El Control de las Emociones

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Para comenzar, es necesario admitir en uno mismo que este estado emocional es una enfermedad nerviosa. El paciente debe aprender a decir: «estoy enfermo». La tendencia, por supuesto, es culpar a la supuesta causa, situación, persona o incidente que pareciera haber provocado la enfermedad. Pero no hay alivio en justificarse. Nadie nunca se ha recuperado de un acceso de mal humor culpando a la causa imaginada. Es mil veces mejor y verdadero decir: «estoy enfermo».

El hecho es que cuando nos dejamos llevar por la ira u otra emoción negativa, somos incapaces, excepto en muy raros casos, de razonar como lo hacemos habitualmente. Si realmente tuviéramos un desarrollo de nuestro poder mental, como el que da un entrenamiento especial, podría tal vez ser posible contraponer el pensamiento a la emoción, y esperar una victoria del pensamiento. Pero, tal como son las cosas, no sólo nuestro desarrollo mental es inferior a nuestra emocionalidad animal, sino que además la energía de nuestro pensar cotidiano es de menor voltaje que la de nuestra emoción. En orden de intensidad, la energía de nuestro instinto, emoción y pensamiento están en la misma gradiente que la electricidad, el gas y el vapor. Por lo tanto, una gran cantidad de las energías más bajas es necesaria para contraponerse a una cantidad relativamente pequeña de energía de mayor voltaje. El razonamiento en contra de la ira u otra emoción negativa es como enfrentar una cantidad igual de energías de diferente intensidad. El resultado es previsible.

Cuando el razonamiento parece producir algún efecto sobre una emoción negativa, la explicación se encuentra en la mezcla de algún otro sentimiento o en la adición de algún poderoso instinto. Por ejemplo, las cosas nos provocan menos cuando estamos bien físicamente. Nuestro cuerpo está lleno de vitalidad y sostiene al débil razonamiento contra la amenaza de una explosión emocional. Similarmente, cuando tenemos un sentimiento de amor, miedo o cualquier otro, su ayuda puede socorrer a la razón a suprimir o sobrellevar un ataque de ira. La mayoría de las prescripciones comunes contra ella consisten en uno de dos ingredientes. Caen, de hecho, en dos clases: prescripciones de orden físico y prescripciones que consideran otros sentimientos aparte de la emoción negativa misma. Cuando Kipling dice que la cura para disminuir la presión de un arrebato es cavar hasta transpirar suavemente, o Gilbert recomienda un placebo contra la melancolía, están haciendo prescripciones del primer tipo. Y cuando nuestros padres, guardianes y amigos apelan, como dicen, a nuestra «mejor naturaleza» o invocan una imagen de miedo, inconscientemente preparan una prescripción del segundo tipo.

Ambos tipos de prescripción, evidentemente, podemos aplicarlas a nosotros mismos, si tenemos la resolución de hacerlo. Pero hay un placer infantil en ser recetados y recibir atención, y las pataletas son particularmente infantiles en sus demandas de ser regaloneados. Las naturalezas más adultas, sin embargo, pueden prescribirse a ellas mismas, y tomar su propia medicina. Es, de hecho, una señal de ser adulto el que podamos transar con nuestras emociones negativas (al menos cuando son relativamente suaves). Las emociones negativas más serias, como ataques severos de inseguridad o celos, están más allá del poder de la mayoría de los adultos para tratarlas por ellos mismos. Los dos tipos de prescripción sirven normalmente en casos que exceden la auto aplicación; y es igualmente difícil inducir al paciente a aceptarlas de otra persona. Entonces no hay nada que hacer, excepto esperar hasta que la emoción negativa se haya gastado sola, a veces con perjudiciales consecuencias para los involucrados.

Supongamos que un hombre o una mujer estén verdaderamente deseosos de trabajar sobre sus «sentimientos oscuros» de ira, desesperación, miedo, celos, odio o, en resumen, sus emociones negativas. ¿Significa eso algo?

 Para comenzar, es necesario admitir en uno mismo que este estado emocional es una enfermedad nerviosa. El paciente debe aprender a decir: «estoy enfermo». La tendencia, por supuesto, es culpar a la supuesta causa, situación, persona o incidente que pareciera haber provocado la enfermedad. Pero no hay alivio en justificarse. Nadie nunca se ha recuperado de un acceso de mal humor culpando a la causa imaginada. Es mil veces mejor y verdadero decir: «estoy enfermo», que decir o sentir: «esto y lo otro me hizo enfermar». Esta actitud hacia las emociones negativas ya comienza a modificar su furor. Tiene algo de la magia del aceite sobre las olas.

Pero no es suficiente adoptar una actitud, aunque sea la correcta. Algo se debe hacer, dado que Satán siempre encuentra un mal uso para la energía libre que tenemos, y las emociones negativas son sólo despilfarro de energía. El Demonio vive en nuestra energía malgastada.

