VIDA EN LA LAMASERÍA


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Lobsang Rampa fue el indiscutible introductor del budismo tibetano ante el gran público de Occidente, un nombre mítico entre los pioneros de la ‘invasión’ espiritual oriental que hoy vivimos. Supuestamente era un Lama tibetano que se hizo famoso mundialmente en 1956 cuando publicó ‘El Tercer Ojo’, un libro de extraordinario impacto que no ha dejado de ser reeditado desde entonces.

Había mucho que estudiar en clase. Nos sentábamos en filas. Cuando el profesor nos explicaba algo o leía o escribía en la pizarra colgada en la pared, se volvía hacia nosotros. Pero cuando trabajábamos estudiando las lecciones, se ponía detrás de nosotros al fondo de la clase y ninguno se atrevía a distraerse por miedo a que el profesor se estuviera fijando en él.Llevaba un buen palo que no vacilaba en emplear contra cualquier parte de nuestro cuerpo, la primera que se le pusiera al alcance: hombros, brazos, espalda, o… el sitio más indicado.

Estudiábamos muchas matemáticas, porque era ésta una asignatura esencial para la astrología. Nuestra astrología no es ni mucho menos adivinatoria o de arte de magia, sino que se basa en principios científicos. A mí me exigían muchos conocimientos astrológicos porque son necesarios para la medicina. Es mejor aplicar a cada persona el tratamiento que requiere su tipo astrológico en vez de creer que porque un tratamiento ha dado resultado con una persona puede curar también a otra. De las paredes pendían grandes cartas astrológicas y otras donde aparecían pintadas las diferentes clases de hierbas medicinales. Estos cuadros eran cambiados todas las semanas. Se nos exigía que conociésemos todas las plantas por su aspecto.

Más adelante nos llevaron en excursiones para coger y preparar estas hierbas, pero no nos permitían realizar este trabajo práctico hasta que no conocíamos a primera vista todas las variedades de plantas. Estas expediciones en busca de hierbas, que solían realizarse en el otoño, las acogíamos con gran regocijo, ya que representaban un descanso en la rutina de la vida monástica. A veces nos pasábamos tres meses seguidos en las montañas, junto a las nieves eternas y a una altitud de más de seis mil metros, donde las grandes capas de hielo eran interrumpidas por inesperados valles verdes gracias a los manantiales de agua caliente. Esta es una experiencia que seguramente no puede disfrutarse en ninguna otra parte del mundo. En una distancia de cincuenta metros se puede pasar de una temperatura de cuarenta grados Fahrenheit bajo cero a otra de 100 grados Fahrenheit sobre cero. Esta zona sólo la habían explorado algunos de nuestros monjes.

Nuestra instrucción religiosa era intensiva. Todas las mañanas teníamos que recitar las Leyes y los Pasos del Camino de Enmedio. He aquí las Leyes:

  1. Tener fe en los dirigentes de la lamasería y en los de nuestro país.
  2. Cumplir con los deberes religiosos y estudiar todo lo humanamente posible.
  3. Honrar a nuestros padres.
  4. Respetar a los virtuosos.
  5. Honrar a los mayores y a los de elevada condición social.
  6. Hacer todo lo que se pueda en beneficio de la Patria.
  7. Ser honrado y verídico en todo.
  8. Preocuparse por los amigos y parientes.
  9. Hacer el mejor uso del alimento y de la riqueza.
  10. Seguir el ejemplo de los que son buenos.
  11. Ser agradecido y corresponder a la amabilidad de los otros.
  12. Dar en todas las cosas la medida justa.
  13. No ser celoso ni envidioso.
  14. No escandalizar.
  15. Ser moderado en palabras y actos y no dañar a otros.
  16. Soportar el sufrimiento y la desgracia con paciencia y humildad.

Se nos decía constantemente que si todos obedecieran estas Leyes no habría luchas ni desarmonía en el mundo. Nuestro monasterio se distinguía por su austeridad y por el rigor con que se preparaba a los acólitos. Los monjes trasladados de otras lamaserías se cansaban al poco tiempo de tanta severidad y se marchaban en busca de un monasterio menos rígido. A éstos los considerábamos como unos fracasados, mientras que nosotros constituíamos la élite. En muchas otras lamaserías no había servicios religiosos nocturnos: los monjes se acostaban al anochecer y se levantaban al alba durmiendo tranquilamente todo ese tiempo. Esa vida nos parecía de una comodidad casi afeminada, y aunque a veces protestábamos entre dientes por la dureza de nuestra vida, más habríamos protestado si nos hubieran cambiado el plan de vida.

El primer año, sobre todo, fue durísimo. Luego llegó el momento de eliminar a los fracasados. Para resistir las excursiones a las montañas heladas en busca de hierbas había que ser de una extraordinaria fortaleza física. Es natural que nuestros dirigentes decidieran prescindir de los débiles para que no desanimaran a los demás. Durante el primer año no tuvimos ni un momento de asueto: nada de juegos ni distracciones propias de chicos. El tiempo que estábamos despiertos lo ocupaban por completo el estudio y toda clase de trabajos.

