Todo buscador sueña con un guía que sabe, sueña con él, pero rara vez se pregunta a sí mismo objetiva y sinceramente: ¿Merece él ser guiado?

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No cuente con tratar de regresar. Este experimento le puede costar muy caro. El guía se compromete sólo a llevarlo allá y si quiere regresar, él no está obligado a regresar con usted. Será abandonado a sí mismo, y desdichado aquel que se debilita u olvida el camino: nunca regresara. Y aún si recuerda el camino, siempre queda la pregunta: ¿regresará sano y salvo?

Cuanto más estudia el hombre los obstáculos y engaños que le esperan a cada paso en este terreno, más se convence que es imposible recorrer el camino del desarrollo de sí siguiendo las instrucciones casuales de gente encontrada por azar, o la case de información entresacada de la lectura y de las conversaciones fortuitas.

Al mismo tiempo, gradualmente ve con más claridad, primero un débil destello, y luego la clara luz de la verdad que ha iluminado a la humanidad a través de los siglos. Los principios de la iniciación se pierden en la obscuridad del tiempo, donde desaparece la larga cadena de épocas. Grandes culturas y civilizaciones se asoman, surgiendo veladamente de cultos y misterios, siempre cambiando, desapareciendo y reapareciendo. El Gran Conocimiento se transmite sucesivamente de época en época, de pueblo a pueblo, de raza a raza. Los grandes centros iniciáticos en la India, Asiria, Egipto y Grecia iluminan al mundo con brillante luz. Los venerados nombres de los grandes iniciados, los portadores vivientes de la verdad, son pasados reverentemente de generación en generación. La verdad se establece por medio de escritos simbólicos y leyendas y se transmite a las masas para su preservación, en forma de costumbres y ceremonias, en tradiciones orales, en monumentos conmemorativos, en el arte sagrado, a través de las cualidades invisibles de la danza, música, escultura y varios rituales. Se comunica abiertamente, después de una determinada prueba, a aquellos que buscan y se preserva por transmisión oral en la cadena de aquellos que saben.

Después de haber transcurrido cierto tiempo, los centros de iniciación mueren uno tras otro, y el antiguo conocimiento se va por canales subterráneos a las profundidades, escondiéndose a los ojos de los buscadores. Los poseedores de este conocimiento también se ocultan, tornándose desconocidos para aquellos que los rodean; sin embargo, no cesan de existir. De cuando en cuando corrientes aisladas se abren paso a la superficie, evidenciando que en algún lugar muy profundo en el interior, aun en nuestros días, fluye la poderosa corriente antigua del verdadero conocimiento del ser. El abrirse paso hacia esa corriente, el encontrarla, es la tarea y la meta de la búsqueda; porque al haberla encontrado un hombre puede entregarse osadamente al camino por el cual tiene la intención de ir: entonces sólo resta “saber‛’ para llegar a ‛’ser‛’ y poder “hacer‛’. En este camino un hombre no estará enteramente solo; en momentos difíciles recibirá apoyo y guía, porque todos los que siguen este camino están conectados por una cadena ininterrumpida.

Posiblemente el único resultado positivo de todo este deambular en los sinuosos senderos y pistas de la investigación oculta, será que, si un hombre preserva la capacidad de un juicio y pensamiento sanos, desarrollará esa capacidad especial de discriminación que puede llamarse olfato. Descartará los caminos de la psicopatía y del error, y buscará persistentemente los caminos verdaderos. Y aquí, como en el conocimiento de sí, es aplicable el principio que ya he citado: “Para poder hacer, es necesario saber; pero para saber, es necesario encontrar cómo saber.‛’ A un hombre que está buscando con todo su ser, con todo el interior de sí mismo, le llega la indefectible convicción de que el descubrir cómo saber a fin de hacer, sólo le es posible encontrando un guía con experiencia y conocimiento, que lo tome bajo su custodia, convirtiéndose en su maestro. Y aquí es donde el olfato de un hombre es más importante que en cualquier otra parte. Escoge un guía para sí mismo. Por supuesto es condición indispensable que escoja como guía a un hombre que sabe, de otro modo se pierde todo el sentido de la elección. ¿Quién puede decir a dónde llevará a un hombre un guía que no sabe? 

Todo buscador sueña con un guía que sabe, sueña con él, pero rara vez se pregunta a sí mismo objetiva y sinceramente: ¿Merece él ser guiado? ¿Está preparado para seguir el camino?wallpaper-780271

Salga usted en una clara y estrellada noche a un lugar abierto y mire al cielo, a aquellos millones de mundos sobre su cabeza. Recuerde que quizás en cada uno de ellos hormiguean billones de seres semejantes o quizá superiores a usted en su Organización. Mire la Via Lactea. La Tierra ni siquiera puede ser llamada un grano de arena en este infinito. Se disuelve y desaparece, y con ella usted. ¿Dónde está usted? Y lo que usted quiere ¿no será simplemente locura? Ante todos esos mundos, pregúntese cuáles son sus metas y esperanzas, sus intenciones y medios para cumplirlas, cuáles serán las exigencias que le podrán hacer y cuál su preparación para enfrentarlas.

Un largo y difícil viaje está ante usted, se está preparando para un extraño y desconocido territorio. El camino es infinitamente largo. No sabe si será posible descansar en el camino ni dónde será posible. Debe estar preparado para lo peor. Lleve todo lo necesario para el viaje. Trate de no olvidar nada, porque después será demasiado tarde y no habrá tiempo para regresar por lo que se ha olvidado, para rectificar el error.

Mida su fuerza: ¿Es suficiente para todo el viaje? ¿Cuán pronto puede partir? Recuerde que si tarda más en el camino, necesitará llevar proporcionalmente más provisiones, y esto lo hará demorar más, tanto en el camino como en los preparativos. Sin embargo, cada minuto cuenta. Una vez que ha decidido ir, es inútil perder tiempo.

Sé una Luz para ti Mismo

No cuente con tratar de regresar. Este experimento le puede costar muy caro. El guía se compromete sólo a llevarlo allá y si quiere regresar, él no está obligado a regresar con usted. Será abandonado a sí mismo, y desdichado aquel que se debilita u olvida el camino: nunca regresara. Y aún si recuerda el camino, siempre queda la pregunta: ¿regresará sano y salvo? Porque hay muchas molestias que esperan al viajero solitario que no conoce el camino y las costumbres que ahí prevalecen. Tenga en cuenta que su vista tiene la facultad de presentar objetos distantes como si estuvieran cerca. Engañado por la cercanía de la meta, hacia la cual se esfuerza, cegado por su belleza e ignorante de la medida de su propia fuerza, no verá los obstáculos en el camino; no verá las numerosas zanjas que cruzan el camino. En una verde pradera cubierta de exuberantes flores, en el tupido pasto, se esconde un profundo precipicio. Es muy fácil tropezar y caer si sus ojos no están concentrados en el paso que está dando.

No olvide concentrar toda su atención en el sector más cercano del camino; no se preocupe por metas lejanas, sino quiere caer en el precipicio. Sin embargo, no olvide su meta. Recuérdela todo el tiempo y mantenga en sí mismo un activo empeño hacia ella, para no perder la dirección correcta.

Y una vez que haya empezado, sea vigilante; lo que ha pasado queda atrás y no reaparecerá; de modo que si deja de verlo en el momento preciso, nunca lo notará. No sea demasiado curioso ni pierda tiempo en Cosas que atraen su atención, pero que no la merecen. El tiempo es precioso, y no debería gastarse en cosas que no tienen relación directa con su meta.