Trate de no pensar en la supuesta causa de la emoción o en las cosas y circunstancias que estén en su trasfondo. El pensar en un estado de emoción negativa necesariamente se ve distorsionado por el agitado medio que ella produce. Es como mirar un objeto a través de aguas tumultuosas y turbias. Pensar en este estado jamás conduce a la verdad. Trate también de no sentir. Esto se ve imposible a primera vista, parece un consejo para dejar de sentirse desdichado. Pero todos sabemos que es posible convivir o no con un sentimiento. Todos conocemos la tentación de apretar con la lengua un diente que está doliendo, para que duela más. La recomendación de no sentir no es demasiado irrelevante. No sienta más de lo que puede soportar.

Pero el secreto no está contenido en alguno de los alivios anteriores. Es algo totalmente diferente, que puede ser descrito como sigue: cuando se está con un sentimiento amargo o en su proceso de desarrollo, observe y note sólo su estado físico. El cuerpo es a veces muy elocuente, muestra un conjunto especial de síntomas para cada sentimiento. Observe y note, a manera de curiosidad personal y científica, cómo su cuerpo manifiesta los malos sentimientos. Por ejemplo, su boca puede secarse o tener un sabor desagradable. Su piel puede sentir picazón, algunos músculos pueden contraerse, puede tener indigestión, náuseas o sentir el corazón oprimido. Los síntomas se revelan por sí mismos. Si usted simplemente los observa, anota y enumera, como si los estuviera recopilando para una novela o texto de psicología, verá que cuando haya terminado, habrán desaparecido, Habrá ahorrado energía al usarla para observar.

A. R. Orage

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EL JOVEN QUE TENÍA MIEDO

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Este día, hijo mío, renacerás, restablecido como hombre de fe, coraje y dedicado servicio al hombre, para la gloria de Dios. Y cuando te hayas readaptado así con la vida dentro de ti, también te habrás readaptado con el universo; habrás vuelto a nacer del espíritu y de ahí en adelante toda tu vida será de logro victorioso.

EL JOVEN QUE TENÍA MIEDO

No pudiendo encontrar consuelo y coraje en la relación con sus semejantes, este joven había buscado la soledad de las colinas; había crecido con un sentimiento de desamparo e inferioridad. Estas tendencias naturales se habían visto acrecentadas por las numerosas circunstancias difíciles que el muchacho había experimentado al crecer, especialmente la pérdida de su padre cuando el niño contaba doce años de edad. Al encontrarse, Jesús le dijo: « ¡Saludos, amigo mío!, ¿por qué tan triste en un día tan hermoso? Si algo ha pasado para afligirte, tal vez pueda yo ofrecerte alguna ayuda. En todo caso, es para mí un placer ofrecer mis servicios».

sunday_on_his_shouEl joven parecía no querer hablar, entonces Jesús probó otra manera para llegar al alma del muchacho, diciendo: «Comprendo que te acercas a estas colinas para escaparte de la gente; por eso es natural que no quieras conversar conmigo; pero me gustaría saber si conoces bien estas colinas, ¿conoces la dirección de los senderos? ¿Puedes acaso indicarme cómo encontrar mejor mi camino a Fénix?»

Ahora bien, este joven conocía muy bien estas montañas y se interesó mucho por mostrar a Jesús el camino para ir a Fénix, hasta tal punto que dibujó en la tierra todos los senderos, explicándole todo detalle. Pero se sorprendió y se llenó de curiosidad cuando Jesús, después de decir adiós y de hacer como si se estuviera yendo, se volvió repentinamente hacia él diciéndole: «Bien sé que deseas quedarte a solas con tu desconsuelo; pero no sería ni amable ni justo de mi parte, recibir tan generosa ayuda de ti en cuanto al mejor camino para llegar a Fénix y luego sin pensar seguir de largo sin hacer el menor esfuerzo por responder a tu implorante pedido de ayuda y orientación para encontrar la mejor ruta hacia el destino que buscas en tu corazón mientras pasas tu tiempo aquí en las colinas.

Así como conoces tan bien las sendas que conducen a Fénix, por haberlas recorrido muchas veces, conozco yo el camino a la ciudad de tus decepcionadas esperanzas y de tus ambiciones incumplidas. Puesto que me has pedido ayuda, no te desilusionaré». El joven estaba casi sobrecogido; apenas si pudo balbucear: «Pero, no te pedí nada». Y Jesús poniéndole suavemente la mano en el hombro, le dijo: «No, hijo, nada pediste con palabras, pero supiste hablar a mi corazón con tu mirada anhelosa. Hijo mío, para el que ama a sus semejantes es fácil ver una elocuente súplica de ayuda en tu actitud de desaliento y desesperación. Siéntate a mi lado, y te diré de las sendas de servicio y de los caminos de la felicidad que conducen de las penas del yo a las alegrías de las acciones de amor dentro de la hermandad de los hombres y en el servicio del Dios en el cielo».

