LA EDUCACIÓN Y EL SIGNIFICADO DE LA VIDA ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia si ella nos conduce a la violencia y a la completa infelicidad?

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Nuestra educación presente está adaptada a la industrialización y la guerra, siendo su principal propósito desarrollar la eficiencia; y nosotros nos hallamos atrapados en esta maquinaria de competencia despiadada y destrucción mutua. Si la educación nos conduce a la guerra, si nos  enseña a destruir o ser destruidos, ¿no ha fracasado completamente?

Todos hemos sido preparados por la educación y el medio para buscar el provecho personal y la seguridad, y para luchar por nosotros mismos. Aunque lo disimulemos con frases agradables, hemos sido educados por las diversas profesiones, dentro de un sistema basado en la explotación y el temor adquisitivo. Una educación semejante debe traer inevitablemente confusión y desdicha para nosotros mismos y para el mundo, porque crea en cada individuo esas barreras psicológicas divisivas que lo mantienen separado de los demás.

La educación no es un mero asunto de adiestrar la mente. El adiestramiento, contribuye a la eficacia, pero no genera integración. Una mente que tan sólo ha sido adiestrada es la continuación del pasado, y una mente así jamás puede descubrir lo nuevo. Por eso, para averiguar qué es la verdadera educación, tendremos que investigar todo el significado del vivir.

Para la mayoría de nosotros, el significado de la vida como una totalidad no es de primordial importancia, y nuestra educación acentúa los valores secundarios, tornándonos peritos en alguna rama del conocimiento. Si bien el conocimiento y la eficiencia son necesarios, el hacer hincapié fundamental en ellos sólo da por resultado conflicto y confusión.

Existe una eficiencia que, inspirada en el amor, va mucho más allá y es más grande que la eficiencia de la ambición; y sin amor, que trae consigo una comprensión integrada de la vida, la mera eficiencia engendra crueldad. ¿No es esto, acaso, lo que actualmente está ocurriendo en todo el mundo? Nuestra educación presente está adaptada a la industrialización y la guerra, siendo su principal propósito desarrollar la eficiencia; y nosotros nos hallamos atrapados en esta maquinaria de competencia despiadada y destrucción mutua. Si la educación nos conduce a la guerra, si nos  enseña a destruir o ser destruidos, ¿no ha fracasado completamente?

Para dar origen a la verdadera educación, es obvio que debemos comprender el significado de la vida como una totalidad, y por eso tenemos que ser capaces de pensar, no consecuentemente, sino de manera directa y veraz. Un pensador consecuente es una persona irreflexiva, porque se ajusta a un modelo; repite frases y piensa conforme a una rutina. No podemos comprender la existencia de modo abstracto o teórico. Comprender la vida es comprendemos a nosotros mismos, y eso es tanto el principio como el fin de la educación.

La educación no consiste tan sólo en adquirir conocimientos, en reunir datos y correlacionarlos; es ver el significado de la vida como una totalidad. Pero lo total no puede ser abordado a través de la parte, que es lo que intentan hacer los gobiernos, las religiones organizadas y los partidos políticos autoritarios.

El objeto de la educación es crear seres humanos integrados y, por lo tanto, inteligentes. Podemos adquirir títulos y ser eficientes desde el punto de vista mecánico, sin que por eso seamos inteligentes. La inteligencia no es mera información; no se obtiene de los libros ni consiste en ingeniosas respuestas autoprotectoras y afirmaciones agresivas. Una persona que no ha estudiado puede ser más inteligente que una erudita. Hemos hecho de los exámenes y los títulos la norma de inteligencia, y hemos desarrollado mentes astutas que eluden las cuestiones humanas vitales. La inteligencia es la capacidad de percibir lo esencial, lo que es; y la educación consiste en despertar esta capacidad en uno mismo y en los demás.

La educación debe ayudarnos a descubrir valores perdurables, a fin de que no nos aferremos meramente a fórmulas ni repitamos eslóganes; debe ayudarnos a derribar nuestras barreras nacionales y sociales en vez de acentuarlas, porque engendran antagonismo entre los seres humanos. Desafortunadamente, el sistema actual de educación nos torna serviles, mecánicos y profundamente irreflexivos; si bien nos despierta intelectualmente, en lo interno nos deja incompletos, atontados y faltos de creatividad,

Sin una comprensión integrada de la vida, nuestros problemas intelectuales y colectivos sólo se ahondarán y extenderán. El propósito de la educación no es producir meros eruditos, técnicos y buscadores de empleos, sino seres humanos integrados y libres de miedo; porque únicamente entre seres humanos así puede haber paz duradera.

En la comprensión de nosotros mismos, el miedo llega a su fin. Si el individuo ha de abordar la vida de instante en instante, si ha de enfrentarse a sus complicaciones, a sus desdichas y exigencias repentinas, debe ser infinitamente flexible y, por ende, debe estar libre de teorías y patrones particulares de pensamiento.

La educación no ha de estimular al individuo para que se amolde a la sociedad ni para que se oponga a ella, sino que debe ayudarle a descubrir los verdaderos valores que se revelan con la investigación imparcial y la percepción de nosotros mismos. Cuando no hay conocimiento propio, la autoexpresión se vuelve autoafirmación, con todos sus conflictos ambiciosos y agresivos. La educación debe despertar la capacidad de conocernos a nosotros mismos y, de tal modo, no complacernos meramente en la gratificadora autoexpresión.

¿De qué sirve que aprendamos, si en el proceso del vivir nos destruimos a nosotros mismos? Como hemos tenido una serie de guerras devastadoras, una inmediatamente después de la otra, es obvio que hay algo radicalmente erróneo en el modo como educamos a nuestros hijos. Creo que casi todos nos damos cuenta de esto, pero no sabemos cómo afrontarlo.

Los sistemas, ya sea educativos o políticos, no cambian misteriosamente; se transforman cuando hay un cambio fundamental en nosotros mismos. Lo que tiene importancia básica es el individuo, no el sistema; y mientras el individuo no comprenda la totalidad de sí mismo, ningún sistema, de la izquierda o de la derecha, podrá traer orden y paz al mundo.

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KRISHNAMURTI  – LA EDUCACIÓN Y EL SIGNIFICADO DE LA VIDA – 2ª

LA EDUCACIÓN Y EL SIGNIFICADO DE LA VIDA – Ahora bien, ¿cuál es el significado de la vida?

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¿Para qué vivimos y luchamos? Si se nos educa tan sólo para lograr distinción social, para obtener un empleo mejor, para ser más eficientes, para ejercer un dominio más amplio sobre los demás, entonces nuestras vidas serán superficiales y vacías. Si se nos educa tan sólo para ser científicos, eruditos apegados a los libros, o especialistas adictos al conocimiento, estaremos contribuyendo a la destrucción y desdicha del mundo.

