Todo buscador sueña con un guía que sabe, sueña con él, pero rara vez se pregunta a sí mismo objetiva y sinceramente: ¿Merece él ser guiado?

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No cuente con tratar de regresar. Este experimento le puede costar muy caro. El guía se compromete sólo a llevarlo allá y si quiere regresar, él no está obligado a regresar con usted. Será abandonado a sí mismo, y desdichado aquel que se debilita u olvida el camino: nunca regresara. Y aún si recuerda el camino, siempre queda la pregunta: ¿regresará sano y salvo?

Cuanto más estudia el hombre los obstáculos y engaños que le esperan a cada paso en este terreno, más se convence que es imposible recorrer el camino del desarrollo de sí siguiendo las instrucciones casuales de gente encontrada por azar, o la case de información entresacada de la lectura y de las conversaciones fortuitas.

Al mismo tiempo, gradualmente ve con más claridad, primero un débil destello, y luego la clara luz de la verdad que ha iluminado a la humanidad a través de los siglos. Los principios de la iniciación se pierden en la obscuridad del tiempo, donde desaparece la larga cadena de épocas. Grandes culturas y civilizaciones se asoman, surgiendo veladamente de cultos y misterios, siempre cambiando, desapareciendo y reapareciendo. El Gran Conocimiento se transmite sucesivamente de época en época, de pueblo a pueblo, de raza a raza. Los grandes centros iniciáticos en la India, Asiria, Egipto y Grecia iluminan al mundo con brillante luz. Los venerados nombres de los grandes iniciados, los portadores vivientes de la verdad, son pasados reverentemente de generación en generación. La verdad se establece por medio de escritos simbólicos y leyendas y se transmite a las masas para su preservación, en forma de costumbres y ceremonias, en tradiciones orales, en monumentos conmemorativos, en el arte sagrado, a través de las cualidades invisibles de la danza, música, escultura y varios rituales. Se comunica abiertamente, después de una determinada prueba, a aquellos que buscan y se preserva por transmisión oral en la cadena de aquellos que saben.

Después de haber transcurrido cierto tiempo, los centros de iniciación mueren uno tras otro, y el antiguo conocimiento se va por canales subterráneos a las profundidades, escondiéndose a los ojos de los buscadores. Los poseedores de este conocimiento también se ocultan, tornándose desconocidos para aquellos que los rodean; sin embargo, no cesan de existir. De cuando en cuando corrientes aisladas se abren paso a la superficie, evidenciando que en algún lugar muy profundo en el interior, aun en nuestros días, fluye la poderosa corriente antigua del verdadero conocimiento del ser. El abrirse paso hacia esa corriente, el encontrarla, es la tarea y la meta de la búsqueda; porque al haberla encontrado un hombre puede entregarse osadamente al camino por el cual tiene la intención de ir: entonces sólo resta “saber‛’ para llegar a ‛’ser‛’ y poder “hacer‛’. En este camino un hombre no estará enteramente solo; en momentos difíciles recibirá apoyo y guía, porque todos los que siguen este camino están conectados por una cadena ininterrumpida.

Posiblemente el único resultado positivo de todo este deambular en los sinuosos senderos y pistas de la investigación oculta, será que, si un hombre preserva la capacidad de un juicio y pensamiento sanos, desarrollará esa capacidad especial de discriminación que puede llamarse olfato. Descartará los caminos de la psicopatía y del error, y buscará persistentemente los caminos verdaderos. Y aquí, como en el conocimiento de sí, es aplicable el principio que ya he citado: “Para poder hacer, es necesario saber; pero para saber, es necesario encontrar cómo saber.‛’ A un hombre que está buscando con todo su ser, con todo el interior de sí mismo, le llega la indefectible convicción de que el descubrir cómo saber a fin de hacer, sólo le es posible encontrando un guía con experiencia y conocimiento, que lo tome bajo su custodia, convirtiéndose en su maestro. Y aquí es donde el olfato de un hombre es más importante que en cualquier otra parte. Escoge un guía para sí mismo. Por supuesto es condición indispensable que escoja como guía a un hombre que sabe, de otro modo se pierde todo el sentido de la elección. ¿Quién puede decir a dónde llevará a un hombre un guía que no sabe? 

Todo buscador sueña con un guía que sabe, sueña con él, pero rara vez se pregunta a sí mismo objetiva y sinceramente: ¿Merece él ser guiado? ¿Está preparado para seguir el camino?wallpaper-780271

Salga usted en una clara y estrellada noche a un lugar abierto y mire al cielo, a aquellos millones de mundos sobre su cabeza. Recuerde que quizás en cada uno de ellos hormiguean billones de seres semejantes o quizá superiores a usted en su Organización. Mire la Via Lactea. La Tierra ni siquiera puede ser llamada un grano de arena en este infinito. Se disuelve y desaparece, y con ella usted. ¿Dónde está usted? Y lo que usted quiere ¿no será simplemente locura? Ante todos esos mundos, pregúntese cuáles son sus metas y esperanzas, sus intenciones y medios para cumplirlas, cuáles serán las exigencias que le podrán hacer y cuál su preparación para enfrentarlas.

Un largo y difícil viaje está ante usted, se está preparando para un extraño y desconocido territorio. El camino es infinitamente largo. No sabe si será posible descansar en el camino ni dónde será posible. Debe estar preparado para lo peor. Lleve todo lo necesario para el viaje. Trate de no olvidar nada, porque después será demasiado tarde y no habrá tiempo para regresar por lo que se ha olvidado, para rectificar el error.

Mida su fuerza: ¿Es suficiente para todo el viaje? ¿Cuán pronto puede partir? Recuerde que si tarda más en el camino, necesitará llevar proporcionalmente más provisiones, y esto lo hará demorar más, tanto en el camino como en los preparativos. Sin embargo, cada minuto cuenta. Una vez que ha decidido ir, es inútil perder tiempo.

Sé una Luz para ti Mismo

No cuente con tratar de regresar. Este experimento le puede costar muy caro. El guía se compromete sólo a llevarlo allá y si quiere regresar, él no está obligado a regresar con usted. Será abandonado a sí mismo, y desdichado aquel que se debilita u olvida el camino: nunca regresara. Y aún si recuerda el camino, siempre queda la pregunta: ¿regresará sano y salvo? Porque hay muchas molestias que esperan al viajero solitario que no conoce el camino y las costumbres que ahí prevalecen. Tenga en cuenta que su vista tiene la facultad de presentar objetos distantes como si estuvieran cerca. Engañado por la cercanía de la meta, hacia la cual se esfuerza, cegado por su belleza e ignorante de la medida de su propia fuerza, no verá los obstáculos en el camino; no verá las numerosas zanjas que cruzan el camino. En una verde pradera cubierta de exuberantes flores, en el tupido pasto, se esconde un profundo precipicio. Es muy fácil tropezar y caer si sus ojos no están concentrados en el paso que está dando.

No olvide concentrar toda su atención en el sector más cercano del camino; no se preocupe por metas lejanas, sino quiere caer en el precipicio. Sin embargo, no olvide su meta. Recuérdela todo el tiempo y mantenga en sí mismo un activo empeño hacia ella, para no perder la dirección correcta.

Y una vez que haya empezado, sea vigilante; lo que ha pasado queda atrás y no reaparecerá; de modo que si deja de verlo en el momento preciso, nunca lo notará. No sea demasiado curioso ni pierda tiempo en Cosas que atraen su atención, pero que no la merecen. El tiempo es precioso, y no debería gastarse en cosas que no tienen relación directa con su meta.

Recuerde dónde está y porqué está aquí. No se proteja y recuerde que ningún esfuerzo se hace en vano.

Y ahora puede emprender el camino

G.I. GURDJIEFF

G.I. GURDJIEFF

PERSPECTIVAS DESDE EL MUNDO REAL (3ª)

¡Ven a la luz del paraíso!

   Infinitas playas de arena blanca. El desafío del viento. El sabor del mar.

         ***

   Y aquella noche, mientras caminaba por la arena mojada, rodeado de gaviotas, uno sintió una sensación extraordinaria de libertad abierta y la gran belleza del amor.

