COMPRENDER LAS RAÍCES DE LA ESCLAVITUD

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Rabindranath Tagore dice en su Gitanjali:

Obstinadas son las restricciones, pero me duele el corazón cuando intento vencerlas. La libertad es lo único que quiero, pero me avergüenzo de tener esperanza de ella. Estoy seguro de que hay en ti un tesoro inmensurable, y de que eres mi mejor amigo. Pero me falta valor para deshacerme de las baratijas que abarrotan mi habitación. La mortaja que me cubre es una mortaja de polvo y muerte. La odio, pero la abrazo con amor. Mis deudas son enormes, mis fracasos mayúsculos, mi vergüenza secreta y opresiva. Aun así, cuando voy a pedir mi bien, tiemblo de miedo de que mi oración me sea concedida.

Rabindranath Tagore es el más contemporáneo de los hombres y, sin embargo, también el más antiguo. Sus palabras son un puente entre la mente moderna y los sabios más antiguos del mundo. Especialmente, su libro Gitanjali es su mayor contribución a la evolución humana, a la consciencia humana. Es uno de los libros más excepcionales que han aparecido en el siglo XX.

Tagore no es una persona religiosa en el sentido corriente. Es uno de los pensadores más progresistas —no tradicional, heterodoxo— pero su grandeza reside en su inocencia de niño. Y quizá debido a esa inocencia, fue capaz de convertirse en el vehículo del espíritu universal. Es un poeta de la más alta categoría, y también un místico. Semejante combinación solo se ha dado una o dos veces antes: en Jalil Gibran, en Friedrich Nietzsche y en Rabindranath Tagore. Estas tres personas llenan esa categoría. En la larga historia del hombre, esto es extraordinario… Ha habido grandes poetas y ha habido grandes místicos. Ha habido grandes poetas que tenían un poco de misticismo, y ha habido grandes místicos que se han expresado en poesía… pero su poesía no es brillante.

Es difícil decir si Rabindranath es mejor como poeta o como místico. Es ambos —es mejor como ambas cosas— y en el siglo XX… Rabindranath no fue un hombre confinado en India. Fue un cosmopolita, se educó en Occidente, y estuvo continuamente viajando por diferentes países; le encantaba andar errante. Era un ciudadano del mundo, y sin embargo, tenía profundas raíces en India. Aunque volaba lejos, como un águila alrededor del sol, no dejaba de volver a su pequeño nido. Y nunca perdió de vista su herencia cultural, no importa lo cubierta de polvo que pudiese haber llegado a estar. Fue capaz de limpiarla y convertirla en un espejo en el que uno puede verse a sí mismo.

Sus poemas de Gitanjali son ofrendas de canciones a Dios. Ese es el significado de la palabra Gitanjali: ofrendas de canciones. Él solía decir: «No tengo nada más que ofrecer. Soy pobre como un pájaro, o rico como un pájaro. Puedo cantar una canción cada mañana, fresca y nueva, en agradecimiento. Esa es mi oración». Nunca fue a ningún templo, nunca rezó en el sentido tradicional. Nació hindú, pero no sería correcto confinarlo a una cierta sección de la humanidad; era muy universal. Le dijeron muchas veces: «Tus palabras están tan fragantes de religiosidad, tan radiantes de espiritualidad, tan vivas con lo desconocido, que incluso los que no creen en nada más que la materia se sienten afectados, conmovidos. Pero nunca vas al templo, nunca lees las escrituras».

Su respuesta es inmensamente importante para vosotros. Dijo: «Nunca leo las escrituras; de hecho, las evito, porque tengo mi propia experiencia de lo trascendental y no quiero que las palabras de otros se mezclen con mi experiencia original, auténtica, individual. Quiero ofrecerle a Dios exactamente lo que constituye el latido de mi corazón. Puede que otros lo hayan conocido —sin duda, otros lo han conocido— pero su conocimiento no puede ser mi conocimiento. Solo mi experiencia puede satisfacerme, puede colmar mi búsqueda, puede darme confianza en la existencia. No quiero ser un creyente».

Estas palabras hay que recordarlas: «No quiero ser un creyente; quiero ser alguien que sabe. No quiero tener muchos conocimientos; quiero ser lo suficientemente inocente como para que la existencia me revele sus misterios. No quiero ser considerado un santo». Y la realidad es que en todo el siglo XX no ha habido nadie más santo que Rabindranath Tagore; pero no quiso ser reconocido como tal. Dijo: «Solo tengo un deseo: ser recordado como un cantor de canciones, como un bailarín, como un poeta que ha ofrecido todo su potencial, todas las flores de su ser, a la divinidad desconocida de la existencia. No quiero ser venerado; lo considero una humillación… algo feo, inhumano, y completamente distante del mundo. Todo hombre lleva en sí a Dios; toda nube, todo árbol, todo océano está lleno de divinidad, así es que ¿quién debe venerar a quién?».

Rabindranath nunca fue a ningún templo, nunca veneró a ningún Dios, nunca fue, en el sentido tradicional, un santo. Pero, para mí, es uno de los mayores santos que ha conocido el mundo. Su santidad se manifiesta en cada una de sus palabras. «Obstinadas son las restricciones, pero me duele el corazón cuando intento vencerlas. La libertad es lo único que quiero, pero me avergüenzo de tener esperanza de ella.»

Está diciendo algo no solo sobre sí mismo, sino sobre toda la consciencia humana.

Semejantes personas no hablan de sí mismas; hablan del núcleo mismo de todo el género humano. «Obstinadas son las restricciones…» Los obstáculos son enormes. … me he apegado demasiado a ellas. Ya no me parecen cadenas; se han convertido en mis ornamentos. Son de oro, son muy preciados. Pero me duele el corazón porque, por un lado, quiero libertad y, por el otro, no puedo romper las cadenas que me impiden ser libre. Esas cadenas, esos ornamentos, esas relaciones, se han convertido en mi vida. No puedo imaginarme a mí mismo sin mi amada, sin mis amigos. No puedo imaginarme a mí mismo absolutamente solo, en silencio profundo. Mis canciones se han convertido también en mis grilletes, así es que «me duele el corazón cuando intento vencerlas. La libertad es lo único que quiero».

Esta es la situación de todo ser humano. Es difícil encontrar un hombre cuyo corazón no quiera volar como un pájaro, que no quisiera llegar a las estrellas remotas, pero que también tenga conocimiento de su profundo apego a la tierra. Está profundamente enraizado en la tierra. Su escisión es que está apegado a su encarcelamiento y su anhelo más profundo es la libertad. Está dividido contra sí mismo.

Esta es la mayor angustia, ansiedad. No puedes dejar el mundo que te encadena; no puedes dejar a los que se han convertido en tus obstáculos en la vida, porque ellos son también tus apegos, tus alegrías. De alguna manera, ellos son también un alimento para tu orgullo. Ni puedes dejarlos, ni puedes olvidar que no perteneces a este mundo, que tu hogar debe estar en alguna otra parte, porque en tus sueños siempre estás volando, volando a lugares remotos. «La libertad es lo único que quiero, pero me avergüenzo de tener esperanza de ella.» ¿Por qué debería uno avergonzarse de tener esperanza de libertad?... Porque nadie te lo impide: puedes ser libre en este mismo momento.

 Pero esos apegos… han ahondado muy dentro de ti; se han convertido casi en tu propia existencia. Puede que te estén trayendo sufrimiento, pero también te traen momentos de felicidad. Puede que estén creando cadenas para tus pies, pero también te dan momentos de baile. Es una situación muy extraña que todo ser humano inteligente tiene que afrontar: estamos enraizados en la tierra y queremos alas para volar por el cielo. No podemos desarraigarnos porque la tierra es nuestra nutrición, nuestro alimento. Y no podemos dejar de soñar con alas, porque ese es nuestro espíritu, esa es nuestra alma misma, eso es lo que nos hace seres humanos. Ningún animal siente angustia; todos los animales están plenamente satisfechos tal como son. El hombre es el único animal que está intrínsecamente descontento; por eso la sensación de vergüenza, porque sabe: «Puedo ser libre». […]

Rabindranath tiene razón: «La libertad es lo único que quiero, pero me avergüenzo de tener esperanza de ella». Porque no es cuestión de esperanza; es cuestión de correr un riesgo. «Estoy seguro de que hay en ti un tesoro inmensurable, y de que eres mi mejor amigo. Pero me falta valor para deshacerme de las baratijas que abarrotan mi habitación.» Estás seguro de que en el mundo de la libertad, en la experiencia de la libertad, hay un tesoro inmensurable. Pero esta certeza es también una proyección de tu deseo: ¿cómo puedes estar seguro? Te gustaría estar seguro. Sabes que tienes un anhelo de libertad. No puede ser de una libertad inútil; debe de ser de algo sustancioso, algo inmensurable. Estás creando una certeza para armarte de valor y así poder lanzarte a lo desconocido. «… Y de que eres mi mejor amigo.» Pero todo esto son sueños hermosos, son esperanzas; la certeza es tu propia jaula, su seguridad. «Pero me falta valor para deshacerme de las baratijas que abarrotan mi habitación.» Todo esto son bellas ideas de la mente. «La mortaja que me cubre es una mortaja de polvo y muerte. La odio, pero la abrazo con amor.»