Cuando uno viaja alrededor del mundo, advierte hasta qué grado extraordinario la naturaleza humana es la misma, ya sea en la India o en América, en Europa o en Australia. Esto es especialmente cierto en colegios y universidades. Estamos produciendo, como por medio de un molde, un tipo de ser humano cuyo interés principal es encontrar seguridad, llegar a ser alguien importante, o divertirse con la mínima reflexión posible.

La educación convencional toma extremadamente difícil el pensar independiente. El amoldamiento nos condena a la mediocridad. Ser diferente del grupo o resistir el entorno no es fácil, y a menudo es peligroso en tanto rindamos culto al éxito. El impulso de triunfar, que implica perseguir la recompensa, ya sea en el mundo material o en la esfera así llamada espiritual, la búsqueda de seguridad interna o externa, el deseo de comodidades…todo este proceso sofoca el descontento, pone fin a la espontaneidad y engendra miedo; y el miedo bloquea la inteligente comprensión de la vida. Con el envejecimiento, sobreviene la insensibilidad de la mente y del corazón.

Al buscar bienestar, consuelo, encontramos por lo general un rincón tranquilo en la vida, y entonces tenemos miedo de salir de ese aislamiento. Este miedo a la vida, este miedo a la lucha y a una nueva experiencia, mata en nosotros el espíritu de aventura; toda nuestra crianza y educación nos han infundido temor a ser diferentes de nuestro prójimo, temor a pensar de modo contrario al patrón establecido de la sociedad, falsamente respetuoso de la autoridad y la tradición.

Afortunadamente, hay unos cuantos que son serios, que están dispuestos a examinar nuestros problemas humanos, sin el prejuicio de la derecha o de la izquierda; pero en la inmensa mayoría de nosotros, no hay un verdadero espíritu de descontento, de rebelión. Cuando sin comprender el entorno cedemos a él, cualquier espíritu de rebelión que pudiéramos haber tenido se extingue gradualmente y nuestras responsabilidades pronto le ponen fin.

La rebelión es de dos clases: está la rebelión violenta ―que es mera reacción, sin comprensión alguna- contra el orden existente; y está la profunda rebelión psicológica de la inteligencia. Hay muchos que se rebelan contra las ortodoxias establecidas, sólo para caer en nuevas ortodoxias, en más ilusiones y encubiertas autoindulgencias. Lo que por lo general sucede es que rompemos con un grupo o una serie de ideales y nos adherimos a otro grupo, adoptamos otros ideales, generando así un nuevo patrón de pensamiento contra el cual nuevamente tenemos que rebelarnos. La reacción sólo genera oposición, y la reforma necesita ulteriores reformas.

Pero hay una rebelión inteligente que no es reacción y que llega con el conocimiento propio mediante la percepción de nuestro propio pensar y sentir. Cuando nos enfrentamos a la experiencia tal como se presenta y no evitamos las perturbaciones, sólo entonces, mantenemos la inteligencia altamente despierta; y la inteligencia altamente despierta es discernimiento directo, el cual constituye la única guía verdadera en la vida.

Ahora bien, ¿cuál es el significado de la vida? ¿Para qué vivimos y luchamos? Si se nos educa tan sólo para lograr distinción social, para obtener un empleo mejor, para ser más eficientes, para ejercer un dominio más amplio sobre los demás, entonces nuestras vidas serán superficiales y vacías. Si se nos educa tan sólo para ser científicos, eruditos apegados a los libros, o especialistas adictos al conocimiento, estaremos contribuyendo a la destrucción y desdicha del mundo.

Si bien existe una más elevada y vasta significación de la vida, ¿qué valor tiene nuestra educación si no nos ayuda jamás a descubrirla? Podemos ser sumamente educados, pero si no hay en nosotros una integración profunda de pensamiento y sentimiento, nuestras vidas son incompletas, contradictorias, y se hallan atormentadas por múltiples temores; y en tanto la educación no cultive una perspectiva unificada de la vida, tendrá muy poca significación.

En nuestra civilización actual hemos dividido la vida en tantas secciones, que la educación tiene poco sentido excepto para aprender determinada técnica o profesión. En vez de despertar la inteligencia integrada del individuo, la educación le incita a amoldarse a un patrón determinado, y así está impidiendo que se comprenda a sí mismo como un proceso total. El intento de resolver los innumerables problemas de la existencia en sus respectivos niveles, separados como están en diversas categorías, denota una absoluta falta de comprensión.

El individuo está compuesto de diferentes entidades, pero acentuar las diferencias y estimular el desarrollo de un tipo definido de entidad, conduce a múltiples complejidades y contradicciones. La educación debe originar la integración de estas entidades separadas, porque sin integración la vida se convierte en una serie de conflictos y sufrimientos. ¿De qué vale que se nos eduque como abogados, si perpetuamos los litigios? ¿Qué valor tiene el conocimiento, si continuamos con nuestra confusión? ¿Qué significado tiene la capacidad técnica e industrial, si la usamos para destruirnos unos a otros? ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia si ella nos conduce a la violencia y a la completa infelicidad? Aunque podamos tener dinero y seamos capaces de ganarlo, aunque tengamos nuestros placeres y nuestras religiones organizadas, nos debatimos en un conflicto interminable.

Debemos distinguir entre lo personal y lo individual. Lo personal es lo accidental; por accidental entiendo las circunstancias del nacimiento, el entorno en el que nos tocó criamos, con su nacionalismo, sus supersticiones, sus diferencias de clase y sus prejuicios. Lo personal o accidental no es sino momentáneo, aunque ese momento pueda durar toda una vida; y como el actual sistema educativo se basa en lo personal, lo accidental, lo momentáneo, conduce a la perversión del pensamiento e inculca en nosotros los miedos autodefensivos.

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KRISHNAMURTI     – LA EDUCACIÓN Y EL SIGNIFICADO DE LA VIDA – 1ª

 

  •      Estamos produciendo, como por medio de un molde, un tipo de ser humano cuyo interés principal es encontrar seguridad, llegar a ser alguien importante, o divertirse con la mínima reflexión posible.
  •      La educación convencional toma extremadamente difícil el pensar independiente. El amoldamiento nos condena a la mediocridad.
  •      La rebelión es de dos clases: está la rebelión violenta ―que es mera reacción, sin comprensión alguna- contra el orden existente; y está la profunda rebelión psicológica de la inteligencia.
  •      Si bien existe una más elevada y vasta significación de la vida, ¿qué valor tiene nuestra educación si no nos ayuda jamás a descubrirla?
  •      Podemos ser sumamente educados, pero si no hay en nosotros una integración profunda de pensamiento y sentimiento, nuestras vidas son incompletas, contradictorias, y se hallan atormentadas por múltiples temores.
  •      En vez de despertar la inteligencia integrada del individuo, la educación le incita a amoldarse a un patrón determinado, y así está impidiendo que se comprenda a sí mismo como un proceso total.
  •      El individuo está compuesto de diferentes entidades, pero acentuar las diferencias y estimular el desarrollo de un tipo definido de entidad, conduce a múltiples complejidades y contradicciones.
  •      ¿De qué vale que se nos eduque como abogados, si perpetuamos los litigios?
  •      ¿Qué valor tiene el conocimiento, si continuamos con nuestra confusión?
  •      ¿Qué significado tiene la capacidad técnica e industrial, si la usamos para destruirnos unos a otros?
  •      ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia si ella nos conduce a la violencia y a la completa infelicidad?
  •      Aunque podamos tener dinero y seamos capaces de ganarlo, aunque tengamos nuestros placeres y nuestras religiones organizadas, nos debatimos en un conflicto interminable.

