La creencia en Dios ha existido desde que el mundo es mundo, lo que no nos ha impedido llenarlo de horrores

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¿La creencia en Dios no es necesaria en este mundo terrible y despiadado?

La creencia en Dios ha existido desde que el mundo es mundo, lo que no nos ha impedido llenarlo de horrores. Tanto el salvaje como el sacerdote altamente civilizado creen en Dios. El hombre primitivo mata con arcos y flechas, y se dedica a danzas frenéticas; el sacerdote civilizado bendice los acorazados y los bombarderos, dando para ello una serie de razones.
Esto no lo digo cínicamente ni con ánimo despreciativo, de modo que no tenéis por qué sonreír. Es un asunto muy serio. Ambos son creyentes; pero están también los otros, los que no creen en nada, y que también optan por liquidar a los que se les cruzan en el camino.

El hecho de adherirse a una creencia o a una ideología no acaba con las matanzas, la opresión y la explotación. Por el contrario, ha habido y continúan produciéndose espantosas guerras, destrucción y persecuciones en las que se invoca la causa de la paz y el nombre de Dios.
Si logramos hacer de lado esas creencias e ideologías antagónicas, e introducimos en nuestra vida diaria un cambio profundo, habrá alguna probabilidad de que surja un mundo mejor. Es la propia vida cotidiana de cada ser humano que ha provocado las actuales y anteriores catástrofes.
Nuestro atolondramiento, nuestros exclusivismos nacionales, nuestras barreras y privilegios económicos, nuestra falta de compasión y de buena voluntad, han traído estas guerras y otros desastres. La mundanalidad, de naturaleza eruptiva, vomitará siempre caos y dolor.
Somos un resultado del pasado, y al edificar sobre él sin entenderlo, provocamos desastres. La mente, que es un resultado, un compuesto, no llega a entender Aquello que no está constituido por fragmentos, que carece de causa y es independiente del tiempo. Para comprender lo increado, la mente debe cesar de crear. Toda creencia pertenece forzosamente al pasado, a lo creado; y ella constituye un impedimento para la experimentación de lo real. Cuando el pensar‑sentir está anclado, en estado de dependencia, el entendimiento de lo real resulta imposible.
Tiene que haber una franca y serena liberación del pasado, una espontánea inundación de silencio; sólo en tales condiciones puede florecer Aquello que es real. Cuando contempláis una puesta de sol, en ese instante de belleza un júbilo espontáneo y creador os invade. Luego, cuando deseáis que la misma experiencia se repita, la puesta de sol ya no os emociona; tratáis de sentir la misma dicha creadora, pero no la halláis. Vuestra mente fue capaz de recibir cuando nada pedía ni esperaba; pero habiendo recibido una vez quiere más y esa codicia la enceguece.
La codicia es acumulativa y representa una pesada carga para la mente-corazón; no cesa de juntar, de almacenar. Nuestro pensar y sentir se ven corrompidos por la codicia, por las olas corrosivas del recuerdo. Sólo un estado de conciencia alerta y profunda pone fin a este proceso absorbente del pasado. La codicia, al igual que el placer, siempre limita y singulariza. ¿Y cómo un pensamiento nacido de la codicia habría de entender Aquello que es inconmensurable?
En lugar de reforzar vuestras creencias e ideologías, daos plena cuenta de vuestro pensar y sentir, pues en él está el origen de los problemas que la vida os presenta.

Lo que vosotros sois, es el mundo: si sois crueles, sensuales, ignorantes, codiciosos; así será el mundo. Vuestra creencia en Dios, o vuestra incredulidad a su respecto, muy poco significan. Sólo con vuestros pensamientos, sentimientos y acciones, en efecto, haréis del mundo una cosa terrible, cruel, bárbara, o un lugar de paz, de compasión y de sabiduría.

Krishnamurti

Esta corrupción, esta falta de integridad, ¿es una abstracción, una idea, o es una realidad que queremos cambiar?