Sabes que tu cuerpo va a morir. De hecho, tu cuerpo está hecho de material muerto; ya está muerto. Parece vivo porque hay algo vivo dentro de él. Irradia calor y vida debido al huésped que hay dentro de ti. En el momento que el huésped haya emprendido el vuelo, la realidad del cuerpo te será revelada. Rabindranath dice que nuestros cuerpos están hechos de polvo y muerte. «La odio, pero la abrazo con amor.» Pero cuando te enamoras de una mujer, entonces se abrazan dos esqueletos; ambos sabéis que la piel es solo el revestimiento de un esqueleto. Si pudierais ver al otro en su verdadera desnudez —no solo sin ropa, sino también sin piel, porque esa es la verdadera ropa— entonces quedarías impresionado, y te escaparías lo más rápido posible de la persona amada con la que estabas prometiendo que ibas a vivir por siempre jamás. Ni siquiera mirarías hacia atrás; ni siquiera quisieras acordarte de ese fenómeno. […]

La odio, pero la abrazo con amor.» Así es la esquizofrenia del hombre, la personalidad dividida del hombre. Su casa está dividida contra sí misma; en consecuencia, no puede encontrar la paz. «Mis deudas son enormes, mis fracasos mayúsculos, mi vergüenza secreta y opresiva. Aun así, cuando voy a pedir mi bien, tiemblo de miedo de que mi oración me sea concedida.»

Estas líneas solo pueden entenderse si os recuerdo otro poema de Rabindranath del mismo Gitanjali.

En ese otro poema dice: «He estado buscando y rebuscando a Dios desde que puedo acordarme, durante muchas, muchísimas vidas, desde el principio mismo de la existencia. Alguna que otra vez, le he visto junto a alguna estrella lejana, y he bailado y me he regocijado pensando que la distancia, aunque grande, no es imposible de alcanzar. Y he viajado y he llegado a la estrella, pero para cuando he llegado a ella, Dios se había ido a otra. Y esto ha estado sucediendo durante siglos. »El desafío es tan enorme que sigo aferrándome a la esperanza… tengo que encontrarle, estoy absorto en la búsqueda. La búsqueda misma es tan enigmática, tan misteriosa, tan cautivadora, que Dios se ha vuelto casi una excusa: la búsqueda en sí misma se ha vuelto el objetivo.»Y, para mi asombro, un día llegué a una casa en una estrella remota con un pequeño letrero en la fachada que decía: “Ésta es la casa de Dios”. Mi alegría no tuvo límite: ¡por fin, había llegado!

Subí corriendo las escaleras, las muchas escaleras que llevaban a la puerta de la casa. Pero según iba acercándome a la puerta, de pronto surgió un miedo en mi corazón. En el momento en que iba a llamar, quedé paralizado por un miedo que nunca antes había conocido, que nunca había considerado, que nunca había imaginado. El miedo era este: si esta casa es ciertamente la casa de Dios, ¿qué voy a hacer después de haberle encontrado?» Ahora que buscar a Dios se ha vuelto mi vida misma, haberle encontrado será el equivalente a suicidarse. ¿Y qué voy a hacer con él? Nunca había pensado en estas cosas antes. Debería haber pensado antes de comenzar la búsqueda: ¿qué voy a hacer con Dios?»Con los zapatos en las manos, retrocedí en silencio y muy lentamente, con miedo a que Dios pudiera oír el ruido y pudiera abrir la puerta y decir: “¿Dónde vas? ¡Estoy aquí, entra!”. Y cuando llegué a las escaleras, corrí como no había corrido nunca; y desde entonces he vuelto a estar buscando a Dios, buscándole en todas partes… y esquivando la casa en la que vive. Ahora sé que tengo que esquivar esa casa. Y continúo la búsqueda, disfruto el viaje mismo, el peregrinaje».

La sabiduría que hay en esta historia es tremenda. Hay buscadores de la verdad que nunca han pensado « ¿qué haré con la verdad?». No puedes comerla, no puedes venderla; no puedes llegar a ser presidente porque tienes la verdad. A lo sumo, si tienes la verdad, la gente te crucificará.

Rabindranath tiene razón cuando dice: «Mis deudas son enormes, mis fracasos mayúsculos, mi vergüenza secreta y opresiva. Aun así, cuando voy a pedir mi bien, tiemblo de miedo de que mi oración me sea concedida», porque estas cosas son buenas para hablar de ellas: Dios, la verdad, la bondad, la belleza. Es bueno escribir tratados sobre ellas, hacer que las universidades otorguen doctorados, hacer que el comité del Nobel te conceda un premio. Estas cosas son buenas para hablar, para escribir, pero si llegas realmente a experimentarlas, tendrás problemas. Eso es lo que dice: tengo miedo de que mi petición pueda serme concedida.

Está bien que Dios esté sordo. No oye las oraciones; de lo contrario estaréis todos en dificultades. Tu oración te creará problemas, porque en las oraciones serás muy romántico y pedirás grandes cosas a cuya altura no podrás estar, y se volverán agobiantes e interferirán con lo que llamas tu vida… que, aunque llena de sufrimiento, va como una seda.

La verdad se vuelve una cruz; la vida se vuelve agobiante. La verdad se convierte en veneno para Sócrates. La verdad se convierte en la muerte para al-Hallach Mansoor. La verdad se convierte en crucifixión para Jesucristo. Y tú oras: «Dios, otórgame la verdad. Dame cualidades que sean divinas, celestiales». Pero Dios está sordo a propósito: para que tus oraciones no puedan ser oídas y puedas disfrutar ambas cosas, tu desdichada vida y tus bellas oraciones. Las oraciones no serán escuchadas —puedes seguir lleno de envidia, lleno de ira, lleno de odio, lleno de egoísmo, y seguir rezando a Dios: «Hazme humilde; y como “bienaventurados son los mansos”, hazme manso»— pero a propósito.

No está escrito en ninguna escritura, pero yo os digo con autoridad propia que, después de crear el mundo en seis días, lo último que hizo Dios fue destrozar sus oídos. Desde entonces, no ha oído nada; y desde entonces, tampoco nosotros hemos vuelto a oír de él. De modo que está perfectamente bien: por la mañana vas al templo o a la iglesia o a la mezquita, rezas una bella oración, pides grandes cosas —sabiendo perfectamente que está sordo— y luego sigues siendo igual de desagradable e infeliz. Después, mañana por la mañana, vuelve a rezar una buena oración… Es un buen arreglo, un buen acomodo.

Rabindranath, en su poema, está señalando una tremenda verdad: ¿Quieres realmente a Dios? ¿Quieres realmente la verdad? ¿Quieres realmente silencio? Si preguntas, y eres honesto, te sentirás avergonzado. Tendrás que aceptar que no quieres realmente estas cosas. Solo estás simulando que meditas; porque sabes que has estado meditando muchos años y no sucede nada. No hay miedo; puedes meditar y no sucede nada. En cuanto empieza a suceder algo, entonces hay problemas. Cuando empiece a crecer en tu vida algo que no crece en los corazones de la multitud que te rodea, serás un extraño, serás una persona ajena. Y la multitud nunca perdona a los extraños, la multitud nunca perdona a las personas ajenas; los aniquila. Tiene que aniquilarlos para preservar su propia tranquilidad mental.

Un hombre como Jesucristo es una molestia continua, porque te recuerda que tú también puedes tener la misma belleza, la misma gracia, la misma verdad, y eso duele. Hace que te sientas inferior, y nadie quiere sentirse inferior. Y solo hay dos maneras de no sentirse inferior: una es volverse superior; esa es una manera ardua, y muy prolongada… peligrosa, porque tendrás que avanzar solo. La manera simple es acabar con ese hombre superior. Entonces toda la multitud está compuesta de gente igual. Nadie es superior, nadie es inferior. Todos son taimados, todos son embusteros, todos son criminales a su manera. Todos son envidiosos, todos son ambiciosos. Todos están en las mismas, y se entienden perfectamente. Y nadie causa ningún revuelo sobre la verdad, sobre Dios, sobre la meditación.

La gente es feliz sin ningún Buda, sin ningún Sócrates, sin ningún Zaratustra, porque estas personas son como cimas elevadas de montañas, y tú pareces tan pequeño, como un pigmeo; eso duele. Dicen que los camellos nunca se acercan a las montañas. Han elegido vivir en el desierto porque en el desierto ellos son montañas andantes, pero junto a las montañas parecerán hormigas, y eso duele. La manera más fácil es olvidarse de las montañas, decir: «Todas esas montañas son mitológicas, ficticias; la realidad es el desierto». De modo que disfrutas el desierto, disfrutas tu ego… y también disfrutas la oración: «Dios, por favor, libérame del ego, hazme humilde», sabiendo perfectamente que no oye, que ninguna oración es concedida. Puedes rezar por cualquier cosa sin miedo, porque seguirás siendo el mismo, y además tendrás la satisfacción de orar por grandes cosas.

Por eso la gente, sin volverse religiosa, se hace cristiana, se hace hindú, se hace musulmana. No son personas religiosas en absoluto; estas son estrategias para evitar ser religioso. Una persona religiosa es simplemente religiosa; no es ni hindú, ni musulmana, ni cristiana, ni budista… no es necesario. Es veraz, es sincera, es compasiva, es amorosa, es humana… tan humana que casi representa lo divino en el mundo.