Una de las cosas que hoy he de agradecer más es cómo me enseñaron a aprenderme las cosas de memoria. La mayoría de los tibetanos tienen buena memoria, pero los que nos preparábamos para monjes-médicos teníamos que saber los nombres y la descripción exacta de un gran número de hierbas, así como conocer todas las combinaciones que podían hacerse con ellas y la manera de usarlas. También teníamos que saber mucho de astrología y poder recitar de memoria todos los textos sagrados. En el Tíbet se ha desarrollado a través de los siglos un curioso método mnemotécnico.

Imaginábamos que nos hallábamos en una habitación en cuyas paredes se alineaban miles y miles de cajones. En cada cajón había una etiqueta claramente escrita y las palabras de cada etiqueta podían leerse con toda facilidad desde el lugar donde estábamos. Teníamos que clasificar todo lo que nos iba diciendo el profesor, y nos habían enseñado a imaginar que abríamos el cajón apropiado y archivábamos en él el dato que acabábamos de oír. Lo importante era que visualizásemos con toda claridad tanto el dato como la exacta localización del cajón. No se necesita demasiado entrenamiento para entrar —imaginativamente— en esa habitación, abrir el cajón correspondiente, sacar el dato requerido, así como todos los demás que con él se relacionen.

Nuestros profesores daban una gran importancia a la mnemotecnia. Inesperadamente nos hacían preguntas sólo para probarnos la memoria. Eran preguntas desconcertantes, sin la menor relación una con otra, para que no pudiésemos seguir una pista. Muchas veces nos pedían que les recitásemos pasajes de los Libros Sagrados y nos interrumpían bruscamente para preguntarnos algo sobre determinada hierba. Olvidarse de algo implicaba un severo castigo. Entre nosotros, el olvido era la más imperdonable de las faltas y se castigaba con tremendas palizas. No se nos daba mucho tiempo para contestar. Por ejemplo, el profesor decía súbitamente: «Muchacho, vas a decirme ahora mismo la quinta línea de la página octava del séptimo volumen del Kan Kan-gyur. Abre el cajón ahora mismo; ¿qué lees?» No responder a los diez segundos era igual que si no se hubiese recordado. A los diez segundos la paliza era segura y más valía no intentar evitarla porque si, por ejemplo, se daba la respuesta a los quince segundos y se cometía algún error, entonces los palos eran más abundantes y fuertes.

Sin embargo, debo reconocer que este sistema mnemotécnico es formidable. Téngase en cuenta que no podíamos llevar libros de consulta de un lado para otro. Nuestros libros suelen ser de un metro de longitud y cerca de medio metro de altura con sus enormes hojas de papel muy grueso sueltas y sujetas por dos pesadísimas tapas de madera labrada. Más adelante habría yo de alegrarme de haber adquirido ese dominio de la memoria.

Durante los primeros doce meses no nos permitieron salir del monasterio. A los que salieron les cerraron la puerta para siempre. Ésta era una de las normas de Chakpori, porque la disciplina era tan rígida que se temía que la menor interrupción le quitase al acólito las ganas de regresar. Confieso que si yo hubiera tenido algún sitio adonde ir no habría resistido a la tentación de escaparme al principio. Pero después del primer año estábamos ya acostumbrados a la implacable disciplina. El trabajo constante y la prohibición de todo juego servían más que nada para seleccionar a los acólitos. Los débiles no podían resistirlo. Pero los demás, al cabo de unos cuantos meses, habíamos olvidado ya que existían juegos en el mundo. Desde luego, practicábamos ciertos deportes, pero era sólo como un trabajo más y para que nos sirvieran de algo útil más adelante.

Cuando iba a cumplir mi octavo aniversario, me llamó el lama Mingyar Dondup y me dijo que los astrólogos habían predicho que el día siguiente de mi cumpleaños sería el más indicado para abrirme el Tercer Ojo. Esta noticia no me atemorizó porque sabía que mi amigo estaría junto a mí y confiaba en él plenamente. Como tantas veces me había dicho, cuando tuviese abierto el Tercer Ojo podría ver a la gente tal como de verdad es. Para nosotros el cuerpo no era más que una cáscara o caparazón animado por la auténtica personalidad de cada cual, el Superser, que toma las riendas cuando uno se duerme o se muere. Creemos que el hombre está colocado en su deleznable cuerpo físico sólo para que aprenda y progrese. Durante el sueño regresa el hombre a otro plano de existencia. El espíritu se aparta del cuerpo físico y sale flotando en cuanto llega el sueño. El espíritu mantiene su contacto con el cuerpo físico por medio de un «cordón de plata» que no se rompe hasta el momento de la muerte. Y nuestros ensueños, mientras estamos dormidos, son vivencias que se realizan en el plano espiritual del sueño. Cuando el espíritu regresa al cuerpo, el choque del despertar desquicia la memoria onírica a no ser que esté entrenado especialmente.

Por eso a la gente le parece disparatado el mundo de los ensueños. Pero me referiré a esto con mayor extensión cuando relate mi propia experiencia en este campo.

