LA EDUCACIÓN Y EL SIGNIFICADO DE LA VIDA ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia si ella nos conduce a la violencia y a la completa infelicidad?

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Nuestra educación presente está adaptada a la industrialización y la guerra, siendo su principal propósito desarrollar la eficiencia; y nosotros nos hallamos atrapados en esta maquinaria de competencia despiadada y destrucción mutua. Si la educación nos conduce a la guerra, si nos  enseña a destruir o ser destruidos, ¿no ha fracasado completamente?

Todos hemos sido preparados por la educación y el medio para buscar el provecho personal y la seguridad, y para luchar por nosotros mismos. Aunque lo disimulemos con frases agradables, hemos sido educados por las diversas profesiones, dentro de un sistema basado en la explotación y el temor adquisitivo. Una educación semejante debe traer inevitablemente confusión y desdicha para nosotros mismos y para el mundo, porque crea en cada individuo esas barreras psicológicas divisivas que lo mantienen separado de los demás.

La educación no es un mero asunto de adiestrar la mente. El adiestramiento, contribuye a la eficacia, pero no genera integración. Una mente que tan sólo ha sido adiestrada es la continuación del pasado, y una mente así jamás puede descubrir lo nuevo. Por eso, para averiguar qué es la verdadera educación, tendremos que investigar todo el significado del vivir.

Para la mayoría de nosotros, el significado de la vida como una totalidad no es de primordial importancia, y nuestra educación acentúa los valores secundarios, tornándonos peritos en alguna rama del conocimiento. Si bien el conocimiento y la eficiencia son necesarios, el hacer hincapié fundamental en ellos sólo da por resultado conflicto y confusión.

Existe una eficiencia que, inspirada en el amor, va mucho más allá y es más grande que la eficiencia de la ambición; y sin amor, que trae consigo una comprensión integrada de la vida, la mera eficiencia engendra crueldad. ¿No es esto, acaso, lo que actualmente está ocurriendo en todo el mundo? Nuestra educación presente está adaptada a la industrialización y la guerra, siendo su principal propósito desarrollar la eficiencia; y nosotros nos hallamos atrapados en esta maquinaria de competencia despiadada y destrucción mutua. Si la educación nos conduce a la guerra, si nos  enseña a destruir o ser destruidos, ¿no ha fracasado completamente?

Para dar origen a la verdadera educación, es obvio que debemos comprender el significado de la vida como una totalidad, y por eso tenemos que ser capaces de pensar, no consecuentemente, sino de manera directa y veraz. Un pensador consecuente es una persona irreflexiva, porque se ajusta a un modelo; repite frases y piensa conforme a una rutina. No podemos comprender la existencia de modo abstracto o teórico. Comprender la vida es comprendemos a nosotros mismos, y eso es tanto el principio como el fin de la educación.

La educación no consiste tan sólo en adquirir conocimientos, en reunir datos y correlacionarlos; es ver el significado de la vida como una totalidad. Pero lo total no puede ser abordado a través de la parte, que es lo que intentan hacer los gobiernos, las religiones organizadas y los partidos políticos autoritarios.

El objeto de la educación es crear seres humanos integrados y, por lo tanto, inteligentes. Podemos adquirir títulos y ser eficientes desde el punto de vista mecánico, sin que por eso seamos inteligentes. La inteligencia no es mera información; no se obtiene de los libros ni consiste en ingeniosas respuestas autoprotectoras y afirmaciones agresivas. Una persona que no ha estudiado puede ser más inteligente que una erudita. Hemos hecho de los exámenes y los títulos la norma de inteligencia, y hemos desarrollado mentes astutas que eluden las cuestiones humanas vitales. La inteligencia es la capacidad de percibir lo esencial, lo que es; y la educación consiste en despertar esta capacidad en uno mismo y en los demás.

La educación debe ayudarnos a descubrir valores perdurables, a fin de que no nos aferremos meramente a fórmulas ni repitamos eslóganes; debe ayudarnos a derribar nuestras barreras nacionales y sociales en vez de acentuarlas, porque engendran antagonismo entre los seres humanos. Desafortunadamente, el sistema actual de educación nos torna serviles, mecánicos y profundamente irreflexivos; si bien nos despierta intelectualmente, en lo interno nos deja incompletos, atontados y faltos de creatividad,

Sin una comprensión integrada de la vida, nuestros problemas intelectuales y colectivos sólo se ahondarán y extenderán. El propósito de la educación no es producir meros eruditos, técnicos y buscadores de empleos, sino seres humanos integrados y libres de miedo; porque únicamente entre seres humanos así puede haber paz duradera.

