CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /XI

Entre 1948 y principios de los años 60, Krishnaji era fácilmente accesible y mucha gente venía a verle. Las relaciones florecían en los paseos, en las entrevistas personales, a través de cartas. Las cartas que siguen las escribió a una joven amiga que llegó a él herida en cuerpo y mente. Escritas entre junio de 1948 y marzo de 1960, revelan una rara compasión y claridad; se despliegan en ella la enseñanza y el poder curativo; desaparecen la separación y la distancia; las palabras fluyen; ni una sola palabra es superflua; la curación y la enseñanza son simultáneas:

Es especialmente difícil, desde el lugar en que uno se encuentra psicológicamente, no desear, no anhelar ciertas cosas, ciertos acontecimientos, no comparar. Cualquiera que sea nuestra condición, los deseos, los anhelos, las comparaciones continúan. Siempre anhelamos más o menos de esto o de aquello, ansiamos continuar con algún placer y evitar el dolor.

Es realmente interesante preguntarse: ¿Por qué la mente crea un centro de sí misma, alrededor del cual se mueve y tiene su existencia? La vida es mil y una influencias, innumerables presiones, conscientes e inconscientes. Entre estas presiones e influencias, escogemos unas y descartamos otras, y así construimos gradualmente un centro. No dejamos que todas estas presiones e influencias pasen junto a nosotros sin afectarnos. Cada presión, cada influencia nos afecta, y el efecto que nos causa decimos que es bueno o malo; no parecemos capaces de observar, de darnos cuenta de la influencia sin tomar parte en ella de uno u otro modo, resistiéndola o acogiéndola. Esta resistencia o esta buena acogida, contribuyen a formar el centro desde el cual actuamos. ¿Puede la mente no crear este centro? La respuesta sólo es posible encontrarla a través de la experimentación, no mediante forma alguna de aceptación o rechazo. Por lo tanto, experimente y descubra. Con la terminación de este centro, existe la verdadera libertad.

   Uno se agita, está ansioso, y a veces asustado. Estas cosas ocurren. Son los accidentes de la vida. La vida es hoy un día nublado. El otro día fue claro y soleado, pero ahora llueve, está nublado y hace frío; este cambio es el inevitable proceso del vivir. La ansiedad, el miedo, de pronto se nos vienen encima; hay causas para ello, ocultas o muy evidentes, y con un poco de percepción uno puede encontrar esas causas. Pero lo importante es darse cuenta de estos sucesos o accidentes y no dejarles que echen raíces, permanentes o temporarias. Uno da raíces a estas reacciones cuando la mente compara, justifica, condena o acepta. Usted sabe, uno tiene que estar internamente despierto todo el tiempo, sin ninguna tensión. La tensión surge cuando deseamos un resultado, y lo que surge vuelve a crear una tensión que también debe eliminarse.  Permítale a la vida que fluya.

Es fatalmente fácil acostumbrarse a cualquier cosa, a cualquier incomodidad, a cualquier frustración, a cualquier satisfacción continua. Uno puede adaptarse a todas las circunstancias, a la demencia o al ascetismo. A la mente le gusta funcionar en surcos, en hábitos, y a esta actividad la llamamos el vivir. Cuando uno ve todo esto rompe con ello y trata de llevar una vida sin amarras, sin intereses personales. Estos intereses, si uno no está muy alerta, nos introducen de vuelta en un patrón de vida. En todo esto verá usted que la voluntad egocéntrica, la directiva, está funcionando la voluntad de ser, de lograr, de devenir, etcétera­. Esa voluntad es el centro personal de la opción, y en tanto exista esa voluntad, la mente sólo puede funcionar dentro de hábitos, ya sea creados por ella misma o impuestos sobre ella.

El verdadero problema es estar libres del ejercicio de la voluntad. Uno puede jugar distintos trucos consigo mismo que está libre de la voluntad, del centro del yo, del escogedor­ pero ello proseguirá bajo un nombre diferente, bajo un pretexto diferente. Cuando uno comprende el verdadero significado del hábito, del acostumbrarse a las cosas, del escoger, del nombrar, del perseguir un interés, etcétera, cuando hay una percepción inteligente de todo esto, entonces ocurre el verdadero milagro, la cesación de la voluntad egocéntrica. Experimente con esto, dese cuenta de esto de instante en instante, sin deseo alguno de llegar a ninguna parte.

El cielo del sur y el cielo del norte son extraordinariamente distintos. Aquí en Londres, para variar, no hay una sola nube en el suave cielo azul, y los altísimos árboles apenas si empiezan a mostrar su verde. La primavera está por comenzar. Aquí es todo sombrío, no se nota alegría en la gente, como ocurre en el sur.

Una mente quieta pero muy alerta, vigilante, es una bendición; es como la tierra, rica y con posibilidades inmensas. Sólo cuando hay una mente así, que no compara, que no condena, sólo entonces es posible que exista esa riqueza que es inmensurable.

No permita que la asfixie el humo de la trivialidad, ni deje que el fuego se apague. Manténgase en movimiento, arrancando, destruyendo, sin echar raíces jamás. No permita que arraigue ningún problema, termine con ellos inmediatamente y despierte cada mañana fresca, joven e inocente…

Sea prudente y definida respecto de su salud; no permita que la emoción y el sentimiento interfieran con su salud ni que empequeñezcan su propia acción. Hay demasiadas influencias y presiones que de manera constante moldean la mente y el corazón; esté alerta a ellas, atraviéselas sin volverse una esclava de ellas. Ser esclavo de algo es ser mediocre. Manténgase despierta, en llamas.