OSHO

¿Puede Cambiar el Hombre? La energía; su disipación en el conflicto (3ª parte)

Avenged Seven

De modo que ése es el factor del condicionamiento, por medio de la propaganda, de los periódicos, las revistas, desde el púlpito; y uno se vuelve tremendamente consciente de lo necesario que es no depender de influencias externas en absoluto. Entonces descubre uno qué significa no estar influenciado. Escuchen esto, por favor. Cuando ustedes leen un periódico son influenciados consciente o inconscientemente. Lo son cuando leen una novela o un libro cualquiera; hay presión, esfuerzo por clasificar lo leído en alguna categoría. Ese es todo el propósito de la propaganda.

Por lo tanto, vamos a averiguar por qué los seres humanos no tienen la energía, el empuje, la intensidad para cambiar. Tienen cualquier cantidad de energía para disputar, para matarse los unos a los otros, para dividir el mundo e ir a la luna: para estas cosas tienen energía. Pero aparentemente no tienen energía para cambiar ellos mismos de manera radical. Así que nos preguntamos por qué carecemos de esta indispensable energía.

Me gustaría saber cuál es su respuesta cuando se les plantea una cuestión semejante. Dijimos que el hombre tiene suficiente energía para odiar; cuando hay guerra, pelea, y cuando desea escapar de lo que realmente es, tiene energía para huir mediante las ideas, el entretenimiento, los dioses, la bebida. Cuando desea placer, sexual o de otra clase, persigue esas cosas con gran energía. Tiene inteligencia para sobreponerse a su ambiente, tiene energía para vivir en el fondo del mar o en los cielos, para eso tiene energía vital. Pero aparentemente no tiene energía para cambiar el hábito más pequeño. ¿Por qué? Porque disipa esa energía en el conflicto interno. No estoy tratando de persuadirlos, no hago propaganda, no sustituyo viejas ideas con otras nuevas. Estamos tratando de descubrir, de comprender.

Vean ustedes, nos damos cuenta de que debemos cambiar. Tomemos como ejemplo la violencia y la brutalidad; éstos son hechos. Los seres humanos son brutales y violentos; han construido una sociedad que es violenta a pesar de todo lo que han dicho las religiones sobre el amor al prójimo y a Dios. Todas esas cosas son meras ideas, sin valor alguno, porque el hombre continúa siendo brutal, violento y egoísta; y siendo violento, inventa el opuesto, que es la no violencia. Por favor, examinen esto conmigo.

El hombre está permanentemente tratando de llegar a ser no violento. Y así hay conflicto entre lo que es -la violencia- y lo que debería ser, que es la no violencia. Hay conflictos entre ambas. Esa es la misma esencia del desperdicio de energía. En tanto hay dualidad entre lo que es y lo que debería ser -el hombre tratando de volverse algo distinto, haciendo un esfuerzo por alcanzar lo que “debería ser”- en ese conflicto hay disipación de energía. En tanto hay conflicto entre los opuestos, el hombre no dispone de energía suficiente para cambiar. ¿Por qué debo tener opuesto alguno, como la no violencia, como el ideal? El ideal no es real, no tiene sentido, y sólo conduce a diferentes formas de hipocresía, como el ser violento y pretender no serlo. O si dice usted que es un idealista y que eventualmente llegará a ser pacífico, ese es un gran pretexto, una excusa, porque le tomará muchos años dejar de tener violencia -en verdad puede que ello nunca ocurra. Entretanto sigue siendo hipócrita y violento. De modo que si podemos, no en abstracto sino realmente descartar por completo todos los ideales y sólo tratar con el hecho -que es la violencia- entonces no hay desperdicio de energía. Es muy importante comprender esto, que no es una teoría particular del que habla. Mientras el hombre viva en el corredor de los opuestos, tendrá que desperdiciar energía y, por lo tanto, no podrá cambiar.

Pues bien, de un soplo pueden ustedes barrer con todas las ideologías y todos los opuestos. Investiguen esto, por favor, y compréndanlo; es realmente extraordinario lo que ocurre. Si un hombre que es colérico pretende o trata de no serlo, en ello hay conflicto. Pero si dice: “observaré lo que es la cólera, no trataré de escapar o de racionalizarla”, entonces hay energía para comprender y para terminar con la cólera. Si meramente desarrollamos una idea de que la mente debe estar libre de condicionamiento, continuará la dualidad entre el hecho y “lo que debería ser” y, por lo tanto, habrá disipación de energía. Mientras que si decimos: “averiguaré en qué forma está condicionada la mente”, eso será como ir a un cirujano cuando uno tiene cáncer. El cirujano está interesado en operar y extirpar la enfermedad. Pero si el paciente está pensando en el tiempo maravilloso del cual va a disfrutar posteriormente, o tiene miedo de la operación, ése es un desperdicio de energía.

Estamos interesados únicamente en el hecho de que la mente está condicionada, y no en que la mente “debería ser libre”. Si la mente no está condicionada, es libre. De manera que vamos a investigar, a examinar muy de cerca, qué es lo que condiciona tanto la mente, cuáles son las influencias que han producido este condicionamiento y por qué lo aceptamos. Ante todo, la tradición juega un papel enorme en la vida. En esa tradición el cerebro se ha desarrollado de manera que pueda tener seguridad física. Uno no puede vivir sin seguridad y esa es la primera y primordial urgencia animal: la de que haya seguridad física; uno debe tener albergue, comida y ropa. Pero la forma psicológica en que utilizamos esa urgencia de seguridad es causa de caos dentro y fuera de uno mismo. La psiquis, que es la propia estructura del pensamiento, también desea seguridad interna en todas sus relaciones. Entonces el problema comienza. Tiene que haber seguridad física para todos, no sólo para unos pocos, pero esa seguridad física para todos es negada cuando la seguridad psicológica se busca mediante la nacionalidad, la religión o la familia. Espero que comprendan y que hayamos establecido alguna clase de comunicación entre nosotros.

De manera que está el condicionamiento necesario para la seguridad física, pero cuando existe la búsqueda y demanda de seguridad psicológica, entonces el condicionamiento se vuelve tremendamente poderoso. Quiere decir que, psicológicamente, queremos seguridad en nuestras relaciones con las ideas, la gente y las cosas; pero ¿existe seguridad alguna en cualquier relación? Es obvio que no. Desear seguridad psicológica es negar la seguridad externa. Si quiero estar psicológicamente seguro como hindú, con todas las tradiciones, supersticiones e ideas, me identifico con la unidad más grande, lo que me brinda gran comodidad. Por eso rindo culto a la bandera, la nación, la tribu y me separo del resto del mundo. Y esa división produce, evidentemente, inseguridad física. Cuando rindo culto a la nación, a las costumbres, a los dogmas religiosos, a las supersticiones, me separo a mí mismo dentro de esas categorías, y es entonces obvio que tengo que negarle seguridad física a todos los demás. La mente necesita seguridad física, la cual se le niega cuando busca seguridad psicológica. Esto es un hecho, no una opinión; ello es así. Cuando busco seguridad en mi familia, en mi esposa, mis hijos, mi casa, tengo que estar contra el mundo, tengo que separarme de otras familias y estar contra el resto del mundo.

Uno puede ver muy claramente cómo comienza el condicionamiento, cómo dos mil años de propaganda en el mundo cristiano han hecho que la gente sea devota de esta cultura mientras que la misma clase de cosas ha estado ocurriendo en el Oriente. De modo que la mente, a través de la propaganda, de la tradición, del deseo de seguridad, comienza a condicionarse… ¿Pero existe alguna seguridad psicológica en la relación con las ideas, con las personas y con las cosas?

Si la relación significa estar en contacto directo con las cosas, no estamos relacionados si no existe el contacto. Si tengo una idea, una imagen de mi esposa, no estoy en relación con ella. Puedo dormir con ella, pero no estoy en relación, porque mi imagen de ella impide el contacto directo. De igual manera, la imagen que ella tiene de mí, impide su contacto directo conmigo. ¿Existe alguna certeza o seguridad psicológica como la que nuestra mente está siempre buscando? Es obvio, cuando observamos muy de cerca cualquier relación, que no hay certeza en la misma. ¿Qué ocurre en el caso del marido y la mujer o de dos jóvenes que desean establecer una relación sólida? Cuando el esposo o la esposa miran a alguna otra persona, hay temor, celos, ansiedad, ira y odio, no una relación permanente. Sin embargo, la mente necesita todo el tiempo del sentimiento de posesión.

De modo que ése es el factor del condicionamiento, por medio de la propaganda, de los periódicos, las revistas, desde el púlpito; y uno se vuelve tremendamente consciente de lo necesario que es no depender de influencias externas en absoluto. Entonces descubre uno qué significa no estar influenciado. Escuchen esto, por favor. Cuando ustedes leen un periódico son influenciados consciente o inconscientemente. Lo son cuando leen una novela o un libro cualquiera; hay presión, esfuerzo por clasificar lo leído en alguna categoría. Ese es todo el propósito de la propaganda. Comienza en la escuela, y luego vamos por la vida repitiendo lo que otros han dicho. Somos, por lo tanto, seres de segunda mano. ¿Cómo puede un ser humano así, de segunda mano, descubrir algo que sea original, que sea verdadero? Es muy importante comprender qué es el condicionamiento e investigarlo muy profundamente; a medida que lo observan, ustedes tienen la energía para romper con todos esos condicionamientos que atan la mente.

