Abul ʿAla Al-Maʿarri, fue un ciego Vidente entre hombres que tenían ojos y no veían

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Almaarri no creó una filosofía nueva y absoluta, sino una poesía nueva y absoluta; pero ¿cuál es el hombre que consiguió crear una filosofía absoluta en todo el sentido del vocablo? ¿No es la filosofía como las modas, que cambian con el correr de los siglos y toman el colorido de cada mentalidad?

Abū al-ʿAlāʾ al-Maʿarrī

Fue un ciego Vidente entre hombres que tenían ojos y no veían. Su ceguera física le condujo a buscar la soledad y el retiro para luego producir en él la tristeza, la duda, y finalmente, la rebeldía. Fijó sus ojos internos en la vida y confundió sus prejuicios y supersticiones con la Religión. Con hondo pesimismo miró a la muerte y la tomó por fin. Hizo de la predestinación su dios. Es entonces cuando lo vemos erguirse en medio de imágenes mentales y pensamientos fantasmagóricos, blasfemando contra la vida, en un siglo entregado a la voluntad de los días y de las noches; lo mismo que cuando los elementos inconscientes son entregados a la fuerza de las costumbres y la monotonía. _AbulAlaAlMaarri_en

Era un poeta rebelde, mas no un filósofo. El filósofo es aquel que descarna la vida de sus exterioridades para verla en su absoluta desnudez; mas el poeta la ve caminar entre legiones de rimas sonoras, concepciones nuevas y estrofas musicales. Almaarri no creó una filosofía nueva y absoluta, sino una poesía nueva y absoluta; pero ¿cuál es el hombre que consiguió crear una filosofía absoluta en todo el sentido del vocablo? ¿No es la filosofía como las modas, que cambian con el correr de los siglos y toman el colorido de cada mentalidad?

Mas la vida es una caravana que eternamente camina hacia adelante. El filósofo podrá con una nueva idea o con una enseñanza original, detenerla, un lapso, en su marcha; pero no le es dable impedir que ella camine hacia lo que no sabemos. Empero el poeta camina con ella cantando, riendo y llorando. Si abandona su compañía, ella se ríe de él, mas si sigue las huellas de sus pies, le conducirá a su Templo Sacrosanto, para coronado con su laurel.

La Vida coronó a Abul Alá Almaarri con el laurel, mas le volvió la cara como filósofo.

La Vida se rebela hasta contra los mismos rebeldes.

Gibran Khalil Gibran

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Sami Yusuf – Forgotten Promises

Los cuartetos de Abul al-’Ala’ Al-Ma’arri

Los siguientes 20 cuartetos son los primeros de 122 que aparecen en la obra publicada en 1904 Los cuartetos de Abul al-’Ala’ de Ameen F. Rihani, escritor libanés fundador de lo que se conoce como literatura árabe-estadounidense. El libro contiene la primera traducción al inglés de una selección de cuartetos provenientes de “Luzum ma la yalzam” (Cumplir con lo innecesario) y “Saqt e-zand” (La chispa del eslabón) de Al-Ma’arri. En la versión en inglés, el primero, segundo y cuarto verso riman, quedando el tercero solitario. En la versión al español que les presento, realizada por mí, esa rima sólo aparece ocasionalmente.

I
Observa la Noche, no sea que digamos con jactancia:
“Se desplomó bajo la espada del Día, sangrando”.
Reaparece otra vez con su multitud de estrellas
Mientras se agazapan los ardientes Soles con prestancia.

II
Oh, Noche, para mí eres tan brillante, tan bella
Como el Crepúsculo o el Alba, de dorada cabellera;
Cuántas veces, siendo jóvenes, acechamos bajo su sombra,
y Júpiter, con aliento contenido, ¡nos miraba!

III
Nuestros ojos, desatentos al llamado del dulce Sueño,
del libro de Estrellas de Dios recorren el mejor soneto,
Las Pléyades –de ellas se despide la Luna,
nos ofrece un beso y presurosa tiende hacia el oeste.

IV
Pero pronto mi Noche, esta Reina Etíope atractiva,
Que pasa enjoyada, tranquila, serena,
Envejecerá y teñirá profundamente de Azafrán
Sus trenzas, para disfrazar las cenizas de la edad.

V
Giran nuestras Noches y Días sobre sí mismos,
Y terminamos, como Planetas, donde iniciamos;
Posamos los pies sobre la cabeza de los muertos
Y aunque la cuna llora, sonríen todas las sepulturas.

VI
Entre dos riberas eternamente se mece la Vida;
La recorremos, ¿alguien conoce la otra orilla?
Nunca podría, aunque camine largo sobre el puente,
Gemir como las olas, ah, yo, ni cantar como el viento.

VII
Nuestros gozos y pesares se injurian entre sí,
Vienen y van, perduran un instante;
Las Nubes, que vierten lágrimas en tierra y mar,
Tienen labios de relámpago, enmascaran su llanto al sonreír.

VIII
¿Qué provoca, en mi fe, que el Hombre deba gemir
En la Pena de la Noche, o el placer del amanecer elegir?
En vano se arrullan las palomas en aquella rama–
En vano uno canta o solloza: ¡Mirad! se ha de ir.

IX
!Muy solemnemente pasa el funeral!
Bajo este mismo cielo, de la vida la marcha triunfal
sigue su ruta –se desvanecen ambos en la noche:
Lo mismo son para mí, el sollozo, la alegría sin par.

X
Date cuenta, amigo, engulle la tierra nuestras tumbas
El cadáver de nuestros padres a la arena regresa
Desde el tiempo de Aad, ¿dónde y cuántas son las sepulturas?
¿Este mar de muerte no tiene un acantilado, una ribera?

XI
Así han pasado ellos y pronto nosotros hemos de seguir
Hacia la media noche o el medio día interminable;
Las estrellas, fugadas también de sus esferas,
En los brazos del Sol galante o la Luna se han de extinguir.

