Las enseñanzas de don Juan

 “El miedo al conocimiento es natu­ral; todos lo experimentamos, y no podemos ha­cer nada al respecto. Pero por temible que sea el aprendizaje, es más terrible la idea de un hombre sin conocimiento”

La esencia de todo cuanto me dijo don Juan al principio de mi aprendizaje se halla encapsulada en la naturaleza abstracta de estas citas, seleccio­nadas del primer libro, Las enseñanzas de don Juan. En la época en que se produjeron los hechos que se describen en el libro, don Juan hablaba mucho de aliados, de plantas de poder, de Mezcalito, del humito, del viento, de los espíritus de los ríos y los montes, del espíritu del chaparral, etcétera. Cuando más adelante le recordé la importancia que había dado a aquellos elementos y le pregunté que por qué no hablaba ya de ellos, admitió sin rubor que me había soltado toda aquella palabrería pseudoindia al principio de mi aprendizaje por mi bien.

Me quedé estupefacto. Me pregunté cómo podía afirmar tal cosa que, obviamente, era falsa. Resultaba evidente que lo decía con sinceridad, y si había alguien capacitado para juzgar la veracidad de sus palabras y de sus estados de ánimo, ése era yo.

‑No te lo tomes tan en serio ‑dijo, riendo‑. Disfruté mucho contándote todas esas bobadas, y aún disfruté más porque sabía que lo hacía por tu bien.

‑ ¿Por mi bien, don Juan? ¿Qué aberración es ésta?

‑Sí, por tu bien. Te engañé dirigiendo tu atención sobre elementos de tu mundo que te provocaban una profunda fascinación, y tú te tragaste el anzuelo, el sedal y la plomada.

»Lo único que me hacía falta era captar toda tu atención. Pero ¿cómo podría haberlo hecho cuando tenías un espíritu tan poco disciplinado? Tú mismo me repetías una y otra vez que permanecías conmigo porque encontrabas fascinante lo que yo decía sobre el mundo. Lo que no sabías expresar era que la fascinación que sentías se debía a que apenas reconocías vagamente cada elemento del que te hablaba. Por supuesto, pensabas que aque­lla vaguedad era chamanismo, y te atrajo, lo que quiere decir que te quedaste.

‑ ¿Le hace eso a todos, don Juan?

‑No a todos, porque no todos vienen a mí y, sobre todo, porque no me intereso por cualquie­ra. Estuve y estoy interesado en ti, sólo en ti. Mi maestro, el nagual Julián, me engañó de un modo similar. Me engañó a causa de mi sensuali­dad y mi avaricia. Me prometió conseguirme todas las mujeres bonitas que lo rodeaban y me prometió cubrirme de oro. Me prometió una for­tuna, y caí en la trampa. Todos los chamanes de mi linaje han sido engañados de ese modo des­de tiempo inmemorial. Los chamanes de mi lina­je no son maestros o gurús. Les importa un comino enseñar su conocimiento. Quieren here­deros para su conocimiento, no gente vagamente interesada en su conocimiento por razones inte­lectuales.

Don Juan tenía razón cuando dijo que me había atrapado con su artimaña. Yo creía que ha­bía encontrado al chamán informante ideal al que todo antropólogo aspira. Fue en esta época cuan­do, bajo los auspicios de don Juan y debido a su influencia, escribí diarios y recolecté viejos mapas que mostraban los sitios de los pueblos de los indios yaqui a lo largo de los siglos, comen­zando por las crónicas de los jesuitas de finales del siglo XVIII. Registraba todos esos sitios e identificaba los cambios más sutiles, y me pre­guntaba y sopesaba por qué se trasladaban los pueblos a otros lugares y por qué se disponían de forma ligeramente distinta cada vez que se reubicaban.