 

¿Cómo una mente embotada, un corazón insensible, puede tener relación con otra persona? Sólo una mente sensible, un corazón despierto al afecto, puede estar relacionado con algo

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Casi todos preferimos ocultarnos a nosotros mismos en la convivencia

Y la vida de relación será mero estímulo, un entretenimiento, mientras nos sirvamos de los demás como medio de satisfacción propia, o como una necesidad, para huir de nosotros mismos. Tal relación está llamada a ser un conflicto, un dolor; y algo que produce dolor deja de ser una distracción. Deseamos,por lo tanto, escapar a esa relación; y a esto le llamamos desapego.

Pregunta: A mí me parece que el movimiento de la vida se experimenta en la relación con las personas y las ideas. El desprenderse de tal estímulo implica vivir en un vacío deprimente. Yo necesito distracciones para sentirme vivir.

 

Krishnamurti: En esta pregunta está implícito el problema íntegro del desapego y la convivencia. Ahora bien, ¿por qué deseamos estar desligados? ¿Qué instinto es ese, que a la mayoría de nosotros nos hace querer apartarnos, estar desligados? Puede que, para casi todos nosotros, esa idea del desapego haya surgido porque tantos instructores religiosos nos han hablado acerca de ello. “Debéis desprenderos de todo para encontrar la realidad; debéis renunciar, debéis abandonarlo todo, y sólo entonces hallaréis la realidad”. ¿Pero es que en la convivencia podernos estar desligados? ¿Qué entendemos por convivencia? Tendremos, pues, que ahondar esta cuestión con cierto esmero.

Veamos ahora por qué tenemos esa reacción instintiva, esa constante propensión al desapego. Los diversos instructores religiosos han dicho: “Debéis estar desligados”. ¿Por qué? El problema, en primer lugar, es este “¿Por qué estamos apegados? “No se trata de saber estar desligados, sino por qué estáis apegados. Es seguro que si podéis hallar respuesta a eso, el problema del desapego no existe, ¿verdad? ¿Por qué estamos apegados a las atracciones, a las sensaciones, a las cosas de la mente o del corazón? Si podemos descubrir por qué estamos apegados, entonces, tal vez, hallaremos la respuesta justa, que no consiste en cómo lograr el desapego.

¿Por qué estáis apegados? ¿Y qué sucedería si no lo estuvierais? Si no estuvierais apegados a vuestro propio nombre, a vuestros bienes, a vuestra posición – ya lo sabéis, a todo ese cúmulo de cosas que forman vuestro “yo”; vuestros muebles, vuestro coche vuestras características e idiosincrasia, vuestras virtudes, creencias e ideas – ¿qué ocurriría? Si no estuvierais apegados a esas cosas, hallaríais que sois como la nada, ¿no es así? Si no estuvierais apegados a vuestras comodidades, a vuestra posición, a vuestra vanidad, os sentiríais súbitamente perdidos, ¿verdad? De modo que el temor a ese vacío, el temor a no ser nada, hace que os apaguéis a algo: vuestra familia, vuestro esposo o esposa, una silla, un automóvil, vuestro país; no importa lo que sea. El temor de no ser nada hace que uno se adhiera a algo; y el proceso de aferrarse implica conflicto, dolor. Porque aquello a que os aferráis no tarda en desintegrarse, en morir: vuestro coche, vuestra posición, vuestros bienes, vuestro esposo. Así, pues, en el proceso de retener hay dolor; y para evitar el dolor decimos que hay que estar desligado.

Examinaros a vosotros mismos, y veréis que ello es así. El miedo a la soledad, el miedo a no ser nada, el miedo al vacío, nos hace apegarnos a algo: a un país, a una idea, a un Dios, a alguna organización, a un Maestro, a una disciplina, a lo que os plazca. En el proceso de apego hay dolor; y, para evitar ese dolor, tratamos de cultivar el desapego; y así persistimos en ese círculo que siempre es doloroso, en el que siempre hay lucha.

Ahora a bien: ¿por qué no podemos ser como la nada, algo inexistente, no sólo en el nivel verbal sino en lo íntimo? Entonces ya no hay problema de apego o desapego, ¿verdad? ¿Y en ese estado puede haber convivencia? Eso, en efecto, es lo que este interlocutor desea saber. El dice que sin relaciones con personas e ideas, uno vive en un vacío deprimente. ¿Es cierto, eso? ¿La convivencia es un proceso de apego? Cuando estáis apegados a alguien, ¿estéis relacionados con esa persona? Cuando estoy apegado a vosotros, cuando me aferro a vosotros, cuando os poseo, ¿estoy relacionado con vosotros? Llegáis a ser una necesidad para mí porque sin vosotros estoy perdido, me siento incómodo, desdichado, solo. Os convertís, pues, en una necesidad para mí, en uno cosa útil, en algo para llenar mi vacío. Vosotros no sois lo importante; lo que importa es que llenéis mi necesidad. ¿Y existe convivencia alguna entre nosotros cuando sois para mí una necesidad, una cosa necesaria, tal como un mueble?

Dicho de otra manera: ¿puede uno vivir sin relaciones? ¿Y es la vida de relación un mero estimulo? Porque sin eso que llamáis distracción os sentís perdidos, no os sentís vivir. Es decir, tratáis la convivencia como una distracción que os hace sentir vivos. Eso es lo que dice el autor de la pregunta.

¿Así, pues, puede uno vivir en el mundo sin convivencia? Evidentemente no. No hay nada que pueda vivir en el aislamiento. A algunos de nosotros quizá nos agradaría vivir aislados; pero ello no es posible. La vida de relación, por lo tanto, se convierte en una simple distracción, que os hace sentir como si estuvierais vivos. El reñir unos con otros, el sostener luchas, disputas, etc., produce una sensación de vida. De manera que la convivencia se convierte en mera distracción. Y como dice el interlocutor, sin distracciones os sentís muertos. Por eso utilizáis la convivencia como un simple medio para distraeros; y es obvio que la distracción, ya se trate de la bebida, de ir al cine, de acumular conocimientos – cualquier forma de distracción – embota la mente y el corazón, ¿no es así? ¿Cómo una mente embotada, un corazón insensible, puede tener relación con otra persona? Sólo una mente sensible, un corazón despierto al afecto, puede estar relacionado con algo.