XII
Camina sútil, aunque mil corazones no la ven
Podría ahora en esta verde bruma latir;
Está aquí la hierba que fue fresca ayer,
Aquí lo que queda de los que fueron alguna vez.

XIII
La tumba reúne amigos y enemigos
Y sonríe con desprecio ante el espectáculo,
Una multitud de cadáveres amontonados
¡Ay de mí! El tiempo cosecha siempre su siembra.

XIV
La urdimbre y trama de la Vida son el dolor y la tristeza
Amarga la copa, dolor sin fin la condena;
Extraño es entonces que deba tejer, que deba beber
¡Si bien sabe destrozar tanto la Copa como el Telar!

XV
Los días a todos nos devoran; nadie se salvará.
Y el colmillo de las horas, como de león, nos aguarda;
Pronto se juntan y entre sus dientes gemimos,
Pronto regresan a su guarida eterna.

XVI
Nos mudamos de esta tienda maltratada
Hasta cierta morada de paz, por accidente;
Noche de profundo sueño y reposo es la muerte
Mientras este sueño en la vida es de alquiler.

XVII
Cada morada a la ruina va
Ya sea palacio o nido de gorrión;
Que no exista lo grande, lo poderoso, todo debe irse,
Igual que aquella blanca paloma a descansar en lo que construyó.

XVIII
¿Por qué hemos de beber de la fuente de la fe?
¿Por qué en la puerta de Saki alivio hemos de buscar?
Una mentira allí mil mentiras engendrará
Y al final lleno de pena tú mismo estarás.

XIX
No temer a quien confío es lo que quiero.
Pero confiar, sin miedo, no es lo mío, amigo;
Mucho mejor es la Duda que me da paz
Que todas las Creencias que en fuego eterno pueden terminar.

XX
Tras la Hipocresía y el Canto llevamos prisa,
Nuestras aficiones son todas de silueta enfermiza;
Duda de todas las cosas, incluso duda de tu edad,
Duda de la bondad del que hace buenas acciones.

 

IBN AL-FARID (1181-1235 d.C.)

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Fue Al-Farid un espíritu puro como un rayo de sol inmaculado; un corazón envuelto en llamas; un Pensamiento cristalino como una fuente entre cerros. En sus versos hay lo que no lograron concebir las mentes de los que le precedieron ni alcanzaron los que le siguieron por muchos siglos después.

Umar ibn `Alī ibn al-Fārid

El Amor

Es el amor. Preserva tus entrañas,
que la pasión no es fácil,
y todo lo que elige se consume,
aunque tenga razón.
Vive libre de él,
que la calma de amor es la fatiga,
dolencia es su comienzo, y muerte su final.
Para mí, sin embargo,
el morir por amor es un vivir,
y el favor se lo debo a aquel que amo.
Te doy estos consejos
conociendo muy bien qué es el amor,
pero si tú prefieres contradecirme,
elige por ti mismo lo que te plazca.
Si deseas vivir gozosamente,
muere mártir por él; si no lo haces,
el amor tiene ya su propia gente.
Quien no muere de amor, por él no vive.
Y la miel no se puede cosechar
sin exponerse al daño de las abejas.

***

Al-Farid fue uno de los pocos poetas místicos que se han destacado por sus poemas simbólicos y religiosos. Su alma siempre sedienta, escanciaba el vino del Espíritu con que se extasiaba y se remontaba a los mundos invisibles, donde se prolongan los sueños de los poetas y de los santos, y vibran los anhelos y las esperanzas de los grandes místicos Iniciados. Y al despertar de su éxtasis, volvía para escribir lo que vio y experimentó.

Era, y lo es ahora, un sacerdote en el Templo del Pensamiento absoluto; Príncipe en el Reino de la imaginación sin horizontes; un Guía entre los ejércitos de los místicos que caminan lentamente hacia la Gran Urbe de la Verdad.

Vivió en un siglo desprovisto de creatividad y pensamientos originales. Vivió entre un pueblo que memorizaba las tradiciones, y luego las reproducía y comentaba enérgicamente, explicando la gran herencia de la sabiduría y filosofía islámicas.

Fue un genio; un genio es un milagro. Al-Farid se olvidó de su siglo y rehuyó su medio ambiente, recluyéndose para escribir y unir en su poesía universal lo desconocido con lo conocido. al farid

Al-Farid no tomó su tema de los acontecimientos de la vida diaria como Al Mutanabbi. Tampoco se ocupó del enigma de la vida como Al Maary. En cambio, Al-Farid cerró los ojos al mundo para poder ver más allá de él, y tapó los oídos al tumulto de la tierra para poder escuchar las canciones eternas.

Fue Al-Farid un espíritu puro como un rayo de sol inmaculado; un corazón envuelto en llamas; un Pensamiento cristalino como una fuente entre cerros. En sus versos hay lo que no lograron concebir las mentes de los que le precedieron ni alcanzaron los que le siguieron por muchos siglos después.

Es el alma que, desde su morada divina y celestial, es obligada a descender y tomar nuevamente su vehículo carnal y cumplir, por una Ley Superior, su nueva misión, y su ciclo evolutivo. “Dolorida y exasperada, se te descendió cual una paloma, desde el Recinto más sublime…”

Tanto Al Mutanabbi como Al Maari son dos grandes poetas árabes.

Gibrán Khalil Gibran

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Maher Zain – Ramadan (Arabic)

 

AVICENA (Eben Sina) (978-1037 d.C.)

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Mi alma es mi consejera y me ha enseñado a escuchar las voces que no han sido creadas por lenguas ni pronunciadas por gargantas. Antes de que mi alma fuera mi consejera, yo era indolente y pobre de oídos, y sólo meditaba sobre el tumulto y el llanto. Pero ahora puedo escuchar el silencio con serenidad y oír en el silencio los himnos de los siglos ensalzando al cielo y revelándole los secretos de la eternidad.

 

AVICENA (Eben Sina) ( 978-1037 d.C.) 