Quizá deseen ahora hacer preguntas y así entrar en esta cuestión, mas debemos tener en cuenta que es muy fácil formular preguntas, pero que hacer la pregunta correcta es una de las cosas más difíciles. Ello no significa que el que les habla les impida hacer preguntas. Debemos preguntar, dudar de todo lo que otros hayan dicho, de los libros, las religiones, las autoridades ¡dudar de todo! Tenemos que indagar, dudar, ser escépticos. Pero debemos saber también cuándo dejar el escepticismo de lado y formular la pregunta correcta, porque en esa misma pregunta está la respuesta. De manera que si desean preguntar, háganlo, por favor.

Krishnamurti

Avenged Sevenfold Hail To The King Sub español

EL ORIGEN DEL MIEDO

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OBSERVA CUALQUIER ACTITUD DEFENSIVA que surja en ti. ¿Qué estás defendiendo?: una identidad ilusoria, una imagen mental, una entidad ficticia.

El estado de miedo psicológico está divorciado de cualquier peligro real e inmediato. Puede adoptar diversas formas: desazón, preocupación, ansiedad, nervios, tensión, temor, fobia, etc. El miedo psicológico del que hablamos siempre se refiere a algo que podría ocurrir, no a algo que ya está ocurriendo. Tú estás en el aquí y ahora, mientras que tu mente está en el futuro. Esto crea una brecha de ansiedad. Y si te has identificado con tu mente y has perdido el poder y la simplicidad del ahora, esa brecha de ansiedad será tu constante compañera. Siempre puedes afrontar el momento presente, pero no puedes afrontar algo que sólo es una proyección mental; no puedes afrontar el futuro.

Además, mientras sigas identificándote con tu mente, el ego dirigirá tu vida. Debido a su naturaleza fantasmal, y a pesar de sus elaborados mecanismos de defensa, el ego es muy vulnerable e inseguro, y se siente amenazado constantemente. Por cierto, esto sigue siendo verdadero aunque externamente esté muy seguro. Ahora bien, recuerda que una emoción es la reacción del cuerpo a la mente. ¿Qué mensaje recibe continuamente el cuerpo desde el ego, desde ese falso yo fabricado por la mente?: peligro, estoy amenazado. ¿Y qué emoción genera este mensaje continuo?: miedo, por supuesto.

El miedo parece tener muchas causas: miedo a la pérdida, miedo al fracaso, miedo a que nos hieran, y así sucesivamente; pero, en definitiva, todos los miedos pueden resumirse en el miedo del ego a la muerte, a la aniquilación. Para el ego, la muerte siempre está a la vuelta de la esquina. En este estado de identificación con la mente, el miedo a la muerte afecta a todos los aspectos de tu vida.

Por ejemplo, algo tan aparentemente trivial y «normal» como la necesidad compulsiva de tener razón en una discusión y demostrar que el otro está equivocado —defender la posición mental con la que te has identificado— se debe al miedo a la muerte. Si te identificas con una posición mental y resulta que estás equivocado, tu sentido de identidad, basado en la mente, se sentirá bajo una seria amenaza de aniquilación. Por tanto, tú, como ego, no puedes permitirte estar equivocado. Equivocarse es morir. Esto ha motivado muchas guerras y ha causado la ruptura de innumerables relaciones.

Cuando dejas de identificarte con la mente, el hecho de tener razón o estar equivocado es indiferente para tu sentido de identidad; de modo que esa necesidad compulsiva, apremiante y profundamente inconsciente de tener razón, que es una forma de violencia, deja de estar presente. Puedes expresar cómo te sientes y lo que piensas con claridad y firmeza, pero tal expresión no estará teñida de agresividad ni actitud defensiva. Tu sentido de identidad deriva entonces de un lugar más profundo y verdadero dentro de ti, no de la mente.

OBSERVA CUALQUIER ACTITUD DEFENSIVA que surja en ti. ¿Qué estás defendiendo?: una identidad ilusoria, una imagen mental, una entidad ficticia. Haciendo consciente este patrón y observándolo, puedes romper la identificación con él. El patrón inconsciente comenzará a disolverse rápidamente a la luz de tu conciencia.

Este es el final de todas las discusiones y juegos de poder, que son tan corrosivos para las relaciones. El poder sobre los demás es debilidad disfrazada de fuerza. El verdadero poder está dentro, y está a tu disposición ahora.

La mente siempre trata de negar el ahora y de escapar de él. En otras palabras: cuanto más te identificas con tu mente, más sufres. O puedes decirlo de este otro modo: cuanto más capaz seas de valorar y aceptar el ahora, más libre estarás del dolor y del sufrimiento, más libre de la mente egotista.

Si no deseas crear más dolor para ti mismo ni para los demás, si no quieres añadir más dolor al residuo del pasado que aún vive en ti, no crees más tiempo, o crea el imprescindible para gestionar los aspectos prácticos de la vida. ¿Cómo dejar de crear tiempo?

DATE CUENTA INEQUÍVOCAMENTE DE QUE EL MOMENTO PRESENTE es lo único que tienes. Haz del ahora el  centro fundamental de tu vida. Si antes vivías en el tiempo y hacías breves visitas al ahora, establece tu residencia habitual en el ahora y haz breves visitas al pasado y al futuro cuando tengas que resolver los asuntos prácticos de tu vida.

Di siempre «sí» al momento presente.

***

ACABA CON LA ILUSIÓN DEL TIEMPO

La clave es ésta: acaba con la ilusión del tiempo. Tiempo y mente son inseparables. Retira el tiempo de la mente y ésta se para, a menos que elijas usarla.

Estar identificado con la mente es estar atrapado en el tiempo: vives de forma compulsiva y, casi exclusivamente, mediante el recuerdo y la anticipación. Esto produce una preocupación interminable por el pasado y el futuro, y una falta de disposición a honrar y reconocer el momento presente y permitir que sea. La compulsión surge porque el pasado te da una identidad y el futuro contiene una promesa de salvación, de una realización de algún tipo. Ambas son ilusiones.

Cuanto más te enfocas en el tiempo —pasado y futuro— más pierdes el ahora, lo más precioso que hay.

¿Por qué es lo más precioso? En primer lugar, porque es lo único que hay. Es todo lo que hay. El eterno presente es el espacio dentro del que se despliega tu vida, el único factor que permanece constante. La vida es ahora. No ha habido nunca un momento en que tu vida no fuera ahora, ni lo habrá jamás. En segundo lugar, el ahora es el único punto que puede llevarte más allá de los limitados confines de la mente. Es tu único punto de acceso al reino informe e intemporal del Ser.

¿Has experimentado, hecho, pensado o sentido algo fuera del momento presente? ¿Piensas que lo harás alguna vez? ¿Es posible que algo ocurra o sea fuera del ahora? La respuesta es evidente, ¿no es cierto?

Nada ocurrió nunca en el pasado; ocurrió en el ahora. Nada ocurrirá nunca en el futuro; ocurrirá en el ahora.

La esencia de lo que estoy diciendo aquí no puede entenderse mentalmente. En el momento que lo entiendes, se produce un cambio de conciencia de la mente al Ser, del tiempo a la presencia. De  repente, todo se vivifica, irradia energía, emana Ser.

Eckhart Tolle

 

Eckhart Tolle

Avenged Sevenfold – Warmness On The Soul

¿Qué es el “yo”? Una investigación sobre la constitución y la disolución del “yo”

Ser integralmente inteligente significa ser sin “yo”.  ¿Es ello posible?

¿Sabemos qué entendemos por el “yo”? Por ello entiendo la idea, el recuerdo, la conclusión, la experiencia, las diversas formas de intenciones nombrables o innominables, el constante empeño por ser o por no ser, la memoria acumulada de lo inconsciente: lo racial, el grupo, lo individual, el clan y la totalidad de tales cosas, ya sea proyectada hacia afuera en acción, o proyectada espiritualmente como virtud. El esforzarse por todo eso es el “yo”. En ello se incluye la rivalidad, el deseo de ser. El proceso íntegro de todo eso es el “yo”; y realmente sabemos, cuando nos enfrentamos con ello, que es cosa maligna. Empleo la palabra “maligna” intencionalmente, porque el “yo” es causa de división, el “yo” nos encierra en nosotros mismos; sus actividades, por nobles que sean, son separativas y aisladoras. Esto lo sabemos. También sabemos que son extraordinarios los momentos en que el “yo” no está presente, en que no hay sensación de empeño, de esfuerzo, lo que ocurre cuando hay amor.

Paréceme importante comprender como la experiencia fortalece el “yo”. Si somos serios, deberíamos comprender este problema de la experiencia. Ahora bien, ¿qué entendemos por experiencia? En todo momento tenemos experiencias, impresiones; y esas impresiones las interpretamos, y reaccionamos ante ellas; o actuamos de acuerdo con esas impresiones; somos calculadores, astutos, y lo demás. Hay constante influencia reciproca entre lo que se ve objetivamente y nuestra reacción ante ello, y acción recíproca entre lo consciente y los recuerdos de lo inconsciente.