Recuerde dónde está y porqué está aquí. No se proteja y recuerde que ningún esfuerzo se hace en vano.

Y ahora puede emprender el camino

G.I. GURDJIEFF

G.I. GURDJIEFF

PERSPECTIVAS DESDE EL MUNDO REAL (3ª)

¡Ven a la luz del paraíso!

   Infinitas playas de arena blanca. El desafío del viento. El sabor del mar.

         ***

   Y aquella noche, mientras caminaba por la arena mojada, rodeado de gaviotas, uno sintió una sensación extraordinaria de libertad abierta y la gran belleza del amor.

Mientras uno paseaba por la playa, las enormes olas rompían con una fuerza y unas curvas maravillosas. Uno caminaba contra el viento y de repente sentía que no había nada entre uno y el cielo, y que este espacio era sagrado. Estar del todo abierto, vulnerable a las montañas, al mar, y a las personas, es la esencia misma de la meditación. No tener resistencias, no tener barreras internas contra nada, ser realmente libre, estar completamente libre de todas las pequeñas demandas, de los impulsos, de las exigencias, con todo su conflicto e hipocresía, eso es caminar por la vida con los brazos abiertos. Y aquella noche, mientras caminaba por la arena mojada, rodeado de gaviotas, uno sintió una sensación extraordinaria de libertad abierta y la gran belleza del amor, el cual no estaba en uno ni fuera de uno, sino en todas partes. – Krishnamurti.

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Además del conocimiento de sí, hay otro aspecto de la búsqueda: el desarrollo de sí. Veamos cómo andan las cosas por ahí

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Nuestra máquina pensante tiene capacidad para ser convencida de cualquier cosa, siempre y cuando sea influenciada repetida y persistentemente en la dirección requerida. Una cosa que puede parecer absurda al principio, al final llegará a racionalizarse, siempre y cuando se repita con suficiente frecuencia y convicción.

Una vez que un hombre ha empezado a conocerse, encuentra continuamente nuevas áreas de su mecanicidad -llamémoslo automatismo- dominios donde su voluntad, su “yo quiero”, no tiene poder, áreas no sujetas a él, tan confusas y sutiles que le es imposible encontrar su camino dentro de ellas sin la ayuda y la guía autoritaria de alguien que sabe. Brevemente, este es el estado de cosas en el campo del conocimiento de sí: para hacer, uno debe conocer; pero para conocer, uno debe descubrir como conocer. No podemos descubrir esto por nosotros mismos.

Además del conocimiento de sí, hay otro aspecto de la búsqueda: el desarrollo de sí. Veamos cómo andan las cosas por ahí. Es claro que un hombre abandonado a sus propios medios no puede exprimir de su dedo meñique el conocimiento de cómo desarrollarse y, aún menos, qué exactamente desarrollar en sí mismo. Gradualmente, al conocer a personas que están buscando, hablando con ellas y leyendo libros apropiados, un hombre es atraído hacia la esfera de preguntas concernientes al desarrollo de sí. ¿Pero qué puede encontrar aquí? Antes que nada un abismo del más imperdonable charlatanerismo, basado enteramente en la avidez de hacer dinero al engañar a gente crédula que está buscando una salida a su impotencia espiritual.

Pero antes que un hombre aprenda a separar el trigo de la cizaña, debe transcurrir un largo tiempo, y posiblemente el impulso mismo de encontrar la verdad, vacilará y se apagará en él, o se volverá mórbidamente pervertido y su embotado olfato lo puede conducir a tal laberinto que el camino de salida, figurativamente hablando, lo llevará directamente al diablo. Si un hombre logra salir de este primer pantano, puede caer en un nuevo cenagal de seudoconocimiento. En ese caso la verdad será presentada en una forma tan indigerible y vaga que producirá la impresión de un delirio patológico. Se le mostrará caminos y medios para desarrollar poderes y capacidades ocultas, las cuales se le promete, que si es persistente, le darán sin mucho esfuerzo poder y dominio sobre todas las cosas, incluyendo criaturas animadas, materia inerte y los elementos. Todos estos sistemas basados en una variedad de teorías, son extraordinariamente seductivos, sin duda precisamente por su vaguedad. Tienen una atracción particular para los semieducados, aquellos que son semi-instruidos en el conocimiento positivista.

En vista de que la mayoría de los asuntos estudiados desde el punto de vista de teorías esotéricas y ocultas, a menudo van más allá de los límites de datos accesibles a la ciencia moderna, muchas veces estas teorías los desprecian. Aunque por un lado le den a la ciencia positivista su mérito, por el otro minimizan su importancia y nos dejan la impresión de que la ciencia no es sólo un fracaso, sino algo aún peor.

¿Para qué sirve entonces ir a la universidad, estudiar y esforzarse con  libros de texto oficiales, si las teorías de esta clase lo capacitan a uno para despreciar todos los otros aprendizajes y para juzgar las cuestiones científicas?

Sin embargo hay una cosa importante que el estudio de tales teorías no da; no engendra objetividad en cuestiones de conocimiento, menos aún de lo que lo hace la ciencia. Efectivamente, tiende a embotar el cerebro del hombre y a disminuir su capacidad para razonar y pensar sanamente, llevándolo hacia la psicopatía. Este es el efecto de tales teorías en los semieducados que las toman como una auténtica revelación. Pero su efecto no es muy diferente en los científicos mismos, quienes podían haber sido afectados, aunque ligeramente, por el veneno del descontento con las cosas existentes.

Nuestra máquina pensante tiene capacidad para ser convencida de cualquier cosa, siempre y cuando sea influenciada repetida y persistentemente en la dirección requerida. Una cosa que puede parecer absurda al principio, al final llegará a racionalizarse, siempre y cuando se repita con suficiente frecuencia y convicción. Y así como un tipo de gente repetirá palabras hechas que se le han pegado en la mente, así un segundo tipo de gente encontrara pruebas intrincadas y paradojas para explicar lo que dice. Pero ambos son igualmente dignos de lástima. Todas estas teorías ofrecen aseveraciones que, como los dogmas, usualmente no pueden ser verificadas. O en cualquier caso no pueden ser verificadas por los medios a nuestro alcance.

Luego se sugieren métodos y caminos del desarrollo de sí que se dice lo llevan a uno a un estado en el cual sus aseveraciones pueden ser verificadas. En principio, no puede haber objeción a esto. Pero la práctica continua de estos métodos puede llevar al buscador demasiado apasionado a resultados altamente indeseables. Un hombre que acepta teorías ocultas, y se cree conocedor de esta esfera, no podrá resistir la tentación de poner en práctica el conocimiento de los métodos que ha adquirido en su investigación, esto es, pasará del conocimiento a la acción. Quizás actuara con circunspección, evitando los métodos que desde su punto de vista son riesgosos, y aplicando aquellos que son más confiables y auténticos; quizás observara con el mayor cuidado. A pesar de todo, la tentación de aplicarlos y la insistencia en la necesidad de hacerlo, así como el énfasis puesto en la naturaleza milagrosa de los resultados y el encubrimiento de sus lados oscuros, conducirá a un hombre a probarlos.

