¿Qué es el «yo» -la vanidad, la arrogancia, el deseo de lograr, de alcanzar el éxito- al que nos aferramos tan desesperadamente? ¿Cuál es su naturaleza? ¿Cómo se ha originado?

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La búsqueda de poder, de posición, la autoridad, la ambición y demás, son formas del «yo» en todas sus diferentes expresiones. Pero lo que importa es comprender el «yo», y estoy seguro de que todos estamos convencidos de eso.

Todas las cosas que el pensamiento ha producido constituyen  una realidad. Pero el pensamiento no ha producido la montaña  o  el árbol, que también son una realidad. Todos los dioses, todos  los rituales todo  el perjuicio que el pensamiento causa en el mundo, son una realidad: la guerra es una realidad, matar a la gente es una realidad, la violencia, la brutalidad, la dureza, la des­trucción, son una realidad producida por el pensamiento. Las montañas, los árboles, los ríos, la belleza del cielo, son una reali­dad, pero ésta no ha sido producida por el pensamiento. La creen­cia es una realidad producida por el pensamiento, pero es neurótica. La neurosis es una realidad. La verdad no lo es. El pensamiento jamás puede alcanzar la verdad.  Entonces, ¿cuál es la relación entre la verdad y la realidad?

Hemos examinado la naturaleza del pensamiento. Dijimos que el pensamiento es un proceso material, porque se halla almacenado en el cerebro, forma parte de la célula, que es materia. Así pues, es un proceso material en el tiempo, un proceso en movimiento. Y todo lo que ese movimiento crea es una realidad; lo neurótico, así como lo fragmentario, son realidades. ¿Qué es la verdad, entonces? El pensamiento, que es fragmentario, que encuentra preso en el tiempo, que es dañino, violento, ¿puede encontrar la verdad, siendo la verdad lo total, lo sagrado? Y si no puede encontrarla, ¿qué relación tiene, entonces, el pensamiento,  la realidad, con aquello que es absoluto?

Vean, todo esto exige meditación. Ésta es la verdadera meditación, no así las cosas importadas a este país por los gurúes. ¿Puede esta conciencia, que es su contenido, expandirse alguna vez para incluir la conciencia de la verdad? ¿O esta conciencia de la psique, el «yo» con todo su contenido, tiene que terminar antes de que pueda percibirse aquello que es la verdad? Uno tiene que descubrir cuál es la naturaleza de la psique, que ha sido producida por el pensamiento. ¿Qué es el «yo» -la vanidad, la arrogancia, el deseo de lograr, de alcanzar el éxito-  al que nos aferramos tan desesperadamente? ¿Cuál es su naturaleza? ¿Cómo se ha originado? Porque si eso existe, lo otro no puede existir. Si soy egoísta, en tanto exista ese centro psíquico la verdad no puede manifestarse, porque la verdad es lo total.

Por lo tanto, ¿cómo puede la mente -siendo la mente los sentidos, las emociones, los recuerdos, los prejuicios, los principios,  los ideales, las experiencias , la totalidad de eso, es decir, la psique, el «yo»-, cómo puede llegar a su fin y, no obstante, actuar en este mundo? ¿Es eso posible?

Para descubrirlo, debemos investigar muy a fondo la cuestión del miedo, el muy complejo problema del placer, y la cuestión del dolor, así como la posibilidad de que éste llegue alguna vez a su fin. El hombre ha vivido con el dolor durante milenios y milenios. No ha sido capaz de terminar con él. Y debemos investi­gar también la cuestión de lo que son la muerte y el amor. Esto es un asunto muy, muy serio, no es algo para jugar con ello. Uno debe dedicar toda su vida a la comprensión de esto. Vivir en este mundo de manera completa, cuerda, sin la psique, sin el «yo», no escapar, no largarse a algún monasterio o a una comuna, sino vivir aquí, en este mundo loco, insano y sanguinario donde hay tanta corrupción, donde la política está divorciada de la ética, constituye un reto tremendo. Requiere una mente que pueda pensar de manera minuciosa, correcta y objetiva, con todos los sentidos plenamente despiertos, una mente no narcotizada por el alcohol, las drogas estimulantes y demás. Ustedes deben te­ner una mente muy sana, y cuando está dopada por el cigarrillo, la bebida, no tienen una mente sana; todo eso embota la mente, la destruye.

¿QUÉ ES EL «YO»?

La búsqueda de poder, de posición, la autoridad, la ambición y demás, son formas del «yo» en todas sus diferentes expresiones. Pero lo que importa es comprender el «yo», y estoy seguro de que todos estamos convencidos de eso. Si me permiten agregar algo aquí, seamos serios con respecto a esta cuestión; si ustedes y quien les habla, como individuos, no como un grupo de personas que pertenecen a clases sociales, a ciertas sociedades, a determinadas divisiones climáticas, podemos comprender esto y actuar sobre ello, yo siento que habrá una verdadera revolución. Tan pronto eso se vuelve universal y se organiza mejor, el «yo» se refugia ahí; mientras que si ustedes y yo, como individuos, podemos amar, podemos llevar a cabo esto de manera efectiva en nuestra vida cotidiana, entonces surgirá a la existencia esa revolución que es tan fundamental […].