Ya a esta altura el joven sentía muchos deseos de hablar con Jesús, y cayó a sus pies de rodillas implorando a Jesús que lo ayudara, que le mostrara el camino para escapar de su mundo de pena y derrota personales. Jesús le dijo: «Amigo mío, ¡levántate! ¡Ponte de pie como un hombre! Puede que te rodeen enemigos insignificantes y que muchos obstáculos obstruyan tu marcha, pero las grandes cosas y las cosas reales de este mundo y del universo están de tu parte.

navidad-w-2013.jpgEl sol sale todas las mañanas para saludarte a ti como al hombre más poderoso y próspero de la tierra. Mira, tienes un cuerpo fuerte y músculos poderosos, tu físico es mejor que el del hombre promedio. Por supuesto, prácticamente no sirve para nada mientras te quedes sentado aquí en las montañas, lamentándote de tus infortunios, reales o inventados. Pero podrías hacer grandes cosas con tu cuerpo si te apuraras donde hay grandes cosas por hacer. Tratas de huir de tu ser infeliz; pero eso no puede ocurrir. Tanto tú como tus problemas del vivir son reales; no podrás escapar de ellos mientras estés vivo. Pero, piensa otra vez, verás que tu mente es clara y capaz. Tu cuerpo robusto tiene una mente inteligente que lo dirige. Pon tu mente a trabajar para resolver sus problemas; enseña a tu intelecto a que trabaje para ti; no te dejes más dominar por el temor, como si fueras un animal que no piensa. Tu mente debe ser tu aliado valiente para la solución de los problemas de tu vida en vez de ser tú, como lo has sido, su abyecto esclavo atemorizado, siervo de la depresión y la derrota.

Pero lo más valioso de todo, tu potencial para del logro verdadero, es el espíritu que vive dentro de ti, que estimulará e inspirará tu mente para que se controle a sí misma y active a tu cuerpo, si lo liberas de las cadenas del temor, permitiendo así que tu naturaleza espiritual comience a liberarte de los males de la inacción mediante el poder-presencia de la fe viviente. Verás entonces que esta fe derrotará el miedo a los hombres mediante la presencia apremiante del nuevo y todo dominante amor por tus semejantes que pronto llenará tu alma hasta rebasarla gracias a la conciencia que habrá nacido en tu corazón de que eres un hijo de Dios.

Jesus is waiting for you.

Jesus is waiting for you. (Photo credit: angelofsweetbitter2009)

«Este día, hijo mío, renacerás, restablecido como hombre de fe, coraje y dedicado servicio al hombre, para la gloria de Dios. Y cuando te hayas readaptado así con la vida dentro de ti, también te habrás readaptado con el universo; habrás vuelto a nacer del espíritu y de ahí en adelante toda tu vida será de logro victorioso. Los problemas aumentarán tu vigor; la desilusión te servirá de acicate; las dificultades serán un desafío; los obstáculos, un estímulo. ¡Levántate pues, joven! Dile adiós a la vida de terrores humillantes y de evasiva cobardía. Corre, regresa al deber y vive tu vida en la carne como un hijo de Dios, como un mortal dedicado al servicio ennoblecedor del hombre en la tierra, destinado al excelso y eterno servicio de Dios en la eternidad».

Este joven, Fortunato, se convertiría posteriormente en el líder de los cristianos en Creta y el íntimo colaborador de Tito en su labor de elevación de los creyentes cretenses.

Los viajeros se sentían refrescados y realmente descansados cuando al mediodía de cierto día se dispusieron a zarpar hacia Cartago, al norte de África. Hicieron una escala de dos días en Cirene. Fue aquí donde Jesús y Ganid le prestaron servicios de primeros auxilios a un mancebo llamado Rufo que había resultado lesionado por la rotura de una carreta de bueyes cargada. Lo llevaron a la casa de su madre, y su padre, Simón, jamás podría haber imaginado que el hombre cuya cruz él cargaría en el futuro por orden de un soldado romano era el mismo extranjero que cierta vez le ofreciera amistad a su hijo.

LA VIDA Y LAS ENSEÑANZAS DE JESÚS 

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La confusión de la mente: Si mi mente es confusa, angustiada, solitaria, ¿cómo puede ella estar en relación con la verdad, con lo real?

Y yo digo que estos problemas jamás podrán resolverse por sistema alguno, ya sea de la izquierda, de la derecha o del centro.

Pregunta: He escuchado todas las pláticas de usted y he leído todos sus libros. Con toda seriedad le pregunto: ¿Cuál puede ser el objeto de mi vida si como usted dice, todo pensamiento ha de cesar, todo conocimiento ha de ser suprimido, y todo recuerdo ha de perderse? ¿Cómo relaciona usted ese estado de ser  ‑sea lo que él fuere según usted- con el mundo en que vivimos? ¿Qué relación tiene ese ser con nuestra triste y dolorosa existencia?