En la comprensión de nosotros mismos, el miedo llega a su fin. Si el individuo ha de abordar la vida de instante en instante, si ha de enfrentarse a sus complicaciones, a sus desdichas y exigencias repentinas, debe ser infinitamente flexible y, por ende, debe estar libre de teorías y patrones particulares de pensamiento.

La educación no ha de estimular al individuo para que se amolde a la sociedad ni para que se oponga a ella, sino que debe ayudarle a descubrir los verdaderos valores que se revelan con la investigación imparcial y la percepción de nosotros mismos. Cuando no hay conocimiento propio, la autoexpresión se vuelve autoafirmación, con todos sus conflictos ambiciosos y agresivos. La educación debe despertar la capacidad de conocernos a nosotros mismos y, de tal modo, no complacernos meramente en la gratificadora autoexpresión.

¿De qué sirve que aprendamos, si en el proceso del vivir nos destruimos a nosotros mismos? Como hemos tenido una serie de guerras devastadoras, una inmediatamente después de la otra, es obvio que hay algo radicalmente erróneo en el modo como educamos a nuestros hijos. Creo que casi todos nos damos cuenta de esto, pero no sabemos cómo afrontarlo.

Los sistemas, ya sea educativos o políticos, no cambian misteriosamente; se transforman cuando hay un cambio fundamental en nosotros mismos. Lo que tiene importancia básica es el individuo, no el sistema; y mientras el individuo no comprenda la totalidad de sí mismo, ningún sistema, de la izquierda o de la derecha, podrá traer orden y paz al mundo.

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KRISHNAMURTI  – LA EDUCACIÓN Y EL SIGNIFICADO DE LA VIDA – 2ª
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LA EDUCACIÓN Y EL SIGNIFICADO DE LA VIDA – Ahora bien, ¿cuál es el significado de la vida?

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¿Para qué vivimos y luchamos? Si se nos educa tan sólo para lograr distinción social, para obtener un empleo mejor, para ser más eficientes, para ejercer un dominio más amplio sobre los demás, entonces nuestras vidas serán superficiales y vacías. Si se nos educa tan sólo para ser científicos, eruditos apegados a los libros, o especialistas adictos al conocimiento, estaremos contribuyendo a la destrucción y desdicha del mundo.

Cuando uno viaja alrededor del mundo, advierte hasta qué grado extraordinario la naturaleza humana es la misma, ya sea en la India o en América, en Europa o en Australia. Esto es especialmente cierto en colegios y universidades. Estamos produciendo, como por medio de un molde, un tipo de ser humano cuyo interés principal es encontrar seguridad, llegar a ser alguien importante, o divertirse con la mínima reflexión posible.

La educación convencional toma extremadamente difícil el pensar independiente. El amoldamiento nos condena a la mediocridad. Ser diferente del grupo o resistir el entorno no es fácil, y a menudo es peligroso en tanto rindamos culto al éxito. El impulso de triunfar, que implica perseguir la recompensa, ya sea en el mundo material o en la esfera así llamada espiritual, la búsqueda de seguridad interna o externa, el deseo de comodidades…todo este proceso sofoca el descontento, pone fin a la espontaneidad y engendra miedo; y el miedo bloquea la inteligente comprensión de la vida. Con el envejecimiento, sobreviene la insensibilidad de la mente y del corazón.

Al buscar bienestar, consuelo, encontramos por lo general un rincón tranquilo en la vida, y entonces tenemos miedo de salir de ese aislamiento. Este miedo a la vida, este miedo a la lucha y a una nueva experiencia, mata en nosotros el espíritu de aventura; toda nuestra crianza y educación nos han infundido temor a ser diferentes de nuestro prójimo, temor a pensar de modo contrario al patrón establecido de la sociedad, falsamente respetuoso de la autoridad y la tradición.

Afortunadamente, hay unos cuantos que son serios, que están dispuestos a examinar nuestros problemas humanos, sin el prejuicio de la derecha o de la izquierda; pero en la inmensa mayoría de nosotros, no hay un verdadero espíritu de descontento, de rebelión. Cuando sin comprender el entorno cedemos a él, cualquier espíritu de rebelión que pudiéramos haber tenido se extingue gradualmente y nuestras responsabilidades pronto le ponen fin.

