La creencia en Dios ha existido desde que el mundo es mundo, lo que no nos ha impedido llenarlo de horrores

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¿La creencia en Dios no es necesaria en este mundo terrible y despiadado?

La creencia en Dios ha existido desde que el mundo es mundo, lo que no nos ha impedido llenarlo de horrores. Tanto el salvaje como el sacerdote altamente civilizado creen en Dios. El hombre primitivo mata con arcos y flechas, y se dedica a danzas frenéticas; el sacerdote civilizado bendice los acorazados y los bombarderos, dando para ello una serie de razones.
Esto no lo digo cínicamente ni con ánimo despreciativo, de modo que no tenéis por qué sonreír. Es un asunto muy serio. Ambos son creyentes; pero están también los otros, los que no creen en nada, y que también optan por liquidar a los que se les cruzan en el camino.

El hecho de adherirse a una creencia o a una ideología no acaba con las matanzas, la opresión y la explotación. Por el contrario, ha habido y continúan produciéndose espantosas guerras, destrucción y persecuciones en las que se invoca la causa de la paz y el nombre de Dios.
Si logramos hacer de lado esas creencias e ideologías antagónicas, e introducimos en nuestra vida diaria un cambio profundo, habrá alguna probabilidad de que surja un mundo mejor. Es la propia vida cotidiana de cada ser humano que ha provocado las actuales y anteriores catástrofes.
Nuestro atolondramiento, nuestros exclusivismos nacionales, nuestras barreras y privilegios económicos, nuestra falta de compasión y de buena voluntad, han traído estas guerras y otros desastres. La mundanalidad, de naturaleza eruptiva, vomitará siempre caos y dolor.
Somos un resultado del pasado, y al edificar sobre él sin entenderlo, provocamos desastres. La mente, que es un resultado, un compuesto, no llega a entender Aquello que no está constituido por fragmentos, que carece de causa y es independiente del tiempo. Para comprender lo increado, la mente debe cesar de crear. Toda creencia pertenece forzosamente al pasado, a lo creado; y ella constituye un impedimento para la experimentación de lo real. Cuando el pensar‑sentir está anclado, en estado de dependencia, el entendimiento de lo real resulta imposible.
Tiene que haber una franca y serena liberación del pasado, una espontánea inundación de silencio; sólo en tales condiciones puede florecer Aquello que es real. Cuando contempláis una puesta de sol, en ese instante de belleza un júbilo espontáneo y creador os invade. Luego, cuando deseáis que la misma experiencia se repita, la puesta de sol ya no os emociona; tratáis de sentir la misma dicha creadora, pero no la halláis. Vuestra mente fue capaz de recibir cuando nada pedía ni esperaba; pero habiendo recibido una vez quiere más y esa codicia la enceguece.
La codicia es acumulativa y representa una pesada carga para la mente-corazón; no cesa de juntar, de almacenar. Nuestro pensar y sentir se ven corrompidos por la codicia, por las olas corrosivas del recuerdo. Sólo un estado de conciencia alerta y profunda pone fin a este proceso absorbente del pasado. La codicia, al igual que el placer, siempre limita y singulariza. ¿Y cómo un pensamiento nacido de la codicia habría de entender Aquello que es inconmensurable?
En lugar de reforzar vuestras creencias e ideologías, daos plena cuenta de vuestro pensar y sentir, pues en él está el origen de los problemas que la vida os presenta.

Lo que vosotros sois, es el mundo: si sois crueles, sensuales, ignorantes, codiciosos; así será el mundo. Vuestra creencia en Dios, o vuestra incredulidad a su respecto, muy poco significan. Sólo con vuestros pensamientos, sentimientos y acciones, en efecto, haréis del mundo una cosa terrible, cruel, bárbara, o un lugar de paz, de compasión y de sabiduría.

Krishnamurti

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El espíritu de venganza anda desenfrenado en el mundo ¿Sois capaces de tener alguna otra actitud hacia la violencia?

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Librando nuestro pensar‑sentir de la ira y del odio, de la codicia y de la mala voluntad, nace una ternura que es la única cura. A esta dulzura, a esta compasión, no se llega suprimiendo ni substituyendo nada, sino alcanzando el conocimiento propio y el recto pensar.

Pregunta: ¿Cuál debería ser mi actitud hacia la violencia?

Krishnamurti: ¿Cesa la violencia por medio de la violencia, el odio por medio del odio? Si me odiáis y en respuesta yo os odio, si actuáis contra mí de un modo violento y de la misma manera actúo yo contra vos, ¿cuál es el resultado?: más violencia, mayor odio, mayor amargura, ¿no es cierto? ¿Hay fuera de ésta alguna otra consecuencia? El odio engendra odio, la mala voluntad engendra mala voluntad. A menudo en nuestras relaciones individuales o sociales, ese espíritu de represalia crea solamente mayor violencia y antagonismo.

El espíritu de venganza anda desenfrenado en el mundo. ¿Sois capaces de tener alguna otra actitud hacia la violencia? Al ser violentos nos sentimos poderosos. Para emplear una frase comercial: produce dividendos mayores y más rápidos el odio. El individuo ha creado la estructura social existente por su odio recóndito, por el deseo de desquitarse y de obrar violentamente. El mundo que nos rodea está en condición febril de odio y de violencia. A causa de su astucia y su fuerza tendenciosa nos veremos fácilmente arrastrados en esa corriente brutal, a menos que nosotros mismos estemos libres del odio. Si estáis libres de él entonces no surge la cuestión de la actitud que deba asumirse hacia sus múltiples expresiones. Si fueseis profundamente conscientes del odio mismo y no meramente de sus expresiones arteras, veríais que el odio sólo engendra odio. Si lo tenéis en vuestro interior responderéis al odio de otro, y puesto que el mundo es vos mismos os veréis obligado a reaccionar a sus temores, ignorancia y codicia. Seguramente estáis prontos a odiar, a ejercer venganza, si vuestro pensamiento está confinado al yo.

La codicia y el amor posesivo tienen que incubar mala voluntad, y si el pensamiento no se liberta de ellos, tiene que haber constante acción de odio y violencia. Como he indicado, nuestras creencias y esperanzas son el resultado del anhelo, y cuando sobre ellos lanzamos la duda, brotan el resentimiento y la cólera. Al comprender la causa del odio nacen el perdón y la bondad. La comprensión y el amor surgen a través del estado de percepción lúcida.