Krishnamurti: Queremos saber qué es ese estado que sólo puede surgir cuando todo conocimiento, cuando el reconocedor, no existe; queremos saber qué relación tiene ese estado con nuestro mundo de diarias actividades, diarios empeños. Sabemos qué es ahora nuestra vida: triste, penosa, constantemente temerosa, nada permanente. Eso lo sabemos muy bien. Y queremos saber qué relación hay entre este estado y aquél; y, si dejamos de lado el conocimiento, si nos liberamos de nuestros recuerdos y demás, cuál es el objeto de la existencia.

 ¿Qué objeto tiene la existencia tal como ahora la conocemos, no en teoría sino realmente?

¿Cuál es el propósito de nuestra existencia diaria? Nada más que el sobrevivir ‑ ¿no es así?-, con todas sus miserias, con todos sus pesares y confusión, sus guerras, destrucciones, y demás. Podemos inventar teorías, podemos decir: “Esto no debiera ser, sino alguna otra cosa”. Pero todas esas son teorías, no son hechos. Lo que conocemos es la confusión, el dolor, el sufrimiento, los antagonismos interminables. Y también, por poco que nos demos cuenta, sabemos cómo ocurre todo eso. Porque el objeto de la vida día tras días, de instante en instante, es destruirnos unos a otros, explotarnos unos a otros, ya sea como individuos o como seres humanos colectivos. En nuestra soledad, en nuestra miseria, tratamos de utilizar a otros, intentamos huir de nosotros mismos, por medio de la diversión, de dioses, del conocimiento, de toda forma de creencia, de la identificación. Tal es nuestro objeto, consciente o inconsciente, tal como ahora vivimos. ¿Y existe un propósito más profundo, más amplio y trascendente, un fin que no sea de confusión, de adquisición? ¿Y ese estado espontáneo tiene alguna relación con nuestra vida diaria?

Eso, por cierto, no tiene absolutamente ninguna relación con nuestra vida. ¿Cómo puede tenerla? Si mi mente es confusa, angustiada, solitaria, ¿cómo puede ella estar en relación con algo que no pertenezca a la misma? ¿Cómo puede la verdad estar en relación con la falsedad, con la ilusión? Pero eso no lo queremos admitir. Porque nuestra esperanza, nuestra confusión, nos hace creer en algo más grande, más noble, que, según decimos, tiene relación con nosotros. En nuestra desesperación buscamos la verdad, esperando que en el descubrimiento de la misma nuestra desesperación habrá de desaparecer. Podemos ver, pues, que una mente confusa, una mente transida de dolor, una mente que capta su propio vacío, su soledad, jamás podrá encontrar aquello que está más allá de sí misma. Aquello que está más allá de la mente sólo puede surgir cuando las causas de confusión, de desdicha, han sido disipadas o comprendidas.

Todo lo que he estado diciendo, de lo que he estado hablando, es cómo comprendernos a nosotros mismos. Porque, sin conocimiento propio, lo otro no adviene, lo otro es sólo una ilusión. Mas si comprendemos el proceso total de nosotros mismos, de instante en instante, entonces veremos que, al despejarse nuestra propia confusión, lo otro adviene. Entonces vivenciando aquello tendrá una relación con esto. Pero esto jamás tendrá relación con aquello. Estando de este lado de la cortina, estando en la oscuridad, ¿cómo puede uno tener la vivencia de la luz, de la libertad? Mas una vez que haya vivencia de la verdad, entonces podréis vosotros relacionarla con este mundo en que vivís.

Si jamás hemos conocido lo que es el amor, sino tan sólo constantes reyertas, desdichas, angustias, conflictos, ¿cómo podemos vivenciar ese amor que nada tiene que ver con todo esto? Pero una vez que tengamos la vivencia de eso, entonces no necesitamos molestarnos en hallar la relación. Entonces el amor, la inteligencia, funcionan. Mas para vivenciar ese estado, todo conocimiento, recuerdos acumulados, actividades identificadas con uno mismo, tienen que cesar para que la mente sea incapaz de proyectar sensación alguna. Entonces, vivenciando eso, habrá acción en este mundo.

Ese es por cierto el objeto de la existencia: ir más allá de la actividad egocéntrica de la mente. Y, habiendo vivenciado ese estado ‑que la mente no puede medir-, entonces la vivencia misma de eso trae consigo una revolución íntima. Entonces, habiendo amor, no hay problema social; no hay problema de ninguna especie cuando hay amor. Es porque no sabemos amar que tenemos problemas sociales, y sistemas de filosofía sobre el modo de habérnoslas con nuestros problemas. Y yo digo que estos problemas jamás podrán resolverse por sistema alguno, ya sea de la izquierda, de la derecha o del centro. Ellos podrán ser resueltos ‑nuestra confusión, nuestras miserias, nuestra autodestrucción- tan sólo cuando podamos vivenciar aquel estado que no es autoproyectado.

La confusión de la mente 

Krishnamurti

 

  • ¿Cuál es el propósito de nuestra existencia diaria? Nada más que el sobrevivir ‑ ¿no es así?-, con todas sus miserias, con todos sus pesares y confusión, sus guerras, destrucciones, y demás.