La rebelión es de dos clases: está la rebelión violenta ―que es mera reacción, sin comprensión alguna- contra el orden existente; y está la profunda rebelión psicológica de la inteligencia. Hay muchos que se rebelan contra las ortodoxias establecidas, sólo para caer en nuevas ortodoxias, en más ilusiones y encubiertas autoindulgencias. Lo que por lo general sucede es que rompemos con un grupo o una serie de ideales y nos adherimos a otro grupo, adoptamos otros ideales, generando así un nuevo patrón de pensamiento contra el cual nuevamente tenemos que rebelarnos. La reacción sólo genera oposición, y la reforma necesita ulteriores reformas.

Pero hay una rebelión inteligente que no es reacción y que llega con el conocimiento propio mediante la percepción de nuestro propio pensar y sentir. Cuando nos enfrentamos a la experiencia tal como se presenta y no evitamos las perturbaciones, sólo entonces, mantenemos la inteligencia altamente despierta; y la inteligencia altamente despierta es discernimiento directo, el cual constituye la única guía verdadera en la vida.

Ahora bien, ¿cuál es el significado de la vida? ¿Para qué vivimos y luchamos? Si se nos educa tan sólo para lograr distinción social, para obtener un empleo mejor, para ser más eficientes, para ejercer un dominio más amplio sobre los demás, entonces nuestras vidas serán superficiales y vacías. Si se nos educa tan sólo para ser científicos, eruditos apegados a los libros, o especialistas adictos al conocimiento, estaremos contribuyendo a la destrucción y desdicha del mundo.

Si bien existe una más elevada y vasta significación de la vida, ¿qué valor tiene nuestra educación si no nos ayuda jamás a descubrirla? Podemos ser sumamente educados, pero si no hay en nosotros una integración profunda de pensamiento y sentimiento, nuestras vidas son incompletas, contradictorias, y se hallan atormentadas por múltiples temores; y en tanto la educación no cultive una perspectiva unificada de la vida, tendrá muy poca significación.

En nuestra civilización actual hemos dividido la vida en tantas secciones, que la educación tiene poco sentido excepto para aprender determinada técnica o profesión. En vez de despertar la inteligencia integrada del individuo, la educación le incita a amoldarse a un patrón determinado, y así está impidiendo que se comprenda a sí mismo como un proceso total. El intento de resolver los innumerables problemas de la existencia en sus respectivos niveles, separados como están en diversas categorías, denota una absoluta falta de comprensión.

El individuo está compuesto de diferentes entidades, pero acentuar las diferencias y estimular el desarrollo de un tipo definido de entidad, conduce a múltiples complejidades y contradicciones. La educación debe originar la integración de estas entidades separadas, porque sin integración la vida se convierte en una serie de conflictos y sufrimientos. ¿De qué vale que se nos eduque como abogados, si perpetuamos los litigios? ¿Qué valor tiene el conocimiento, si continuamos con nuestra confusión? ¿Qué significado tiene la capacidad técnica e industrial, si la usamos para destruirnos unos a otros? ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia si ella nos conduce a la violencia y a la completa infelicidad? Aunque podamos tener dinero y seamos capaces de ganarlo, aunque tengamos nuestros placeres y nuestras religiones organizadas, nos debatimos en un conflicto interminable.

Debemos distinguir entre lo personal y lo individual. Lo personal es lo accidental; por accidental entiendo las circunstancias del nacimiento, el entorno en el que nos tocó criamos, con su nacionalismo, sus supersticiones, sus diferencias de clase y sus prejuicios. Lo personal o accidental no es sino momentáneo, aunque ese momento pueda durar toda una vida; y como el actual sistema educativo se basa en lo personal, lo accidental, lo momentáneo, conduce a la perversión del pensamiento e inculca en nosotros los miedos autodefensivos.

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KRISHNAMURTI     – LA EDUCACIÓN Y EL SIGNIFICADO DE LA VIDA – 1ª

 

  •      Estamos produciendo, como por medio de un molde, un tipo de ser humano cuyo interés principal es encontrar seguridad, llegar a ser alguien importante, o divertirse con la mínima reflexión posible.
  •      La educación convencional toma extremadamente difícil el pensar independiente. El amoldamiento nos condena a la mediocridad.
  •      La rebelión es de dos clases: está la rebelión violenta ―que es mera reacción, sin comprensión alguna- contra el orden existente; y está la profunda rebelión psicológica de la inteligencia.
  •      Si bien existe una más elevada y vasta significación de la vida, ¿qué valor tiene nuestra educación si no nos ayuda jamás a descubrirla?
  •      Podemos ser sumamente educados, pero si no hay en nosotros una integración profunda de pensamiento y sentimiento, nuestras vidas son incompletas, contradictorias, y se hallan atormentadas por múltiples temores.
  •      En vez de despertar la inteligencia integrada del individuo, la educación le incita a amoldarse a un patrón determinado, y así está impidiendo que se comprenda a sí mismo como un proceso total.
  •      El individuo está compuesto de diferentes entidades, pero acentuar las diferencias y estimular el desarrollo de un tipo definido de entidad, conduce a múltiples complejidades y contradicciones.
  •      ¿De qué vale que se nos eduque como abogados, si perpetuamos los litigios?
  •      ¿Qué valor tiene el conocimiento, si continuamos con nuestra confusión?
  •      ¿Qué significado tiene la capacidad técnica e industrial, si la usamos para destruirnos unos a otros?
  •      ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia si ella nos conduce a la violencia y a la completa infelicidad?
  •      Aunque podamos tener dinero y seamos capaces de ganarlo, aunque tengamos nuestros placeres y nuestras religiones organizadas, nos debatimos en un conflicto interminable.

