Una Realidad aparte

Cuando un hombre se embarca en el camino del guerrero, poco a poco se va dando cuenta de que la vida ordinaria ha quedado atrás para siempre. Los medios del mundo ordinario ya no le sirven de sostén y debe adoptar un nuevo modo de vida para sobrevivir.

En las citas extraídas de Una realidad aparte empieza a evidenciarse con notable claridad el sentido de ánimo que los chamanes del México antiguo plasmaron en todos sus empeños de intento. El propio don Juan me señaló, en nuestras conversaciones sobre aquellos antiguos chamanes, que un aspecto de su mundo que resultaba de supremo interés para los modernos practicantes era la afiladísima conciencia que esos chamanes habían desarrollado sobre la fuerza universal que llamaban intento. Explicaba que el vínculo que cada uno de esos hombres tenía con dicha fuerza era tan limpio y nítido que podían influir en las cosas a placer. Don Juan decía que el intento de esos chamanes, desarrollado con tal afilada intensidad, era la única ayuda con la que contaban los practicantes modernos.

Lo expresó en términos más mundanos al decir que los practicantes modernos, si fueran honestos consigo mismos, estarían dispuestos a pagar cualquier precio por el hecho de vivir al amparo de un intento semejante.

Don Juan afirmaba que cualquiera que mostrara el más leve interés por el mundo de los cha­manes de la antigüedad era inmediatamente atraí­do al círculo de su afiladísimo intento. El intento de aquellos chamanes era, para don Juan, algo inconmensurable que ninguno de nosotros podía cancelar. Por otra parte, razonaba, no había nece­sidad de cancelar un intento semejante, ya que era la única cosa que importaba: era la esencia del mundo de aquellos chamanes, un mundo que los modernos practicantes codiciaban más que cual­quier otra cosa imaginable.

El sentido de ánimo que emana de las citas de Una realidad aparte no es algo que yo arreglara a propósito. Ese talante afloró con independencia de mis deseos y objetivos. Incluso podría decir que era lo opuesto a lo que tenía en mente. Era el misterioso resorte de la rueda del tiempo que, oculto en el texto del libro, se había activado súbitamente adquiriendo un estado de tensión: una tensión que dictaba la dirección de mis esfuerzos.

Mientras escribía Una realidad aparte podía afirmar, con toda honestidad, que estaba felizmente involucrado en un trabajo de campo antropoló­gico, al menos en lo que concernía a mis sentimientos acerca de mi trabajo. De hecho, mis sentimientos y pensamientos se encontraban tan alejados del mundo de los chamanes de la antigüedad como los del que más. Don Juan tenía una opinión diferente. Siendo un guerrero experimentado, sabía que yo no tenía ninguna posibilidad de sustraerme al magnetismo del intento que aquellos chamanes habían creado. Ya estaba inmerso en él, al margen de lo que creyera o deseara.

Ese estado de cosas desencadenó en mí una ansiedad subconsciente. No era una ansiedad que pudiera definir o localizar; ni siquiera estaba cons­ciente de ella. Impregnaba mis actos sin darme la posibilidad de detenerme conscientemente en ella o de buscarle una explicación. Volviendo la vista atrás, sólo puedo decir que estaba mortalmente asustado, aunque no podía determinar qué era lo que me asustaba.

Intenté analizar muchas veces esa sensación de temor, pero inmediatamente me sentía fatigado, aburrido. Al momento encontraba infundadas y superfluas mis indagaciones, y terminaba abando­nándolas. Le pregunté a don Juan sobre mi estado de ánimo. Quería su consejo, su opinión.

‑Sólo estás asustado ‑dijo‑. Eso es todo. No busques razones misteriosas para tu miedo. La razón misteriosa está justo delante de ti, a tu alcance. Es el intento de los chamanes del México antiguo. Estás tratando con su mundo, y ese mundo te muestra su rostro de vez en cuando. Por supuesto, no soportas esa visión. Tampoco yo podía soportarla en mi época. Ninguno de noso­tros la podía soportar.

‑¡Me está hablando con enigmas, don Juan!

‑Sí, de momento. Algún día te resultará claro. Por ahora es una estupidez intentar hablar de ello o darte explicaciones. Nada de lo que estoy inten­tando mostrarte tendría sentido. Cualquier banalidad inconcebible tendría infinitamente más sen­tido para ti en este momento.

Don Juan tenía razón. Todos mis temores estaban provocados por una banalidad de la que me avergonzaba entonces y todavía me avergüen­zo ahora: tenía miedo a ser poseído por el demo­nio. Tales temores me habían sido inculcados desde una edad muy temprana. Cualquier cosa inexplicable era, naturalmente, algo diabólico, algo maligno que buscaba destruirme.

Cuanto más profundas eran las explicaciones de don Juan acerca del mundo de los antiguos chamanes, mayor era mi sensación de que necesitaba protegerme. Esa sensación no era algo que pudie­ra expresarse con palabras. Más que una necesidad de proteger el yo, se trataba de la necesidad de proteger la veracidad y el innegable valor del mundo en el que vivimos los seres humanos. Mi mundo era para mí el único mundo reconocible. Si ese mundo era amenazado se producía en mí una reacción inmediata, una reacción que se manifes­taba en una clase de miedo que nunca sabré expli­car; un miedo que hay que haber sentido para poder captar su inmensidad. No era miedo a la muerte o al dolor. Era, más bien, algo inconmen­surablemente más profundo que eso. Era tan pro­fundo que cualquier practicante de chamanismo sería incapaz tan siquiera de conceptualizarlo.

