Todo amante verdadero es invulnerable a todos menos a su amada

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No hay una relación necesaria entre el amor y los hijos, pero sí la hay entre el amor y la creación. El amor es para crear y, si crear no es posible, para procrear; y si aún esto no es posible, el amor es entonces para creaciones de las que, tal vez por fortuna, somos inconscientes. Aceptad en cualquier caso, como verdad fundamental sobre el Amor el hecho que siempre crea.

Todo amante verdadero es invulnerable a todos menos a su amada. Así ocurre no por deseo o esfuerzo, sino únicamente por el hecho del verdadero amor, es decir, del amor íntegro. No hay que superar la tentación: no se percibe. La invulnerabilidad es mágica. Más aún, ocurre con mayor frecuencia de lo que se supone. Cuando la infidelidad se manifiesta, sacamos la conclusión de que la invulnerabilidad no existe. Pero la “infidelidad” no se debe necesariamente a la tentación, sino posiblemente y bastante a menudo a la indiferencia; sin tentación no hay Caída. Los hombres deberían aprender a distinguir, en sí mismos y en las mujeres, entre la invulnerabilidad real y la supuesta. Esta última, por muy elocuente que sea, se debe al miedo. Sólo la primera es fruto del amor. Otro hombre prudente, deseando –tal como lo desean en su corazón todo hombre y toda mujer- la invulnerabilidad en sí mismo y en la mujer que amaba, procedió de la siguiente manera: probó a muchas mujeres e instó a su amada a que probase a muchos hombres. Después de unos años, quedó convencido de que ya nada podía tentarlo. Ella, por su parte, nunca había tenido ninguna duda de sí misma desde el comienzo. Había nacido invulnerable; el hombre, en cambio, tuvo que alcanzar la invulnerabilidad.

El estado de enamoramiento no siempre se define en relación con un objeto único. Una persona tiene el talismán para elevar a otra al plano del amor (esto es, para cargarle a él o a ella con la energía natural del amor); pero puede resultar que él o ella no sea el único ser amado, o ni siquiera el amado. Entre la gente, al igual que entre las substancias químicas, hay agentes catalizadores que posibilitan intercambios y combinaciones en los cuales los agentes mismos no intervienen. Con frecuencia, tales agentes no son reconocidos por las personas afectadas, y suele ocurrir que ni siquiera se reconocen a sí mismos. En el pueblo de Bor-na, cerca de Lhasa, vivía un hombre que era un agente catalizador de ese tipo. La gente que hablaba con él se enamoraba súbitamente, pero no de él, ni tampoco, por lo menos de inmediato, de nadie en particular. Sólo se daban cuenta que después de conversar con él, tenían un espíritu activo de amor dispuesto a volcarse al servicio del amor. Los trovadores europeos fueron, quizás, gente de esta índole.

No hay una relación necesaria entre el amor y los hijos, pero sí la hay entre el amor y la creación. El amor es para crear y, si crear no es posible, para procrear; y si aún esto no es posible, el amor es entonces para creaciones de las que, tal vez por fortuna, somos inconscientes. Aceptad en cualquier caso, como verdad fundamental sobre el Amor el hecho que siempre crea. El Amor creó el mundo: y no todas sus obras son bellas. La procreación es función particular del amor instintivo: éste es el plano en que se mueve. Pero por encima y por debajo de este plano, otros tipos de amor tienen otras funciones. El amor emocional es generalmente amor instintivo fuera de lugar; y, en consecuencia sus criaturas están inadaptadas en el mundo. Por otra parte, las formas superiores del amor, o excluyen la procreación – no artificial, sino naturalmente- o la incluyen sólo como subproducto.

El  propósito y la función del amor consciente no son los niños, a no ser que tomemos la palabra en el sentido místico de llegar a ser como niños pequeños, ya que, en síntesis, el objetivo del amor consciente es lograr un renacimiento o niñez espiritual. Cualquier persona con percepción más allá de las del varón y de la hembra se dará cuenta del cambio que se produce en el hombre o en la mujer que ama, sea cual fuere su edad. Es casi siempre instintivo; sin embargo, simboliza el cambio aún más maravilloso que tiene lugar cuando el hombre o la mujer ama conscientemente o se sabe conscientemente amado. El joven en tales casos tiene todo el aire de la eternidad; y es, de hecho, el joven divino. La creación de ese niño espiritual en cada uno de los dos amantes es la función particular del amor consciente; y no depende ni del matrimonio ni de los hijos.

Hay otras creaciones propias de grados de amor aún superiores; pero éstas deben esperar a que hayamos llegado a ser como niños pequeños.