¿Saben ustedes qué entiendo por el «yo»? Entiendo por el «yo» la idea, el recuerdo, la conclusión, la experiencia, las diversas formas de las intenciones, tanto las que se pueden nombrar como las innombrables, el esfuerzo consciente de ser o de no ser esto o aquello, la memoria acumulada del inconsciente: lo racial, el grupo, el individuo, el clan, y la totalidad de ello, ya sea proyectado exteriormente en la acción o proyectado espiritualmente como virtud; el esforzarse tras todo esto es el «yo». Ello incluye la competencia, el deseo de ser. Ese proceso íntegro es el «yo»; y cuando nos enfrentamos con él, sabemos realmente que es algo maligno. Uso la palabra maligno intencionalmente, porque el «yo» es divisivo; el «yo» lo encierra a uno en sí mismo; sus actividades, por nobles que sean, separan y aíslan. Sabemos todo esto. También sabemos cuán extraordinarios son los momentos en que el «yo» se halla ausente, en que no hay sentido alguno de esfuerzo; ello ocurre cuando hay amor.

CREAR UN MUNDO NUEVO

Si hemos de crear un mundo nuevo, una nueva civilización, un arte nuevo, no contaminado por la tradición, el miedo, las ambiciones, si hemos de originar juntos una nueva sociedad en la que no existan el «tú» y el «yo», sino lo nuestro, ¿no tiene que haber una mente que sea por completo anónima y que, por lo tanto, esté creativamente sola? Esto implica, ¿no es así?, que tiene que haber una rebelión contra el conformismo, contra la respetabilidad, porque el hombre respetable es el hombre mediocre, debido a que siempre desea algo; para su felicidad depende de la influencia, o de lo que piensa su prójimo, su gurú, de lo que dice el Bagavad Gita o los Upanishads o la Biblia o Cristo. Su mente jamás está sola. Ese hombre nunca camina solo, sino que siempre lo hace con un acompañante, el acompañante de sus ideas.

¿No es, acaso, importante descubrir, ver todo el significado de la interferencia, de la influencia, ver la afirmación del «yo», que es lo opuesto de lo anónimo? Viendo todo eso, surge inevitablemente la pregunta: ¿Es posible originar de inmediato ese estado de la mente libre de influencias, el cual no puede ser afectado por su propia experiencia ni por la experiencia de otros, ese estado de la mente incorruptible, sola? Únicamente entonces es posible dar origen a un mundo diferente, a una cultura y una sociedad diferentes donde puede existir la felicidad.

KRISHNAMURTI

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¿Qué es la cordura y qué es la locura?

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Engendrar antagonismo y división, que es el oficio de los políticos que nos representan, implica cultivar y sostener la locura, ya se trate de los dictadores o de los que ejercen el poder en el nombre de la paz o de alguna forma de ideología.

¿Qué es la cordura y qué es la locura? ¿Quién es cuerdo y quién está loco? ¿Son cuerdos los políticos? Los sacerdotes, ¿están locos? Los que se comprometen con ideologías, ¿están cuerdos? Somos controlados, moldeados, apremiados por todos ellos, ¿y estamos cuerdos?

¿Qué es la cordura? Es ser íntegro, no fragmentado en la acción, en toda clase de relaciones; ésa es la esencia misma de la cordura, Cuerdo significa total, sano y santo. La locura es neurosis, psicosis, desequilibrio, esquizofrenia; cualquiera sea el nombre que uno quiera ponerle; implica estar fragmentado, dividido en la acción y en el movimiento de la relación, que constituye la existencia.

Engendrar antagonismo y división, que es el oficio de los políticos que nos representan, implica cultivar y sostener la locura, ya se trate de los dictadores o de los que ejercen el poder en el nombre de la paz o de alguna forma de ideología.

¿Y el sacerdote? No hay más que mirar lo que es el clero. Se interpone entre uno y lo que ellos consideran que es la verdad, el salvador, Dios, el cielo, el infierno. El sacerdote es el intérprete, el representante; es el que tiene las llaves para el cielo; él es quien condicionado al hombre mediante la creencia, el dogma, el ritual él es el verdadero propagandista. Ha condicionado al hombre porque éste de desea comodidad, seguridad y le tiene espanto al mañana.

Lo artistas, los intelectuales, los científicos, tan admirados y lisonjeados, ¿están cuerdos? ¿O viven en dos mundos diferentes: el mundo de las ideas y la imaginación con su expresión compulsiva, totalmente separado de la vida cotidiana de placer y dolor que llevan?

El mundo que nos rodea está fragmentado y así estamos cada uno de nosotros, y la expresión de ello es el conflicto, la confusión y la desdicha; uno es el mundo y el mundo es uno mismo. La cordura  implica vivir una vida de acción sin conflicto. La acción y la idea son contradictorias. El ver es el hacer, y no la ideación primero y luego la acción de acuerdo con la conclusión. Esto engendra conflicto. El propio analizador es lo analizado. Cuando el analizador se separa como algo diferente de lo analizado, genera conflicto, y el conflicto es el área del desequilibrio. El observa­dor es lo observado y en eso radica la cordura, lo total, lo sagrado; y con lo sagrado está el amor.

Krishnamurti

 Puede el cerebro ser totalmente libre

Es muy importante, entonces, no sólo para mí sino para nosotros, descubrir si podemos evitar que nuestras mentes sean el depósito del  pasado; descubrir si la mente de permanecer estable sobre las aguas de la vida, y dejar que los recuerdos pasen flotando sin que ella se aferre a ninguno en particular y, cuando sea necesario use ese recuerdo tal como de hecho lo usamos cuando tenemos que comunicarnos. Esto implica que la mente está dejando todo el tiempo que el ayer pase de largo, sin identificarse jamás con él; de ese modo, la mente es firme, estable en el proceso, en la acción de experimentar continuamente.

Ése es el factor que no origina deterioro, de modo tal que la mente se renueva de manera constante. Una mente que acumula, ya se está deteriorando. Pero la mente que deja que los recuerdos pasen de largo y es firme en la acción de experimentar, una mente así es siempre pura, está siempre viendo las cosas de un modo nuevo. Esa capacidad puede surgir sólo cuando la mente está muy quieta. Esa quietud, esa calma no es inducida, no puede acaecer mediante ninguna disciplina, mediante ninguna acción de la voluntad, sino cuando la mente comprende todo el proceso de acumular conocimientos, recuerdos, experiencias. Entonces se afirma sobre las aguas de la vida, que están siempre en movimiento, activas, vibrantes.

