¡ADIÓS, TIBET!


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Todo lo que el Dr. Rampa escribió es 100% verdad, – no lo desacredite solo porque sus creencias son distintas o porque no halla escuchado nunca los temas de los que trata- porque siempre hemos tenido confirmación del “otro lado” de que siempre han considerado su vida como un éxito. Todos los que creemos en él seguimos manteniendo vivo su trabajo, ya que contiene mensajes muy importantes. Fallar en esto podría traer consecuencias inimaginables. La única cosa a temer en la vida es el miedo mismo, algo que aún no entendemos (ya que no tememos aquello que comprendemos plenamente, ¿verdad?). 

Estamos todavía en la edad de Kali (la edad de la destrucción y ultimo cuadrante del ciclo que empezó en la primera guerra mundial) pero puede que no se acabe en nuestra vida natural, ya que el péndulo de la vida no ha llegado a su cenit. La tierra está todavía en un a fase negativa, y como todos los ciclos, debe terminar algún día, tan pronto como la humanidad cambie su forma de actuar, y entonces una vez superada ésta nos deslizaremos hacia una edad dorada. Las cosas no van a mejorar hasta que la humanidad no cambie sus caminos. Tenemos una oportunidad, así que escojamos sabiamente. El enemigo de la humanidad es ella misma y nadie más. 

Está invitado a explorar este sitio web y disfrutar lo que ofrece, porque ha sido creado para aquellos que desean abrir sus mentes, conocer y comprender la verdad que hay en “Material para investigar”. Puede que me esté repitiendo y desarrollando muchas cosas que el Dr. Rampa ha dicho en sus libros, pero la repetición no es dañina, y ayuda a reafirmar los conceptos expuestos en los mismos. Un punto a tener en cuenta: tras su muerte, sus libros fueron plagiados sin pudor por innumerables autores ajenos. Si los libros del Dr. Rampa eran falsos… ¿porqué plagiarlos? ¡Fueron plagiados porque eran ciertos!

***

The Third Eye3Pocos días después, cuando mi Guía y yo estábamos sentados en la orilla del Río de la Felicidad, se acercaba un jinete a todo galope. En cuanto miró en nuestra dirección y reconoció al lama Mingyar Dondup se detuvo tan bruscamente que levantó una nube de polvo.

—Tengo un mensaje del Más Profundo para el lama Lobsang Rampa —dijo en cuanto hubo descabalgado junto a nosotros.

Y sacó de dentro de la túnica el largo rollo envuelto en el pañuelo de seda ritual. Me lo entregó arrodillándose tres veces ante mí, volvió a montar en su caballo y se alejó al galope.

Ahora estaba mucho más seguro de mí mismo. Lo ocurrido en los subterráneos del Potala me había dado una gran seguridad. Abrí el mensaje y lo leí antes de pasárselo a mi Guía y amigo el lama Mingyar Dondup:

—Tengo que ver al más Profundo esta mañana en el Parque de la Joya.

También tú tienes que venir, Maestro.

—No es corriente que se adivinen las decisiones de nuestro Precioso Protector, pero creo, Lobsang, que pronto tendrás que marcharte a China.

En cuanto a mí, como ya te he dicho, regresaré muy pronto a los Campos Celestiales. Aprovechemos, pues, este día lo mejor que podamos, ya que tan poco tiempo nos queda para estar juntos.

Por la mañana recorrí la familiar senda hasta el Parque de la Joya. Me acompañaba el lama Mingyar Dondup. Ambos íbamos pensando lo mismo:

Que ésta sería quizá la última vez que caminásemos juntos. Este pensamiento debía de conocérseme en la cara, pues, cuando vi yo solo al Dalai Lama, dijo:

—La partida, los momentos de tomar nuevas sendas, son siempre penosos.

Aquí en este pabellón me paso muchas horas meditando, preguntándome si haría bien en quedarme o en marcharme cuando nuestro país sea invadido. Cualquiera de estas dos decisiones causaría dolor a algunos.

Nuestro camino está ahí, inexorable, ante nosotros, Lobsang, y para ninguno resultará fácil. La familia, los amigos, nuestro país, todo ello ha de ser abandonado, y ya sabes que la Senda que hemos de tomar supone muchas penalidades, torturas, incomprensiones, falta de fe… En fin, todo esto es muy desagradable. Las costumbres de los extranjeros son muy extrañas y desconcertantes. Como ya te he dicho en otra ocasión, sólo creen en lo que ven por sus propios ojos. Sí, sólo creen en lo que pueden someter a prueba en sus cámaras de la Ciencia. Sin embargo, la mayor de todas las ciencias, la ciencia del Super-Ser, ésa la desconocen por completo. Pero ésta es tu senda, la que has escogido antes de venir a esta vida. Lo he preparado todo para que puedas marcharte a China dentro de cinco días.

¡Cinco días! Había contado con cinco semanas. Mientras mi Guía y yo subíamos por la empinada cuesta de nuestra Montaña de Hierro no hablamos en absoluto. Cuando estábamos ya dentro del Templo, me dijo el lama Mingyar Dondup:

—Tendrás que visitar a tus padres, Lobsang. Enviaré a un mensajero.

¿Mis padres? El lama Mingyar Dondup había sido para mí más que un padre y que una madre. Y pronto saldría de este mundo. Desde luego, antes de que yo regresara al Tíbet, al cabo de unos cuantos años. Lo único que podría ver de él para entonces sería su estatua, su cuerpo embalsamado y cubierto de oro en el Salón de las Encarnaciones, como una túnica vieja y desechada.