Pregunta: ¿Cómo podré emanciparme del odio?

 

Krishnamurti: Preguntas análogas me han sido hechas con respecto a la ignorancia, la ira, los celos. Al responder a esta pregunta, espero responder también a las otras.

Ningún problema puede ser resuelto en su propio plano, en su propio nivel, tiene que ser entendido, y por lo tanto disuelto, desde un plano diferente y más profundo de abstracción. Si aspiramos tan sólo a emanciparnos del odio suprimiéndolo o tratándolo como cosa molesta y embarazosa, no lo disolveremos; volverá a presentarse una y otra vez en formas diferentes, ya que en ese caso lo habríamos enfrentado desde su propio nivel, limitado y mezquino. Pero si empezamos a entender sus causas intimas y sus efectos externos, tomando con ello nuestro pensar-sentir más amplio y profundo, más sagaz y más claro, el odio desaparecerá de un modo natural, porque estaremos interesados en niveles más importantes y profundos de pensamiento‑sentimiento.

Si sentimos ira y somos capaces de vencerla, o nos dominamos a nosotros mismos en forma tal que ella no vuelva a surgir, nuestra mente sigue siendo tan pequeña e insensible como antes. ¿Qué habremos ganado con nuestro esfuerzo para no experimentar ira, si nuestro pensar‑sentir continúa todavía lleno de envidia y de miedo, de estrechez y limitaciones? Podemos librarnos del odio y de la ira, pero si nuestra mente-corazón sigue siendo necia y mezquina suscitará otros problemas y otros antagonismos, lo que hará que el conflicto no tenga fin.

Si empezamos, en cambio, a mantener nuestra conciencia despierta y alerta, entendiendo por lo tanto las causas y efectos de la ira, ciertamente ampliaremos nuestro pensar-sentir y lo libraremos de la ignorancia y el conflicto. En ese estado de conciencia alerta empezaremos a descubrir las causas del odio y de la ira, que son el miedo y el afán de protección del “yo” en sus diferentes aspectos. A través de esa conciencia alerta, descubrimos nuestra ira, producida quizás, porque nuestras creencias particulares han sido atacadas; y llevando más a fondo el examen llegamos a preguntarnos si las creencias y los credos son realmente necesarios.

Mediante este proceso nos damos más amplia cuenta de todo lo que ello significa; percibimos cómo los dogmas y las ideologías dividen al género humano y dan origen a los antagonismos, a las diversas formas de la crueldad y del absurdo. De modo, pues, que con esta conciencia alerta y expandida, con esta comprensión de lo que la ira significa en el fondo, ella no tarda en desvanecerse; mediante este proceso de autopercepción la mente se vuelve más profunda, más serena, más sabia, y así, las causas del odio y de la ira ya no encuentran cabida. Librando nuestro pensar‑sentir de la ira y del odio, de la codicia y de la mala voluntad, nace una ternura que es la única cura. A esta dulzura, a esta compasión, no se llega suprimiendo ni substituyendo nada, sino alcanzando el conocimiento propio y el recto pensar.

KRISHNAMURTI

KRISHNAMURTI

 

  Al comprender la causa del odio nacen el perdón y la bondad. La comprensión y el amor surgen a través del estado de percepción lúcida.

Yanni – The Rain Must Fall

Aprovechando los Tiempos de Crisis ¿Quién Guía el destino de la Humanidad?

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Me siento muy confundido. Lo bueno y lo malo ya no tienen ningún significado.

Cuando existe una crisis de identidad, cuando la gente no sabe quién es, cuando el pasado pierde fuerza, cuando la gente se siente desarraigada de lo tradicional, cuando el pasado ya no parece ser relevante, esta crisis se presenta, una gran crisis de identidad: ¿quiénes somos? ¿Qué se supone debemos hacer?

Esta oportunidad puede convertirse también en una maldición, si te vuelves víctima de algún Adolfo Hitler; pero esta maldición puede convertirse en una gran apertura a lo desconocido si eres lo bastante afortunado para estar en la cercanía de un buda. Si eres lo suficientemente afortunado para estar enamorado de un buda, tu vida se puede transformar.

La gente que todavía se arraiga en la tradición, y que piensa que sabe qué es lo correcto y qué es lo incorrecto, nunca vendrá a un buda. Continuará viviendo su vida, la vida rutinaria, la vida aburrida y muerta. Seguirá satisfaciendo sus deberes como lo hacían sus antepasados. Durante siglos ha estado siguiendo un camino y seguirá ese camino trillado.

Por supuesto, cuando sigues un camino trillado, te sientes seguro; mucha gente ha caminado por él. Pero cuando vienes a un buda y comienzas a desplazarte en lo desconocido, no hay carretera, ningún camino trillado. Tendrás que hacer tu propio camino andando; el camino no se encontrará ya trazado.

Puedo animarte para que te manejes por tu cuenta, yo puedo provocar un proceso de indagación en ti; pero no te daré un sistema de pensamiento, no te daré ninguna certeza. Sólo te daré un peregrinaje… un peregrinaje que es arriesgado, un peregrinaje que tiene millones y millones de trampas, un peregrinaje en el que tendrás que enfrentar cada vez más peligros a diario, un peregrinaje que te llevará a la cima de la conciencia humana, al cuarto estado. Pero cuanto más arriba vas, el peligro de caer es mayor.

Sólo puedo prometerte una gran aventura, riesgosa, peligrosa, sin promesa de que lo lograrás, porque lo desconocido no se puede garantizar.

Estás entrando en un espacio hermoso. Si lo bueno y lo malo han dejado de existir, ¡está bien que sea así! Ahora incorpora otra dimensión, no artificial, donde las distinciones no tienen ninguna importancia, donde nada es bueno y nada es malo, donde lo que es es, y lo que no es no es. No es cuestión de bueno y malo; algo es o no es. Bueno y malo no son más que alternativas a escoger: elige esto, o aquello. Te mantienen en la división de lo uno o lo otro.