Enfréntese al temor, invítelo, no deje que le sobrevenga súbitamente, inesperadamente; afróntelo de manera constante; persígalo con diligencia y deliberación. No permita que eso la asuste. Profundamente, en lo interno, puede que haya un lento marchitamiento del temor, tal vez no esté usted consciente de ello.

Espero que se encuentre bien y que todo eso no haya dejado cicatrices en usted; probablemente pueda curarse y tras ello proseguiremos.

Con mi máxima simpatía y consideración.

Le saluda afectuosamente,

J. Krishnamurti

CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /XI

Anuncios

CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /IX

   Entre 1948 y principios de los años 60, Krishnaji era fácilmente accesible y mucha gente venía a verle. Las relaciones florecían en los paseos, en las entrevistas personales, a través de cartas. Las cartas que siguen las escribió a una joven amiga que llegó a él herida en cuerpo y mente. Escritas entre junio de 1948 y marzo de 1960, revelan una rara compasión y claridad; se despliegan en ella la enseñanza y el poder curativo; desaparecen la separación y la distancia; las palabras fluyen; ni una sola palabra es superflua; la curación y la enseñanza son simultáneas:

Es una temprana madrugada sin nubes; el cielo es muy puro, suave y azul. Todas las nubes parecen haber desaparecido, pero pueden presentarse otra vez durante el día. Después de este frío, del viento y la lluvia, de nuevo estallará la primavera. Esta ha estado prosiguiendo suavemente a pesar de los fuertes vientos, pero ahora cada hoja, cada retoño, se regocijarán. ¡Qué cosa tan bella es la tierra! ¡Qué hermoso es todo lo que brota de ella las rocas, los torrentes, los árboles, la hierba, las flores, las infinitas cosas que produce­! Sólo el hombre genera aflicción, sólo él destruye su propia especie; sólo él explota a su prójimo, tiraniza y mata. Es el más desdichado y sufriente, el más inventivo, y el conquistador del tiempo y del espacio. Pero con todas sus capacidades, a pesar de sus hermosos templos e iglesias, de sus mezquitas y catedrales, vive sumido en su propia oscuridad. Sus dioses son sus propios miedos, y sus amores sus propios odios. ¡Qué mundo maravilloso podríamos hacer de éste, sin nuestras guerras, sin nuestros miedos! Pero de qué sirve la especulación, no sirve de nada.

Lo real es el descontento del hombre, el inevitable descontento. Es una cosa preciosa, una joya de gran valor. Pero uno le tiene miedo, lo disipa, lo utiliza o permite que se lo utilice para producir ciertos resultados. El hombre le teme al descontento, pero éste es una joya preciosa que él no valora. Viva con el descontento, obsérvelo día tras día sin interferir con sus movimientos; entonces es como una llama que quema todas las impurezas, dejando aquello que no tiene morada ni medida. Lea muy atentamente todo esto.

El hombre rico tiene más que suficiente, y el pobre pasa hambre y durante toda su vida no hace otra cosa que buscar comida, esforzarse y trabajar. Uno que nada posee, hace de su vida o permite que la vida haga de sí misma algo precioso, creativo; y otro, que posee todas las cosas de este mundo, disipa la vida y la marchita. Démosle a un hombre un pedazo de tierra y la hará bella y productiva; otro la descuidará y dejará que muera, tal como él mismo está muriendo. Tenemos capacidades infinitas en todos los sentidos para descubrir lo innominado o para producir el infierno en la tierra. Pero por alguna razón, el hombre prefiere engendrar odio y antagonismo. ¡Es tanto más fácil odiar, ser envidioso! y como la sociedad se basa en la exigencia del ‘más’, los seres humanos se deslizan en todas las formas de adquisitividad y así hay una perpetua lucha, que justificamos y consideramos noble.

La riqueza ilimitada está en una vida sin lucha, sin el ejercicio de la voluntad egocéntrica, sin opciones. Pero esa vida es difícil e imposible cuando toda nuestra cultura es el resultado de la lucha y del ejercicio de la voluntad personal. Sin la acción de esta voluntad, para casi todos los que viven hay muerte. Sin alguna clase de ambición, la vida no tiene sentido casi para nadie.

Existe una vida sin el ejercicio de la voluntad egocéntrica, sin las opciones. Esta vida surge cuando la vida de la voluntad egocéntrica llega a su fin. Espero que no le moleste leer todo esto; si no le molesta, entonces léalo y escúchelo con agrado.