Conocimiento propio

Por eso, como ya dije, es importante entender el proceso, el comportamiento de nuestro propio pensar. No puede adquirir conocimiento propio a través de nadie, de ningún libro, de ninguna religión, psicología o psicoanálisis. Tiene que descubrirlo usted mismo, por que es su vida; y sin ampliar y profundizar en ese conocimiento del yo, haga lo que haga, cambie cualquier circunstancia o influencia externa o interna, siempre estará abonando la tierra de la desesperación, del dolor y del sufrimiento. Y para ir más allá de esas actividades limitadas de la mente, uno debe comprenderlas; y para comprenderlas es necesario darse cuenta de la acción en las relaciones, la relación hacia las cosas, las personas y las ideas. Y en esa relación, que es un espejo, comenzamos a vernos a nosotros mismos, sin ninguna justificación o condena; y desde ese conocimiento más amplio y profundo del comportamiento de la mente, se puede proseguir; entonces la mente puede estar tranquila, recibir aquello que es real.

KRISHNAMURTI

La confusión de la mente: Si mi mente es confusa, angustiada, solitaria, ¿cómo puede ella estar en relación con la verdad, con lo real?

Y yo digo que estos problemas jamás podrán resolverse por sistema alguno, ya sea de la izquierda, de la derecha o del centro.

Pregunta: He escuchado todas las pláticas de usted y he leído todos sus libros. Con toda seriedad le pregunto: ¿Cuál puede ser el objeto de mi vida si como usted dice, todo pensamiento ha de cesar, todo conocimiento ha de ser suprimido, y todo recuerdo ha de perderse? ¿Cómo relaciona usted ese estado de ser  ‑sea lo que él fuere según usted- con el mundo en que vivimos? ¿Qué relación tiene ese ser con nuestra triste y dolorosa existencia?

Krishnamurti: Queremos saber qué es ese estado que sólo puede surgir cuando todo conocimiento, cuando el reconocedor, no existe; queremos saber qué relación tiene ese estado con nuestro mundo de diarias actividades, diarios empeños. Sabemos qué es ahora nuestra vida: triste, penosa, constantemente temerosa, nada permanente. Eso lo sabemos muy bien. Y queremos saber qué relación hay entre este estado y aquél; y, si dejamos de lado el conocimiento, si nos liberamos de nuestros recuerdos y demás, cuál es el objeto de la existencia.

 ¿Qué objeto tiene la existencia tal como ahora la conocemos, no en teoría sino realmente?

¿Cuál es el propósito de nuestra existencia diaria? Nada más que el sobrevivir ‑ ¿no es así?-, con todas sus miserias, con todos sus pesares y confusión, sus guerras, destrucciones, y demás. Podemos inventar teorías, podemos decir: “Esto no debiera ser, sino alguna otra cosa”. Pero todas esas son teorías, no son hechos. Lo que conocemos es la confusión, el dolor, el sufrimiento, los antagonismos interminables. Y también, por poco que nos demos cuenta, sabemos cómo ocurre todo eso. Porque el objeto de la vida día tras días, de instante en instante, es destruirnos unos a otros, explotarnos unos a otros, ya sea como individuos o como seres humanos colectivos. En nuestra soledad, en nuestra miseria, tratamos de utilizar a otros, intentamos huir de nosotros mismos, por medio de la diversión, de dioses, del conocimiento, de toda forma de creencia, de la identificación. Tal es nuestro objeto, consciente o inconsciente, tal como ahora vivimos. ¿Y existe un propósito más profundo, más amplio y trascendente, un fin que no sea de confusión, de adquisición? ¿Y ese estado espontáneo tiene alguna relación con nuestra vida diaria?

Eso, por cierto, no tiene absolutamente ninguna relación con nuestra vida. ¿Cómo puede tenerla? Si mi mente es confusa, angustiada, solitaria, ¿cómo puede ella estar en relación con algo que no pertenezca a la misma? ¿Cómo puede la verdad estar en relación con la falsedad, con la ilusión? Pero eso no lo queremos admitir. Porque nuestra esperanza, nuestra confusión, nos hace creer en algo más grande, más noble, que, según decimos, tiene relación con nosotros. En nuestra desesperación buscamos la verdad, esperando que en el descubrimiento de la misma nuestra desesperación habrá de desaparecer. Podemos ver, pues, que una mente confusa, una mente transida de dolor, una mente que capta su propio vacío, su soledad, jamás podrá encontrar aquello que está más allá de sí misma. Aquello que está más allá de la mente sólo puede surgir cuando las causas de confusión, de desdicha, han sido disipadas o comprendidas.

Todo lo que he estado diciendo, de lo que he estado hablando, es cómo comprendernos a nosotros mismos. Porque, sin conocimiento propio, lo otro no adviene, lo otro es sólo una ilusión. Mas si comprendemos el proceso total de nosotros mismos, de instante en instante, entonces veremos que, al despejarse nuestra propia confusión, lo otro adviene. Entonces vivenciando aquello tendrá una relación con esto. Pero esto jamás tendrá relación con aquello. Estando de este lado de la cortina, estando en la oscuridad, ¿cómo puede uno tener la vivencia de la luz, de la libertad? Mas una vez que haya vivencia de la verdad, entonces podréis vosotros relacionarla con este mundo en que vivís.