Las pseudoespeculaciones sobre la razón, y las dudas razonables, me abrumaban. Recopilé miles de páginas llenas de posibilidades y notas abrevia­das, extraídas de libros y de crónicas. Era un perfecto estudiante de antropología. Don Juan me ani­maba en mi fantasía tanto como podía.

‑No hay voluntarios en el camino del guerre­ro ‑me dijo don Juan a guisa de explicación‑. Un hombre ha de ser forzado a seguir el camino del guerrero en contra de su voluntad.

‑ ¿Y qué hago con las miles de notas que reco­pilé a causa de sus engaños, don Juan? ‑le pre­gunté entonces.

Su respuesta me conmocionó.

‑ ¡Escribe un libro sobre ellas! ‑respon­dió‑. De todos modos, seguro que si empiezas a escribirlo nunca las utilizarás. Son inútiles; pero ¿quién soy yo para decírtelo? Averígualo por ti mismo. Sin embargo, no te propongas escribir un libro como lo haría un escritor. Proponte hacerlo como un guerrero, como un chamán guerrero.

‑ ¿Qué quiere decir con eso, don Juan?

‑No lo sé. Averígualo por ti mismo.

Tenía toda la razón. Nunca utilicé aquellas notas. En cambio, y sin que yo lo pretendiera, me encontré escribiendo acerca de la existencia de un sistema de cognición diferente y de sus inconcebi­bles posibilidades.

Citas de Las enseñanzas de don Juan

El poder reside en el tipo de conocimiento que uno posee. ¿Qué sentido tiene conocer cosas inútiles? Eso no nos prepara para nuestro inevitable encuentro con lo desconocido.

Nada en este mundo es un regalo. Lo que ha de aprenderse debe aprenderse arduamente.

Un hombre va al conocimiento como va a la guerra: bien despierto, con miedo, con respeto y con absoluta confianza. Ir de cualquier otra forma al conocimiento o a la guerra es un error, y quien lo cometa puede correr el riesgo de no sobrevivir para lamentarlo.

Cuando un hombre ha cumplido estos cuatro requisitos ‑estar bien despierto, y tener miedo, respeto y absoluta confianza‑ no hay errores por los que deba rendir cuentas; en tales condiciones, sus acciones pierden la torpeza de las acciones de un necio. Si un hombre así fracasa o sufre una derrota, no habrá perdido más que una batalla, y eso no le provocará lamentaciones lastimosas.

Ocuparse demasiado de uno mismo produce una terrible fatiga. Un hombre en esa posición está ciego y sordo a todo lo demás. La fatiga misma le impide ver las maravillas que lo rodean.

Cada vez que un hombre se propone aprender tiene que esforzarse como el que más, y los límites de su aprendizaje están determinados por su propia naturaleza. Por tanto, no tiene sentido hablar del conocimiento. El miedo al conocimiento es natu­ral; todos lo experimentamos, y no podemos ha­cer nada al respecto. Pero por temible que sea el aprendizaje, es más terrible la idea de un hombre sin conocimiento.

Enfadarse con la gente significa que uno consi­dera que los actos de los demás son importantes. Es imperativo dejar de sentir de esa manera. Los actos de los hombres no pueden ser lo suficiente­mente importantes como para contrarrestar nues­tra única alternativa viable: nuestro encuentro inmutable con el infinito.

Cualquier cosa es un camino entre un millón de caminos. Por tanto, un guerrero siempre debe tener presente que un camino es sólo un camino; si siente que no debería seguirlo, no debe perma­necer en él bajo ninguna circunstancia. Su decisión de mantenerse en ese camino o de abandonarlo debe estar libre de miedo o ambición. Debe obser­var cada camino de cerca y de manera deliberada. Y hay una pregunta que un guerrero tiene que hacerse, obligatoriamente: ¿Tiene corazón este camino?

Todos los caminos son lo mismo: no llevan a ninguna parte. Sin embargo, un camino sin cora­zón nunca es agradable. En cambio, un camino con corazón resulta sencillo: a un guerrero no le cuesta tomarle gusto; el viaje se hace gozoso; mientras un hombre lo sigue, es uno con él.