El sol está tratando de irrumpir entre las nubes, y probablemente logrará hacerlo durante el día. Un día es primavera y al día siguiente es casi invierno. El tiempo representa los cambiantes estados de ánimo del hombre, hacia arriba y hacia abajo, oscuridad y luz temporaria. ¿Sabe?, es extraño cómo deseamos libertad y lo hacemos todo para esclavizarnos. Perdemos toda nuestra iniciativa. Acudimos a otros para que nos guíen, nos ayuden a ser generosos, pacíficos; acudimos a los gurús, a los maestros, a los salvadores, a los meditadores. Alguno escribe la gran música, otro la toca, la interpreta a su propio modo, y nosotros la escuchamos, gozándola o criticándola. Somos el público que observa a los actores, a los jugadores de fútbol, o que mira la pantalla del cine. Otros escriben los poemas y nosotros los leemos; otros pintan y nosotros nos embobamos con sus pinturas. No tenemos nada, y entonces nos volvemos hacia otros para que nos entretengan, nos inspiren, nos guíen o nos salven. Más y más la civilización moderna nos está destruyendo, nos vacía de toda creatividad. Nosotros mismos estamos internamente vacíos y acudimos a otros para que nos enriquezcan; y de este modo, nuestro semejante saca ventaja de esto para explotarnos, o nosotros nos aprovechamos de él.

Cuando uno se da cuenta de las múltiples implicaciones que envuelve el acudir a otros, esa libertad misma es el principio de la creatividad. Esa libertad es la verdadera revolución, y no la falsa revolución de los arreglos sociales o económicos, la cual es otra forma de esclavitud.

Nuestras mentes fabrican pequeños castillos de seguridad. Queremos estar seguros de todo, seguros de nuestras relaciones, de nuestras realizaciones, de nuestra esperanza y de nuestro futuro. Nos construimos estas prisiones internas, y ¡pobre del que nos perturbe! Es extraño cómo la mente está buscando siempre una zona en la que no haya ningún conflicto ni perturbación alguna. Nuestro vivir es la constante destrucción y reconstrucción, en diferentes formas, de estas zonas de seguridad. De este modo nuestra mente se embota y se desgasta. La libertad consiste en no tener seguridad de ninguna clase.

Es realmente asombroso poseer una mente silenciosa y muy serena, en la que no haya ni una onda de pensamiento. Desde luego, la quietud de una mente muerta no es una mente en calma. La mente suele aquietarse por la acción de la voluntad. Pero, ¿puede alguna vez permanecer profundamente silenciosa en la totalidad de su estructura? Es realmente maravilloso lo que ocurre cuando la mente se encuentra de este modo silenciosa. En ese estado cesa toda conciencia como conocimiento y reconocimiento. La búsqueda instintiva de la mente, la memoria, ha llegado a su fin. Y es muy interesante observar cómo la mente hace todo lo posible para capturar ese estado inexpresable por medio del pensar, de la verbalización, del perfeccionamiento de los símbolos. Pero para que este proceso termine de manera natural y espontánea, es preciso morir para todas las cosas. Uno no desea morir, y así siempre se está desarrollando una lucha, y a esta lucha la llamamos vida. Es curioso cómo casi todos quieren impresionar a otros, con sus logros, con sus capacidades, con sus libros por cualquier medio buscan afirmarse a sí mismos­.

CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /IX

KRISHNAMURTI

CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /VIII

Entre 1948 y principios de los años 60, Krishnaji era fácilmente accesible y mucha gente venía a verle. Las relaciones florecían en los paseos, en las entrevistas personales, a través de cartas. Las cartas que siguen las escribió a una joven amiga que llegó a él herida en cuerpo y mente. Escritas entre junio de 1948 y marzo de 1960, revelan una rara compasión y claridad; se despliegan en ella la enseñanza y el poder curativo; desaparecen la separación y la distancia; las palabras fluyen; ni una sola palabra es superflua; la curación y la enseñanza son simultáneas:

Querida Amiga:

Esté atenta, y deje que esa atención se mantenga intacta, constante, aunque sea por un minuto. Ahora no debe haber ningún tipo de choques emocionales, ni siquiera los más fugaces. Estas reacciones psicológicas afectan el cuerpo con sus efectos adversos. Sea íntegra; no ‘trate’ de serlo, sea íntegra, recuerde que lo comentamos “recupere su libertad, no dependa de nadie ni de nada, no dependa de ninguna experiencia, de ningún recuerdo; la dependencia del pasado, por doloroso o agradable que éste haya sido, sólo impide la integridad en el presente.

El dormir es esencial; durante el sueño parece que uno alcanza profundidades desconocidas, profundidades que la mente consciente jamás puede tocar ni experimentar. Aunque no se pueda recordar la experiencia extraordinaria de un mundo que está más allá de lo consciente y lo inconsciente, ello tiene su efecto sobre la conciencia total de la psique. Es probable que esto no esté muy claro, pero sólo léalo y juegue con ello. Yo siento que hay ciertas cosas que nunca pueden expresarse claramente. No hay palabras adecuadas para ellas, y sin embargo esas cosas están ahí.

Especialmente para usted, es importante tener un cuerpo que no esté sometido a ninguna enfermedad. Voluntariamente y con facilidad, debe desechar todas esas remembranzas e imágenes placenteras, de modo que su mente esté libre e incontaminada para lo real. Hágalo, por favor, preste atención a lo escrito aquí. Todas las experiencias, todos los pensamientos deben terminar cada día, cada minuto, a medida que surgen, de modo que la mente no extienda raíces hacia el futuro. Esto es realmente importante, porque ésta es la verdadera libertad.