Mientras uno paseaba por la playa, las enormes olas rompían con una fuerza y unas curvas maravillosas. Uno caminaba contra el viento y de repente sentía que no había nada entre uno y el cielo, y que este espacio era sagrado. Estar del todo abierto, vulnerable a las montañas, al mar, y a las personas, es la esencia misma de la meditación. No tener resistencias, no tener barreras internas contra nada, ser realmente libre, estar completamente libre de todas las pequeñas demandas, de los impulsos, de las exigencias, con todo su conflicto e hipocresía, eso es caminar por la vida con los brazos abiertos. Y aquella noche, mientras caminaba por la arena mojada, rodeado de gaviotas, uno sintió una sensación extraordinaria de libertad abierta y la gran belleza del amor, el cual no estaba en uno ni fuera de uno, sino en todas partes. – Krishnamurti.

Conversaciones interesantes con George I. Gurdjieff sobre el arte

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Me preguntaba si verdaderamente había encontrado lo que buscaba. ¿Era posible que G. conociese efectivamente lo que era indispensable conocer para pasar de las palabras o de las ideas a los actos, a los “hechos”? Aún no estaba seguro de nada y no hubiera podido formular nada con precisión. Pero tenía la íntima convicción de que ya algo había cambiado para mí y que ahora todo iba a tomar un camino diferente.

Por la misma época, en Moscú tuvimos varias conversaciones interesantes sobre el arte.

Guardaban relación con el relato que había sido leído la primera noche que vi a G.

Por el momento, dijo él, usted no comprende todavía que los hombres pueden pertenecer a niveles muy diferentes, sin tener el menor asomo de diferencia. Así como hay diferentes niveles de arte, también hay diferentes niveles de hombres. Pero hoy usted no ve que la diferencia entre estos niveles es mucho más grande de lo que supone. Usted coloca todo sobre un mismo plano, yuxtapone las cosas más diferentes, y se imagina que los diferentes niveles le son accesibles.

“Todo lo que usted llama arte no es sino reproducción mecánica, imitación de la naturaleza —cuando no es de otros «artistas» —, simple fantasía, hasta ensayos de originalidad: todo esto no es arte para mí. El arte verdadero es completamente distinto. En ciertas obras de arte, en particular en las obras más antiguas, uno queda fuertemente impresionado por muchas cosas que no se pueden explicar, y que no se encuentran en las obras de arte modernas. Pero como uno no comprende cuál es la diferencia, la olvida muy rápido y continúa englobando, o todo bajo la misma etiqueta. Y sin embargo, la diferencia entre su arte y el arte del que yo hablo es enorme.  En su arte, todo es subjetivo —la percepción que tiene el artista de tal o cual sensación, las formas en las cuales trata de expresarla, y la percepción que tienen los demás de estas formas. Frente al mismo fenómeno, un artista puede sentir de cierta manera y otro artista de manera muy diferente. La misma puesta de sol puede provocar una sensación de alegría en uno, y de tristeza en el otro. Y pueden tratar de expresar la misma percepción por medio de métodos o formas sin relación entre sí; o bien, percepciones muy diversas bajo una misma forma — de acuerdo a la enseñanza que han recibido o en oposición a ella. Los espectadores, los oyentes o los lectores percibirán, no lo que el artista quiso comunicarles, ni lo que él sintió, sino lo que las formas en que expresó sus sensaciones, les harán experimentar por asociación. Todo es subjetivo y todo es accidental, es decir, basado en asociaciones — las impresiones accidentales del artista, su «creación» (acentuó la palabra “creación”) y las percepciones de los espectadores, de los oyentes, o de los lectores.

OLYMPUS

“Por el contrario, en el arte verdadero no hay nada accidental. Todo es matemático. Todo puede ser calculado y previsto de antemano. El artista sabe y comprende el mensaje que quiere transmitir y su obra no puede producir cierta impresión en un hombre y otra totalmente diferente en otro; naturalmente, que a condición de tomar personas de un mismo nivel. Su obra producirá siempre, con certeza matemática, la misma impresión.

“Sin embargo, la misma obra de arte producirá efectos diferentes en hombres de diferentes niveles. Y jamás los de un nivel inferior sacarán tanto de ella como los de un nivel más elevado. Este es el arte verdadero, objetivo. Tome por ejemplo una obra científica, un libro de astronomía o de química. No puede ser comprendido de dos maneras: todo lector suficientemente preparado comprenderá lo que el autor ha querido decir y lo comprenderá precisamente en la forma en que al autor ha querido ser comprendido. Una obra de arte objetivo es exactamente similar a uno de estos libros, con la única diferencia de que ésta se dirige a la emoción del hombre y no a su cabeza.

— ¿Existen en nuestros días obras de arte de este género? pregunté.

—Naturalmente que existen, respondió G. Una de ellas es la gran Esfinge de Egipto, lo mismo que ciertas obras arquitectónicas conocidas, ciertas estatuas de dioses y aún muchas otras cosas. Ciertas figuras de dioses o de héroes mitológicos pueden leerse como libros, no con el pensamiento, lo repito, sino con la emoción, siempre que ésta se halle suficientemente desarrollada. Durante nuestros viajes por el Asia Central, encontramos en el desierto, al pie del Hindu Kush, una curiosa escultura que de primera intención creímos representaba a un antiguo dios o a un demonio. Al principio no nos dio sino una impresión de extrañeza. Pero muy pronto comenzamos a sentir el contenido de esta figura: era un gran y complejo sistema cosmológico. Poco a poco, paso a paso, fuimos descifrando este sistema: estaba inscrito en su cuerpo, en sus piernas, en sus brazos, en su cabeza, en su cara, en sus ojos, en sus orejas y por todas partes.wallpaper-1114008 Nada había sido dejado al azar en esta estatua, nada estaba desprovisto de significación. Gradualmente, se aclaró para nosotros la intención de los hombres que la habían erigido. A partir de este momento pudimos sentir sus pensamientos, sus sentimientos. Entre nosotros algunos creían ver sus caras y oír sus voces. En todo caso, habíamos captado el sentido de lo que querían transmitirnos a través de miles de años, y no sólo este sentido sino todos los sentimientos y emociones conectados con él. Esto sí que era verdadero arte.”

Me interesó muchísimo lo que G. había dicho sobre el arte. Su principio de división entre arte subjetivo y arte objetivo evocaba mucho para mí. No comprendía aún todo lo que ponía en sus palabras. Pero siempre había sentido en el arte ciertas divisiones y gradaciones que no podía llegar a definir ni a formular y que ninguna otra persona había formulado nunca. No obstante, yo sabía que estas divisiones y gradaciones existían. De tal modo que todas las discusiones sobre el arte que no las admitieran me parecían frases huecas, sin sentido e inútiles. Gracias a las indicaciones que G. me había dado de los diferentes niveles que no llegamos a ver ni a comprender, sentía que debía existir una vía de acceso a esta misma gradación que yo había sentido, pero que no había podido definir.

En general, me asombraron muchas de las cosas dichas por G. Había allí ideas que no podía aceptar y que me parecían fantásticas, sin fundamento. Otras, por el contrario, coincidían extrañamente con lo que yo mismo había pensado, o reafirmaban los resultados a los que había llegado hacía mucho tiempo. Sobre todo, estaba interesado en la contextura de todo lo que él había dicho. Sentía ya que su sistema no era una marquetería como lo son todos los sistemas filosóficos y científicos, sino un todo indivisible, del que hasta ahora yo no había visto sino algunos aspectos.

Tales eran mis pensamientos en el tren nocturno que me llevaba de Moscú a San Petersburgo.

Me preguntaba si verdaderamente había encontrado lo que buscaba. ¿Era posible que G. conociese efectivamente lo que era indispensable conocer para pasar de las palabras o de las ideas a los actos, a los “hechos”? Aún no estaba seguro de nada y no hubiera podido formular nada con precisión. Pero tenía la íntima convicción de que ya algo había cambiado para mí y que ahora todo iba a tomar un camino diferente.

P. D. OUSPENSKY

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FRAGMENTOS DE UNA ENSEÑANZA DESCONOCIDA   (parte 6ª)
(HD 1080p) NIGHT. STREETS. SAINT PETERSBURG

¿Pueden detenerse las guerras?