ALMA GEMELA

Y dime mi alma gemela, ahora que te encontré

Donde estuviste antaño, cuando tanto te busqué

Mi alma te surcaba, y sin embargo tú no estabas

Gritó tu nombre sin conocerlo, pues el alma escucha al anhelo

Fue tanta su desesperación que acabó en confusión

Equivocando tu alma con otra y sufriendo el desamor

Ay alma gemela que tanto te busqué

No me dejes, no me olvides, no te vayas jamás o mi perdición hallarás

Mi sueño pertenece a tu sueño y no quiero despertar

Mis sentimientos convertidos en lazo anudados a ti están

Ay alma gemela ya nada nos separará pues este lazo es eterno y lo eterno eternidad

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Avicenna

Entre los filósofos y poetas antiguos no hay ninguno que esté más cerca de mi ideología y de mi modo de pensar — de mis principios y afinidades espirituales— que Avicena, en su poesía sobre el alma.

En esta divina y maravillosa poesía, recorrió Avicena (el Sheik Arraes) las regiones más remotas para captar los pensamientos más elevados que mente humana haya conseguido concebir. En ese poema vibran los supremos anhelos de una imaginación fecunda y surgen concepciones luminosas alumbradas por la luz del Conocimiento.

En él surcan el mundo de la Psiquis invocaciones impregnadas de esperanzas; y maravillan las intuiciones y la contemplación que sólo provienen del pensar profundo y de las largas horas de ensimismamiento y experimentación.

Su misma poesía es una prueba evidente de que el Saber es la Vida de la Mente, que la conduce gradualmente desde las experiencias operatorias y empíricas hasta las deducciones filosóficas, y desde éstas al sentir espiritual y luego a Dios. En autores europeos como Schiller, Shakespeare, Goethe, etcétera, vemos la influencia de este poema. Este privilegio le coloca a Avicena en un lugar superior a los hombres de su época y a los de tiempos posteriores.

Su poesía sobre el alma fue la más noble que sobre tema de tanta magnitud y trascendencia filosóficas se ha escrito.

Gibrán Khalil Gibrángibran.2       

MUY INTERESANTE: El Médico: El regreso del sabio Avicena

Ibn Sina

Esta es la historia sobre Marta cuando vivía en aquella hermosa aldea

MARTA I
El padre de la niña murió cuando Marta estaba todavía en la cuna y su madre falleció antes de que la niña cumpliera diez años de edad. Fue a vivir sus años de orfandad en la casa de un pobre vecino, que con su mujer y sus hijos, vivía de los frutos de la tierra en una pequeña y. aislada aldea, en uno de los hermosos valles del Líbano.

Al morir el padre de Marta, por toda herencia le dejó su nombre y una pobre cabaña que se alzaba entre nogales y álamos. De su madre sólo había heredado lágrimas de dolor y su orfandad total. Vivió como una extranjera en la tierra que la había visto nacer, sola entre árboles frondosos y altas rocas. Cada mañana, la niña caminaba descalza, vestida de harapos, e iba a ordeñar a las vacas a una región del valle donde el pasto era rico, y allí se sentaba la niña a la sombra de un árbol. Canta con los pajarillos y lloraba con el arroyo, mientras envidiaba a las vacas por disponer de abundante comida. Contemplaba las flores y el revoloteo de las mariposas. Al hundirse el sol en el horizonte el hambre se apoderaba, de ella, y volvía a la cabaña, a sentarse junto a la hija de su tutor, y a comer una escasa ración de pan de maíz, con un poco de fruta seca y frijoles humedecidos en vinagre y aceite de oliva. Después de la frugal cena, extendía paja seca en el suelo, en un rincón, y se acostaba, reposando la cabeza en sus brazos. Luego se dormía y suspiraba, y deseaba que la vida fuera un sueño largo y profundo, sin ensueños y sin despertar. Cerca del alba, su tutor la despertaba bruscamente para que lo sirviera, y la niña despertaba temblando de miedo por la dureza y la ira de su tutor. Así pasaron varios años en la vida de Marta, la desventurada, entre aquellas distantes colinas y apartados valles.

Pronto comenzó a sentir la niña en su corazón el despertar de emociones que hasta entonces no había tenido; era como estar consciente del perfume del corazón de una flor. Extraños sueños y pensamientos se arremolinaban en ella, como un rebaño que cruzara un río. Despertaba en ella la mujer y parecía tierra fresca y virgen preparada para recibir la semilla del conocimiento, y para sentir las huellas de la experiencia. Era una muchacha retraída y pura, a la que un decreto inescrutable del destino había exiliado en aquella granja apartada, cuya vida se regía en todas sus fases con las estaciones del año. Era como una sombra de un dios desconocido, que residiera entre la tierra y el sol.

Los que hemos pasado la mayor parte de nuestra existencia en ciudades llenas de gente sabemos muy poco de la vida de quienes habitan en los pueblos y en las aldeas apartadas del Líbano. Nos arrastra la corriente de la civilización moderna. Hemos olvidado -o por lo menos así lo pensamos- la filosofía de esa vida hermosa y simple, llena de pureza y de candor espiritual. Pero si volviéramos la mirada hacia esa vida, la veríamos sonreír en la primavera, la veríamos durmiendo la siesta al sol del verano; la veríamos cosechar en el otoño, y reposar en el invierno, y la consideraríamos como a nuestra madre naturaleza en todos sus estados de ánimo. Somos más ricos en bienes materiales que aquellos aldeanos; pero el espíritu del campesino es más noble que el nuestro. Nosotros sembramos mucho, y no cosechamos nada; en cambio, todo lo que ellos siembran lo cosechan. Nosotros, los que vivimos en la ciudad, somos esclavos de nuestros apetitos; ellos, son los hijos de la alegría simple. Nosotros bebemos en la copa de la vida un líquido enturbiado con amargura, desesperación, temores y hastío. Ellos beben el claro vino de la vida sencilla.