Interlocutor: Durante su primera plática usted habló de erguirse contra la corrupta e inmoral sociedad, como una roca sobresaliendo en medio de la corriente de un río. Yo encuentro confuso esto, porque para mí la roca significa que uno es un extraño en su propia vida, y un extraño semejante no necesita erguirse contra nada ni contra nadie. Su respuesta y su clarificación son muy importantes para mí.

Krishnamurti: En primer lugar, ¿está claro para nosotros a qué nivel, a qué profundidad estamos usando la palabra “corrupción”? ¿Qué implica esa palabra? Está la corrupción física, la contaminación del aire en las ciudades, en los pueblos. Los seres humanos están destruyendo los mares, han matado a más de cincuenta millones de ballenas, están matando a los cachorros de focas… Después tenemos la corrupción política, religiosa, etcétera. Si usted viaja por el mundo y observa y habla con la gente, ve corrupción en todas partes, y más aún, desgraciadamente, en esta parte del mundo, donde pasan el dinero bajo la mesa (si uno quiere comprar una entrada tiene que sobornar al que la vende). La palabra “corromper” significa quebrantar, dividir. Pero, básicamente, la corrupción que reina en todas partes está en la mente y en el corazón.

Debemos tener en claro, pues, si estamos hablando de la corrupción financiera, burocrática y política, o si hablamos de la corrupción en el mundo religioso, que se halla acribillado por toda clase de supersticiones ‑sólo un montón de palabras que han perdido todo significado, la repetición de rituales y todas esas cosas-. ¿No es corrupción eso? Los ideales, ¿no son una forma de corrupción? Usted puede tener ideales, digamos, de no-violencia. Debido a que es violento, tiene ideales de no‑violencia, pero mientras está persiguiendo los ideales, usted es violento. Por lo tanto, ¿no es eso la corrupción de un cerebro que pasa por alto la acción necesaria para terminar con la violencia? ¿Y acaso no se genera corrupción cuando no hay amor en absoluto, sólo placer, que es sufrimiento? En todo el mundo, esta palabra “amor” está fuertemente adulterada y se la ha asociado con el placer, con la ansiedad, los celos, el apego… ¿No es corrupción eso? El apego, ¿no es en sí mismo corrupción? Cuando estamos apegados a un ideal, a una casa o a una persona, las consecuencias son obvias: celos, ansiedad, afán posesivo, todo eso y mucho más. Cuando usted investiga el apego, ¿no descubre que es corrupción?

En cuanto a su pregunta acerca del símil de erguirse como una roca en medio de la corriente, no lleve el símil demasiado lejos. Un símil es una descripción de lo que ocurre, pero si da mucha importancia al símil, pierde la significación de lo que realmente está ocurriendo.

La sociedad en que vivimos se basa esencialmente en la relación de unos con otros. Si en esa relación no hay amor, tan sólo explotación mutua, consuelo mutuo en varias formas diferentes, es inevitable que ello genere corrupción. ¿Qué hará, pues, con respecto a todo esto? Éste es un mundo maravilloso en su belleza, la belleza de la tierra, la cualidad extraordinaria de un árbol… y estamos destruyendo la tierra como nos destruimos a nosotros mismos. ¿De qué modo, pues, actuará usted como ser humano que está viviendo aquí? Si nuestra relación mutua es destructiva, con su lucha constante, su esfuerzo, su pena, su desesperación, entonces crearemos por fuerza un ambiente que representará aquello que somos. ¿Qué es, entonces, lo que va a hacer al respecto cada uno de nosotros? Esta corrupción, esta falta de integridad, ¿es una abstracción, una idea, o es una realidad que queremos cambiar? Es asunto de ustedes.

Interlocutor: ¿Existe algo como la transformación? ¿Qué es lo que ha de transformarse?

Krishnamurti: Cuando usted observa y ve la suciedad en las calles, ve cómo se comportan los políticos, ve su propia actitud hacia su esposa, hacia sus hijos, etcétera, la transformación está ahí. ¿Comprende? Generar cierta clase de orden en nuestra vida cotidiana, eso es transformación, no algo extraordinario, fuera de este mundo. Cuando uno no está pensando con claridad, objetivamente, racionalmente, darse cuenta de eso y cambiarlo, romper con ello. Eso es transformación. Si usted está celoso, observe eso, no le dé tiempo a desarrollarse, cámbielo inmediatamente. Eso es transformación. Cuando es codicioso, violento, ambicioso y trata de convertirse en una especie de hombre santo, vea cómo está creando un mundo de completa inutilidad. No sé si ustedes se dan cuenta de esto.