 

  • Podemos inventar teorías, podemos decir: “Esto no debiera ser, sino alguna otra cosa”. Pero todas esas son teorías, no son hechos. Lo que conocemos es la confusión, el dolor, el sufrimiento, los antagonismos interminables.

 

  • En nuestra soledad, en nuestra miseria, tratamos de utilizar a otros, intentamos huir de nosotros mismos.

 

  • ¿Y existe un propósito más profundo, más amplio y trascendente, un fin que no sea de confusión, de adquisición? ¿Y ese estado espontáneo tiene alguna relación con nuestra vida diaria?

 

  • Si mi mente es confusa, angustiada, solitaria, ¿cómo puede ella estar en relación con algo que no pertenezca a la misma? ¿Cómo puede la verdad estar en relación con la falsedad, con la ilusión? Pero eso no lo queremos admitir.

No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma.

¿Qué es el “yo”? Una investigación sobre la constitución y la disolución del “yo”

Ser integralmente inteligente significa ser sin “yo”.  ¿Es ello posible?

¿Sabemos qué entendemos por el “yo”? Por ello entiendo la idea, el recuerdo, la conclusión, la experiencia, las diversas formas de intenciones nombrables o innominables, el constante empeño por ser o por no ser, la memoria acumulada de lo inconsciente: lo racial, el grupo, lo individual, el clan y la totalidad de tales cosas, ya sea proyectada hacia afuera en acción, o proyectada espiritualmente como virtud. El esforzarse por todo eso es el “yo”. En ello se incluye la rivalidad, el deseo de ser. El proceso íntegro de todo eso es el “yo”; y realmente sabemos, cuando nos enfrentamos con ello, que es cosa maligna. Empleo la palabra “maligna” intencionalmente, porque el “yo” es causa de división, el “yo” nos encierra en nosotros mismos; sus actividades, por nobles que sean, son separativas y aisladoras. Esto lo sabemos. También sabemos que son extraordinarios los momentos en que el “yo” no está presente, en que no hay sensación de empeño, de esfuerzo, lo que ocurre cuando hay amor.

Paréceme importante comprender como la experiencia fortalece el “yo”. Si somos serios, deberíamos comprender este problema de la experiencia. Ahora bien, ¿qué entendemos por experiencia? En todo momento tenemos experiencias, impresiones; y esas impresiones las interpretamos, y reaccionamos ante ellas; o actuamos de acuerdo con esas impresiones; somos calculadores, astutos, y lo demás. Hay constante influencia reciproca entre lo que se ve objetivamente y nuestra reacción ante ello, y acción recíproca entre lo consciente y los recuerdos de lo inconsciente.

Conforme a mis recuerdos, reacciono ante cualquier cosa que veo, ante cualquier cosa que siento. En este proceso de reaccionar ante lo que veo, lo que siento, lo que sé, lo que creo, la experiencia se va produciendo. ¿No es así? La reacción ante la respuesta de algo visto, es experiencia. Cuando os veo, reacciono; el nombrar esa reacción es experiencia. Si no la nombro, esa reacción no es una experiencia. Observad vuestras propias respuestas y lo que ocurre en torno vuestro. No hay experiencia a menos que al mismo tiempo se desarrolle un proceso de nombrar. Si no os reconozco, ¿cómo puedo tener la experiencia de veros? Ello suena sencillo y correcto. ¿No es un hecho? Esto es, si no reacciono ante vosotros según mis recuerdos, según mi condicionamiento, según mis prejuicios, ¿cómo puedo saber que he tenido una experiencia?

Está luego la proyección de diversos deseos. Deseo estar protegido, tener seguridad interior; o deseo tener un Maestro, un guía espiritual, un instructor, un Dios; y experimento aquello que he proyectado. Es decir, he proyectado un deseo que ha tomado una forma, al cual le he dado un nombre; ante eso reacciono. Es mi proyección. Es mi nominación. Ese deseo que me brinda una experiencia, me hace decir: “he experimentado”, “me he encontrado con el Maestro”, o bien “no he encontrado al Maestro”. Ya conocéis todo el proceso de nombrar una experiencia. El deseo es lo que llamáis “una experiencia”. ¿No es cierto?

Cuando deseo el silencio de la mente, ¿qué es lo que ocurre?, ¿qué sucede? Veo la importancia de tener una mente silenciosa, una mente quieta, por diversas razones: porque eso lo han dicho los Upanishads, las escrituras religiosas, los santos; y, ocasionalmente, yo mismo siento lo bueno que es estar tranquilo, pues mi mente parlotea demasiado todo el día. Por momentos siento lo bello, lo agradable que es tener una mente apacible, una mente silenciosa. El deseo es experimentar el silencio. Yo deseo tener una mente silenciosa, y entonces pregunto “¿cómo lograrla?” Conozco lo que este o aquel libro dice acerca de la meditación y las diversas formas de disciplina. Así por la disciplina busco experimentar el silencio. El “yo”, por eso, se instala en la experiencia del silencio.