‑Has llegado, tras un rodeo, a ponerte justo enfrente del guerrero ‑dijo don Juan.

Por aquel entonces ponía muchísimo énfasis en el concepto de guerrero. Decía que ser un guerrero era, por supuesto, mucho más que un mero concepto. Era un modo de vida, y ese modo de vida era lo único que podía detener el miedo y el único canal del que podía servirse un practicante para dejar circular libremente el flujo de su acti­vidad. Sin el concepto de guerrero era imposible superar los obstáculos del camino del conoci­miento.

Don Juan definía al guerrero como un lucha­dor por excelencia. Era un estado de ánimo, un talante propiciado por el intento de los chamanes de la antigüedad; un ánimo en el que cualquier hombre podía introducirse.

‑El intento de aquellos chamanes ‑dijo don Juan‑ era tan agudo, tan poderoso, que solidifi­caba la estructura de guerrero en quienquiera que lo pulsara, aun cuando no fuera consciente de ello.

Para los chamanes del México antiguo, el gue­rrero era, en síntesis, una unidad de combate tan afinada para la lucha en su entorno, tan extraordi­nariamente alerta que, en su forma más pura, no necesitaba nada superfluo para sobrevivir. Un guerrero no tenía necesidad de regalos, ni de ser apoyado con palabras o con actos, ni de recibir consuelo o incentivos. Todas esas cosas estaban incluidas en la propia estructura del guerrero. Dado que tal estructura estaba determinada por el intento de los chamanes del México antiguo, aquellos chamanes se aseguraron de incluir en ella cualquier cosa previsible. El resultado final era un luchador que luchaba solo y que extraía de sus propias silenciosas convicciones todo el impulso que precisaba para seguir adelante, sin quejas, sin necesidad de reconocimiento.

Personalmente, encontraba fascinante el con­cepto de guerrero, al tiempo que me parecía una de las cosas más aterradoras con las que jamás me había topado. Pensaba que, de adoptar ese concepto, llegaría a esclavizarme sin tener el tiempo o la disposición para protestar, analizar o quejarme. Quejarme había sido un hábito de toda mi vida y, la verdad, habría luchado con uñas y dientes con tal de no renunciar a él. Pensaba que quejarse era propio de un hombre sensible, valiente y directo que no titubea en defender sus actos ni en decir lo que le gusta y lo que le disgusta. Si todo eso iba a convertirse en un orga­nismo luchador, corría el riesgo de perder más de lo que podía soportar.

Eso era lo que pensaba por dentro. Y, sin embargo, codiciaba la dirección, la paz, la eficien­cia del guerrero. Una de las grandes ayudas que emplearon los chamanes del México antiguo para establecer el concepto de guerrero fue la idea de tomar nuestra muerte como compañera, como testigo de nuestros actos. Don Juan decía que en cuanto se acepta esta premisa, por muy livianamente que sea, se tiende un puente que salva el abismo entre nuestro mundo de los asuntos coti­dianos y algo que tenemos enfrente y que no tiene nombre; algo que está perdido en una niebla, que parece no existir; algo tan tremendamente difuso que no puede utilizarse como punto de referencia, pero que está allí, innegablemente presente.

Don Juan afirmaba que el único ser de la Tierra capaz de cruzar ese puente era el guerrero: silen­cioso en su lucha, imparable porque no tiene nada que perder, práctico y eficaz porque tiene todo que ganar.

Carlos Castaneda

Cuando Don Juan Matus abandonó este mundo

El hecho de no ver nunca más a don Juan no podía ser aliviado por ninguna pseudotarea. Naturalmente, lo primero que hice fue suplicarle que me llevara con él.

‑No estás preparado todavía ‑respondió‑. Seamos realistas.

‑Pero podría prepararme en un abrir y cerrar de ojos, ‑le aseguré.

-No insistas. Insistir no cabe en el mundo de los guerreros.

Relatos de poder lleva la marca de mi caída definitiva. En la época en la que tuvieron lugar los acontecimientos que se narran en el libro sufrí una profunda sacudida emocional, la crisis del guerrero. Don Juan Matus abandonó este mundo dejando a sus cuatro aprendices en él. Don Juan se dirigió a cada uno de esos aprendices y les asignó una tarea. A mí, aquella tarea me parecía un placebo que carecía del más mínimo significado en comparación con aquella pérdida.

El hecho de no ver nunca más a don Juan no podía ser aliviado por ninguna pseudotarea. Naturalmente, lo primero que hice fue suplicarle que me llevara con él.

‑No estás preparado todavía ‑respondió‑. Seamos realistas.

‑Pero podría prepararme en un abrir y cerrar de ojos, ‑le aseguré.

‑No lo dudo. Estarías preparado, pero no para mí. Yo exijo una eficacia perfecta. Exijo un intento impecable y una disciplina impecable. Tú aún no los tienes. Los tendrás, te estás acercando; pero todavía no has llegado.