Quizás al probarlos un hombre encontrará métodos que son inofensivos para él. Quizás al aplicarlos hasta sacará algo de ellos. En general todos los métodos que se ofrecen para el desarrollo de sí -ya sea para verificación, o como un medio, o como un fin- a menudo son contradictorios e incomprensibles. Tratando como lo hacen con una máquina tan intrincada y poco conocida como es el organismo humano, y con ese lado de nuestra vida muy conectada con él que llamamos nuestra psique, la menor equivocación al llevarlos a cabo, el más mínimo error o exceso de presión, puede dar por resultado un daño irreparable a la máquina.

Es realmente una suerte si el hombre escapa más o menos indemne de ese cenagal. Desafortunadamente, un gran número de los que están dedicados al desarrollo de poderes y capacidades espirituales terminan su carrera en un manicomio o arruinan su salud y psique a tal grado que se convierten en completos inválidos, incapaces de adaptarse a la vida. Sus filas se engruesan con los que son atraídos por el seudoocultismo, debido a un anhelo por cualquier cosa milagrosa y misteriosa. Existen también esos individuos excepcionalmente faltos de voluntad, que son fracasos en la vida y que, tomando en cuenta sólo la ganancia personal, sueñan con desarrollar en ellos el poder y la habilidad de subyugar a otros. Y finalmente hay gente que está simplemente buscando variedad en la vida, modos de olvidarse de sus penas, tratando de encontrar distracción del aburrimiento de la diaria rutina y de escapar de los conflictos que acarrea. Cuando las esperanzas de adquirir las cualidades con las que contaban empiezan a menguar, es fácil para ellos caer en un charlatanismo intencional. Recuerdo un ejemplo clásico.

Cierto buscador de poderes psíquicos, un hombre de buena posición, muy leído, que había viajado mucho en busca de cualquier cosa milagrosa, terminó en bancarrota y al mismo tiempo se desilusionó de todas sus investigaciones. Al buscar otro medio de subsistencia, le vino la idea de hacer uso de su seudoconocimiento en el cual había gastado tanto dinero y energía. Puso manos a la obra. Escribió un libro, luciendo uno de esos títulos que adornan las cubiertas de los libros de ocultismo, algo así como Un Curso sobre el Desarrollo de las Fuerzas Ocultas en el Hombre. Este curso estaba dividido en siete conferencias y hacía las veces de una pequeña enciclopedia de métodos secretos para desarrollar magnetismo, hipnotismo, telepatía, clarividencia, clariaudiencia, escape hacia el reino astral, levitación, y otras seductoras capacidades. El curso fue bien anunciado y puesto en venta a un precio altísimo, aunque al final se ofrecía un descuento apreciable (hasta del 95 %) a los clientes más persistentes y parsimoniosos, a condición de que lo recomendarán a sus amigos. Debido al interés general en tales terrenos, el éxito del curso excedió todas las esperanzas de su compilador. Pronto empezó a recibir cartas de compradores en tonos entusiastas, reverentes y deferentes, dirigiéndose a él como ‛’querido maestro” y “sabio mentor”, y expresando la más profunda gratitud por la maravillosa exposición y la muy valiosa instrucción que les dio la posibilidad de desarrollar varias capacidades ocultas en un tiempo notoriamente corto. Estas cartas formaron una considerable colección, y cada una de ellas lo sorprendía, hasta que por fin llegó una carta informándole que con la ayuda de su curso, alguien en menos de un mes habla sido capaz de levitar. Esto desde luego desbordó la copa de su asombro. Esas son literalmente sus palabras: “Estoy asombrado del absurdo de las cosas que suceden. Yo escribí el curso, no tengo una idea muy clara de la naturaleza de los fenómenos que estoy enseñando. Sin embargo, estos idiotas no sólo encuentran cómo manejarse en este galimatías, sino que aun aprenden algo de él, y ahora un superidiota hasta aprendió a volar. Esto es por supuesto pura tontería. Se puede ir al diablo… Pronto le pondrán camisa de fuerza. Es lo que se merece. Estamos mucho mejor sin tales tontos.”

“¿Por qué esta extraña capacidad?” pueden preguntar. La razón es muy simple. Como ya he dicho, no tenemos conocimiento propio, esto es, conocimiento dado por la vida misma, que no se nos pueda quitar. Todo nuestro conocimiento que es mera información, puede ser valioso o sin valor. Al absorberlo como una esponja, fácilmente podemos repetirlo y hablar acerca de él lógica y convincentemente, aun cuando no comprendamos nada de ello.

Nos es igualmente fácil perderlo porque no es nuestro, sino que ha sido vertido dentro de nosotros como un líquido en un recipiente. Migajas de verdad están esparcidas por doquier; y aquellos que saben y comprenden pueden ver y maravillarse de cuán cerca de la verdad vive la gente y, sin embargo, cuán ciega está y cuán impotente es para penetrarla. Pero al buscarla, es mucho mejor no aventurarse en absoluto en los oscuros laberintos de la estupidez e ignorancia humanas que ir ahí solo. Porque sin la guía y las explicaciones de alguien que sabe, un hombre, sin percatarse, puede sufrir una lesión, una dislocación de su máquina, a cada paso que da, después de lo cual tendría que gastar en su reparación mucho más de lo que gastó en dañarla.

Podría citar cientos de ejemplos de búsquedas mal dirigidas y de a dónde conducen. Podría darles los nombres de personas muy conocidas en la vida pública que han quedado trastornadas por el ocultismo y que viven entre nosotros y nos asombran por sus excentricidades. Les podría señalar el método exacto que causó su trastorno, en que ámbito “trabajaron‛’ y se ‛’desarrollaron’‛, y cómo éstos afectaron su constitución psicológica y por qué. Pero esta cuestión podría ser tema de una conversación larga y separada, así que por falta de tiempo, no voy a permitirme tratarla ahora.

PERSPECTIVAS DESDE EL MUNDO REAL (2º)

Mahler: Symphony No. 5 / Gergiev · World Orchestra for Peace

G.I. GURDJIEFF

G.I. GURDJIEFF

¿No es extraño que la gente preste tan poca atención a sí misma con referencia al conocimiento de si? ¿No es extraña la complacencia obtusa con que cierran sus ojos a lo que realmente son?

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¿Que podría darle al hombre la posibilidad de emplear el tiempo ventajosamente en su búsqueda, sino la libertad de toda clase de apego?

Pregúntense: ¿son libres? Muchos se inclinan a contestar “sí “ si están relativamente seguros en un sentido material y no tienen que inquietarse acerca del mañana; si no dependen de nadie para la subsistencia o para la elección de las condiciones de vida. Pero ¿es esto libertad? ¿Se trata sólo de condiciones exteriores? …

Al hablar sobre diferentes temas, he notado lo difícil que es el transmitir, aunque sea a una persona bien conocida, la comprensión que se tiene hasta del tema más ordinario. Nuestro idioma es demasiado pobre para descripciones completas y exactas. Más tarde, encontré que esta falta de comprensión entre un hombre y otro es un fenómeno matemáticamente ordenado, tan preciso como las tablas de multiplicar. En general, depende de la así llamada “psique” de la gente de que se trata y, en particular, del estado de su psique en un momento dado.