Quiero comprender qué es la Verdad; ese es mi deseo, mi anhelo. Luego está mi proyección de lo que considero a que es la verdad, porque he leído mucho al respecto, he oído hablar de ella a mucha gente; las escrituras religiosas la han descrito. Deseo todo eso. ¿Qué ocurre? La misma demanda, el deseo mismo, es proyectado; y experimento porque reconozco ese estado proyectado. Lo reconozco y lo experimento. Esa experiencia da vigor al “sí mismo”, al “yo”. ¿No es así? De suerte que el “yo” se atrinchera en la experiencia. Entonces decís “yo sé”, “el Maestro existe”, “hay Dios” o “no hay Dios”; decís que un determinado sistema político es justo y los otros no lo son.

La experiencia, pues, está siempre fortaleciendo el “yo”. Cuanto más atrincherados estáis en vuestra experiencia, tanto más se fortalece el “yo”. Como resultado de esto, tenéis cierta fuerza de carácter, de conocimiento, de creencia, de lo que hacéis gala ante otras personas porque sabéis que no son tan avisados como vosotros, y porque vosotros tenéis el don de la pluma o de la palabra y sois astutos. Es porque el “yo” sigue actuando que vuestras creencias, vuestros Maestros, vuestras castas, vuestro sistema económico, son un proceso de aislamiento, y por lo tanto todo ello trae contienda. Si en vosotros hay alguna seriedad o fervor al respecto, debéis disolver este centro completamente, y no justificarlo. Es por eso que debemos comprender el proceso de la experiencia.

¿Es posible que la mente, que el “yo”, no proyecte, no desee, no experimente? Vemos que todas las experiencias del “yo” son una negación, una destrucción; y, sin embargo, a las mismas les llamamos “acción positiva”. ¿No es así? Eso es lo que llamamos “modo positivo de vida”. Deshacer todo ese proceso es lo que llamáis negación. ¿Tenéis razón en eso? ¿Podemos nosotros ‑vosotros y yo como individuos- ir a la raíz de ello y comprender el proceso del “yo”? Ahora bien, ¿qué es lo que produce la disolución del “yo”? Grupos religiosos y otros han propuesto la identificación. ¿No es cierto? “Identificaos con algo más grande, y el ‘yo’ desaparece”; eso es lo que ellos dicen. Sin duda, la identificación sigue siendo el proceso del “yo”; lo más grande es simplemente la proyección del “yo”, que yo experimento y que por tanto fortalece el “yo”.

Todas las diversas formas de disciplina, creencias y conocimiento, sólo fortalecen el “yo”. ¿Podemos encontrar un elemento que disolverá el “yo”? ¿O es esa una pregunta impropia? Eso es lo que en el fondo queremos. Queremos encontrar algo que disuelva el “yo”. ¿No es cierto? Creemos que hay diversas formas de hallar eso: identificación, creencias, y lo demás. Pero todas ellas están al mismo nivel, una no es superior a la otra, porque todas ellas son igualmente poderosas para fortalecer el “sí mismo”, el “yo”. Veo ahora el “yo” dondequiera funcione, y veo sus fuerzas y energía destructivas. Sea cual fuere el nombre que le deis, él es una fuerza aisladora, destructiva; y deseo hallar una manera de disolverlo. Debéis haberos dicho esto a vosotros mismos: “veo que el ‘yo’ funciona todo el tiempo, y que siempre trae ansiedad, miedo, frustración, desesperación, desdicha, no sólo a mí mismo sino a cuantos me rodean; ¿es posible que ese ‘yo’ sea disuelto, no parcial sino completamente?” ¿Podemos ir hasta la raíz de él y destruirlo? Ese es el único modo de actuar ¿no es así? No deseo ser parcialmente inteligente sino inteligente de un modo integral. La mayoría de nosotros somos inteligentes por capas; vosotros probablemente en un sentido, y yo en algún otro. Algunos de vosotros sois inteligentes en vuestros negocios, otros en vuestro trabajo de oficina, y lo demás. La gente es inteligente de diferentes maneras; pero no lo somos integralmente. Ser integralmente inteligente significa ser sin “yo”. ¿Es ello posible?

