La libertad es orden absoluto; ni la libertad ni el orden son relativos

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Esta confusión se constata en educación, la cual tiene como fin primordial el cultivo de la memorización del conocimiento, pasando por alto toda la estructura psicológica del hombre.

La libertad es orden absoluto; ni la libertad ni el orden son relativos. Uno o bien es libre o no lo es. O bien existe un orden total en uno mismo o hay desorden. El orden es armonía. Al parecer a los seres humanos les gusta vivir en desorden tanto por fuera como en su interior. Esto se ve en la política. Todos los gobiernos son corruptos, unos más y otros menos. Están liderados por gente que en sí es desordenada, ambiciosa, engañosa, aquejada de antagonismos y vanidades personales. Por eso hay guerras económicas, los muy ricos y los muy pobres, y todas las desdichas que se derivan de las tribulaciones de la miseria.

Esta confusión se constata en educación, la cual tiene como fin primordial el cultivo de la memorización del conocimiento, pasando por alto toda la estructura psicológica del hombre. Este desorden se ve expresado cuando un grupo de personas matan a otro grupo y se preparan para la guerra mientras hablan de paz. La ciencia se ha convertido en una herramienta del gobierno. Los negocios y el progreso están destruyendo la tierra, contaminando el aire y el agua de los mares.

Cuando uno mira a su alrededor, ve el caos, la confusión y la tremenda desdicha exteriores. Y por dentro los seres humanos también son infelices, llevan vidas contradictorias, batallando sin fin, en conflicto, buscando seguridad y no encontrándola ni en los credos ni en las posesiones. Hay dolor en la vida y en la muerte. El desorden interior del hombre genera la estructura del desorden externo. Todos estos son hechos evidentes. Aunque hablemos de libertad, al parecer son muy pocos los que la encuentran.

La educación consiste primordialmente en generar orden en nuestra vida diaria y en comprender el significado íntegro de la vida. Comprender el orden y vivir en él requiere la forma más elevada de inteligencia, pero no se nos educa para eso. Nuestro principal objetivo es la adquisición de conocimientos como medio de supervivencia, una supervivencia conflictiva en un mundo caótico.

El orden es algo extraordinario. Posee su propia belleza, su propia vitalidad independiente del entorno. Uno no puede decirse a sí mismo que va a ser ordenado en su forma de ser, en sus acciones y pensamientos. Si lo hace, pronto descubre que eso crea una pauta de conducta que luego se vuelve mecánica. Este hábito mecánico del pensamiento o de la acción, y por consiguiente de la conducta, forma parte de la confusión. El orden es inmensamente flexible, sutil y ágil. No se puede confinar dentro de un marco y luego procurar vivir conforme a esa demarcación. La imitación es una de las causas de que haya confusión y conflicto. No se pueden establecer reglas para el movimiento del orden. De hacerse, entonces esas mismas reglas se convierten en la autoridad que exige obediencia y conformismo. Este es otro factor que también ha contribuido a generar sufrimiento en el hombre.

Luego está la persona que tiene que tener todo lo que le rodea justo en su sitio, sin que nada esté fuera de lugar. Para dicha persona el orden consiste en que todo se mantenga en línea recta y se siente neuróticamente molesto si esa línea se tuerce o se desvía. Semejante persona vive enjaulada en su propia neurosis. En el mundo hay una serie de monjes y ascetas que han disciplinado sus mentes y sus cuerpos para obedecer; a su dios sólo se puede acceder por las puertas de la creencia y la aceptación estrictas. La disciplina es el ejercicio habitual en nombre de la virtud, del Estado, de dios, de la paz o de lo que fuere.

Por consiguiente, ¿qué es el orden? La definición según el diccionario es una cosa y según el razonamiento, inclinación o temperamento personales es otra. Lo que nos interesa es el significado que consta en el diccionario y no lo que uno opine que es. Nos interesa de forma objetiva y no desde ninguna perspectiva personal. El punto de vista personal sobre cualquier cosa distorsiona lo que es. Lo importante es el hecho, no lo que uno piense acerca de lo que es. Cuando se observa todo el movimiento de la vida a partir de una reacción u opinión personal y condicionada, entonces la vida se fragmenta entre el ‘yo’ y el ‘usted’; el ‘usted’ es lo externo y el ‘yo’ es lo interno. Esta fragmentación es la causa principal de la confusión y el conflicto internos y externos. El orden surge en una mente que no está fragmentada o escindida por el pensamiento.

El orden del pensamiento es una cosa y el orden de una mente íntegra es otra. El primero conduce a la maldad y el segundo al florecer de la bondad. El orden del pensamiento que se expresa en la legislación tiene su función; sin embargo, en la conducta y en la relación ese orden se convierte en desorden porque el pensamiento es la actividad de la fragmentación. El pensamiento ha dividido a la gente en religiones sectarias, en naciones, en comunistas y no comunistas, en ‘nosotros’ y ‘ellos’. No hay pensamiento sin palabra, sin imagen y símbolo. Estos son los que han dividido a las personas. El pensamiento ha constituido este mundo monstruoso y tratamos de crear un mundo nuevo mediante el pensamiento sin darnos cuenta de que el propio pensamiento es el que genera las actividades de la confusión, la división y el conflicto.

El orden de una mente íntegra es algo totalmente distinto y aquí reside la dificultad. Cuando usted lee esta afirmación, la convierte en un proceso de pensamiento y de ese modo su lectura es una abstracción. Una vez ha convertido la declaración en una abstracción, usted trata de emparejarla con una abstracción que ya existe en su memoria. Cuando no hay ninguna correspondencia, usted dice que no entiende lo que esa declaración significa y dice que entiende cuando ambas abstracciones concuerdan. Sea consciente, pues, de lo que está pasando en su mente, de la rapidez con la que interviene el pensamiento, de que nunca escucha o lee con una mente desprovista de la carga del pasado. El saber es el pasado. Dicho conocimiento tiene su sentido utilitario, pero cuando se emplea en nuestras relaciones empiezan la confusión, el conflicto y el dolor.

Así que el orden es la acción de lo nuevo, o sea de la inteligencia.

Ahora demos vuelta atrás y examinemos todo esto. Decíamos que el orden absoluto es libertad. Este orden absoluto sólo puede existir cuando en el propio interior ha cesado toda clase de conflicto. Cuando ese orden exista, entonces uno no se planteará la cuestión del desorden en el mundo. Usted sólo se hará esa pregunta cuando usted sea el mundo y el mundo sea usted. Cuando usted no pertenezca al mundo, o sea cuando haya orden absoluto en su interior, su relación con el mundo habrá experimentado un cambio total. Usted estará en el mundo pero no formará parte de él.