De esta manera no hay dependencia, porque la dependencia es causa de dolor, afecta lo físico y engendra resistencia psicológica. Y, como usted dijo, la resistencia crea problemas realizarse, llegar a ser perfecto, etcétera­. La búsqueda implica lucha, empeño, esfuerzo; este esfuerzo, esta lucha, terminan invariablemente en la frustración deseo algo o deseo ser algo­ y en el proceso mismo de obtener el éxito está la apetencia por el más; y como el más nunca está a la vista, siempre existe un sentimiento de frustración. Por lo tanto, hay dolor.

Y entonces uno se vuelve nuevamente hacia otra forma de realización personal con sus consecuencias inevitables. Las implicaciones de la lucha, del esfuerzo, son enormes. ¿Por qué busca uno? ¿Por qué la mente está buscando sin cesar, y qué es lo que la hace buscar? ¿Sabe usted, se da cuenta de lo que está buscando? Si es así advertirá que el objeto de su búsqueda varía de un período a otro. ¿Alcanza a ver el significado de la búsqueda, con sus frustraciones y su dolor? ¿Se da cuenta de que cuando encuentra algo que es muy gratificante, hay estancamiento con sus alegrías y sus temores, con su progreso y su devenir? Si usted advierte que está buscando, ¿es posible que la mente deje de buscar? Y si la mente no busca, ¿cuál es la respuesta inmediata, real de una mente que no busca?

Juegue con esto, descubra; no fuerce nada, no deje que la mente se restrinja a alguna experiencia particular, porque entonces la mente engendrará su propia ilusión.

He visto a una persona que se está muriendo. ¡Qué atemorizados estamos ante la muerte! Lo que en realidad nos atemoriza es el vivir, no sabemos cómo vivir; conocemos el dolor, y la muerte es para nosotros sólo el dolor final, Dividimos la vida como el vivir y el morir. Así tiene que existir el desconsuelo de la muerte, con su separación, su dolorosa soledad, su aislamiento. La vida y la muerte son un solo movimiento, no son estados aislados. Vivir es morir, morir para todas las cosas, renacer cada día. Esta no es una afirmación teórica, sino algo que debe vivirse y experimentarse.

Es la voluntad egocéntrica, este constante deseo de ser esto o aquello, la que destruye el puro ‘ser’. Este ‘ser’ es por completo diferente del sopor de la satisfacción, de la realización personal o de las conclusiones de la razón. Este ‘ser’ es ajeno al ‘sí mismo’. Una droga, un interés, una absorción en algo, una completa ‘identificación’, pueden producir un estado que se desea, el cual sigue siendo conciencia de uno mismo. El verdadero ser es la terminación del deseo voluntad. Juegue con estos pensamientos y experimente alegremente con ellos.

CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /VIII

KRISHNAMURTI

CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /VI

Entre 1948 y principios de los años 60, Krishnaji era fácilmente accesible y mucha gente venía a verle. Las relaciones florecían en los paseos, en las entrevistas personales, a través de cartas. Las cartas que siguen las escribió a una joven amiga que llegó a él herida en cuerpo y mente. Escritas entre junio de 1948 y marzo de 1960, revelan una rara compasión y claridad; se despliegan en ella la enseñanza y el poder curativo; desaparecen la separación y la distancia; las palabras fluyen; ni una sola palabra es superflua; la curación y la enseñanza son simultáneas:

¿La educación? ¿Qué entendemos por educación? Aprendemos a leer y escribir, adquirimos una técnica necesaria para ganarnos la vida, y después se nos lanza al mundo. Desde la infancia nos dicen qué debemos hacer, qué debemos pensar; y en lo interno estamos profundamente condicionados por lo social y por la influencia del ambiente.

Estuve pensando si podemos educar al hombre en lo externo pero dejando el centro libre. ¿Podemos ayudar al hombre a liberarse internamente y estar siempre libre? Porque es sólo en libertad que puede ser creativo y, por tanto, feliz. De lo contrario, la vida se convierte en un asunto muy tortuoso, una batalla interna y, por consiguiente, externa. Pero estar libres internamente requiere una atención y una sabiduría asombrosas; y pocos son los que ven la importancia de esto. Nos interesamos en lo externo, no en la creatividad. Pero para cambiar todo esto, tiene que haber al menos unos pocos que comprendan la necesidad de este cambio, que estén dando origen a esta libertad dentro de sí mismos. Es éste un mundo muy extraño.

Lo que importa es un cambio radical en el nivel inconsciente. Ninguna acción consciente de la voluntad puede afectar el inconsciente. Como lo consciente no puede afectar las búsquedas, los deseos y los instintos inconscientes, la mente consciente tiene que serenarse, aquietarse, y no tratar de forzar al inconsciente para que se amolde a algún patrón particular de acción. El inconsciente tiene su propio patrón de acción, su propia estructura dentro de la cual funciona. Esta estructura no puede ser rota por ninguna acción externa, y la voluntad es un acto externo. Si esto se ve y se comprende de verdad, la mente externa se aquieta; y a causa de que no hay una resistencia establecida por la voluntad, uno descubrirá que el denominado inconsciente comienza a liberarse a sí mismo de sus propias limitaciones. Sólo entonces hay una transformación radical de todo el ser del hombre.