Si jamás hemos conocido lo que es el amor, sino tan sólo constantes reyertas, desdichas, angustias, conflictos, ¿cómo podemos vivenciar ese amor que nada tiene que ver con todo esto? Pero una vez que tengamos la vivencia de eso, entonces no necesitamos molestarnos en hallar la relación. Entonces el amor, la inteligencia, funcionan. Mas para vivenciar ese estado, todo conocimiento, recuerdos acumulados, actividades identificadas con uno mismo, tienen que cesar para que la mente sea incapaz de proyectar sensación alguna. Entonces, vivenciando eso, habrá acción en este mundo.

Ese es por cierto el objeto de la existencia: ir más allá de la actividad egocéntrica de la mente. Y, habiendo vivenciado ese estado ‑que la mente no puede medir-, entonces la vivencia misma de eso trae consigo una revolución íntima. Entonces, habiendo amor, no hay problema social; no hay problema de ninguna especie cuando hay amor. Es porque no sabemos amar que tenemos problemas sociales, y sistemas de filosofía sobre el modo de habérnoslas con nuestros problemas. Y yo digo que estos problemas jamás podrán resolverse por sistema alguno, ya sea de la izquierda, de la derecha o del centro. Ellos podrán ser resueltos ‑nuestra confusión, nuestras miserias, nuestra autodestrucción- tan sólo cuando podamos vivenciar aquel estado que no es autoproyectado.

La confusión de la mente 

Krishnamurti

 

  • ¿Cuál es el propósito de nuestra existencia diaria? Nada más que el sobrevivir ‑ ¿no es así?-, con todas sus miserias, con todos sus pesares y confusión, sus guerras, destrucciones, y demás.

 

  • Podemos inventar teorías, podemos decir: “Esto no debiera ser, sino alguna otra cosa”. Pero todas esas son teorías, no son hechos. Lo que conocemos es la confusión, el dolor, el sufrimiento, los antagonismos interminables.

 

  • En nuestra soledad, en nuestra miseria, tratamos de utilizar a otros, intentamos huir de nosotros mismos.

 

  • ¿Y existe un propósito más profundo, más amplio y trascendente, un fin que no sea de confusión, de adquisición? ¿Y ese estado espontáneo tiene alguna relación con nuestra vida diaria?

 

  • Si mi mente es confusa, angustiada, solitaria, ¿cómo puede ella estar en relación con algo que no pertenezca a la misma? ¿Cómo puede la verdad estar en relación con la falsedad, con la ilusión? Pero eso no lo queremos admitir.

No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma.

¿Qué es el “yo”? Una investigación sobre la constitución y la disolución del “yo”

Ser integralmente inteligente significa ser sin “yo”.  ¿Es ello posible?

¿Sabemos qué entendemos por el “yo”? Por ello entiendo la idea, el recuerdo, la conclusión, la experiencia, las diversas formas de intenciones nombrables o innominables, el constante empeño por ser o por no ser, la memoria acumulada de lo inconsciente: lo racial, el grupo, lo individual, el clan y la totalidad de tales cosas, ya sea proyectada hacia afuera en acción, o proyectada espiritualmente como virtud. El esforzarse por todo eso es el “yo”. En ello se incluye la rivalidad, el deseo de ser. El proceso íntegro de todo eso es el “yo”; y realmente sabemos, cuando nos enfrentamos con ello, que es cosa maligna. Empleo la palabra “maligna” intencionalmente, porque el “yo” es causa de división, el “yo” nos encierra en nosotros mismos; sus actividades, por nobles que sean, son separativas y aisladoras. Esto lo sabemos. También sabemos que son extraordinarios los momentos en que el “yo” no está presente, en que no hay sensación de empeño, de esfuerzo, lo que ocurre cuando hay amor.

Paréceme importante comprender como la experiencia fortalece el “yo”. Si somos serios, deberíamos comprender este problema de la experiencia. Ahora bien, ¿qué entendemos por experiencia? En todo momento tenemos experiencias, impresiones; y esas impresiones las interpretamos, y reaccionamos ante ellas; o actuamos de acuerdo con esas impresiones; somos calculadores, astutos, y lo demás. Hay constante influencia reciproca entre lo que se ve objetivamente y nuestra reacción ante ello, y acción recíproca entre lo consciente y los recuerdos de lo inconsciente.

Conforme a mis recuerdos, reacciono ante cualquier cosa que veo, ante cualquier cosa que siento. En este proceso de reaccionar ante lo que veo, lo que siento, lo que sé, lo que creo, la experiencia se va produciendo. ¿No es así? La reacción ante la respuesta de algo visto, es experiencia. Cuando os veo, reacciono; el nombrar esa reacción es experiencia. Si no la nombro, esa reacción no es una experiencia. Observad vuestras propias respuestas y lo que ocurre en torno vuestro. No hay experiencia a menos que al mismo tiempo se desarrolle un proceso de nombrar. Si no os reconozco, ¿cómo puedo tener la experiencia de veros? Ello suena sencillo y correcto. ¿No es un hecho? Esto es, si no reacciono ante vosotros según mis recuerdos, según mi condicionamiento, según mis prejuicios, ¿cómo puedo saber que he tenido una experiencia?

Está luego la proyección de diversos deseos. Deseo estar protegido, tener seguridad interior; o deseo tener un Maestro, un guía espiritual, un instructor, un Dios; y experimento aquello que he proyectado. Es decir, he proyectado un deseo que ha tomado una forma, al cual le he dado un nombre; ante eso reacciono. Es mi proyección. Es mi nominación. Ese deseo que me brinda una experiencia, me hace decir: “he experimentado”, “me he encontrado con el Maestro”, o bien “no he encontrado al Maestro”. Ya conocéis todo el proceso de nombrar una experiencia. El deseo es lo que llamáis “una experiencia”. ¿No es cierto?