Basta comprender que ni el emperador Guillermo, ni los generales, ni los ministros, ni los parlamentos, tienen significación alguna, ni hacen nada. En una gran escala, todo lo que sucede está regido desde el exterior, sea por combinaciones accidentales de influencias, sea por leyes cósmicas generales. Son incapaces de darse cuenta hasta qué punto son simples peones sobre un tablero de ajedrez. Se atribuyen importancia; se creen libres de ir y venir a su antojo; piensan que pueden decidir el hacer esto o aquello. Pero en realidad, todos sus movimientos, todas sus acciones, son el resultado de influencias planetarias.

Recuerdo mí última conversación con él. Le había agradecido su consideración para conmigo, y sus explicaciones que, como ya lo había visto, habían cambiado muchas cosas para mí.

—Sin embargo, le dije, lo más importante son los hechos. Si pudiera ver hechos reales, auténticos, de naturaleza nueva y desconocida, solo ellos me convencerían de que estoy en el buen camino.”

Seguía pensando todavía en los “milagros”.

—Habrá hechos, me dijo G. Se lo prometo. Pero no se puede comenzar por allí.”

En aquel entonces, no comprendí que quería decir, sólo lo comprendí más tarde, cuando G., manteniendo su palabra, me puso realmente delante de “hechos”. Pero esto no debía producirse sino un año y medio más tarde, en agosto de 1916.

De nuestras últimas conversaciones en Moscú, guardo todavía el recuerdo de ciertas palabras pronunciadas por G., las cuales sólo mas tarde llegaron a ser inteligibles para mí. Me habló de un hombre que una vez había conocido estando con él y de sus relaciones con ciertas personas.

—Es un hombre débil, me dijo. Las personas se sirven de él, inconscientemente por supuesto.

Y esto es así, porque él las considera. Si no las considerase, todo sería distinto, y ellas mismas serían distintas.”

Me pareció extraño que un hombre no tuviera que considerar al prójimo.

— ¿Qué quiere usted decir con esta palabra: considerar? le pregunté. A la vez, lo comprendo y no lo comprendo. Esa palabra tiene significaciones muy diferentes.

—Es lodo lo contrario, dijo G. Esa palabra no tiene sino una significación. Trate de pensar en ello.”

Algún tiempo después, comprendí lo que G llamaba consideración. Y me di cuenta del lugar enorme que ocupa en nuestra vida y de todo lo que proviene de ella. G. llamaba “consideración” a la actitud que crea una esclavitud interior, una dependencia interior. Después tuvimos muchas ocasiones de volver a hablar sobre ello.

***

Recuerdo otra conversación sobre la guerra. Estábamos sentados en el caté Philipov, en la Tverskaya. Estaba atestado de gente muy bulliciosa. La especulación y la guerra creaban una atmósfera febril y desagradable. Incluso yo había rehusado concurrir a este café. Pero G. había insistido, y como siempre ocurría con él, yo había cedido. Ya para entonces había comprendido que algunas veces, deliberadamente, él creaba situaciones que harían más difícil la conversación, como si me quisiera pedir un esfuerzo adicional y un acto de sumisión a condiciones penosas e incómodas en aras de hablar con él.

Pero esta vez el resultado no fue muy brillante; el ruido era tal que no llegué a oír las cosas más interesantes. Al comienzo comprendí sus palabras. Pero el hilo se me escapaba poco a poco. Después de haber hecho varias tentativas por seguir lo que estaba diciendo, de lo cual sólo me llegaban palabras aisladas, finalmente dejé de escuchar y simplemente me puse a observar cómo hablaba.

La conversación había comenzado con mi pregunta:

— ¿Pueden detenerse las guerras?” Y G. había contestado:

—Sí, es posible.”

Sin embargo, debido a nuestras conversaciones anteriores, yo creí estar seguro de que respondería: “No, es imposible”.

—Pero todo está en la pregunta: ¿cómo? — continuó. Hay que saber mucho para comprenderlo. ¿Qué es una guerra? La guerra es un resultado de influencias planetarias. En alguna parte, allá arriba, dos o tres planetas se han acercado demasiado, y resulta una tensión.

¿Ha notado cómo se tensa usted cuando un hombre lo roza en una vereda estrecha? Entre los planetas se produce la misma tensión. Para ellos quizá esto no dura sino uno o dos segundos. Pero aquí, sobre la tierra, la gente comienza a matarse y continúa la matanza durante años. En todo este tiempo les parece que se odian los unos a los otros; o quizá que es su deber destrozarse por algún propósito sublime; o bien que deben defender algo o a alguien y que es muy noble hacerlo: o cualquier cosa por el estilo. Son incapaces de darse cuenta hasta qué punto son simples peones sobre un tablero de ajedrez. Se atribuyen importancia; se creen libres de ir y venir a su antojo; piensan que pueden decidir el hacer esto o aquello. Pero en realidad, todos sus movimientos, todas sus acciones, son el resultado de influencias planetarias. Por sí mismos no tienen ninguna importancia. Quien tiene el papel importante es la luna. Pero hablaremos de la luna más adelante. Basta comprender que ni el emperador Guillermo, ni los generales, ni los ministros, ni los parlamentos, tienen significación alguna, ni hacen nada. En una gran escala, todo lo que sucede está regido desde el exterior, sea por combinaciones accidentales de influencias, sea por leyes cósmicas generales.”

Esto es lo que oí. Sólo mucho más tarde comprendí que en aquel entonces él había querido explicarme cómo las influencias accidentales pueden ser desviadas o transformadas en algo relativamente inofensivo. Había aquí una idea realmente interesante, que se refería a la significación esotérica de los “sacrificios”. Pero en todo caso, esta idea actualmente sólo tiene valor histórico y psicológico. Lo más importante —que había dicho de manera casual, en tal forma que yo no le presté atención en el momento mismo y no me acordé sino más tarde, tratando de reconstruir la conversación— era lo que se refería a la diferencia de los tiempos para los planetas y para el hombre.

Pero, aun cuando lo recordé, por mucho tiempo no llegué a comprender la significación plena de esta idea. Más tarde se me presentó como algo fundamental. Más o menos por esta misma época tuvimos una conversación sobre el sol, los planetas y la luna. Aunque me impresionó vivamente, he olvidado cómo comenzó. Pero me acuerdo que habiendo dibujado G. un pequeño diagrama, trataba de explicarme lo que él llamaba la “correlación de las fuerzas en los diferentes mundos”. Esto se refería a lo que había dicho anteriormente de las influencias que actúan sobre la humanidad. La idea, a grosso modo, era la siguiente: la humanidad, o más exactamente, la vida orgánica sobre la tierra, está sometida a influencias simultáneas, provenientes de fuentes variadas y de mundos diversos: influencias de los planetas, influencias de la luna, influencias del sol, influencias de las estrellas. Ellas actúan todas al mismo tiempo, pero con el predominio de una u otra según el momento. Para el hombre existe cierta posibilidad de elegir influencias; dicho de otra manera, pasar de una influencia a otra.

El explicar cómo, requeriría un desarrollo demasiado largo, dijo G. En otra ocasión hablaremos de esto. Por el momento quisiera que comprendiera lo siguiente: es imposible liberarse de una influencia sin someterse a otra. Toda la dificultad, todo el trabajo sobre sí, consiste en elegir la influencia a la que usted se quiere someter, y en caer realmente bajo esta influencia. Con este fin, es indispensable que usted sepa prever la influencia que le será más provechosa.”

Lo que me había interesado en esta conversación era que G. había hablado de los planetas y de la luna como de seres vivientes, que tienen una edad definida, un período de vida igualmente definido y posibilidades de desarrollo y de transición a otros planos de ser. De sus palabras resultaba que la luna no era un “planeta muerto”, como se admite generalmente, sino por el contrario era un “planeta en estado naciente”, un planeta en su primerísimo estado de desarrollo, que no había alcanzado aún el “grado de inteligencia que posee la tierra”, para usar sus propios términos.

—La luna crece y se desarrolla, dijo G., y quizá, algún día, llegará al mismo grado de desarrollo que la tierra. Entonces, cerca de ella aparecerá una nueva luna y la tierra devendrá para ambas su sol. Hubo un tiempo en que el sol era como es hoy la tierra, y la tierra, como la luna actual. En tiempos más lejanos aún, el sol era una luna.”