Sea, pues, consciente del desorden del mundo y del desorden en sí mismo. Entonces no habrá división entre usted y el mundo, sólo habrá desorden. Cuando la mente es consciente de dicho desorden sin elección, sin movimiento alguno del pensamiento, entonces el orden sobreviene por sí mismo. Lo que se induce no es orden: la invitación proviene del desorden. El orden y el desorden no están relacionados entre sí, no son opuestos. El orden no resulta del conflicto entre los contrarios: o bien hay orden o no lo hay. Cualquier pretensión de llevar una vida ordenada nace del desorden.

Krishnamurti

¿Puede Cambiar el Hombre?

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Creo que debemos hacernos estas preguntas: ¿Por qué aceptamos el ambiente social y moral cuando sabemos muy bien que es totalmente inmoral? ¿Por qué vivimos de este modo, si sabemos todo eso, no emocional o sentimentalmente, sino mediante la observación del mundo y de nosotros mismos? ¿Por qué es que nuestro sistema educativo no produce verdaderos seres humanos, sino entidades mecánicas entrenadas para aceptar ciertos empleos y finalmente morir? La educación, la ciencia y la religión no han resuelto en absoluto nuestros problemas. ¿Por qué al ver toda esta confusión, en vez de adaptarnos a ella y aceptarla, no hacemos estallar todo el proceso en nosotros mismos?¿Por que seguimos así, sin vivir ni amar, sino llenos de miedo y de terror hasta que morimos? ¿Por qué aceptamos todo esto?

Al observar las condiciones prevalecientes en el mundo, vemos lo que ocurre: revueltas estudiantiles, prejuicios de clase, conflicto entre el negro y el blanco, las guerras, la confusión política y las divisiones causadas por los nacionalismos y las religiones. También nos damos cuenta del conflicto, de la lucha, la ansiedad, la soledad, la desesperación, de la falta de amor, y del miedo. ¿Por qué aceptamos todo esto? ¿Por qué aceptamos el ambiente social y moral cuando sabemos muy bien que es totalmente inmoral? ¿Por qué vivimos de este modo, si sabemos todo eso, no emocional o sentimentalmente, sino mediante la observación del mundo y de nosotros mismos? ¿Por qué es que nuestro sistema educativo no produce verdaderos seres humanos, sino entidades mecánicas entrenadas para aceptar ciertos empleos y finalmente morir? La educación, la ciencia y la religión no han resuelto en absoluto nuestros problemas. ¿Por qué al ver toda esta confusión, en vez de adaptarnos a ella y aceptarla, no hacemos estallar todo el proceso en nosotros mismos?

Creo que debemos hacernos esta pregunta, observando la confusión serenamente, firme la mirada, sin juzgar ni evaluar, y no intelectualmente ni con el fin de encontrar algún dios, alguna realización, o alguna peculiar felicidad que inevitablemente conduce a toda clase de escapes. Como personas adultas que somos, debemos preguntarnos por qué vivimos de esta manera: vivir, luchar y morir. Y cuando formulamos esa pregunta seriamente, con plena intención de comprenderla, entonces las filosofías, las teorías e ideas especulativas no tienen cabida en absoluto. Lo que importa no es lo que debería ser o lo que podría ser, ni qué principio deberíamos seguir, o qué ideales debemos sustentar o a cuál religión o gurú debemos volvernos. Es obvio que todas esas respuestas carecen por completo de sentido cuando ustedes se enfrentan a esta confusión, a la miseria y a los constantes conflictos en que vivimos. Hemos convertido la vida en un campo de batalla, con cada familia, cada grupo y cada nación en contra de la otra. Al ver esto, al verlo no como una idea, sino como algo que realmente observan y deben afrontar, ustedes se preguntarán qué es todo ello. ¿Por que seguimos así, sin vivir ni amar, sino llenos de miedo y de terror hasta que morimos?

¿Qué harán cuando se formulen esa pregunta? No pueden formularla aquellas personas que están cómodamente establecidas en ideales de familia, en una casa confortable, que tienen algún dinero y que son muy respetables y burguesas. Si esas personas hacen preguntas, las interpretan de acuerdo con sus exigencias personales de satisfacción. Pero como éste es un problema muy humano y común que toca la vida de todos nosotros, ricos y pobres, viejos y jóvenes, ¿por qué entonces vivimos esta vida monótona, sin sentido, yendo a la oficina y trabajando en un laboratorio o una fábrica durante cuarenta años, engendrando unos cuantos hijos, educándolos en forma absurda, para luego morir? Creo que debemos hacernos esta pregunta con todo nuestro ser si es que queremos descubrir la respuesta. Entonces podemos pasar a preguntarnos si los seres humanos pueden alguna vez cambiar radical y fundamentalmente, de manera que sean capaces de mirar el mundo en forma nueva, con ojos diferentes, con un corazón diferente, no más llenos de odio, de antagonismo, de prejuicios raciales, sino con una mente que sea muy clara, que tenga tremenda energía.

Al ver todo esto: las guerras, las divisiones absurdas que las religiones han ocasionado, la separación entre el individuo y la comunidad, la familia en oposición al resto del mundo, cada ser humano aferrado a algún ideal peculiar, dividiéndose a sí mismo en “yo”, “tú”, “nosotros” y “ellos”; al ver todo eso objetiva y psicológicamente, nos queda solo una pregunta, un problema fundamental: si la mente humana, que está tan excesivamente condicionada, puede cambiar. No en alguna futura encarnación o al final de la vida, sino cambiar radicalmente ahora, de modo que se convierta en una mente nueva, fresca, joven, inocente, aliviada de su carga, para que así sepamos lo que significa amar y vivir en paz. Creo que éste es el único problema. Cuando sea resuelto, todo otro problema económico o social, todas esas cosas que nos conducen a la guerra terminarán y habrá una estructura social diferente.

De modo que nuestra pregunta es si la mente, el cerebro y el corazón pueden vivir como si fuera por vez primera, incontaminados, frescos, inocentes, sabiendo lo que significa vivir en felicidad y en éxtasis, con profundo amor. Ustedes conocen el peligro que hay en escuchar cuestiones retóricas. Esta no es una cuestión retórica en absoluto; se trata de nuestra vida. No estamos interesados en palabras o ideas. La mayoría de nosotros estamos atrapados en palabras, sin jamás comprender profundamente que la palabra nunca es la cosa, que la descripción nunca es la cosa descrita. Y si podemos durante estas pláticas tratar de comprender este hondo problema de cómo la mente humana -que incluye, ya lo vimos, el cerebro, la mente y el corazón- ha sido condicionada a través de los siglos por la propaganda, el miedo y otras influencias entonces podremos preguntar si esa mente puede sufrir una transformación radical, de modo que el hombre sea capaz de vivir pacíficamente en todo el mundo, con gran amor, con gran éxtasis y con la realización de aquello que es inconmensurable.