En el momento en que comienzas a ver la falsedad de todo lo bueno y lo malo, cuando comienzas a ver que son cosas socialmente elaboradas… Por supuesto son útiles, y no estoy diciendo que te adentres en el mercado y te comportes como si no hubiera nada bueno y nada malo. No estoy diciendo que camines en medio de la vía, diciendo que no importa si uno camina a la derecha o a la izquierda.

Cuando estés con la gente, recuerda, para ellos lo bueno y lo malo todavía existe. Sé respetuoso con ellos y con sus sueños. No debes perturbar el sueño de nadie. ¿Quién eres tú? No debes interferir. Se cortés con la gente y sus tonterías, sé cortés con ellos y sus juegos. Pero recuerda en todo momento, en lo profundo nada es bueno, nada es malo.

La existencia está simplemente allí; no hay nada que escoger. Y recuerda, cuando no hay nada que escoger, te encontrarás sin divisiones. Cuando hay algo que elegir, también te divides. La división es una espada de doble filo: divide la realidad por fuera, te divide por dentro. Si eliges, eliges la división, eliges estar dividido, eliges la esquizofrenia. Si no eliges, si sabes que no hay nada bueno, nada malo, eliges la cordura.

No elegir nada es elegir la cordura, el no elegir es estar cuerdo, porque ahora no hay división por fuera, ¿cómo puedes estar dividido por dentro? El interior y el exterior van juntos. Te vuelves indivisible, te vuelves un individuo. Éste es el proceso para volverse un individuo. Nada es bueno, nada es malo. Cuando esto surge en tu conciencia, de repente estás unido, todos los fragmentos han desaparecido en una unidad. Estás cristalizado, estás centrado.

El llegar a saber que nada es bueno, nada es malo, es un momento crucial; es una conversión. Comienzas a mirar al interior; la realidad exterior pierde su significado. La realidad social es una ficción, un drama hermoso; puedes participar en él, pero entonces no lo tomas con seriedad. Es sólo un papel que representar; represéntalo tan maravillosa, tan eficientemente como te sea posible. Pero no lo tomes seriamente, no contiene nada de lo supremo.

Lo supremo es lo interior; el alma indivisible lo sabe. Y, para llegar a esa alma, éste es un buen momento crucial.

OSHO

¿Cómo podemos resolver, nuestro caos político actual y la crisis del mundo? ¿Hay algo que un individuo pueda hacer para atajar la guerra que se avecina?

Afp   Un niño yemení protesta contra el bombardeo de Gaza.

Afp   – Un niño yemení protesta contra el bombardeo de Gaza.

La guerra

 

Para traer paz al mundo, por lo tanto, para detener todas las guerras, tiene que haber una revolución en el individuo, en vosotros y en mí. La revolución económica sin esta revolución interna carece de sentido, pues el hambre es el resultado del defectuoso ajuste de las condiciones económicas producido por nuestros estados psicológicos: codicia, envidia, mala voluntad y espíritu de posesión. Para poner fin al dolor, al hambre, a la guerra, es preciso que haya una revolución psicológica, y pocos de nosotros están dispuestos a enfrentar tal cosa.

Krishnamurti: La guerra es la proyección espectacular y sangrienta de nuestra vida diaria, ¿no es así? La guerra es una mera expresión externa de nuestro estado interno, una amplificación de nuestra actividad diaria. Es más espectacular, más sangrienta, más destructiva, pero es el resultado colectivo de nuestras actividades individuales. De suerte que vosotros y yo somos responsables de la guerra, ¿y qué podemos hacer para detenerla? Es obvio que la guerra que nos amenaza constantemente no puede ser detenida por vosotros ni por mi porque ya está en movimiento; ya está desencadenándose, aunque todavía en el nivel psicológico principalmente. Como ya está en movimiento, no puede ser detenida; los puntos en litigio son demasiados, excesivamente graves, y la suerte ya está echada. Pero vosotros y yo, viendo que la casa está ardiendo, podemos comprender las causas de ese incendio, alejamos de él y edificar en un nuevo lugar con materiales diferentes que no sean combustibles, que no produzcan otras guerras. Eso es todo lo que podemos hacer. Vosotros y yo podemos ver qué es lo que engendra las guerras, y si nos interesa detenerlas, podemos empezar a transformamos a nosotros mismos, que somos las causas de la guerra.

 

Una señora americana vino a verme hace un par de años, durante la guerra. Me dijo que había perdido a su hijo en Italia y que tenía otro hijo de dieciséis años al que quería salvar; de suerte que charlamos del asunto. Yo le sugerí que para salvar a su hijo debía dejar de ser americana; debía dejar de ser codiciosa, de acumular riquezas, de buscar el poder y la dominación, y ser moralmente sencilla, no sólo sencilla en cuanto a vestidos, a las cosas externas, sino sencilla en sus pensamientos y sentimientos, en su vida de relación. Ella dijo: “Eso es demasiado. Me pide usted demasiado. Yo no puedo hacer eso, porque las circunstancias son demasiado poderosas para que yo las altere”. Por lo tanto, resultaba responsable de la destrucción de su hijo.

 

Las circunstancias pueden ser dominadas por nosotros, porque nosotros hemos creado las circunstancias. La sociedad es el producto de la relación; de vuestras relaciones y las mías, de todas ellas juntas. Si cambiamos en nuestra vida de relación, la sociedad cambia. El confiar únicamente en la legislación, en la compulsión, para la transformación externa de la sociedad mientras interiormente seguimos siendo corrompidos, mientras en nuestro fuero íntimo continuamos en busca del poder, de las posiciones, de la dominación, es destruir lo externo, por muy cuidadosa y científicamente que se lo haya construido. Lo que es del fuero íntimo se sobrepone siempre a lo externo.

 

Reuters – Las explosiones se han sucedido un día más en la Gaza. Más de 40 personas han muerto en lo que va de ofensiva.

 

¿Qué es lo que causa la guerra religiosa, política o económica? Es evidente que la creencia, ya sea en el nacionalismo, en una ideología o en un dogma determinado. Si en vez de creencias tuviéramos buena voluntad, amor y consideración entre nosotros, no habría guerras. Pero se nos alimenta con creencias, ideas y dogmas, y por lo tanto, engendramos descontento. La presente crisis, por cierto, es de naturaleza excepcional, y nosotros, como seres humanos, o tenemos que seguir el sendero de los conflictos constantes y continuas guerras, que son el resultado de nuestra acción cotidiana, o de lo contrario ver las causas de la guerra y volverles la espalda.