Marta llegó a la edad de dieciséis años. Su alma era un reluciente espejo que reflejaba toda la hermosura de los campos, y su corazón era como los anchos valles, que repetía, como el eco, los sonidos de la Naturaleza.

Un día de otoño, en que el campo parecía lleno de tristeza, la muchacha se sentó junto a un arroyo, sintiendo que su alma estaba libre de la prisión terrenal, como los pensamientos de la imaginación de un poeta, y contemplaba la danza de las hojas amarillas conforme iban cayendo de los árboles. Veía cómo el viento jugaba con esas hojas, así como la muerte juega con las almas de los hombres. Observaba las flores marchitas, con sus corazones secos y rotos en mil pedazos. Las flores almacenaban sus semillas en el seno de la tierra, así como las mujeres esconden sus joyas en tiempos de guerra y disturbios.

Mientras la muchacha permanecía contemplando las flores y los árboles, compartiendo el dolor de las plantas en el otoño, oyó el sonido de cascos de caballos en las rotas piedras del valle. Volvió la cabeza, y vio que un jinete avanzaba lentamente hacia ella; sus arneses y su ropa hablaban de riqueza y bienestar. Aquel jinete desmontó y la saludó amablemente, con modales delicados que ningún hombre había tenido con ella.

-He perdido el camino que conduce a la costa. ¿Podrías indicármelo? -le preguntó.

La muchacha se puso en pie al borde del arroyo, erecta como una rama joven, y contestó:

-No lo sé, señor, pero iré a preguntarle a mi tutor, porque él sabe.

Al pronunciar estas palabras, la muchacha sintió un poco de temor, y la timidez y modestia de su acento realzaron su juventud y su belleza. Ya se marchaba, cuando aquel hombre la detuvo con un ademán. El rojo vino de la juventud circulaba vigorosamente por sus venas, y su mirada cambió al decir: -No; no te vayas.

La joven permaneció en pie, con expresión de sorpresa, pues había sentido en aquella voz una fuerza que le impedía moverse. Miró furtivamente al caballero, que a su vez la miraba con atención; con una mirada que ella no podía entender. Luego, le dedicó una sonrisa tan encantadora, tan tierna, que la muchacha sintió ganas de llorar. Aquel hombre posó una mirada afectuosa en los pies descalzos, en las delicadas muñecas, en el terso cuello, en el suave y espeso cabello. Notó, con creciente pasión, la bronceada piel soleada, y aquellos brazos, que la naturaleza había hecho fuertes. Pero la muchacha permaneció silenciosa y avergonzada. No quería irse, y, por razones que no lograba explicarse, tampoco podía hablar.

La vaca lechera volvió aquella tarde al establo sin su ama, pues Marta no regresó. Al volver su tutor de los campos, la buscó por todas partes, y no la encontró. La llamó por su nombre, pero no obtuvo más respuesta que los ecos de las cuevas y el ulular del viento en las copas de los árboles. Volvió entristecido a su cabaña, y le dijo a su mujer lo que había pasado. La campesina lloró calladamente toda la noche, y decía, en medio de sus sollozos:

-La he visto en sueños, en las garras de una bestia salvaje, que rasgaba su cuerpo en pedazos, mientras ella sonreía y lloraba.

Tal es la historia sobre Marta cuando vivía en aquella hermosa aldea. Me la contó un viejo aldeano que la había conocido desde que era una niñita. La muchacha había desaparecido de aquella comarca, sin dejar tras de sí, más que unas cuantas lágrimas en los ojos de una campesina, y un patético recuerdo que vagaba con la brisa de la mañana sobre el valle, y que luego, como el aliento de un niño en el cristal de una ventana, se desvaneció para siempre.

 

Ninfas del Valle          Marta I

Khalil Gibrán

Soy el hijo de Marta, mujer del pueblo de Ban

MARTA II

 Volví a Beirut en el otoñó del año 1900, después de pasar mis vacaciones de estudiante en el norte del Líbano. Y antes de volver a mis estudios pasé una semana vagando alrededor de la ciudad en compañía de algunos camaradas, saboreando las delicias de la libertad, de la que los jóvenes están hambrientos, y que se les niega en sus casas y en las cuatro paredes de las aulas. En esa edad, y en tiempo de vacaciones, el joven es como un ave, que al encontrar abierta su jaula, vuela llena de júbilo, con el corazón lleno de trinos y de la alegría de la escapatoria.

La juventud es un bello sueño, pero su dulzura se ve esclavizada por el hastío de los libros, y su despertar es doloroso.

Acaso llegue un día en que los hombres sabios puedan unir los sueños de la juventud y el deleite del aprendizaje, como la confidencia une a los corazones en conflicto. Acaso llegue un día en que el maestro del hombre sea la naturaleza, la humanidad, su libro, y la vida, su escuela. ¿Llegará ese día? No lo sabemos, pero sentimos la urgencia que nos impulsa hacia arriba, hacia el progreso espiritual, y ese progreso es comprensión de la belleza que existe en todo lo creado, mediante la bondad que existe en nosotros y la expansión de la felicidad mediante nuestro amor por esa belleza.

Aquella tarde, estaba yo sentado en el porche de mi casa, observando los movimientos de la gente y escuchando los pregones de los vendedores ambulantes, cada cual alabando la excelencia de sus mercancías y alimentos, cuando un muchachito se me acercó. Tendría unos cinco años de edad, vestía harapos, y en el hombro llevaba una bandeja llena de ramitos de flores. Con voz temblorosa y débil, como si fuera parte de su herencia de largos, sufrimientos, me pidió que le comprara unas flores.

Observé aquella carita pálida, donde brillaban unos ojos negros, oscurecidos con las sombras de la enfermedad y la pobreza; su boca era como una cicatriz abierta en un pecho herido; sus delgados brazos desnudos y su cuerpecito macilento se doblaban por el peso de la bandeja de flores, como un rosal marchito entre frescas plantas verdes. Vi todo esto de una sola mirada, y sonreí sintiendo lástima, con una sonrisa en la que había la amargura de las lágrimas. Una de esas sonrisas que nacen en la profundidad del corazón y afloran a los labios: si reprimimos estas sonrisas, se reflejan en nuestros ojos.