Krishnamurti

Avenged Sevenfold – Buried Alive “video oficial”

El individuo y la sociedad

¿Por qué, pues, la sociedad se derrumba, se desploma, como sin duda ocurre?

Actualmente interesados en la transformación de la sociedad, de esta sociedad que es corrupta, inmoral, que está basada en la competencia, en la crueldad. Ésa es la sociedad en que estamos viviendo. ¿Está usted verdaderamente, profundamente interesado en cambiar eso, aun como un simple ser humano? Si lo está, entonces tiene que investigar qué es la sociedad. ¿Es la sociedad una palabra, una idea abstracta o es una realidad? ¿Es algo real o es una abstracción de la relación humana? Es la relación humana, o sea, la sociedad. Esa relación humana con todas sus complejidades, sus condicionamientos, sus odios, ¿puede usted transformarla por completo? Puede. Puede dejar de ser cruel, con todo lo que acompaña a la crueldad. Lo que es su relación, eso es su ambiente. Si su relación es posesiva y egocéntrica, está usted creando a su alrededor algo que será igualmente destructivo. Por consiguiente, usted es el individuo y usted es el resto de la humanidad. No sé si se da cuenta de eso.

El problema que se nos plantea a la mayoría de nosotros es el de saber si el individuo es un mero instrumento de la sociedad, o si es el fin de la sociedad. ¿Vosotros y yo, como individuos, debemos ser  utilizados, dirigidos, educados, controlados, plasmados conforme a cierto molde, por la sociedad, el gobierno, o es que la sociedad, el Estado, existen para el individuo? ¿Es el individuo el fin de la sociedad, o es tan sólo un títere al que hay que enseñar, que explotar, que enviar al matadero como instrumento de guerra? Ese es el problema que se nos plantea a la mayoría de nosotros. Ese es el problema del mundo: el de saber si el individuo es mero instrumento de la sociedad, juguete de influencias, que haya de ser moldeado; o bien si la sociedad existe para el individuo.

¿Cómo habréis de descubrir eso? Es un serio problema, verdad? Si el individuo no es más que un instrumento de la sociedad, entonces la sociedad es mucho más importante que el individuo. Si eso es cierto, debemos renunciar a la individualidad y trabajar para la sociedad; entonces nuestro sistema educativo debe ser enteramente revolucionado, y el individuo convertido en instrumento que ha de usarse, destruirse, liquidarse, y del que hay que deshacerse. Pero si la sociedad existe para el individuo, entonces la función de la sociedad no consiste en hacer que él se ajuste a molde alguno, sino en darle el sentido y el apremio de libertad. Debemos, pues, descubrir qué es lo falso.

¿Cómo investigaríais este problema? Es un problema vital, ¿no es cierto? Él no depende de ideología alguna, de izquierda o de derecha; y en caso de que si dependa de una ideología, entonces es mero asunto de opinión. Las ideas siempre engendran enemistad, confusión, conflicto. Si dependéis de ideologías de izquierda o de derecha, o de libros sagrados, entonces dependéis de meras opiniones, sean ellas las de Buda, de Cristo, del capitalismo, del comunismo o de lo que os plazca. Son ideas, no la verdad. Un hecho nunca puede ser negado. La opinión acerca del hecho puede negarse. Si podemos descubrir cuál es la verdad en este asunto, podremos actuar independientemente de la opinión. ¿No resulta necesario, por lo tanto, descartar lo que otros han dicho? La opinión de los izquierdistas, nacionalistas  u otros líderes es el resultado de su condicionamiento. De suerte que si dependéis para vuestro descubrimiento de lo que se encuentra en los libros, estáis simplemente atados a las opiniones. No se trata, pues, de conocimiento directo.

¿Cómo habrá de descubrirse la verdad acerca de esto? Sobre esa base actuaremos. Para hallar la verdad al respecto, hay que estar libre de toda propaganda, lo cual significa que sois capaces de observar el problema independientemente de la opinión. Todo el cometido de la educación consiste en despertar al individuo. Para ver la verdad respecto de esto habréis de ser muy claros, es decir, no podréis depender de un dirigente. Cuando escogéis un líder, lo hacéis por confusión, de suerte que vuestros dirigentes también están confusos; y eso es lo que ocurre en el mundo. No podéis, por consiguiente, esperar de vuestro dirigente guía ni ayuda.

Una mente que desea comprender un problema debe no sólo comprender el problema por completo, enteramente, sino que debe poder seguirlo rápidamente, porque el problema nunca es estático, siempre es nuevo, ya sea el problema del hambre, un problema psicológico o cualquier problema. Toda crisis siempre es nueva, por lo tanto, para comprenderla, la mente debe ser siempre lozana, clara, veloz en su búsqueda. Creo que la mayoría de nosotros comprendemos la urgencia de una revolución intima, pues ella es lo único capaz de producir una transformación radical de lo externo, de la sociedad. Este es el problema que a mí mismo a todas las personas de intenciones serias nos preocupa.

Cómo lograr una transformación fundamental, radical, en la sociedad es nuestro problema; y esta transformación de lo externo no puede ocurrir sin revolución íntima. Dado que la sociedad siempre es estática, cualquier reforma que se realice sin esa revolución intima se vuelve igualmente estática; de suerte que sin esa constante revolución íntima no hay esperanza, porque sin ella la acción externa resulta reiterativa, habitual. La acción implícita en las relaciones entre vosotros y los demás, entre vosotros y yo, es la sociedad; y esa sociedad se vuelve estática, sin cualidades vitalizadoras, mientras no exista esa constante revolución íntima una transformación sociológica creadora; y es porque no hay esa constante revolución íntima que la sociedad siempre se vuelve estática, cristalizada, y tiene por lo tanto que ser destruida constantemente.

¿Qué relación existe entre vosotros, por una parte, y la miseria y confusión en vosotros, y a vuestro alrededor, por la otra? Es evidente que esta confusión, esta miseria, no se ha originado de por sí. Somos vosotros y yo quienes la hemos creado, no la sociedad capitalista, o comunista, o fascista. Vosotros y yo la hemos creado en nuestras relaciones. Lo que sois proyectado hacia afuera, en el mundo. Lo que sois, lo que pensáis y lo que sentís, lo que hacéis en vuestra existencia diaria, se proyecte hasta afuera; y eso es lo que constituye el mundo. Si somos desdichados, confusos, caóticos en nuestro interior, eso, proyectado llega a constituir el mundo, la sociedad ‑la sociedad es el producto de nuestra relación-, y si nuestra relación es confusa, egocéntrica, estrecha, limitada, nacionalista, eso lo proyectamos y causamos caos en el mundo.