Existe un mundo de felicidad donde no hay diferencia entre las cosas porque en él no hay nadie que pregunte por las diferencias. Pero ése no es el mundo de los hombres. Algunos hombres tienen la arrogancia de creer que viven en dos mundos, pero eso es pura arrogancia. Hay un único mundo para nosotros. Somos hombres, y debemos transitar con alegría el mundo de los hombres.

El hombre tiene cuatro enemigos naturales: el miedo, la claridad, el poder y la vejez. El miedo, la claridad y el poder pueden superarse, pero no la vejez. Su efecto puede ser pospuesto, pero nunca vencido.

Carlos Castaneda

 

Un guerrero ya se considera muerto, así que no tiene nada que perder. Lo peor ya le ha pasado

 Una regla básica para el guerrero es que toma sus decisiones con tanto cuidado que nada de lo que pueda ocurrir como resultado es capaz de sorprenderlo; mucho menos, de menguar su poder.

Relatos de poder lleva la marca de mi caída definitiva. En la época en la que tuvieron lugar los acontecimientos que se narran en el libro sufrí una profunda sacudida emocional, la crisis del guerrero. Pero por razones que me resultan inexplica­bles, tanto desde las premisas de mi cognición nor­mal como desde la cognición del mundo de los chamanes, no morí. Me quedé solo en el mundo cotidiano, mientras que los tres componentes de mi grupo se dispersaron por el mundo. Era un des­conocido para mí mismo, lo que hacía que mi sole­dad fuera más intensa que nunca.

He pasado treinta y cinco años de mi vida bus­cando la madurez del guerrero. He ido a lugares que desafían toda descripción, buscando esa sen­sación de temple ante los embates de lo desconocido. Me fui discretamente, sin anunciarlo, y re­gresé del mismo modo. El trabajo de los guerreros es silencioso y solitario, y cuando los guerreros se van o regresan, lo hacen tan inadvertidamente que nadie repara en ello. Buscar la madurez del guerrero de cualquier otro modo sería ostentoso y, por tanto, inadmisible.

Las citas de Relatos de poder me trajeron vivamente el recuerdo de que el intento de los chama­nes que vivieron en México en tiempos remotos seguía funcionando impecablemente. La rueda del tiempo se movía inexorablemente a mi alrededor, obligándome a mirar en surcos de los que no es posible hablar y mantener la coherencia.

‑Baste decir ‑me dijo don Juan en una oca­sión‑ que la inmensidad del mundo, ya sea el mundo de los chamanes o el de los hombres corrientes, es tan evidente que únicamente una aberración nos impediría percibirla. Intentar explicar a unos seres aberrantes lo que es andar extra­viado por los surcos de la rueda del tiempo es la cosa más absurda que podría emprender un guerrero. En consecuencia, el guerrero se asegura de que sus viajes sean propiedad únicamente de su condición de guerrero.

Citas de Relatos de poder:

La confianza del guerrero no es la confianza del hombre corriente. El hombre corriente busca la certeza en los ojos del espectador y llama a eso confianza en sí mismo. El guerrero busca la impecabilidad en sus propios ojos y llama a eso humildad. El hombre corriente está enganchado a sus semejantes, mientras que el guerrero sólo está enganchado al infinito.

El único camino posible para un guerrero es actuar consistentemente y sin reservas. En un momento dado, sabe lo suficiente del camino del guerrero como para actuar en consecuencia, pero sus viejos hábitos y rutinas pueden interponerse en su camino.

Para que un guerrero tenga éxito en cualquier empresa, el éxito debe llegar suavemente; con mucho esfuerzo, pero sin tensión ni obsesiones.

Cambiar nuestra idea del mundo es la clave del chamanismo. Y parar el diálogo interno es la única forma de lograrlo.