Le compré algunas flores, pero era su charla lo que quería yo comprar, pues sentí que en sus tristes miradas y en su lastimoso aspecto se escondía una tragedia: la tragedia de los pobres, que perpetuamente se representa en el escenario de los días. Al hablarle con palabras amables, se mostró amistoso; como si hubiera encontrado a alguien que le pudiera ofrecer un poco de protección y seguridad. Me miró asombrado, porque los de su clase sólo están acostumbrados a recibir malos tratos de los otros niños, que consideran a los muchachos de la calle como cosas despreciables, y no como a pequeñas almas heridas por las flechas de la desventura. Luego le pregunté su nombre.

-Fuad -contestó, con los ojos fijos en el suelo.

Proseguí:

-¿De quién eres hijo, y dónde está tu familia?

-Soy el hijo de Marta, mujer del pueblo de Ban.

-¿Y quién es tu padre? -le pregunté.

Movió la cabecita, como aquel que ignora quién es su padre.

-Entonces, ¿en dónde está tu madre, Fuad?

-En casa, enferma.

Estas escasas palabras salidas de los labios de aquel niño resonaron en mis oídos con acentos, familiares, y en mi más profundo sentimiento se formaron extrañas imágenes de melancolía, pues supe, en el acto, que la desventurada Marta cuya historia había yo oído de los aldeanos, vivía, enferma, en Beirut. Aquella muchacha que sólo ayer moraba entre los árboles y los valles, lejos del sufrimiento, estaba padeciendo las penalidades del hambre y del dolor en la gran ciudad. La muchacha huérfana que había pasado su niñez en diálogo con la naturaleza, cuidando de las vacas en los hermosos prados, había sido arrastrada por la marea de la corrupta civilización, para convertirse en presa de la miseria y el infortunio.

Al pasar estas ideas por mi mente, el niño seguía mirándome, como si viera con los ojos de su inocente espíritu el sufrimiento de mi corazón.

El muchachito hizo ademán de retirarse, pero yo le tomé la mano y le dije:

-Llévame dónde está tu madre; quiero verla.

Me condujo por las calles, caminaba delante de mí silencioso y asombrado. De vez en cuando miraba hacia atrás, para comprobar si verdaderamente yo lo iba siguiendo. Sentía temor y pena. Caminé por sucias callejuelas donde el aire estaba turbio con el aliento de la muerte, y pasamos por casuchas donde los hombres viciados se entregaban a malas acciones tras las cortinas de la noche. Pasamos por callejones donde el viento silbaba como una serpiente, y yo caminaba detrás de aquel muchachito de tiernos años, de inocente corazón y mudo valor. Tenía el valor de los que están familiarizados con la maldad de una ciudad que en el Medio Oriente se conoce como “la novia de Siria”, y “la perla de la corona de reyes”. Por fin, llegamos a un suburbio miserable, y el muchachito entró en una morada humildísima, a la que el paso de los años había convertido en lastimosas ruinas.

Entré, detrás de él, sintiendo que mi corazón latía apresuradamente. Me vi en medio de un cuartucho en donde el aire era húmedo. Por todo mueble había una lámpara cuya débil, luz cortaba la oscuridad con amarillentos rayos, y un camastro cuya apariencia hablaba de la más extremada pobreza, de abandono y necesidad. En aquel camastro dormía una, mujer con el rostro vuelto hacia la pared, como si en ella quisiera refugiarse de las crueldades del mundo; o acaso viera en las carcomidas piedras un corazón más tierno y compasivo que el de los hombres. El niño se acercó a la mujer, gritando:

– ¡Madre! ¡Madre!

La mujer se volvió hacia nosotros y vio al niño, que me señalaba. Hizo un movimiento defensivo bajo los harapos que la cubrían, y con voz amarga por los sufrimientos de un espíritu en agonía, exclamó:

¿Qué quieres de mí, hombre? ¿Vienes a comprar los últimos restos de mi vida, para saciar tu sed de placer? Apártate de mí, pues las calles están llenas de mujeres dispuestas a vender sus cuerpos y sus almas a bajo precio. Yo no tengo que vender sino unos cuantos suspiros, que pronto comprará la muerte con la paz de la tumba.

Me acerqué a su lecho. Las palabras de aquella mujer llegaron a lo más profundo de mi corazón, porque eran el final de un relato triste. Le hablé, deseando que mis sentimientos fluyeran junto con mis palabras:

-No tengas temor de mí, Marta. No he venido a verte como una bestia de rapiña, sino como un hombre triste. Soy del Líbano y he vivido mucho tiempo entre esos valles y aldeas, cerca de los bosques de cedros. No temas nada, Marta. La mujer escuchó mis palabras y supo que surgían de la profundidad de un espíritu que lloraba junto con ella, pues tembló en su lecho como una rama desnuda ante el viento invernal. Se llevó las manos a la cara, como si quisiera ocultarse de aquel triste recuerdo, aterrador en su dulzura y amargo en su belleza. Tras un silencio y un suspiro, volvió a aparecer su rostro entre los hombros temblorosos. Vi sus ojos hundidos que parecían mirar algo invisible allí, en el vacío de aquella habitación, y vi que sus labios temblaban con desesperación.