La dignidad es una cosa muy rara. Un cargo o una posición de respeto, otorgan dignidad. Es como ponerse encima un abrigo. El abrigo, el traje, el puesto, dan dignidad. Un título o una posición dan dignidad. Pero desnúdese al hombre de estas cosas, y muy pocos tienen esa condición de dignidad que surge cuando uno está internamente libre, cuando en lo interno es como la nada. Ser algo o alguien es lo que el hombre anhela, y ese algo le da una posición respetable en la sociedad. Pone al hombre en alguna clase de categoría inteligente, rico, un santo, un físico­; pero si él no puede ser puesto en una categoría que la sociedad reconoce, es una persona excéntrica. La dignidad no puede asumirse ni cultivarse, y estar consciente de la propia dignidad es estar consciente del propio yo, que es tan pequeño y mezquino. Ser verdaderamente nada, es estar libre de esa idea misma. Esa es la verdadera dignidad, no el pertenecer a un estado o a una condición particular. Esta dignidad no nos la pueden quitar, está siempre ahí.

El verdadero estado de percepción alerta consiste en permitir que la vida fluya libremente, sin que quede ningún residuo. La mente humana es como un tamiz que retiene algunas cosas y deja pasar otras. Lo que retiene, es la medida de sus propios deseos; y los deseos, por profundos, vastos o nobles que sean, son pequeños, son mezquinos, porque el deseo es cosa de la mente. La completa atención implica no retener cosa alguna, sino poseer la libertad de la vida, que fluye sin restricción ni preferencia alguna. Siempre estamos reteniendo o eligiendo las cosas que significan algo para nosotros, y aferrándonos perpetuamente a ellas. A esto lo llamamos experiencia, y a la multiplicación de experiencias la llamamos riqueza de la vida. La riqueza de la vida es estar libre de la acumulación de experiencias. La experiencia que queda, que uno retiene, impide ese estado en que no existe lo conocido. Lo conocido no es el tesoro, pero la mente se aferra a eso, con lo cual destruye o profana lo desconocido.

La vida es una cosa extraña. Afortunado el hombre que nada es.

Somos, al menos lo es la mayoría de nosotros, criaturas que nos caracterizamos por nuestros estados de ánimo y por la manera en que estos varían. Pocos escapamos de ello. En algunos, la causa es la condición corporal, en otros un estado mental. Nos gusta este estado cambiante, pensamos que este movimiento del ánimo forma parte de la existencia. O uno simplemente flota a la deriva, de un estado de ánimo a otro. Pero hay unos pocos que no están presos en este movimiento, que se hallan libres de la batalla del devenir, de modo tal que internamente existe una firmeza que no es producto de la voluntad, una estabilidad que no es cultivada, que no es la estabilidad del interés concentrado ni es producto de ninguna de estas actividades. Llega a uno únicamente cuando cesa la acción de la voluntad egocéntrica.

El dinero estropea a la gente. El rico posee una peculiar arrogancia. Con muy pocas excepciones, en todos los países, los ricos tienen esa atmósfera peculiar de poder doblegarlo todo a su antojo, incluso a los dioses ­y ellos pueden comprar sus dioses­. La capacidad le confiere al hombre una extraña sensación de libertad. También siente que está por encima de otros, que es diferente; todo esto le da un sentimiento de superioridad, se sienta cómodamente y observa cómo otros se retuercen; olvida su propia ignorancia, la oscuridad de su propia mente. El dinero y la capacidad ofrecen un escape muy bueno de esta oscuridad. Después de todo, el escape es una forma de resistencia, la cual engendra sus propios problemas.

La vida es una cosa extraña. Afortunado el hombre que nada es.

CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /VI

KRISHNAMURTI

CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /V

Entre 1948 y principios de los años 60, Krishnaji era fácilmente accesible y mucha gente venía a verle. Las relaciones florecían en los paseos, en las entrevistas personales, a través de cartas. Las cartas que siguen las escribió a una joven amiga que llegó a él herida en cuerpo y mente. Escritas entre junio de 1948 y marzo de 1960, revelan una rara compasión y claridad; se despliegan en ella la enseñanza y el poder curativo; desaparecen la separación y la distancia; las palabras fluyen; ni una sola palabra es superflua; la curación y la enseñanza son simultáneas:

A través de esta finca pasa un arroyo. No es un agua tranquila que corre apaciblemente hacia el gran río, sino un torrente animado y ruidoso. Toda esta región que nos rodea aquí es cerril, el torrente tiene más de una cascada y en un lugar hay tres cascadas a diferentes profundidades. La más elevada es la que hace el ruido, es la más audible, las otras dos no se aprecian pero se escuchan en un tono menor. Estas tres cascadas están distintamente espaciadas, de modo que el movimiento del sonido es constante. Uno tiene que prestar atención para escuchar la música. Es una orquesta tocando en medio de las huertas, bajo los cielos abiertos. La música está ahí. Uno tiene que descubrirla, tiene que prestar atención, tiene que acompañar el fluir de las aguas para escuchar su música. Uno tiene que ser lo total a fin de escucharla los cielos, la tierra, los altísimos árboles, los verdes campos y las rápidas aguas­. Sólo entonces la escuchará. Pero todo esto es demasiada molestia; uno va, compra un boleto y se sienta en una sala rodeada por la gente, y la orquesta toca y alguien canta. Ellos hacen todo el trabajo por uno; alguien compone la canción, la música, otro toca o canta, y uno paga por escuchar. Todo en la vida, excepto para unas pocas cosas, es de segunda, tercera o cuarta mano los dioses, los poemas, la política, la música. Y así nuestra vida está vacía­. Estando vacía tratamos de llenarla con la música, con los dioses, con el amor, con formas de escape, y el mismo llenar la vida es el vaciarla­. Pero la belleza no es para comprarse. Pocos son, pues, los que anhelan belleza y bondad, y el hombre se satisface con cosas de segunda mano. Desechar todo eso es la única y verdadera revolución; sólo entonces surge lo creativo de la realidad.