El mundo es lo que vosotros sois. Vuestro problema es el problema del mundo. Ese, a no dudarlo, es un hecho básico y sencillo. Pero en nuestras relaciones con uno o con muchos parecemos siempre, en cierto modo, no tomarlo en cuenta. Pretendemos producir alteraciones mediante sistemas o una revolución en las ideas o los valores, basada en tal o cual sistema, olvidando que somos vosotros y yo quienes creamos la sociedad y producimos el orden o la confusión con nuestra manera de vivir. Debemos entonces empezar por lo que está más próximo; tenemos que preocuparnos por nuestra existencia diaria, por nuestros actos, pensamientos y sentimientos de todos los días, los cuales se revelan en el modo de ganarnos la vida y en nuestra relación con las ideas y las creencias.

Esa es nuestra existencia diaria, ¿no es cierto? Nos interesa ganarnos el sustento, conseguir un empleo, ganar dinero; nos interesa la relación con nuestra familia, o con nuestros vecinos, y estamos interesados en ideas y creencias. Si examináis ahora vuestras ocupaciones, veréis que ellas se basan fundamentalmente en la envidia y no en la estricta necesidad de ganar el sustento. La sociedad está estructurada en tal forma que es un proceso de constante conflicto, de constante devenir. Todo se basa en la codicia, en la envidia a nuestros superiores. El empleado quiere llegar a ser gerente, lo que muestra que su preocupación no es sólo ganarse el sustento, un medio de subsistencia, sino también adquirir posición y prestigio. Tal actitud, naturalmente, produce estragos en la sociedad, en la convivencia. Mas si vosotros y yo nos preocupásemos tan sólo por el sustento, hallaríamos medios de vida justos cuya base no sería la envidia. Ésta es uno de los factores más destructivos que obran en la sociedad, ya que la envidia revela deseo de poder, de posición, y al final conduce a la política. Envidia y política están estrechamente ligadas. Cuando el empleado busca llegar a gerente, conviértese en uno de los factores que engendra la política del poder, que conduce a la guerra. Él es, pues, directamente responsable de la guerra.

¿En qué se basan nuestras relaciones? La relación entre vosotros y yo, entre vosotros y los demás ‑la sociedad es eso-, ¿en qué se basa? No, por cierto, en el amor, aunque hablemos de ello. Si se basara en el amor habría orden, paz y felicidad, entre nosotros. Empero, en esa relación entre vosotros y yo hay una fuerte dosis de mala voluntad que asume la forma del respeto. Si unos y otros fuésemos iguales en pensamientos y en sentimientos, no habría respeto ni mala voluntad, puesto que habría contacto entre dos individuos ‑no se trataría de maestro y discípulo, ni de esposo que domina a su mujer, ni de mujer que domina al marido. Cuando hay mala voluntad hay deseo de dominación, lo cual provoca celos, ira, pasiones; y todo eso, en nuestras mutuas relaciones engendra constante conflicto que hacemos lo posible por eludir, produciendo mayor caos y mayor desdicha.

En lo que atañe a las ideas, creencias y formulaciones, las cuales forman parte de nuestra vida cotidiana, ¿no deforman acaso nuestra mente? ¿Qué es, en efecto, la estupidez? Consiste en atribuir falso valor a las cosas que produce la mano o la mente del hombre. Casi todos nuestros pensamientos se originan en el instinto de autoprotección, ¿no es así? ¿No damos a muchas de nuestras ideas un sentido de que carecen en sí mismas? Cuando, por consiguiente, creemos en determinadas formas ‑ya sean religiosas, económicas o sociales- o cuando creemos en Dios, en ideas, en un régimen social que separa al hombre del hombre, en el nacionalismo y otras cosas más, es evidente que damos falsa significación a la creencia. Ello indica estupidez, pues la creencia no une a los hombres sino que los divide. Vemos, pues, que por nuestra manera de vivir podemos producir orden o caos, paz o conflicto, felicidad o desdicha.

Nuestro problema, pues, consiste en saber ‑ ¿no es así?- si puede haber una sociedad que sea estática y al mismo tiempo un individuo en quien aquella constante revolución esté realizándose. Es decir, la revolución en la sociedad debe empezar por la transformación íntima, psicológica, del individuo. La mayoría de nosotros desea ver una radical transformación en la estructura social. Esa es toda la batalla que se desarrolla en el mundo: producir una revolución social por medios comunistas o cualesquiera otros. Ahora bien, si hay una revolución social, es decir, una acción con respecto a la estructura externa del hombre, la naturaleza misma de esa revolución social, por más radical que ella sea, es estática si no se produce una revolución íntima del individuo, si no hay una transformación psicológica. De suerte que, para hacer surgir una sociedad que no sea reiterativa estática, que no esté desintegrándose, que esté constantemente viva, resulta imperativo que haya una revolución en la estructura psicológica del individuo; pues sin una revolución íntima, psicológica, la mera transformación de lo externo tiene muy poca significación. Es decir, la sociedad se vuelve siempre cristalizada, estática, por lo cual constantemente se desintegra. Por mucho y muy sabiamente que la legislación sea promulgada, la sociedad está siempre en proceso de descomposición; porque la revolución debe producirse por dentro, no sólo exteriormente.

Creo que es importante comprender esto, y no considerarlo con ligereza. Una vez llevada a efecto, la acción externa ha terminado, es estática; y si la relación entre individuos ‑que es la sociedad- no es el resultado de la revolución intima, entonces la estructura social, por ser estática, absorbe al individuo y por lo tanto lo torna igualmente estático, reiterativo. Si se comprende esto, si se percibe el extraordinario significado de ese hecho, no puede tratarse de acuerdo o de desacuerdo. Es un hecho que la sociedad siempre se está cristalizando, que siempre absorbe al individuo y que la revolución constante, creadora, sólo puede ocurrir en el individuo, no en la sociedad, en lo externo. Esto es, la revolución creadora sólo puede tener lugar en las relaciones del individuo, que es la sociedad. Vemos cómo la estructura de la sociedad actual en la India, en Europa en América, en todas partes del mundo, se desintegra rápidamente; y esto lo sabemos dentro de nuestra propia vida. Podemos observarlo cuando vamos por la calle. No necesitamos grandes historiadores para que nos revelen el hecho de que nuestra sociedad se derrumba; y es preciso que haya nuevos arquitectos, nuevos constructores, para crear una nueva sociedad. La estructura debe levantarse sobre nuevos cimientos, sobre hechos y valores nuevamente descubiertos. Tales arquitectos aún no existen. No hay constructores, nadie que observando, dándose cuenta del hecho de que la estructura se desploma, esté transformándose en arquitecto. Ese, pues, es nuestro problema. Vemos que la sociedad se derrumba, se desmorona; y somos nosotros ‑vosotros y yo- quienes tenemos que ser los arquitectos. Vosotros y yo debemos descubrir de nuevo los valores, y edificar sobre cimientos más fundamentales, más duraderos. Porque si algo esperamos de los arquitectos profesionales ‑los constructores políticos y religiosos- nos hallaremos precisamente en la misma situación de antes.