 

Ninfas del Valle          Marta   II

Khalil Gibrán

Al llegar el alba, el cuerpo de Marta fue puesto en un ataúd de madera, y llevado en hombros por dos personas de condición humilde

MARTA III

En su garganta roncaba ya la muerte, con un profundo y lastimoso lamento. Luego, habló con acento de súplica, debilitado por el dolor:

 -Has venido aquí movido por la bondad y la compasión, y si es verdad la compasión por los pecadores es un acto piadoso, y si la compasión por los que se han extraviado es meritoria, el Cielo te recompensará. Pero te ruego te alejes de aquí y vuelvas al lugar de dónde vienes, pues tu presencia en este sitio arrojará vergüenza sobre ti, y tu compasión por mí, te valdrá insultos y desprecio. Vete, antes de que alguien te vea en este cuarto manchado por los cerdos. Camina con premura y tápate el rostro con tu capa, para que ningún transeúnte pueda reconocerte. La compasión que sientes no me devolverá mi pureza, ni borrará mi pecado, ni apartará la poderosa mano de la muerte, que ya pesa sobre mí. Mi maldad y mis culpas me han arrojado a estas negras profundidades. Que tu compasión no te acarree escarnio. Soy una leprosa que vive entre las tumbas. No te acerques a mí para que la gente no te considere sucio y se aparte de ti. Vuelve ahora a aquellos sagrados valles; más no menciones mi nombre, pues el pastor rechazará a la oveja enferma, para que no se contagie su rebaño. Y si algún día debes mencionarme, di que Marta, mujer del pueblo de Ban, ha muerto; no digas nada más.

Luego, tomó las manecitas de su .hijo, Y las besó tristemente. Suspiró, y volvió a hablar:
-La gente mirará a mi hijo con desprecio y burla, diciendo que es un retoño del pecado; dirán que es el hijo de Marta, la ramera; el hijo de la vergüenza y del azar. Dirán de las cosas peores, pues la gente es ciega, y no verá que su madre ha purificado su niñez con dolor y con lágrimas, y que le ha dado la vida con su tristeza y su infortunio. Moriré, dejándolo huérfano entre los hijos de la calle, solo en su existencia, sin piedad, con un terrible recuerdo como única herencia. Si es cobarde y débil, se avergonzará de este recuerdo; pero si es valeroso y justo, su sangre circulará con orgullo. Si el Cielo lo preserva y le da fuerzas para llegar a ser un hombre, el Cielo lo ayudará para luchar contra quienes le han hecho daño a él, y a su madre. Pero si muere y lo liberan del peso de los años, me encontrará en el más allá, donde todo es luz y reposo, esperando su llegada.
Mi corazón me inspiró estas palabras;

-No eres leprosa, Marta, aunque hayas morado entre las tumbas. No eres impura, aunque la vida te haya colocado en las manos de los impuros. La impureza de la carne no puede llegar al espíritu puro, y los copos de nieve no pueden matar a las vivientes semillas. ¿Qué es la vida, sino una era de tristezas donde las espigas de las almas se esparcen antes de dar fruto? Tengamos piedad del trigo que no cae en la era, pues las hormigas de la tierra se lo llevarán, y las aves del Cielo se lo llevarán, y ese trigo no entrará en los graneros del dueño del campo.

Eres víctima de la opresión, Marta, y quien te ha oprimido nació en un palacio, y es grande por su riqueza, pero de alma pequeña. Eres perseguida y despreciada, pero más vale que una persona sea la oprimida, y no la opresora; y es mejor ser víctima de los instintos humanos, que ser poderoso para aplastar las flores de la vida y desfigurar las bellezas del sentimiento con los malos deseos. El alma es un eslabón en la cadena divina. El calor de la vida puede torcer este eslabón y destruir la belleza de su redondez, pero no puede transformar su oro en otro metal; antes bien, el calor puede hacer que el precioso metal brille más. Pero ay de aquel que sea débil, y que permita que el fuego lo consuma y lo convierta en cenizas para que los vientos las esparzan sobre la faz del desierto. Sí, Marta, eres una flor aplastada por la planta del animal que se oculta en el ser humano. Pesados pies han pasado sobre ti y te han abatido, pero no han aniquilado esa fragancia que sube con el lamento de las viudas y el lloro de los huérfanos, y el suspiro de los pobres hacia el Cielo, fuente de la justicia y de la misericordia. Que te sirva de consuelo, Marta, saber que eres la flor aplastada, y no el pie que la ha aplastado.

Marta me había escuchado atentamente, y en su rostro brillaba un poco de consuelo, como las nubes cuando las iluminan los suaves rayos del sol poniente. Me invitó a sentarme al lado de ella. Así lo hice, tratando de leer en sus elocuentes facciones las ocultas sombras de su triste espíritu. Tenía la mirada de los que saben que están a punto de morir. Era la mirada de una muchacha aún en la primavera de la vida, que siente los pasos de la muerte aproximándose a su lecho. La mirada de una mujer olvidada, que hacía poco caminaba por los hermosos valles del Líbano, llena de vida y energía, y que en aquel momento, exhausta, sólo esperaba la liberación de los lazos de la existencia.

Tras un silencio conmovido, aquella mujer reunió sus últimas fuerzas y empezó a hablar; y sus lágrimas dieron un significado más profundo a sus palabras, pues parecía poner el alma en cada débil sollozo, y me dijo:

Sí, soy una mujer oprimida; soy la presa del animal que vive en el hombre; la flor pisoteada… Yo estaba sentada al borde del arroyo, cuando él pasó, a caballo. Me habló amablemente y dijo que era yo hermosa, que me amaba y que nunca me olvidaría. También dijo que los grandes espacios eran sitios desolados, y que los valles eran la morada de las aves y de los chacales… Me tomó en sus brazos, me atrajo hacia su pecho, y me besó. Hasta entonces no conocía yo el sabor de los besos, pues era yo una huérfana desamparada. Me subió a la grupa de su caballo y me llevó a una hermosa casa solitaria. Allí me dio vestidos de seda, y perfume, y ricos manjares… Todo esto lo hizo sonriendo, pero detrás de sus palabras dulces y de sus ademanes amorosos ocultaba su lujuria y sus deseos animales. Y cuando estuvo satisfecho con mi cuerpo y con la humillación de mi espíritu, se fue, dejándome una viva llama que fue creciendo suavemente. Luego, caí en esta oscuridad, fuente de dolor y amargas lágrimas… Así la vida se dividió para mí en dos partes: una débil y desamparada, y la otra más pequeña, que lloraba en los silencios de la noche, buscando volver al gran vacío.