‑Usted tiene el poder de llevarme, don Juan, aunque yo no esté a punto y sea imperfecto.

‑Supongo que sí; pero no lo haré porque sería un vergonzoso desperdicio. Lo perderías todo, créeme. No insistas. Insistir no cabe en el mundo de los guerreros.

Aquella afirmación bastó para detenerme. Pero en mi fuero interno, sin embargo, anhelaba irme con él, aventurarme más allá de los límites de todo lo que conocía como normal y real.

Cuando llegó el momento en que abandonó efectivamente el mundo, don Juan se convirtió en una especie de coloreada y vaporosa luminosidad. Era pura energía, fluyendo libremente en el universo. En ese momento mi sensación de pérdida fue tan intensa que quise morir. Prescindí de todo lo que don Juan había dicho y, sin dudarlo, me arrojé a un precipicio. Pensaba que si hacía eso, don Juan estaría obligado a llevarme consigo y a salvar cualquier ápice de conciencia que me quedara, muerto y todo.

Pero por razones que me resultan inexplica­bles, tanto desde las premisas de mi cognición nor­mal como desde la cognición del mundo de los chamanes, no morí. Me quedé solo en el mundo cotidiano, mientras que los tres componentes de mi grupo se dispersaron por el mundo. Era un des­conocido para mí mismo, lo que hacía que mi sole­dad fuera más intensa que nunca. Me veía a mí mismo como un infiltrado, como una especie de espía que don Juan había dejado atrás impelido por oscuras razones.

Carlos Castaneda

Un Camino con Corazón

El único inconveniente de tan magnífico cuadro es que para penetrar en las maravillas de este mundo, o en las maravillas de cualquier otro mundo, un hombre necesita ser un guerrero: sereno, recogido, indiferente, templado por los embates de lo desconocido. Tú aún no tienes ese temple. Tu deber es, por tanto, buscar esa plenitud antes de poder siquiera hablar de aventurarte en el infinito.

Las citas tomadas del texto de Relatos de poder muestran la cualidad desconocida del mundo; no del mundo de los chamanes, sino del mundo de la vida cotidiana, que es, según don Juan, tan rico y misterioso como el que más. Lo único que necesitamos para captar las maravillas de este mundo de la vida cotidiana es tener el suficiente desapego. Pero, más que desapego, lo que necesitamos es tener el afecto y el abandono suficientes.

‑Un guerrero debe amar este mundo ‑me había advertido don Juan‑, para que este mundo que parece tan corriente se abra y revele sus mara­villas.

Cuando formuló esta afirmación nos hallábamos en el desierto de Sonora.

‑Es una sensación sublime ‑dijo‑ estar en este desierto maravilloso, contemplando sus picos escabrosos de aquello que parecen montañas y que, en realidad, son formaciones de lava de volcanes desaparecidos hace largo tiempo. Es una sensación gloriosa descubrir que algunas de esas pepitas de obsidiana se formaron a unas temperaturas tan elevadas que todavía conservan la marca de su origen. Tienen muchísimo poder. Es algo soberbio vagar sin rumbo por aquellos picos escarpados y encontrar súbitamente un trozo de cuarzo capaz de captar las ondas de radio. El único inconveniente de tan magnífico cuadro es que para penetrar en las maravillas de este mundo, o en las maravillas de cualquier otro mundo, un hombre necesita ser un guerrero: sereno, recogido, indiferente, templado por los embates de lo desconocido. Tú aún no tienes ese temple. Tu deber es, por tanto, buscar esa plenitud antes de poder siquiera hablar de aventurarte en el infinito.

Carlos Castaneda

ADVERTENCIA

La brujería es el uso especializado de la energía -dijo, y como yo no respondí, siguió explicando-. Ver la brujería desde el punto de vista del hombre común y corriente es ver o bien una idiotez o un insondable misterio, que está fuera de nuestro alcance. Y, desde el punto de vista del hombre común y corriente, esto es lo cierto, no porque sea un hecho absoluto, sino porque el hombre común y corriente carece de la energía necesaria para tratar con la brujería.

ADVERTENCIA

Desde que por vez primera se publicó mi trabajo, me han preguntado si mis libros son ficción. Y yo he manifestado continuamente que lo que he hecho en mis libros es describir fielmente las diferentes facetas de un método de instrucción utilizado por don Juan Matus -un indio mexicano brujo- para enseñarme a comprender el mundo en términos de un grupo de premisas que él llamaba brujería.

El aprender a manejar de manera inteligente el mundo de la vida cotidiana, nos toma años de adiestramiento. Nuestra preparación, ya sea en el razonamiento mundano o en temas especializados, es muy rigurosa, porque el conocimiento que se nos trata de impartir es muy complejo. Idéntico criterio puede aplicarse al mundo de los brujos; sus métodos de enseñanza, los cuales dependen de la instrucción oral y de la manipulación de la conciencia de ser, aunque diferentes de los nuestros, son igualmente rigurosos, puesto que su conocimiento es tan, o hasta quizás más, complejo que el nuestro.