La verdad de esta ley puede verificarse a cada paso. Para ser comprendido por un hombre, no sólo es necesario para el que habla saber cómo hablar, sino también para el que escucha saber cómo escuchar. Y es por esto que puedo decir que si yo hablara del modo que considero exacto, todos aquí, con muy pocas excepciones, pensarían que estoy loco. Pero como ahora tengo que hablar para mi auditorio tal cual es, y mi auditorio tendrá que escucharme, primero debemos establecer la posibilidad de un entendimiento común. Mientras hablamos, debemos señalar gradualmente los hitos de una conversación productiva. Todo lo que quiero sugerir en este momento es que traten de mirar los fenómenos y cosas que les rodean, especialmente a ustedes mismos desde un punto de vista, desde un ángulo, que puede ser diferente a lo que es usual o natural para ustedes. Sólo mirar, porque el hacer más sólo es posible con el deseo y la cooperación del que escucha, cuando el que escucha deja de escuchar pasivamente y empieza a hacer, es decir, cuando se mueve hacia un estado activo.

Muy a menudo, al conversar con la gente, se oye la opinión directa o implícita de que al hombre, tal como lo encontramos en la vida ordinaria, se lo podrá considerar casi el centro del universo, el ‘‛ápice de la creación” o, en cualquier caso, una entidad grande e importante, cuyas posibilidades son casi ilimitadas, sus poderes casi infinitos. Pero aun con tales puntos de vista hay ciertas reservas: dicen que para esto se necesitan condiciones excepcionales, circunstancias especiales, inspiración, revelación, etc. Sin embargo, si examinamos esta concepción del “hombre”, vemos de inmediato que está formada por características que pertenecen no a un hombre, sino a varios individuos conocidos o supuestamente diferentes. En la vida real, nunca encontramos a tal hombre, ni en el presente, ni como personaje histórico en el pasado, ya que cada hombre tiene sus propias debilidades y si se mira más de cerca, se designa el espejismo de grandeza y de poder.

Pero la cosa más interesante no es que la gente disfrace a los demás con este espejismo, sino que, debido a una característica peculiar de su propia psique, lo transfiera a sí misma, si no en su totalidad, por lo menos en parte, como un reflejo. Y así, aunque las personas son casi nulidades, se imaginan ser ellas mismas este tipo colectivo o algo muy parecido.

Mas si un  hombre sabe cómo ser sincero consigo mismo —no sincero como usualmente se entiende esa palabra, sino despiadadamente sincero- entonces a la pregunta: “¿Que es usted?” no esperara una contestación reconfortante. Por lo tanto, sin esperar que ustedes se aproximen a experimentar por si’ mismos sobre lo que estoy hablando, sugiero que para comprender mejor lo que quiero decir, cada uno de ustedes ahora debería hacerse a sí mismo la pregunta: “¿Qué soy yo‛?” Estoy seguro que el 95 por ciento de ustedes se quedara perplejo con esta pregunta y contestará con otra: “¿Qué quiere usted decir?‛’.

Y esto probará que un hombre ha vivido durante toda su vida sin hacerse esta pregunta, que ha dado por sentado, axiomáticamente, que él es “algo”, hasta algo muy valioso, algo que nunca ha puesto en duda. Al mismo tiempo, es incapaz de explicar a otra persona lo que es. ¿Y no sería que no lo sabe, porque de hecho este “algo” no existe, sino que su existencia es mera presunción? ¿No es extraño que la gente preste tan poca atención a sí misma con referencia al conocimiento de si”? ¿No es extraña la complacencia obtusa con que cierran sus ojos a lo que realmente son y gastan sus vidas en la plácida convicción de que representan algo valioso? Dejan de ver la irritante vacuidad escondida detrás de la fachada demasiado pintada creada por su propio engaño y no se dan cuenta de que su valor es puramente convencional. En verdad, esto no es siempre así.

No toda la gente se ve a sí misma tan superficialmente. Sí, existen las mentes inquisitivas que anhelan la verdad del corazón, la buscan, se esfuerzan por resolver los problemas planteados por la vida, tratan de penetrar dentro de sí mismos. Si un hombre razona y piensa sanamente, no importa que camino siga al resolver estos problemas, inevitablemente debe regresar a sí mismo y empezar a solucionar el problema de lo que el mismos es y cuál es su lugar en el mundo que lo rodea. Porque sin este conocimiento no tendrá ningún punto de enfoque en su búsqueda. Las palabras de Sócrates, “Conócete a ti mismo”, persisten para todos aquellos que buscan el verdadero conocimiento y el ser.

Acabo de usar una nueva palabra: “ser”. Para estar seguro que por ella todos entendemos la misma cosa, tendré que decir algunas palabras como explicación.

Acabamos de preguntarnos si lo que un hombre piensa de sí mismo corresponde a lo que es en realidad, y ustedes se preguntaron a sí mismos qué son. He aquí un médico, allá un ingeniero ya allí un artista. ¿Son realmente lo que pensamos que son? ¿Podemos considerar la personalidad de cada uno de ellos como idéntica a su profesión, a la experiencia que esta profesión, o su preparación para ella, le ha dado?

Cada hombre llega al mundo como una hoja de papel en blanco; luego la gente y las circunstancias a su alrededor empiezan a rivalizar entre sí para ensuciar esta hoja y cubrirla con escritos. Entran aquí la educación, la formación de la moralidad, la información que llamamos conocimiento; todos los sentimientos de deber, honor, conciencia, etc. Y todos pretenden que los métodos adoptados para injertar al tronco estos retoños conocidos como la “personalidad del hombre” son inmutables e infalibles. Gradualmente se ensucia la hoja y mientras más se ensucia con el así llamado ‛’conocimiento‛’, más listo se considera al hombre. Cuanto más hay escrito en el espacio llamado “deber”, más honesto se dice que es poseedor; y así es con todo. Y la misma hoja sucia, al ver que la gente considera su suciedad como un mérito, cree que es valiosa. Este es un ejemplo de lo que llamamos “hombre”, al cual aún agregamos frecuentemente términos tales como talento y genio. Sin embargo, el humor de nuestro ‘‛genio”, cuando se despierta en la mañana, se arruina para todo el día si no encuentra sus pantuflas junto a la cama.

El hombre no es libre ni en sus manifestaciones ni en su vida. No puede ser lo que desea ser ni lo que cree que es. No se asemeja al retrato de sí mismo y las palabras ‛’hombre”, el ápice de la creación no son aplicables a él.

“Hombre”, éste es un término para enorgullecerse, pero tenemos que preguntarnos ¿qué clase de hombre? No el hombre, por cierto, que se irrita por trivialidades, que presta atención a pequeñeces y se enreda en todo lo que lo rodea. Para tener derecho a llamarse hombre, se debe ser un hombre; y este “ser” se obtiene sólo a través del conocimiento de sí y del trabajo sobre uno mismo en las direcciones que llegan a ser claras a través del conocimiento de sí.

¿Han tratado ustedes alguna vez de observarse mentalmente cuando su atención no está concentrada en algún problema determinado? Supongo que la mayoría de ustedes están familiarizados con esto, aunque tal vez sólo unos pocos lo han vigilado sistemáticamente en sí mismos. Sin duda, ustedes se han dado cuenta de nuestro modo de pensar por asociaciones casuales, cuando nuestro pensamiento ensarta escenas y memorias desconectadas, cuando cada cosa que cae dentro del campo de nuestra conciencia o apenas la toca ligeramente, hace surgir en nuestro pensamiento estas asociaciones causales. La cadena de pensamientos parece continuar sin interrupción, entretejiendo fragmentos de representaciones de percepciones anteriores, tomadas de diferentes grabaciones en nuestra memoria. Y estas grabaciones giran y se desenvuelven mientras nuestro aparato pensante teje hábil y continuamente los hilos del pensamiento de este material.