De modo que, mientras consideréis la convivencia como distracción, viviréis evidentemente en un vacío porque os asusta salir de ese estado de distracción. De ahí que temáis cualquier clase de desapego, de separación. La convivencia es, pues, una distracción que os hace sentiros vivos. La verdadera convivencia, en cambio, no es, distracción; es, en realidad, un estado en el que os halláis constantemente en proceso de entenderos a vosotros mismos en relación con algo. Es decir, la convivencia no es una distracción sino un proceso en el cual uno se revela a sí mismo; y esa autorevelación es muy penosa porque en la convivencia no tardáis en descubriros a vosotros mismos, si estáis abiertos a tal descubrimiento. Como casi ninguno de nosotros, empero, desea descubrirse, como casi todos preferimos ocultarnos a nosotros mismos en la convivencia, ésta llega a ser ciegamente penosa, y procuramos desligarnos de ella. La vida de relación no es un estímulo. ¿Por qué queréis que la convivencia os estimule? Si ello ocurre, entonces la convivencia languidece, al igual que el estímulo. No sé si habéis notado que cualquier clase de estímulo termina por embotar la mente y disminuir la sensibilidad del corazón.

De suerte que la cuestión del desapego nunca debiera plantearse, porque sólo el que posee piensa en renunciar. Nunca, empero, se pregunta él por qué posee, cuál es el “trasfondo” que ha hecho de él un hombre posesivo. Cuando comprende el proceso de poseer, entonces, naturalmente, se libra de la posesión; no que cultive un opuesto, como el desapego. Y la vida de relación será mero estímulo, un entretenimiento, mientras nos sirvamos de los demás como medio de satisfacción propia, o como una necesidad, para huir de nosotros mismos. Lleguéis a ser muy importantes para mí porque en mí mismo yo soy muy pobre; en mí mismo nada soy, y, por lo tanto, vosotros lo sois todo. Tal relación está llamada a ser un conflicto, un dolor; y algo que produce dolor deja de ser una distracción. Deseamos, por lo tanto, escapar a esa relación; y a esto le llamamos desapego.

Así, pues, mientras nos sirvamos de la mente en la vida de relación, no podremos entender la convivencia. Porque, después de todo, la mente es la que nos hace desligarnos. Cuando hay amor no existe el problema del apego o del desapego. El amor no es producto del pensamiento: no podéis pensar acerca del amor. Es un estado de ser.

Y cuando la mente interviene por medio de sus cálculos, de sus celos, de diversos y sutiles engaños, entonces surge el problema en la vida de relación. La convivencia sólo tiene significación cuando es un proceso en que uno se revela a sí mismo; y si en ese proceso uno actúa en forma profunda, amplia y extensa, entonces hay paz en la convivencia, no la lucha ni el antagonismo entre dos personas. Sólo en esa quietud, en esa convivencia en la que existe la fruición del conocimiento propio, está la paz.

El Conocimiento de Uno Mismo

Krishnamurti 

¿Cómo podemos resolver, nuestro caos político actual y la crisis del mundo? ¿Hay algo que un individuo pueda hacer para atajar la guerra que se avecina?

Afp   Un niño yemení protesta contra el bombardeo de Gaza.

Afp   – Un niño yemení protesta contra el bombardeo de Gaza.

La guerra

 

Para traer paz al mundo, por lo tanto, para detener todas las guerras, tiene que haber una revolución en el individuo, en vosotros y en mí. La revolución económica sin esta revolución interna carece de sentido, pues el hambre es el resultado del defectuoso ajuste de las condiciones económicas producido por nuestros estados psicológicos: codicia, envidia, mala voluntad y espíritu de posesión. Para poner fin al dolor, al hambre, a la guerra, es preciso que haya una revolución psicológica, y pocos de nosotros están dispuestos a enfrentar tal cosa.

Krishnamurti: La guerra es la proyección espectacular y sangrienta de nuestra vida diaria, ¿no es así? La guerra es una mera expresión externa de nuestro estado interno, una amplificación de nuestra actividad diaria. Es más espectacular, más sangrienta, más destructiva, pero es el resultado colectivo de nuestras actividades individuales. De suerte que vosotros y yo somos responsables de la guerra, ¿y qué podemos hacer para detenerla? Es obvio que la guerra que nos amenaza constantemente no puede ser detenida por vosotros ni por mi porque ya está en movimiento; ya está desencadenándose, aunque todavía en el nivel psicológico principalmente. Como ya está en movimiento, no puede ser detenida; los puntos en litigio son demasiados, excesivamente graves, y la suerte ya está echada. Pero vosotros y yo, viendo que la casa está ardiendo, podemos comprender las causas de ese incendio, alejamos de él y edificar en un nuevo lugar con materiales diferentes que no sean combustibles, que no produzcan otras guerras. Eso es todo lo que podemos hacer. Vosotros y yo podemos ver qué es lo que engendra las guerras, y si nos interesa detenerlas, podemos empezar a transformamos a nosotros mismos, que somos las causas de la guerra.

 

Una señora americana vino a verme hace un par de años, durante la guerra. Me dijo que había perdido a su hijo en Italia y que tenía otro hijo de dieciséis años al que quería salvar; de suerte que charlamos del asunto. Yo le sugerí que para salvar a su hijo debía dejar de ser americana; debía dejar de ser codiciosa, de acumular riquezas, de buscar el poder y la dominación, y ser moralmente sencilla, no sólo sencilla en cuanto a vestidos, a las cosas externas, sino sencilla en sus pensamientos y sentimientos, en su vida de relación. Ella dijo: “Eso es demasiado. Me pide usted demasiado. Yo no puedo hacer eso, porque las circunstancias son demasiado poderosas para que yo las altere”. Por lo tanto, resultaba responsable de la destrucción de su hijo.

 

Las circunstancias pueden ser dominadas por nosotros, porque nosotros hemos creado las circunstancias. La sociedad es el producto de la relación; de vuestras relaciones y las mías, de todas ellas juntas. Si cambiamos en nuestra vida de relación, la sociedad cambia. El confiar únicamente en la legislación, en la compulsión, para la transformación externa de la sociedad mientras interiormente seguimos siendo corrompidos, mientras en nuestro fuero íntimo continuamos en busca del poder, de las posiciones, de la dominación, es destruir lo externo, por muy cuidadosa y científicamente que se lo haya construido. Lo que es del fuero íntimo se sobrepone siempre a lo externo.