Esto atrajo inmediatamente mi atención. Nunca me había parecido nada más artificial, más sospechoso, más dogmático, que todas las teorías habituales sobre el origen de los planetas y de los sistemas solares, comenzando por la de Kant-Laplace hasta las más recientes, con todos sus cambios y añadiduras. El “gran público” considera estas teorías, o por lo menos la última que ha conocido, como científicamente comprobadas. Pero en realidad nada es menos científico, nada está menos comprobado. Por lo tanto el hecho de que el sistema de G. admitía una teoría totalmente diferente, una teoría orgánica originada en principios enteramente nuevos y revelando un orden universal diferente, me pareció sumamente interesante e importante.

¿Cuál es la relación entre la inteligencia de la tierra y la del sol? le pregunté.

—La inteligencia del sol es divina, respondió G. No obstante, la tierra puede llegar a la misma altura; pero naturalmente en esto no hay nada seguro: la tierra puede morir sin haber llegado a nada.

— ¿De qué depende esto?” La respuesta de G. fue sumamente vaga.

—Hay un periodo definido, dijo, durante el cual pueden realizarse ciertas cosas. Si al final del tiempo prescrito lo debido no ha sido hecho, entonces la tierra puede perecer sin haber llegado al grado que hubiera podido alcanzar.

— ¿Se conoce este plazo?

—Sí, se conoce, dijo G., pero la gente no ganaría nada con saberlo. Esto sería aún peor.

Algunos lo creerían, otros no, y aun otros pedirían pruebas. Luego comenzarían a romperse la cabeza. Siempre todo termina así entre la gente.”

***

P. D. OUSPENSKY

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FRAGMENTOS DE UNA ENSEÑANZA DESCONOCIDA   (parte 5ª)

We were Soldiers- Final Battle Scene

“El hombre es una maquina” ¡Mire! Toda esa gente que usted ve —señaló la calle— son simplemente máquinas, nada más

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—Científico o no científico, me da lo mismo, dijo G. Quiero que comprenda lo que digo.

Todas las personas que usted ve, que usted conoce, que usted puede llegar a conocer, son máquinas, verdaderas máquinas que solamente trabajan bajo la presión de influencias exteriores. Nacen máquinas y como máquinas mueren.

Esto era muy difícil de tragar.

— ¿No hay nada, absolutamente nada, que pueda hacerse? pregunté.

 

Un día, en Moscú, hablaba con G. acerca de Londres, adonde había estado algunos meses atrás por corto tiempo. Le hablaba de la terrible mecanización que invadía las grandes ciudades europeas y sin la cual era probablemente imposible vivir y trabajar en el torbellino de estos enormes “juguetes mecánicos”.

—La gente se está convirtiendo en máquinas, dije, y no me cabe duda que un día se convertirán en máquinas perfectas. ¿Pero son capaces todavía de pensar? No lo creo. Si trataran de pensar, no serían tan buenas máquinas.

—Sí, contestó G., es cierto, pero sólo en parte. La verdadera pregunta es ésta: ¿de qué mente se sirven en su trabajo? Si usan la mente adecuada, podrán pensar aún mejor en su vida activa en medio de las máquinas. Pero una vez más, con la condición de que usen la mente adecuada.”

No comprendí lo que G. quería decir por “mente adecuada” y sólo mucho más tarde llegué a comprenderlo.

—En segundo lugar, continuó él, la mecanización de que usted habla no es peligrosa en absoluto. Un hombre puede ser un hombre —recalcó esta palabra— aun trabajando con máquinas. Hay otra clase de mecanización muchísimo más peligrosa: ser uno mismo una máquina. ¿Nunca ha pensado usted en el hecho de que todos los hombres son ellos mismos máquinas?

—Sí, dije, desde un punto de vista estrictamente científico todos los hombres son máquinas gobernadas por influencias exteriores. Pero la cuestión está en saber si se puede aceptar totalmente el punto de vista científico.

—Científico o no científico, me da lo mismo, dijo G. Quiero que comprenda lo que digo.

¡Mire! Toda esa gente que usted ve —señaló la calle— son simplemente máquinas, nada más.

—Creo comprender lo que usted quiere decir, dije. Y a menudo he pensado cuan pocos son en el mundo los que pueden resistir a esta forma de mecanización y elegir su propio camino.

— ¡Este es justamente su más grave error! dijo G. Usted cree que algo puede escoger su propio camino o resistir a la mecanización; usted cree que todo no es igualmente mecánico.

— ¡Pero por supuesto que no! exclamé yo. El arte, la poesía, el pensamiento, son fenómenos de un orden totalmente distinto.

—Exactamente del mismo orden, Estas actividades son exactamente tan mecánicas como todas las demás. Los hombres son máquinas, y de las máquinas no puede esperarse otra cosa que acciones mecánicas.

—Muy bien, le dije, pero ¿no hay quienes no sean máquinas?

—Puede que los haya, dijo G. Pero usted no los puede ver. Usted no los conoce. Esto es lo que quiero hacerle comprender.”

No dejó de extrañarme que insistiera tanto sobre este punto. Lo que decía me parecía evidente e incontestable. Sin embargo, nunca me habían gustado las metáforas tan breves que pretenden decirlo todo. Siempre omiten las diferencias. Por mi parte, siempre había sostenido que lo más importante son las diferencias y que, para comprender las cosas, era necesario ante todo considerar los puntos en que difieren. De modo que me pareció extraño que G. insistiera tanto sobre una verdad que me parecía innegable, siempre y cuando no se hiciera de ella algo absoluto y se le reconocieran algunas excepciones.

—Las personas se asemejan muy poco entre sí, dije. Considero imposible meterlos a todos en el mismo saco. Hay salvajes, hay personas mecanizadas, hay intelectuales, hay genios.

—Nada más exacto, dijo G. Las personas son muy diferentes, pero usted ni conoce, ni puede ver la diferencia real entre ellas. Usted habla de diferencias que sencillamente no existen. Esto debe ser comprendido. Todas las personas que usted ve, que usted conoce, que usted puede llegar a conocer, son máquinas, verdaderas máquinas que solamente trabajan bajo la presión de influencias exteriores, como usted mismo lo ha dicho. Nacen máquinas y como máquinas mueren. ¿Qué tienen que ver con esto los salvajes y los intelectuales? Ahora mismo, en este preciso momento, mientras hablamos, varios millones de máquinas se esfuerzan en aniquilarse unas a otras. ¿En qué difieren, entonces? ¿Dónde están los salvajes, y dónde los intelectuales? Todos son iguales…

“Pero es posible dejar de ser máquina. Es en esto en lo que usted debería pensar y no en las distintas clases de máquinas. Por supuesto que las máquinas difieren; un automóvil es una máquina, un gramófono es una máquina y un fusil es una máquina. ¿Y esto qué cambia? Es lo mismo, siempre son máquinas.”

Esta conversación me recuerda otra.

— ¿Qué piensa usted de la psicología moderna? le pregunté un día a G., con la intención de llegar al tema del psicoanálisis, del cual yo había desconfiado desde el primer día.

Pero G. no me permitió llegar tan lejos.

-Antes de hablar de psicología, dijo él, debemos comprender claramente de qué trata esta ciencia y de qué no trata. El verdadero objeto de la psicología es la gente, los hombres, los seres humanos. ¿Qué psicología —recalcó la palabra— puede haber cuando no se trata sino de máquinas? Para el estudio de las máquinas lo que se necesita es la mecánica y no la psicología. Por eso comenzamos por el estudio de la mecánica. El camino que lleva a la psicología es aún muy largo.

¿Puede un hombre dejar de ser una máquina? pregunté.

— ¡Ah! Esa es la pregunta, dijo G. Si usted hubiera planteado tales preguntas más a menudo, quizá nuestras conversaciones nos hubieran podido llevar a alguna parte. Sí, es posible dejar de ser una máquina, pero para esto es necesario, ante todo, conocer la máquina. Una máquina, una verdadera máquina, no se conoce a sí misma, y no puede conocerse. Cuando una máquina se conoce, desde ese instante ha dejado de ser una máquina; por lo menos, ya no es la misma máquina que antes. Ya comienza a ser responsable de sus acciones.