Cuando deseo el silencio de la mente, ¿qué es lo que ocurre?, ¿qué sucede? Veo la importancia de tener una mente silenciosa, una mente quieta, por diversas razones: porque eso lo han dicho los Upanishads, las escrituras religiosas, los santos; y, ocasionalmente, yo mismo siento lo bueno que es estar tranquilo, pues mi mente parlotea demasiado todo el día. Por momentos siento lo bello, lo agradable que es tener una mente apacible, una mente silenciosa. El deseo es experimentar el silencio. Yo deseo tener una mente silenciosa, y entonces pregunto “¿cómo lograrla?” Conozco lo que este o aquel libro dice acerca de la meditación y las diversas formas de disciplina. Así por la disciplina busco experimentar el silencio. El “yo”, por eso, se instala en la experiencia del silencio.

Quiero comprender qué es la Verdad; ese es mi deseo, mi anhelo. Luego está mi proyección de lo que considero a que es la verdad, porque he leído mucho al respecto, he oído hablar de ella a mucha gente; las escrituras religiosas la han descrito. Deseo todo eso. ¿Qué ocurre? La misma demanda, el deseo mismo, es proyectado; y experimento porque reconozco ese estado proyectado. Lo reconozco y lo experimento. Esa experiencia da vigor al “sí mismo”, al “yo”. ¿No es así? De suerte que el “yo” se atrinchera en la experiencia. Entonces decís “yo sé”, “el Maestro existe”, “hay Dios” o “no hay Dios”; decís que un determinado sistema político es justo y los otros no lo son.

La experiencia, pues, está siempre fortaleciendo el “yo”. Cuanto más atrincherados estáis en vuestra experiencia, tanto más se fortalece el “yo”. Como resultado de esto, tenéis cierta fuerza de carácter, de conocimiento, de creencia, de lo que hacéis gala ante otras personas porque sabéis que no son tan avisados como vosotros, y porque vosotros tenéis el don de la pluma o de la palabra y sois astutos. Es porque el “yo” sigue actuando que vuestras creencias, vuestros Maestros, vuestras castas, vuestro sistema económico, son un proceso de aislamiento, y por lo tanto todo ello trae contienda. Si en vosotros hay alguna seriedad o fervor al respecto, debéis disolver este centro completamente, y no justificarlo. Es por eso que debemos comprender el proceso de la experiencia.

¿Es posible que la mente, que el “yo”, no proyecte, no desee, no experimente? Vemos que todas las experiencias del “yo” son una negación, una destrucción; y, sin embargo, a las mismas les llamamos “acción positiva”. ¿No es así? Eso es lo que llamamos “modo positivo de vida”. Deshacer todo ese proceso es lo que llamáis negación. ¿Tenéis razón en eso? ¿Podemos nosotros ‑vosotros y yo como individuos- ir a la raíz de ello y comprender el proceso del “yo”? Ahora bien, ¿qué es lo que produce la disolución del “yo”? Grupos religiosos y otros han propuesto la identificación. ¿No es cierto? “Identificaos con algo más grande, y el ‘yo’ desaparece”; eso es lo que ellos dicen. Sin duda, la identificación sigue siendo el proceso del “yo”; lo más grande es simplemente la proyección del “yo”, que yo experimento y que por tanto fortalece el “yo”.

Todas las diversas formas de disciplina, creencias y conocimiento, sólo fortalecen el “yo”. ¿Podemos encontrar un elemento que disolverá el “yo”? ¿O es esa una pregunta impropia? Eso es lo que en el fondo queremos. Queremos encontrar algo que disuelva el “yo”. ¿No es cierto? Creemos que hay diversas formas de hallar eso: identificación, creencias, y lo demás. Pero todas ellas están al mismo nivel, una no es superior a la otra, porque todas ellas son igualmente poderosas para fortalecer el “sí mismo”, el “yo”. Veo ahora el “yo” dondequiera funcione, y veo sus fuerzas y energía destructivas. Sea cual fuere el nombre que le deis, él es una fuerza aisladora, destructiva; y deseo hallar una manera de disolverlo. Debéis haberos dicho esto a vosotros mismos: “veo que el ‘yo’ funciona todo el tiempo, y que siempre trae ansiedad, miedo, frustración, desesperación, desdicha, no sólo a mí mismo sino a cuantos me rodean; ¿es posible que ese ‘yo’ sea disuelto, no parcial sino completamente?” ¿Podemos ir hasta la raíz de él y destruirlo? Ese es el único modo de actuar ¿no es así? No deseo ser parcialmente inteligente sino inteligente de un modo integral. La mayoría de nosotros somos inteligentes por capas; vosotros probablemente en un sentido, y yo en algún otro. Algunos de vosotros sois inteligentes en vuestros negocios, otros en vuestro trabajo de oficina, y lo demás. La gente es inteligente de diferentes maneras; pero no lo somos integralmente. Ser integralmente inteligente significa ser sin “yo”. ¿Es ello posible?