Porque vosotros y yo no somos creativos, hemos reducido la sociedad a este caos. Vosotros y yo tenemos, pues, que ser creativos, porque el problema es urgente. Vosotros y yo debemos darnos cuenta de las causas del derrumbe de la sociedad, y crear una nueva estructura que no se base en la mera imitación sino en nuestra comprensión creadora. Y esto implica ‑ ¿no es así?- pensamiento negativo. El pensamiento negativo es la más alta forma de la comprensión Es decir, para comprender lo que es el pensamiento creador, debemos enfocar el problema negativamente; porque un enfoque positivo del problema ‑que es que vosotros y yo debemos volvernos creadores a fin de edificar una nueva estructura de la sociedad- será imitativo. Para comprender aquello que se está derrumbando, debemos investigarlo, examinarlo negativamente, no con un sistema positivo, una fórmula positiva, una conclusión positiva.

¿Por qué, pues, la sociedad se derrumba, se desploma, como sin duda ocurre? Una de las razones fundamentales es que el individuo, vosotros, habéis dejado de ser creadores. Explicaré lo que quiero decir. Vosotros y yo hemos llegado a ser imitativos; copiamos exterior e interiormente. Exteriormente, cuando aprendéis una técnica, cuando os comunicáis unos con otros en el nivel verbal, tiene naturalmente que haber algo de imitación, de copia. Copio las palabras. Para llegar a ser ingeniero, primero debo aprender la técnica; y luego empleo la técnica para construir un puente. Tiene, pues, que haber cierto grado de imitación, de copia, en la técnica externa. Pero cuando hay imitación interior, psicológica, dejamos por cierto de ser creadores. Nuestra educación, nuestra estructura social, nuestra vida llamada “religiosa”, todo ello se basa en la imitación; es decir, me ajusto a determinada fórmula social o religiosa. He dejado de ser un verdadero individuo; psicológicamente, me he convertido en una simple máquina de repetir, con ciertas respuestas condicionadas, sean ellas las del hindú las del cristiano, las del budista, las del alemán o las del inglés. Nuestras respuestas están condicionadas según el tipo de sociedad, ya sea oriental u occidental, religiosa o materialista. De suerte que una de las causas fundamentales de la desintegración social es la imitación, y uno de los factores desintegrantes es el líder, cuya esencia misma es la imitación.

Para comprender, pues, la naturaleza de la sociedad en vía de desintegración, ¿no es importante investigar si vosotros y yo ‑el individuo- podemos ser creadores? Podemos ver que, cuando hay incitación, tiene que haber desintegración; cuando hay autoridad, tiene que haber imitación. Y como toda nuestra formación mental, psicológica, se basa en la autoridad, hay que estar libre de autoridad para ser creador. ¿No habéis notado que en los momentos de creación, en esos momentos relativamente felices de interés vital, no hay sentido alguno de repetición, de imitación? Tales momentos siempre son nuevos, frescos, creadores, dichosos. De suerte que una de las causas fundamentales de la desintegración social es la imitación, que es el culto de la autoridad.

Krishnamurti

 

La confusión de la mente: Si mi mente es confusa, angustiada, solitaria, ¿cómo puede ella estar en relación con la verdad, con lo real?

Y yo digo que estos problemas jamás podrán resolverse por sistema alguno, ya sea de la izquierda, de la derecha o del centro.

Pregunta: He escuchado todas las pláticas de usted y he leído todos sus libros. Con toda seriedad le pregunto: ¿Cuál puede ser el objeto de mi vida si como usted dice, todo pensamiento ha de cesar, todo conocimiento ha de ser suprimido, y todo recuerdo ha de perderse? ¿Cómo relaciona usted ese estado de ser  ‑sea lo que él fuere según usted- con el mundo en que vivimos? ¿Qué relación tiene ese ser con nuestra triste y dolorosa existencia?

Krishnamurti: Queremos saber qué es ese estado que sólo puede surgir cuando todo conocimiento, cuando el reconocedor, no existe; queremos saber qué relación tiene ese estado con nuestro mundo de diarias actividades, diarios empeños. Sabemos qué es ahora nuestra vida: triste, penosa, constantemente temerosa, nada permanente. Eso lo sabemos muy bien. Y queremos saber qué relación hay entre este estado y aquél; y, si dejamos de lado el conocimiento, si nos liberamos de nuestros recuerdos y demás, cuál es el objeto de la existencia.

 ¿Qué objeto tiene la existencia tal como ahora la conocemos, no en teoría sino realmente?

¿Cuál es el propósito de nuestra existencia diaria? Nada más que el sobrevivir ‑ ¿no es así?-, con todas sus miserias, con todos sus pesares y confusión, sus guerras, destrucciones, y demás. Podemos inventar teorías, podemos decir: “Esto no debiera ser, sino alguna otra cosa”. Pero todas esas son teorías, no son hechos. Lo que conocemos es la confusión, el dolor, el sufrimiento, los antagonismos interminables. Y también, por poco que nos demos cuenta, sabemos cómo ocurre todo eso. Porque el objeto de la vida día tras días, de instante en instante, es destruirnos unos a otros, explotarnos unos a otros, ya sea como individuos o como seres humanos colectivos. En nuestra soledad, en nuestra miseria, tratamos de utilizar a otros, intentamos huir de nosotros mismos, por medio de la diversión, de dioses, del conocimiento, de toda forma de creencia, de la identificación. Tal es nuestro objeto, consciente o inconsciente, tal como ahora vivimos. ¿Y existe un propósito más profundo, más amplio y trascendente, un fin que no sea de confusión, de adquisición? ¿Y ese estado espontáneo tiene alguna relación con nuestra vida diaria?

Eso, por cierto, no tiene absolutamente ninguna relación con nuestra vida. ¿Cómo puede tenerla? Si mi mente es confusa, angustiada, solitaria, ¿cómo puede ella estar en relación con algo que no pertenezca a la misma? ¿Cómo puede la verdad estar en relación con la falsedad, con la ilusión? Pero eso no lo queremos admitir. Porque nuestra esperanza, nuestra confusión, nos hace creer en algo más grande, más noble, que, según decimos, tiene relación con nosotros. En nuestra desesperación buscamos la verdad, esperando que en el descubrimiento de la misma nuestra desesperación habrá de desaparecer. Podemos ver, pues, que una mente confusa, una mente transida de dolor, una mente que capta su propio vacío, su soledad, jamás podrá encontrar aquello que está más allá de sí misma. Aquello que está más allá de la mente sólo puede surgir cuando las causas de confusión, de desdicha, han sido disipadas o comprendidas.

