LA MELANCOLÍA Y LA NOSTALGIA, DOS AMIGAS INSEPARABLES


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Indagaremos en estos sentimientos desde su sanidad, descubriendo las potencialidades que nos estimulan y despiertan en nuestro ánimo. Incluso en nuestra capacidad espiritual. Profundizaremos en estos dos estados que nos ponen siempre en una sensible fragilidad y en una condición vulnerable.

Aunque muchas veces utilizamos como sinónimos las palabras melancolía y nostalgia, sin embargo, tienen sutiles diferencias y matices. La melancolía posee más relación con el pasado; la nostalgia, en cambio, con el presente.  Se siente melancolía de cosas que fueron y que no se sabe si volverán a ser. De allí que se produzca cierta añoranza. Se experimenta nostalgia, en cambio, de realidades que están –de algún modo- presentes pero no tan plenamente. Por ejemplo, en el plano espiritual, uno puede sentir “nostalgia de Dios” ya sea porque se experimenta lejos de Él o simplemente porque le gustaría ahondar en el vínculo con el Señor. Por su parte, uno puede experimentar, respecto al pasado, melancolía por algún buen tiempo, un lugar en que fue feliz, una persona importante que ya no está, etc.

La diferencia entre melancolía y nostalgia se da en relación al tiempo: respecto al pasado y al presente. Se excluye el futuro porque no podemos sentir añoranza por aquello que todavía no se ha dado. Se añora lo que fue o lo que está siendo.

Si bien existe esta diferencia entre melancolía y nostalgia, no obstante son sentimientos hermanos muy semejantes. Ambos guardan estrecho lazo con cierta tristeza. La melancolía y la nostalgia son una especie de tristeza privada de su angustia. Es una tristeza suave y mansa que sólo añora, anhela o desea lo que fue –por haberlo perdido- o lo que está siendo, por querer vivirlo aún más plenamente.

La melancolía y la nostalgia –a pesar de alimentarse de cierta tristeza- son, en sí mismos, sentimientos sanos. No tienen relación con una enfermedad muy extendida actualmente: la depresión que influye en el organismo, el ánimo, la manera de sentir, pensar y actuar.

Un trastorno depresivo no es lo mismo que un estado pasajero de melancolía o tristeza. Tampoco indica una debilidad personal. No es una condición de la cual uno pueda liberarse a voluntad. Las personas que padecen de un trastorno depresivo no es porque lo quieran. Como cualquier otra enfermedad, uno no la elige. Las enfermedades nos eligen a nosotros o descubren –en nosotros- ciertas predisposiciones genéticas, físicas o psicológicas.

En la depresión, el paciente se siente hundido, con un peso agobiante sobre su vitalidad y su energía para vivir y hacer las cosas. En algunos casos extremos llegan a plantearse hasta el sentido mismo de la existencia. Es una sensación muy profunda, arrasadora. Se va perdiendo el sabor y el placer de vivir. Se experimenta una tristeza patológica que interfiere negativamente en la vida cotidiana, tanto en lo social como en lo familiar y personal. Se considera incapaz de casi todo lo que habitualmente solía hacer, lo cual aumenta sus sentimientos de culpa o de inutilidad. El desgano lo  torna apático, no tiene ganas de nada y nada le procura placer. La ansiedad y la desazón que puede variar en malhumor, irritabilidad y agresión.

También puede padecer Insomnio, y alteraciones del pensamiento, surgen ideas derrotistas y obsesiones,  la memoria se debilita y la distracción se torna frecuente. Se experimenta una persistente sensación de fatiga o cansancio, vive arrinconado, rumiando sinsabores y fracasos. Le resulta difícil tomar decisiones. Alimenta sentimientos autodestructivos y pérdida de la valoración y la autoestima.

Los trastornos depresivos severos  interfieren en lo cotidiano. Causa sufrimiento no sólo a quienes los padecen sino también a sus seres queridos, afectando su entorno. Sin embargo, en gran parte, este sufrimiento se puede evitar. La mayoría de las personas deprimidas no buscan tratamiento. La depresión es una enfermedad tratable. La mayoría de las personas  deprimidas pueden mejorar con un tratamiento adecuado.

Muchas veces la depresión es llamada la “enfermedad de la tristeza”. Sin embargo, no toda tristeza causa necesariamente depresión. Cuando incapacita para los vínculos sociales, la acción inmediata o la proyección al futuro, estamos ante la posibilidad de un estado depresivo. En la actualidad, hay muchos depresivos al vivir en una sociedad deshumanizada, masificada, despersonalizada,  anónima, estresada,  sumida en el desamor, el agotamiento emocional, el cansancio físico y psicológico, el estrés, la pérdida de sentido existencial, la sensación de falta de realización profesional o personal y el malestar generalizado.

Hay depresiones que tienen que ver con la predisposición genética de carácter biológico y hereditario y no siempre tiene un motivo demasiado claro que la provoque. Generalmente se curan a base de medicamentos psiquiátricos. Además algunas surgen como reacción de un acontecimiento especialmente duro y límite, son más complejas ya que implican la afectividad y a menudo requieren tratamiento psicológico.

También es cierto que hay personalidades con tendencias depresivas, estados de ánimo permanentemente triste, cabizbajos, desanimados, pesimistas, con poca autoestima, tendencia a la autocrítica y extremadamente vulnerables y sensibles. Aunque la depresión puede darse en cualquier personalidad ya que todos tenemos que lidiar con altibajos, frustraciones, dificultades, sinsabores, heridas, equivocaciones y errores. Hay que aprender a no generar enfermedad: las fobias, las obsesiones, las ansiedades y las depresiones, en gran medida, son generadas por nosotros mismos al no poder manejar miedos y temores con baja tolerancia a las frustraciones. La medicación, en general, reemplaza lo que no sabemos hacer por cuenta propia. Debemos procurar ser los mejores estabilizadores de nuestro ánimo y saber manejar las emociones, sentimientos y pasiones.

Algunos de los síntomas de la depresión son descenso del estado de ánimo, insomnio, ansiedad, incapacidad de disfrutar, temor al futuro, llanto, apatía, monotonía, silencio prolongado, comportamiento lento y apagado.

En la depresión, la melancolía y la nostalgia pueden estar acentuadas de manera muy aguda. Lo cual no significa que toda melancolía o nostalgia necesariamente deriven  en una depresión.

 Indagaremos en estos sentimientos desde su sanidad, descubriendo las potencialidades que nos estimulan y despiertan en nuestro ánimo. Incluso en nuestra capacidad espiritual. Profundizaremos en estos dos estados que nos ponen siempre en una sensible fragilidad y en una condición vulnerable.

Eduardo Casas

Eduardo Casas

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