 

Lo que causa la guerra, evidentemente, es el deseo de poder, de posición, de prestigio, de dinero, como asimismo la enfermedad llamada nacionalismo ‑el culto de una bandera- y la enfermedad de la religión organizada, el culto de un dogma. Todo eso es causa de guerra; y si vosotros como individuos pertenecéis a cualquiera de las religiones organizadas, si sois codiciosos de poder, si sois envidiosos, forzosamente produciréis una sociedad que acabará en la destrucción. Nuevamente: ello depende de vosotros y no de los dirigentes, no de los llamados hombres de Estado, ni de ninguno de los otros. Depende de vosotros y de mí, pero no parecemos darnos cuenta de ello. Si por una vez sintiéramos realmente la responsabilidad de nuestros propios actos, ¡cuán pronto podríamos poner fin a todas estas guerras, a toda esta miseria aterradora! Pero, como veis, somos indiferentes. Comemos tres veces al día, tenemos nuestros empleos, nuestra cuenta bancaria, grande o pequeña, y decimos: “por el amor de Dios, no nos moleste, déjenos tranquilos”. Cuanto más alta es nuestra posición, más deseamos seguridad, permanencia, tranquilidad, menos injerencia admitimos, y más deseamos mantener las cosas fijas, como están; pero ellas no pueden mantenerse como están, porque no hay nada que mantener. Todo se desintegra.

 

Afp – La familia palestina de al-Fallu ha perdido siete miembros de la familia en el bombardeo, entre ellos varios niños.

 

No queremos hacer frente a estas cosas, no queremos encarar el hecho de que vosotros y yo somos responsables de las guerras. Vosotros y yo charlamos de paz, nos reunimos en conferencias, nos sentamos en torno a una mesa y discutimos; pero en nuestro fuero íntimo, en lo psicológico, deseamos poder y posición, y nos mueve la codicia. Intrigamos, somos nacionalistas; nos atan las creencias, los dogmas, por los cuales estamos dispuestos a morir y a destruirnos unos a otros. ¿Creéis que semejantes hombres ‑vosotros y yo- podemos tener paz en el mundo? Para que haya paz, debemos ser pacíficos; vivir en paz significa no crear antagonismos. La paz no es un ideal. Para mí un ideal es simple evasión, un modo de eludir lo que es, una contradicción con lo que es. Un ideal impide la acción directa sobre lo que es. Mas para que haya paz tendremos que amar, tendremos que empezar, no a vivir una vida ideal sino a ver las cosas como son y obrar sobre ellas, a transformarlas. Mientras cada uno de nosotros busque seguridad psicológica, la seguridad fisiológica que necesitamos ‑alimento, vestido y albergue- se ve destruida. Andamos en busca de seguridad psicológica, que no existe; y, si podemos, la buscamos por medio del poder, de la posición, de los títulos, de los nombres, todo lo cual destruye la seguridad física. Esto, cuando se lo considera, resulta un hecho evidente.

 

Para traer paz al mundo, por lo tanto, para detener todas las guerras, tiene que haber una revolución en el individuo, en vosotros y en mí. La revolución económica sin esta revolución interna carece de sentido, pues el hambre es el resultado del defectuoso ajuste de las condiciones económicas producido por nuestros estados psicológicos: codicia, envidia, mala voluntad y espíritu de posesión. Para poner fin al dolor, al hambre, a la guerra, es preciso que haya una revolución psicológica, y pocos de nosotros están dispuestos a enfrentar tal cosa. Discutiremos sobre la paz, proyectaremos leyes, crearemos nuevas ligas, las Naciones Unidas, y lo demás. Pero no lograremos la paz porque no queremos renunciar a nuestra posición, a nuestra autoridad, a nuestros dineros, a nuestras propiedades, a nuestra estúpida vida. Confiar en los demás es absolutamente vano; los demás no nos traerán la paz. Ningún dirigente, ni gobierno, ni ejército, ni patria, va a darnos la paz. Lo que traerá la paz es la transformación interna que conducir a la acción externa. La transformación interna no es aislamiento; no consiste en retirarse de la acción externa. Por el contrario, sólo puede haber acción verdadera cuando hay verdadero pensar; y no hay pensar verdadero cuando no hay el conocimiento propio. Si no os conocéis a vosotros mismos, no hay paz.

 

Para poner fin a la guerra externa, debéis empezar por poner fin a la guerra en vosotros mismos. Algunos de vosotros moverán la cabeza y dirán “estoy de acuerdo”, y saldrán y harán exactamente lo mismo que han estado haciendo durante los últimos diez o veinte años. Vuestra conformidad es puramente verbal y carece de significación, pues las miserias y las guerras del mundo no van a ser detenidas por vuestro fortuito asentimiento. Sólo serán detenidas cuando os deis cuenta del peligro, cuando percibáis vuestra responsabilidad, cuando no dejéis eso en manos de otros. Si os dais cuenta del sufrimiento, si veis la urgencia de la acción inmediata y no la aplazáis, entonces os transformaréis; y la paz vendrá tan sólo cuando vosotros mismos seáis pacíficos, cuando vosotros mismos estéis en paz con vuestro prójimo.

 

 Krishnamurti 

 

¿Cómo nos libramos del nacionalismo? Cuando hay inteligencia desaparece el nacionalismo, el patriotismo, que es una forma de estupidez

El nacionalismo ‑con su veneno, sus miserias y la lucha mundial que acarrea- sólo desaparece cuando hay inteligencia.

El populismo no tiene fronteras. Tampoco se ciñe a moldes ideológicos: sirve para implantar regímenes que, según las circunstancias, pueden adoptar apariencias tanto de izquierda como de derecha, saltando desprejuiciadamente de un encuadre al otro para conquistar el poder, primero, y para conservarlo, después. Eso sí, es siempre autoritario y rayano en el totalitarismo. Sus tácticas y su lenguaje también son universales. Es penoso comprobar que este fenómeno, propio de sociedades tradicionalmente tercermundistas o degradadas al tercermundismo,  puede encontrar el terreno abonado en Cataluña, que ha sido históricamente un modelo de apertura al progreso, a las ideas liberales e ilustradas, a la iniciativa creadora y a las migraciones por causas económicas o políticas.

