Carlos Castaneda y sus adláteres: “la mente es el volador”

Ahora quedan sus libros, esos manojos de información a los que él mismo quitaba últimamente importancia y emplazaba a tirarlos a la basura. Él estará, a buen seguro, navegando ya por los océanos sutiles de la conciencia, origen cierto y único e indestructible de este universo pobre y físico, batido por emociones, gozos y dolores, que arrumban al hombre a una situación de continua lucha.

El doce de diciembre de 1991 conocí a Carlos Castaneda, en Madrid, y sus enseñanzas significaron para mí la culminación del grado de sospecha con el que, por mi cuenta, me había confrontado a las formas occidentales de pensar y conocer el mundo.  No obstante, la experiencia con Carlos Castaneda fue asaz paradójica, pues, al parecer, tropecé con él en el periodo más desintegrador, desmitificador y ridículo de su trayectoria. Como resultado quedé, en el campo del pensamiento, huérfano de todo origen, laico, entumecido por la incoherencia de las formas de enfrentar el mundo, ya fuera pensando o sin pensar. Sin embargo, en toda esta aventura existencial fue tomando cuerpo una premisa rara, repetida últimamente por Carlos Castaneda y sus adláteres: “la mente es el volador”, enigmática afirmación que, para entenderla bien, exige una más detallada descripción de los hechos, de los encuentros y desencuentros con Castaneda, a fin de colmar la curiosidad de quienes gustamos de explicaciones que nos señalen un camino, o un instrumento descriptible, capaces de intervenir en la realidad modificándola.

Hay seres con entidad propia cuyo objetivo es perdurar utilizando los cuerpos de los seres en los que se manifiestan, como materia para inmortalizarse, como “hardware” que nace, crece, se reproduce y muere dando paso a nuevos replicantes. Los seres humanos, por ejemplo, son la materia dentro de la cual viven y se reproducen los “memes” que han logrado desarrollar las diversas ideas que esclavizan al hombre y que se organizan, como la materia viva, y se dividen en especies y subespecies, y buscan, a la postre, su propia supervivencia. Algunos humanos llevan ya ejercitando prácticamente las ventajas de controlar los “memes”, lo cual se puede entender en términos distintos como controlar la mente. Entre ellos está Carlos Castaneda y su grupo y un sinfín de comunidades de control mental que se encargan de sacar jugo pragmático a la substancia eidética hasta límites insospechados y a los cuales, alegre e inocentemente, catalogamos en Occidente de “sectas”.

Pero el conocimiento no depende de que las comunidades científicas o sociales lo permitan o no. Y desde luego, el conocimiento del que se habla en sus libros, a fuer de ser explícito, es un conocimiento como el de las artes marciales: sólo lo intenta refutar quien no lo ha visto, pero no quien lo ha vivido, porque ocurre. Y lo que es más importante: implica muchas y novedosas cosas para esta humanidad a punto de perderse en la inanidad y en la catástrofe, pero que, como siempre, seguro que se salva por carambola.

Juan Morales