Conforme a mis recuerdos, reacciono ante cualquier cosa que veo, ante cualquier cosa que siento. En este proceso de reaccionar ante lo que veo, lo que siento, lo que sé, lo que creo, la experiencia se va produciendo. ¿No es así? La reacción ante la respuesta de algo visto, es experiencia. Cuando os veo, reacciono; el nombrar esa reacción es experiencia. Si no la nombro, esa reacción no es una experiencia. Observad vuestras propias respuestas y lo que ocurre en torno vuestro. No hay experiencia a menos que al mismo tiempo se desarrolle un proceso de nombrar. Si no os reconozco, ¿cómo puedo tener la experiencia de veros? Ello suena sencillo y correcto. ¿No es un hecho? Esto es, si no reacciono ante vosotros según mis recuerdos, según mi condicionamiento, según mis prejuicios, ¿cómo puedo saber que he tenido una experiencia?

Está luego la proyección de diversos deseos. Deseo estar protegido, tener seguridad interior; o deseo tener un Maestro, un guía espiritual, un instructor, un Dios; y experimento aquello que he proyectado. Es decir, he proyectado un deseo que ha tomado una forma, al cual le he dado un nombre; ante eso reacciono. Es mi proyección. Es mi nominación. Ese deseo que me brinda una experiencia, me hace decir: “he experimentado”, “me he encontrado con el Maestro”, o bien “no he encontrado al Maestro”. Ya conocéis todo el proceso de nombrar una experiencia. El deseo es lo que llamáis “una experiencia”. ¿No es cierto?

Cuando deseo el silencio de la mente, ¿qué es lo que ocurre?, ¿qué sucede? Veo la importancia de tener una mente silenciosa, una mente quieta, por diversas razones: porque eso lo han dicho los Upanishads, las escrituras religiosas, los santos; y, ocasionalmente, yo mismo siento lo bueno que es estar tranquilo, pues mi mente parlotea demasiado todo el día. Por momentos siento lo bello, lo agradable que es tener una mente apacible, una mente silenciosa. El deseo es experimentar el silencio. Yo deseo tener una mente silenciosa, y entonces pregunto “¿cómo lograrla?” Conozco lo que este o aquel libro dice acerca de la meditación y las diversas formas de disciplina. Así por la disciplina busco experimentar el silencio. El “yo”, por eso, se instala en la experiencia del silencio.

Quiero comprender qué es la Verdad; ese es mi deseo, mi anhelo. Luego está mi proyección de lo que considero a que es la verdad, porque he leído mucho al respecto, he oído hablar de ella a mucha gente; las escrituras religiosas la han descrito. Deseo todo eso. ¿Qué ocurre? La misma demanda, el deseo mismo, es proyectado; y experimento porque reconozco ese estado proyectado. Lo reconozco y lo experimento. Esa experiencia da vigor al “sí mismo”, al “yo”. ¿No es así? De suerte que el “yo” se atrinchera en la experiencia. Entonces decís “yo sé”, “el Maestro existe”, “hay Dios” o “no hay Dios”; decís que un determinado sistema político es justo y los otros no lo son.

La experiencia, pues, está siempre fortaleciendo el “yo”. Cuanto más atrincherados estáis en vuestra experiencia, tanto más se fortalece el “yo”. Como resultado de esto, tenéis cierta fuerza de carácter, de conocimiento, de creencia, de lo que hacéis gala ante otras personas porque sabéis que no son tan avisados como vosotros, y porque vosotros tenéis el don de la pluma o de la palabra y sois astutos. Es porque el “yo” sigue actuando que vuestras creencias, vuestros Maestros, vuestras castas, vuestro sistema económico, son un proceso de aislamiento, y por lo tanto todo ello trae contienda. Si en vosotros hay alguna seriedad o fervor al respecto, debéis disolver este centro completamente, y no justificarlo. Es por eso que debemos comprender el proceso de la experiencia.

¿Es posible que la mente, que el “yo”, no proyecte, no desee, no experimente? Vemos que todas las experiencias del “yo” son una negación, una destrucción; y, sin embargo, a las mismas les llamamos “acción positiva”. ¿No es así? Eso es lo que llamamos “modo positivo de vida”. Deshacer todo ese proceso es lo que llamáis negación. ¿Tenéis razón en eso? ¿Podemos nosotros ‑vosotros y yo como individuos- ir a la raíz de ello y comprender el proceso del “yo”? Ahora bien, ¿qué es lo que produce la disolución del “yo”? Grupos religiosos y otros han propuesto la identificación. ¿No es cierto? “Identificaos con algo más grande, y el ‘yo’ desaparece”; eso es lo que ellos dicen. Sin duda, la identificación sigue siendo el proceso del “yo”; lo más grande es simplemente la proyección del “yo”, que yo experimento y que por tanto fortalece el “yo”.

Todas las diversas formas de disciplina, creencias y conocimiento, sólo fortalecen el “yo”. ¿Podemos encontrar un elemento que disolverá el “yo”? ¿O es esa una pregunta impropia? Eso es lo que en el fondo queremos. Queremos encontrar algo que disuelva el “yo”. ¿No es cierto? Creemos que hay diversas formas de hallar eso: identificación, creencias, y lo demás. Pero todas ellas están al mismo nivel, una no es superior a la otra, porque todas ellas son igualmente poderosas para fortalecer el “sí mismo”, el “yo”. Veo ahora el “yo” dondequiera funcione, y veo sus fuerzas y energía destructivas. Sea cual fuere el nombre que le deis, él es una fuerza aisladora, destructiva; y deseo hallar una manera de disolverlo. Debéis haberos dicho esto a vosotros mismos: “veo que el ‘yo’ funciona todo el tiempo, y que siempre trae ansiedad, miedo, frustración, desesperación, desdicha, no sólo a mí mismo sino a cuantos me rodean; ¿es posible que ese ‘yo’ sea disuelto, no parcial sino completamente?” ¿Podemos ir hasta la raíz de él y destruirlo? Ese es el único modo de actuar ¿no es así? No deseo ser parcialmente inteligente sino inteligente de un modo integral. La mayoría de nosotros somos inteligentes por capas; vosotros probablemente en un sentido, y yo en algún otro. Algunos de vosotros sois inteligentes en vuestros negocios, otros en vuestro trabajo de oficina, y lo demás. La gente es inteligente de diferentes maneras; pero no lo somos integralmente. Ser integralmente inteligente significa ser sin “yo”. ¿Es ello posible?

¿Es posible que el “yo” esté completamente ausente ahora? Sabéis que sí es posible. ¿Cuáles son los ingredientes, los requisitos necesarios? ¿Cuál es el elemento que produce eso? ¿Puedo encontrarlo? Cuando hago la pregunta “¿puedo encontrarlo?”, estoy sin duda convencido de que ello es posible. Ya he creado una experiencia en la que el “yo” va a ser fortalecido. ¿No es así? La comprensión del “yo” requiere gran dosis de inteligencia, gran dosis de desvelo, de vigilancia, incesante observación, para que él no se escabulla. Yo, que soy muy serio, quiero disolver el “yo”. Cuando digo eso, sé que es posible disolver el “yo”. En el momento en que digo “quiero disolver esto”, en ello existe aún la experiencia del “yo”, y así el “yo” se fortalece. ¿Cómo será posible, pues, que el “yo” no experimente? Uno puede ver que la acción creadora no es en absoluto la experiencia del “yo”. Hay creación cuando el “yo” no está presente; porque la creación no es intelectual, no es de la mente, no es autoproyectada, es algo que está más allá de toda experiencia, como lo sabemos. ¿Es posible que la mente esté del todo quieta, en un estado de no reconocimiento, es decir, de no experiencia; que se halle en un estado en el que la creación pueda ocurrir, lo que significa que el “yo” no está ahí, que el “yo” está ausente? El problema es ése. ¿No es cierto? Cualquier movimiento de la mente, positivo o negativo, es una experiencia que realmente fortalece el “yo”. ¿Es posible para la mente no reconocer? Eso puede ocurrir tan sólo cuando hay completo silencio, mas no el silencio que es una experiencia del “yo” y que por lo tanto lo fortalece.

¿Hay una entidad aparte del “yo”, que mire al “yo”, y lo disuelva? ¿Existe una entidad espiritual que desaloje al “yo” y lo destruya, que haga caso omiso de él? Creemos que la hay. ¿No es así? La mayoría de las personas religiosas cree que existe tal elemento. El materialista dice “es imposible que el ‘yo’ sea destruido; sólo puede ser condicionado y restringido ‑en lo político, en lo económico y en lo social-; podemos sujetarlo firmemente dentro de cierto molde y podemos dominarlo; y por lo tanto se puede hacer que lleve una vida elevada, una vida moral y que no se ocupe en otra cosa que en seguir la norma social y funcionar como simple máquina”. Eso lo sabemos. Hay otras personas, las llamadas “religiosas” ‑no son realmente religiosas, aunque así las llamemos- que dicen: “Fundamentalmente, tal elemento existe. Si podemos ponernos en contacto con él, él disolverá el ‘yo’”.