Eduardo Goligorsky

 

El nacionalismo

Pregunta: ¿Qué es lo que viene cuando el nacionalismo se va?

Krishnamurti: La inteligencia, evidentemente. Pero temo que eso no sea lo que esta pregunta implica. Lo que ella implica es esto: ¿qué es lo que puede substituir al nacionalismo? Ninguna substitución es acto que traiga inteligencia. Si abandono una religión y me adhiero a otra, o dejo un partido político para ingresar más tarde en alguna otra cosa, esta constante substitución indica un estado en el que no ha inteligencia.

¿Cómo nos libramos del nacionalismo? Sólo comprendiendo plenamente lo que él implica, examinándolo, captando su significación en la acción externa e interna. En lo externo, él causa divisiones entre los hombres, clasificaciones, guerras y destrucción, lo cual es obvio para cualquiera que sea observador. En el fuero íntimo, psicológicamente, esta identificación con lo más grande, con la patria, con una idea, es evidentemente una forma de autoexpansión. Viviendo en una pequeña aldea, o en una gran ciudad, o donde sea, yo no soy nadie; pero si me identifico con lo más grande, con el país, si me llamo a mí mismo hindú, ello halaga mi vanidad, me brinda satisfacción, prestigio, una sensación de bienestar; y esa identificación con lo más grande, que es una necesidad psicológica para los que sienten que la expansión del “yo” es esencial, engendra asimismo conflicto, lucha entre los hombres.

De suerte que el nacionalismo no sólo causa conflictos externos, sino frustraciones íntimas; y cuando uno comprende el nacionalismo, todo el proceso del nacionalismo, éste se desvanece. La comprensión del nacionalismo llega mediante la inteligencia. Es decir, observando cuidadosamente, penetrando el proceso integro del nacionalismo, del patriotismo, surge de ese examen la inteligencia; y entonces no se produce la substitución del nacionalismo por alguna otra cosa. En el momento en que reemplazáis el nacionalismo por la religión, la religión se convierte en otro medio, de autoexpansión, en una fuente más de ansiedad psicológica, en un medio de alimentarse uno mismo con una creencia. Por lo tanto, cualquier forma de substitución, por noble que sea, es una forma de ignorancia. Es como alguien que substituyera el fumar por la goma de mascar o el fruto del betel. En cambio, si uno comprende realmente, y en su totalidad, el problema del fumar, de los hábitos, sensaciones, de las exigencias psicológicas y todo lo demás, el vicio de fumar desaparece. Sólo podéis comprender cuando hay un desarrollo de la inteligencia, cuando la inteligencia funciona; y la inteligencia no funciona cuando hay substitución. La substitución es simplemente una forma de autosoborno, de incitaros a que no hagáis esto pero sí hagáis aquello.

El nacionalismo ‑con su veneno, sus miserias y la lucha mundial que acarrea- sólo desaparece cuando hay inteligencia, y la inteligencia no surge por el mero hecho de pasar exámenes y estudiar libros. La inteligencia surge cuando comprendemos los problemas a medida que se presentan. Cuando hay comprensión del problema en sus diferentes niveles ‑no sólo en la parte externa sino de lo que él implica en su aspecto interno, psicológico-, entonces, en ese proceso, la inteligencia se manifiesta. Cuando hay, pues, inteligencia, no hay substitución; y cuando hay inteligencia desaparece el nacionalismo, el patriotismo, que es una forma de estupidez.

  

Krishnamurti 

“No importa lo que yo diga” “Lo único que importa es cómo te sientes” “La comprensión de que las palabras son irrelevantes es de gran importancia” “¿Qué sentimientos tienes?”

El individuo y la sociedad

¿Por qué, pues, la sociedad se derrumba, se desploma, como sin duda ocurre?

Actualmente interesados en la transformación de la sociedad, de esta sociedad que es corrupta, inmoral, que está basada en la competencia, en la crueldad. Ésa es la sociedad en que estamos viviendo. ¿Está usted verdaderamente, profundamente interesado en cambiar eso, aun como un simple ser humano? Si lo está, entonces tiene que investigar qué es la sociedad. ¿Es la sociedad una palabra, una idea abstracta o es una realidad? ¿Es algo real o es una abstracción de la relación humana? Es la relación humana, o sea, la sociedad. Esa relación humana con todas sus complejidades, sus condicionamientos, sus odios, ¿puede usted transformarla por completo? Puede. Puede dejar de ser cruel, con todo lo que acompaña a la crueldad. Lo que es su relación, eso es su ambiente. Si su relación es posesiva y egocéntrica, está usted creando a su alrededor algo que será igualmente destructivo. Por consiguiente, usted es el individuo y usted es el resto de la humanidad. No sé si se da cuenta de eso.

El problema que se nos plantea a la mayoría de nosotros es el de saber si el individuo es un mero instrumento de la sociedad, o si es el fin de la sociedad. ¿Vosotros y yo, como individuos, debemos ser  utilizados, dirigidos, educados, controlados, plasmados conforme a cierto molde, por la sociedad, el gobierno, o es que la sociedad, el Estado, existen para el individuo? ¿Es el individuo el fin de la sociedad, o es tan sólo un títere al que hay que enseñar, que explotar, que enviar al matadero como instrumento de guerra? Ese es el problema que se nos plantea a la mayoría de nosotros. Ese es el problema del mundo: el de saber si el individuo es mero instrumento de la sociedad, juguete de influencias, que haya de ser moldeado; o bien si la sociedad existe para el individuo.

¿Cómo habréis de descubrir eso? Es un serio problema, verdad? Si el individuo no es más que un instrumento de la sociedad, entonces la sociedad es mucho más importante que el individuo. Si eso es cierto, debemos renunciar a la individualidad y trabajar para la sociedad; entonces nuestro sistema educativo debe ser enteramente revolucionado, y el individuo convertido en instrumento que ha de usarse, destruirse, liquidarse, y del que hay que deshacerse. Pero si la sociedad existe para el individuo, entonces la función de la sociedad no consiste en hacer que él se ajuste a molde alguno, sino en darle el sentido y el apremio de libertad. Debemos, pues, descubrir qué es lo falso.