¿Es posible que el “yo” esté completamente ausente ahora? Sabéis que sí es posible. ¿Cuáles son los ingredientes, los requisitos necesarios? ¿Cuál es el elemento que produce eso? ¿Puedo encontrarlo? Cuando hago la pregunta “¿puedo encontrarlo?”, estoy sin duda convencido de que ello es posible. Ya he creado una experiencia en la que el “yo” va a ser fortalecido. ¿No es así? La comprensión del “yo” requiere gran dosis de inteligencia, gran dosis de desvelo, de vigilancia, incesante observación, para que él no se escabulla. Yo, que soy muy serio, quiero disolver el “yo”. Cuando digo eso, sé que es posible disolver el “yo”. En el momento en que digo “quiero disolver esto”, en ello existe aún la experiencia del “yo”, y así el “yo” se fortalece. ¿Cómo será posible, pues, que el “yo” no experimente? Uno puede ver que la acción creadora no es en absoluto la experiencia del “yo”. Hay creación cuando el “yo” no está presente; porque la creación no es intelectual, no es de la mente, no es autoproyectada, es algo que está más allá de toda experiencia, como lo sabemos. ¿Es posible que la mente esté del todo quieta, en un estado de no reconocimiento, es decir, de no experiencia; que se halle en un estado en el que la creación pueda ocurrir, lo que significa que el “yo” no está ahí, que el “yo” está ausente? El problema es ése. ¿No es cierto? Cualquier movimiento de la mente, positivo o negativo, es una experiencia que realmente fortalece el “yo”. ¿Es posible para la mente no reconocer? Eso puede ocurrir tan sólo cuando hay completo silencio, mas no el silencio que es una experiencia del “yo” y que por lo tanto lo fortalece.

¿Hay una entidad aparte del “yo”, que mire al “yo”, y lo disuelva? ¿Existe una entidad espiritual que desaloje al “yo” y lo destruya, que haga caso omiso de él? Creemos que la hay. ¿No es así? La mayoría de las personas religiosas cree que existe tal elemento. El materialista dice “es imposible que el ‘yo’ sea destruido; sólo puede ser condicionado y restringido ‑en lo político, en lo económico y en lo social-; podemos sujetarlo firmemente dentro de cierto molde y podemos dominarlo; y por lo tanto se puede hacer que lleve una vida elevada, una vida moral y que no se ocupe en otra cosa que en seguir la norma social y funcionar como simple máquina”. Eso lo sabemos. Hay otras personas, las llamadas “religiosas” ‑no son realmente religiosas, aunque así las llamemos- que dicen: “Fundamentalmente, tal elemento existe. Si podemos ponernos en contacto con él, él disolverá el ‘yo’”.

¿Existe tal elemento para disolver el “yo”? Ved, por favor, lo que estamos haciendo. Sólo estamos arrinconando forzadamente al “yo”. Si permitís que se os arrincone forzadamente, veréis lo que habrá de ocurrir. Desearíamos que hubiese un elemento atemporal que no pertenezca al “yo”, y que ‑así lo esperamos- venga para interceder y destruir el “yo”, y al que llamamos Dios. Ahora bien, ¿hay cosa tal que la mente pueda concebir? Podrá o no haberla; no se trata de eso. Cuando la mente busca un estado atemporal y espiritual que entrará en acción para destruir el “yo”, ¿no es esa otra forma de experiencia que fortalece el “yo”? Cuando creéis, ¿no es eso lo que realmente ocurre? Cuando creéis que existe la verdad, Dios, un estado atemporal, la inmortalidad, ¿no es ese el proceso de fortalecimiento del “yo”? El “yo” ha proyectado esa cosa que, según sentís y creéis, vendrá a destruir el “yo”. Habiendo, pues, proyectado esa idea de continuación en un estado atemporal como entidad espiritual, tenéis experiencia; y tal experiencia no hará sino fortalecer el “yo”. ¿Qué habréis hecho por lo tanto? No habréis destruido realmente el “yo” sino que le habréis dado un nombre diferente, una cualidad diferente; el “yo” seguirá estando así, porque la habréis experimentado. De suerte que nuestra acción, desde el comienzo hasta el fin, es la misma acción; sólo que nosotros creemos que ella evoluciona, crece, se vuelve más y más bella; pero, si lo observáis, interiormente, es la misma acción que prosigue, el mismo “yo” que funciona en diferentes niveles con diferentes rótulos, con diferentes nombres.

Cuando veis todo el proceso, las astutas y extraordinarias invenciones del “yo”, su inteligencia, cómo se encubre mediante la identificación, mediante la virtud, mediante la experiencia, mediante la creencia, mediante el conocimiento; cuando veis que os estáis moviendo en un círculo, en una jaula que él mismo fabrica, ¿qué sucede? Cuando os dais cuenta de ello, cuando tenéis pleno conocimiento de ello, ¿no estáis entonces extraordinariamente quietos? Y no por compulsión, ni mediante recompensa alguna, ni por ningún temor. Cuando reconocéis que todo movimiento de la mente es tan sólo una forma de fortalecimiento del “yo”, cuando observáis eso y lo veis, cuando os dais completamente cuenta de eso en la acción, cuando llegáis a ese punto ‑no de un modo ideológico, verbal; ni por experiencia proyectada, sino cuando estáis realmente en ese estado-, entonces veréis que, estando la mente del todo quieta, ella no tiene el poder de crear. Cualquier cosa creada por la mente, lo es en un círculo, dentro del ámbito del “yo”. Cuando la mente es no creadora, hay creación, lo cual no es un proceso reconocible.