En aquella casa solitaria mi opresor nos dejó a mí y a mi niño de brazos, entregados a las crueldades del hambre, del frío y de la soledad. No teníamos más compañero que el miedo, ni más consuelo que el llanto. Los amigos de aquel hombre acudieron a verme, y se dieron cuenta de mis necesidades y de mi debilidad. Acudieron uno tras otro, con la intención de comprarme con riquezas y de darme pan a cambio de mi honor… ¡Ah!, muchas veces estuve a punto de liberar a mi espíritu con mi propia mano, pero no lo hice, porque mi vida ya no me pertenecía a mí sola; era también de mi hijo, que el cielo había apartado de su reino, así como la vida me había apartado y hundido en las profundidades del abismo… Y ahora, está cercano él momento en que mi novio, el espíritu de la muerte, vendrá por mí tras larga ausencia, para llevarme a su blando lecho.

Después de un profundo silencio que fue como la presencia de invisibles espíritus, alzó la mirada hacia mí, una mirada en la que ya se observaban las sombras de la muerte, y con dulce voz continuó:

– ¡Oh, justicia, que estás oculta, tras estas imágenes aterradoras! Tú, y sólo tú puedes oír el lamento de mi espíritu que se va, y el clamor de mi corazón abandonado. A ti solo te pido que tengas piedad de mí, para que con tu mano derecha protejas a mi hijo, y con la izquierda recibas mi espíritu.

Sus fuerzas menguaron y su respiración se hizo más débil. Miró a su hijo con dolorosa y tierna mirada, y luego bajó los ojos lentamente, y con voz que casi era un silencio, empezó a recitar:

Padre nuestro, que estás en los cielos…

Dejó de oírse su voz, pero sus labios siguieron moviéndose un rato. Luego, todo movimiento abandonó a su cuerpo. Recorrió un estremecimiento a aquella mujer, suspiró por última vez, y su rostro se volvió intensamente pálido. El espíritu abandonó el cuerpo, y los ojos siguieron mirando lo invisible.

Al llegar el alba, el cuerpo de Marta fue puesto en un ataúd de madera, y llevado en hombros por dos personas de condición humilde. La enterramos en un campo desierto, muy lejos de la ciudad, pues los sacerdotes no quisieron orar sobre aquellos restos, ni permitieron que los huesos de Marta reposaran en el cementerio, donde las cruces son centinelas de las tumbas. No hubo más dolientes que acompañaran el cadáver hasta aquella alejada fosa que el hijo de Marta, y otro muchacho, al que las adversidades de la existencia le habían enseñado a ser compasivo.

 

 Ninfas del Valle          Marta III

Khalil Gibrán

Seguí reverentemente el cortejo que acompañó a Selma y a su hijo hasta su último reposo

Cinco años del matrimonio de Selma transcurrieron, sin que hubiera hijos que reforzaran los lazos espirituales entre ella y su esposo, lazos que hubieran podido acercar a sus almas contrastantes.

 La mujer estéril es vista con desdén en todas partes, porque la mayoría de los hombres desean perpetuarse en su posteridad. El hombre común considera a su esposa, cuando no puede tener hijos, como a un enemigo; la detesta, la abandona y desea su muerte. Mansour Bey Galib era de esa clase de hombres; en lo material, era como la tierra, duro como el acero y codicioso como un sepulcro. Su deseo de tener un hijo que llevara su nombre y prolongara su reputación hizo que odiara a Selma, a pesar de su belleza y de su dulzura.

 Un árbol que crece en una cueva no da fruto; y Selma, que vivía en la parte oscura de la vida, no concebía…El ruiseñor no hace su nido en la jaula, a menos que la esclavitud sea el sino de su raza… Selma era una prisionera del dolor, y era voluntad del Cielo que no hubiese otro prisionero que le hiciera compañía. Las flores del campo son hijas del afecto del sol y del amor de la Naturaleza; y los hijos de los hombres son las flores del amor y de la compasión.

El espíritu del amor y de la compasión nunca reinó en su hermosa casa de Ras Beirut. Sin embargo, se arrodillaba Selma todas las noches y pedía a Dios un hijo en quien encontrar compañía y consuelo… Oró hasta que el Cielo oyó sus plegarias.

 El árbol de la cueva floreció y, al fin dio fruto. El ruiseñor enjaulado empezó a hacer su nido con las plumas de sus alas. Selma extendió los encadenados brazos hacia el Cielo, y recibió el precioso don, y nada en el mundo pudo hacerla más feliz que saber que iba a ser madre… Esperó ansiosamente, contando los días, y ansiando el tiempo en que el canto más dulce del Cielo, la voz de su hijo, sonara como campanitas de cristal en sus oídos. Empezó Selma a ver la aurora de un futuro menos negro, a través de sus lágrimas…

 

Era el mes de Nisán cuando Selma estaba en el lecho del dolor y del trabajo de parto, donde luchaban la vida y la muerte. El médico y la comadrona se preparaban a entregar al mundo a un nuevo huésped. Pero a altas horas de la noche, Selma empezó a gritar, con gritos que eran una separación de la vida… Un grito que se prolongó en el firmamento de la nada… Un grito de fuerza debilitada ante la quietud de fuerzas superiores… El grito de mi pobre Selma, que se debatía entre los pies de la vida y los pies de la muerte…

 Al alba, Selma dio a luz un varón. Al abrir los ojos la madre, vio rostros sonrientes en toda la habitación, y luego vio que la vida y la muerte aún luchaban en su lecho. Cerró los ojos, y exclamó, por primera vez:

– ¡Oh, hijo mío!

La comadrona envolvió al recién nacido en pañales de seda, y lo puso junto a su madre, pero el médico se quedó mirando a Selma, moviendo tristemente la cabeza.