Las grabaciones de nuestros sentimientos giran del mismo modo; agradable y desagradable, alegría y tristezas, risa e irritación, placer y dolor, simpatía y antipatía. Al ser alabado usted está contento; alguien lo regaña y su humor se echa a perder. Algo nuevo capta su interés e instantáneamente le hace olvidar lo que tanto le interesaba el momento anterior. Gradualmente su interés lo amarra a esta nueva cosa, hasta que se hunde de pies a cabeza; de repente ya no la posee, usted ha desaparecido, está amarrado y disuelto en esta cosa; de hecho ella lo posee, lo ha cautivado; y esta infatuación, esta capacidad para ser cautivado, bajo muchos diferentes modos, es una característica de cada uno de nosotros. Esto nos amarra y nos impide ser libres. Por lo mismo nos quita nuestra fuerza y nuestro tiempo, dejándonos sin posibilidad de ser objetivos y libres: dos cualidades esenciales para quien decide seguir el camino del conocimiento de sí.

Debemos esforzarnos por la libertad si nos esforzamos por el conocimiento de sí. La tarea de un más amplio conocimiento y desarrollo de sí es de tal importancia y seriedad, demanda tan intensidad de esfuerzo, que es imposible intentarla descuidadamente y en medio de otras cosas. La persona que emprende esta tarea debe darle preeminencia en su vida, la que no es tan larga para permitirle el malgastarla en trivialidades.

¿Que podría darle al hombre la posibilidad de emplear el tiempo ventajosamente en su búsqueda, sino la libertad de toda clase de apego?

Libertad y seriedad. No la clase de seriedad que se asoma bajo cejas fruncidas y labios arrugados, ademanes cuidadosamente reprimidos y palabras filtradas entre los dientes, sino la clase de seriedad que significa determinación y persistencia en la búsqueda, intensidad y constancia en ella tal, que un hombre, aun cuando descansa, continúa con su tarea principal.

Pregúntense: ¿son libres? Muchos se inclinan a contestar “sí “ si están relativamente seguros en un sentido material y no tienen que inquietarse acerca del mañana; si no dependen de nadie para la subsistencia o para la elección de las condiciones de vida. Pero ¿es esto libertad? ¿Se trata sólo de condiciones exteriores? …

PERSPECTIVAS DESDE EL MUNDO REAL (1º)

Beethoven – Violin Concerto – Vadim Repin – Valery Gergiev – Kirov Orchestra Saint Petersburg

G.I. GURDJIEFF

G.I. GURDJIEFF

El hombre es una pluralidad. Su nombre es legión

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El hombre no tiene un «Yo» individual. En su lugar, hay centenares y millares de pequeños «yoes» separados, que la mayoría de las veces se ignoran, no mantienen ninguna relación, o por el contrario, son hostiles unos a otros, exclusivos e incompatibles. A cada minuto, a cada momento, el hombre dice o piensa «Yo». Y cada vez su «yo» es diferente. Hace un momento era un pensamiento, ahora es un deseo, luego una sensación, después otro pensamiento, y así sucesivamente, sin fin. El hombre es una pluralidad. Su nombre es legión.

Muy a menudo, casi en cada conversación, G. volvía sobre la ausencia de unidad en el hombre.

Uno de los errores más graves del hombre, dijo, que debe serle recordado constantemente, es su ilusión con respecto a su «Yo». “El hombre tal como lo conocemos, el hombre máquina, el hombre que no puede «hacer», el hombre con quien y a través de quien «todo sucede», no puede tener un «Yo» permanente y único. Su «Yo» cambia tan rápidamente como sus pensamientos, sus sentimientos, sus humores, y comete él un error profundo cuando se considera siempre una sola y misma persona; en realidad, siempre es una persona diferente, nunca es el que era un momento antes.

El hombre no tiene un «Yo» permanente e inmutable. Cada pensamiento, cada humor, cada deseo, cada sensación dice «Yo». Y rada vez, parece tenerse por seguro que este «yo» pertenece al Todo del hombre, al hombre entero, y que un pensamiento, un deseo, una aversión, son la expresión de este Todo. En efecto, no hay prueba alguna en apoyo de esta afirmación. Cada pensamiento del hombre, cada uno de sus deseos se manifiesta y vive de una manera independiente y separada de su Todo. Y el Todo del hombre no se expresa jamás, por la simple razón de que no existe como tal, salvo físicamente como una cosa, y abstractamente como un concepto. El hombre no tiene un «Yo» individual. En su lugar, hay centenares y millares de pequeños «yoes» separados, que la mayoría de las veces se ignoran, no mantienen ninguna relación, o por el contrario, son hostiles unos a otros, exclusivos e incompatibles. A cada minuto, a cada momento, el hombre dice o piensa «Yo». Y cada vez su «yo» es diferente. Hace un momento era un pensamiento, ahora es un deseo, luego una sensación, después otro pensamiento, y así sucesivamente, sin fin. El hombre es una pluralidad. Su nombre es legión.

El alternarse de los «yoes», sus luchas por la supremacía, visibles a cada instante, son comandadas por las influencias  exteriores  accidentales. El calor, el sol, el buen tiempo, llaman inmediatamente a todo un grupo de «yoes». El frío, la neblina, la lluvia llaman a otro grupo de «yoes», a otras asociaciones, a otros sentimientos, a otras acciones. No hay nada dentro del hombre que sea capaz de controlar los cambios de los «yoes», principalmente porque el hombre no los nota, o no tiene ninguna idea de ellos; vive siempre en su último «yo». Algunos, naturalmente, son más fuertes que otros; pero no por su propia fuerza consciente. Han sido creados por la fuerza de los accidentes, o por excitaciones  mecánicas  externas. La educación, la imitación, la lectura, el hipnotismo de la religión, de las castas y de las tradiciones, o la seducción de los últimos «slogans», dan nacimiento, en la personalidad de un hombre, a «yoes» muy fuertes que dominan series enteras de otros «yoes» más débiles. Pero su fuerza es tan sólo la fuerza de los ‘cilindros’ de los diferentes centros. Todos  los ‘yo’ que  forman  la personalidad del hombre tienen el mismo origen que estos cilindros; todos son el resultado de influencias externas; se mueven y están sujetos a nuevas influencias externas.

El hombre no tiene individualidad. No tiene un gran «Yo» único. El hombre está dividido en una multitud de pequeños «yoes». “Pero cada uno de ellos es capaz de llamarse a sí mismo con el nombre del Todo, de actuar en el nombre del Todo, de hacer promesas, de tomar decisiones, de estar de acuerdo o de no estar de acuerdo con lo que otro «yo», o el Todo, tendría que hacer. Esto explica por qué la gente toma decisiones tan a menudo y tan raramente las cumple. Un hombre decide levantarse temprano, comenzando a partir del día siguiente. Un «yo», o un grupo de «yoes» toma esta decisión. Pero levantarse es problema de otro «yo» que no está de acuerdo en absoluto, y que quizás ni siquiera ha sido puesto al corriente. Naturalmente, a la mañana siguiente el hombre seguirá durmiendo, y por la noche decidirá nuevamente levantarse temprano. Esto puede traer consecuencias muy desagradables. Un pequeño «yo» accidental puede hacer una promesa, no a sí mismo, sino a alguna otra persona en un momento dado, simplemente por vanidad, o para divertirse. Luego desaparece. Pero el hombre, es decir el conjunto de los otros «yoes» que son completamente inocentes, tendrá que pagar quizás por toda su vida esta gracia. La tragedia del ser humano es que cualquier pequeño «yo» tiene el poder de firmar contratos, y que luego sea el hombre, es decir el Todo, quien deba enfrentarlos. Así pasan vidas enteras, cancelando deudas contraídas por pequeños «yoes» accidentales. ”

