¿Qué es el «yo» -la vanidad, la arrogancia, el deseo de lograr, de alcanzar el éxito- al que nos aferramos tan desesperadamente? ¿Cuál es su naturaleza? ¿Cómo se ha originado?

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La búsqueda de poder, de posición, la autoridad, la ambición y demás, son formas del «yo» en todas sus diferentes expresiones. Pero lo que importa es comprender el «yo», y estoy seguro de que todos estamos convencidos de eso.

Todas las cosas que el pensamiento ha producido constituyen  una realidad. Pero el pensamiento no ha producido la montaña  o  el árbol, que también son una realidad. Todos los dioses, todos  los rituales todo  el perjuicio que el pensamiento causa en el mundo, son una realidad: la guerra es una realidad, matar a la gente es una realidad, la violencia, la brutalidad, la dureza, la des­trucción, son una realidad producida por el pensamiento. Las montañas, los árboles, los ríos, la belleza del cielo, son una reali­dad, pero ésta no ha sido producida por el pensamiento. La creen­cia es una realidad producida por el pensamiento, pero es neurótica. La neurosis es una realidad. La verdad no lo es. El pensamiento jamás puede alcanzar la verdad.  Entonces, ¿cuál es la relación entre la verdad y la realidad?

Hemos examinado la naturaleza del pensamiento. Dijimos que el pensamiento es un proceso material, porque se halla almacenado en el cerebro, forma parte de la célula, que es materia. Así pues, es un proceso material en el tiempo, un proceso en movimiento. Y todo lo que ese movimiento crea es una realidad; lo neurótico, así como lo fragmentario, son realidades. ¿Qué es la verdad, entonces? El pensamiento, que es fragmentario, que encuentra preso en el tiempo, que es dañino, violento, ¿puede encontrar la verdad, siendo la verdad lo total, lo sagrado? Y si no puede encontrarla, ¿qué relación tiene, entonces, el pensamiento,  la realidad, con aquello que es absoluto?

Vean, todo esto exige meditación. Ésta es la verdadera meditación, no así las cosas importadas a este país por los gurúes. ¿Puede esta conciencia, que es su contenido, expandirse alguna vez para incluir la conciencia de la verdad? ¿O esta conciencia de la psique, el «yo» con todo su contenido, tiene que terminar antes de que pueda percibirse aquello que es la verdad? Uno tiene que descubrir cuál es la naturaleza de la psique, que ha sido producida por el pensamiento. ¿Qué es el «yo» -la vanidad, la arrogancia, el deseo de lograr, de alcanzar el éxito-  al que nos aferramos tan desesperadamente? ¿Cuál es su naturaleza? ¿Cómo se ha originado? Porque si eso existe, lo otro no puede existir. Si soy egoísta, en tanto exista ese centro psíquico la verdad no puede manifestarse, porque la verdad es lo total.

Por lo tanto, ¿cómo puede la mente -siendo la mente los sentidos, las emociones, los recuerdos, los prejuicios, los principios,  los ideales, las experiencias , la totalidad de eso, es decir, la psique, el «yo»-, cómo puede llegar a su fin y, no obstante, actuar en este mundo? ¿Es eso posible?

Para descubrirlo, debemos investigar muy a fondo la cuestión del miedo, el muy complejo problema del placer, y la cuestión del dolor, así como la posibilidad de que éste llegue alguna vez a su fin. El hombre ha vivido con el dolor durante milenios y milenios. No ha sido capaz de terminar con él. Y debemos investi­gar también la cuestión de lo que son la muerte y el amor. Esto es un asunto muy, muy serio, no es algo para jugar con ello. Uno debe dedicar toda su vida a la comprensión de esto. Vivir en este mundo de manera completa, cuerda, sin la psique, sin el «yo», no escapar, no largarse a algún monasterio o a una comuna, sino vivir aquí, en este mundo loco, insano y sanguinario donde hay tanta corrupción, donde la política está divorciada de la ética, constituye un reto tremendo. Requiere una mente que pueda pensar de manera minuciosa, correcta y objetiva, con todos los sentidos plenamente despiertos, una mente no narcotizada por el alcohol, las drogas estimulantes y demás. Ustedes deben te­ner una mente muy sana, y cuando está dopada por el cigarrillo, la bebida, no tienen una mente sana; todo eso embota la mente, la destruye.

¿QUÉ ES EL «YO»?

La búsqueda de poder, de posición, la autoridad, la ambición y demás, son formas del «yo» en todas sus diferentes expresiones. Pero lo que importa es comprender el «yo», y estoy seguro de que todos estamos convencidos de eso. Si me permiten agregar algo aquí, seamos serios con respecto a esta cuestión; si ustedes y quien les habla, como individuos, no como un grupo de personas que pertenecen a clases sociales, a ciertas sociedades, a determinadas divisiones climáticas, podemos comprender esto y actuar sobre ello, yo siento que habrá una verdadera revolución. Tan pronto eso se vuelve universal y se organiza mejor, el «yo» se refugia ahí; mientras que si ustedes y yo, como individuos, podemos amar, podemos llevar a cabo esto de manera efectiva en nuestra vida cotidiana, entonces surgirá a la existencia esa revolución que es tan fundamental […].