Cuando un guerrero aprende a parar su diálo­go interno todo es posible; hasta los proyectos más descabellados se vuelven factibles.

Un guerrero acepta su suerte, sea cual sea, y la acepta con total humildad. Se acepta a sí mismo con humildad, tal como es; no como base para lamentarse, sino como un desafío vital.

La humildad del guerrero no es la humildad del mendigo. El guerrero no humilla la cabeza ante nadie y, al mismo tiempo, tampoco permite que nadie humille la cabeza ante él. El mendigo, en cambio, enseguida se arrodilla y se arrastra por los suelos ante cualquiera que considere más encumbrado, pero también exige que alguien aún más inferior haga lo mismo con él.

Descanso, refugio, miedo: todo ello no son más que palabras creadoras de estados de ánimo que hemos aprendido a aceptar sin tan siquiera cuestionarnos su valor.

Nuestros semejantes son magos negros. Y quienquiera que esté con ellos es también un mago negro sin más. Piensa un momento. ¿Puedes desviarte de la senda que tus semejantes han traza­do para ti? Mientras permaneces con ellos, tus acciones y pensamientos están fijados para siempre en sus términos. Eso es esclavitud. El guerrero, en cambio, está libre de todo eso. La libertad es cara, pero el precio no es imposible de pagar. Así que teme a tus captores, a tus amos. No desperdicies tu tiempo y tu poder en temer a la libertad.

Lo malo de las palabras es que nos hacen sen­tirnos iluminados; pero cuando nos damos la vuelta para enfrentarnos al mundo, siempre nos fallan y terminamos enfrentándonos al mundo como siempre: sin iluminación. Por esta razón, un guerrero busca actuar en vez de hablar, y para ello obtiene una nueva descripción del mundo, una descripción en la que hablar no es tan importante y en la que los actos nuevos conllevan reflexiones nuevas.

Un guerrero ya se considera muerto, así que no tiene nada que perder. Lo peor ya le ha pasado; por tanto, se siente tranquilo y sus pensamientos son claros. Nadie que lo juzgase por sus actos o por sus palabras podría jamás sospechar que lo ha presenciado todo.

El conocimiento es un asunto de lo más pecu­liar, especialmente para un guerrero. El conocimiento, para un guerrero, es algo que, súbitamen­te, llega, lo envuelve y luego sigue de largo.

El conocimiento llega a un guerrero flotando como motas de polvo de oro, el mismo polvo que cubre las alas de las polillas. Así pues, para un gue­rrero, el conocimiento es como darse una ducha o recibir una lluvia de motas de polvo de oro os­curo.

Siempre que el diálogo interno cesa, el mundo se desploma y afloran extraordinarias facetas nuestras, como si hubieran estado celosamente guardadas por nuestras palabras.

Un guerrero debe cultivar el sentimiento de que tiene cuanto necesita para ese viaje extrava­gante que es su vida. Lo que cuenta para un gue­rrero es estar vivo. La vida es suficiente y comple­ta en sí misma, y por sí misma se explica.

Por eso puede uno decir, sin presunción, que la experiencia de las experiencias es estar vivo.

Ser un guerrero no es sólo cuestión de desear­lo. Es más bien una lucha interminable que segui­rá hasta el último instante de nuestras vidas. Nadie nace guerrero, como nadie nace hombre corriente. Somos nosotros quienes nos hacemos lo uno o lo otro.

Los seres humanos no son objetos; no tienen solidez. Son seres redondos, luminosos; no tienen lí­mites. El mundo de los objetos y de la solidez no es más que una descripción que fue creada para ayudarlos, para facilitar su paso por la Tierra.

Su razón hace que los seres humanos olviden que la descripción del mundo es tan sólo una des­cripción, y antes de que se den cuenta, han atrapa­do la totalidad de sí mismos en un círculo vicioso del cual raramente escapan durante su vida.