Las enseñanzas orientales están llenas de alegorías que intentan describir, desde este punto de vista, la naturaleza del ser humano. “Según una de ellas, el hombre es comparado a una casa, sin Amo ni mayordomo, ocupada por una multitud de sirvientes. Éstos han olvidado completamente sus deberes; nadie quiere cumplir su tarea; cada uno se esfuerza en ser el amo, aunque fuere un momento, y en esta especie de anarquía la casa está amenazada por los más graves peligros. La única posibilidad de salvación está en que un grupo de sirvientes más sensatos se reúna y elija un mayordomo temporal, es decir, un mayordomo suplente. Este mayordomo suplente puede entonces poner en su sitio a los otros sirvientes, y obligar a cada uno de ellos a realizar su trabajo: la cocinera a la cocina, el cochero al establo, el jardinero al jardín, y así sucesivamente. De esta manera, la «casa» puede estar lista para la llegada del verdadero mayordomo, el cual a su vez preparará la llegada del verdadero Amo.

“La comparación del hombre con una casa en espera de su amo es frecuente en las enseñanzas del Oriente que han conservado las huellas del conocimiento antiguo, y como ustedes lo saben, esta idea aparece también bajo formas variadas en numerosas parábolas de los Evangelios. ”

Pero aunque el hombre comprendiera sus posibilidades de la manera más clara, esto no lo acercaría ni un paso hacia su realización. Para estar en condición de realizar estas posibilidades, debe tener un ardiente deseo de liberación, debe estar listo a sacrificar todo, a arriesgar todo por su liberación.”

Fragmentos de Una Enseñanza Desconocida

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PD OUSPENSKY

 

— ¿Qué quiere usted? me dijo G. Los hombres son maquinas. Las máquinas son necesariamente ciegas, inconscientes. No pueden ser de otra manera y todas sus acciones tienen que corresponder a su naturaleza. Todo sucede. Nadie hace nada. El «progreso» y la «civilización», en el sentido real de estas palabras, no pueden aparecer sino al término de esfuerzos conscientes. No pueden aparecer como resultado de accionen inconscientes y mecánicas. ¿Qué esfuerzos conscientes puede hacer una máquina? Y si una máquina es inconsciente, lo son también cien y mil máquinas y cientos de miles y millones de máquinas.

La actividad inconsciente de un millón de máquinas tiene necesariamente que dar por único resultado la destrucción, la exterminación. Es precisamente en las manifestaciones inconscientes e involuntarias en las que reside todo el mal. Ustedes no comprenden todavía, y no pueden imaginar todas las consecuencias de esta plaga. Pero llegará el tiempo en que comprenderán.”

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¿Cómo debe entenderse la evolución del hombre?

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La humanidad no progresa, ni evoluciona. Lo que nos parece ser progreso o evolución es una modificación parcial que puede ser inmediatamente contrabalanceada por una modificación correspondiente en la dirección opuesta.

Me esforzaré en reconstruir todo lo que se dijo en el grupo de San Petersburgo y en los grupos posteriores, exactamente como lo recuerdo, y tratando de no volver sobre lo ya dicho en las “Conferencias Psicológicas”. Sin embargo, es imposible en algunos casos evitar las repeticiones y además, la exposición fiel de las ideas’ de la enseñanza de G. tal como él las dio, ofrece, a mi parecer, un gran interés.

Alguien preguntó durante una reunión: “¿Cómo debe comprenderse la evolución?”

—La evolución del hombre, respondió G., se puede comprender como el desarrollo en él de aquellas facultades y poderes que jamás se desarrollan de por sí, es decir, mecánicamente. Sólo este tipo de desarrollo o de crecimiento marca la evolución real del hombre. No hay, y no puede haber, ninguna otra clase de evolución.

“Consideremos al hombre en el grado actual de su desarrollo. La naturaleza lo ha hecho tal cual es y tomado colectivamente, hasta donde podemos ver, así permanecerá. Los cambios que podrían ir en contra de las exigencias generales de la naturaleza sólo se pueden producir  en unidades  separadas.

Para comprender la ley de la evolución del hombre, es indispensable captar que esta evolución, más allá de cierto grado, no es en absoluto necesaria, es decir: de ningún modo necesaria para el desarrollo propio de la naturaleza en un momento dado. En términos más precisos, la evolución de la humanidad corresponde a la evolución de los planetas; pero el proceso evolutivo de los planetas, para nosotros, se desarrolla a través de ciclos de tiempo infinitamente largos. En el espacio de tiempo que el pensar humano puede abarcar, no puede tener lugar ningún cambio esencial en la vida de los planetas, y por consiguiente no puede tener lugar ningún cambio esencial en la vida de la humanidad.

La humanidad no progresa, ni evoluciona. Lo que nos parece ser progreso o evolución es una modificación parcial que puede ser inmediatamente contrabalanceada por una modificación correspondiente en la dirección opuesta. “La humanidad, así como el resto de la vida orgánica, existe sobre la tierra para los fines propios de la tierra. Y es exactamente lo que debe ser para responder a las necesidades actuales de la tierra.

“Sólo un pensamiento tan teórico y tan alejado de los hechos como el pensamiento europeo moderno, podría concebir la posibilidad de la evolución del hombre independientemente de la naturaleza circundante, o considerar la evolución del hombre como una gradual conquista de la naturaleza. Esto es completamente imposible. Ya sea que viva, muera, evolucione o degenere, igualmente el hombre sirve a los fines de la naturaleza, o más bien, la naturaleza se sirve igualmente —aunque quizá por motivos diferentes— de los resultados tanto de la evolución como de la degeneración. La humanidad considerada como un todo jamás puede escapar a la naturaleza, ya que aun en su lucha contra ella, el hombre actúa de conformidad con los fines de la misma. La evolución de grandes masas humanas está en oposición a los fines de la naturaleza. La evolución de un pequeño porcentaje de hombres puede estar de acuerdo con estos fines.

El hombre contiene en sí mismo la posibilidad de su evolución. Pero la evolución de la humanidad en su conjunto, es decir, el desarrollo de esta posibilidad en todos los hombres, o en la mayoría de ellos, o aun en un gran número, no es necesaria a los designios de la tierra o del mundo planetario en general, y de hecho, esto podría serle perjudicial o aun fatal. Hay, por consiguiente, fuerzas  especiales (de carácter planetario) que se oponen a la evolución de las grandes masas humanas y las mantienen donde deben estar.

Por ejemplo, la evolución de la humanidad más allá de cierto grado, o más exactamente, más allá de cierto porcentaje, sería fatal para la luna. Actualmente la luna se nutre de la vida orgánica, se nutre de la humanidad. La humanidad es una parte de la vida orgánica; esto significa que la humanidad es un alimento para la luna. Si todos los hombres llegaran a ser demasiados inteligentes, ya no querrían ser devorados por la luna.