¿Es posible que el “yo” esté completamente ausente ahora? Sabéis que sí es posible. ¿Cuáles son los ingredientes, los requisitos necesarios? ¿Cuál es el elemento que produce eso? ¿Puedo encontrarlo? Cuando hago la pregunta “¿puedo encontrarlo?”, estoy sin duda convencido de que ello es posible. Ya he creado una experiencia en la que el “yo” va a ser fortalecido. ¿No es así? La comprensión del “yo” requiere gran dosis de inteligencia, gran dosis de desvelo, de vigilancia, incesante observación, para que él no se escabulla. Yo, que soy muy serio, quiero disolver el “yo”. Cuando digo eso, sé que es posible disolver el “yo”. En el momento en que digo “quiero disolver esto”, en ello existe aún la experiencia del “yo”, y así el “yo” se fortalece. ¿Cómo será posible, pues, que el “yo” no experimente? Uno puede ver que la acción creadora no es en absoluto la experiencia del “yo”. Hay creación cuando el “yo” no está presente; porque la creación no es intelectual, no es de la mente, no es autoproyectada, es algo que está más allá de toda experiencia, como lo sabemos. ¿Es posible que la mente esté del todo quieta, en un estado de no reconocimiento, es decir, de no experiencia; que se halle en un estado en el que la creación pueda ocurrir, lo que significa que el “yo” no está ahí, que el “yo” está ausente? El problema es ése. ¿No es cierto? Cualquier movimiento de la mente, positivo o negativo, es una experiencia que realmente fortalece el “yo”. ¿Es posible para la mente no reconocer? Eso puede ocurrir tan sólo cuando hay completo silencio, mas no el silencio que es una experiencia del “yo” y que por lo tanto lo fortalece.

¿Hay una entidad aparte del “yo”, que mire al “yo”, y lo disuelva? ¿Existe una entidad espiritual que desaloje al “yo” y lo destruya, que haga caso omiso de él? Creemos que la hay. ¿No es así? La mayoría de las personas religiosas cree que existe tal elemento. El materialista dice “es imposible que el ‘yo’ sea destruido; sólo puede ser condicionado y restringido ‑en lo político, en lo económico y en lo social-; podemos sujetarlo firmemente dentro de cierto molde y podemos dominarlo; y por lo tanto se puede hacer que lleve una vida elevada, una vida moral y que no se ocupe en otra cosa que en seguir la norma social y funcionar como simple máquina”. Eso lo sabemos. Hay otras personas, las llamadas “religiosas” ‑no son realmente religiosas, aunque así las llamemos- que dicen: “Fundamentalmente, tal elemento existe. Si podemos ponernos en contacto con él, él disolverá el ‘yo’”.

¿Existe tal elemento para disolver el “yo”? Ved, por favor, lo que estamos haciendo. Sólo estamos arrinconando forzadamente al “yo”. Si permitís que se os arrincone forzadamente, veréis lo que habrá de ocurrir. Desearíamos que hubiese un elemento atemporal que no pertenezca al “yo”, y que ‑así lo esperamos- venga para interceder y destruir el “yo”, y al que llamamos Dios. Ahora bien, ¿hay cosa tal que la mente pueda concebir? Podrá o no haberla; no se trata de eso. Cuando la mente busca un estado atemporal y espiritual que entrará en acción para destruir el “yo”, ¿no es esa otra forma de experiencia que fortalece el “yo”? Cuando creéis, ¿no es eso lo que realmente ocurre? Cuando creéis que existe la verdad, Dios, un estado atemporal, la inmortalidad, ¿no es ese el proceso de fortalecimiento del “yo”? El “yo” ha proyectado esa cosa que, según sentís y creéis, vendrá a destruir el “yo”. Habiendo, pues, proyectado esa idea de continuación en un estado atemporal como entidad espiritual, tenéis experiencia; y tal experiencia no hará sino fortalecer el “yo”. ¿Qué habréis hecho por lo tanto? No habréis destruido realmente el “yo” sino que le habréis dado un nombre diferente, una cualidad diferente; el “yo” seguirá estando así, porque la habréis experimentado. De suerte que nuestra acción, desde el comienzo hasta el fin, es la misma acción; sólo que nosotros creemos que ella evoluciona, crece, se vuelve más y más bella; pero, si lo observáis, interiormente, es la misma acción que prosigue, el mismo “yo” que funciona en diferentes niveles con diferentes rótulos, con diferentes nombres.

Cuando veis todo el proceso, las astutas y extraordinarias invenciones del “yo”, su inteligencia, cómo se encubre mediante la identificación, mediante la virtud, mediante la experiencia, mediante la creencia, mediante el conocimiento; cuando veis que os estáis moviendo en un círculo, en una jaula que él mismo fabrica, ¿qué sucede? Cuando os dais cuenta de ello, cuando tenéis pleno conocimiento de ello, ¿no estáis entonces extraordinariamente quietos? Y no por compulsión, ni mediante recompensa alguna, ni por ningún temor. Cuando reconocéis que todo movimiento de la mente es tan sólo una forma de fortalecimiento del “yo”, cuando observáis eso y lo veis, cuando os dais completamente cuenta de eso en la acción, cuando llegáis a ese punto ‑no de un modo ideológico, verbal; ni por experiencia proyectada, sino cuando estáis realmente en ese estado-, entonces veréis que, estando la mente del todo quieta, ella no tiene el poder de crear. Cualquier cosa creada por la mente, lo es en un círculo, dentro del ámbito del “yo”. Cuando la mente es no creadora, hay creación, lo cual no es un proceso reconocible.

La realidad, la verdad, no ha de ser reconocida. Para que la verdad advenga, la creencia, el conocimiento, la experiencia, el perseguir la virtud ‑todo eso debe desaparecer. La persona virtuosa que tiene conciencia de perseguir la virtud, jamás podrá encontrar la realidad. Podrá ser una persona muy decente; eso es enteramente diferente del hombre que vive la verdad, del hombre que comprende. En el hombre que vive la verdad, la verdad se ha manifestado. Un hombre virtuoso es un hombre justo, y un hombre justo jamás podrá comprender qué es la verdad; porque la virtud, para él, es el encubrimiento del “yo”, el fortalecimiento del “yo”, porque él persigue la virtud. Cuando él dice “debo ser sin codicia”, el estado de no codicia que él experimenta fortalece el “yo”. Es por eso que es tan importante ser pobre, no sólo en las cosas del mundo sino también en creencia y en conocimiento. Un hombre rico en bienes materiales, o un hombre rico en conocimientos y en creencias, jamás conocerá otra cosa que la oscuridad, y será el centro de todo daño y miseria.