Todo lo que he estado diciendo, de lo que he estado hablando, es cómo comprendernos a nosotros mismos. Porque, sin conocimiento propio, lo otro no adviene, lo otro es sólo una ilusión. Mas si comprendemos el proceso total de nosotros mismos, de instante en instante, entonces veremos que, al despejarse nuestra propia confusión, lo otro adviene. Entonces vivenciando aquello tendrá una relación con esto. Pero esto jamás tendrá relación con aquello. Estando de este lado de la cortina, estando en la oscuridad, ¿cómo puede uno tener la vivencia de la luz, de la libertad? Mas una vez que haya vivencia de la verdad, entonces podréis vosotros relacionarla con este mundo en que vivís.

Si jamás hemos conocido lo que es el amor, sino tan sólo constantes reyertas, desdichas, angustias, conflictos, ¿cómo podemos vivenciar ese amor que nada tiene que ver con todo esto? Pero una vez que tengamos la vivencia de eso, entonces no necesitamos molestarnos en hallar la relación. Entonces el amor, la inteligencia, funcionan. Mas para vivenciar ese estado, todo conocimiento, recuerdos acumulados, actividades identificadas con uno mismo, tienen que cesar para que la mente sea incapaz de proyectar sensación alguna. Entonces, vivenciando eso, habrá acción en este mundo.

Ese es por cierto el objeto de la existencia: ir más allá de la actividad egocéntrica de la mente. Y, habiendo vivenciado ese estado ‑que la mente no puede medir-, entonces la vivencia misma de eso trae consigo una revolución íntima. Entonces, habiendo amor, no hay problema social; no hay problema de ninguna especie cuando hay amor. Es porque no sabemos amar que tenemos problemas sociales, y sistemas de filosofía sobre el modo de habérnoslas con nuestros problemas. Y yo digo que estos problemas jamás podrán resolverse por sistema alguno, ya sea de la izquierda, de la derecha o del centro. Ellos podrán ser resueltos ‑nuestra confusión, nuestras miserias, nuestra autodestrucción- tan sólo cuando podamos vivenciar aquel estado que no es autoproyectado.

La confusión de la mente 

Krishnamurti

 

  • ¿Cuál es el propósito de nuestra existencia diaria? Nada más que el sobrevivir ‑ ¿no es así?-, con todas sus miserias, con todos sus pesares y confusión, sus guerras, destrucciones, y demás.

 

  • Podemos inventar teorías, podemos decir: “Esto no debiera ser, sino alguna otra cosa”. Pero todas esas son teorías, no son hechos. Lo que conocemos es la confusión, el dolor, el sufrimiento, los antagonismos interminables.

 

  • En nuestra soledad, en nuestra miseria, tratamos de utilizar a otros, intentamos huir de nosotros mismos.

 

  • ¿Y existe un propósito más profundo, más amplio y trascendente, un fin que no sea de confusión, de adquisición? ¿Y ese estado espontáneo tiene alguna relación con nuestra vida diaria?

 

  • Si mi mente es confusa, angustiada, solitaria, ¿cómo puede ella estar en relación con algo que no pertenezca a la misma? ¿Cómo puede la verdad estar en relación con la falsedad, con la ilusión? Pero eso no lo queremos admitir.

No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma.

Encontraremos que amor, deseo y pasión son la misma cosa. Si destruimos lo uno, destruimos lo otro

Tenemos que comprender el deseo, y es muy difícil comprender algo que es tan exigente, tan apremiante, porque en la satisfacción misma del deseo se engendra la pasión con su placer y su dolor.

Y si uno ha de comprender el deseo, es obvio que no debe haber opción alguna. No podemos juzgar el deseo como bueno o malo, noble o innoble, ni decir: «Mantendré este deseo y rechazaré aquel otro». Todo eso hay que dejarlo de lado si hemos de descubrir la verdad acerca del deseo: su belleza, su fealdad o lo que fuere. Es algo muy curioso cuando lo consideramos, pero aquí en el Oeste, en Occidente, pueden realizarse muchos deseos, ustedes poseen automóviles, hay prosperidad, mejor salud, la oportunidad de leer libros, de adquirir conocimientos y acumular diversos tipos de experiencias, mientras que cuando uno va a Oriente, ve que allí siguen careciendo de alimento, ropa y vivienda, que siguen atrapados en la desdicha y degradación de la pobreza. Pero tanto en Oriente como en Occidente, el deseo arde todo el tiempo y en todas direcciones; está ahí, en lo externo y profundamente en lo interno. El hombre que renuncia al mundo está tan invalidado por su deseo de buscar a Dios, como el que va en busca de la prosperidad.

Por lo tanto, el deseo está presente todo el tiempo, ardiendo, contradiciéndose a sí mismo, creando confusión, ansiedad, sentimientos de culpa y desesperación.pasion-12

No sé si ustedes han experimentado alguna vez con todo esto. Pero ¿qué ocurre si no condenan el deseo, si no lo juzgan como bueno o malo, sino que simplemente están atentos a él? Me pregunto si saben qué significa estar atentos a algo. Somos muy pocos los que estamos atentos, porque nos hemos acostumbrado demasiado a condenar, a juzgar, a evaluar, a identificarnos, a optar. La opción impide, obviamente, estar atento, porque uno opta siempre como resultado del conflicto. Estar atentos cuando entramos en una habitación, ver todos los muebles, la alfombra o la ausencia de alfombra, etc., sólo verlo, darnos cuenta de todo ello sin ningún sentido de juicio o condena, es muy difícil. ¿Han tratado alguna vez de mirar a una persona, una flor, una idea, una emoción, sin optar en absoluto, sin juzgar? Y si uno hace lo mismo con el deseo, si uno vive con él, sin negarlo ni decir: « ¿Qué haré con este deseo? ¡Es tan desagradable, tan desenfrenado, tan violento!», sin darle un nombre, un símbolo, sin disimularlo con una palabra…, entonces, ¿sigue siendo causa de perturbación? ¿Es, entonces, el deseo algo que haya que desechar, destruir? Queremos destruirlo porque un deseo se opone con fuerza a otro creando conflicto, desdicha y contradicción; y uno puede ver cómo procura escapar de este perpetuo conflicto.

¿Es posible, pues, darnos cuenta de la totalidad del deseo? Lo que entiendo por totalidad no es simplemente un deseo o muchos deseos, sino la cualidad total del deseo mismo. Uno puede estar atento y darse cuenta de la totalidad del deseo sólo cuando no hay opinión alguna al respecto, ni palabra ni juicio ni opción. Cuando estamos atentos a cada deseo apenas surge, sin identificarnos con él y sin condenarlo, en ese estado de alerta, ¿eso es entonces, deseo, o es una llama, una pasión necesaria?