Gritos de gozo despertaron a los vecinos, que se precipitaron a felicitar al padre por el nacimiento de su heredero, pero el médico miró a Selma y al hijo, y movió tristemente la cabeza.

Los sirvientes corrieron a dar la buena nueva a Mansour Bey sin saber que el médico seguía considerando a Selma y al niño con honda preocupación.

 Al salir el sol, Selma se llevó el niño al pecho, y el niño abrió los ojos y miró a su madre. El médico tomó al niño de los brazos de Selma y con lágrimas en los ojos, dijo:

-Es un huésped que se va…

El niño falleció mientras los vecinos celebraban con el padre en la gran sala de la casa, y mientras bebían vino a la salud del heredero. Selma miró al médico, y le rogó:

-Deme a mi hijo, y deje que le dé un beso…

Y aunque el niño estaba muerto, los sonidos de las copas entrechocando por los brindis de alegría, resonaban en la gran sala.

 

El niño nació al alba, y murió al llegar los primeros rayos del sol… No vivió para consolar y acompañar a su madre. Su vida había empezado al terminar la noche y cesó al principiar el día, como una gota de rocío vertida por los ojos de la oscuridad y secada al contacto de la luz. Fue una perla que la marea arrojó a la costa y que la misma marea devolvió a las profundidades del mar… Un lirio que acababa de abrirse del capullo de la vida y que aplastó el pie de la muerte. Fue un huésped querido que iluminó un instante el corazón de Selma, y cuya partida mató su alma. Tal es la vida de los hombres, la vida de las naciones, la vida de soles, lunas y estrellas.

 

Y Selma miró intensamente al médico. – ¡Deme a mi hijo y déjeme abrazarlo -gritó-; deme a mi hijo, y déjeme darle el pecho! Pero el doctor inclinó la cabeza y su voz se quebró al decir: -Señora, su hijo está muerto; tenga paciencia. Al oír estas palabras del médico, Selma dio un terrible grito. Luego, permaneció inmóvil un momento, y sonrió, como con alegría. Su rostro se iluminó como si hubiera descubierto algo, y dijo dulcemente:

Deme a mi hijo; quiero tenerlo cerca de mí, aunque esté muerto.

El médico le llevó el niño muerto a Selma y se lo puso en los brazos. Selma lo abrazó, luego volvió el rostro a la pared, y le habló a su hijo, en estos términos: -Hijo mío, has venido por mí; has venido a mostrarme el camino que conduce a la playa. Aquí estoy, hijo mío; llévame, y salgamos de esta oscura cueva.

 Y un minuto después, un rayo de sol penetró entre las cortinas de las ventanas e iluminó dos cuerpos inmóviles, que yacían en la cama, custodiados por la profunda dignidad del silencio y protegidos por las alas de la muerte. El médico salió de la habitación con lágrimas en los ojos, y cuando llegó a la gran sala, la celebración se convirtió en un funeral; pero Mansour Bey Galib nunca pronunció una palabra de lamento, ni derramó una sola lágrima. Se quedó de pie, inmóvil como una estatua, con una copa de vino en la mano derecha.

 Al día siguiente, Selma fue amortajada con su blanco vestido de novia y puesta en un ataúd; la mortaja del niño fueron sus pañales de seda; sus ataúd, los brazos de su madre; su tumba el calmado pecho que no lo alimentó. Eran dos cuerpos en un solo ataúd. Seguí reverentemente el cortejo que acompañó a Selma y a su hijo hasta su último reposo.

 Al llegar al cementerio, el obispo Galib empezó a cantar los salmos funerarios, mientras los demás sacerdotes oraban, y en los indiferentes rostros de todos ellos vi un velo de ignorancia y vacuidad.

Al bajar el féretro, uno de los asistentes dijo en voz baja: -Es la primera vez que veo a dos cuerpos en un ataúd. -Parece que el niño hubiera venido a rescatar a su madre de un esposo inmisericorde -dijo otra persona.

Y otra persona exclamó:

-Miren a Mansour Bey: dirige la vista al cielo, como si sus ojos fueran de hielo. No parece que haya perdido a su esposa y a su hijo en un solo día.

Y otra persona más, comentó:

-Su tío, el obispo, volverá a casarlo mañana con una mujer más rica y más fuerte.

 El obispo y los sacerdotes siguieron cantando y murmurando plegarias hasta que el sepulturero terminó de llenar la fosa. Luego, todos se fueron acercando uno a uno, a ofrecer sus respetos y sus condolencias al obispo y a su sobrino, con tiernas palabras, pero yo me quedé aparte, solitario, sin un alma que me consolara, como si Selma y su hijo no hubieran significado nada para mí.

El cortejo salió del cementerio; el sepulturero se quedó cerca de la nueva tumba, sosteniendo una pala en la mano. Me acerqué al sepulturero y le pregunté:

-¿Recuerda usted dónde enterró a Farris Efendi Karamy? Me miró un momento, y luego señaló la tumba de Selma. -Allí mismo; puse a su hija sobre él, y en el pecho de su hija reposa su nieto, y encima de ellos llené la fosa con tierra, con esta pala.

 Y mientras el sepulturero desaparecía detrás de los álamos, no pude más; me dejé caer sobre la tumba de Selma, y lloré.  Mi bien amada, la hermosa Selma, ha muerto, y nada queda de ella para preservar su memoria, sino mi roto corazón, y una tumba rodeada de cipreses. Esta tumba y este corazón son todo lo que ha quedado para dar testimonio de Selma.

 El silencio que custodia la tumba no revela el secreto de Dios, oculto en la oscuridad del ataúd, y el crujido de las ramas cuyas raíces absorben los elementos del cuerpo no descifran los misterios de la tumba, pero los suspiros de dolor de mi corazón anuncian a los vivientes el drama que han representado el amor, la belleza y la muerte.

 

X La Libertadora   ALAS ROTAS (1912)  Khalil Gibrán