 

Reuters – Las explosiones se han sucedido un día más en la Gaza. Más de 40 personas han muerto en lo que va de ofensiva.

 

¿Qué es lo que causa la guerra religiosa, política o económica? Es evidente que la creencia, ya sea en el nacionalismo, en una ideología o en un dogma determinado. Si en vez de creencias tuviéramos buena voluntad, amor y consideración entre nosotros, no habría guerras. Pero se nos alimenta con creencias, ideas y dogmas, y por lo tanto, engendramos descontento. La presente crisis, por cierto, es de naturaleza excepcional, y nosotros, como seres humanos, o tenemos que seguir el sendero de los conflictos constantes y continuas guerras, que son el resultado de nuestra acción cotidiana, o de lo contrario ver las causas de la guerra y volverles la espalda.

 

Lo que causa la guerra, evidentemente, es el deseo de poder, de posición, de prestigio, de dinero, como asimismo la enfermedad llamada nacionalismo ‑el culto de una bandera- y la enfermedad de la religión organizada, el culto de un dogma. Todo eso es causa de guerra; y si vosotros como individuos pertenecéis a cualquiera de las religiones organizadas, si sois codiciosos de poder, si sois envidiosos, forzosamente produciréis una sociedad que acabará en la destrucción. Nuevamente: ello depende de vosotros y no de los dirigentes, no de los llamados hombres de Estado, ni de ninguno de los otros. Depende de vosotros y de mí, pero no parecemos darnos cuenta de ello. Si por una vez sintiéramos realmente la responsabilidad de nuestros propios actos, ¡cuán pronto podríamos poner fin a todas estas guerras, a toda esta miseria aterradora! Pero, como veis, somos indiferentes. Comemos tres veces al día, tenemos nuestros empleos, nuestra cuenta bancaria, grande o pequeña, y decimos: “por el amor de Dios, no nos moleste, déjenos tranquilos”. Cuanto más alta es nuestra posición, más deseamos seguridad, permanencia, tranquilidad, menos injerencia admitimos, y más deseamos mantener las cosas fijas, como están; pero ellas no pueden mantenerse como están, porque no hay nada que mantener. Todo se desintegra.

 

Afp – La familia palestina de al-Fallu ha perdido siete miembros de la familia en el bombardeo, entre ellos varios niños.

 

No queremos hacer frente a estas cosas, no queremos encarar el hecho de que vosotros y yo somos responsables de las guerras. Vosotros y yo charlamos de paz, nos reunimos en conferencias, nos sentamos en torno a una mesa y discutimos; pero en nuestro fuero íntimo, en lo psicológico, deseamos poder y posición, y nos mueve la codicia. Intrigamos, somos nacionalistas; nos atan las creencias, los dogmas, por los cuales estamos dispuestos a morir y a destruirnos unos a otros. ¿Creéis que semejantes hombres ‑vosotros y yo- podemos tener paz en el mundo? Para que haya paz, debemos ser pacíficos; vivir en paz significa no crear antagonismos. La paz no es un ideal. Para mí un ideal es simple evasión, un modo de eludir lo que es, una contradicción con lo que es. Un ideal impide la acción directa sobre lo que es. Mas para que haya paz tendremos que amar, tendremos que empezar, no a vivir una vida ideal sino a ver las cosas como son y obrar sobre ellas, a transformarlas. Mientras cada uno de nosotros busque seguridad psicológica, la seguridad fisiológica que necesitamos ‑alimento, vestido y albergue- se ve destruida. Andamos en busca de seguridad psicológica, que no existe; y, si podemos, la buscamos por medio del poder, de la posición, de los títulos, de los nombres, todo lo cual destruye la seguridad física. Esto, cuando se lo considera, resulta un hecho evidente.

 

Para traer paz al mundo, por lo tanto, para detener todas las guerras, tiene que haber una revolución en el individuo, en vosotros y en mí. La revolución económica sin esta revolución interna carece de sentido, pues el hambre es el resultado del defectuoso ajuste de las condiciones económicas producido por nuestros estados psicológicos: codicia, envidia, mala voluntad y espíritu de posesión. Para poner fin al dolor, al hambre, a la guerra, es preciso que haya una revolución psicológica, y pocos de nosotros están dispuestos a enfrentar tal cosa. Discutiremos sobre la paz, proyectaremos leyes, crearemos nuevas ligas, las Naciones Unidas, y lo demás. Pero no lograremos la paz porque no queremos renunciar a nuestra posición, a nuestra autoridad, a nuestros dineros, a nuestras propiedades, a nuestra estúpida vida. Confiar en los demás es absolutamente vano; los demás no nos traerán la paz. Ningún dirigente, ni gobierno, ni ejército, ni patria, va a darnos la paz. Lo que traerá la paz es la transformación interna que conducir a la acción externa. La transformación interna no es aislamiento; no consiste en retirarse de la acción externa. Por el contrario, sólo puede haber acción verdadera cuando hay verdadero pensar; y no hay pensar verdadero cuando no hay el conocimiento propio. Si no os conocéis a vosotros mismos, no hay paz.

 

Para poner fin a la guerra externa, debéis empezar por poner fin a la guerra en vosotros mismos. Algunos de vosotros moverán la cabeza y dirán “estoy de acuerdo”, y saldrán y harán exactamente lo mismo que han estado haciendo durante los últimos diez o veinte años. Vuestra conformidad es puramente verbal y carece de significación, pues las miserias y las guerras del mundo no van a ser detenidas por vuestro fortuito asentimiento. Sólo serán detenidas cuando os deis cuenta del peligro, cuando percibáis vuestra responsabilidad, cuando no dejéis eso en manos de otros. Si os dais cuenta del sufrimiento, si veis la urgencia de la acción inmediata y no la aplazáis, entonces os transformaréis; y la paz vendrá tan sólo cuando vosotros mismos seáis pacíficos, cuando vosotros mismos estéis en paz con vuestro prójimo.

 

 Krishnamurti 

 

¿Cómo se forma la psique, el ego, el sí mismo, el yo, la persona?

¿Cómo se forma la psique, el ego, el sí mismo, el yo, la persona?

Interlocutor:

«Tengo más de cincuenta años, y he vivido de una manera más bien extravagante, interesado en muchas, muchas cosas. Pienso que me gustaría comenzar… vacilo un poco, estoy algo indeciso, no sé bien por dónde debería comenzar». «Yo creo que deberíamos empezar por el principio de la existencia, de la existencia humana; empezar por la existencia de uno mismo como ser humano».