Estos cinco días tuve muchísimo que hacer. Del Museo del Potala me trajeron ropa occidental para que me la probase. No es que fuera a llevarla en China, ya que allí sería más adecuada mi vestimenta de lama, pero convenía que mis compañeros viesen cómo me quedaba. ¡Qué traje! Aquellos espantosos tubos de tela me apretaban las piernas y no me atrevía a doblarlas.

Comprendí entonces por qué no podían sentarse los occidentales en la actitud del loto: su ropa tan estrecha se lo impedía. Desde luego, pensé que había arruinado toda mi vida futura por tener que llevar aquellos tubos de tela. Me pusieron una especie de sudario blanco y me ataron en torno al cuello una horrible tira de no sé qué tejido, y haciéndome un nudo corredizo, me lo apretaron como si fueran a estrangularme. Encima me pusieron una absurda prenda con parches y agujeros. En aquellos parches era donde los occidentales guardaban las cosas en vez de llevarlas en el interior de la túnica, como es lo normal. Pero lo peor no había llegado aún. Me pusieron en los pies unos gruesos y pesados guantes y me los ataron fuertemente con unos cordones negros que terminaban en unos remates metálicos. Los mendigos que se arrastran de rodillas por la carretera de Lingkhor apoyándose en las manos llevan a veces en éstas unos guantes parecidos, pero eran lo bastante sensatos como para no ponerse en los pies sino buenas botas de fieltro tibetanas. Creí que aquel instrumento de tortura me destrozaría los pies y que no podría ir a China. En la cabeza me colocaron una taza grande invertida con un borde todo alrededor y me dijeron que estaba vestido como un caballero occidental disfrutando de sus ocios. Claro que tendrían ocio, pues ¡cómo iban a trabajar vestidos de semejante manera!

Al tercer día visité a mis padres. Fui solo, y a pie, lo mismo que había salido por primera vez de mi casa en dirección al monasterio. Pero esta vez era lama y abad. Mi padre y mi madre me esperaban en casa como a un huésped excepcionalmente distinguido. En la tarde de aquel día entré con mi padre en su despacho y firmé y anoté mi rango en el Libro de la Familia.

Luego regresé también a pie a la lamasería que durante tanto tiempo había sido mi verdadero hogar.

Los dos días restantes transcurrieron pronto. En la tarde del último día tuve otra entrevista con el Dalai Lama para despedirme de él y recibir su bendición. Me apenó mucho abandonarle. La próxima vez que lo viera — ambos lo sabíamos muy bien— sólo quedaría de él su cuerpo embalsamado.

Ya no estaría allí su espíritu.

Al amanecer del día siguiente emprendimos el viaje. Me marchaba tan a disgusto que iba mucho más lentamente de lo que debía. Otra vez me encontraba sin hogar, camino de lugares extraños y teniéndolo que aprender todo de nuevo. Cuando llegamos al desfiladero nos volvimos desde aquella altura para contemplar un buen rato y por última vez la ciudad santa de Lhasa.

Por encima del Potala volaba una cometa solitaria.

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Sobre él, uno de sus lectores dice:

Cuando la obra “El Tercer Ojo” llegó a mis manos, sin mucho entusiasmo al principio, leí la primera frase: “Soy tibetano, uno de los pocos que han llegado a este extraño mundo occidental…” y, por alguna razón, ya no pude dejar de leer el libro. Ignoraba en ese momento, que aquel ejemplar pequeño, poco atractivo visualmente y editado en rústica iba a dar un giro de 180 grados a mi vida, a mi concepción de la misma y a mis creencias.

A lo largo de los años, han ido apareciendo en revistas y reportajes de todo tipo “grandes descubrimientos” relacionados con el aura, los viajes astrales, el túnel oscuro con un halo de luz que parece conducirnos al “otro lado” en el momento de la muerte, y del que cada vez hay más referencias de moribundos o gente clínicamente muerta que logró regresar. Pero todos esos “descubrimientos” yo ya los leí en los libros del Dr. Rampa en los años 60-70… Eso sí, cuando los temas ocultos empezaron a tomar auge y aparecieron ocultistas y parasicólogos como setas, ni uno sólo (que yo sepa) mencionó a Lobsang Rampa, y algunas de sus teorías y técnicas mostradas como innovadoras ya las conocía yo desde hacía mucho, justamente a través de sus libros.

Cuando un hombre escribe “Haz a los demás lo que desearías que te hicieran a ti” merece, como mínimo, un cierto respeto. Dio a conocer a los occidentales una filosofía de vida completamente diferente a la que nos mostraban las religiones tradicionales y supo dar respuestas a las muchas preguntas que todos nos hacemos y que, en mi caso concreto, estaban sin resolver: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Por qué existe tanta injusticia? ¿Por qué algunos nacen ricos y otros pobres? ¿Por qué hay gente que vive cien años y otros apenas unos días? ¿Por qué algunos hombres son sanos y felices y otros viven un infierno por problemas físicos, enfermedades o desgracias?
Todas esas respuestas yo las encontré en los libros del Dr. Rampa. Todos me parecen valiosos pero yo destacaría uno escrito a modo de cursillo: “Usted y La Eternidad” Cada capítulo es una “clase” y allí se muestran, paso a paso, las técnicas para ver el aura, viajar al astral, curar con las manos etc. Y siempre desde un sentido espiritual de la vida, siempre considerando que esto es una escuela, que venimos a aprender, que la muerte no existe como tal y sólo se trata de ir evolucionando, de ir creciendo como entidad…

&

“Los gobiernos del mundo tendrán que decir la verdad sobre los Ovnis y tendrán que informar sobre los pueblos de más allá del espacio. Ellos ya los conocen, pero tienen temor de hacérselo conocer al público”.

Potala Palace, Lhasa, Tibet

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