¿Cómo investigaríais este problema? Es un problema vital, ¿no es cierto? Él no depende de ideología alguna, de izquierda o de derecha; y en caso de que si dependa de una ideología, entonces es mero asunto de opinión. Las ideas siempre engendran enemistad, confusión, conflicto. Si dependéis de ideologías de izquierda o de derecha, o de libros sagrados, entonces dependéis de meras opiniones, sean ellas las de Buda, de Cristo, del capitalismo, del comunismo o de lo que os plazca. Son ideas, no la verdad. Un hecho nunca puede ser negado. La opinión acerca del hecho puede negarse. Si podemos descubrir cuál es la verdad en este asunto, podremos actuar independientemente de la opinión. ¿No resulta necesario, por lo tanto, descartar lo que otros han dicho? La opinión de los izquierdistas, nacionalistas  u otros líderes es el resultado de su condicionamiento. De suerte que si dependéis para vuestro descubrimiento de lo que se encuentra en los libros, estáis simplemente atados a las opiniones. No se trata, pues, de conocimiento directo.

¿Cómo habrá de descubrirse la verdad acerca de esto? Sobre esa base actuaremos. Para hallar la verdad al respecto, hay que estar libre de toda propaganda, lo cual significa que sois capaces de observar el problema independientemente de la opinión. Todo el cometido de la educación consiste en despertar al individuo. Para ver la verdad respecto de esto habréis de ser muy claros, es decir, no podréis depender de un dirigente. Cuando escogéis un líder, lo hacéis por confusión, de suerte que vuestros dirigentes también están confusos; y eso es lo que ocurre en el mundo. No podéis, por consiguiente, esperar de vuestro dirigente guía ni ayuda.

Una mente que desea comprender un problema debe no sólo comprender el problema por completo, enteramente, sino que debe poder seguirlo rápidamente, porque el problema nunca es estático, siempre es nuevo, ya sea el problema del hambre, un problema psicológico o cualquier problema. Toda crisis siempre es nueva, por lo tanto, para comprenderla, la mente debe ser siempre lozana, clara, veloz en su búsqueda. Creo que la mayoría de nosotros comprendemos la urgencia de una revolución intima, pues ella es lo único capaz de producir una transformación radical de lo externo, de la sociedad. Este es el problema que a mí mismo a todas las personas de intenciones serias nos preocupa.

Cómo lograr una transformación fundamental, radical, en la sociedad es nuestro problema; y esta transformación de lo externo no puede ocurrir sin revolución íntima. Dado que la sociedad siempre es estática, cualquier reforma que se realice sin esa revolución intima se vuelve igualmente estática; de suerte que sin esa constante revolución íntima no hay esperanza, porque sin ella la acción externa resulta reiterativa, habitual. La acción implícita en las relaciones entre vosotros y los demás, entre vosotros y yo, es la sociedad; y esa sociedad se vuelve estática, sin cualidades vitalizadoras, mientras no exista esa constante revolución íntima una transformación sociológica creadora; y es porque no hay esa constante revolución íntima que la sociedad siempre se vuelve estática, cristalizada, y tiene por lo tanto que ser destruida constantemente.

¿Qué relación existe entre vosotros, por una parte, y la miseria y confusión en vosotros, y a vuestro alrededor, por la otra? Es evidente que esta confusión, esta miseria, no se ha originado de por sí. Somos vosotros y yo quienes la hemos creado, no la sociedad capitalista, o comunista, o fascista. Vosotros y yo la hemos creado en nuestras relaciones. Lo que sois proyectado hacia afuera, en el mundo. Lo que sois, lo que pensáis y lo que sentís, lo que hacéis en vuestra existencia diaria, se proyecte hasta afuera; y eso es lo que constituye el mundo. Si somos desdichados, confusos, caóticos en nuestro interior, eso, proyectado llega a constituir el mundo, la sociedad ‑la sociedad es el producto de nuestra relación-, y si nuestra relación es confusa, egocéntrica, estrecha, limitada, nacionalista, eso lo proyectamos y causamos caos en el mundo.

El mundo es lo que vosotros sois. Vuestro problema es el problema del mundo. Ese, a no dudarlo, es un hecho básico y sencillo. Pero en nuestras relaciones con uno o con muchos parecemos siempre, en cierto modo, no tomarlo en cuenta. Pretendemos producir alteraciones mediante sistemas o una revolución en las ideas o los valores, basada en tal o cual sistema, olvidando que somos vosotros y yo quienes creamos la sociedad y producimos el orden o la confusión con nuestra manera de vivir. Debemos entonces empezar por lo que está más próximo; tenemos que preocuparnos por nuestra existencia diaria, por nuestros actos, pensamientos y sentimientos de todos los días, los cuales se revelan en el modo de ganarnos la vida y en nuestra relación con las ideas y las creencias.

Esa es nuestra existencia diaria, ¿no es cierto? Nos interesa ganarnos el sustento, conseguir un empleo, ganar dinero; nos interesa la relación con nuestra familia, o con nuestros vecinos, y estamos interesados en ideas y creencias. Si examináis ahora vuestras ocupaciones, veréis que ellas se basan fundamentalmente en la envidia y no en la estricta necesidad de ganar el sustento. La sociedad está estructurada en tal forma que es un proceso de constante conflicto, de constante devenir. Todo se basa en la codicia, en la envidia a nuestros superiores. El empleado quiere llegar a ser gerente, lo que muestra que su preocupación no es sólo ganarse el sustento, un medio de subsistencia, sino también adquirir posición y prestigio. Tal actitud, naturalmente, produce estragos en la sociedad, en la convivencia. Mas si vosotros y yo nos preocupásemos tan sólo por el sustento, hallaríamos medios de vida justos cuya base no sería la envidia. Ésta es uno de los factores más destructivos que obran en la sociedad, ya que la envidia revela deseo de poder, de posición, y al final conduce a la política. Envidia y política están estrechamente ligadas. Cuando el empleado busca llegar a gerente, conviértese en uno de los factores que engendra la política del poder, que conduce a la guerra. Él es, pues, directamente responsable de la guerra.