— ¿Según usted, esto significa que un hombre no es responsable de sus acciones? pregunté.

—Un hombre —recalcó esta palabra— es responsable. Una máquina no es responsable.”

En otra oportunidad, le pregunté a G.:

—En su opinión, ¿cuál es la mejor preparación para estudiar su método? Por ejemplo, ¿es útil estudiar lo que se llama literatura «oculta» o «mística»?”

Al decirle esto, tenía en mente en forma particular el “Tarot” y toda la literatura referente al “Tarot”.

—Sí, dijo G. Se puede encontrar mucho por medio de la lectura. Por ejemplo, considere su caso: ya podría usted conocer bien las cosas, si supiese leer. Quiero decir: si usted hubiese comprendido todo lo que ha leído en su vida, ya tendría el conocimiento de lo que ahora busca. Si hubiese usted comprendido todo lo que está escrito en su propio libro, ¿cuál es su título?

—chapurreó en una forma completamente imposible las palabras: *”Tertium Organum”

— yo vendría a inclinarme ante usted y a suplicarle que me enseñara. Pero usted no comprende, ni lo que lee, ni lo que escribe. Ni siquiera comprende lo que significa la palabra comprender. Sin embargo, la comprensión es lo esencial, y la lectura no puede ser útil sino a condición de comprender, lo que se lee. Pero desde luego que ningún libro puede dar una preparación verdadera. Por lo tanto es imposible decir cuáles libros son los mejores. Lo que un hombre conoce bien —acentuó la palabra “bien”— eso es una preparación para él. Si un hombre sabe bien cómo hacer café o cómo hacer bien un par de botas, entonces ya se puede hablar con él. El problema estriba en que nadie sabe nada bien. Todo se conoce no importa cómo, de una manera completamente superficial.”

Este era otro de los giros inesperados que G. daba a sus explicaciones. Además de su sentido ordinario, sus palabras siempre contenían otro sentido totalmente diferente. Pero yo entreveía ya que para descifrar este sentido oculto, era necesario comenzar por captar el sentido usual y sencillo. Las palabras de G., tomadas en la forma más simple del mundo, estaban siempre llenas de sentido, pero tenían también otras significaciones. La significación más amplia y más profunda permanecía velada durante mucho tiempo.

Ha quedado grabada en mi memoria otra conversación. Le preguntaba a G. lo que debería hacer un hombre para asimilar su enseñanza.

— ¿Lo que debe hacer? exclamó como si esta pregunta lo sorprendiera. Es incapaz de hacer nada. Ante todo, él debe comprender ciertas cosas. Tiene miles de ideas falsas y de concepciones falsas, sobre todo acerca de si mismo, y si algún día quiere adquirir algo nuevo, debe comenzar por liberarse por lo menos de algunas de ellas. De otra manera lo nuevo sería construido sobre una base falsa y el resultado sería aun peor.

¿Cómo puede un hombre liberarse de las ideas falsas? pregunté. Dependemos de las formas de nuestra percepción. Las ideas falsas se producen debido a las formas de nuestra percepción.”

G. negó con la cabeza, y dijo:

—Nuevamente habla usted de otra cosa. Usted habla de errores que provienen de las percepciones, pero no se trata de esto. Dentro de los límites de las percepciones dadas, se puede errar en mayor o menor grado. Como ya lo he dicho, la suprema ilusión del hombre es su convicción de que puede hacer. Toda la gente piensa que puede hacer, toda la gente quiere hacer, y su primera pregunta se refiere siempre a qué es lo que tiene que hacer. Pero a decir verdad, nadie hace nada y nadie puede hacer nada. Es lo primero que hay que comprender.

Todo sucede. Todo lo que sobreviene en la vida de un hombre, todo lo que se hace a través de él, todo lo que viene de él —todo esto sucede. Y sucede exactamente como la lluvia cae porque la temperatura se ha modificado en las regiones superiores de la atmósfera, sucede como la nieve se derrite bajo los rayos del sol, como el polvo se levanta con el viento.

“El hombre es una máquina. Todo lo que hace, todas sus acciones, todas sus palabras, sus pensamientos, sentimientos, convicciones, opiniones y hábitos son el resultado de influencias exteriores, de impresiones exteriores. Por sí mismo un hombre no puede producir un solo pensamiento, una sola acción. Todo lo que dice, hace, piensa, siente, todo esto sucede. El hombre no puede descubrir nada, no puede inventar nada. Todo sucede.

“Para establecer este hecho, para comprenderlo, para convencerse de su verdad, es necesario liberarse de miles de ilusiones sobre el hombre, sobre su ser creador, sobre su capacidad de organizar conscientemente su propia vida, etc., etc. Nada de esto existe. Todo sucede: los movimientos populares, las guerras, las revoluciones, los cambios de gobierno, todo esto sucede. Y sucede exactamente de la misma manera que todo sucede en la vida del hombre como individuo. El hombre nace, vive, muere, construye casas, escribe libros, no como él lo quiere, sino como esto sucede. Todo sucede, el hombre no ama, no odia, no desea — todo esto sucede.

Pero ningún hombre le creerá jamás si usted le dice que él no puede hacer nada. Nada se le puede decir a la gente que le sea más desagradable ni más ofensivo. Es particularmente desagradable y ofensivo porque es la verdad y porque nadie quiere conocer la verdad.

“Si usted lo comprende, nos será más fácil hablar. Pero una cosa es captar con el intelecto que el hombre no puede hacer nada, y otra es sentirlo «con toda su masa», estar realmente convencido que es así, y no olvidarlo jamás.

“Esta cuestión de hacer (G. recalcó cada vez esta palabra) hace surgir además otra cuestión. A la gente le parece siempre que los otros nunca hacen nada como debiera ser, que los demás hacen todo al revés. Invariablemente cada uno piensa que podría hacerlo mejor. Ninguno comprende, ni siente la necesidad de comprender que lo que actualmente se hace de cierta manera —y sobre todo lo que ya ha sido hecho— no puede ni podía haber sido hecho de otra manera. ¿Ha notado usted cómo hablan todos de la guerra? Cada uno tiene su propio plan y su propia teoría. Cada uno opina que no se hace nada como debería hacerse. Sin embargo, en realidad, todo se hace de la única manera posible.

Si tan sólo una cosa pudiera hacerse diferentemente, todo podría llegar a ser diferente. Y entonces quizá no hubiera habido guerra.

“Trate de comprender lo que digo: todo depende de todo, todo está relacionado, no hay nada separado. Por lo tanto, todos los acontecimientos siguen el único camino que pueden tomar.

Si la gente pudiera cambiar, todo podría cambiar. Pero son lo que son y por lo tanto las cosas también son lo que son.”

Esto era muy difícil de tragar.

¿No hay nada, absolutamente nada, que pueda hacerse? pregunté.

—Absolutamente nada.

— ¿Y nadie puede hacer nada? significa: ser. Si continuamos estas conversaciones, usted verá que nos servimos de un lenguaje especial y que para ser capaz de hablar entre nosotros, hay que aprender este lenguaje. No vale la pena hablar en la lengua ordinaria porque en esta lengua es imposible comprenderse. Esto le sorprende. Pero así es. Para llegar a comprender es necesario aprender otro lenguaje. En el lenguaje que habla la gente, no puede comprenderse. Usted verá más tarde por qué esto es así.

Luego uno debe aprender a decir la verdad. Esto también le parece extraño; usted no se da cuenta que hay que aprender a decir la verdad. Le parece que bastaría desearlo o decidir hacerlo. Y yo le digo a usted que es relativamente raro que la gente diga una mentira en forma deliberada. En la mayoría de los casos creen que dicen la verdad. Y sin embargo mienten todo el tiempo, tanto cuando quieren mentir como cuando quieren decir la verdad. Mienten continuamente, se mienten a sí mismos y mienten a los demás. Como consecuencia, nadie comprende a los otros ni se comprende a sí mismo. Piénselo, ¿podría haber tantas discordias, tantos malentendidos profundos, y tanto odio hacia el punto de vista o hacia la opinión de otro, si la gente fuera capaz de comprenderse? Pero no pueden comprenderse porque no pueden dejar de mentir. Decir la verdad es la cosa más difícil del mundo; habrá que estudiar mucho y durante largo tiempo, para un día poder decir la verdad. El deseo por sí solo, no basta. Para decir la verdad, hay que llegar a ser capaz de conocer lo que es verdad y lo que es mentira, ante todo en sí mismo. Pero esto es lo que nadie quiere saber.”