«Nací en una familia bastante acomodada, y fui criado y educado con esmero. He estado en diversos negocios y tengo dinero suficiente; ahora soy un hombre que está solo. Estuve casado, tuve dos hijos, y ambos, junto con mi esposa, murieron en un accidente automovilístico. Nunca he vuelto a casarme. Pienso que me gustaría comenzar por mi infancia. Desde el principio, como ocurre con cualquier otro niño en el mundo, pobre o rico, hubo una psique bien desarrollada y la habitual actividad egocéntrica. Es extraño, cuando uno mira hacia atrás, ver cómo eso comienza desde la más tierna infancia, esa posesiva continuidad mía como J. Smith.

Pasé por la escuela, expandiéndome, agresivo, arrogante, aburrido; después vinieron el colegio y la universidad. Y como mi padre manejaba una buena empresa, entré en su compañía. Llegué a la cima, y cuando murieron mi esposa y mis hijos, empecé esta investigación. Como les sucede a todos los seres humanos, aquello fue una gran conmoción interna, un gran dolor ‑la pérdida de los tres, los recuerdos relacionados con ellos. Y cuando el choque emocional que eso produjo desapareció, comencé a investigar, a leer, a interrogar, a viajar por diferentes partes del mundo, hablando sobre esta cuestión con algunos de los llamados líderes espirituales, los gurús. Leía muchísimo, pero jamás estaba satisfecho con lo que leía.

Creo, por lo tanto, que debemos comenzar, si es que puedo sugerirlo, con el vivir real ‑la formación cotidiana de mí cultivada y restringida mente. Yo soy eso. Vea, ésa ha sido mi vida. Mi vida nada tiene de excepcional. Probablemente podría considerárseme como perteneciente a la clase media alta, y por un tiempo eso resultó agradable, excitante, y otras veces aburrido, fatigoso y monótono. Pero la muerte de mi mujer y de mis hijos, de algún modo me sacó de eso. No me he vuelto morboso, pero necesito saber la verdad acerca de toda esta cuestión, si es que existe una verdad con respecto al vivir y al morir».

 

Krishnamurti:

« ¿Cómo se forma la psique, el ego, el sí mismo, el yo, la persona? ¿Cómo ha nacido esta cosa desde la cual surge el concepto del individuo, del ‘yo’ separado de todos los demás? ¿Cómo se pone en marcha este movimiento ‑este impulso, este sentido del yo, del sí mismo? Usaremos la palabra ‘yo’ para incluir la persona, el nombre, la forma, las características, el ego. ¿Cómo nace este yo? ¿Nace con ciertas características transmitidas por los padres? ¿Es el yo meramente una serie de reacciones? ¿Es solamente la continuidad de siglos de tradición? ¿Es el yo producto de circunstancias, de incidentes, de acontecimientos? ¿Es el resultado de la evolución ‑siendo la evolución el proceso gradual del tiempo- el que pone el acento en el yo y le da tanta importancia? ¿O, como algunos sostienen, especialmente en el mundo religioso, la cáscara externa del yo contiene realmente dentro de sí el alma y la antigua noción de los hindúes, de los budistas? ¿Es la sociedad la que da origen al yo y fortalece la fórmula de que uno está separado del resto de la humanidad?

Todos estos conceptos contienen ciertas verdades, ciertos hechos, y constituyen el yo. Y al yo se le ha concedido una importancia tremenda en este mundo ¿Diría usted, entonces, que ese instinto comienza en el niño con el impulso de poseer? Esto existe también en los animales, de modo que tal vez hemos derivado de los animales este instinto de poseer. Donde hay cualquier clase de posesión, tiene que existir el principio del yo. Y a partir de este instinto, de esta reacción, el yo crece gradualmente en vitalidad, en fuerza, y adquiere estabilidad. La posesión de una casa, la posesión de tierras, la posesión de conocimientos, la posesión de ciertas capacidades ‑todo esto es el movimiento del yo. Y este movimiento le da a uno la sensación de estar separado como individuo.

»Ahora puede uno avanzar más en los detalles. ¿Están el tú, el yo, separados del resto de la humanidad? ¿Es usted, debido a que tiene un nombre separado, un organismo físico separado, ciertas tendencias diferentes de las de otro, tal vez algún talento ‑hace eso de usted un individuo? Esta idea de que cada uno de nosotros en todo el mundo está separado de otro, ¿es una realidad?, o ¿puede que todo el concepto sea ilusorio, al igual que la división que hemos hecho del mundo en comunidades y naciones separadas, lo cual es realmente una forma glorificada del sentimiento tribal? Este interés en uno mismo y la idea de que la propia comunidad es diferente de otras comunidades, de otros yoes, ¿se basa en una realidad factual? Por supuesto, usted puede decir que es real porque usted es norteamericano y otros son franceses, rusos, indios, chinos, etc.

Estas diferencias lingüísticas, culturales, religiosas, han originado desastres en el mundo ‑guerras terribles, daño incalculable. Y también, desde luego, en ciertos aspectos de ello hay una gran belleza, como en la expresión de algunos hombres de talento, como un pintor, un músico, un científico, etcétera. ¿Se consideraría usted a sí mismo como un individuo separado, con un cerebro separado que es ‘suyo’ y de nadie más? Ese es su pensar, y se supone que su pensar es diferente del pensar de otro. Pero, ¿es en absoluto individual el pensar? ¿O sólo existe el pensar, que es compartido por toda la humanidad, ya se trate del más talentoso de los científicos o de la persona más ignorante y primitiva?

Krishnamurti

Primero, establezca una relación correcta con el ser humano

Nunca lo encontrará si lo busca. Nunca lo encontrará si lo persigue. Nunca lo encontrará si quiere hacerlo a través de ver la belleza de la Tierra, la luz en el agua, la línea perfecta de una montaña. Nunca lo encontrará porque no puede encontrarlo a través de nada: de sus sacrificios, su adoración, su meditación, su virtud. Nunca lo encontrará porque su motivo es erróneo, porque lo quiere encontrar no en el vivir sino en otro lugar.

Primero, tiene que establecer una relación correcta con el ser humano, lo cual significa que tiene que saber qué es amar, qué es ser compasivo, qué es ser generoso cuando tiene mucho, qué es compartir con otro lo poco que tiene; establecer ese maravilloso orden en el vivir, en la vida diaria.

 

El impulso para descubrir qué es Dios

El impulso para descubrir qué es la verdad, qué es Dios, es el único impulso real, y todos los otros impulsos son secundarios. Cuando tiramos una piedra en un agua tranquila, hace círculos expansivos. Esos círculos expansivos son los movimientos secundarios, las reacciones sociales, pero el movimiento real está en el centro; es el movimiento para encontrar la felicidad, Dios, la verdad.

El conocimiento de uno mismo y Dios

Con el conocimiento de uno mismo, uno empieza a descubrir qué es Dios, qué es la verdad, qué es ese estado que es intemporal.