¿Saben ustedes qué entiendo por el «yo»? Entiendo por el «yo» la idea, el recuerdo, la conclusión, la experiencia, las diversas formas de las intenciones, tanto las que se pueden nombrar como las innombrables, el esfuerzo consciente de ser o de no ser esto o aquello, la memoria acumulada del inconsciente: lo racial, el grupo, el individuo, el clan, y la totalidad de ello, ya sea proyectado exteriormente en la acción o proyectado espiritualmente como virtud; el esforzarse tras todo esto es el «yo». Ello incluye la competencia, el deseo de ser. Ese proceso íntegro es el «yo»; y cuando nos enfrentamos con él, sabemos realmente que es algo maligno. Uso la palabra maligno intencionalmente, porque el «yo» es divisivo; el «yo» lo encierra a uno en sí mismo; sus actividades, por nobles que sean, separan y aíslan. Sabemos todo esto. También sabemos cuán extraordinarios son los momentos en que el «yo» se halla ausente, en que no hay sentido alguno de esfuerzo; ello ocurre cuando hay amor.

CREAR UN MUNDO NUEVO

Si hemos de crear un mundo nuevo, una nueva civilización, un arte nuevo, no contaminado por la tradición, el miedo, las ambiciones, si hemos de originar juntos una nueva sociedad en la que no existan el «tú» y el «yo», sino lo nuestro, ¿no tiene que haber una mente que sea por completo anónima y que, por lo tanto, esté creativamente sola? Esto implica, ¿no es así?, que tiene que haber una rebelión contra el conformismo, contra la respetabilidad, porque el hombre respetable es el hombre mediocre, debido a que siempre desea algo; para su felicidad depende de la influencia, o de lo que piensa su prójimo, su gurú, de lo que dice el Bagavad Gita o los Upanishads o la Biblia o Cristo. Su mente jamás está sola. Ese hombre nunca camina solo, sino que siempre lo hace con un acompañante, el acompañante de sus ideas.

¿No es, acaso, importante descubrir, ver todo el significado de la interferencia, de la influencia, ver la afirmación del «yo», que es lo opuesto de lo anónimo? Viendo todo eso, surge inevitablemente la pregunta: ¿Es posible originar de inmediato ese estado de la mente libre de influencias, el cual no puede ser afectado por su propia experiencia ni por la experiencia de otros, ese estado de la mente incorruptible, sola? Únicamente entonces es posible dar origen a un mundo diferente, a una cultura y una sociedad diferentes donde puede existir la felicidad.

KRISHNAMURTI

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Si deseáis realmente salvar de otra guerra a vuestros hijos, y por consiguiente a la humanidad, habréis de pagar el precio que corresponde

 Mi hijo fue muerto en la guerra. Tengo otro hijo de doce años y no quiero perderlo a él también en una nueva guerra. ¿Cómo se la podrá evitar?

Krishnamurti: Estoy seguro que esta misma pregunta ha de hacerla toda madre y todo padre a través del mundo. Es un problema universal. Y yo me pregunto, a mi vez, qué precio los padres estarán dispuestos a pagar para impedir otra guerra, para evitar que sus hijos sean asesinados, para impedir estas aterradoras matanzas de hombres; qué quieren exactamente decir cuando afirman que aman a sus hijos, que la guerra debe ser evitada, que tiene que haber fraternidad, que hay que encontrar algún medio de poner fin a todas las guerras.

Para crear nuevas formas de vida tendrá que operarse un cambio revolucionario en nuestro pensar-sentir. Habrá otra gran guerra, forzosamente la habrá, si continuamos pensando en términos de nacionalidades, de prejuicios raciales, de fronteras económicas y sociales. Si cada uno de nosotros considera realmente en el fondo de su corazón, lo que hay que hacer para impedir una nueva guerra. Verá que tiene que dejar de lado toda idea de nacionalidad, la religión particular a que pertenezca, su codicia y su ambición. Si esto no se lleva a efecto, habrá una nueva guerra, pues estos prejuicios y el pertenecer a tal o cual religión son tan sólo expresiones externas de la ignorancia, del egoísmo, de la mala voluntad y de la concupiscencia.