La palabra pasión se reserva generalmente para una cosa: el sexo. Pero para mí la pasión no es sexo. Ustedes deben tener pasión, intensidad para vivir realmente con algo; para vivir con plenitud, para contemplar una montaña, un árbol, para mirar de verdad a un ser humano, deben tener una intensidad apasionada. Pero esa pasión, esa llama es negada cuando estamos cercados por múltiples apremios, exigencias, contradicciones, temores. ¿Cómo puede una llama sobrevivir cuando se halla sofocada por un montón de humo? Nuestra vida no es sino humo. Buscamos la llama, pero la negamos reprimiendo, controlando, moldeando la cosa que llamamos deseo.

Sin pasión, ¿cómo puede haber belleza? No me refiero a la belleza de pinturas, edificios, mujeres maquilladas y demás. Todo eso tiene sus formas especiales de belleza, pero no estamos hablando de la belleza superficial. Una cosa producida por el hombre, como lo es una catedral, un templo, un cuadro, un poema o una estatua, puede ser bella o no. Pero existe una belleza que está más allá del sentimiento y del pensamiento y que no puede ser realizada, comprendida o conocida si no hay pasión. No entiendan mal, pues, la palabra pasión. No es una fea palabra; no es algo que podamos comprar en el mercado o de lo que se pueda hablar románticamente. No tiene nada que ver con emociones y sentimientos. No es una cosa respetable; es una llama que destruye todo lo que es falso. Y siempre tenemos mucho miedo de dejar que la llama devore las cosas que nos son queridas y a las que nos aferramos, las cosas que llamamos importantes.

Después de todo, las vidas que hoy llevamos, basadas en necesidades, deseos y en formas de controlar los deseos, nos tornan más superficiales y vacuos que nunca. Podemos ser muy ingeniosos, muy instruidos, capaces de repetir lo que hemos acumulado, pero eso lo hacen las máquinas electrónicas, y en algunos campos las máquinas ya son más capaces que el hombre, más exactas y veloces en sus cálculos. Volvemos, pues, siempre a lo mismo, o sea, que la vida tal como hoy la vivimos es sumamente superficial, estrecha, limitada, y todo porque en el fondo estamos vacíos, aislados y siempre tratamos de encubrir eso, de llenar esa vacuidad; por consiguiente, esa carencia y el deseo de llenarla se vuelven algo terrible. Nada puede llenar ese hondo vacío interno, ni dioses ni salvadores ni conocimientos ni relaciones ni la esposa ni el marido ni los hijos; nada. Ésa es la verdadera libertad.

Pero eso requiere un profundo discernimiento, una investigación a fondo, una vigilancia incesante; gracias a esto, tal vez lleguemos a saber qué es el amor. ¿Cómo puede haber amor cuando hay apego, celos, envidia, ambición y toda la vanidad que contiene esa palabra? Entonces, si hemos atravesado ese vacío -que es una realidad, no un mito, una idea-, hallamos que el amor, el deseo y la pasión son la misma cosa. Si destruimos lo uno, destruimos lo otro; si corrompemos lo uno, corrompemos la belleza. Investigar todo esto requiere, no una mente desapegada, no una mente consagrada o religiosa, sino una mente inquisitiva que nunca esté satisfecha, que siempre esté mirando, observándose, conociéndose. Sin amor, nunca descubrirán ustedes qué es la verdad.

La Comprensión Del Placer Y El Deseo

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KRISHNAMURTI

SARAH BRIGHTMAN with FERNANDO LIMA PASION HD live

 

Mi amado es un desconocido para mí y, aún así, hay todavía un intenso deseo de salvar esa separación que existe entre nosotros

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A nivel del ser, eres uno. No hay necesidad de volverte uno; sólo has de descubrirlo. Me estás diciendo: “Aún así, hay todavía un intenso deseo de salvar esa separación que existe entre nosotros.” Si continúas intentándolo a nivel físico, seguirás fracasando. Ese anhelo simplemente revela que el amor necesita ir más allá del cuerpo, que el amor suspira por algo superior al cuerpo, algo más grande que el cuerpo, algo más profundo que el cuerpo.

Incluso el encuentro corazón-a-corazón – aun siendo dulce, aun siendo inmensamente gozoso – es todavía insuficiente porque sucede sólo durante un instante y luego los desconocidos son de nuevo desconocidos. A menos que descubras el mundo del ser, no serás capaz de satisfacer tu anhelo de sentirte uno. Y lo extraño es que el día en que seas uno con tu amante, también serás uno con toda la existencia.

Estás diciendo: “Parece como si fuéramos líneas paralelas destinadas a no encontrarse nunca.” A lo mejor desconoces la geometría no euclidiana porque todavía no se enseña en nuestros centros educativos. En las universidades todavía se nos enseña geometría euclidiana, que tiene dos mil años de antigüedad. En la geometría euclidiana las líneas paralelas nunca se encuentran, pero se ha descubierto que si las sigues y sigues y sigues, se encuentran. El último descubrimiento es que no existen líneas paralelas; por eso se encuentran. No puedes crear dos líneas paralelas.

Esos nuevos descubrimientos son muy extraños: eres incapaz de crear una sola, una única línea recta, porque la tierra es curva. Si aquí crearas una línea recta y continuaras prolongándola por ambos extremos sin detenerte, finalmente verías que se convierte en un círculo. Y si una línea recta prolongada hasta el infinito se convierte en un círculo, quiere decir que en primer lugar no era una línea recta; era solamente una parte de un gran círculo. Y una parte de un gran círculo es un arco, no una línea. Las líneas desaparecen en la nueva geometría no euclidiana y cuando no hay líneas, ¿qué es lo que puedes decir sobre líneas paralelas? Tampoco existen líneas paralelas.

De modo que si fuera una cuestión de líneas paralelas, habría una posibilidad de que los amantes pudieran encontrarse por algún medio, quizá cuando fueran viejos y no pudieran pelear, cuando no les quedara nada de energía, o cuando se hubieran acostumbrado el uno al otro… ¿Por qué? Porque se aburrirían el uno del otro: las mismos disputas de siempre, los mismos problemas de siempre, los mismos conflictos…

   

A la larga, los amantes incluso dejan de hablarse. ¿Por qué? Porque empezar a hablar quiere decir empezar a discutir y siempre es la misma disputa; nunca cambia. Lo han discutido miles de veces y siempre llegan al mismo final. Pero incluso entonces, por lo que respecta a los amantes, las líneas paralelas… en geometría pueden empezar a unirse, pero en el amor no hay ninguna esperanza; no pueden encontrarse.