La religión es el cese del ‘yo’

¿Hemos compartido todo eso? Porque es su vida, no mi vida. Es su vida de tristeza, de tragedia, de confusión, culpa, recompensa, castigo. Todo eso es su vida. Si son serios, habrán tratado de desenredar todo eso. Han leído algún libro, seguido a algún líder o escuchado a alguien, pero el problema permanece. Esos problemas existirán mientras la mente humana se mueva dentro del campo del ego; esa actividad del ego creará más y más problemas. Cuando uno observa, cuando uno se vuelve extraordinariamente atento a la actividad del ego, entonces la mente se vuelve extraordinariamente quieta, sana, saludable, sagrada. Y desde ese silencio nuestra vida, en la actividad cotidiana, se transforma.

La religión es el cese del ‘yo’ y la acción que surge de ese silencio. Esa vida es una vida sagrada, llena de significado.

Como terminar con el ego

 

¿Qué es esta sociedad que exige tanto y que ha creado este lamentable estado de cosas? ¿Quién es el responsable de esto?

¿Cuáles son las exigencias de la sociedad? Dígamelo, por favor.

Interlocutor: ¿Cómo puede uno conciliar las exigencias de la sociedad con una vida de libertad total?

Krishnamurti: ¿Cuáles son las exigencias de la sociedad? Dígamelo, por favor. ¿Que vaya usted a la oficina de nueve a cinco, o a la fábrica, que acuda a un club nocturno para excitarse después de todo el fastidio del trabajo diario, que se tome dos o tres semanas de vacaciones en la soleada España o en Italia? ¿Cuáles son las exigencias de la sociedad? Que deba usted ganarse la subsistencia, que deba vivir en esa región particular del país durante toda su vida, ejerciendo como abogado, médico o dirigente sindical en la fábrica, etcétera. ¿De acuerdo? Por lo tanto, uno tiene que preguntarse: ¿Qué es esta sociedad que exige tanto y que ha creado este lamentable estado de cosas? ¿Quién es el responsable de esto? ¿La iglesia, el templo, la mezquita y todo el circo que tiene lugar dentro de ellos? ¿Quién es el responsable de todo esto? ¿Acaso la sociedad es diferente de nosotros? ¿O somos nosotros los que hemos creado la sociedad, cada uno de nosotros mediante nuestra ambición, nuestra codicia, nuestra envidia, nuestra violencia, nuestra corrupción, nuestro miedo, deseando nuestra propia seguridad en la comunidad, en la nación? ¿Entiende? Hemos creado esta sociedad y después culpamos a la sociedad por lo que nos exige.

En consecuencia, usted pregunta: ¿Puedo vivir en libertad absoluta o, más bien, puedo conciliar a la sociedad conmigo mismo y con mi búsqueda de libertad? ¡Es una pregunta tan absurda! Lo siento, no quiero ser descortés con el interlocutor. Es absurda porque usted es la sociedad. ¿Vemos eso realmente, no como una idea, no como un concepto o como algo que tenemos que aceptar? Somos nosotros, cada uno de nosotros, los que sobre esta tierra hemos creado los últimos cuarenta mil años o más, la sociedad en que vivimos, con la estupidez de las religiones, la estupidez de las naciones armándose constantemente. ¡Por el amor de Dios!, hemos creado eso porque insistimos en ser norteamericanos, franceses, rusos, etcétera, porque insistimos en llamarnos católicos, protestantes, hindúes, budistas o musulmanes y esto nos da una sensación de seguridad. Pero son estas mismas divisiones las que obstaculizan la búsqueda de seguridad. ¡Es tan evidente!

No hay, pues, conciliación posible entre la sociedad con sus exigencias y sus propios requerimientos de libertad. Esos requerimientos provienen de nuestra propia violencia, de nuestro propio limitado y feo egocentrismo. Una de las cosas más complejas es descubrir por nosotros mismos dónde radica esa condición egocéntrica, dónde se oculta muy, muy sutilmente nuestro ego. Puede ocultarse políticamente “haciendo el bien por el país”. Puede ocultarse más bellamente en el mundo religioso: “Yo creo en Dios, yo sirvo a Dios”; o en la ayuda social (y no es que yo esté contra la ayuda social, no salten a esa conclusión, pero puede ocultarse ahí). Se requiere un cerebro muy atento, no analítico sino observador, para ver dónde se ocultan las sutilezas del ego, del egoísmo. Entonces, cuando no hay ego, la sociedad no existe y usted no tiene que adaptarse a ella. Es sólo el cerebro que no advierte esto, el cerebro inatento, el que dice: “¿Cómo he de responder a la sociedad cuando estoy trabajando por la libertad?” ¿Comprende?

Si se me permite señalarlo, nosotros necesitamos reeducarnos no mediante la escuela, o la universidad (que también condicionan el cerebro), no mediante el trabajo en la oficina o en la fábrica. Necesitamos reeducarnos a nosotros mismos estando sensiblemente atentos, viendo cómo nos hallamos presos en las palabras.

¿Podemos hacer esto?

Si no podemos hacerlo, vamos a tener guerras perpetuas, perpetuo llanto, siempre habrá conflicto, desdicha y todo lo que eso implica. Quien les habla no es pesimista ni optimista, éstos son los hechos. Cuando uno vive con los hechos como son, no con datos producidos por la computadora, cuando los observa vigilando su propia actividad, sus propias búsquedas egoístas, de ello florece entonces una libertad maravillosa con toda su gran fuerza y belleza.

Las Exigencias de la Sociedad  –  “Ante un Mundo en Crisis”

Krishnamurti

¿Por qué hay tanto conflicto entre la gente de diferentes religiones?

religiones

El mundo parece estarse volviendo más y más loco día con día. Nadie sabe qué es lo que está ocurriendo y todo está al revés y confuso. Esto es lo que dicen los periódicos. ¿Es verdad? Y si lo es, ¿hay acaso algún tipo de balance intrínseco en la vida que está manteniendo todo estable?

El mundo es el mismo; siempre ha sido el mismo: al revés, loco, insano. En realidad, sólo una cosa nueva ha sucedido en el mundo, y es la consciencia de que estamos locos, de que estamos al revés, de que hay algo básicamente erróneo en nosotros. Y esto es una gran bendición, esta consciencia. Por supuesto es sólo un comienzo, nada más que el abc de un largo proceso, sólo una semilla, pero inmensamente significativa. El mundo no ha estado nunca antes tan consciente de sus formas de locura como lo está ahora. Siempre ha sido lo mismo. En tres mil años la humanidad ha luchado en cinco mil guerras.