¿En qué se basan nuestras relaciones? La relación entre vosotros y yo, entre vosotros y los demás ‑la sociedad es eso-, ¿en qué se basa? No, por cierto, en el amor, aunque hablemos de ello. Si se basara en el amor habría orden, paz y felicidad, entre nosotros. Empero, en esa relación entre vosotros y yo hay una fuerte dosis de mala voluntad que asume la forma del respeto. Si unos y otros fuésemos iguales en pensamientos y en sentimientos, no habría respeto ni mala voluntad, puesto que habría contacto entre dos individuos ‑no se trataría de maestro y discípulo, ni de esposo que domina a su mujer, ni de mujer que domina al marido. Cuando hay mala voluntad hay deseo de dominación, lo cual provoca celos, ira, pasiones; y todo eso, en nuestras mutuas relaciones engendra constante conflicto que hacemos lo posible por eludir, produciendo mayor caos y mayor desdicha.

En lo que atañe a las ideas, creencias y formulaciones, las cuales forman parte de nuestra vida cotidiana, ¿no deforman acaso nuestra mente? ¿Qué es, en efecto, la estupidez? Consiste en atribuir falso valor a las cosas que produce la mano o la mente del hombre. Casi todos nuestros pensamientos se originan en el instinto de autoprotección, ¿no es así? ¿No damos a muchas de nuestras ideas un sentido de que carecen en sí mismas? Cuando, por consiguiente, creemos en determinadas formas ‑ya sean religiosas, económicas o sociales- o cuando creemos en Dios, en ideas, en un régimen social que separa al hombre del hombre, en el nacionalismo y otras cosas más, es evidente que damos falsa significación a la creencia. Ello indica estupidez, pues la creencia no une a los hombres sino que los divide. Vemos, pues, que por nuestra manera de vivir podemos producir orden o caos, paz o conflicto, felicidad o desdicha.

Nuestro problema, pues, consiste en saber ‑ ¿no es así?- si puede haber una sociedad que sea estática y al mismo tiempo un individuo en quien aquella constante revolución esté realizándose. Es decir, la revolución en la sociedad debe empezar por la transformación íntima, psicológica, del individuo. La mayoría de nosotros desea ver una radical transformación en la estructura social. Esa es toda la batalla que se desarrolla en el mundo: producir una revolución social por medios comunistas o cualesquiera otros. Ahora bien, si hay una revolución social, es decir, una acción con respecto a la estructura externa del hombre, la naturaleza misma de esa revolución social, por más radical que ella sea, es estática si no se produce una revolución íntima del individuo, si no hay una transformación psicológica. De suerte que, para hacer surgir una sociedad que no sea reiterativa estática, que no esté desintegrándose, que esté constantemente viva, resulta imperativo que haya una revolución en la estructura psicológica del individuo; pues sin una revolución íntima, psicológica, la mera transformación de lo externo tiene muy poca significación. Es decir, la sociedad se vuelve siempre cristalizada, estática, por lo cual constantemente se desintegra. Por mucho y muy sabiamente que la legislación sea promulgada, la sociedad está siempre en proceso de descomposición; porque la revolución debe producirse por dentro, no sólo exteriormente.

Creo que es importante comprender esto, y no considerarlo con ligereza. Una vez llevada a efecto, la acción externa ha terminado, es estática; y si la relación entre individuos ‑que es la sociedad- no es el resultado de la revolución intima, entonces la estructura social, por ser estática, absorbe al individuo y por lo tanto lo torna igualmente estático, reiterativo. Si se comprende esto, si se percibe el extraordinario significado de ese hecho, no puede tratarse de acuerdo o de desacuerdo. Es un hecho que la sociedad siempre se está cristalizando, que siempre absorbe al individuo y que la revolución constante, creadora, sólo puede ocurrir en el individuo, no en la sociedad, en lo externo. Esto es, la revolución creadora sólo puede tener lugar en las relaciones del individuo, que es la sociedad. Vemos cómo la estructura de la sociedad actual en la India, en Europa en América, en todas partes del mundo, se desintegra rápidamente; y esto lo sabemos dentro de nuestra propia vida. Podemos observarlo cuando vamos por la calle. No necesitamos grandes historiadores para que nos revelen el hecho de que nuestra sociedad se derrumba; y es preciso que haya nuevos arquitectos, nuevos constructores, para crear una nueva sociedad. La estructura debe levantarse sobre nuevos cimientos, sobre hechos y valores nuevamente descubiertos. Tales arquitectos aún no existen. No hay constructores, nadie que observando, dándose cuenta del hecho de que la estructura se desploma, esté transformándose en arquitecto. Ese, pues, es nuestro problema. Vemos que la sociedad se derrumba, se desmorona; y somos nosotros ‑vosotros y yo- quienes tenemos que ser los arquitectos. Vosotros y yo debemos descubrir de nuevo los valores, y edificar sobre cimientos más fundamentales, más duraderos. Porque si algo esperamos de los arquitectos profesionales ‑los constructores políticos y religiosos- nos hallaremos precisamente en la misma situación de antes.

Porque vosotros y yo no somos creativos, hemos reducido la sociedad a este caos. Vosotros y yo tenemos, pues, que ser creativos, porque el problema es urgente. Vosotros y yo debemos darnos cuenta de las causas del derrumbe de la sociedad, y crear una nueva estructura que no se base en la mera imitación sino en nuestra comprensión creadora. Y esto implica ‑ ¿no es así?- pensamiento negativo. El pensamiento negativo es la más alta forma de la comprensión Es decir, para comprender lo que es el pensamiento creador, debemos enfocar el problema negativamente; porque un enfoque positivo del problema ‑que es que vosotros y yo debemos volvernos creadores a fin de edificar una nueva estructura de la sociedad- será imitativo. Para comprender aquello que se está derrumbando, debemos investigarlo, examinarlo negativamente, no con un sistema positivo, una fórmula positiva, una conclusión positiva.