Mas si vosotros y yo, como individuos, podemos ver todo este funcionamiento del “yo”, entonces sabremos qué es el amor. Os aseguro que esa es la única reforma que pueda posiblemente cambiar el mundo. El amor no es del “yo”. El “yo” no puede reconocer el amor. Decís “yo amo”; pero entonces, en el decirlo y en la experiencia misma de ello, no hay amor. Mas cuando conocéis el amor, no hay “yo”. Cuando hay amor, no hay “yo”.

Krishnamurti

¿Por qué todos nosotros ansiamos tan desesperadamente que se nos ame?

Sobre el Amor

Entrevistador: ¿Por qué todos nosotros ansiamos tan desesperadamente que se nos ame?

Krishnamurti: Porque somos tan desesperadamente vacíos, solitarios.

Entrevistador: Pero usted dice que amar es más importante que ser amado.

Krishnamurti: Sí, por supuesto, lo cual quiere decir que uno tiene que comprender esta vacuidad, esta desesperada soledad en uno mismo. Una mente ocupada consigo misma, con sus propias ambiciones, su codicia, sus temores, sus sentimientos de culpabilidad, su sufrimiento, carece de la capacidad de amar. Una mente dividida en sí misma, que vive en fragmentos, es obvio que no puede amar. La división implica dolor, es la causa fundamental del dolor ‑la división entre el “tú” y el “yo”, el “nosotros” y el “ellos”, el negro, el blanco, el moreno, etcétera-. Por lo tanto, dondequiera que haya división, fragmentación, el amor no puede existir, porque la bondad es un estado de no-división. El mundo en sí es indivisible.

Entrevistador: Usted dice que, de hecho, el amor sólo puede nacer cuando hay un total olvido de uno mismo. ¿Pero cómo logra uno ese olvido de sí mismo?

Krishnamurti: Ello sólo puede ocurrir con la comprensión de uno mismo. El conocimiento propio es el comienzo de la sabiduría y, por lo tanto, la sabiduría y el amor marchan juntos. Esto significa que hay amor solamente cuando me he comprendido de verdad a mí mismo y, por consiguiente, sé que en mí no existe ninguna fragmentación ‑no hay sentimientos de ira, de ambición, de codicia, ni actividad separativa alguna.

Entrevistador: Pero vea, tenemos que seguir viviendo en la sociedad, y para colmo una sociedad bastante enferma, y esto hace impacto en nosotros; no somos realmente libres para ser nosotros mismos, en parte a causa de la sociedad.

Krishnamurti: Pero, señor, ciertamente nosotros somos la sociedad. Hemos hecho esta sociedad, la sociedad somos nosotros, el mundo somos nosotros. El mundo no es algo diferente de mí. Yo soy el resultado del mundo, de la sociedad, la cultura, la religión, el medio en que he vivido.

Entrevistador: Vea, usted dijo que es el esfuerzo el que nos destruye, que la vida es una serie de batallas y que el único hombre feliz es aquel que no está atrapado en el esfuerzo. Pero, ¿puede uno hacer cualquier trabajo en el mundo sin algún perseverante esfuerzo?

Krishnamurti: ¿Por qué no, señor? ¿Pero qué es el esfuerzo? Es una contradicción de energías, ¿verdad? Una energía oponiéndose a otra energía.

Entrevistador: ¿No podría haber un impulso firme en una sola dirección?

Krishnamurti: Si hay un único impulso, una única actividad, ¿dónde está ahí la contradicción? No hay desperdicio de energía ni conflicto. Si salgo para dar un paseo, salgo para dar un paseo. Y si quiero salir a pasear pero tengo que hacer alguna otra cosa, entonces comienzan la contradicción, el conflicto, el esfuerzo. Es por eso que, para comprender el esfuerzo, uno ha de descubrir lo contradictorios que somos.

Encuentro con la Vida
Jiddu Krishnamurti

Segunda Parte – Preguntas y Respuestas

¿Saben ustedes lo que significa amar a otro? ¿Alguna vez han amado a alguien? El amor, ¿es dependencia, es deseo, es placer?

¿Por qué, en nuestras relaciones, existe esta disensión, esta división entre hombre y mujer, entre un ser humano y otro?

¿Lo han advertido? Somos como dos líneas paralelas, nunca nos encontramos. Nunca decimos lo que realmente pensamos y nos atenemos a eso. De modo que vamos a averiguar juntos por qué en la relación humana tenemos tan graves y feos conflictos. Yo tengo mi ambición, mis deseos, mis problemas. En la oficina soy competidor, agresivo; estoy persiguiendo mi propia meta. Y mi esposa también está persiguiendo su propia ambición. Yo domino, y ella resiste ese dominio.

Nos preguntamos, pues, por qué existe este conflicto, puesto que ambos tenemos que vivir juntos. Tenemos sexo, tenemos hijos, pero los dos estamos separados. ¿No es este un hecho? Yo la domino o ella me domina, ella me intimida o yo la intimido. Yo la sermoneo o ella me sermonea. No la golpeo, pero me enfurezco con ella. Quisiera golpearla, pero estoy un poco más controlado. Ustedes se ríen; sin embargo, todos estos son hechos. Yo soy un individuo, ella es un individuo; cada cual tiene que salirse con la suya en hábitos, en deseos. Entonces, ¿cómo pueden dos personas vivir juntas? Lo cual significa que no amamos en absoluto a nuestra esposa o a nuestro marido.