En varias ocasiones, a fin de ayudarme, don Juan trató de poner nombre a su conocimiento. El creía que el nombre más apropiado era nagualismo, pero que el término era demasiado oscuro. Llamarlo simplemente “conocimiento” lo encontraba muy vago, y llamarlo “hechicería”, sumamente erróneo. “La maestría del intento” y “la búsqueda de la libertad total” tampoco le gustaron por ser términos abstractos en exceso, demasiado largos y metafóricos. Incapaz de encontrar un término adecuado optó por llamarlo “brujería”, aunque admitiendo lo inexacto que era.

En el transcurso de los años, don Juan me dio diversas definiciones de lo que es la brujería, sosteniendo siempre que las definiciones cambian en la medida que el conocimiento aumenta. Hacia el final de mi aprendizaje, me pareció que estaba yo en condiciones de apreciar una definición tal vez más compleja o más clara que las que ya había recibido.

Carlos Castaneda

Las enseñanzas de don Juan

 “El miedo al conocimiento es natu­ral; todos lo experimentamos, y no podemos ha­cer nada al respecto. Pero por temible que sea el aprendizaje, es más terrible la idea de un hombre sin conocimiento”

La esencia de todo cuanto me dijo don Juan al principio de mi aprendizaje se halla encapsulada en la naturaleza abstracta de estas citas, seleccio­nadas del primer libro, Las enseñanzas de don Juan. En la época en que se produjeron los hechos que se describen en el libro, don Juan hablaba mucho de aliados, de plantas de poder, de Mezcalito, del humito, del viento, de los espíritus de los ríos y los montes, del espíritu del chaparral, etcétera. Cuando más adelante le recordé la importancia que había dado a aquellos elementos y le pregunté que por qué no hablaba ya de ellos, admitió sin rubor que me había soltado toda aquella palabrería pseudoindia al principio de mi aprendizaje por mi bien.

Me quedé estupefacto. Me pregunté cómo podía afirmar tal cosa que, obviamente, era falsa. Resultaba evidente que lo decía con sinceridad, y si había alguien capacitado para juzgar la veracidad de sus palabras y de sus estados de ánimo, ése era yo.

‑No te lo tomes tan en serio ‑dijo, riendo‑. Disfruté mucho contándote todas esas bobadas, y aún disfruté más porque sabía que lo hacía por tu bien.

‑ ¿Por mi bien, don Juan? ¿Qué aberración es ésta?

‑Sí, por tu bien. Te engañé dirigiendo tu atención sobre elementos de tu mundo que te provocaban una profunda fascinación, y tú te tragaste el anzuelo, el sedal y la plomada.

»Lo único que me hacía falta era captar toda tu atención. Pero ¿cómo podría haberlo hecho cuando tenías un espíritu tan poco disciplinado? Tú mismo me repetías una y otra vez que permanecías conmigo porque encontrabas fascinante lo que yo decía sobre el mundo. Lo que no sabías expresar era que la fascinación que sentías se debía a que apenas reconocías vagamente cada elemento del que te hablaba. Por supuesto, pensabas que aque­lla vaguedad era chamanismo, y te atrajo, lo que quiere decir que te quedaste.

‑ ¿Le hace eso a todos, don Juan?

‑No a todos, porque no todos vienen a mí y, sobre todo, porque no me intereso por cualquie­ra. Estuve y estoy interesado en ti, sólo en ti. Mi maestro, el nagual Julián, me engañó de un modo similar. Me engañó a causa de mi sensuali­dad y mi avaricia. Me prometió conseguirme todas las mujeres bonitas que lo rodeaban y me prometió cubrirme de oro. Me prometió una for­tuna, y caí en la trampa. Todos los chamanes de mi linaje han sido engañados de ese modo des­de tiempo inmemorial. Los chamanes de mi lina­je no son maestros o gurús. Les importa un comino enseñar su conocimiento. Quieren here­deros para su conocimiento, no gente vagamente interesada en su conocimiento por razones inte­lectuales.

Don Juan tenía razón cuando dijo que me había atrapado con su artimaña. Yo creía que ha­bía encontrado al chamán informante ideal al que todo antropólogo aspira. Fue en esta época cuan­do, bajo los auspicios de don Juan y debido a su influencia, escribí diarios y recolecté viejos mapas que mostraban los sitios de los pueblos de los indios yaqui a lo largo de los siglos, comen­zando por las crónicas de los jesuitas de finales del siglo XVIII. Registraba todos esos sitios e identificaba los cambios más sutiles, y me pre­guntaba y sopesaba por qué se trasladaban los pueblos a otros lugares y por qué se disponían de forma ligeramente distinta cada vez que se reubicaban.

Las pseudoespeculaciones sobre la razón, y las dudas razonables, me abrumaban. Recopilé miles de páginas llenas de posibilidades y notas abrevia­das, extraídas de libros y de crónicas. Era un perfecto estudiante de antropología. Don Juan me ani­maba en mi fantasía tanto como podía.

‑No hay voluntarios en el camino del guerre­ro ‑me dijo don Juan a guisa de explicación‑. Un hombre ha de ser forzado a seguir el camino del guerrero en contra de su voluntad.