El aura que rodea el cuerpo y que cualquier persona, bajo las adecuadas condiciones, puede aprender a ver, no es más que un reflejo de la Fuerza Vital que arde en él. Creemos que esta energía es eléctrica lo mismo que el rayo. En Occidente los hombres de ciencia pueden ya medir y registrar las ondas eléctricas cerebrales. Lo cual deben recordar quienes se burlan de estas cosas y tampoco debe olvidarse la corona solar. Las llamas del disco solar salen de él y cubren una distancia de millones de kilómetros. Corrientemente no vemos esta corona, pero cuando hay un eclipse total es muy fácil de verla. En verdad no importa que la gente lo crea o no. La incredulidad no extinguirá la corona solar. Allí sigue. Y lo mismo sucede con el aura humana. En cuanto se abriese mi Tercer Ojo, podría yo ver esta aura entre otras cosas.

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Por: Pilar López Bernués
Colaboradora de Enigma 900 en España
ARTICULO / PERSONAJES ENIGMATICOS

Tendría alrededor de dieciséis años cuando la obra “El Tercer Ojo” llegó a mis manos. Sin mucho entusiasmo al principio, leí la primera frase: “Soy tibetano, uno de los pocos que han llegado a este extraño mundo occidental…” y, por alguna razón, ya no pude dejar de leer el libro. Ignoraba en ese momento, que aquel ejemplar pequeño, poco atractivo visualmente y editado en rústica iba a dar un giro de 180 grados a mi vida, a mi concepción de la misma y a mis creencias.

Antes de seguir, y para acallar a los “puritanos”, deseo manifestar que conozco de sobra las muchas versiones que sobre el Dr. Rampa circulan. Ni siquiera entro a debatir si fue realmente un lama tibetano o un simple ocultista, como parece ser. Pero a mí eso me importa poco. Es más, tengo la completa seguridad de que en los años cincuenta presentándose ante un editor como un aficionado a los temas ocultos, no habría publicado nada. En esa época, todo lo que se separaba de las religiones establecidas era tema tabú o propio de “ilusionistas”, se descalificaba lo que estaba “más allá” por el simple hecho de ir contra-corriente y de que en ese mundo de lo oculto (como en todos) ha existido siempre mucho fraude y mucho aprovechado… Por tanto, si Lobsang Rampa fue un lama tibetano o un simple ciudadano de a pié que adoptó esa identidad para poder darse a conocer, considero que no es importante ante el valor del mensaje que dejó.

A lo largo de los años, han ido apareciendo en revistas y reportajes de todo tipo “grandes descubrimientos” relacionados con el aura, los viajes astrales, el túnel oscuro con un halo de luz que parece conducirnos al “otro lado” en el momento de la muerte, y del que cada vez hay más referencias de moribundos o gente clínicamente muerta que logró regresar. Pero todos esos “descubrimientos” yo ya los leí en los libros del Dr. Rampa en los años 60-70… Eso sí, cuando los temas ocultos empezaron a tomar auge y aparecieron ocultistas y parasicólogos como setas, ni uno sólo (que yo sepa) mencionó a Lobsang Rampa, y algunas de sus teorías y técnicas mostradas como innovadoras ya las conocía yo desde hacía mucho, justamente a través de sus libros.

Cuando un hombre escribe “Haz a los demás lo que desearías que te hicieran a ti” merece, como mínimo, un cierto respeto. Dio a conocer a los occidentales una filosofía de vida completamente diferente a la que nos mostraban las religiones tradicionales y supo dar respuestas a las muchas preguntas que todos nos hacemos y que, en mi caso concreto, estaban sin resolver: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Por qué existe tanta injusticia? ¿Por qué algunos nacen ricos y otros pobres? ¿Por qué hay gente que vive cien años y otros apenas unos días? ¿Por qué algunos hombres son sanos y felices y otros viven un infierno por problemas físicos, enfermedades o desgracias?.

Todas esas respuestas yo las encontré en los libros del Dr. Rampa. Todos me parecen valiosos pero yo destacaría uno escrito a modo de cursillo: “Usted y La Eternidad” Cada capítulo es una “clase” y allí se muestran, paso a paso, las técnicas para ver el aura, viajar al astral, curar con las manos etc. Y siempre desde un sentido espiritual de la vida, siempre considerando que esto es una escuela, que venimos a aprender, que la muerte no existe como tal y sólo se trata de ir evolucionando, de ir creciendo como entidad… Y puesto que es conocido a través de la Física que la “Energía no se crea ni destruye, sólo se transforma”, creer que la energía que compone un ser, con todos sus conocimientos, sentimientos y experiencias sigue existiendo parece bastante lógico.

Como siempre me ha interesado más el contenido que la fachada exterior, vuelvo a repetir que me importa poco si Lobsang Rampa fue quien dijo ser o sólo adoptó esa identidad para poder transmitir su mensaje. Lo que sí tengo claro es que lo hizo. Cambió mi vida y la de varios miles / millones de personas que, gracias a él, vimos “una luz en la oscuridad” De modo que sólo me resta decir:

¡Gracias, Dr. Rampa!

Pelkor Chode Monastery, Gyantse, Tibet

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