Me responderéis, sin duda, que tomará demasiado tiempo la transformación de cada uno de vosotros y el convencer a todos vuestros semejantes en el mismo sentido; que la sociedad no está preparada para recibir esta idea; que a los políticos no les interesa; que los dirigentes son incapaces de concebir un gobierno o Estado mundial sin soberanías separadas. Diréis probablemente que sólo un proceso evolutivo producirá gradualmente el cambio necesario. Si le respondieseis de ese modo a un padre cuyo hijo está destinado a morir en una nueva conflagración, y si él quiere realmente a su hijo, ¿creéis que hallaría alguna esperanza en este proceso evolutivo gradual? Lo que quiere es salvar a su hijo, y por eso pregunta cuál es el medio más seguro de terminar con todas las guerras.

No podrá quedar satisfecho con vuestra teoría de la evolución gradual. ¿Esta teoría evolucionista de la paz progresiva es verdadera o la hemos inventado para racionalizar nuestra pereza, la tendencia egoísta de nuestro pensar-sentir? ¿No es acaso una teoría incompleta, y por lo tanto falsa? Se nos ocurre que tenemos que atravesar todas las etapas: la familia, el grupo, la nación, la sociedad internacional, para alcanzar tan sólo en última instancia la paz. En ello hay una tentativa de justificar nuestro egoísmo y estrechez de miras, nuestro fanatismo y nuestros prejuicios; en vez de eliminar resueltamente el peligro que nos acecha, inventamos una teoría del desarrollo progresivo y a ella le sacrificamos la felicidad de las demás y de nosotros mismos. Si aplicamos nuestra mente y corazón, empero, a curar la enfermedad mortal de la ignorancia y del egoísmo, crearemos un mundo sano y feliz.

No tenemos que pensar y sentir horizontalmente, por así decirlo, sino verticalmente. Veamos lo que ello significa. Hasta ahora y con la idea de que eventualmente se llegará a un paraíso sobre la tierra, nuestro pensamiento ha concebido un proceso gradual de evolución, de lento esclarecimiento a través del tiempo, siguiendo una corriente de conflictos y miserias sin fin, de asesinatos en masa y de treguas llamadas “paz”. ¿Por qué, en vez de pensar y sentir a lo largo de esos senderos horizontales, no habríamos de pensar verticalmente? ¿No podríamos zafarnos de la continuación horizontal del desorden y las luchas, y pensar-sentir de nuevo, alejándonos de todo eso, sin el sentido del tiempo, es decir, verticalmente? Dejando de pensar en términos de evolución, lo cual tiende a racionalizar nuestra pereza y continua postergación, ¿no podríamos pensar-sentir directamente, simplemente? El amor de una madre la lleva a sentir directa y simplemente, pero su egoísmo, su orgullo nacional y otros factores contribuyen a que piense y sienta horizontalmente, en términos de evolución gradual.

El presente es lo eterno; ni el pasado ni el futuro pueden revelarlo Sólo a través del presente se realiza Aquello que es, independientemente del tiempo. Si deseáis realmente salvar de otra guerra a vuestros hijos, y por consiguiente a la humanidad, habréis de pagar el precio que corresponde: dejar de ser codiciosos y mundanos y no tener mala voluntad hacia ningún ser. La concupiscencia, la mala voluntad y la ignorancia, en efecto, engendran conflictos, desorden y antagonismos; nutren el nacionalismo, el orgullo y la tiranía de la máquina. Sólo si estáis dispuestos a libraros de la sensualidad, de la mala voluntad y de la ignorancia, salvaréis a vuestros hijos de una guerra.

Para lograr la felicidad del mundo, para poner término a estos asesinatos en masa, tiene que producirse una completa revolución en los espíritus. Ella nos traerá una nueva moral que no se basará en valores sensuales sino en la liberación de toda sensualidad, mundanalidad y ansia de inmortalidad personal.

Problemas de la Guerra y la Paz  –  “Ante un Mundo en Crisis”

Krishnamurti

Ante un Mundo en Crisis: Después de siglos de predicar la bondad, la fraternidad, el amor, vemos en rededor nuestro el caos y una brutalidad extraordinaria

El dolor y la confusión existen siempre en el mundo;

hay siempre en él este problema de lucha y sufrimiento. Llegamos a ser conscientes de este conflicto, de este dolor, cuando nos afecta personalmente o cuando está inmediatamente a nuestro alrededor, como lo está ahora. Los problemas de la guerra han existido antes; pero a la mayor parte de nosotros no nos han interesado porque estaban muy lejanos y no nos afectaban personal y profundamente; pero ahora la guerra está a nuestras puertas y esto parece dominar la mente de la mayor parte de la gente.

Ahora no voy a contestar las preguntas que inevitablemente surgen cuando interesan de modo inmediato los problemas de la guerra, la actitud y la acción que uno debiera asumir en relación a esta, etc. Pero vamos a considerar un problema mucho más profundo; porque la guerra es solamente una manifestación externa de la confusión y de la lucha interna de odio y antagonismo. El problema que debiéramos discutir, que es siempre actual, es el del individuo y de su relación con otro, que es la sociedad. Si podemos comprender este problema complejo, entonces tal vez estaremos en aptitud de evitar las múltiples causas que en último término conducen a la guerra. La guerra es un síntoma, por más que brutal y morboso, y ocuparse con la manifestación externa sin tener en cuenta las causas profundas de ella, es fútil y carece de propósito: cambiando fundamentalmente las causas, quizás podamos producir una paz que no sea destruida por las circunstancias externas.