“Pero las posibilidades de evolución existen y se pueden desarrollar en individuos aislados, con la ayuda de los conocimientos y de los métodos apropiados. Tal desarrollo puede efectuarse sólo en interés del hombre, en oposición a las fuerzas y, se podría decir, a los intereses del mundo planetario. Un hombre tiene que comprender esto: que su evolución no interesa sino a él. A ningún otro le interesa. Y no debe contar con la ayuda de nadie. Porque nadie está obligado a ayudarle, y nadie tiene la intención de hacerlo. Por el contrario, las fuerzas que se oponen a la evolución de las grandes masas humanas también se oponen a la evolución de cada hombre. Toca a cada uno el ingeniárselas. Mas si un hombre puede burlarlas, la humanidad no puede hacerlo. Ustedes comprenderán más tarde que todos estos obstáculos  son muy útiles; si no existieran, sería necesario crearlos intencionalmente, porque sólo al vencer los obstáculos un hombre puede desarrollar en sí mismo las cualidades que necesita.

Tales son las bases de un concepto correcto de la evolución del hombre. No hay evolución obligatoria, mecánica. La evolución es el resultado de una lucha consciente. La naturaleza no necesita esta evolución; no la quiere y la combate. La evolución no puede ser necesaria sino al hombre mismo, al darse cuenta de su situación y de la posibilidad de cambiarla, cuando se da cuenta de que tiene poderes que nunca emplea, y riquezas que no ve. Y es en el sentido de lograr la posesión de estos poderes y de estas riquezas que la evolución es posible. Pero si todos los hombres, o la mayoría de ellos, comprendieran esto y desearan obtener lo que les pertenece por derecho de nacimiento, la evolución llegaría a ser otra vez imposible. Lo que es posible para cada hombre es imposible para las masas.

“El individuo tiene el privilegio de ser muy pequeño, y por lo tanto de no contar en la economía general de la naturaleza, donde no cambia nada el que haya un hombre mecánico de más o de menos. Podemos darnos una idea de la correlación de magnitudes comparándola a la que existe entre una célula microscópica y nuestro cuerpo entero. La presencia o la ausencia de una célula no cambia nada en la vida del cuerpo. No podemos ser conscientes de ello, y esto no puede tener influencia sobre la vida y las funciones del organismo. Exactamente de la misma manera, un individuo como tal es demasiado pequeño para influir en la vida del organismo cósmico, con el cual está en la misma relación (en lo que se refiere al tamaño) que la de una célula con todo nuestro organismo. He aquí precisamente lo que le puede permitir «evolucionar», he aquí en qué se basan sus «posibilidades».

En cuanto a la evolución, es indispensable convencerse bien, desde el principio mismo, que nunca existe evolución mecánica. La evolución del hombre es la evolución de su conciencia. Y la «conciencia» no puede evolucionar inconscientemente. La evolución del hombre es la evolución de su voluntad, y la «voluntad» no puede evolucionar involuntariamente. La evolución del hombre es la evolución de su poder de «hacer», y el «hacer» no puede ser el resultado de lo que «sucede».

La gente no sabe lo que es el hombre. Ella tiene que tratar con una máquina muy complicada, mucho más complicada que una locomotora, un auto o un avión — pero no saben nada, o casi nada, de la estructura, de la marcha, ni de las posibilidades de esta máquina; ni siquiera comprenden sus mas simples funciones, porque no conocen la finalidad de estas funciones. Imaginan vagamente que un hombre tendría que aprender a manejar su máquina como tiene que aprender a manejar una locomotora, un auto o un avión, y que una maniobra incompetente de la máquina humana es tan peligrosa como una maniobra incompetente de cualquier otra máquina. Todo el mundo se da cuenta si se trata de un avión, de un auto o de una locomotora.

Pero muy raras veces uno lo toma en consideración cuando se trata del hombre en general, o de sí mismo en particular. Uno cree que es justo y legítimo pensar que la naturaleza le ha dado al hombre el conocimiento necesario de su propia máquina; no obstante, la gente estará de acuerdo en que un conocimiento instintivo de esta máquina está lejos de ser suficiente. ¿Por qué estudian ellos la medicina y recurren a sus servicios? Evidentemente porque se dan cuenta que no conocen sus propias máquinas. Pero no sospechan que podrían conocerlas mucho mejor de lo que la ciencia las conoce y que entonces podrían obtener de ellas un trabajo completamente distinto.”

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PD OUSPENSKY

 Fragmentos de Una Enseñanza Desconocida

Los Humanos somos alimento de “algo”

¿Somos una Granja de Entidades Superiores?

Los hombres son maquinas. ¿Qué esfuerzos conscientes puede hacer una máquina?

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Los hombres son maquinas. Las máquinas son necesariamente ciegas, inconscientes. No pueden ser de otra manera y todas sus acciones tienen que corresponder a su naturaleza. La actividad inconsciente de ‘un millón de máquinas’ tiene necesariamente que dar por único resultado la destrucción, la exterminación.

Durante una de las reuniones siguientes, se abordó una vez más la cuestión de los caminos.

—Para un hombre de cultura occidental, dije, naturalmente es difícil creer y aceptar la idea de que un faquir ignorante, un monje ingenuo, o un yogui retirado del mundo pueda estar en el camino de la evolución mientras que un europeo cultivado, armado de su «ciencia exacta» y de los últimos métodos de investigación, no tiene ninguna oportunidad y gira en un círculo del cual no puede esperar salir.

—Sí, esto es porque la gente cree en el progreso y en la cultura, dijo G. Pero no hay ningún progreso, de ninguna clase. Nada ha cambiado en miles de años. Sólo la forma exterior cambia. La esencia no cambia. El hombre sigue siendo exactamente igual. Los pueblos «cultos» y «civilizados» viven y se guían por los mismos intereses de los salvajes más ignorantes. La civilización moderna está basada en la violencia, la esclavitud y en las frases bellas. Pero todas las frases bellas sobre la ‘civilización’ y el ‘progreso’ son palabras y nada  más que palabras.”

Esto no podía dejar de producir en nosotros una impresión particularmente profunda, porque fue dicho en 1916, cuando la más reciente de las manifestaciones de la “civilización”, en la forma de una guerra como el mundo jamás había visto, no hacía sino crecer y ampliarse, arrastrando en su órbita de semana en semana a nuevos millones de hombres.

Recordaba haber visto, unos días antes, en la Liteiny, dos enormes camiones cargados hasta la altura de un primer piso, de muletas nuevas de madera, todavía sin pintar. No sé por qué estos camiones me habían asustado particularmente. En estas montañas de muletas, para las piernas que todavía no habían sido mutiladas, había, con respecto a todas las ilusiones con que la gente se arrulla, una ironía particularmente cínica. A pesar mío, me representé el hecho de que camiones exactamente semejantes rodaban en Berlín, París, Viena, Londres, Roma y Constantinopla. Y actualmente todas estas ciudades, que yo conocía y amaba, justamente en razón de sus diferencias y contrastes, se habían tornado hostiles para mí, así como en adelante serian hostiles entre sí, separadas por nuevos muros de odio y de crimen.

Un día que nos encontrábamos reunidos, hable de aquellos camiones y de su carga de muletas, y de los pensamientos que se habían suscitado en mí.

— ¿Qué quiere usted? me dijo G. Los hombres son maquinas. Las máquinas son necesariamente ciegas, inconscientes. No pueden ser de otra manera y todas sus acciones tienen que corresponder a su naturaleza. Todo sucede. Nadie hace nada. El «progreso» y la «civilización», en el sentido real de estas palabras, no pueden aparecer sino al término de esfuerzos conscientes. No pueden aparecer como resultado de accionen inconscientes y mecánicas. ¿Qué esfuerzos conscientes puede hacer una máquina? Y si una máquina es inconsciente, lo son también cien y mil máquinas y cientos de miles y millones de máquinas.