¿Puedes decir que esta humanidad es sana? Uno no puede recordar una época en la historia humana en la que las personas no se estuvieran destruyendo unas a otras o bien en nombre de la religión, o en nombre de Dios, o incluso en nombre de la paz, de la humanidad, de la hermandad universal. ¡Grandes palabras que ocultan feas realidades! Los cristianos han estado matando a los musulmanes, los musulmanes han estado matando a los cristianos, los mahometanos han estado matando a los hindúes, los hindúes han estado matando a los cristianos. Las ideologías políticas, las ideologías religiosas, las ideologías filosóficas no son más que fachadas para asesinar, para asesinar de manera justificada.

Y todas estas religiones hacían promesas a la gente: “Si mueres en una guerra religiosa, tu paraíso viene con certeza absoluta. Matar en la guerra no es pecado; es una gran virtud que te maten en la guerra”. ¡Esto es una estupidez absoluta! Pero, diez mil años de condicionamiento han penetrado profundamente en la sangre, en los huesos, en la misma médula de la humanidad. Cada religión, cada país, cada raza ha estado clamando: “Somos los elegidos de Dios. Somos los más elevados; todos los demás están por debajo de nosotros”. Esto es insano, y todo el mundo ha sufrido a causa de ello.

Los judíos han sufrido tremendamente por una sola estupidez que han cometido: La idea de que “somos el pueblo elegido de Dios”. Una vez que tienes la idea de que eres el pueblo elegido de Dios, entonces no puedes ser perdonado por otros, porque ellos también son el pueblo elegido de Dios y, ¿cómo decidirlo? Ningún argumento puede ser concluyente y nadie sabe dónde se oculta Dios, así que tampoco se lo puedes preguntar a él, no se le puede traer al juzgado para que testifique. Entonces sólo la espada va a decidir. El más poderoso estará en lo correcto. El poder ha estado en lo correcto. Los judíos han sufrido realmente por siglos, pero el sufrimiento no les ha cambiado. En realidad les ha reforzado la idea de que son el pueblo elegido de Dios.

Pero esto no sólo sucede con los cristianos, los mahometanos y los hindúes; pasa exactamente con todas las personas que han existido hasta ahora. El ego racial, el ego religioso, el ego espiritual, es mucho más peligroso que el ego individual, porque el ego individual es desagradable. Tú lo puedes ver, todos lo pueden ver, es muy visible en la superficie. Sin embargo, cuando el ego se vuelve racial – “el hinduismo es grandioso” – no piensas que estás reclamando algo para ti mismo. Indirectamente estás reclamando: “Soy grandioso porque soy hindú y el hinduismo es grandioso”. Es un camino indirecto, un camino sutil, astuto: “Soy grandioso porque soy japonés, porque los japoneses son los descendientes directos del Dios Sol”; o, “Soy chino y los chinos son las personas más civilizadas, las más cultas”.

Sólo se está produciendo una cosa nueva, y es una bendición, no una maldición en absoluto. Por primera vez en toda la historia de la humanidad, unas pocas personas están tomando consciencia de que hay algo equivocado en la manera en que hemos existido hasta ahora, algo básico hace falta en nuestras mismas bases.

Hay algo que no nos permite crecer como seres humanos sanos. En nuestro mismo condicionamiento están las semillas de lo insano. Todos los niños nacen sanos y luego, poco a poco los civilizamos; a eso le llamamos el proceso de civilización. Les preparamos para que formen parte de una gran cultura, de una gran iglesia, del gran estado al que pertenecemos.

Toda nuestra política es estúpida, y consecuentemente ellos se vuelven estúpidos. Toda nuestra educación es fea. Nuestra política no es más que ambición, ambición descarnada, ambición de poder. Y sólo una clase muy inferior de personas se interesa por el poder. Sólo las personas que sufren de un profundo complejo de inferioridad se convierten en políticos. Quieren demostrar que no son inferiores, quieren demostrárselo a los demás, quieren demostrarse a sí mismos que no son inferiores, que son superiores.

Pero, ¿qué necesidad hay de demostrarlo, si eres superior? El hombre superior no intenta demostrar nada, está muy a gusto con su superioridad. Es lo que dice Lao Tse: El hombre superior ni siquiera tiene consciencia de su superioridad, no es necesario en absoluto. Sólo la persona enferma empieza a pensar en la salud; la persona saludable no piensa nunca en la salud. La persona saludable no está incierta con respecto a su salud, sólo los enfermos, sólo los insanos. La persona hermosa, la persona realmente hermosa no está incierta con respecto a su belleza. Sólo las personas feas se preocupan constantemente, y hacen el mayor esfuerzo para demostrar que no es así.

En realidad, al tratar de probar a otros que, “no soy inferior, no soy feo”, uno está tratando de probárselo a sí mismo. Los otros funcionan como espejos. Los otros pueden decir: “Sí, eres grandioso…” Pero te lo dirán sólo si eres poderoso, si eres rico; de otra manera no van a decir nada. ¿A quién le interesa tu ego? Ellos están interesados en sus egos pero, si tienes el poder de destruir, tienen que aceptarlo a regañadientes.

La humanidad siempre ha estado enloquecida. Siempre ha estado al revés y confundida, porque ha crecido en medio de mentiras. Sin embargo una buena cosa sucede hoy en día: al menos unos pocos jóvenes inteligentes se están dando cuenta que todo nuestro pasado ha sido erróneo y que se necesita un cambio radical. “Necesitamos una discontinuidad de nuestro pasado. Queremos empezar de nuevo, necesitamos empezar de nuevo. ¡Todo el pasado ha sido un experimento de profunda inutilidad!”

Una vez que aceptemos la verdad tal como es, el hombre puede llegar a sanar. El ser humano nace sano; nosotros lo enloquecemos. Una vez que aceptemos que no hay naciones ni razas, el ser humano llegará a calmarse y a aquietarse. Toda esta violencia y agresión constantes desaparecerán. Si aceptamos el cuerpo humano, su sexualidad, naturalmente toda esta clase de estupideces predicadas en nombre de la religión se evaporarán.

El noventa y nueve por ciento de las enfermedades psicológicas existe debido a la represión sexual del ser humano. Tenemos que liberar al ser humano del pasado. Ese es todo mi trabajo aquí: ayudarte a que te liberes del pasado. Todo lo que la sociedad te ha hecho se tiene que deshacer. Tu consciencia se tiene que limpiar, vaciar, para que te conviertas en un espejo puro que refleja la realidad. Ser capaz de reflejar la realidad es conocer a Dios. Dios no es más que otro nombre de la realidad: de aquello que es. Y un ser humano está realmente sano cuando conoce la verdad.

La verdad trae liberación, la verdad trae salud.

La verdad trae inteligencia,

La verdad trae inocencia.

La verdad trae dicha,

La verdad trae celebración.

Tenemos que transformar toda esta tierra en un tremendo festival, y esto es posible porque el ser humano trae consigo todo lo necesario para transformar esta tierra en un paraíso.

OSHO     Come, Come, Yet Again Come, Capítulo 12