La mayor parte de nosotros estamos inclinados a pensar que por medio de la legislación, por la simple organización, por el liderazgo, pueden ser resueltos los problemas de la guerra y de la paz y otros problemas humanos. Como no queremos ser responsables individualmente de este torbellino interno y externo de nuestras vidas, acudimos a grupos, autoridades y acción de masa. Por medio de estos métodos externos se puede tener paz temporal: pero solamente cuando el individuo se entiende a sí mismo y entiende sus relaciones con otro, lo cual constituye la sociedad, puede existir la paz permanente, duradera. La paz es interna y no externa; sólo puede haber paz y felicidad en el mundo cuando el individuo   que es el mundo – se consagra definitivamente a alterar las causas que dentro de él mismo producen confusión sufrimiento, odio, etc. Quiero ocuparme con estas causas y cómo cambiarlas profundamente y en forma duradera.

El mundo que nos rodea está en flujo constante, en constante cambio: existe incesante sufrimiento y dolor. ¿Pueden existir paz y felicidad duraderas en medio de esta mutación y conflicto, independientemente de todas las circunstancias? Esta paz y esta felicidad pueden descubrirse, desentrañarse de cualesquiera circunstancias en que se encuentre el individuo.

Durante estas pláticas trataré de explicaros cómo experimentar con nosotros mismos, y así libertar el pensamiento de sus limitaciones autoimpuestas. Pero cada uno debe experimentar y vivir seriamente y no vivir simplemente de acción y frases superficiales.

Este experimento serio, esforzado, debe comenzar con nosotros mismos, con cada uno de nosotros, y es en vano el alterar simplemente las condiciones externas sin un profundo cambio interno. Porque lo que es el individuo es la sociedad, lo que es su relación con otro, es la estructura de la sociedad. No podemos crear una sociedad pacífica, inteligente, si el individuo es intolerante, brutal y competidor. Si el individuo carece de bondad, de afecto, de sensatez en sus relaciones con otro, tiene inevitablemente que producir conflicto, antagonismo y confusión. La sociedad es la extensión del individuo; la sociedad es la proyección de nosotros mismos. Hasta que comprendamos esto y nos entendamos a nosotros mismos profundamente y nos modifiquemos radicalmente, el mero cambio de lo externo no creará paz en el mundo, ni le traerá esa tranquilidad que es necesaria para las relaciones sociales felices.

Así, pues, no pensemos sólo en alterar el medio ambiente: esto necesariamente debe tener lugar si nuestra atención completa se dirige a la transformación del individuo, la de nosotros mismos y de nuestra relación con otro. ¿Cómo podemos tener fraternidad en el mundo si somos intolerantes, si odiamos, si somos codiciosos, voraces? Esto es notorio, ¿verdad? Si cada uno de nosotros es llevado por una ambición que consume, si lucha por tener éxito, si busca la felicidad en las cosas, es seguro que tendrá que crear una sociedad que es caótica, cruel, insensible y destructora. Si todos comprendemos y estamos profundamente de acuerdo en este punto: que el mundo es nosotros mismos, y que lo que somos es el mundo, entonces ya podremos pensar en cómo producir el cambio necesario en nosotros.

En tanto que no estemos de acuerdo en este punto fundamental, sino que simplemente consideremos para nuestra paz y felicidad el ambiente, éste asume una importancia inmensa que no tiene, porque nosotros lo hemos creado, y sin un cambio radical en nosotros mismos llega a ser una prisión intolerable.

Nos prodigamos al ambiente esperando encontrar en él seguridad y la continuidad de nuestra autoidentificación y, en consecuencia, nos resistimos a todo cambio de pensamiento y de valores. Pero la vida está en continuo flujo y por ende, existe conflicto constante entre el deseo que siempre tiene que llegar a ser estático y la realidad que no tiene morada.

El hombre es la medida de todas las cosas y si su visión está pervertida, entonces lo que piensa y crea debe inevitablemente conducir al desastre y al sufrimiento. El individuo construye la sociedad con lo que él piensa y siente. Personalmente, yo siento que el mundo es yo mismo, que lo que yo hago crea paz o sufrimiento en el mundo, que es yo mismo, y mientras yo no me comprenda no puedo traerle paz al mundo: así pues, lo que me concierne de un modo inmediato es yo mismo, no egoístamente con objeto de obtener mayor felicidad, mayores sensaciones, mayor éxito, porque mientras yo no me entienda a mí mismo, tengo que vivir en la pena y el sufrimiento y no puedo descubrir la paz y felicidad duraderas.

