El campo de batalla final

Es infinito mi agradecimiento por la suerte de haberme tropezado de bruces con las invencibles herramientas que el nagual Carlos Castaneda dejó para navegar en el universo. Está la Regla, la que reveló en diciembre de 1991. Está la recapitulación de Florinda la Grande gracias a la cual quienes lo conocimos podemos utilizarlo como puente para acceder al resto de los brujos y a todos los secretos de las veintisiete generaciones, incluido el Desafiante de la Muerte.

Está su  aviso, utilísimo en estos tiempos de ingeniería biológica: “La Mente es el Volador”. Gracias a su mapa podemos conocer un derrotero para alcanzar el mundo sutil, pues este mundo en el que usted lee ahora este texto, seguirá su curso, aunque tal vez se salve por carambola.

A lo largo de los cuarenta y seis capítulos anteriores he ido narrando los sucesos con la linealidad en la que ocurrieron en el tiempo, así como he ido señalando datos que, de manera sincrónica, íbamos obteniendo los protagonistas, de forma que el lector puede ir percibiendo y sintiendo, aunque sea sutilmente, el mismo estado de trance que los protagonistas sentimos en su momento: la perplejidad, el asombro, la ira, el desánimo, la euforia, el vacío, la concentración. Si pudiéramos acompañar al relato los ejercicios, los ayunos, las disciplinas, las dietas y las circunstancias, nos acercaríamos más al estado receptivo y acrítico con que seguíamos aquella corriente de energía. Y si a todo esto añadiéramos la presencia de los brujos, sus promesas, sus señalamientos personales a cada uno de los que estuvimos en su cercanía, sus ausencias y los eslogans del final del tiempo, de la ida sin retorno  a la segunda atención, de la desaparición porque el fuego interno les prendía, el panorama del trance en el que fuimos imbuidos estaría conseguido con cierta fidelidad.

La disonancia cognitiva que, con gran acierto, perseguían los brujos provocar en los grupos secretos anteriores a la época de la publicidad, de tal manera que el seguimiento conductual de una disciplina física, emocional e intelectiva, anulara la capacidad crítica en los aprendices, dejaba campo abierto para el señalamiento de un enemigo que mantenía en tensión continua al practicante: los voladores, presencias o entidades que constituían nuestra propia mente. Huir de nuestra propia mente provocaría, finalmente, un colapso, un vacío, del cual, con las mayores garantías, intentaría salir el protagonista asiéndose a lo que le infundiera una mínima confianza: el propio origen de la doctrina que había liberado al practicante de tamaño peligro. Es decir, el Nagual y sus brujos. Este esquema estructural se repite, con más o menos elegancia, en todos los grupos de control mental, religiosos, militares, políticos, mercantiles, deportivos y, en general, de cualquier tipo asociativo. Y este esquema estructural da pie a dos teorías, igual de conspiranoicas. Una teoría es la de que los seres humanos forman parte de una cadena depredatoria universal. En el universo conocido los seres vivos sobreviven gracias a que devoran de alguna manera a otros seres vivos situados en un nivel trófico inferior. Ahora bien, esta lectura no hay que hacerla sólo en el plano físico y testable, sino intersectando diversos planos invisibles a nuestra vista y a nuestros sentidos, pero en los que existen quienes nos depredan de la misma manera que nosotros criamos, matamos y comemos, por ejemplo, pollos, vacas o vegetales.

Los humanos pertenecen, pues, a la granja humana, viven en un humanero como las gallinas viven en un gallinero. Y ni los unos ni las otras son plenamente concientes. La segunda teoría es la de los memes. Como dije al principio, arranca de una idea de Richard Dawkins de los años setenta, que posteriormente ha ido siendo desarrollada por algunos evolucionistas modernos. Los memes son la contraparte intelectiva de los genes. El gen que forma a todos los seres vivos es el verdadero ser. Cada uno de los seres vivos son meras cáscaras, vehículos replicantes que sirven para portar a sus reales dueños que se reproducen masivamente con independencia de que sus portadores vivan bien o mal: los genes. El gen es un ser egoísta a quien sólo le interesa perdurar. El ser humano, como portador de su estructura genética, es un ser predeterminado a funcionar de una manera social dentro de la que deberá subsistir disciplinadamente. Su tarea es simple: reproducirse para perpetuar su estructura genética. El ser humano, así mismo, cree que dirige sus pensamientos, pero sus pensamientos, las ideas que maneja, siempre le vienen dadas. Todo lo más que puede hacer el ser humano es intentar reformarlas. Pero para que una idea se reforme ha de reformarse en el entorno que ha proporcionado esa idea al ser humano que pretende tal cosa. El ser humano, pues, es un punto en una red. Y en esa red las ideas circulan con independencia de quienes las piensan. También ahí, el ser humano es sólo un mandado: recibe, procesa y emite, más o menos, las mismas ideas recibidas.