‑ ¿Y qué hago con las miles de notas que reco­pilé a causa de sus engaños, don Juan? ‑le pre­gunté entonces.

Su respuesta me conmocionó.

‑ ¡Escribe un libro sobre ellas! ‑respon­dió‑. De todos modos, seguro que si empiezas a escribirlo nunca las utilizarás. Son inútiles; pero ¿quién soy yo para decírtelo? Averígualo por ti mismo. Sin embargo, no te propongas escribir un libro como lo haría un escritor. Proponte hacerlo como un guerrero, como un chamán guerrero.

‑ ¿Qué quiere decir con eso, don Juan?

‑No lo sé. Averígualo por ti mismo.

Tenía toda la razón. Nunca utilicé aquellas notas. En cambio, y sin que yo lo pretendiera, me encontré escribiendo acerca de la existencia de un sistema de cognición diferente y de sus inconcebi­bles posibilidades.

Citas de Las enseñanzas de don Juan

El poder reside en el tipo de conocimiento que uno posee. ¿Qué sentido tiene conocer cosas inútiles? Eso no nos prepara para nuestro inevitable encuentro con lo desconocido.

Nada en este mundo es un regalo. Lo que ha de aprenderse debe aprenderse arduamente.

Un hombre va al conocimiento como va a la guerra: bien despierto, con miedo, con respeto y con absoluta confianza. Ir de cualquier otra forma al conocimiento o a la guerra es un error, y quien lo cometa puede correr el riesgo de no sobrevivir para lamentarlo.

Cuando un hombre ha cumplido estos cuatro requisitos ‑estar bien despierto, y tener miedo, respeto y absoluta confianza‑ no hay errores por los que deba rendir cuentas; en tales condiciones, sus acciones pierden la torpeza de las acciones de un necio. Si un hombre así fracasa o sufre una derrota, no habrá perdido más que una batalla, y eso no le provocará lamentaciones lastimosas.

Ocuparse demasiado de uno mismo produce una terrible fatiga. Un hombre en esa posición está ciego y sordo a todo lo demás. La fatiga misma le impide ver las maravillas que lo rodean.

Cada vez que un hombre se propone aprender tiene que esforzarse como el que más, y los límites de su aprendizaje están determinados por su propia naturaleza. Por tanto, no tiene sentido hablar del conocimiento. El miedo al conocimiento es natu­ral; todos lo experimentamos, y no podemos ha­cer nada al respecto. Pero por temible que sea el aprendizaje, es más terrible la idea de un hombre sin conocimiento.

Enfadarse con la gente significa que uno consi­dera que los actos de los demás son importantes. Es imperativo dejar de sentir de esa manera. Los actos de los hombres no pueden ser lo suficiente­mente importantes como para contrarrestar nues­tra única alternativa viable: nuestro encuentro inmutable con el infinito.

Cualquier cosa es un camino entre un millón de caminos. Por tanto, un guerrero siempre debe tener presente que un camino es sólo un camino; si siente que no debería seguirlo, no debe perma­necer en él bajo ninguna circunstancia. Su decisión de mantenerse en ese camino o de abandonarlo debe estar libre de miedo o ambición. Debe obser­var cada camino de cerca y de manera deliberada. Y hay una pregunta que un guerrero tiene que hacerse, obligatoriamente: ¿Tiene corazón este camino?

Todos los caminos son lo mismo: no llevan a ninguna parte. Sin embargo, un camino sin cora­zón nunca es agradable. En cambio, un camino con corazón resulta sencillo: a un guerrero no le cuesta tomarle gusto; el viaje se hace gozoso; mientras un hombre lo sigue, es uno con él.

Existe un mundo de felicidad donde no hay diferencia entre las cosas porque en él no hay nadie que pregunte por las diferencias. Pero ése no es el mundo de los hombres. Algunos hombres tienen la arrogancia de creer que viven en dos mundos, pero eso es pura arrogancia. Hay un único mundo para nosotros. Somos hombres, y debemos transitar con alegría el mundo de los hombres.

El hombre tiene cuatro enemigos naturales: el miedo, la claridad, el poder y la vejez. El miedo, la claridad y el poder pueden superarse, pero no la vejez. Su efecto puede ser pospuesto, pero nunca vencido.

Carlos Castaneda

 

Un guerrero ya se considera muerto, así que no tiene nada que perder. Lo peor ya le ha pasado

 Una regla básica para el guerrero es que toma sus decisiones con tanto cuidado que nada de lo que pueda ocurrir como resultado es capaz de sorprenderlo; mucho menos, de menguar su poder.

Relatos de poder lleva la marca de mi caída definitiva. En la época en la que tuvieron lugar los acontecimientos que se narran en el libro sufrí una profunda sacudida emocional, la crisis del guerrero. Pero por razones que me resultan inexplica­bles, tanto desde las premisas de mi cognición nor­mal como desde la cognición del mundo de los chamanes, no morí. Me quedé solo en el mundo cotidiano, mientras que los tres componentes de mi grupo se dispersaron por el mundo. Era un des­conocido para mí mismo, lo que hacía que mi sole­dad fuera más intensa que nunca.