Para comprendernos, tenemos, en primer lugar, que estar interesados en el descubrimiento de nosotros mismos, debemos llegar a estar alerta respecto de nuestro propio proceso de pensamiento y sentimiento. ¿En qué están principalmente interesados nuestros pensamientos y sentimientos, qué es lo que les concierne? Les conciernen las cosas, las gentes y las ideas. En esto es en lo que estamos fundamentalmente interesados: las cosas, las gentes, las ideas.

Ahora bien, ¿por qué es que las cosas han asumido tan inmensa importancia en nuestras vidas? ¿Por qué es que las cosas, la propiedad, las casas, los vestidos, etc., toman un lugar tan dominante en nuestras vidas? ¿Es porque simplemente las necesitamos?, o ¿es que dependemos de ellas para nuestra felicidad psicológica? Todos necesitamos vestido, alimento y morada. Esto es notorio, pero ¿por qué es que esto ha asumido importancia y significación tremendas? Las cosas asumen tal valor y significación desproporcionados porque psicológicamente dependemos de ellas para nuestro bienestar. Alimentan nuestra vanidad, nos dan prestigio social, nos brindan los medios de lograr el poder. Las usamos con objeto de realizar propósitos diversos de los que tienen en sí mismas. Necesitamos alimento, vestidos, albergue, lo cual es natural y no pervierte; pero cuando dependemos de las cosas para nuestra gratificación, para nuestra satisfacción, cuando las cosas llegan a ser necesidades psicológicas, asumen un valor e importancia completamente desproporcionados y de aquí se origina la lucha y el conflicto por poseerlas y los diversos medios de conservar las cosas de las cuales dependemos.

Formúlese cada uno esta pregunta: ¿Dependo de las cosas para mi felicidad psicológica, para mi satisfacción? Si tratáis seriamente de contestar esta pregunta, sencilla en apariencia, descubriréis el proceso complejo de vuestro pensamiento y sentimiento. Si las cosas son una necesidad física, entonces les ponéis limitación inteligente, entonces no asumen esa importancia abrumadora que tienen cuando llegan a ser una necesidad psicológica. Por este camino comenzáis a comprender la naturaleza de la sensación y de la satisfacción: porque la mente que quiere llegar a comprender la verdad debe estar libre de semejantes ataduras.

Para libertar la mente de la sensación y de la satisfacción, tenéis que comenzar con las sensaciones que os son familiares y establecer allí el adecuado cimiento para la comprensión. La sensación tiene lugar, y comprendiéndola no asume la estúpida deformación que tiene ahora.

Muchos piensan que si las cosas del mundo estuvieran bien organizadas, de tal modo que todos tuviesen lo suficiente, entonces existiría un mundo feliz y pacífico; pero yo temo que esto no será así si individualmente no hemos comprendido el verdadero significado de las cosas. Dependemos de ellas porque internamente somos pobres y encubrimos esa pobreza del ser con cosas, y estas acumulaciones externas, estas posesiones superficiales, llegan a ser tan vitalmente importantes que por ellas estamos dispuestos a mentir, a defraudar, a luchar y a destruirnos unos a otros. Porque las cosas son el medio para lograr el poder, para tener gloria. Sin comprender la naturaleza de esta pobreza interna del ser, el mero cambio de organización para la equitativa distribución de las cosas, por más que tal cambio es necesario, creará otros medios y caminos de obtener poder y gloria.

A la mayor parte de nosotros nos interesan las cosas y para comprender nuestra justa relación respecto a ellas, se requiere inteligencia, que no es ascetismo, ni afán adquisitivo; no es renunciación, ni acumulación, sino que es el libre e inteligente darse cuenta de las necesidades sin depender afanosamente de las cosas. Cuando comprendéis esto, no existe el sufrimiento del desprenderse, ni el dolor de la lucha de la competencia. ¿Es uno capaz de examinar y comprender críticamente la diferencia entre las propias necesidades y la dependencia psicológica de las cosas? No podéis responder esta pregunta ahora mismo. Sólo la responderéis si sois persistentemente serios, si vuestro propósito es firme y claro.