Los seres humanos son perceptores, pero el mundo que perciben es una ilusión: una ilusión creada por la descripción que les contaron desde el momento mismo en que nacieron.

Así pues, el mundo que su razón quiere soste­ner es, en esencia, un mundo creado por una descripción que tiene reglas dogmáticas e inviolables, reglas que su razón aprende a aceptar y a defender.

La diferencia básica entre un hombre corrien­te y un guerrero es que para un guerrero todo es como un desafío, mientras que para un hombre corriente todo es como una bendición o una maldición.

La carta ganadora del guerrero es que cree sin creer. Pero, obviamente, un guerrero no puede decir simplemente que cree y dejar las cosas ahí. Eso resultaría demasiado fácil. Sólo creer, sin más, le libraría de examinar su situación. Siempre que un guerrero se implica con alguna creencia, lo hace porque ésa es su elección. Un guerrero no cree; un guerrero tiene que creer.

La muerte es el ingrediente indispensable del tener que creer. Sin la conciencia de la muerte, todo es ordinario, trivial. Sólo porque la muerte lo acecha es por lo que un guerrero tiene que creer que el mundo es un misterio insondable. Tener que creer de este modo es la expresión de la más íntima predilección del guerrero.

El hombre corriente es consciente de todo sólo cuando piensa que debería serlo; la condición de un guerrero, en cambio, es ser consciente de todo en todo momento.

Una regla básica para el guerrero es que toma sus decisiones con tanto cuidado que nada de lo que pueda ocurrir como resultado es capaz de sor­prenderlo; mucho menos, de menguar su poder.

Cuando un guerrero toma la decisión de pasar a la acción, debería estar dispuesto a morir. Si está dispuesto a morir, no habrá tropiezos, ni sorpre­sas desagradables, ni actos innecesarios. Todo encajará suavemente en su sitio porque no espera nada.

Un guerrero, como maestro, debe enseñar ante todo la posibilidad de actuar sin creer y sin esperar recompensa; de actuar porque sí. Su éxito como maestro depende de lo bien y lo armoniosamente que guíe a sus pupilos en este aspecto específico.

El guerrero, como maestro, enseña tres técni­cas a su pupilo para ayudarle a borrar su historia personal: perder la propia importancia personal, asumir la responsabilidad de los propios actos y utilizar a la muerte como consejera. Sin el efecto benéfico de estas tres técnicas, el borrar la historia personal le hace a uno furtivo, evasivo e innecesa­riamente dudoso de sí mismo y de sus acciones.

Un guerrero reconoce su dolor pero no se entrega a él. El guerrero que se adentra en lo desconocido no tiene el ánimo triste; por el contrario, está alegre porque se siente humilde ante su gran fortuna, porque confía en su espíritu impecable y, sobre todo, porque es plenamente consciente de su eficacia. La alegría de un guerrero le viene de ha­ber aceptado su destino y de haber evaluado en verdad lo que tiene delante.

Carlos Castaneda

 

El camino del guerrero lo es todo. Es el arquetipo de la salud física y mental

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No puedo explicarlo de ningún otro modo. El hecho de que los chamanes del México antiguo creasen una estructura así significa para mí que habían alcanzado la cima de su poder, la cumbre de su felicidad, la cúspide de su júbilo.

Mientras me hallaba escribiendo Viaje a Ixtlán reinaba en el ambiente un estado de ánimo de lo más misterioso. Don Juan Matus estaba aplicando algunas medidas extremadamente prácticas a mi conducta cotidiana. Había diseñado algunas pautas que yo debía seguir rigurosamente. Eran tres tareas que apenas se relacionaban vagamente con mi mundo cotidiano o con cualquier otro mundo. Quería que en mi vida cotidiana me esforzara en borrar mi historia personal por todos los medios concebibles. Luego quería que terminara con mis rutinas y, finalmente, que desterrara mi sentimiento de importancia personal.

‑¿Cómo voy a lograr todo eso, don Juan? ‑le pregunté.