Y es bueno que no puedan encontrarse porque si los amantes pudieran satisfacer sus anhelos de sentirse uno a nivel del cuerpo físico, entonces nunca mirarían hacia arriba. Nunca tratarían de descubrir lo mucho que hay oculto tras el cuerpo físico: la consciencia, el alma, Dios.

Está bien que el amor fracase, porque el fracaso del amor te llevará a un nuevo peregrinaje. Ese anhelo te acechará hasta conducirte al templo donde surge el encuentro. Pero ese encuentro siempre es con el todo… en él estará tu amante, pero también estarán en él los árboles y los ríos y las montañas y las estrellas.

En ese encuentro solamente dejará de haber dos cosas: tu ego no estará allí y el ego de tu amante tampoco estará allí. Aparte de esos dos, la existencia al completo estará presente. Y esos dos egos eran en realidad el problema, eran lo que les convertía en dos líneas paralelas. No es el amor el que está creando el problema; es el ego. Pero el anhelo no será satisfecho. Nacimiento tras nacimiento, vida tras vida, ese anhelo seguirá ahí a menos que descubras la puerta correcta para trascender el cuerpo y entrar en el templo.

Una pareja de ancianos de noventa y tres y noventa y cinco años fueron a su abogado para exponerle que querían divorciarse. “¡Divorciaros!”, exclamó el abogado. “¿A vuestra edad? ¿Para qué? Seguramente os necesitáis más que nunca y ¡lleváis tanto tiempo casados!…””Bien “, dijo el marido, ” hemos deseado divorciarnos desde hace mucho, pero siempre pensamos que debíamos esperar hasta que nuestros hijos hubieran fallecido.”¡Y realmente esperaron! Ahora todos sus hijos están muertos, ahora no hay problema. Pueden divorciarse; no se encuentran, sino que se divorcian.

Mantén ese anhelo encendido, ardiendo; no desfallezcas. Tu anhelo es la semilla de tu espiritualidad.

 … Tu anhelo es el principio de la unión suprema con la existencia. Tu amante es simplemente una excusa. No estés triste; sé feliz. Alégrate de que no haya posibilidad de encuentro en el plano físico, porque si no, los amantes no tendrían posibilidad de transformación. Permanecerían aferrados el uno al otro, se destruirían el uno al otro. Y no hay mal alguno en amar a un desconocido. En realidad, es más excitante amar a un desconocido.

Cuando no estabais juntos, había un gran atractivo. Cuanto más juntos estáis, más adormecida se vuelve esa atracción. Cuanto más os conocéis el uno al otro, superficialmente, menor es la excitación. Pronto, la vida se convierte en una rutina. La gente repite lo mismo una y otra vez. Si observas los rostros de la gente, te sorprenderás: ¿Por qué todos parecen tan tristes? ¿Por qué su mirada parece como si hubiera perdido toda esperanza? La razón es simple, la razón es: por repetición. El hombre es inteligente; la repetición crea aburrimiento. El aburrimiento conlleva tristeza porque uno sabe qué va a suceder mañana y al día siguiente… A menos que uno se vaya a la tumba, será la misma, la misma vieja historia.

Un judío y un polaco están sentados en un bar viendo las noticias en la televisión. En ellas, aparece una mujer en una cornisa, amenazando con saltar. El judío le dice al polaco: “Te diré qué hará. Voy a hacer una apuesta contigo: si ella salta, me das veinte dólares. Si no salta, yo te doy veinte dólares ¿De acuerdo?”

“¡De acuerdo!”, dice el polaco.

Al cabo de unos minutos la mujer salta desde la cornisa y se mata. El polaco abre su cartera y le da veinte dólares al judío.

Unos minutos después, el judío se vuelve hacia el polaco y le dice:”¡Escucha! No puedo aceptar esos veinte dólares. Tengo que hacerte una confesión: ya vi el desenlace en las noticias de la tarde. Esto era una repetición.”

“¡No, no!”, dice el polaco; “quédate con el dinero. Te lo has ganado bien. ¿Sabes? También yo lo vi antes, en las noticias.”

“¿De veras?”, dice el judío. “¿Por qué apostaste entonces a que la mujer no iba a saltar?”

“Bien “, dice el polaco. “¡No creía que fuera tan estúpida como para hacer lo mismo dos veces!”

Pero así es la vida….

Esta tristeza del mundo, este aburrimiento y esta miseria podrían ser cambiados si la gente supiera que está pidiendo lo imposible. No pidas lo imposible. Primero descubre la ley de la existencia y luego síguela.

Tu anhelo de ser uno es tu deseo espiritual, es tu naturaleza religiosa esencial. Sencillamente ocurre que te estás centrando en el sitio equivocado. Tu amante es solamente una excusa. Deja que tu amante se convierta simplemente en una experiencia de un amor mayor: el amor hacia toda la existencia.

Deja que tu anhelo se convierta en la búsqueda de tu propio ser interior. Ahí, el encuentro se está dando ya; ahí ya somos uno. Ahí, nadie ha estado nunca separado. Ese anhelo es perfectamente correcto; lo único que ocurre es que el objeto de ese anhelo es inadecuado. Eso es lo que está creando tu sufrimiento y tu infierno. Simplemente, cambia de objeto y tu vida se convertirá en un paraíso.

Aquí puedes leer la 1º parte

Copyright © 2008 Osho International Foundation   Osho

¿Qué entienden ustedes por amor?

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El amor es lo desconocido. Puede ser realizado sólo cuando hemos comprendido y trascendido lo que conocemos. Sólo cuando la mente está libre de lo conocido, sólo entonces puede haber amor. De modo que debemos abordar el amor negativamente, no positivamente.

¿Qué es el amor para la mayoría de nosotros? Cuando amamos, hay en ello afán posesivo, dominio o sumisión. De esta posesión surgen los celos y el miedo a la pérdida, por lo cual legalizamos este instinto posesivo. Del afán posesivo y sus celos resultan los innumerables conflictos con los que cada uno de nosotros está tan familiarizado. El instinto posesivo no es, entonces, amor. El amor tampoco es una cuestión sentimental. Lo meramente sentimental, emocional, excluye el amor. La sensibilidad emocional es mera sensación.

… Únicamente el amor puede transformar la demencia, la confusión y el conflicto. Ningún sistema, ninguna teoría de izquierda o de derecha puede traer paz y felicidad al hombre. Donde hay amor no hay espíritu posesivo, no hay envidia; hay piedad y compasión -no en teoría, sino de hecho- por nuestra esposa, por nuestros hijos, por nuestro sirviente {…}.

Sólo el amor es capaz de generar compasión y belleza, orden y paz. El amor con su compasión existe cuando el «yo» deja de existir.

 El Libro de La Vida            Krishnamurti