¿Existe tal elemento para disolver el “yo”? Ved, por favor, lo que estamos haciendo. Sólo estamos arrinconando forzadamente al “yo”. Si permitís que se os arrincone forzadamente, veréis lo que habrá de ocurrir. Desearíamos que hubiese un elemento atemporal que no pertenezca al “yo”, y que ‑así lo esperamos- venga para interceder y destruir el “yo”, y al que llamamos Dios. Ahora bien, ¿hay cosa tal que la mente pueda concebir? Podrá o no haberla; no se trata de eso. Cuando la mente busca un estado atemporal y espiritual que entrará en acción para destruir el “yo”, ¿no es esa otra forma de experiencia que fortalece el “yo”? Cuando creéis, ¿no es eso lo que realmente ocurre? Cuando creéis que existe la verdad, Dios, un estado atemporal, la inmortalidad, ¿no es ese el proceso de fortalecimiento del “yo”? El “yo” ha proyectado esa cosa que, según sentís y creéis, vendrá a destruir el “yo”. Habiendo, pues, proyectado esa idea de continuación en un estado atemporal como entidad espiritual, tenéis experiencia; y tal experiencia no hará sino fortalecer el “yo”. ¿Qué habréis hecho por lo tanto? No habréis destruido realmente el “yo” sino que le habréis dado un nombre diferente, una cualidad diferente; el “yo” seguirá estando así, porque la habréis experimentado. De suerte que nuestra acción, desde el comienzo hasta el fin, es la misma acción; sólo que nosotros creemos que ella evoluciona, crece, se vuelve más y más bella; pero, si lo observáis, interiormente, es la misma acción que prosigue, el mismo “yo” que funciona en diferentes niveles con diferentes rótulos, con diferentes nombres.

Cuando veis todo el proceso, las astutas y extraordinarias invenciones del “yo”, su inteligencia, cómo se encubre mediante la identificación, mediante la virtud, mediante la experiencia, mediante la creencia, mediante el conocimiento; cuando veis que os estáis moviendo en un círculo, en una jaula que él mismo fabrica, ¿qué sucede? Cuando os dais cuenta de ello, cuando tenéis pleno conocimiento de ello, ¿no estáis entonces extraordinariamente quietos? Y no por compulsión, ni mediante recompensa alguna, ni por ningún temor. Cuando reconocéis que todo movimiento de la mente es tan sólo una forma de fortalecimiento del “yo”, cuando observáis eso y lo veis, cuando os dais completamente cuenta de eso en la acción, cuando llegáis a ese punto ‑no de un modo ideológico, verbal; ni por experiencia proyectada, sino cuando estáis realmente en ese estado-, entonces veréis que, estando la mente del todo quieta, ella no tiene el poder de crear. Cualquier cosa creada por la mente, lo es en un círculo, dentro del ámbito del “yo”. Cuando la mente es no creadora, hay creación, lo cual no es un proceso reconocible.

La realidad, la verdad, no ha de ser reconocida. Para que la verdad advenga, la creencia, el conocimiento, la experiencia, el perseguir la virtud ‑todo eso debe desaparecer. La persona virtuosa que tiene conciencia de perseguir la virtud, jamás podrá encontrar la realidad. Podrá ser una persona muy decente; eso es enteramente diferente del hombre que vive la verdad, del hombre que comprende. En el hombre que vive la verdad, la verdad se ha manifestado. Un hombre virtuoso es un hombre justo, y un hombre justo jamás podrá comprender qué es la verdad; porque la virtud, para él, es el encubrimiento del “yo”, el fortalecimiento del “yo”, porque él persigue la virtud. Cuando él dice “debo ser sin codicia”, el estado de no codicia que él experimenta fortalece el “yo”. Es por eso que es tan importante ser pobre, no sólo en las cosas del mundo sino también en creencia y en conocimiento. Un hombre rico en bienes materiales, o un hombre rico en conocimientos y en creencias, jamás conocerá otra cosa que la oscuridad, y será el centro de todo daño y miseria.

Mas si vosotros y yo, como individuos, podemos ver todo este funcionamiento del “yo”, entonces sabremos qué es el amor. Os aseguro que esa es la única reforma que pueda posiblemente cambiar el mundo. El amor no es del “yo”. El “yo” no puede reconocer el amor. Decís “yo amo”; pero entonces, en el decirlo y en la experiencia misma de ello, no hay amor. Mas cuando conocéis el amor, no hay “yo”. Cuando hay amor, no hay “yo”.

Krishnamurti

¿Cómo puedo darme cuenta en realidad del miedo sutil que siento dentro de mí?

Haciéndose amigo de los sentimientos

El único problema con la tristeza, la desesperación, el miedo, el enojo, la desesperanza, la ansiedad, la angustia, la aflicción, es que te quieres deshacer de ellos. Ésa es la única barrera.

Tendrás que vivir con ellos. No puedes simplemente escapar. Son precisamente la situación en la que la vida tiene que integrarse y crecer. Son los desafíos de la vida. Acéptalos. Son bendiciones disfrazadas. Si quieres escapar de ellos, si de alguna manera te quieres librar de ellos, entonces surge un problema, porque si te quieres librar de algo, nunca lo miras directamente y entonces eso mismo empieza a esconderse porque lo estás condenando. Entonces eso va cada vez más profundo dentro del inconsciente, se esconde en el rincón más oscuro de tu ser en donde no puedes encontrarlo. Se dirige hacia el sótano de tu ser y se esconde ahí. Y, por supuesto, mientras más profundo va, más problemas causa, porque entonces comienza a funcionar desde rincones desconocidos de tu ser y tú estás completamente indefenso.

Así que lo primero es: nunca reprimas. Lo primero es: Acéptalo y deja que llegue, deja que llegue frente a ti. De hecho, simplemente el decir “No lo reprimas” no es suficiente. Si me lo permites, me gustaría decir, “Hazte su amigo.” Si te resulta difícil, también puedes decir “acepto que no acepto”.

¿Sientes tristeza? Hazte su amigo. Ten compasión de ella. La tristeza también tiene su ser. Permítela, abrázala; siéntate con ella, dale la mano. Sé amigable. Enamórate de ella. ¡La tristeza es hermosa! No hay nada malo en ella. ¿Quién te dijo que es malo estar triste? De hecho, solamente la tristeza te da profundidad. La risa es superficial; la alegría está al nivel de la piel. La tristeza llega hasta los huesos, a la médula. Nada llega tan profundo como la tristeza.

Así que no te preocupes. Quédate con la tristeza y ella te llevará hasta lo más profundo de tu ser. Puedes pasear con ella y podrás conocer algunas cosas sobre tu ser que nunca antes habías conocido. Esas cosas sólo pueden ser reveladas estando triste, nunca pueden ser reveladas en la alegría. La oscuridad también es buena y también es divina.

La persona que puede estar pacientemente triste, de repente se encuentra con que una mañana la felicidad está surgiendo en su corazón desde una fuente desconocida. Esa fuente desconocida es la existencia. Te lo has ganado si has estado realmente triste, si has estado realmente desesperanzado, desesperado, infeliz, afligido, si has vivido en el infierno, te has ganado el cielo. Has pagado el precio.

Confronta la vida. Encuentra la vida. Habrá momentos difíciles, pero un día verás que esos momentos difíciles te han dado fuerza porque has salido a su encuentro. Así tenía que ser. Esos momentos difíciles son arduos cuando estás pasando por ellos, pero más tarde te darás cuenta que te han vuelto más integrado. Sin ellos nunca podrías haber estado centrado, con los pies en la tierra.

Permite que la expresión sea una de las reglas más importantes de tu vida. Aunque tengas que sufrir por ello, sufre. Nunca serás un perdedor. Ese sufrimiento te hará cada vez más capaz de gozar de la vida, de regocijarte con la vida.

El Arte de Morir

Osho

Art Gallery by mari_e17
Fotografías cedidas por Elena (México):
http://www.renderosity.com/mod/gallery/browse.php?username=mari_e17

¿Qué Es El Amor? no voy a fingir con mi mujer que la amo. No sé qué es el amor…

heresheis08

 Pero si sé que soy celoso y también sé muy bien que estoy terriblemente apegado a ella y que en el apego hay temor, celos, ansiedad; hay un sentido de dependencia.

Me doy cuenta de que el amor no puede existir cuando hay celos; el amor no puede existir cuando hay apego. Ahora bien ¿es posible para mí estar libre de los celos y el apego? Me doy cuenta de que no amo. Eso es un hecho. No voy a engañarme a mí mismo; no voy a fingir con mi mujer que la amo. No sé qué es el amor. Pero si sé que soy celoso y también sé muy bien que estoy terriblemente apegado a ella y que en el apego hay temor, celos, ansiedad; hay un sentido de dependencia. No me gusta depender, pero dependo porque me siento solo; me empujan por todos lados, en la oficina, en la fábrica, y vengo a mi casa y quiero sentirme cómodo y en compañía, deseo escapar de mí mismo. Ahora me pregunto: ¿Cómo he de liberarme de este apego? Tomo eso sólo como un ejemplo.