¿Saben ustedes lo que significa amar a otro? ¿Alguna vez han amado a alguien? El amor, ¿es dependencia, es deseo, es placer? Yo no amo a mi esposa, ella no me ama. Somos dos individuos separados. Podemos encontrarnos sexualmente; en lo demás, seguimos nuestros propios caminos particulares. ¿Comprenden, señores? ¿Existe el amor en este país? ¿Hay amor en este país? ¿Aman ustedes a alguien? ¿Puede el amor coexistir con el miedo, o cuando cada uno está tratando de llegar a ser esto o aquello? ¿Puede haber amor cuando yo deseo convertirme en un santo y ella no, o ella quiere llegar a ser una santa y yo no lo soy? ¿Puede haber amor cuando cada uno está queriendo ‘llegar a ser’ alguna cosa? Por favor, entiendan todo esto; es la vida de ustedes. Cuando cada uno está deseando ‘llegar a ser’ alguna cosa, ¿cómo puede haber amor?

¿Es posible amar a alguien sin desear nada del otro, ni emocionalmente, ni físicamente, de ningún modo? ¿Es posible amar a la esposa sin requerir nada de ella? Ella puede sentir afecto por mí porque me necesita, porque tal vez sea yo quien trae el dinero a la casa; no estoy hablando de eso. Pero internamente, el amor no puede existir cuando hay apego.

El amor es incapaz de amoldarse

El amor no es una cosa de la mente, ¿verdad? No es tan sólo el acto sexual. El amor es algo que la mente no puede concebir; es algo que no puede ser formulado. Y ustedes se relacionan sin amor, se casan sin amor. Por consiguiente, en ese matrimonio, se “amoldan” el uno al otro. ¡Linda expresión! Se amoldan el uno al otro, lo cual es, obviamente, un mero proceso mental, intelectual, ¿no es así? Todo amoldamiento lo es.

Pero el amor es, por cierto, incapaz de amoldarse. Ustedes saben señores, que si aman a alguien no hay “amoldamiento”, ¿verdad? Sólo hay comunión completa. Únicamente cuando no hay amor comenzamos a amoldarnos. Y a este amoldamiento, lo llamamos matrimonio. De aquí que el matrimonio fracase, porque es la fuente misma del conflicto, una batalla entre dos personas. Es un problema extraordinariamente complejo, como todos los problemas, pero más aún a causa de la fuerza que tienen los apetitos, los instintos.

¿Qué entienden ustedes por amor?

El amor es lo desconocido. Puede ser realizado sólo cuando hemos comprendido y trascendido lo que conocemos. Sólo cuando la mente está libre de lo conocido, sólo entonces puede haber amor. De modo que debemos abordar el amor negativamente, no positivamente.

¿Qué es el amor para la mayoría de nosotros? Cuando amamos, hay en ello afán posesivo, dominio o sumisión. De esta posesión surgen los celos y el miedo a la pérdida, por lo cual legalizamos este instinto posesivo. Del afán posesivo y sus celos resultan los innumerables conflictos con los que cada uno de nosotros está tan familiarizado. El instinto posesivo no es, entonces, amor. El amor tampoco es una cuestión sentimental. Lo meramente sentimental, emocional, excluye el amor. La sensibilidad emocional es mera sensación.

Únicamente el amor puede transformar la demencia, la confusión y el conflicto. Ningún sistema, ninguna teoría de izquierda o de derecha puede traer paz y felicidad al hombre. Donde hay amor no hay espíritu posesivo, no hay envidia; hay piedad y compasión —no en teoría, sino de hecho— por nuestra esposa, por nuestros hijos, por nuestros vecinos {…}.

Sólo el amor es capaz de generar compasión y belleza, orden y paz. El amor con su compasión existe cuando el «yo» deja de existir.

Krishnamurti

Esta constante batalla interna, tan destructiva, tan deteriorante, es su problema, ¿verdad?

 

Esta constante batalla interna, tan destructiva, tan deteriorante, es su problema, ¿verdad?

Una revolución psicológica

¿Pueden el pensador y el pensamiento, el observador y lo observado, ser una sola cosa? Usted nunca lo descubrirá si se limita a echar una ojeada sobre este problema y me pide que le explique superficialmente qué entiendo por esto o por aquello. Ciertamente, éste es nuestro problema, no es tan sólo mi problema; usted no está aquí para averiguar cómo considero yo este problema o los problemas del mundo. Esta constante batalla interna, tan destructiva, tan deteriorante, es su problema, ¿verdad? Y también es su problema el modo de originar un cambio radical en sí mismo, y no satisfacerse con revoluciones superficiales en la política, en la economía, en las distintas burocracias.

Usted no está tratando de entenderme a mí o de entender la manera como yo considero la vida. Intenta comprenderse a sí mismo, y éstos son sus problemas, los problemas que usted debe afrontar. Al considerarlos usted y yo juntos, tal como lo estamos haciendo en estas conversaciones, podremos quizás ayudarnos el uno al otro a verlos más claramente, con mayor nitidez. Pero verlos claramente tan sólo en el nivel verbal no basta: eso no origina un cambio psicológico creativo. Debemos ir más allá de las palabras, más allá de los símbolos y sus sensaciones…

Tenemos que desechar todas estas cosas y llegar al problema central: cómo disolver el «yo», que está atado al tiempo, en el que no hay amor ni compasión. Es posible ir más allá sólo cuando la mente no se separa a sí misma como pensador y pensamiento, cuando el pensador y el pensamiento son una sola cosa; sólo entonces hay silencio, el silencio en el que no hay formulación de imágenes o expectativa de más experiencias. En ese silencio no hay un experimentador que esté experimentando; sólo entonces existe una revolución psicológica creativa.

 Obras Completas de J. Krishnamurti – Vol. VII