 

CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /VI

Entre 1948 y principios de los años 60, Krishnaji era fácilmente accesible y mucha gente venía a verle. Las relaciones florecían en los paseos, en las entrevistas personales, a través de cartas. Las cartas que siguen las escribió a una joven amiga que llegó a él herida en cuerpo y mente. Escritas entre junio de 1948 y marzo de 1960, revelan una rara compasión y claridad; se despliegan en ella la enseñanza y el poder curativo; desaparecen la separación y la distancia; las palabras fluyen; ni una sola palabra es superflua; la curación y la enseñanza son simultáneas:

¿La educación? ¿Qué entendemos por educación? Aprendemos a leer y escribir, adquirimos una técnica necesaria para ganarnos la vida, y después se nos lanza al mundo. Desde la infancia nos dicen qué debemos hacer, qué debemos pensar; y en lo interno estamos profundamente condicionados por lo social y por la influencia del ambiente.

Estuve pensando si podemos educar al hombre en lo externo pero dejando el centro libre. ¿Podemos ayudar al hombre a liberarse internamente y estar siempre libre? Porque es sólo en libertad que puede ser creativo y, por tanto, feliz. De lo contrario, la vida se convierte en un asunto muy tortuoso, una batalla interna y, por consiguiente, externa. Pero estar libres internamente requiere una atención y una sabiduría asombrosas; y pocos son los que ven la importancia de esto. Nos interesamos en lo externo, no en la creatividad. Pero para cambiar todo esto, tiene que haber al menos unos pocos que comprendan la necesidad de este cambio, que estén dando origen a esta libertad dentro de sí mismos. Es éste un mundo muy extraño.

Lo que importa es un cambio radical en el nivel inconsciente. Ninguna acción consciente de la voluntad puede afectar el inconsciente. Como lo consciente no puede afectar las búsquedas, los deseos y los instintos inconscientes, la mente consciente tiene que serenarse, aquietarse, y no tratar de forzar al inconsciente para que se amolde a algún patrón particular de acción. El inconsciente tiene su propio patrón de acción, su propia estructura dentro de la cual funciona. Esta estructura no puede ser rota por ninguna acción externa, y la voluntad es un acto externo. Si esto se ve y se comprende de verdad, la mente externa se aquieta; y a causa de que no hay una resistencia establecida por la voluntad, uno descubrirá que el denominado inconsciente comienza a liberarse a sí mismo de sus propias limitaciones. Sólo entonces hay una transformación radical de todo el ser del hombre.

La dignidad es una cosa muy rara. Un cargo o una posición de respeto, otorgan dignidad. Es como ponerse encima un abrigo. El abrigo, el traje, el puesto, dan dignidad. Un título o una posición dan dignidad. Pero desnúdese al hombre de estas cosas, y muy pocos tienen esa condición de dignidad que surge cuando uno está internamente libre, cuando en lo interno es como la nada. Ser algo o alguien es lo que el hombre anhela, y ese algo le da una posición respetable en la sociedad. Pone al hombre en alguna clase de categoría inteligente, rico, un santo, un físico­; pero si él no puede ser puesto en una categoría que la sociedad reconoce, es una persona excéntrica. La dignidad no puede asumirse ni cultivarse, y estar consciente de la propia dignidad es estar consciente del propio yo, que es tan pequeño y mezquino. Ser verdaderamente nada, es estar libre de esa idea misma. Esa es la verdadera dignidad, no el pertenecer a un estado o a una condición particular. Esta dignidad no nos la pueden quitar, está siempre ahí.