En primer lugar, quiero zafarme del problema. No sé cómo van a terminar las cosas con mi mujer. Cuando esté realmente desapegado de ella, mi relación con ella puede cambiar. Ella podría apegarse a mí y yo podría no estar apegado a ella ni a ninguna otra mujer. Pero voy a investigar. Por lo tanto, no escaparé de lo que imagino podría ser la consecuencia de estar totalmente libre de apego. No sé qué es el amor, pero veo muy claramente, definitivamente sin ninguna duda, que el apego hacia mi mujer; significa celos posesión, miedo, ansiedad; y deseo liberarme de todo eso. De modo que empiezo a investigar; busco un método quedo preso en un sistema. Cierto gurú dice: « Te ayudaré a desapegarte, haz esto y esto, practica esto y aquello». Acepto lo que él dice porque veo la importancia de estar libre, y él me promete que si hago lo que aconseja seré recompensado. Pero veo que de ese modo estoy buscando una recompensa. Veo lo tonto que soy: quiero ser libre y me apego a una recompensa.

No deseo estar apegado y, no obstante, me encuentro apegado a la idea de que alguien o algún libro o algún método me recompensará librándome del apego. Por consiguiente, la recompensa se convierte en un apego. Así que digo: «Mira lo que has hecho; sé cuidadoso, no quedes preso en esa trampa». Ya sea que se trate de una mujer, de un método o de una idea, eso sigue siendo apego. Ahora estoy muy alerta porque he aprendido algo, o sea, no canjear el apego por alguna otra cosa que sigue siendo apego.

Me pregunto: « ¿Qué debo hacer para liberarme del apego?». ¿Cuál es mi motivo para querer estar libre del apego? ¿No es que anhelo alcanzar un estado donde no haya apego ni temor ni nada de eso? Y súbitamente me doy cuenta de que el motivo imprime una dirección y que esa dirección dictará mi libertad. ¿Por qué tener un motivo? ¿Qué es el motivo? Un motivo es una esperanza o un deseo de lograr algo. Veo que estoy apegado a un motivo. ¡No sólo mi esposa, no sólo mi idea, no sólo el método que también el motivo se ha convertido en mi apego!

De modo que todo el tiempo estoy funcionando dentro del campo del apego: la esposa, el método y el motivo de lograr algo en el futuro. Estoy apegado a todo esto. Veo que es algo tremendamente complejo; no me había dado cuenta que estar libre del apego implicaba todas estas cosas.

Ahora lo veo tan claramente como veo en un mapa las carreteras principales, las carreteras secundarias y los poblados; lo veo con mucha claridad. Entonces me digo: «Y bien, ¿es posible para mi estar libre del gran apego que siento por mi esposa y también estar libre de la recompensa que pienso voy a obtener, así como de mi motivo?»

Estoy apegado a todo esto. ¿Por qué?

¿Es porque en mí mismo soy insuficiente?

¿Es porque me siento muy, muy solo y por eso busco escapar de la sensación de aislamiento recurriendo a una mujer, una idea, un motivo, como si tuviera que aferrarme a algo? Veo que es así, que me siento solo y que mediante el apego, escapo hacia alguna cosa huyendo de esa sensación de extraordinario aislamiento.

Estoy, pues, interesado en comprender la razón de que me sienta solo, porque veo que eso es lo que hace que me apegue. Esa soledad me ha obligado a escapar, mediante el apego, hacia esto o aquello, y veo que, mientras prosiga ese sentimiento, la consecuencia será siempre ésta.

¿Qué significa sentirse solo? ¿Cómo ocurre?

¿Es algo instintivo, heredado, o se origina en mi actividad diaria?

Si es un instinto, si es heredado, entonces forma parte de mi destino; no tengo la culpa. Pero como no acepto esto, lo cuestiono y permanezco con la pregunta. Observo y no trato de encontrar una respuesta intelectual. No trato de decirle a la soledad lo que es o lo que debería hacer; observo para que ella me lo diga. Hay un estado de atenta vigilancia a fin de que la soledad se revele por sí misma. No se revelará si escapo, si tengo miedo, si la resisto. Por lo tanto, la observo. La observo de modo que no interfiera ningún pensamiento.

La observación es mucho más importante que la intervención del pensamiento. Y, gracias a que toda mi energía se interesa en la observación de esa soledad, el pensamiento no interviene en absoluto. La mente es retada y tiene que responder. Debido al reto está en crisis. En una crisis uno tiene una gran energía, y esa energía permanece sin ser interferida por el pensamiento. Éste es un reto al que debo responder.

Me puse a dialogar conmigo mismo. Me pregunté qué es esta cosa extraña llamada amor; todos hablan de ella, escriben acerca de ella; lo hacen todos los poemas románticos, las pinturas, el sexo y todas las otras áreas que abarca. Pregunto: ¿Existe una cosa como el amor? Veo que no existe cuando hay celos, odio, miedo. De modo que ya no me ocupo del amor; me intereso en “lo que es”, en mi miedo, en mi apego. ¿Por qué estoy apegado? Veo que una de las razones -no digo que sea toda la razón- es que me siento desesperadamente solo, aislado. Cuanto más envejezco más aislado me voy sintiendo. Por consiguiente, observo eso. Éste es un reto que me impulsa a descubrir y, debido a que es un reto, toda la energía se concentra ahí para responder. Es algo sencillo. Si hay alguna catástrofe, un accidente o lo que fuere, eso es un reto y tengo la energía para afrontarlo. No tengo que preguntar: “¿Cómo obtengo esta energía?” Cuando la casa se quema tengo la energía para entrar en acción, una energía extraordinaria. No me siento y digo: «Bueno, tengo que lograr esta energía» y me quedo esperando; para entonces se habrá quemado toda la casa.

Así pues, tengo esta energía tremenda para responder a la pregunta: ¿Por qué existe este sentimiento de soledad? He rechazado ideas, suposiciones y teorías acerca de que se trata de algo heredado, instintivo. Todo eso no significa nada para mí. La soledad es “lo que es”. ¿Por qué existe esta soledad que todo ser humano, si es de algún modo consciente, experimenta ya sea de manera superficial o más profunda?

¿Por qué se manifiesta?

¿Es que la mente hace algo que ocasiona esta soledad?

He rechazado teorías como el instinto y la herencia, y me pregunto:

¿Es la mente, es el cerebro mismo el que produce este sentimiento de soledad, este aislamiento total? ¿Es el movimiento del pensar el que hace esto, el que crea en mi vida cotidiana este sentido de aislamiento?

En la oficina me aíslo porque quiero llegar a ser el máximo ejecutivo; por lo tanto, el pensamiento trabaja todo el tiempo aislándose en sí mismo. Veo que el pensamiento opera permanentemente para hacerse superior, que la mente misma induce con su actividad este aislamiento.

Así que el problema es: ¿Por qué hace esto el pensamiento?

¿Es su naturaleza trabajar para sí mismo?

¿Es la naturaleza del pensar crear este aislamiento? Es la educación la que lo origina, esta me da una carrera, cierta especialización y, por consiguiente aislamiento. El pensamiento, siendo fragmentario, limitado, estando atado al tiempo, crea este aislamiento. En esa limitación ha encontrado la seguridad diciendo: «Tengo una profesión especial en mi vida, soy un profesor; estoy perfectamente seguro». En consecuencia, me interesa saber por qué hace esto el pensamiento. ¿Está en su naturaleza misma obrar así? Cualquier cosa que haga el pensamiento tiene que ser limitada.

El problema es, entonces: ¿Puede el pensamiento darse cuenta de que cualquier cosa que hace es limitada, fragmentaria y, en consecuencia, aisladora, y que todo lo que haga será siempre así? Éste es un punto muy importante: ¿Puede el pensamiento mismo darse cuenta de sus propias limitaciones? ¿O soy yo el que le dice qué es limitado? Veo que es indispensable que esto se comprenda, ya que es la verdadera esencia de la cuestión. Si el propio pensamiento se da cuenta de que es limitado, entonces no hay resistencia ni conflicto; dice: «Eso es lo que soy». Pero si yo le digo que es limitado, me estoy separando de la limitación. Entonces lucho para superar la limitación; por consiguiente, hay conflicto y violencia, no amor.

Entonces ¿se da cuenta el pensamiento mismo de que es limitado? Tengo que descubrirlo. Esto es un reto al que me enfrento. A causa de que me enfrento a un reto, tengo una gran energía. Expresado de otra forma: ¿Se da cuenta la conciencia de que su contenido es ella misma? ¿O he oído a otro decir: «La conciencia es su contenido; el contenido compone la conciencia»? Por lo tanto, digo: «Sí, es así». ¿Veo la diferencia entre lo uno y lo otro? Lo segundo, creado por el pensamiento, es impuesto por el “yo”. Si yo impongo algo sobre el pensamiento, hay conflicto. Es como un gobierno tiránico imponiéndose sobre alguien, pero aquí ese gobierno es de mi propia creación.

Me pregunto, pues: ¿Se ha dado cuenta el pensamiento de sus propias limitaciones? ¿O pretende ser algo extraordinario, noble, divino? Esto es un disparate, porque el pensamiento se basa en la memoria. Veo que tiene que haber claridad acerca de este punto, o sea, que no hay una influencia externa que se imponga sobre el pensamiento diciendo que es limitado. Entonces, debido a que no hay imposición, no hay conflicto; el pensamiento comprende, simplemente, que es limitado, se da cuenta de que cualquier- rendir culto a Dios, etc.- es limitado, vulgar, insignificante, aun cuando haya creado por toda Europa maravillosas catedrales donde poder adorar.