Es extraño cómo el hombre insiste en la continuidad de todas las cosas; en las relaciones, en la tradición, en la religión, en el arte. No hay un desprenderse de todo y empezar otra vez de nuevo. Si el hombre no tuviera un libro, ni un líder, ni a alguien a quien copiar o seguir como ejemplo, si estuviera completamente solo, despojado de todo su conocimiento, tendría que comenzar desde el principio. Por supuesto, este completo despojarse uno mismo de todo, tiene que ser absoluta y plenamente espontáneo y voluntario; de otro modo puede uno enloquecer o forzarse hacia algún tipo de neurosis. Como solamente muy pocos parecen ser capaces de afrontar esta completa soledad, el mundo continúa con la tradición en su arte, en su música, su política, sus dioses­ lo cual engendra perpetua desdicha. Esto es lo que realmente ocurre en el mundo. No hay nada nuevo, sólo oposición y contra oposición. En la religión continúa la vieja fórmula del dogma y el temor­; en las artes está el esfuerzo por encontrar algo nuevo. Pero la mente no es nueva, es la misma mente vieja agobiada por la tradición, el miedo, el conocimiento y la experiencia, esforzándose en pos de lo nuevo. Es la mente misma la que debe desnudarse totalmente para que lo nuevo sea. Esta es la verdadera revolución.

El viento está soplando desde el sur, hay nubes oscuras y lluvia, todo sigue adelante, extendiéndose y renovándose sin cesar.

El granjero que vive cerca de aquí tenía un hermoso conejo, vivaz y saltarín. Su esposa se lo trajo, y una de las mujeres dijo: “No puedo mirar”, y el hombre lo mató y unos minutos después eso que estaba vivo, con una luz en sus ojos, era despellejado por las mujeres. Aquí, como en otras partes del mundo; están acostumbrados a matar animales, la religión no les prohíbe hacerlo. En la India, donde por siglos a los niños se les enseña al menos en el sur, entre los brahmines­ a no matar, lo cruel que es matar, hay muchos niños que, cuando crecen, están obligados por las circunstancias a cambiar su cultura de la mañana a la noche; comen carne, se convierten en oficiales de las fuerzas armadas para matar y ser muertos. De la mañana a la noche cambian sus valores. Un patrón particular de cultura con siglos de existencia se destruye, y uno nuevo ocupa su lugar. El deseo de estar seguros, en una forma u otra, es tan dominante que la mente se ajustará a cualquier patrón que pueda darle certidumbre y seguridad. Pero la seguridad no existe; y cuando uno realmente comprende esto, hay algo por completo diferente que crea su propio estilo de vida. Esa vida no puede comprenderse ni copiarse; todo lo que uno puede hacer es comprender, advertir claramente los hábitos de seguridad, lo cual trae consigo su propia libertad.

La tierra es hermosa, y cuanto más sensible y perceptivo es uno a ella, más hermosa es. El color, las variedades de verdes, los amarillos. Es asombroso lo que uno descubre cuando está a solas con la tierra. No sólo los insectos, los pájaros, la hierba, las variedades de flores, las rocas, los colores y los árboles, sino los pensamientos, si es que uno los ama. Jamás estamos a solas con nada. Ni con nosotros mismos ni con la tierra. Es fácil estar a solas con un deseo; no resistirlo mediante un acto de la voluntad, no dejarle que escape a través de alguna acción, no permitir que se satisfaga, no crear su opuesto por la justificación o la condena, sino estar a solas con él. Esto genera un estado muy extraño sin acción alguna de la voluntad. Es esta voluntad la que crea resistencia y conflicto. Estar a solas con un deseo, produce una transformación en el deseo mismo. Juegue con esto y descubra lo que ocurre; no fuerce nada, sólo considérelo tranquilamente.

CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /V

KRISHNAMURTI

CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /IV

Entre 1948 y principios de los años 60, Krishnaji era fácilmente accesible y mucha gente venía a verle. Las relaciones florecían en los paseos, en las entrevistas personales, a través de cartas. Las cartas que siguen las escribió a una joven amiga que llegó a él herida en cuerpo y mente. Escritas entre junio de 1948 y marzo de 1960, revelan una rara compasión y claridad; se despliegan en ella la enseñanza y el poder curativo; desaparecen la separación y la distancia; las palabras fluyen; ni una sola palabra es superflua; la curación y la enseñanza son simultáneas:

Qué bello es un río. Un país que no tiene un río rico, amplio, ondulante, no es un país en absoluto. Sentarse en la orilla de un río y dejar que las aguas fluyan al lado de uno, observar las suaves ondas y escuchar cómo bañan las márgenes; ver a las golondrinas cuando tocan la superficie y atrapan insectos; y en la distancia, al otro lado del río, en la orilla opuesta, escuchar voces humanas o a un muchacho que toca la flauta en un tranquilo atardecer, acalla todo el ruido que a uno lo rodea. De algún modo, las aguas parecen purificarlo a uno, limpian el polvo de los recuerdos de ayer, y dan a la mente esa cualidad que es su propia pureza, tal como el agua es, en sí misma, pura. Un río lo recibe todo  las alcantarillas, los cadáveres, la suciedad de las ciudades por las que pasa­ y no obstante se limpia a sí mismo de todo eso a las pocas millas. Lo recibe todo y permanece siendo él mismo, sin preocuparse de distinguir lo puro de lo impuro. Son sólo las charcas, las pozas pequeñas las que se contaminan pronto, porque no están vivas, porque no fluyen como los amplios, dulcemente aromáticos ríos ondulantes. Nuestras mentes son pequeñas charcas que pronto pierden su pureza. Es esa pequeña charca llamada mente, la que juzga, sopesa, analiza ­y con todo, permanece siendo la pequeña poza de irresponsabilidad que es­.

El pensamiento tiene una raíz o raíces, el pensamiento mismo es la raíz. La reacción debe existir, o de lo contrario hay muerte; pero el problema consiste en ver que esta reacción no extienda su raíz dentro del presente o del futuro. El pensamiento está obligado a surgir, pero es esencial advertirlo y terminar con él inmediatamente. Pensar sobre el pensamiento, examinarlo, jugar en torno a él, es extenderlo, arraigarlo. Es realmente importante comprender esto. Ver cómo la mente piensa acerca del pensamiento, es reaccionar al hecho. La reacción es tristeza, etc. Comenzar a sentirse triste, pensar en el regreso futuro, contar los días, etc., es dar raíces al pensamiento acerca del hecho. Así la mente echa raíces, y después el arrancarlas se vuelve otro problema más, otra idea. Pensar en el futuro es echar raíces en el suelo de la incertidumbre.

Estar realmente solos, no con los recuerdos y los problemas de ayer sino solos y dichosos, estar solos sin ninguna compulsión externa ni interna, es permitir que la mente permanezca sin interferencia alguna. Estar solos. Tener la cualidad del amor hacia un árbol, estar a solas con él, protegerlo. Estamos perdiendo el sentimiento por los árboles, y así estamos perdiendo el amor por el hombre. Cuando no podemos amar la naturaleza, no podemos amar al hombre. Nuestros dioses se han vuelto muy pequeños y mezquinos, y así es nuestro amor. Nuestra existencia es mediocre, pero están los árboles, los cielos abiertos y las inextinguibles riquezas de la tierra.

Usted tiene que tener una mente clara, una mente libre que no esté atada a cosa alguna, esto es esencial; y uno no puede tener una mente clara, penetrante, si hay temor de alguna clase. El miedo traba la mente. Si la mente no se enfrenta a los problemas que ella misma ha creado, no es una mente clara, profunda. Afrontar las propias peculiaridades, darnos cuenta de nuestros impulsos internos, reconocer todo esto sin ninguna resistencia, es tener una mente profunda y clara. Sólo entonces puede haber una mente sutil, no sólo aguda. Una mente sutil no se apresura; vacila. No es una mente que saca conclusiones, que emite juicios o formulaciones. Esta sutileza es fundamental. La mente tiene que saber escuchar y esperar, moverse con lo profundo. Esto no es para lograrse al final, sino que esta cualidad de la mente tiene que estar ahí desde el principio mismo. Usted puede tenerla, concédale una plena y profunda oportunidad de florecer.

Penetrar en lo desconocido, no dar nada por sentado, no suponer nada, estar libres para descubrir; sólo entonces puede haber hondura y comprensión. De lo contrario, uno permanece en la superficie. Lo que importa no es comprobar o refutar un punto, sino descubrir la verdad.

La verdad del cambio se comprende cuando sólo existe ‘lo que es’. ‘Lo que es’ no es diferente del pensador. El pensador es ‘lo que es’, no está separado de ‘lo que es’.

No es posible hallarse en paz si hay cualquier clase de deseo, cualquier esperanza de algún estado futuro. El sufrimiento es lo que sigue al deseo, y la vida está generalmente llena de deseos; incluso alimentar un solo deseo lleva a incesante desdicha. Porque el liberarse de ese único deseo, aun el saber que ese deseo requiere atención, es para la mente un asunto bastante serio. Cuando lo descubra no deje que se convierta en un problema. Prolongar el problema es permitirle que eche raíces. No deje que arraigue. El único deseo es el único dolor. Oscurece la vida; hay frustración y angustia. Sólo esté atenta al deseo y sea sencilla al respecto.

CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /IV

KRISHNAMURTI

CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /III

 Entre 1948 y principios de los años 60, Krishnaji era fácilmente accesible y mucha gente venía a verle. Las relaciones florecían en los paseos, en las entrevistas personales, a través de cartas. Las cartas que siguen las escribió a una joven amiga que llegó a él herida en cuerpo y mente. Escritas entre junio de 1948 y marzo de 1960, revelan una rara compasión y claridad; se despliegan en ella la enseñanza y el poder curativo; desaparecen la separación y la distancia; las palabras fluyen; ni una sola palabra es superflua; la curación y la enseñanza son simultáneas:

 

¡Qué claro es el cielo azul, qué vasto, intemporal y sin espacio! La distancia, el espacio es una cosa de la mente; el aquí y el allá son hechos, pero se convierten en factores psicológicos con el impulso del deseo. La mente es un fenómeno extraño. Tan compleja y, no obstante, tan simple en esencia. Se vuelve compleja por las múltiples compulsiones psicológicas. Esto es lo que ocasiona conflicto y dolor: la resistencia y las adquisiciones. Es arduo estar atento y dejarlas pasar de largo sin quedar enredado en ellas. La vida es un río inmenso que fluye. La mente atrapa en su red las cosas de este río, descartando y reteniendo. No tiene que haber red. La red es del tiempo y del espacio; la red es la que crea el aquí y el allá; la dicha y la desdicha.