‑No tengo ni idea ‑respondió‑. Ninguno de nosotros tiene idea de cómo hacerlo de una forma práctica y eficaz. Con todo, si empezamos el trabajo, lo concluiremos sin saber siquiera qué fue lo que vino a ayudarnos.

»La dificultad que encuentras es la misma que yo encontré ‑prosiguió‑. Te aseguro que nues­tra dificultad nace del hecho de que, en nuestras vidas, carecemos por completo de la idea que nos incitaría a cambiar. Cuando mi maestro me enco­mendó esta tarea, todo lo que necesité para llevar­la a cabo fue la idea de que podía lograrse. Una vez que tuve la idea, la realicé sin saber cómo. Te reco­miendo que hagas lo mismo.

Me lancé a las quejas más retorcidas, argumen­tando que yo era un científico social acostum­brado a directrices prácticas y consistentes, no a vaguedades que dependían más de soluciones mágicas que de medios prácticos.

‑Dilo que quieras ‑me respondió don Juan, riéndose‑. Cuando termines de quejarte, olvida tus remilgos y haz lo que te he dicho que hagas.

Don Juan tenía razón. Todo lo que necesité o, mejor dicho, lo único que necesitó una parte no evidente y misteriosa de mí fue la idea. El «yo» que había conocido durante toda mi vida necesitaba infinitamente más que una idea: necesitaba entrena­miento, estímulo, dirección. Me sentí tan intrigado por mi éxito que la tarea de borrar mis rutinas, per­der mi importancia personal y abandonar mi histo­ria personal se convirtió en un auténtico placer.

‑Estás justo enfrente del camino del guerre­ro ‑dijo don Juan a modo de explicación por mi misterioso logro.

Don Juan había guiado lenta y metódicamen­te mi conciencia para que se enfocara cada vez más intensamente en una elaboración abstracta del concepto de guerrero, una elaboración que llama­ba el camino del guerrero o la senda del guerrero. Me explicó que el camino del guerrero era un armazón de ideas establecido por los chamanes del México antiguo. Tal construcción derivaba de la capacidad que tenían aquellos chamanes de ver la energía tal como fluye libremente en el universo. Por esa razón, el camino del guerrero era un soberbio conglomerado de hechos energéticos, de verdades irreductibles determinadas exclusiva­mente por la dirección del flujo de energía del uni­verso. Don Juan afirmaba categóricamente que no había nada en esa estructura que pudiera objetarse, nada que pudiera ser cambiado. Era una estructura perfecta en sí misma y por sí misma, y cualquiera que seguía ese camino se veía acorralado por hechos energéticos que no admitían discusión ni especulaciones acerca de su función o valía.

Don Juan decía que aquellos antiguos chama­nes lo llamaron el camino del guerrero porque su estructura abarcaba todas las posibilidades vitales que un guerrero podía hallar en la senda del cono­cimiento. Aquellos chamanes fueron absoluta­mente meticulosos y metódicos en la búsqueda de tales posibilidades. De hecho, según don Juan, fueron capaces de incluir en su estructura abstrac­ta todo lo humanamente posible.

Don Juan comparaba el camino del guerrero con una estructura, siendo cada uno de los elemen­tos de esta estructura un dispositivo de sustenta­ción cuya única función consistía en sostener la psique del guerrero en su papel de chamán inicia­do, y así facilitar sus movimientos y dotarlos de significado. Afirmaba, de manera inequívoca, que el camino del guerrero era una construcción esen­cial sin la cual los chamanes iniciados naufragarían en la inmensidad del universo.

Don Juan decía que el camino del guerrero era la obra maestra de los chamanes del México antiguo. Lo consideraba su aporte más importante, la esencia de su sobriedad.

‑¿Es el camino del guerrero tan abrumadora­mente importante, don Juan? ‑le pregunté en una ocasión.