He descubierto, pues, en esta conversación conmigo mismo, que la soledad es creada por el pensamiento. Ahora el pensamiento se ha dado cuenta, por sí mismo, de que es limitado y que, por lo tanto, no puede resolver el problema de la soledad. Como no puede resolver el problema de la soledad, ¿existe la soledad? El pensar ha creado este sentimiento de soledad, este vacío interno, a causa de que es limitado, fragmentario, de que está dividido; y cuando se da cuenta de esto, la soledad no existe y, por lo tanto, estoy libre del apego. No he hecho nada; he observado el apego y lo que implica: la codicia, el miedo, la soledad, todo eso, y siguiéndole la pista, observándolo, no analizándolo sino simplemente mirando, mirando y mirando, he descubierto que el pensamiento ha hecho todo esto. El pensamiento, por ser fragmentario, ha creado este apego. Cuando se da cuenta, el apego se termina. No ha habido ningún esfuerzo, porque tan pronto hay esfuerzo el conflicto regresa nuevamente.

En el amor no hay apego; si hay apego no hay amor. Se ha eliminado el factor principal mediante la negación de lo que el amor no es, mediante la negación del apego. Sé lo que eso significa en mi vida cotidiana: no recordar nada de lo que mi vecino, mi esposa o mi novia hicieron para lastimarme; no apegarme a ninguna imagen que el pensamiento haya creado con respecto a mi esposa, cómo me ha intimidado, cómo me ha brindado consuelo, cómo he tenido con ella placer sexual, todas las distintas cosas de las que el movimiento del pensar ha elaborado imágenes; el apego a esas imágenes ha desaparecido.

Y existen otros factores. ¿Debo examinarlos todos, paso a paso, uno por uno? ¿O todo eso se ha desvanecido? ¿Debo examinar cuidadosamente, investigar -como he investigado el apego- el temor, el placer y el deseo de consuelo? Veo que no tengo que pasar por la investigación completa de todos estos diversos factores; lo veo de una sola mirada, lo he captado.

Por consiguiente, al negar lo que no es el amor, el amor existe. No tengo que preguntar qué es el amor. No tengo que correr tras él. Si corro tras él, eso no es amor, es una recompensa. Habiendo, pues, negado en esa investigación todo lo que no es amor, habiendo terminado con ello lenta y cuidadosamente, sin distorsión ni ilusión alguna, entonces lo otro está ahí.

KRISHNAMURTI

A menudo siento pánico, y me preocupa que pueda enloquecer

Sólo hazte a un lado, deja que pase la mente

  “Lo básico que debe ser entendido es que tú no eres la mente — ni la brillante ni la oscura. Si te identificas con la parte hermosa, después es imposible desidentificarte de la parte fea; son dos caras de la misma moneda. Tú puedes tenerla entera, o puedes desecharla entera, pero no puedes dividirla.

“Toda la ansiedad del hombre es que quiere elegir lo que parece hermoso, brillante; quiere elegir todos los resquicios de esperanza, dejando atrás la nube oscura. Pero no sabe que los resquicios de esperanza no pueden existir sin la nube oscura. La nube oscura es el fondo, absolutamente necesario para que se vean los resquicios de esperanza.

“Elegir es ansiedad.

“Elegir es crearte problemas.

“No elegir significa: la mente está allí y tiene un lado oscuro y tiene un lado brillante — ¿qué con eso? ¿Qué tiene que ver contigo? ¿Por qué deberías preocuparte por ello?

 

“En el momento en que no estás eligiendo, toda la preocupación desaparece. Surge una gran aceptación, de que es así como la mente tiene que ser, ésta es la naturaleza de la mente — y no es tu problema, porque tú no eres la mente. Si tú fueras la mente, no habría habido ningún problema. ¿Entonces quién elegiría y quién pensaría en trascender? ¿Y quién intentaría aceptar y entender la aceptación?

“Tú estás separado, totalmente separado.

“Eres solamente un testigo y nada más.

“Pero estás siendo un observador que se identifica con cualquier cosa que encuentra agradable — y se olvida de que lo desagradable está viniendo justo detrás como una sombra. Tú no te preocupas por el lado agradable — te regocijas en él. El problema llega cuando el polo opuesto se impone — entonces te desmoronas.

“Pero tú empezaste todo el problema. Al caer de ser sólo un testigo, te identificas. La historia bíblica de la caída es sólo una ficción. Pero ésta es la verdadera caída — la caída de ser un testigo a identificarse con algo y perder tu consciencia.

 

“Sólo inténtalo de vez en cuando: Permítele a la mente cualquier cosa. Recuerda, tú no eres eso. Y vas a tener una gran sorpresa. A medida que te identificas menos, la mente empieza a volverse menos poderosa, porque su poder viene de la identificación; te chupa la sangre. Pero cuando empiezas a mantenerte apartado y a distancia, la mente empieza a encogerse.

“El día que te encuentras totalmente desidentificado con la mente, aunque sea por un sólo momento, allí está la revelación: la mente muere simplemente; ya no está más allí. Donde estaba tan llena, donde estaba tan de continuo — día y noche, despertando, durmiendo, estaba allí — de repente ya no está allí. Miras a tu alrededor y es vacío, es la nada.

“Y con la mente desaparece el ser. Entonces sólo queda una cierta cualidad de consciencia, sin un ‘Yo’ en ella. A lo mucho puedes llamarla algo similar a ‘soy-edad’, mas no ‘Yo-edad’. Para ser aún más exacto, se trata de una ‘eseidad’ porque incluso en la soy-edad permanece una cierta sombra del ‘Yo’. En el momento en el que sabes que se trata de eseidad, se ha vuelto universal.

 “Con la desaparición de la mente desaparece el ser. Y muchas cosas desaparecen que eran tan importantes para ti, tan molestas para ti. Intentabas solucionarlas y se complicaban cada vez más; todo era un problema, una ansiedad, y parecía que no había salida.

“Te recuerdo la historia de El Ganso está Afuera. Trata de la mente y tu eseidad.

“El maestro le dice al discípulo que medite sobre un koan: Un ganso pequeño es puesto en una botella, alimentado y nutrido. El ganso se va volviendo más y más y más grande, y llena la botella entera. Es demasiado grande ahora; no puede salir por la boca de la botella — la boca es demasiado pequeña. Y el koan es que tú tienen que sacar al ganso sin destruir la botella, sin matar al ganso.

 

“Ahora esto aturde la mente.

 

“¿Qué puedes hacer? El ganso es demasiado grande; no puedes sacarlo a menos que rompas la botella, pero eso no está permitido. O puedes sacarlo matándole; entonces no te importa si sale vivo o muerto. Eso tampoco está permitido. “Día y noche, el discípulo medita, no encuentra ningún camino, piensa de ésta y de aquella manera — pero de hecho no hay manera. Cansado, agotado completamente, una revelación repentina… él entiende de súbito que el maestro no puede estar interesado en la botella y el ganso; ellos deben representar algo más. La botella es la mente, tú eres el ganso… y atestiguando, es posible. Sin estar en la mente, puedes llegar a identificarte tanto con ella que ¡empiezas a sentir que estás en ella!

 

“Él corre hacia al maestro para decir que el ganso está afuera. Y el maestro dice, “Lo has entendido. Ahora manténlo afuera. Nunca ha estado adentro.”

 “Si tú continúas luchando con el ganso y la botella, no hay manera de que lo resuelvas. Es darse cuenta de que, “Debe representar algo más; de lo contrario el maestro no puede dármelo. ¿Y qué puede ser?” — porque toda la función entre el maestro y el discípulo, todo el asunto es sobre la mente y la consciencia.

 “La consciencia es el ganso que no está en la botella de la mente. Pero tú estás creyendo que está en ella y preguntándoles a todos cómo sacarla. Y hay idiotas que te ayudarán, con técnicas, para salir de ella. Los llamo idiotas porque no han entendido absolutamente nada.

 “El ganso está afuera, nunca ha estado adentro, así que la cuestión de sacarlo no surge.

 

“La mente es sólo una procesión de pensamientos pasando frente a ti en la pantalla del cerebro. Tú eres un observador. Pero empiezas a identificarte con las cosas hermosas — ésos son sobornos. Y una vez que quedas atrapado en las cosas hermosas quedas también atrapado en las cosas feas, porque la mente no puede existir sin dualidad.

 “La consciencia no puede existir con dualidad, y la mente no puede existir sin dualidad.

 “La consciencia es no-dual, y la mente es dual. Así que sólo observa. Yo no te enseño ningunas soluciones. Te enseño la solución: Sólo retírate un poco y observa. Crea una distancia entre tú y tu mente.

 “Si es bueno, hermoso, delicioso, algo que te gustaría disfrutar de cerca, o es feo — permanece tan alejado como sea posible. Míralo justamente como mirarías una película…

 “La identificación es la causa raíz de la miseria. Y toda identificación es identificación con la mente.

 “Sólo hazte a un lado, deja que pase la mente.

 “Y pronto podrás ver que no hay problema en lo absoluto — el ganso está afuera. Tú no tienes que romper la botella, no tienes que matar al ganso tampoco.”

 

  OSHO   Más Allá de la Psicología, capítulo 19   

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