La competencia está destruyendo el mundo. Éste se está volviendo más y más competidor, más y más agresivo, y si ustedes lo cambian inmediatamente, eso es transformación. Y si penetran a mayor profundidad en el problema, ven claramente que el pensamiento niega el amor. Por lo tanto, uno ha de descubrir si el pensamiento puede terminar, terminar para el tiempo. No filosofar sobre ello y debatirlo, sino descubrir. Ésa es la verdadera transformación; y si uno lo investiga bien a fondo, descubre que la transformación jamás implica un pensamiento de devenir, de comparar; consiste en ser absolutamente nada.

 

Krishnamurti

 

En primer lugar, ¿qué es la vida, qué es esta cosa llamada existencia, llena de sufrimiento, de exceso de población, de políticos ineptos, de toda la corrupción, deshonestidad, los sobornos?…

 ¿Cómo hemos de afrontar la vida tal como es en la actualidad?

Pregunta: Nosotros nos encontramos viviendo en el temor a la guerra, a perder un empleo, si es que tenemos uno, en el temor al terrorismo, a la violencia de nuestros hijos, a estar a merced absoluta de políticos ineptos. ¿Cómo hemos de afrontar la vida tal como es en la actualidad?

Krishnamurti: ¿Cómo la afronta usted? Uno tiene que dar por sentado que el mundo se está volviendo más y más violento, eso es obvio. Las amenazas de guerra son también muy obvias y también lo es el muy extraño fenómeno de que nuestros hijos se están volviendo violentos. Uno recuerda a una madre que vino a vernos en la India, hace algún tiempo. Allá las madres gozan de gran respeto, y esta madre se hallaba horrorizada porque, según dijo, sus hijos la habían golpeado, una cosa inaudita en la India. Así que esta violencia se está extendiendo por todo el mundo. Y también existe ese temor a perder un empleo, como dice el interlocutor. Al enfrentarnos a todo esto, sabiendo todo esto, ¿cómo ha de afrontar uno la vida tal como es en la actualidad?

No lo sé. Sé cómo afrontarla por mí mismo, pero uno no sabe cómo la afrontará usted. En primer lugar, ¿qué es la vida, qué es esta cosa llamada existencia, llena de sufrimiento, de exceso de población, de políticos ineptos, de toda la deshonestidad, las trampas, los sobornos… todo lo que está sucediendo en el mundo? ¿Cómo lo afronta uno? Ciertamente, debemos preguntarnos primero qué significa vivir. ¿Qué significa vivir en este mundo tal como es? ¿Cómo vivimos nuestra vida cotidiana, de hecho, no teórica o filosóficamente o de modo idealista, sino cómo vivimos realmente nuestra vida de cada día? Si nos damos cuenta seriamente de ello, si lo examinamos, vemos que nuestra vida es una batalla constante, una constante lucha, esfuerzo tras esfuerzo. Tener que levantarse a la mañana es un esfuerzo. ¿Qué hemos de hacer? No podemos escapar de ello. Uno solía tratar a algunas personas que afirmaban la imposibilidad de vivir en el mundo y se retiraban totalmente a ciertas montañas del Himalaya y desaparecían. Eso es meramente eludir la realidad, escapar de ella, como lo es el quedar absorbido en una comunidad o unirse a un gurú con una inmensa fortuna y perderse ahí. Obviamente, esas personas no resuelven los problemas de la vida diaria ni investigan sobre el cambio, la revolución psicológica de una sociedad. Escapan de todo esto. Y nosotros, si no escapamos y realmente vivimos en este mundo tal como es, ¿qué haremos? ¿Podemos transformar nuestra vida de modo que en ella no haya ningún conflicto, porque el conflicto forma parte de la violencia? ¿Es eso posible?