‑Decir «abrumadoramente importante» es un eufemismo. El camino del guerrero lo es todo. Es el arquetipo de la salud física y mental. No puedo explicarlo de ningún otro modo. El hecho de que los chamanes del México antiguo creasen una es­tructura así significa para mí que habían alcanzado la cima de su poder, la cumbre de su felicidad, la cúspide de su júbilo.

Dado el nivel de aceptación o rechazo pragmáticos en el que me creía sumergido en aquella época, abrazar completamente y sin prejuicios la senda del guerrero me resultaba poco menos que una imposibilidad. Cuanto más hablaba don Juan de la senda del guerrero más intensa era mi sensa­ción de que lo que realmente maquinaba era derrumbar todo mi equilibrio.

Don Juan me guiaba, por tanto, de un modo encubierto. Sin embargo, su guía se evidencia con meridiana claridad en las citas extraídas de Viaje a Ixtlán. Don Juan se había abalanzado velozmente sobre mí a pasos agigantados sin que yo me diera cuenta, hasta que repentinamente sentí su aliento en la nuca. Pensaba una y otra vez que me hallaba a punto de aceptar de buena fe la existencia de otro sistema cognitivo; o, por el contrario, me sentía tan absolutamente indiferente que no me impor­taba que ocurriera de una forma u otra.

Por supuesto, siempre existía la posibilidad de salir huyendo de todo aquello, pero ésa no era una opción sostenible. De un modo u otro, la ayuda de don Juan, o bien mi intenso uso del concepto del guerrero, me habían endurecido hasta el punto de que no tenía ya tanto temor. Estaba atrapado, pero en realidad eso no cambiaba nada. Todo lo que sabía era que estaría allí con don Juan hasta el final.

Carlos Castaneda

Un guerrero no necesita historia personal. Un día descubre que ya no le es necesaria, y la abandona

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Cuanto más hablaba don Juan de la senda del guerrero más intensa era mi sensación de que lo que realmente maquinaba era derrumbar todo mi equilibrio.

Don Juan me guiaba, por tanto, de un modo encubierto. Sin embargo, su guía se evidencia con meridiana claridad en las citas extraídas de Viaje a Ixtlán:

Casi nunca nos damos cuenta de que podemos suprimir cualquier cosa de nuestras vidas en cualquier momento y en un abrir y cerrar de ojos.

Un guerrero no necesita historia personal. Un día descubre que ya no le es necesaria, y la abandona.

La historia personal debe ser renovada constantemente contando a los padres, parientes y amigos todo cuanto uno hace. Por otro lado, el guerrero que no tiene historia personal, no necesita dar explicaciones; nadie se enoja ni se desilusiona con sus actos. Y sobre todo, nadie le amarra con sus pensamientos y expectativas.

Mientras un hombre siente que lo más impor­tante del mundo es él mismo, no puede apreciar verdaderamente el mundo que lo rodea. Es como un caballo con anteojeras: sólo se ve a sí mismo, ajeno a todo lo demás.

Cuando un guerrero decide hacer algo, debe ir hasta el final, aceptando la responsabilidad de lo que hace. Haga lo que haga, primero debe saber por qué lo hace, y luego seguir adelante con sus acciones, sin dudas ni remordimientos.

Un guerrero debe aprender a ponerse al alcan­ce, o fuera del alcance, en el punto justo. Es inútil para un guerrero estar todo el día al alcance sin saberlo, como le es inútil esconderse cuando todo el mundo sabe que está escondido.

Para un guerrero, ser inaccesible significa tocar frugalmente el mundo que lo rodea. Y, sobre todo, evitar deliberadamente agotarse a sí mismo y a los demás. Un guerrero no utiliza ni exprime a la gente hasta dejarla reducida a nada, en especial a la gente que ama.