He pasado treinta y cinco años de mi vida bus­cando la madurez del guerrero. He ido a lugares que desafían toda descripción, buscando esa sen­sación de temple ante los embates de lo desconocido. Me fui discretamente, sin anunciarlo, y re­gresé del mismo modo. El trabajo de los guerreros es silencioso y solitario, y cuando los guerreros se van o regresan, lo hacen tan inadvertidamente que nadie repara en ello. Buscar la madurez del guerrero de cualquier otro modo sería ostentoso y, por tanto, inadmisible.

Las citas de Relatos de poder me trajeron vivamente el recuerdo de que el intento de los chama­nes que vivieron en México en tiempos remotos seguía funcionando impecablemente. La rueda del tiempo se movía inexorablemente a mi alrededor, obligándome a mirar en surcos de los que no es posible hablar y mantener la coherencia.

‑Baste decir ‑me dijo don Juan en una oca­sión‑ que la inmensidad del mundo, ya sea el mundo de los chamanes o el de los hombres corrientes, es tan evidente que únicamente una aberración nos impediría percibirla. Intentar explicar a unos seres aberrantes lo que es andar extra­viado por los surcos de la rueda del tiempo es la cosa más absurda que podría emprender un guerrero. En consecuencia, el guerrero se asegura de que sus viajes sean propiedad únicamente de su condición de guerrero.

Citas de Relatos de poder:

La confianza del guerrero no es la confianza del hombre corriente. El hombre corriente busca la certeza en los ojos del espectador y llama a eso confianza en sí mismo. El guerrero busca la impecabilidad en sus propios ojos y llama a eso humildad. El hombre corriente está enganchado a sus semejantes, mientras que el guerrero sólo está enganchado al infinito.

El único camino posible para un guerrero es actuar consistentemente y sin reservas. En un momento dado, sabe lo suficiente del camino del guerrero como para actuar en consecuencia, pero sus viejos hábitos y rutinas pueden interponerse en su camino.

Para que un guerrero tenga éxito en cualquier empresa, el éxito debe llegar suavemente; con mucho esfuerzo, pero sin tensión ni obsesiones.

Cambiar nuestra idea del mundo es la clave del chamanismo. Y parar el diálogo interno es la única forma de lograrlo.

Cuando un guerrero aprende a parar su diálo­go interno todo es posible; hasta los proyectos más descabellados se vuelven factibles.

Un guerrero acepta su suerte, sea cual sea, y la acepta con total humildad. Se acepta a sí mismo con humildad, tal como es; no como base para lamentarse, sino como un desafío vital.

La humildad del guerrero no es la humildad del mendigo. El guerrero no humilla la cabeza ante nadie y, al mismo tiempo, tampoco permite que nadie humille la cabeza ante él. El mendigo, en cambio, enseguida se arrodilla y se arrastra por los suelos ante cualquiera que considere más encumbrado, pero también exige que alguien aún más inferior haga lo mismo con él.

Descanso, refugio, miedo: todo ello no son más que palabras creadoras de estados de ánimo que hemos aprendido a aceptar sin tan siquiera cuestionarnos su valor.

Nuestros semejantes son magos negros. Y quienquiera que esté con ellos es también un mago negro sin más. Piensa un momento. ¿Puedes desviarte de la senda que tus semejantes han traza­do para ti? Mientras permaneces con ellos, tus acciones y pensamientos están fijados para siempre en sus términos. Eso es esclavitud. El guerrero, en cambio, está libre de todo eso. La libertad es cara, pero el precio no es imposible de pagar. Así que teme a tus captores, a tus amos. No desperdicies tu tiempo y tu poder en temer a la libertad.

Lo malo de las palabras es que nos hacen sen­tirnos iluminados; pero cuando nos damos la vuelta para enfrentarnos al mundo, siempre nos fallan y terminamos enfrentándonos al mundo como siempre: sin iluminación. Por esta razón, un guerrero busca actuar en vez de hablar, y para ello obtiene una nueva descripción del mundo, una descripción en la que hablar no es tan importante y en la que los actos nuevos conllevan reflexiones nuevas.

Un guerrero ya se considera muerto, así que no tiene nada que perder. Lo peor ya le ha pasado; por tanto, se siente tranquilo y sus pensamientos son claros. Nadie que lo juzgase por sus actos o por sus palabras podría jamás sospechar que lo ha presenciado todo.

El conocimiento es un asunto de lo más pecu­liar, especialmente para un guerrero. El conocimiento, para un guerrero, es algo que, súbitamen­te, llega, lo envuelve y luego sigue de largo.

El conocimiento llega a un guerrero flotando como motas de polvo de oro, el mismo polvo que cubre las alas de las polillas. Así pues, para un gue­rrero, el conocimiento es como darse una ducha o recibir una lluvia de motas de polvo de oro os­curo.

Siempre que el diálogo interno cesa, el mundo se desploma y afloran extraordinarias facetas nuestras, como si hubieran estado celosamente guardadas por nuestras palabras.

Un guerrero debe cultivar el sentimiento de que tiene cuanto necesita para ese viaje extrava­gante que es su vida. Lo que cuenta para un gue­rrero es estar vivo. La vida es suficiente y comple­ta en sí misma, y por sí misma se explica.