EL AMOR CONSCIENTE 3ª (INSPIRADO EN LAS ENSEÑANZAS DE G.I. GURDJIEFF)

A. R. Orage

El amor consciente engendra amor consciente

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Es raro entre los seres humanos por varios motivos: primero, porque la gran mayoría son niños que quieren ser amados pero no amar; segundo, porque rara vez se concibe la perfección como la meta justa del amor humano – aunque sólo esto diferencie el amor humano adulto del amor infantil y animal; tercero, porque los seres humanos no saben, aunque lo deseen, qué es bueno para sus seres amados; y cuarto, porque nunca ocurre por accidente, sino que debe ser objeto de resolución, esfuerzo, elección consciente.

Hay que aprender a distinguir entre tres tipos de amor por lo menos (aunque haya siete en total): el amor instintivo, amor emocional y amor consciente. No hay mayor peligro de que no se puedan aprender los dos primeros, pero el tercero es raro y depende tanto del esfuerzo como de la inteligencia. El amor instintivo está basado en la química. Toda la biología es química, o quizás deberíamos decir alquimia; y las afinidades del amor instintivo, manifestadas en las atracciones, repulsiones, combinaciones mecánicas y químicas que llamamos el amor, el cortejar, el matrimonio, hijos y familia, son sólo los equivalentes humanos del laboratorio de un químico. Pero ¿quién es aquí el químico? Lo llamamos la Naturaleza. Pero ¿quién es la Naturaleza? La verdad es que no lo sospechamos más de lo que pueda sospechar un alcanforero injertado en una higuera la existencia de un jardinero. Y, sin embargo, hay un jardinero.

El amor instintivo, por ser químico, es tan fuerte y perdura tanto como las substancias y cualidades de las cuales es manifestación… Esas substancias y cualidades no pueden ser conocidas y mensuradas sino por quien entienda la progresión alquímica que llamamos herencia. Muchos han observado que los matrimonios felices o desgraciados son hereditarios. Lo mismo sucede con el número de hijos, su sexo y su longevidad, etc. La llamada ciencia astrológica no es sino la ciencia (cuando llega a serlo) del proceso de la herencia durante largos años.

El amor emocional no tiene su raíz en la biología. De hecho, es casi siempre anti biológico en su carácter y dirección. El amor instintivo obedece a las leyes de la biología, es decir, a la química, y procede por afinidades. Pero el amor emocional es a menudo la atracción mutua entre des afinidades e incongruencias biológicas. El amor emocional, no acompañado por el amor instintivo (como casi siempre ocurre) raramente origina descendencia; y cuando esto sucede, la biología no se beneficia. Extrañas criaturas surgen de los abrazos del amor emocional: tritones y sirenas, Barbazules y belles dames sans merci. El amor emocional no sólo es efímero, sino que evoca a su asesino. Tal amor crea odio en su objetivo, si es que el odio no está allí desde un principio. El amante emocional se vuelve pronto objeto de indiferencia y, poco a poco después, de odio. Estas son las tragedias del amor emocional.

El amor consciente rara vez se logra entre seres humanos; pero puede ser ilustrado en las relaciones del hombre con sus predilectos del reino animal y vegetal. El desarrollo del caballo y del perro desde su estado natural o el cultivo de flores y frutos son otros tantos ejemplos de una forma primitiva de amor consciente, primitiva porque el motivo es todavía egoísta y utilitario. En síntesis, el caballo domado y la fruta cultivada sirven al hombre para su uso personal; y no puede decirse que su trabajo sobre ellos está motivado solamente por el amor. El motivo del amor consciente, en su estado desarrollado, es el deseo de que el objeto llegue a alcanzar su propia perfección innata, sean cuales fueren las consecuencias para el amante mismo. “¿Qué importo yo?, con tal de que ella alcance su perfecto desarrollo”, dice el amante consciente. “Me iría al infierno si de esa manera ella pudiera alcanzar el cielo”. Y la paradoja de esta actitud es que un amor de esta índole siempre evoca en su objeto una actitud similar.

El amor consciente engendra amor consciente. Es raro entre los seres humanos por varios motivos: primero, porque la gran mayoría son niños que quieren ser amados pero no amar; segundo, porque rara vez se concibe la perfección como la meta justa del amor humano – aunque sólo esto diferencie el amor humano adulto del amor infantil y animal; tercero, porque los seres humanos no saben, aunque lo deseen, qué es bueno para sus seres amados; y cuarto, porque nunca ocurre por accidente, sino que debe ser objeto de resolución, esfuerzo, elección consciente. Es tan poco probable que el amor consciente surja de por sí como que el Bushido o la Orden de Caballería hayan surgido por accidente. Así como éstas fueron obras de arte, también el amor consciente debe ser una obra de arte. Este tipo de amante se enlista, pasa por su aprendizaje, y quizá alcance un día la maestría. Se perfecciona a sí mismo para poder desear y ayudar con pureza la perfección de la amada.

EL AMOR CONSCIENTE 1ª (INSPIRADO EN LAS ENSEÑANZAS DE G.I. GURDJIEFF)

A. R. Orage