* Titulo de una obra de Ouspensky (Ed. inglesa 1922).

* * *

 Las conversaciones con G. y el giro imprevisto que le daba a cada idea me interesaban cada día más; pero tenía que irme a San Petersburgo.

P. D. OUSPENSKY

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FRAGMENTOS DE UNA ENSEÑANZA DESCONOCIDA   (parte 4ª)

La Lucha de los Magos

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Estas son las danzas llamadas «sagradas». En el curso de mis viajes en el Oriente, muchas veces he sido testigo de tales danzas ejecutadas en los antiguos templos durante los oficios divinos.

Un día le pregunté a G. sobre el ballet que había sido mencionado en los diarios bajo el nombre de “La Lucha de los Magos”, del cual hablaba el relato titulado “Vislumbres de la Verdad”. Le pregunté si este ballet tendría el carácter de un “misterio”.

—Mi ballet no es un «misterio», dijo G. Tenía en mente producir un espectáculo a la vez significativo y magnifico. Pero no he intentado poner en evidencia, ni subrayar, el sentido oculto.

“Ciertas danzas ocupan un lugar importante. Le explicare brevemente el porqué. Imagínese que para estudiar los movimientos de los cuerpos celestes, por ejemplo de los planetas del sistema solar, se construya un mecanismo especial a fin de darnos una representación animada y hacernos recordar las leyes de estos movimientos. En este mecanismo, cada planeta representado por una esfera de dimensión apropiada, está colocado a una cierta distancia de una esfera central que representa el sol, Una vez puesto en movimiento el mecanismo, todas las esferas comienzan a rotar al desplazarse a lo largo de las trayectorias que les habían sido asignadas, reproduciendo en forma visible las leyes que gobiernan los movimientos de los planetas. Este mecanismo le recuerda todo lo que usted sabe acerca del sistema solar. Hay algo análogo en el ritmo de ciertas danzas. Por los movimientos estrictamente definidos de los ejecutantes y sus combinaciones, se reproducen visualmente ciertas leyes que son inteligibles para aquellos que las conocen. Estas son las danzas llamadas «sagradas». En el curso de mis viajes en el Oriente, muchas veces he sido testigo de tales danzas ejecutadas en los antiguos templos durante los oficios divinos. Algunas de ellas están reproducidas en mi ballet.

“Además la «Lucha de los Magos», está basada en tres ideas. Pero el público no las comprenderá jamás si represento este ballet en un escenario ordinario.”

Lo que dijo G. luego me hizo comprender que éste no sería un ballet en el sentido estricto de la palabra, sino una serie de escenas dramáticas y mímicas ligadas por una intriga, todo esto acompañado de música y entremezclado con cantos y danzas. El nombre más apropiado para denominar esta serie de escenas habría sido el de “revista”, pero sin ningún elemento cómico. danzas-gurdieff2

Las escenas importantes representaban la escuela de un “Mago Negro” y la de un “Mago Blanco”, con los ejercicios de sus alumnos y los episodios de una lucha entre las dos escuelas. La acción debía situarse en el corazón de una ciudad oriental e incluir una historia de amor que tendría un sentido alegórico —entrelazado todo con diversas danzas nacionales asiáticas, danzas derviches y danzas sagradas.

Me interesó particularmente cuando G. dijo que los mismos actores debían actuar y bailar en las escenas del “Mago Blanco” y en las del “Mago Negro”; y que en la primera escena debían ser tan bellos y atrayentes, por ellos mismos y por sus movimientos, como deformes y feos en la segunda.

—Compréndalo, dijo G., de esta manera podrán ver y estudiar todos los lados de sí mismos; este ballet tendrá entonces un inmenso interés para el estudio de sí.”

En esa época estaba bien lejos de poder darme cuenta de esto y me llamó la atención sobre todo cierta discrepancia.

—La noticia que yo había leído en el diario decía que este ballet se representaría en Moscú y que tomarían parte en él algunos bailarines célebres. ¿Cómo concilia usted esto con la idea del estudio de si? Éstos no actuarán ni bailaran para estudiarse a sí mismos.

—Nada se ha decidido todavía, contestó G., y el autor de la noticia que usted ha leído no estaba bien informado. Quizás lo hagamos de una manera totalmente distinta. Sin embargo, lo que sí es cierto es que aquellos que actúan en este ballet tendrán que verse a sí mismos, quiéranlo o no.

—Y ¿quién está escribiendo la música?

—Eso no está decidido tampoco.”

G. no agregó nada y no volví a oír hablar de este ballet por cinco años.

* * *

P. D. OUSPENSKY

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FRAGMENTOS DE UNA ENSEÑANZA DESCONOCIDA   (parte 3ª)

Las Danzas Sagradas de Gurdjieff y Michael Jackson

Mi primera entrevista con Gurdieff

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Otras escuelas emplean substancias idénticas o análogas, no con fines de experimento o de estudio, sino para alcanzar los resultados deseados, aunque sea por corto tiempo. El hábil uso de tales drogas puede volver a un hombre momentáneamente muy inteligente o muy fuerte. Por supuesto que después muere o enloquece, pero esto no se toma en consideración. Tales escuelas existen.

San Petersburgo, Marzo de 1915

Allí, en febrero y marzo, ofrecí conferencias públicas sobre mis viajes por la India. Los títulos de éstas eran: “En Busca de lo Milagroso” y “El Problema de la Muerte”. En estas conferencias, que debían servir de introducción a un libro sobre mis viajes, que tenía intención de escribir, dije que en la India lo “milagroso” no se buscaba donde debía buscarse, que todos los caminos habituales eran inútiles y que la India guardaba sus secretos mucho mejor de lo que se suponía: sin embargo, de hecho lo “milagroso” sí existía y estaba indicado por muchas cosas que la gente pasaba de largo sin captar su contenido verdadero y su significado oculto, y sin saber cómo acercarse a ellas. Nuevamente tenía en la mente “las escuelas”.

A pesar de la guerra, mis conferencias despertaron considerable interés. Cada una de ellas atrajo más de mil personas al Hall Alexandrowski del Domo municipal de San Petersburgo. Recibí muchas cartas; la gente vino a verme; y sentí que sobre la base de una “búsqueda de lo milagroso” sería posible reunir a un número grande de personas que ya no podían tragar las formas usuales de mentira y de la vida en medio de la mentira.

Después de Pascua, salí de nuevo hacia Moscú para ofrecer las mismas conferencias. Entre las personas que encontré con motivo de estas conferencias había dos, un músico y un escultor, que muy pronto comenzaron a hablarme de un grupo de Moscú, dedicado a varias investigaciones y experimentos “ocultos” bajo la dirección de un cierto G., un griego del Cáucaso; era precisamente, como yo lo comprendí, el “Hindú”, autor del argumento del ballet mencionado en el periódico que había llegado a mis manos tres o cuatro meses atrás. Debo confesar que lo que estas dos personas me contaron acerca de este grupo y de lo que en él ocurría — toda clase de prodigios de autosugestión — me interesó muy poco. Había oído demasiadas veces historias de este género y me había formado una opinión muy clara sobre ellas.

…Damas que súbitamente ven flotar en sus cuartos ojos que las fascinan y que ellas siguen de calle en calle, hasta la casa de un cierto oriental al cual pertenecen estos ojos. O bien, personas que en la presencia del mismo oriental, sienten bruscamente que éste las está traspasando con la mirada, viendo todos sus sentimientos, pensamientos y deseos; sienten una extraña sensación en sus piernas y no pueden moverse, cayendo en su poder hasta el punto que él puede hacer de ellas lo que quiere, aun a distancia…

Tales historias me han parecido siempre como sacadas de una mala novela. La gente inventa milagros e inventa exactamente lo único que puede esperarse de ellos. Es una mezcla de superstición, autosugestión y debilidad intelectual; pero estas historias, según lo que he podido observar, nunca aparecen sin cierta colaboración de parte de los hombres a los cuales están referidas. Prevenido así por mis experiencias anteriores, fue sólo ante los persistentes esfuerzos de M., uno de mis nuevos conocidos, que acepté conocer a G. y tener una conversación con él. Mi primera entrevista modificó enteramente la idea que tenia de él y de lo que me podía aportar.