¿Por qué, pues, la sociedad se derrumba, se desploma, como sin duda ocurre? Una de las razones fundamentales es que el individuo, vosotros, habéis dejado de ser creadores. Explicaré lo que quiero decir. Vosotros y yo hemos llegado a ser imitativos; copiamos exterior e interiormente. Exteriormente, cuando aprendéis una técnica, cuando os comunicáis unos con otros en el nivel verbal, tiene naturalmente que haber algo de imitación, de copia. Copio las palabras. Para llegar a ser ingeniero, primero debo aprender la técnica; y luego empleo la técnica para construir un puente. Tiene, pues, que haber cierto grado de imitación, de copia, en la técnica externa. Pero cuando hay imitación interior, psicológica, dejamos por cierto de ser creadores. Nuestra educación, nuestra estructura social, nuestra vida llamada “religiosa”, todo ello se basa en la imitación; es decir, me ajusto a determinada fórmula social o religiosa. He dejado de ser un verdadero individuo; psicológicamente, me he convertido en una simple máquina de repetir, con ciertas respuestas condicionadas, sean ellas las del hindú las del cristiano, las del budista, las del alemán o las del inglés. Nuestras respuestas están condicionadas según el tipo de sociedad, ya sea oriental u occidental, religiosa o materialista. De suerte que una de las causas fundamentales de la desintegración social es la imitación, y uno de los factores desintegrantes es el líder, cuya esencia misma es la imitación.

Para comprender, pues, la naturaleza de la sociedad en vía de desintegración, ¿no es importante investigar si vosotros y yo ‑el individuo- podemos ser creadores? Podemos ver que, cuando hay incitación, tiene que haber desintegración; cuando hay autoridad, tiene que haber imitación. Y como toda nuestra formación mental, psicológica, se basa en la autoridad, hay que estar libre de autoridad para ser creador. ¿No habéis notado que en los momentos de creación, en esos momentos relativamente felices de interés vital, no hay sentido alguno de repetición, de imitación? Tales momentos siempre son nuevos, frescos, creadores, dichosos. De suerte que una de las causas fundamentales de la desintegración social es la imitación, que es el culto de la autoridad.

Krishnamurti

 

¿Qué es esta sociedad que exige tanto y que ha creado este lamentable estado de cosas? ¿Quién es el responsable de esto?

¿Cuáles son las exigencias de la sociedad? Dígamelo, por favor.

Interlocutor: ¿Cómo puede uno conciliar las exigencias de la sociedad con una vida de libertad total?

Krishnamurti: ¿Cuáles son las exigencias de la sociedad? Dígamelo, por favor. ¿Que vaya usted a la oficina de nueve a cinco, o a la fábrica, que acuda a un club nocturno para excitarse después de todo el fastidio del trabajo diario, que se tome dos o tres semanas de vacaciones en la soleada España o en Italia? ¿Cuáles son las exigencias de la sociedad? Que deba usted ganarse la subsistencia, que deba vivir en esa región particular del país durante toda su vida, ejerciendo como abogado, médico o dirigente sindical en la fábrica, etcétera. ¿De acuerdo? Por lo tanto, uno tiene que preguntarse: ¿Qué es esta sociedad que exige tanto y que ha creado este lamentable estado de cosas? ¿Quién es el responsable de esto? ¿La iglesia, el templo, la mezquita y todo el circo que tiene lugar dentro de ellos? ¿Quién es el responsable de todo esto? ¿Acaso la sociedad es diferente de nosotros? ¿O somos nosotros los que hemos creado la sociedad, cada uno de nosotros mediante nuestra ambición, nuestra codicia, nuestra envidia, nuestra violencia, nuestra corrupción, nuestro miedo, deseando nuestra propia seguridad en la comunidad, en la nación? ¿Entiende? Hemos creado esta sociedad y después culpamos a la sociedad por lo que nos exige.

En consecuencia, usted pregunta: ¿Puedo vivir en libertad absoluta o, más bien, puedo conciliar a la sociedad conmigo mismo y con mi búsqueda de libertad? ¡Es una pregunta tan absurda! Lo siento, no quiero ser descortés con el interlocutor. Es absurda porque usted es la sociedad. ¿Vemos eso realmente, no como una idea, no como un concepto o como algo que tenemos que aceptar? Somos nosotros, cada uno de nosotros, los que sobre esta tierra hemos creado los últimos cuarenta mil años o más, la sociedad en que vivimos, con la estupidez de las religiones, la estupidez de las naciones armándose constantemente. ¡Por el amor de Dios!, hemos creado eso porque insistimos en ser norteamericanos, franceses, rusos, etcétera, porque insistimos en llamarnos católicos, protestantes, hindúes, budistas o musulmanes y esto nos da una sensación de seguridad. Pero son estas mismas divisiones las que obstaculizan la búsqueda de seguridad. ¡Es tan evidente!

No hay, pues, conciliación posible entre la sociedad con sus exigencias y sus propios requerimientos de libertad. Esos requerimientos provienen de nuestra propia violencia, de nuestro propio limitado y feo egocentrismo. Una de las cosas más complejas es descubrir por nosotros mismos dónde radica esa condición egocéntrica, dónde se oculta muy, muy sutilmente nuestro ego. Puede ocultarse políticamente “haciendo el bien por el país”. Puede ocultarse más bellamente en el mundo religioso: “Yo creo en Dios, yo sirvo a Dios”; o en la ayuda social (y no es que yo esté contra la ayuda social, no salten a esa conclusión, pero puede ocultarse ahí). Se requiere un cerebro muy atento, no analítico sino observador, para ver dónde se ocultan las sutilezas del ego, del egoísmo. Entonces, cuando no hay ego, la sociedad no existe y usted no tiene que adaptarse a ella. Es sólo el cerebro que no advierte esto, el cerebro inatento, el que dice: “¿Cómo he de responder a la sociedad cuando estoy trabajando por la libertad?” ¿Comprende?

Si se me permite señalarlo, nosotros necesitamos reeducarnos no mediante la escuela, o la universidad (que también condicionan el cerebro), no mediante el trabajo en la oficina o en la fábrica. Necesitamos reeducarnos a nosotros mismos estando sensiblemente atentos, viendo cómo nos hallamos presos en las palabras.

¿Podemos hacer esto?

Si no podemos hacerlo, vamos a tener guerras perpetuas, perpetuo llanto, siempre habrá conflicto, desdicha y todo lo que eso implica. Quien les habla no es pesimista ni optimista, éstos son los hechos. Cuando uno vive con los hechos como son, no con datos producidos por la computadora, cuando los observa vigilando su propia actividad, sus propias búsquedas egoístas, de ello florece entonces una libertad maravillosa con toda su gran fuerza y belleza.

Las Exigencias de la Sociedad  –  “Ante un Mundo en Crisis”

Krishnamurti