La actividad inconsciente de un millón de máquinas tiene necesariamente que dar por único resultado la destrucción, la exterminación. Es precisamente en las manifestaciones inconscientes e involuntarias en las que reside todo el mal. Ustedes no comprenden todavía, y no pueden imaginar todas las consecuencias de esta plaga. Pero llegará el tiempo en que comprenderán.”

Con esta afirmación, según lo recuerdo, terminó su conferencia.

FRAGMENTOS DE UNA ENSEÑANZA DESCONOCIDA

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P. D. OUSPENSKY

OSHO – Ninguna sociedad quiere que seas sabio

Las emociones negativas: Una síntesis de algunos de los dichos y escritos de P. D. Ouspensky sobre el tema de las emociones negativas

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Las emociones negativas constituyen un terrible fenómeno. Ocupan un enorme lugar en nuestra vida. Se puede decir de mucha gente que todas sus vidas están reguladas y controladas, y en última instancia son arruinadas por las emociones negativas. Al mismo tiempo, no puede decirse que las emociones negativas representen ningún papel útil en nuestras vidas. 

El término “emociones negativas” comprende a todas las emociones de violencia o depresión: auto-compasión, ira, sospecha, miedo, enfado, aburrimiento, desconfianza, celos, etc. De ordinario se acepta esta expresión de emociones negativas como completamente naturales o incluso necesarias. Muy a menudo recibe el nombre de “sinceridad”. Por supuesto, no tiene nada que ver con la sinceridad; es sólo un síntoma de debilidad en la persona, un signo de mal carácter y una incapacidad para guardar para uno mismo las propias penas.

Tomamos consciencia de ello cuando tratamos de oponernos a esta tendencia, y de esto aprendemos otra lección. Nos damos cuenta de que en relación con las manifestaciones mecánicas no es suficiente observarlas, es necesario resistirlas, porque sin resistirlas no podemos observarlas. Suceden tan rápido, tan habitualmente y tan imperceptiblemente, que no podemos percibirlas a menos que hagamos suficientes esfuerzos para crearlas obstáculos.

Las emociones negativas constituyen un terrible fenómeno. Ocupan un enorme lugar en nuestra vida. Se puede decir de mucha gente que todas sus vidas están reguladas y controladas, y en última instancia son arruinadas por las emociones negativas. Al mismo tiempo, no puede decirse que las emociones negativas representen ningún papel útil en nuestras vidas. No ayudan a nuestra orientación, no nos dan ningún conocimiento, no nos guían de modo sensato. Por el contrario, echan a perder todos nuestros placeres, hacen que la vida nos sea un peso difícil de llevar y muy eficazmente impiden nuestro posible desarrollo, porque no hay nada más mecánico en nuestras vidas que las emociones negativas.

Las emociones negativas escapan siempre a nuestro control. Aquellos que piensan que pueden controlar sus emociones negativas y manifestarlas a voluntad simplemente se engañan a sí mismos. Las emociones negativas están basadas en una identificación*, si la identificación se destruye en un caso particular, las emociones negativas desaparecen. El hecho más extraño y fantástico sobre las emociones negativas es que, de hecho, son reverenciadas por todos. Lo que más le cuesta admitir al hombre mecánico corriente es que las emociones negativas propias y ajenas no tienen ningún valor y no contienen nada noble, ni bello, ni fuerte. En realidad, las emociones negativas no contienen sino debilidad, y a menudo son el principio de la histeria, de la locura o del crimen. Lo único bueno que se puede decir de ellas es que, siendo completamente inútiles y creadas artificialmente por la imaginación y las identificaciones, pueden ser destruidas sin que eso suponga ninguna perdida, y ésta es la única oportunidad de escape que el hombre tiene.

En realidad, tenemos mucho más poder sobre las emociones negativas de lo que pensamos, particularmente cuando nos hemos convencido de lo peligrosas que son y de lo urgente que resulta el luchar contra ellas. Pero encontramos demasiadas excusas contra ellas y nadamos en los mares de la auto-compasión o del egoísmo, encontrando fallos en todo excepto en nosotros mismos.

Antes de decir nada más sobre las emociones negativas es necesario que recapitulemos muy brevemente la idea fundamental sobre la que se basa nuestro estudio del hombre. El hombre, tal como le conocemos, no es un ser completo. La naturaleza le desarrolla solo hasta un cierto punto, y luego le deja para que siga creciendo por sus propios esfuerzos y recursos, o bien para que viva y muera tal como ha nacido. El hombre se atribuye a sí mismo muchos poderes, facultades y propiedades que no posee, y que nunca llegará a poseer a menos que pueda desarrollarse hasta convertirse en un ser completo. El hombre no se da cuenta de que, de hecho, él no es más que una máquina sin movimientos independientes, la cual es puesta en funcionamiento por las circunstancias externas. La más importante de las cualidades que el hombre se atribuye a sí mismo, pero que no posee, es la consciencia. Por consciencia entendemos un tipo particular de apercibimiento en el hombre. La consciencia de sí mismo, de quién es, de lo que siente o piensa, o de dónde se encuentra en ese momento.

Hay que recordar que el hombre no es igualmente consciente todo el tiempo y que, según el modo en el que nosotros estudiamos al hombre, consideramos que él tiene la posibilidad de cuatro estados diferentes de consciencia. Son los siguientes: sueño, estado de vigilia o consciencia relativa, tercer estado de consciencia o auto-consciencia y cuarto estado de consciencia o consciencia objetiva. Pero en la vida ordinaria el hombre no sabe nada de lo que es consciencia objetiva y no hay experimentos posibles en esta dirección.

De hecho, el hombre vive en sólo dos estados: una parte de su vida la pasa dormido y la otra en lo que es llamado estado de vigilia pero que en realidad se diferencia muy poco del sueño. Por consiguiente, cuando hablamos de consciencia nos referimos a un estado de mayor amplitud que nuestro estado ordinario de vigilia. Sobre este estado no tenemos control, pero sí sobre el modo en que pensamos sobre él y podemos construir nuestro pensamiento de modo que la consciencia se produzca. Dando a nuestros pensamientos una dirección que tendrían en un momento de consciencia, podemos inducirla. Llamamos a esta práctica auto recuerdo.

*El “identificarse” o la “identificación” es un curioso estado en el que el hombre pasa la mitad de su vida, estando en estado de sueño la otra mitad. El se identifica con todo: con lo que dice, con lo que siente, con lo que cree, con lo que no cree, con lo que desea, con lo que no desea, con lo que le atrae, con lo que le repele. Todo se convierte en él o, mejor dicho, él se convierte en ello. Se convierte en lo que le gusta y en lo que le disgusta. Esto significa que en estado de identificación el hombre es incapaz de separarse del objeto de su identificación. Es difícil encontrar una mínima cosa con la que el hombre sea incapaz de identificarse. Al mismo tiempo, en estado de identificación es cuando el hombre tiene menos control sobre sus reacciones mecánicas.

La identificación, su significado, causas y resultados, esta extremadamente bien descrita en Writings from the Philokalia, trad. por E. Kadloubovsky y G. E. Palmer, pagina 338, párrafos 34-6, Londres, 1951.

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P.D. Ouspensky
La Consciencia -Una búsqueda de la verdad-

Esencia y Personalidad Gurdieff