El mito de los maestros espirituales


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Un viaje para desplegar nuestra observación interior y exterior y revelar nuevos enfoques en el cambio hacia nuestro propósito de vida. Visitas a Katmandú, Pokhara, Parque nacional de Chitwan y trekking consciente por los Himalayas de 5 días. Del 26 de Diciembre de 2014 al 6 de Enero de 2015.

Por José María Doria

¿Todavía crees que la personalidad puede tener solo una cara?, ¿la perfecta?
¿Acaso creías que era tan paciente y casto como parecía predicar?
¿Imaginaste que formar pareja con una persona tan “meditadora” sería un camino de rosas?

En el camino de búsqueda de la verdad que cada día más personas recorren, es frecuente encontrar la figura del “maestro espiritual”, figura modélica y ejemplar, tal vez inspirada en la incondicional entrega que se genera en la cultura oriental entre discípulo y gurú. Y el hecho de que sobre este gurú se tienda a proyectar las más sublimes idealizaciones, no quiere decir que éste realmente llegue necesariamente a encarnarlas en su propio nivel persona.

Quizá convenga aclarar de una vez por todas que no es lo mismo ser un “Maestro”, como parece que muchos discípulos tratan legítimamente de llegar a ser, que tener incorporadas una o varias “maestrías” en la esfera personal. Y en este sentido puede afirmarse sin temor a caer en la radicalidad, que el único Maestro que existe, es decir, aquello que se manifiesta tan perfecto como divino,  es el ser esencial que todo ser humano ES en su consciencia profunda.

El hecho de que un ser pueda servir de “maestro” a otro, no significa que su persona tenga que encarnar la perfección, sino que basta con que haga de espejo a la luz que el discípulo busca y que todos en realidad somos. Por otra parte, los seres que encarnan grandes capacidades mentales y espirituales, no dejan de tener dolores de cabeza, asperezas con los hijos o discípulos, días con mal tiempo en el carácter, y en muchos casos, enfermedades y muertes muy dolorosas. Una realidad que tiende a ocultarse para satisfacer las infantiles etapas de una humanidad que necesita modelos ideales para crecer, ya que al igual que todo niño, precisa del “mejor papá del mundo”. Sin duda una manera de enfocar la energía hacia valores y virtudes que actúan como los primeros faros de navegación.

Como bien se sabe, este discípulo que durante unos años de fervor y respeto modélico, ha necesitado idealizar a su “maestro”, tarde o temprano termina por crecer y madurar, al tiempo que tiene la ocasión de presenciar en éste, alguna salida de tono ajena a la habitual beatitud. A veces podrá pillarle infraganti satisfaciendo deseos oficialmente nada deseables en los “iluminados”, o simplemente observará en su maestro gestos de ira, manipulación o exageraciones varias que no ha podido reprimir en la cotidiana reunión de sus fieles.

Situaciones éstas que en la inmadurez del discípulo tienden a ocasionar desilusión y rabia. ¡Papá ha muerto!, ¿qué será verdad de todo lo que nos ha dicho? ¡Todo esto es un camelo! Sentimientos que naturalmente brotan en el joven peregrino, que de alguna forma, si quiere seguir avanzando, tendrá que acabar viendo desde el amor y la belleza, las limitaciones menos presentables, las arrugas más profundas y los deseos menos confesables… de la “esfera persona” de su iniciador. Todo ello sin confundir la Luna con el dedo que la señala.

Poco a poco y conforme el discípulo acepta su sombra, comienza a tener la “manga más ancha”, y asimismo a quererse con sus propias limitaciones. Finalmente termina también por percibir a su antiguo maestro con capacidades y competencias, en muchos casos tan admirables como exquisitas, es decir, cualidades de alta cultura derivadas de un largo cultivo. Es entonces cuando comprende que las maestrías son rasgos del alma, rasgos que se manifiestan con sabiduría a través de la propia esfera personal, esfera que por naturaleza es dual, contradictoria y vulnerable, por muy observada y trabajada que ésta haya sido.

Con el tiempo, el discípulo se da cuenta de que ya ha descubierto en sí mismo, uno a uno, todos los defectos que criticó en sus tiempos de “idealización académica”. Son los aspectos que ahora abraza en su viejo maestro, tornando a éste todavía más venerable que cuando era considerado como un avatar de incógnito entre los humanos con la misión de salvar a la Tierra. Es entonces cuando de pronto, los ojos del discípulo son ya capaces de percibir el amor profundo y una ternura infinita envuelta en intuición y sabiduría. Amor y lucidez que ni más ni menos son, han sido y serán las suyas, ni más ni menos que la expresión directa de la verdadera identidad o nivel en el que se despierta de la ilusión de considerarse persona separada, un nivel en el que ya no hay “otro”, en el que se ES unidad de consciencia. El nivel de de percepción que todo ser humano visitado por la Gracia es capaz de sentir y expresar.

El maestro no es aquel que transmite información, ése es el profesor. En realidad el maestro es quien deconstruye el andamiaje para atravesar el ego, el que facilita el desarme de resistencias, quien acompaña e inspira el proceso de ser lo que sabemos que somos, pero aún así seguimos soñando que no lo somos. El maestro es quien de alguna forma, despertó y dinamiza el despertar, el que transitó por el laberinto, se perdió una y mil veces, y quien en el camino de vuelta a casa, encuentra otros que también lo recorren.

¿Quién es el maestro? ¿Un libro, un atardecer, un perro, un inocente, un amante, tus padres, aquel anciano, el más humilde, el tacón de la bailarina, la flauta del eremita, las sandalias del peregrino, el dolor de aquel adiós, la mirada de la ternura, el relámpago, la herida de nuevo abierta, la sonrisa de una madre, tu voz, el falo de Don Fauno, la pérdida, el cielo estrellado, el pezón de la doncella, la muerte, el ojo de la vaca…?

Todo aquello que refleje tu esencia…
Aunque a veces para llegar a ello, se atraviesen los infiernos de las propias sombras.

José María Doria

José María Doria

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 Superación Transpersonal. Entrevista a José María Doria

El maestro es quien de alguna forma, despertó y dinamiza el despertar, el que transitó por el laberinto, se perdió una y mil veces, y quien en el camino de vuelta a casa, encuentra otros que también lo recorren.

 

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