Es indudable que podamos comenzar a descubrir cuál es nuestra relación con las cosas. ¿Verdad que se basa en la codicia? ¿Y cuándo se transforma en codicia la necesidad? ¿No es acaso codicia que el pensamiento, percibiendo su propia vaciedad, su propia falta de mérito, proceda a investir las cosas de una importancia mayor que su propio valor intrínseco y en consecuencia crea una dependencia de ellas? Esta dependencia puede producir una especie de cohesión social: pero en ella siempre hay conflicto, dolor, desintegración. Tenemos que hacer claro nuestro proceso de pensamiento y podemos hacer esto si en nuestra vida diaria llegamos a darnos cuenta conscientemente de esta codicia y de sus aterradores resultados. Este darse cuenta conscientemente de la necesidad y de la codicia, ayuda a establecer el cimiento recto para nuestro pensar. La codicia, en una forma u otra, es siempre la causa del antagonismo, del odio nacional despiadado, y de las brutalidades sutiles. Si no comprendemos la codicia y la combatimos, ¿cómo podemos comprender la realidad que trasciende todas estas formas de lucha y sufrimiento? Debemos comenzar con nosotros mismos, con nuestra relación respecto a las cosas y a la gente. Tomé en primer lugar las cosas porque a la mayor parte de nosotros nos interesan son para nosotros de tremenda importancia. Las guerras son por las cosas y en ellas están basados nuestros valores sociales y morales Sin entender el proceso complejo de la codicia no comprenderemos la realidad.

* * *

Muchos piensan que sin considerar su propia naturaleza interna, su propia claridad de propósito, su propia comprensión creadora, alterando en cierta medida las condiciones externas, pueden producir paz en el mundo. Esto es, esperan tener fraternidad en el mundo aun cuando en su interior estén atormentados por el odio, por la envidia, por la ambición, etc. Que esta paz no puede existir a menos que el individuo, que es el mundo, efectúe un cambio radical dentro de sí mismo, es obvio para quienes piensen profundamente.

Después de siglos de predicar la bondad, la fraternidad, el amor, vemos en rededor nuestro el caos y una brutalidad extraordinaria; somos fácilmente cogidos en este remolino de odio y antagonismo, y pensamos que alterando los síntomas externos, tendríamos la unidad humana. La paz no es una cosa que pueda traerse del exterior, puede solamente venir de adentro; esto requiere gran empeño y concentración, no en algún propósito único, sino en la comprensión del problema complejo del vivir.

Tomé como una de las causas principales de conflicto en nosotros mismos y por consiguiente en el mundo, la codicia, con su temor, con su anhelo de poder y dominio, a la vez que social, intelectual y emocional. Traté de marcar la diferencia entre la necesidad y la codicia. Necesitamos alimentos, ropa y albergue, pero esa necesidad se convierte en codicia, fuerza psicológica que impulsa nuestra vida, cuando por el anhelo de poder, de prestigio social, etc., damos valor desproporcionado a las cosas. Hasta que disolvamos esta causa fundamental de conflicto o choque en nuestra conciencia, la sola búsqueda de paz es vana. Aun cuando por medio de los códigos podamos tener orden superficial, el anhelo de poder, de éxito y demás, perturbará constantemente el vínculo que mantiene unida la sociedad y destruirá este orden social. Para producir paz dentro de nosotros y, por consiguiente dentro de la sociedad, debe comprenderse este choque central en la conciencia, causado por el anhelo. Para comprender, debe haber acción.

Hay quienes juzgan que el conflicto en el mundo es causado por la codicia, por la aserción individual para obtener poder y dominio por medio de la propiedad, y proponen que los individuos no retengan medios de adquirir poder, creen conseguir esto por medio de la revolución, del control de la propiedad por el Estado, siendo el Estado los pocos individuos que tienen en sus manos las riendas del poder. No podéis destruir la codicia por medio de códigos. Podréis destruir una forma de ella por la coacción, pero de un modo inevitable tornará en otra forma que creará de nuevo caos social.

También hay quienes piensan que la codicia o el anhelo pueden ser destruidos por medio de ideales intelectuales o emocionales, por medio de dogmas y credos religiosos; esto tampoco puede ser, porque la codicia no se domina por la imitación, el servicio o el amor. Anonadarse no es: el remedio duradero para el conflicto de la codicias. Las religiones han ofrecido compensación por librarse de la codicia; pero la realidad no es compensación. Perseguir compensación es llevar a otro nivel, a otro plano, la causa del conflicto que es la codicia, el anhelo; pero el choque y el dolor siguen allí.

Los individuos están atrapados por el deseo de crear orden social o relación humana amistosa por medio de la legislación y de encontrar la realidad que prometen las religiones como compensación por renunciar a la codicia. Pero como lo he apuntado, la codicia no puede destruirse por la legislación o por la compensación. Para abordar de un modo nuevo el problema de la codicia, debemos ser plenamente conscientes de la falacia de una mera legislación social en su contra y de la actitud religiosa compensadora que hemos desarrollado. Si ya no estáis buscando compensación religiosa para la codicia, o si no estáis ya agarrados en la falsa esperanza de la legislación en contra de ella, entonces empezaréis a comprender un proceso diferente para disolver este anhelo de modo completo; pero esto requiere empeño persistente, sin sentimentalismo, sin los engaños del astuto intelecto.