Y si acaso alguna vez nos encontramos con una idea nueva, revolucionaria, lo más probable es que esa idea misma se haya desarrollado como una mutación genética. Las ideas, como los genes, mutan, y crecen y se reproducen las que tienen fuerza de supervivencia, las mejor adaptadas al medio, y desaparecen las que no soportan el medio. Hay una estructura básica en las ideas semejante al ADN genético, estructuras a partir de las cuales las ideas se reproducen con códigos propios dentro de su perímetro de control: son los memes, y son egoístas, y tampoco nos pertenecen del todo a los humanos. Los humanos somos puntos materiales e intelectuales a través de los que pasan corrientes de energía que funcionan por sí solas y nos obligan, en un gigantesco efecto marioneta, a movernos y actuar de determinada manera.

Esos memes son, pues, substancia invisible absolutamente ajena a nosotros. Esos memes son mente no humana, son mente social. Son como los “voladores” de Carlos Castaneda y su clan. En la literatura sobre memética se mantiene por los diversos autores que la cultivan, que Dios es un meme. Es el meme por excelencia dentro de la especie humana. Detrás de ese meme hay multitud de memes de grado inferior. Carlos Castaneda y sus brujos, que son en este caso con quienes hemos lidiado, descubrieron que esto es así, y tienen mecanismos de reacción operativos para escapar. Pero los memes, a su vez, tienen mecanismos de defensa y por eso siempre se producen inesperadas e inexplicables contrainformaciones. Ésa es la lucha.

Es infinito mi agradecimiento por la suerte de haberme tropezado de bruces con las invencibles herramientas que el nagual Carlos Castaneda dejó para navegar en el universo. Está la Regla, la que reveló en diciembre de 1991. Está la recapitulación de Florinda la Grande gracias a la cual quienes lo conocimos podemos utilizarlo como puente para acceder al resto de los brujos y a todos los secretos de las veintisiete generaciones, incluido el Desafiante de la Muerte. Está el Segundo Anillo de Poder, para utilizarlo después de su partida. Está su método de parar el diálogo interno, de hacer el silencio total y, por tanto, de frenar la dirección del tiempo para virarlo hacia donde convenga, atrás, a los lados, darle más prisa o enlentecerlo. Está su  aviso, utilísimo en estos tiempos de ingeniería biológica: “La Mente es el Volador”. Gracias a su mapa podemos conocer un derrotero para alcanzar el mundo sutil, pues este mundo en el que usted lee ahora este texto, seguirá su curso, aunque tal vez se salve por carambola.

Juan Morales

Carlos Castaneda y sus adláteres: “la mente es el volador”

Ahora quedan sus libros, esos manojos de información a los que él mismo quitaba últimamente importancia y emplazaba a tirarlos a la basura. Él estará, a buen seguro, navegando ya por los océanos sutiles de la conciencia, origen cierto y único e indestructible de este universo pobre y físico, batido por emociones, gozos y dolores, que arrumban al hombre a una situación de continua lucha.

El doce de diciembre de 1991 conocí a Carlos Castaneda, en Madrid, y sus enseñanzas significaron para mí la culminación del grado de sospecha con el que, por mi cuenta, me había confrontado a las formas occidentales de pensar y conocer el mundo.  No obstante, la experiencia con Carlos Castaneda fue asaz paradójica, pues, al parecer, tropecé con él en el periodo más desintegrador, desmitificador y ridículo de su trayectoria. Como resultado quedé, en el campo del pensamiento, huérfano de todo origen, laico, entumecido por la incoherencia de las formas de enfrentar el mundo, ya fuera pensando o sin pensar. Sin embargo, en toda esta aventura existencial fue tomando cuerpo una premisa rara, repetida últimamente por Carlos Castaneda y sus adláteres: “la mente es el volador”, enigmática afirmación que, para entenderla bien, exige una más detallada descripción de los hechos, de los encuentros y desencuentros con Castaneda, a fin de colmar la curiosidad de quienes gustamos de explicaciones que nos señalen un camino, o un instrumento descriptible, capaces de intervenir en la realidad modificándola.

Hay seres con entidad propia cuyo objetivo es perdurar utilizando los cuerpos de los seres en los que se manifiestan, como materia para inmortalizarse, como “hardware” que nace, crece, se reproduce y muere dando paso a nuevos replicantes. Los seres humanos, por ejemplo, son la materia dentro de la cual viven y se reproducen los “memes” que han logrado desarrollar las diversas ideas que esclavizan al hombre y que se organizan, como la materia viva, y se dividen en especies y subespecies, y buscan, a la postre, su propia supervivencia. Algunos humanos llevan ya ejercitando prácticamente las ventajas de controlar los “memes”, lo cual se puede entender en términos distintos como controlar la mente. Entre ellos está Carlos Castaneda y su grupo y un sinfín de comunidades de control mental que se encargan de sacar jugo pragmático a la substancia eidética hasta límites insospechados y a los cuales, alegre e inocentemente, catalogamos en Occidente de “sectas”.

Pero el conocimiento no depende de que las comunidades científicas o sociales lo permitan o no. Y desde luego, el conocimiento del que se habla en sus libros, a fuer de ser explícito, es un conocimiento como el de las artes marciales: sólo lo intenta refutar quien no lo ha visto, pero no quien lo ha vivido, porque ocurre. Y lo que es más importante: implica muchas y novedosas cosas para esta humanidad a punto de perderse en la inanidad y en la catástrofe, pero que, como siempre, seguro que se salva por carambola.

Juan Morales