El orgullo es una cosa extraña; orgullo en las cosas pequeñas y en las grandes cosas; orgullo en nuestras posesiones, en nuestros logros, en nuestras virtudes; orgullo de la raza, del nombre y de la familia; orgullo en la capacidad, en la apariencia, en los conocimientos. Hacemos que todas estas cosas alimenten el orgullo, o escapamos hacia la humildad. Esta no es el opuesto del orgullo sigue siendo orgullo, sólo que lo llamamos humildad; la conciencia de ser humilde es una forma de orgullo­. La mente tiene que ser ‘algo’, lucha por ser esto o aquello, nunca puede hallarse en un estado de ser nada. Si la nada es una nueva experiencia, entonces la mente debe tener esa experiencia el intento mismo de hallarse silenciosa es otra adquisición más­. La mente tiene que ir más allá de todo esfuerzo. Sólo entonces…

Nuestros días están tan vacíos que se llenan con actividades de toda clase: negocios, especulación, meditación, pena y alegría. Pero a pesar de todo esto, nuestras vidas están vacías. Despójese a un hombre de la posición, del poder o del dinero, y ¿qué es él? Externamente, tenía toda esa ostentación, pero internamente es superficial, está vacío. Uno no puede tener ambas riquezas, la interna y las otras. La plenitud interna importa mucho más que lo externo. Uno puede ser defraudado por lo externo, los acontecimientos externos pueden destrozar lo que hemos construido cuidadosamente; pero las riquezas internas son incorruptibles, nada puede afectarlas, porque no han sido producidas por la mente.

El deseo de realizarse es muy fuerte en la gente, que lo persigue a cualquier costo. Esta realización personal, en todas las formas y en cualquier dirección, es lo que nos sostiene a la inmensa mayoría de nosotros; si fracasamos en una dirección, tratamos de realizarnos en otra. Pero, ¿existe una cosa como la realización? El realizarse puede traer consigo cierta satisfacción, pero ésta se desvanece pronto y otra vez estamos a la caza de algo nuevo. En la comprensión del deseo llega a su fin todo el problema de la realización. El deseo implica esfuerzo por ser, por devenir, y con la terminación del devenir desaparece la lucha por realizarse.

 

En las montañas uno tiene que estar solo. Debe ser encantador tener lluvia en medio de las montañas y ver caer las gotas en el plácido lago. Sentir como brota el olor de la tierra cuando llueve, y después escuchar el croar de las numerosas ranas. Hay un extraño encantamiento en los trópicos cuando llueve. Todo queda bañado y limpio; la lluvia lava el polvo sobre la hoja; los ríos reviven y se oye el ruido de los torrentes. Los árboles lanzan brotes verdes, donde había tierra desnuda surge la nueva hierba silvestre. Miles de insectos salen de ninguna parte y el suelo reseco se alimenta y la tierra se ve satisfecha y en paz. El sol parece haber perdido su cualidad penetrante y la tierra se ha vuelto verde, un lugar de belleza y abundancia. El hombre sigue labrando su propia desdicha, pero la tierra es rica una vez más y hay encantamiento en el aire.

Es extraño cómo casi todos desean reconocimiento y alabanza ser reconocidos como un gran poeta, como un filósofo­, algo que incremente el propio ego. Eso produce una gran satisfacción, pero significa muy poco. El reconocimiento nutre la propia vanidad y tal vez el propio bolsillo. Y después, ¿qué? Eso lo pone a uno aparte de los demás, y la separación engendra sus propios problemas en aumento permanente. Aunque pueda darnos satisfacción, el reconocimiento no es un fin en sí mismo. Pero casi todos están atrapados en el anhelo de ser reconocidos, de realizarse, de lograr esto o aquello. Y entonces es inevitable el fracaso con la desdicha que lo acompaña. Lo que verdaderamente importa es estar libres tanto del éxito como del fracaso. Desde el principio mismo no buscar un resultado, hacer lo que uno ama; y el amor no tiene recompensa ni castigo. Si hay amor, esto es realmente muy sencillo.

Qué poca atención prestamos a las cosas que nos rodean, qué poco las observamos y consideramos. Estamos tan concentrados en nosotros mismos, tan ocupados con nuestras ansiedades, con nuestros propios beneficios, que no tenemos tiempo para observar y comprender. Esta ocupación hace que nuestra mente se embote y se fatigue, que se llene de frustración y dolor. Y entonces queremos escapar del dolor. En tanto esté activo el yo, tiene que haber fatiga, torpeza y frustración. La gente está atrapada en una carrera loca, en la desdicha del dolor egocéntrico. Este dolor es profunda irreflexión. Los que son reflexivos, los que se hallan despiertos y alertas, están libres de este dolor.

 

CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /III

KRISHNAMURTI