Todo ser humano necesita alimento, ropa y albergue; pero ¿por qué ha llegado a ser esta necesidad un problema tan complejo y doloroso? ¿No es acaso porque usamos las cosas con propósito psicológico, más bien que como mera necesidad?

La codicia es la demanda de satisfacción, de placer, y usamos las necesidades como medios de conseguirlo y les damos mucha mayor importancia y valor del que tienen. Mientras uno usa las cosas porque las necesita, sin estar psicológicamente involucrado en ellas, puede haber una limitación inteligente en las necesidades, que no esté basada en una mera gratificación.

El depender psicológicamente de las cosas se manifiesta como miseria y conflicto social. Siendo uno pobre interna, psicológica, espiritualmente, se piensa en enriquecerse por medio de posesiones con demandas y problemas complejos siempre en aumento. Sin resolver fundamentalmente la pobreza psicológica del existir, la sola legislación social o el ascetismo no pueden resolver el problema de la codicia, del anhelo. ¿Cómo puede, pues, resolverse fundamentalmente y no sólo en su manifestación externa, en su periferia? ¿Cómo va a liberarse el pensamiento del anhelo?

Percibimos la causa de la codicia: el deseo de satisfacción, de deleite, pero ¿cómo ha de ser disuelta? ¿Ejercitando la voluntad? Si es así, ¿qué forma de voluntad? ¿La voluntad de vencer? ¿La voluntad de refrenar? ¿La voluntad de renunciar? He aquí el problema: siendo codicioso, avariento, mundanal, ¿cómo desembarazar el pensamiento de la codicia?

Como el pensamiento es ahora producto de la codicia, es transitorio y así no puede comprender lo eterno. Lo que ha de poder comprender lo inmortal, debe ser también inmortal. Lo permanente puede ser entendido solamente al través de lo transitorio. Esto es, el pensamiento nacido de la codicia es transitorio y todo lo que crea debe ser seguramente transitorio también, y mientras la mente esté aprisionada dentro te lo transitorio, dentro del círculo de la codicia, no puede ni trascenderla, ni vencerse a sí mismo. En su esfuerzo por dominar, crea mayores resistencias y más y más se enreda en ellas.

¿Cómo va a disolverse la codicia sin crear posterior conflicto, si el producto del conflicto está siempre dentro del dominio del deseo, el cual es transitorio? Podréis vencer la codicia por el esfuerzo de voluntad que se traduce en abnegación: pero eso no conduce a la comprensión, al amor, porque tal voluntad es producto del conflicto y no puede, por ende, libertarse de la codicia. Reconocemos que somos codiciosos. Hay satisfacción en poseer. Esto llena nuestro ser, lo expande. ¿Por qué, pues, necesitáis luchar contra eso? Si de veras estáis satisfechos con esta expansión, entonces no tenéis problema consciente. ¿Pero acaso puede ser la satisfacción completa? ¿No está en estado de flujo constante, anhelando una gratificación tras otra?

Así el pensamiento queda atrapado en su propia malla de ignorancia y dolor. Comprendemos que estamos aprisionados por la codicia, y también percibimos, cuando menos intelectualmente, el efecto de la codicia. ¿Cómo, pues, va el pensamiento a desembarazarse de sus propios y autocreados anhelos? Sólo estando constantemente alerta, sólo por medio de la comprensión del proceso de la codicia misma. La comprensión no se obtiene por el mero ejercicio de un propósito unilateral, sino por medio de ese acercamiento experimental que tiene la cualidad peculiar de inclusión total, de lo entero. Este acercamiento experimental yace en los actos de nuestra vida diaria; en llegando a darse cuenta de una manera profunda del proceso de la codicia y de la satisfacción, se produce el acercamiento integral a la vida, la concentración que no es resultado de elegir, sino que es lo completo. Si estáis alerta, observaréis claramente el proceso del anhelo; veréis que en este observar existe el deseo de selección, el deseo de razonar: pero este deseo es aún parte del anhelo. Tenéis que ser agudamente conscientes de la sutileza del anhelo y, así, a través del experimento surge la plenitud de la comprensión, que es lo único que de un modo radical liberta al pensamiento del anhelo.

Si de este modo sois conscientes, habrá una forma diferente de voluntad o de comprensión, que no es voluntad nacida del conflicto o de la renunciación, sino de lo total, de lo completo; lo cual es santo. Esta comprensión es un acercarse a la realidad que no es producto del propósito o esfuerzo de logro; de la voluntad nacida del anhelo y del conflicto. La paz es de esta totalidad, de esta comprensión.