Cuando un hombre se preocupa, se aferra a cualquier cosa por desesperación; y una vez que se aferra, forzosamente se agota, o agota a la cosa o a la persona a la que está aferrado. Un guerrero cazador, en cambio, sabe que atraerá la caza a sus trampas una y otra vez, así que no se preocupa. Preocuparse es ponerse al alcance, al alcance sin saberlo.

Un guerrero cazador trata íntimamente con su mundo y, sin embargo, es inaccesible para ese mismo mundo. Lo toca ligeramente, permanece el tiempo preciso y luego se aleja velozmente, sin apenas dejar rastro.

Ser un guerrero cazador no es sólo cuestión de cazar animales. Un guerrero cazador no captura animales porque ponga trampas ni porque conoz­ca las rutinas de su presa, sino porque él mismo no tiene rutinas. Ésa es su ventaja. Él no es, de ningún modo, como los animales que persigue, fijos en rutinas pesadas y en caprichos previsibles. Él es libre, fluido, imprevisible.

Para el hombre corriente el mundo es extraño porque, cuando no se aburre de él, está enemista­do con él. Para un guerrero, el mundo es extraño porque es estupendo, pavoroso, misterioso, insondable. Un guerrero debe asumir la responsabi­lidad de estar aquí, en este mundo maravilloso, en este tiempo maravilloso.

Un guerrero es un cazador inmaculado que caza poder; no está borracho ni loco, ni tiene tiempo ni humor para fanfarronear, ni para men­tirse a sí mismo, ni para equivocarse en la jugada. La apuesta es demasiado alta. Lo que se juega es su vida pulcramente ordenada que tanto tiempo le llevó afinar y perfeccionar. No va a desperdi­ciar todo eso por un estúpido error de cálculo o por tomar una cosa por lo que no es.

Si su espíritu está deformado, simplemente debe arreglarlo, depurándolo y perfeccionándolo, porque no hay en la vida una tarea más digna de emprenderse. No arreglar el espíritu es buscar la muerte, y eso es igual que no buscar nada, porque la muerte va a alcanzarnos de todos modos. Buscar la perfección del espíritu del guerrero es la única tarea digna de nuestra transitoriedad y de nuestra condición humana.

Lo más difícil en este mundo es adoptar el ánimo del guerrero. De nada sirve estar triste, que­jarse y sentirse justificado de hacerlo creyendo que alguien nos está siempre haciendo algo. Nadie le está haciendo nada a nadie, y mucho menos a un guerrero.

Un guerrero es un cazador. Todo lo calcula. Eso es control. Una vez terminados sus cálculos, actúa. Se deja ir. Eso es abandono. Un guerrero no es una hoja a merced del viento. Nadie puede empujarle; nadie puede obligarle a hacer cosas en contra de sí mismo o de lo que juzga correcto. Un guerrero está preparado para sobrevivir, y sobre­vive del mejor modo posible.

Un guerrero no es más que un hombre, un hombre humilde. No puede cambiar los designios de su muerte. Pero su espíritu impecable, que ha reunido poder tras grandes penas, puede ciertamente detener su muerte por un momento, un momento lo bastante largo para permitirle regoci­jarse por última vez al evocar su poder. Podemos decir que ése es un gesto que la muerte tiene con quienes poseen un espíritu impecable.

No importa cómo lo hayan criado a uno. Lo que determina el modo en que uno hace cualquier cosa es el poder personal. Un hombre no es más que la suma de su poder personal, y esa suma determina cómo vive y cómo muere.

El poder personal es un sentimiento. Algo así como tener suerte. O podríamos llamarlo un talante, un ánimo. El poder personal es algo que se adquiere a través de toda una vida de lucha.

Un guerrero no tiene remordimientos por nada de lo que ha hecho, porque aislar los propios actos llamándolos mezquinos, feos o malos es darse a uno mismo una importancia injustificada.

La clave está en lo que se enfatiza. O nos hace­mos desdichados o nos hacemos fuertes. Cuesta el mismo trabajo lo uno que lo otro.

Carlos Castaneda