar. Finalmente me obligaron, pero me resistí todo lo que pude, porque allí sólo había niños que no estaban interesados en las cosas que me interesaban a mí, y a mí no me intere­saban las cosas que les interesaban a ellos. Así que yo era un marginado.

Mi interés ha seguido siendo el mismo: conocer cuál es la verdad absoluta, cuál es el significado de la vida, por qué estoy aquí y no en otro lugar. Y estaba decidido a que, a menos que encontrara la respuesta, no iba a descansar y tam­poco iba a dejar descansar a nadie a mi alrededor.

1939-1951:

GADAWARA, MADHYA PRADESH, INDIA

La muerte de mi abuelo fu mi primer encuentro con la muerte. Sí, fue un encuentro y algo más; no sólo fue un encuentro, si no me habría perdido el verdadero sentido. Vi algo más que no se estaba mu­riendo, que flotaba más alto, escapándose del cuerpo… los elementos. Ese en­cuentro determinó el rumbo de mi vida. Me dio una dirección, mejor dicho una dimensión, que hasta entonces me resultaba desconocida.

Había oído hablar de las muertes de otras personas, pero sólo de oídas. Nunca había presenciado ninguna, y aun cuando la hubiese visto, no significaban nada para mí. A menos que ames a alguien y esta persona muera, no puedes encontrarte de verdad con la muerte. Pon esto subrayado:

Solamente puedes encontrarte con la muerte en la muerte del ser querido. Cuando el amor y la muerte te rodean, se produce una transformación, una inmensa mutación, como si naciera un nuevo ser. Nunca vuelves a ser el mismo. Pero las personas no aman, y como no aman no pueden experimentar la muer­te como la experimenté yo. Sin amor la muerte no te da las llaves de la existen­cia. Con amor, te entrega las llaves de todo lo que hay.

Mi primera experiencia de muerte no fue un simple encuentro. Fue com­plejo en muchos sentidos. El hombre que había amado se estaba muriendo. Era como un padre para mí. Me crió con una libertad absoluta, sin inhibiciones, re­presiones ni mandamientos …

Si tienes amor con libertad, eres un rey o una reina. Ése es el auténtico reino de Dios, amor con libertad. El amor te da raíces en la tierra y la libertad te da alas.

Mi abuelo me dio ambas cosas. Me dio su amor, más del que jamás le dio a mi madre o a mi abuela; y me dio libertad, que es el regalo más grande. Al mo­rirse me regaló su anillo y me dijo con lágrimas en los ojos:

-No tengo nada más para darte.

-Nana -le dije-, ya me has dado el regalo más preciado.

-¿Cuál es? -me preguntó abriendo los ojos.

Yo me reí y le dije:

-¿Te has olvidado? Me has dado tu amor y me has dado libertad. No creo que ningún otro niño haya tenido la libertad que tú me has dado a mí. ¿Qué más necesito? ¿Qué otra cosa me puedes dar? Te estoy agradecido. Puedes morir en paz.

Fue mi primer encuentro con la muerte, y fue precioso. No fue una cosa horrible, como lo que le sucede, más o menos, a todos los niños del mundo. Afortunadamente, estuve con mi abuelo agonizante durante muchas horas, y murió lentamente. A medida que pasaba el tiempo pude sentir cómo le llegaba la muerte y pude ver el silencio que hay en ella.

También tuve suerte de que estuviese mi Nani. Sin ella quizás se me podría haber escapado la belleza de la muerte, porque el amor y la muerte son muy pa­recidos, quizás iguales. Ella me amaba. Me colmó de amor, y la muerte estaba ahí, sucediendo lentamente. La carreta de bueyes -todavía puedo oír el soni­do-, el traqueteo de las ruedas sobre las piedras, el conductor gritando sin ce­sar a los bueyes, el sonido del látigo azuzándolos…, todavía oigo todos los soni­dos. Está tan profundamente enraizada en mi experiencia que no creo que lo borre ni siquiera la muerte. Incluso cuando me esté muriendo, puede que vuel­va a oír el sonido de la carreta de bueyes.

Mi nani me sujetaba la mano y yo estaba completamente aturdido, sin saber qué estaba ocurriendo, enteramente en el presente. La cabeza de mi abuelo es­taba sobre mi regazo. Puse mis manos sobre su pecho y, poco a poco, desapareció la respiración. Al sentir que ya no respiraba le dije a mi abuela:

-Lo siento, nani, pero parece que ya no respira.

-No pasa nada -me dijo ella-. No tienes por qué preocuparte. Ha vivido bastante y no hay por qué pedir más.

También me dijo:

-Recuerda, porque estos momentos no se deben olvidar: nunca pidas más. Es suficiente con lo que hay.

Los primeros siete años son los más importantes en la vida; nunca volverás a tener una oportunidad así. Esos siete años deciden tus setenta años, todos los cimientos son colocados en esos siete años. Por eso, por una extraña coinciden­cia, estuve a salvo de mis padres y cuando por fin entré en contacto con ellos, ya casi me valía por mí mismo, ya estaba volando. Sabía que tenía alas. Sabía que no necesitaba de la ayuda de nadie para volar. Sabía que todo el cielo es mío.

OSHO  

Instrumental – Gayatri Mantra (Flute,Sitar & Santoor)

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