Lo recuerdo muy bien. Habíamos llegado a un pequeño café alejado del centro de la ciudad en una calle bulliciosa. Vi a un hombre que ya no era joven, de tipo oriental, con bigotes negros y ojos penetrantes. En primer término me asombró porque parecía estar completamente fuera de sitio en tal lugar y dentro de tal atmósfera. Estaba todavía lleno de mis impresiones del Oriente, y hubiera podido ver a este hombre con cara de raja hindú o de jeque árabe, bajo una túnica blanca o un turbante dorado, pero sentado en este pequeño café de tenderos y de comisionistas, con su abrigo negro de cuello de terciopelo y su bombín negro, producía la impresión inesperada, extraña y casi alarmante, de un hombre mal disfrazado. Era un espectáculo embarazoso, como cuando se encuentra uno delante de un hombre que no es lo que pretende ser, y con el cual sin embargo se debe hablar y conducirse como si no se diera cuenta de ello. G. hablaba un ruso incorrecto con fuerte acento caucasiano, y este acento, que estamos habituados a asociar con cualquier cosa menos con ideas filosóficas, reforzaba aún más la extrañeza y el carácter sorprendente de esta impresión.

No me acuerdo del comienzo de nuestra conversación; creo que hablamos de la India, del esoterismo y de las escuelas de yoga. Entendí que G. había viajado mucho, que había estado en muchos lugares de los cuales yo sólo había oído hablar y que había deseado vivamente conocer. No solamente no le molestaban mis preguntas, sino que me parecía que ponía en cada una de sus respuestas mucho más de lo que yo había preguntado. Me gustó su manera de hablar, que era a la vez prudente y precisa. M. nos dejó. G. me contó lo que hacía en Moscú. Yo no le comprendía bien. De lo que hablaba se traslucía que en su trabajo, que era sobre todo de un carácter psicológico, la química desempeñaba un gran papel. Como le escuchaba por primera vez, naturalmente tomé sus palabras al pie de la letra.

—Lo que usted dice me hace recordar un hecho que me contaron sobre una escuela del sur de la India. Sucedió en Travancore. Un brahmán, hombre excepcional en más de un sentido, le hablaba a un joven inglés de una escuela que estudiaba la química del cuerpo humano y que había probado, decía él, que al introducir o eliminar diversas substancias, se podría cambiar la naturaleza moral y psicológica del hombre. Esto se parece mucho a lo que usted dice.

—Sí, dijo G., es posible. Pero al mismo tiempo puede ser que sea una cosa totalmente diferente. Ciertas escuelas aparentemente emplean los mismos métodos; pero los comprenden de una manera completamente distinta. La similitud de métodos o aun de ideas no prueba nada.

Hay otra cuestión que me interesa mucho. Los yoguis se sirven de diversas substancias para provocar ciertos estados. ¿No se tratará en algunos casos de narcóticos? Yo mismo he hecho numerosos experimentos de esta índole, y todo lo que he leído sobre la magia me prueba claramente que las escuelas de todos los tiempos y de todos los países, han hecho un amplio uso de narcóticos para la creación de estos estados que hacen posible «la magia».

—Sí, contestó G., en muchos casos, estas substancias son lo que usted llama «narcóticos». Pero éstos pueden ser empleados lo repito, para fines muy diferentes. Ciertas escuelas se sirven de narcóticos en forma debida. Sus alumnos los toman para estudiarse a sí mismos, para conocerse mejor, para explorar sus posibilidades y discernir por adelantado lo que podrán efectivamente lograr al final de un trabajo prolongado. Cuando un hombre ha podido tocar de esta manera la realidad de lo que ha aprendido teóricamente, trabaja desde ese momento conscientemente, y sabe adónde va. Es a veces el camino más fácil para convencerse de la existencia real de las posibilidades que el hombre a menudo sospecha en sí mismo. Para este fin existe una química especial. Hay substancias especiales para cada función. Cada función puede ser reforzada o debilitada, despertada o adormecida. Pero es indispensable un conocimiento muy profundo de la máquina humana y de esta química especial. En todas las escuelas que siguen este método no se hacen los experimentos sino cuando son realmente necesarios y sólo bajo el control experimentado y competente de hombres que pueden prever todos los resultados y tomar todas las medidas necesarias para prevenir consecuencias indeseables. Las substancias empleadas en estas escuelas no son solamente «narcóticos», como usted los llama, a pesar de que un gran número de ellas son preparadas tomando como base drogas tales como el opio, el hashish, etc.

“Otras escuelas emplean substancias idénticas o análogas, no con fines de experimento o de estudio, sino para alcanzar los resultados deseados, aunque sea por corto tiempo. El hábil uso de tales drogas puede volver a un hombre momentáneamente muy inteligente o muy fuerte. Por supuesto que después muere o enloquece, pero esto no se toma en consideración. Tales escuelas existen. Usted ve entonces, que debemos hablar con prudencia de las escuelas. Pueden hacer prácticamente las mismas cosas, pero los resultados serán totalmente diferentes.”

Todo lo que G. decía me había interesado profundamente. Sentía que había allí puntos de vista nuevos, que no se parecían a nada a lo que yo había encontrado hasta entonces. Me invitó a que lo acompañara a una casa donde se iban a reunir algunos de sus alumnos. Tomamos un coche para ir a Sokolniki. En el camino, G. me contó hasta qué punto había interferido la guerra en sus planes: un gran número de sus alumnos había partido desde la primera movilización, y se habían perdido aparatos e instrumentos muy costosos encargados al extranjero. Después me habló de los fuertes gastos necesarios para su obra, del costoso apartamiento que había alquilado, y hacia el cual creí comprender que nos dirigíamos. Luego me dijo que su obra le interesaba a numerosas personalidades de Moscú, “profesores” y “artistas”, como él lo expresó. Pero cuando yo le pregunté de quiénes se trataban precisamente, no me dio ningún nombre.

—Le hago esta pregunta, porque he nacido en Moscú. Además, he trabajado aquí durante diez años como periodista, de manera que conozco más o menos a todo el mundo.” G. no contestó nada.

***

P. D. OUPENSKY

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 FRAGMENTOS DE UNA ENSEÑANZA DESCONOCIDA   (parte 2º)

EN BUSCA DE LO MILAGROSO

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Me di cuenta de que la idea de escuelas “en otro plano” era simplemente un signo de debilidad: esto significaba que los sueños habían reemplazado la búsqueda real. Así comprendí que los sueños son uno de los obstáculos más grandes en nuestro camino eventual hacia lo milagroso.

Regresé a Rusia en noviembre de 1914, al comienzo de la primera guerra mundial, después de un viaje, relativamente largo, a través de Egipto, Ceilán e India. La guerra estalló cuando me encontraba en Colombo, de donde me embarqué para regresar a través de Inglaterra. Al salir de San Petersburgo, yo había dicho que partía en busca de lo milagroso. Lo “milagroso” es muy difícil de definir. Pero para mí, esta palabra tenía un significado muy definido. Mucho tiempo atrás había llegado a la conclusión de que para escapar del laberinto de contradicciones en que vivimos, era necesario encontrar un camino enteramente nuevo, diferente de todo lo que habíamos conocido o seguido hasta ahora. Pero dónde comenzaba este camino nuevo o perdido, yo era incapaz de decirlo. Entonces ya había reconocido como un hecho innegable que detrás de la fina película de falsa realidad, existía otra realidad de la cual, por alguna razón, algo nos separaba. Lo “milagroso” era la penetración en esta realidad desconocida. Me parecía que el camino hacia lo desconocido podría ser encontrado en Oriente. ¿Por qué en Oriente? Era difícil decirlo. En esta idea había quizás algo de romántico, pero en todo caso había también la convicción de que nada podía ser encontrado aquí, en Europa.