Transformación del Individuo y la Sociedad –  “Ante un Mundo en Crisis”

Krishnamurti

En el instante en que empiezas a poseer a alguien, estás matando el amor. De modo que, o bien posees a la persona, o amas a la persona

Trata de comprenderlo: en el instante en que te enamoras de alguien, de inmediato todo tu condicionamiento empieza a tratar de poseerle

La mente se ha vuelto tan dominante que no permite espontaneidad alguna. Se ha convertido en un dictador. No permite al corazón decir ni tan sólo una palabra; ha obligado al corazón a permanecer absolutamente callado. Tendrás que escuchar de nuevo al corazón, tendrás que empezar a abandonar poco a poco la lógica. Tendrás que asumir algunos riesgos, tendrás que vivir de forma peligrosa, tendrás que moverte hacia lo desconocido. Y tendrás que amar a personas y no a cosas. Tendrás que estar dispuesto a no poseer a nadie porque en el instante en que posees a alguien, la persona deja de estar presente; solamente un objeto puede ser poseído.

Trata de comprenderlo: en el instante en que te enamoras de alguien, de inmediato todo tu condicionamiento empieza a tratar de poseerle. Resiste esa tentación; el demonio te está tentando: el demonio de la sociedad, el demonio de la civilización y de la iglesia. El demonio se presenta bajo un aspecto religioso y te cita las escrituras. ¡Ten cuidado!

En el instante en que empiezas a poseer a alguien, estás matando el amor. De modo que, o bien posees a la persona, o amas a la persona; las dos cosas al mismo tiempo no son posibles. Ésa es la alternativa: un hombre que desea convertirse en un auténtico baúl, en alguien que ama, ha de abandonar toda posesividad. Resiste toda tentación de ser posesivo porque esa tentación surge del ego.

 

Una vez Mulá Nasrudin me dijo: “Es de reseñar, señor, lo mucho que congeniamos a pesar de que casi no tenemos nada en común.”

“¡Oh, sí! Sí, lo tenemos “; le repliqué. Tenemos en común algo muy importante: yo creo que tú eres maravilloso y tú estás de acuerdo conmigo.

 

El ego está de acuerdo con falsedades porque el ego solamente puede existir con la falsedad. Se alimenta de falsedades. Siempre que percibas que tu ego se encuentra satisfecho, ¡ten cuidado! Habrás comido algo malo, te habrás alimentado inadecuadamente. Siempre que te sientas sin ego, relájate: ahora has probado lo correcto, algo que sintoniza con tu naturaleza.

El ego surge de la alteración, pero el ego posee su propia lógica. Continúa diciendo que “tú” eres importante, que “tú” eres el hombre más importante del mundo,… y que tienes que demostrarlo. Todos estamos tratando de hacerlo así de una u otra forma: unos poseyendo más dinero; otros poseyendo una hermosa mujer; otros poseyendo prestigio, poder; otros convirtiéndose en presidentes o primeros ministros; otros siendo artistas, poetas; otros convirtiéndose en mahatmas, en grandes santos. Pero todos intentamos, de una u otra forma, autentificar nuestra fantasía más profunda: somos la persona más importante del mundo. Y entonces no puedes amar. La ambición es un veneno para el amor

Aquél que ama no tiene ninguna necesidad de demostrarlo. En realidad, sabe que es amado y eso es suficiente.

 

Vida, Amor, Risa existe también como e-Libro.

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Un corazón generoso es el principio de la meditación

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Vamos a hablar de algo que requiere una mente capaz de penetrar muy en lo profundo. Debemos comenzar muy cerca, ya que no podemos ir muy lejos si no sabemos cómo empezar muy cerca, si no sabemos cómo dar el primer paso.

 El florecimiento de la meditación es bondad, y un corazón generoso es el principio de la meditación. Hemos hablado de muchas cosas que conciernen a la vida: autoridad, ambición, miedo, codicia, envidia, muerte, tiempo; hemos hablado de muchas cosas. Si usted observa, si lo ha investigado, si ha escuchado correctamente, todas esas cosas constituyen la base para una mente que es capaz de meditar.

 Usted no puede meditar si es ambicioso; podrá jugar con la idea de la meditación. Si su mente se halla dominada por la autoridad, si está atada a la tradición, si acepta, si sigue, usted jamás sabrá qué es meditar, jamás conocerá esta extraordinaria belleza {…}

La persecución de su propia realización en el tiempo, es lo que impide la generosidad de la mente. Y uno necesita tener una mente generosa; no sólo una mente amplia, llena de espacio, sino también un corazón que se entregue sin pensarlo, sin un motivo, y que no busque ninguna recompensa a cambio. Pero ese dar, por poco o mucho que uno tenga, esa condición de espontaneidad expansiva sin restricción alguna, sin retener nada, es indispensable.

 No puede haber meditación sin generosidad, sin bondad, lo cual implica estar libre de orgullo, no trepar jamás la escalera del éxito, no saber nunca qué es ser famoso. Es morir para todo lo que uno ha logrado, morir en cada minuto del día. Sólo en un suelo así de fértil puede crecer y florecer la bondad. Y la meditación es el florecimiento de la bondad.

Krishnamurti