Por eso puede uno decir, sin presunción, que la experiencia de las experiencias es estar vivo.

Ser un guerrero no es sólo cuestión de desear­lo. Es más bien una lucha interminable que segui­rá hasta el último instante de nuestras vidas. Nadie nace guerrero, como nadie nace hombre corriente. Somos nosotros quienes nos hacemos lo uno o lo otro.

Los seres humanos no son objetos; no tienen solidez. Son seres redondos, luminosos; no tienen lí­mites. El mundo de los objetos y de la solidez no es más que una descripción que fue creada para ayudarlos, para facilitar su paso por la Tierra.

Su razón hace que los seres humanos olviden que la descripción del mundo es tan sólo una des­cripción, y antes de que se den cuenta, han atrapa­do la totalidad de sí mismos en un círculo vicioso del cual raramente escapan durante su vida.

Los seres humanos son perceptores, pero el mundo que perciben es una ilusión: una ilusión creada por la descripción que les contaron desde el momento mismo en que nacieron.

Así pues, el mundo que su razón quiere soste­ner es, en esencia, un mundo creado por una descripción que tiene reglas dogmáticas e inviolables, reglas que su razón aprende a aceptar y a defender.

La diferencia básica entre un hombre corrien­te y un guerrero es que para un guerrero todo es como un desafío, mientras que para un hombre corriente todo es como una bendición o una maldición.

La carta ganadora del guerrero es que cree sin creer. Pero, obviamente, un guerrero no puede decir simplemente que cree y dejar las cosas ahí. Eso resultaría demasiado fácil. Sólo creer, sin más, le libraría de examinar su situación. Siempre que un guerrero se implica con alguna creencia, lo hace porque ésa es su elección. Un guerrero no cree; un guerrero tiene que creer.

La muerte es el ingrediente indispensable del tener que creer. Sin la conciencia de la muerte, todo es ordinario, trivial. Sólo porque la muerte lo acecha es por lo que un guerrero tiene que creer que el mundo es un misterio insondable. Tener que creer de este modo es la expresión de la más íntima predilección del guerrero.

El hombre corriente es consciente de todo sólo cuando piensa que debería serlo; la condición de un guerrero, en cambio, es ser consciente de todo en todo momento.

Una regla básica para el guerrero es que toma sus decisiones con tanto cuidado que nada de lo que pueda ocurrir como resultado es capaz de sor­prenderlo; mucho menos, de menguar su poder.

Cuando un guerrero toma la decisión de pasar a la acción, debería estar dispuesto a morir. Si está dispuesto a morir, no habrá tropiezos, ni sorpre­sas desagradables, ni actos innecesarios. Todo encajará suavemente en su sitio porque no espera nada.

Un guerrero, como maestro, debe enseñar ante todo la posibilidad de actuar sin creer y sin esperar recompensa; de actuar porque sí. Su éxito como maestro depende de lo bien y lo armoniosamente que guíe a sus pupilos en este aspecto específico.

El guerrero, como maestro, enseña tres técni­cas a su pupilo para ayudarle a borrar su historia personal: perder la propia importancia personal, asumir la responsabilidad de los propios actos y utilizar a la muerte como consejera. Sin el efecto benéfico de estas tres técnicas, el borrar la historia personal le hace a uno furtivo, evasivo e innecesa­riamente dudoso de sí mismo y de sus acciones.

Un guerrero reconoce su dolor pero no se entrega a él. El guerrero que se adentra en lo desconocido no tiene el ánimo triste; por el contrario, está alegre porque se siente humilde ante su gran fortuna, porque confía en su espíritu impecable y, sobre todo, porque es plenamente consciente de su eficacia. La alegría de un guerrero le viene de ha­ber aceptado su destino y de haber evaluado en verdad lo que tiene delante.

Carlos Castaneda

 

El camino del guerrero lo es todo. Es el arquetipo de la salud física y mental

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No puedo explicarlo de ningún otro modo. El hecho de que los chamanes del México antiguo creasen una estructura así significa para mí que habían alcanzado la cima de su poder, la cumbre de su felicidad, la cúspide de su júbilo.

Mientras me hallaba escribiendo Viaje a Ixtlán reinaba en el ambiente un estado de ánimo de lo más misterioso. Don Juan Matus estaba aplicando algunas medidas extremadamente prácticas a mi conducta cotidiana. Había diseñado algunas pautas que yo debía seguir rigurosamente. Eran tres tareas que apenas se relacionaban vagamente con mi mundo cotidiano o con cualquier otro mundo. Quería que en mi vida cotidiana me esforzara en borrar mi historia personal por todos los medios concebibles. Luego quería que terminara con mis rutinas y, finalmente, que desterrara mi sentimiento de importancia personal.

‑¿Cómo voy a lograr todo eso, don Juan? ‑le pregunté.

‑No tengo ni idea ‑respondió‑. Ninguno de nosotros tiene idea de cómo hacerlo de una forma práctica y eficaz. Con todo, si empezamos el trabajo, lo concluiremos sin saber siquiera qué fue lo que vino a ayudarnos.

