¿Quiere alguien ingresar en esta orden del amor consciente?


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El amor sin conocimiento y sin poder es demoníaco. Sin conocimiento, puede destruir lo amado. ¿Quién no ha visto a más de un ser amado reducido a la miseria y a la enfermedad por su “amante”? Sin poder, el amante tiene que sentirse infortunado, puesto que no puede hacer por su amada lo que él quiere y sabe que le deleitaría. Los hombres deberían pedir a Dios que no tengan que sufrir la experiencia de amar sin conocimiento y sin poder.

¿Quiere alguien ingresar en esta orden del amor consciente? Que se deshaga entonces de todo deseo personal e idea preconcebida. Contempla a su bien amada: ¿qué clase de mujer (u hombre) es ella (o él)? He aquí un misterio: un aroma de perfección, cuyo aire naciente es adorable. ¿Cómo puede actualizarse esta perfección, para gloria de la amada y de Dios su Creador? Que piense el amante si es capaz de ello. Sólo puede concluir que no lo es. Quien no puede cultivar flores, ni tratar bien a los perros o caballos, ¿cómo puede aprender a revelar la perfección, aún por germinar, de la amada? Se requiere humildad y luego una tolerancia deliberada. Si no estoy seguro de lo que conviene a su perfección, al menos que tenga ella libertad para seguir sus propias inclinaciones. Entretanto estudiaré: qué es ella, y qué puede llegar a ser; qué necesita, qué busca su alma sin poder encontrarle nombre y, todavía menos, forma. Tendré que prever hoy sus necesidades de mañana; sin pensar nunca en lo que sus necesidades puedan significar para mí.

Veréis, hijos e hijas, la autodisciplina y la autoeducación que se exigen aquí. Entrad, audaces, en estos bosques encantados. Los dioses se aman conscientemente. Y los amantes conscientes se convierten en dioses.

La gente, sin asomo de rubor, hace alarde de haber amado, de amar o de esperar amar. Como si el amor fuese suficiente, o como si pudiese cubrir cualquier pecado. Pero el amor, como ya hemos visto, cuando no es amor consciente –es decir, amor que trata de ser a la vez sabio y capaz en el servicio de su objeto- es una afinidad o una des afinidad y, en ambos casos, igualmente inconsciente, o sea, descontrolado. Tal estado de amor es peligroso para uno mismo, o para el otro, o para ambos. Nos vemos, entonces, polarizados por una fuerza natural (que sirve a sus propios objetivos sin tomar en cuenta los nuestros) y cargados con su energía; y sólo a la fortuna podremos atribuir el hecho de no dañar a alguien como consecuencia de transportar dinamita descuidadamente.

El amor sin conocimiento y sin poder es demoníaco. Sin conocimiento, puede destruir lo amado. ¿Quién no ha visto a más de un ser amado reducido a la miseria y a la enfermedad por su “amante”? Sin poder, el amante tiene que sentirse infortunado, puesto que no puede hacer por su amada lo que él quiere y sabe que le deleitaría. Los hombres deberían pedir a Dios que no tengan que sufrir la experiencia de amar sin conocimiento y sin poder. O, estando enamorados, deberían pedir el conocimiento y el poder capaces de guiar su amor. El amor no es suficiente.

 “Te amo,” dijo el hombre. “Qué extraño que ello no me haga sentirme mejor,” respondió la mujer.

La verdad sobre el amor es aparente en el orden en que la religión ha sido introducida en el mundo. Primero llegó la religión del Poder, luego llegó la religión del Conocimiento y, por último, llegó la religión del Amor. ¿Por qué en este orden? Porque el amor sin las cualidades anteriores, es peligroso. Pero esto no quiere decir que tal orden haya sido algo más que discreción: puesto que el Poder solo, así como el Conocimiento solo, son casi tan peligrosos como el Amor solo. La perfección exige simultaneidad en vez de sucesión. Este orden no es sino una prueba de que, como la sucesión era imperativa (ya que el hombre está sujeto a la dimensión del Tiempo que es sucesión), era preferible comenzar con los dictadores menos peligrosos y dejar al Amor para el final. Cierto hombre prudente, al sentirse enamorado, se colgó del cuello una campanilla para advertir a las mujeres que era peligroso. Desgraciadamente lo tomaron demasiado en cuenta; y el hombre sufrió las consecuencias.

Hijos e hijas, mientras no tengáis sabiduría y poder equivalentes a vuestro amor, avergonzaos de confesar que estáis enamorados. O, puesto que no podéis ocultarlo, amad con humildad y estudiad el modo de llegar a ser sabios y fuertes. Sea vuestro objeto haceros merecedores de estar enamorados.

EL AMOR CONSCIENTE 2ª (INSPIRADO EN LAS ENSEÑANZAS DE G.I. GURDJIEFF)

A. R. Orage

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