La realidad, la verdad, no ha de ser reconocida. Para que la verdad advenga, la creencia, el conocimiento, la experiencia, el perseguir la virtud ‑todo eso debe desaparecer. La persona virtuosa que tiene conciencia de perseguir la virtud, jamás podrá encontrar la realidad. Podrá ser una persona muy decente; eso es enteramente diferente del hombre que vive la verdad, del hombre que comprende. En el hombre que vive la verdad, la verdad se ha manifestado. Un hombre virtuoso es un hombre justo, y un hombre justo jamás podrá comprender qué es la verdad; porque la virtud, para él, es el encubrimiento del “yo”, el fortalecimiento del “yo”, porque él persigue la virtud. Cuando él dice “debo ser sin codicia”, el estado de no codicia que él experimenta fortalece el “yo”. Es por eso que es tan importante ser pobre, no sólo en las cosas del mundo sino también en creencia y en conocimiento. Un hombre rico en bienes materiales, o un hombre rico en conocimientos y en creencias, jamás conocerá otra cosa que la oscuridad, y será el centro de todo daño y miseria.

Mas si vosotros y yo, como individuos, podemos ver todo este funcionamiento del “yo”, entonces sabremos qué es el amor. Os aseguro que esa es la única reforma que pueda posiblemente cambiar el mundo. El amor no es del “yo”. El “yo” no puede reconocer el amor. Decís “yo amo”; pero entonces, en el decirlo y en la experiencia misma de ello, no hay amor. Mas cuando conocéis el amor, no hay “yo”. Cuando hay amor, no hay “yo”.

Krishnamurti

¿Cómo puedo darme cuenta en realidad del miedo sutil que siento dentro de mí?

Haciéndose amigo de los sentimientos

El único problema con la tristeza, la desesperación, el miedo, el enojo, la desesperanza, la ansiedad, la angustia, la aflicción, es que te quieres deshacer de ellos. Ésa es la única barrera.

Tendrás que vivir con ellos. No puedes simplemente escapar. Son precisamente la situación en la que la vida tiene que integrarse y crecer. Son los desafíos de la vida. Acéptalos. Son bendiciones disfrazadas. Si quieres escapar de ellos, si de alguna manera te quieres librar de ellos, entonces surge un problema, porque si te quieres librar de algo, nunca lo miras directamente y entonces eso mismo empieza a esconderse porque lo estás condenando. Entonces eso va cada vez más profundo dentro del inconsciente, se esconde en el rincón más oscuro de tu ser en donde no puedes encontrarlo. Se dirige hacia el sótano de tu ser y se esconde ahí. Y, por supuesto, mientras más profundo va, más problemas causa, porque entonces comienza a funcionar desde rincones desconocidos de tu ser y tú estás completamente indefenso.

Así que lo primero es: nunca reprimas. Lo primero es: Acéptalo y deja que llegue, deja que llegue frente a ti. De hecho, simplemente el decir “No lo reprimas” no es suficiente. Si me lo permites, me gustaría decir, “Hazte su amigo.” Si te resulta difícil, también puedes decir “acepto que no acepto”.

¿Sientes tristeza? Hazte su amigo. Ten compasión de ella. La tristeza también tiene su ser. Permítela, abrázala; siéntate con ella, dale la mano. Sé amigable. Enamórate de ella. ¡La tristeza es hermosa! No hay nada malo en ella. ¿Quién te dijo que es malo estar triste? De hecho, solamente la tristeza te da profundidad. La risa es superficial; la alegría está al nivel de la piel. La tristeza llega hasta los huesos, a la médula. Nada llega tan profundo como la tristeza.

Así que no te preocupes. Quédate con la tristeza y ella te llevará hasta lo más profundo de tu ser. Puedes pasear con ella y podrás conocer algunas cosas sobre tu ser que nunca antes habías conocido. Esas cosas sólo pueden ser reveladas estando triste, nunca pueden ser reveladas en la alegría. La oscuridad también es buena y también es divina.

La persona que puede estar pacientemente triste, de repente se encuentra con que una mañana la felicidad está surgiendo en su corazón desde una fuente desconocida. Esa fuente desconocida es la existencia. Te lo has ganado si has estado realmente triste, si has estado realmente desesperanzado, desesperado, infeliz, afligido, si has vivido en el infierno, te has ganado el cielo. Has pagado el precio.

Confronta la vida. Encuentra la vida. Habrá momentos difíciles, pero un día verás que esos momentos difíciles te han dado fuerza porque has salido a su encuentro. Así tenía que ser. Esos momentos difíciles son arduos cuando estás pasando por ellos, pero más tarde te darás cuenta que te han vuelto más integrado. Sin ellos nunca podrías haber estado centrado, con los pies en la tierra.

Permite que la expresión sea una de las reglas más importantes de tu vida. Aunque tengas que sufrir por ello, sufre. Nunca serás un perdedor. Ese sufrimiento te hará cada vez más capaz de gozar de la vida, de regocijarte con la vida.

El Arte de Morir

Osho

Art Gallery by mari_e17
Fotografías cedidas por Elena (México):
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