Esta constante lucha para ser “algo” es la base de nuestra vida: la lucha por el devenir. ¿Podemos, como seres humanos que viven en este mundo, transformarnos a nosotros mismos? Ése es realmente el problema: transformarnos psicológicamente de manera radical, no a la larga, no admitiendo para ello el tiempo. Para un hombre serio, para un hombre verdaderamente religioso, no existe el mañana. Es una declaración bastante difícil de aceptar esta de que el mañana no existe; para un hombre religioso sólo existe el fecundo culto del hoy. ¿Podemos vivir esta vida totalmente y, de hecho, transformar nuestra relación cotidiana de unos con otros? Ésa es la verdadera cuestión, no qué es el mundo, porque el mundo somos nosotros. Por favor, vea esto: el mundo es usted, y usted es el mundo. Éste es un hecho obvio, terrible, un reto que debe ser afrontado completamente; o sea, que debemos darnos cuenta de que somos el mundo con toda su fealdad, de que hemos contribuido a todo esto, de que somos responsables por todo esto, por todo cuanto está ocurriendo en Medio Oriente, en África, por toda la locura que avanza en este mundo; nosotros somos los responsables de eso.

Podemos no ser responsables por las acciones de nuestros abuelos y tatarabuelos ‑por la esclavitud, por los miles de guerras, por la brutalidad de los imperios-, pero somos parte de ello. Si no sentimos nuestra responsabilidad, que implica ser totalmente responsables de nosotros mismos, de lo que hacemos, de lo que pensamos, del modo en que nos comportamos, entonces todo se vuelve más bien irremediable, sabiendo lo que es el mundo y lo imposible que resulta resolver individualmente, separadamente, este problema del terrorismo. Es problema de los gobiernos ver que sus ciudadanos estén seguros, protegidos, pero eso no parece importarles. Si cada gobierno se interesara realmente en proteger a su propio pueblo, no habría guerras. Pero, al parecer, también los gobiernos han perdido la cordura, sólo se interesan en los partidos políticos, en su propio poder, en su posición, en su prestigio. Ustedes ya conocen todo esto, ya saben las reglas de juego.

¿Podemos, pues, sin admitir el tiempo (o sea, el mañana, el futuro), vivir de tal manera que el hoy sea de primordial importancia? Eso significa que tenemos que volvernos extraordinariamente alertas a nuestras reacciones, a nuestra confusión, trabajar con gran ímpetu sobre nosotros mismos. Es lo único que aparentemente podemos hacer. Y si no lo hacemos, realmente no hay futuro para el hombre. No sé si han seguido algunos de los titulares que aparecen en los diarios; todo esto es una preparación para la guerra. Y si uno se prepara para algo, va a tenerlo, es como preparar una buena comida. A la gente común en el mundo eso no parece importarle. A los que están involucrados intelectual y científicamente en la producción de armamentos, no les importa. Ellos sólo se interesan en sus carreras, en sus empleos, en sus experimentaciones. Y si a aquellos de nosotros que somos personas bastante corrientes, la así llamada clase media, eso no nos importa en absoluto, entonces realmente estamos dándonos por vencidos.

Y lo trágico es que no parece importarnos. No nos unimos para pensar juntos, trabajar juntos. Sólo estamos demasiado dispuestos a ingresar en instituciones y organizaciones, con la esperanza de que ellas detengan las guerras y eviten que nos asesinemos unos a otros. Jamás lo han hecho. Las instituciones, las organizaciones, jamás pondrán fin a todo eso. Es el corazón humano, la mente humana la que está implicada en ello. Por favor, no estamos hablando retóricamente, nos enfrentamos a algo realmente muy peligroso. Nos hemos reunido con algunas de las prominentes personalidades que están involucradas en todo esto, y no les importa. Pero si a nosotros nos importa y nuestra vida cotidiana es vivida rectamente, si cada uno de nosotros está atento a lo que hace día tras día, entonces creo que hay alguna esperanza para el futuro.

Cómo Afrontar la Vida-  “Ante un Mundo en Crisis”

Krishnamurti