El amor sin adivinación es elemental. Amar exige que el amante adivine los deseos de la amada


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Pero en la naturaleza, ordinariamente, no se alcanza este estado: es el fruto de un arte, de un auto entrenamiento. Todo el mundo lo desea, aun los más cínicos; pero como rara vez ocurre por azar, y nadie ha hecho pública la clave para lograrlo, la gran mayoría duda aún de su posibilidad.

El amor sin adivinación es elemental. Amar exige que el amante adivine los deseos de la amada, antes de que hayan llegado a la propia conciencia de ella. El amante conoce a la amada mejor de lo que ésta se conoce a sí misma; y la ama más de lo que ésta se conoce a sí misma; y la ama más de lo que ésta se ama a sí misma; de manera que la amada alcanza su ser perfecto sin esfuerzo consciente propio. Cuando el amor es mutuo, el esfuerzo consciente que ella hace es para él. Es así como cada cual, deleitosamente, obra la perfección en el otro.

Pero en la naturaleza, ordinariamente, no se alcanza este estado: es el fruto de un arte, de un auto entrenamiento. Todo el mundo lo desea, aun los más cínicos; pero como rara vez ocurre por azar, y nadie ha hecho pública la clave para lograrlo, la gran mayoría duda aún de su posibilidad. Sin embargo, es posible, a condición que las partes puedan aprender y enseñar humildemente. ¿Cómo comenzar? Que el amante piense, cuando va a ver a su amada, lo que debe aportar, hacer o decir, de modo que sea para ella una deliciosa sorpresa. Al comienzo probablemente no será una sorpresa completa: esto es, ella se habrá dado cuenta de su propio deseo, y estará tan sólo contenta de que su amante lo haya adivinado. Más tarde, la deliciosa sorpresa podrá realmente sorprenderla, y su comentario será: “¿Cómo sabías que esto iba a agradarme, si a mí misma nunca se me hubiera ocurrido?” Los esfuerzos constantes para prever los deseos nacientes del ser amado, mientras permanecen en la inconsciencia, son los medios hacia el amor consciente.

Asir con firmeza; soltar con ligereza. Este es uno de los grandes secretos de la felicidad en el amor. Por cada tragedia de Romeo y Julieta fruto de las circunstancias externas de ambos protagonistas, mil tragedias surgen de las circunstancias creadas por los amantes mismos. Como rara vez conocen el momento o la forma de “asirse” el uno al otro, aún menos a menudo conocen la forma o el momento de soltarse. Las hondonadas del Monte Meru (es decir el Venusberg) están llenas de amantes que no pueden separarse. Cada cual quiere “soltarse”, pero el otro no se lo permite. Hay varias explicaciones para este infeliz estado de cosas. En la mayoría de los casos el acercamiento ha sido equivocado: es decir, ambos se lanzaron a una unión sin pensar en la salida. A menudo los primeros cinco minutos del primer encuentro de los amantes son decisivos para todo el futuro de sus relaciones. En algunos casos la relación original es la que explica las dificultades en “soltarse”: nunca debió haber ocurrido; o por lo menos no en las circunstancias precisas en que tuvo lugar.

Las relaciones a destiempo siempre causan problemas. En otros casos la dificultad se debe a diferencias de edad, educación o “pasado”. Uno teme “soltarse” porque parece ser la última esperanza, o porque ya se ha perdido demasiado tiempo, o porque hasta ahora ha sido lo mejor, o porque el “ideal”, creado por la educación, exige fidelidad eterna aun cuando ésta resulte imposible, pues ninguno de los dos la desea; o porque uno es ultrasensible a raíz de experiencias pasadas y no puede enfrentarse con otro fracaso, o porque estando la carne pronta, el espíritu es débil: es decir,  ninguno de los dos puede usar un cuchillo; o porque las circunstancias son desfavorables: es decir, los dos tienen que seguir viéndose; o debido a la imaginación, como cuando uno de los dos visualiza la felicidad del otro en su ausencia. Hay mil explicaciones y cada una de ellas, bastando como causa, es completamente inadecuada como razón, ya que el hecho es, que cuando uno desea separarse, el deber del otro como amante es “soltar”. El gran amor puede tanto soltar como asir.

Los celos son el dragón en el paraíso, el infierno del cielo y la más amarga de las emociones porque se asocia a la más dulce. Hay antídoto para los celos, a saber, el amor consciente; pero este remedio es más difícil de hallar que la enfermedad de soportar. Pero hay paliativos cuya primera condición terapéutica es el reconocimiento de la enfermedad y la segunda el deseo de curarse a sí mismo. En estas circunstancias dejad que el que sufre experimente deliberadamente. Mucho se le puede perdonar durante este proceso. Puede, por ejemplo, tratar de hacer progresar los nuevos planes de la que fue su amada, aunque esto es difícil sin una obvia hipocresía. O puede zambullirse en otro ambiente. O puede ocuparse en un nuevo trabajo que demande toda su energía. O puede embelesar su memoria y considerar a la que fue su amada como muerta, o como si ella se trocara en su hermana, o como si se hubiese ausentado en un largo viaje, o como si la hubieran hechizado. Sin embargo, es mejor si se “suelta” por completo sin arrastrar la esperanza de volver a encontrarla jamás.

Consolaos. Nuestra vida no es sino un solo día de nuestra Vida. ¡Si no hoy, mañana! ¡Soltad!

EL AMOR CONSCIENTE 5ª (INSPIRADO EN LAS ENSEÑANZAS DE G.I. GURDJIEFF)

A. R. Orage

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