»La dificultad que encuentras es la misma que yo encontré ‑prosiguió‑. Te aseguro que nues­tra dificultad nace del hecho de que, en nuestras vidas, carecemos por completo de la idea que nos incitaría a cambiar. Cuando mi maestro me enco­mendó esta tarea, todo lo que necesité para llevar­la a cabo fue la idea de que podía lograrse. Una vez que tuve la idea, la realicé sin saber cómo. Te reco­miendo que hagas lo mismo.

Me lancé a las quejas más retorcidas, argumen­tando que yo era un científico social acostum­brado a directrices prácticas y consistentes, no a vaguedades que dependían más de soluciones mágicas que de medios prácticos.

‑Dilo que quieras ‑me respondió don Juan, riéndose‑. Cuando termines de quejarte, olvida tus remilgos y haz lo que te he dicho que hagas.

Don Juan tenía razón. Todo lo que necesité o, mejor dicho, lo único que necesitó una parte no evidente y misteriosa de mí fue la idea. El «yo» que había conocido durante toda mi vida necesitaba infinitamente más que una idea: necesitaba entrena­miento, estímulo, dirección. Me sentí tan intrigado por mi éxito que la tarea de borrar mis rutinas, per­der mi importancia personal y abandonar mi histo­ria personal se convirtió en un auténtico placer.

‑Estás justo enfrente del camino del guerre­ro ‑dijo don Juan a modo de explicación por mi misterioso logro.

Don Juan había guiado lenta y metódicamen­te mi conciencia para que se enfocara cada vez más intensamente en una elaboración abstracta del concepto de guerrero, una elaboración que llama­ba el camino del guerrero o la senda del guerrero. Me explicó que el camino del guerrero era un armazón de ideas establecido por los chamanes del México antiguo. Tal construcción derivaba de la capacidad que tenían aquellos chamanes de ver la energía tal como fluye libremente en el universo. Por esa razón, el camino del guerrero era un soberbio conglomerado de hechos energéticos, de verdades irreductibles determinadas exclusiva­mente por la dirección del flujo de energía del uni­verso. Don Juan afirmaba categóricamente que no había nada en esa estructura que pudiera objetarse, nada que pudiera ser cambiado. Era una estructura perfecta en sí misma y por sí misma, y cualquiera que seguía ese camino se veía acorralado por hechos energéticos que no admitían discusión ni especulaciones acerca de su función o valía.

Don Juan decía que aquellos antiguos chama­nes lo llamaron el camino del guerrero porque su estructura abarcaba todas las posibilidades vitales que un guerrero podía hallar en la senda del cono­cimiento. Aquellos chamanes fueron absoluta­mente meticulosos y metódicos en la búsqueda de tales posibilidades. De hecho, según don Juan, fueron capaces de incluir en su estructura abstrac­ta todo lo humanamente posible.

Don Juan comparaba el camino del guerrero con una estructura, siendo cada uno de los elemen­tos de esta estructura un dispositivo de sustenta­ción cuya única función consistía en sostener la psique del guerrero en su papel de chamán inicia­do, y así facilitar sus movimientos y dotarlos de significado. Afirmaba, de manera inequívoca, que el camino del guerrero era una construcción esen­cial sin la cual los chamanes iniciados naufragarían en la inmensidad del universo.

Don Juan decía que el camino del guerrero era la obra maestra de los chamanes del México antiguo. Lo consideraba su aporte más importante, la esencia de su sobriedad.

‑¿Es el camino del guerrero tan abrumadora­mente importante, don Juan? ‑le pregunté en una ocasión.

‑Decir «abrumadoramente importante» es un eufemismo. El camino del guerrero lo es todo. Es el arquetipo de la salud física y mental. No puedo explicarlo de ningún otro modo. El hecho de que los chamanes del México antiguo creasen una es­tructura así significa para mí que habían alcanzado la cima de su poder, la cumbre de su felicidad, la cúspide de su júbilo.

Dado el nivel de aceptación o rechazo pragmáticos en el que me creía sumergido en aquella época, abrazar completamente y sin prejuicios la senda del guerrero me resultaba poco menos que una imposibilidad. Cuanto más hablaba don Juan de la senda del guerrero más intensa era mi sensa­ción de que lo que realmente maquinaba era derrumbar todo mi equilibrio.

Don Juan me guiaba, por tanto, de un modo encubierto. Sin embargo, su guía se evidencia con meridiana claridad en las citas extraídas de Viaje a Ixtlán. Don Juan se había abalanzado velozmente sobre mí a pasos agigantados sin que yo me diera cuenta, hasta que repentinamente sentí su aliento en la nuca. Pensaba una y otra vez que me hallaba a punto de aceptar de buena fe la existencia de otro sistema cognitivo; o, por el contrario, me sentía tan absolutamente indiferente que no me impor­taba que ocurriera de una forma u otra.

Por supuesto, siempre existía la posibilidad de salir huyendo de todo aquello, pero ésa no era una opción sostenible. De un modo u otro, la ayuda de don Juan, o bien mi intenso uso del concepto del guerrero, me habían endurecido hasta el punto de que no tenía ya tanto temor. Estaba atrapado, pero en realidad eso no cambiaba nada. Todo lo que sabía era que estaría allí con don Juan hasta el final.

Carlos Castaneda