Durante el viaje de regreso, y las pocas semanas que pasé en Londres, todas las conclusiones a las cuales había llegado como resultado de mi búsqueda, quedaron trastornadas por la absurdidad salvaje de la guerra y por todas las emociones que llenaban el aire, invadían las conversaciones, los diarios, y que contra mi voluntad me afectaban a menudo. Pero, de regreso a Rusia, cuando volvieron los pensamientos con los cuales había partido, sentí que mi búsqueda y aun las menores cosas conectadas con ellas, eran más importantes que todo lo que estaba sucediendo o pudiese suceder en un mundo de “absurdos obvios”. Me dije entonces que la guerra debía ser considerada como una de esas condiciones generalmente catastróficas de la existencia, en medio de las cuales tenemos que vivir, trabajar y buscar respuestas a nuestras preguntas y a nuestras dudas. La guerra, la gran guerra europea, en cuya posibilidad yo no había querido creer y cuya realidad por largo tiempo no había querido reconocer, se había convertido en un hecho.

Estábamos en ella, y vi que debía ser tomada como un gran “memento mori”, mostrando que era urgente apresurarse y que era imposible creer en una “vida” que no conducía a ninguna parte.

La guerra no me podía tocar personalmente, en todo caso no antes de la catástrofe final que por otra parte me parecía inevitable para Rusia, y quizás para toda Europa, pero aún no inminente. Aunque naturalmente, en aquella época, la catástrofe en marcha parecía solamente temporal, y aún nadie hubiera podido concebir toda la amplitud de la ruina, de la desintegración y de la destrucción, a la vez interior y exterior, en la cual tendríamos que vivir en el futuro.

Resumiendo el conjunto de mis impresiones del Oriente y particularmente de la India, tenía que admitir que al regreso mi problema parecía todavía más difícil y más complicado que al partir. La India y el Oriente no sólo no habían perdido nada de su milagroso atractivo sino que, por el contrario, este atractivo se había enriquecido con nuevos matices que anteriormente yo no había podido sospechar.

Había visto claramente que algo podía ser encontrado en el Oriente, que por mucho tiempo había dejado de existir en Europa, y consideraba que la dirección que yo había tomado era buena. Pero al mismo tiempo me había convencido de que el secreto estaba mejor y más profundamente escondido de lo que hubiera podido prever. A mi partida, ya sabía que iba en busca de una o de varias escuelas. Había llegado a esta conclusión hacía ya tiempo, habiéndome dado cuenta que los esfuerzos personales independientes no podían ser suficientes, y que era indispensable entrar en contacto con el pensamiento real y viviente que debe existir en alguna parte, pero con el cual habíamos perdido toda conexión.

Yo comprendía esto, pero la idea misma que tenía de las escuelas se modificaría mucho durante mis viajes; en un sentido se volvió más simple y más concreta, en otro sentido más fría y más distante. Quiero decir que las escuelas perdieron su carácter de cuentos de hadas. En el momento de mi partida, todavía admitía muchas cosas fantásticas acerca de las escuelas. Admitir es quizás una palabra demasiado fuerte. Para decirlo mejor, soñaba con la posibilidad de un contacto no físico con las escuelas, de un contacto, en alguna forma, “en otro plano”. No podía explicarlo claramente, pero me parecía que el primer contacto con una escuela debía tener ya un carácter milagroso. Por ejemplo, imaginaba la posibilidad de entrar en contacto con escuelas que habían existido en un lejano pasado, como la escuela de Pitágoras, o las escuelas de Egipto, o la escuela de los monjes que construyeron Notre-Dame, y así sucesivamente. Me parecía que las barreras del espacio y del tiempo desaparecerían de producirse tal contacto. La idea de las escuelas era en sí misma fantástica, y nada de lo que les concernía me parecía demasiado fantástico. Asimismo no veía ninguna contradicción entre mis ideas y mis esfuerzos para encontrar en la India escuelas reales. Pues me parecía que era precisamente en la India donde me sería posible establecer una especie de contacto, que podría luego volverse permanente e independiente de toda interferencia exterior. Durante mi viaje de regreso, lleno de encuentros y de impresiones de toda clase, la idea de las escuelas se volvió para mí mucho más real, casi tangible. Había perdido su carácter fantástico. Y esto sin duda porque como me di cuenta entonces, una “escuela” no requiere solamente una búsqueda sino una “selección” o un escoger — quiero decir: de nuestra parte.

No podía dudar que hubiera escuelas. Me convencí al mismo tiempo de que las escuelas sobre las que había oído hablar, y con las cuales hubiese podido entrar en contacto, no eran para mí. Eran escuelas de naturaleza francamente religiosa o semi-religiosa y de tono netamente devocional. No me atraían, sobre todo porque si hubiese buscado un camino religioso habría podido encontrarlo en Rusia. Otras escuelas más moralizadoras eran de tipo filosófico, ligeramente sentimental, con un matiz de ascetismo, como las escuelas de los discípulos o seguidores de Ramakrishna; entre estos últimos había personas agradables, pero tuve la impresión de que les faltaba un conocimiento real. Otras escuelas, ordinariamente descritas como “escuelas de yoga”, y que están basadas en la creación de estados de trance, participaban, a mis ojos, un tanto demasiado del género espiritista. Yo no podía tenerles confianza; conducían inevitablemente a mentirse a uno mismo o bien a lo que los místicos ortodoxos, en la literatura monástica rusa, llaman “seducción”.

Había otro tipo de escuelas, con las cuales no pude tomar contacto y de las que sólo oí hablar. Estas escuelas prometían mucho, pero igualmente exigían mucho. Exigían todo de una sola vez. Hubiera sido necesario quedarse en la India y abandonar para siempre toda idea de regreso a Europa. Habría tenido que renunciar a todas mis ideas, a todos mis proyectos, a todos mis planes y comprometerme a un camino del cual no podía saber nada de antemano. Estas escuelas me interesaban mucho, y las personas que habían estado en relación con ellas y que me habían hablado de ellas, se destacaban nítidamente sobre el común de las personas. Sin embargo me parecía que debería haber escuelas de un tipo más racional, y que hasta cierto punto, un hombre tenía derecho de saber hacia dónde iba.

Paralelamente, llegué a la conclusión de que una escuela —no importa como se llame: escuela de ocultismo, de esoterismo o de yoga— debe existir sobre el plano terrestre ordinario como cualquier otro tipo de escuela: escuela de pintura, de danza o de mediana. Me di cuenta de que la idea de escuelas “en otro plano” era simplemente un signo de debilidad: esto significaba que los sueños habían reemplazado la búsqueda real. Así comprendí que los sueños son uno de los obstáculos más grandes en nuestro camino eventual hacia lo milagroso. En camino hacia la India, hacía planes para próximos viajes. Esta vez deseaba comenzar por el Oriente musulmán. Sobre todo estaba atraído por el Asia Central rusa y Persia. Pero nada de todo esto estaba destinado a realizarse.

De Londres, a través de Noruega, Suecia y Finlandia, llegué a San Petersburgo, que había sido ya rebautizada “Retrogrado”, y donde el patriotismo y la especulación estaban en todo su apogeo. Poco después, partí para Moscú retomando mi trabajo en el periódico del cual había sido corresponsal en la India. Llevaba ahí ya cerca de seis semanas, cuando ocurrió un pequeño episodio que iba a ser el punto de partida de numerosos acontecimientos. Un día que me encontraba en la redacción del periódico, preparando la próxima edición, descubrí, creo que en La Voz de Moscú, un aviso con referencia a la puesta en escena de un ballet titulado “La Lucha de los Magos“, que se decía era la obra de un “Hindú”. La acción del ballet debía tener lugar en la India, y ofrecer un cuadro completo de la magia del Oriente con milagros de faquires, danzas sagradas, etcétera. No me gustó el tono parlanchín del párrafo, pero como los autores de ballets hindúes eran más bien raros en Moscú, recorté el aviso, insertándolo en mi artículo y añadiendo brevemente que en el ballet se encontraría seguramente todo aquello que los turistas van a buscar y que es imposible de hallar en la India verdadera.

Poco después, por varias razones, dejé el periódico y fui a San Petersburgo.

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P. D. OUSPENSKY (Piotr Demiánovich Ouspenski)

FRAGMENTOS DE UNA ENSEÑANZA DESCONOCIDA   (parte 1ª)