El verdadero estado de percepción alerta consiste en permitir que la vida fluya libremente, sin que quede ningún residuo. La mente humana es como un tamiz que retiene algunas cosas y deja pasar otras. Lo que retiene, es la medida de sus propios deseos; y los deseos, por profundos, vastos o nobles que sean, son pequeños, son mezquinos, porque el deseo es cosa de la mente. La completa atención implica no retener cosa alguna, sino poseer la libertad de la vida, que fluye sin restricción ni preferencia alguna. Siempre estamos reteniendo o eligiendo las cosas que significan algo para nosotros, y aferrándonos perpetuamente a ellas. A esto lo llamamos experiencia, y a la multiplicación de experiencias la llamamos riqueza de la vida. La riqueza de la vida es estar libre de la acumulación de experiencias. La experiencia que queda, que uno retiene, impide ese estado en que no existe lo conocido. Lo conocido no es el tesoro, pero la mente se aferra a eso, con lo cual destruye o profana lo desconocido.

La vida es una cosa extraña. Afortunado el hombre que nada es.

Somos, al menos lo es la mayoría de nosotros, criaturas que nos caracterizamos por nuestros estados de ánimo y por la manera en que estos varían. Pocos escapamos de ello. En algunos, la causa es la condición corporal, en otros un estado mental. Nos gusta este estado cambiante, pensamos que este movimiento del ánimo forma parte de la existencia. O uno simplemente flota a la deriva, de un estado de ánimo a otro. Pero hay unos pocos que no están presos en este movimiento, que se hallan libres de la batalla del devenir, de modo tal que internamente existe una firmeza que no es producto de la voluntad, una estabilidad que no es cultivada, que no es la estabilidad del interés concentrado ni es producto de ninguna de estas actividades. Llega a uno únicamente cuando cesa la acción de la voluntad egocéntrica.

El dinero estropea a la gente. El rico posee una peculiar arrogancia. Con muy pocas excepciones, en todos los países, los ricos tienen esa atmósfera peculiar de poder doblegarlo todo a su antojo, incluso a los dioses ­y ellos pueden comprar sus dioses­. La capacidad le confiere al hombre una extraña sensación de libertad. También siente que está por encima de otros, que es diferente; todo esto le da un sentimiento de superioridad, se sienta cómodamente y observa cómo otros se retuercen; olvida su propia ignorancia, la oscuridad de su propia mente. El dinero y la capacidad ofrecen un escape muy bueno de esta oscuridad. Después de todo, el escape es una forma de resistencia, la cual engendra sus propios problemas.

La vida es una cosa extraña. Afortunado el hombre que nada es.

CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /VI

KRISHNAMURTI

¿Qué papel puede desempeñar la educación en la actual crisis mundial?

 Krishnamurti contesta a una de las preguntas que le formularon en una reunión con profesores y educadores de alumnos el 13 de marzo de 1948.

  Krishnamurti: Antes que nada, para comprender qué papel puede desempeñar la educación en la actual crisis mundial, debemos comprender cómo ha llegado a producirse la crisis. Si no entendemos eso, la mera edificación sobre los mismos valores, sobre el mismo terreno, sobre los mismos cimientos, producirá más guerras, nuevos desastres. Tenemos, pues, que investigar, en primer lugar, cómo ha llegado a producirse la crisis actual, y al comprender las causas comprenderemos, sin lugar a dudas, qué clase de educación necesitamos.

 Resulta muy claro que la crisis actual es el resultado de los falsos valores; de los falsos valores en la relación del hombre con la propiedad, con sus semejantes y con las ideas. La expansión y predominio de los valores materialistas engendra necesariamente el veneno del nacionalismo, de las fronteras económicas, de los gobiernos soberanos y del espíritu patriótico, todo lo cual excluye la cooperación entre los hombres para su propio beneficio, y corrompe la relación entre las gentes, que es la sociedad.

Y si la relación del individuo con los demás no es la apropiada, la estructura de la sociedad tiene que desplomarse por fuerza. De un modo análogo, el hombre, en su relación con las ideas justifica una ideología -ya sea de izquierdas o de derechas, con buenos o malos medios, una ideología, un fin- para lograr un resultado. De manera que la desconfianza mutua, la falta de buena voluntad, la creencia de que un buen fin puede alcanzarse por malos medios, el sacrificio del presente por un ideal futuro, todo eso se ve claramente que son causas del actual desastre.

 No es posible dedicar tiempo a entrar en todos los detalles, pero a primera vista uno puede comprender cómo se ha producido este caos, esta degradación. Con toda seguridad el origen está en los falsos valores y en la dependencia de la autoridad, de los dirigentes, ya sea en la vida diaria, en la pequeña escuela o en la gran universidad. Los dirigentes y la autoridad son factores de deterioro para cualquier cultura. En cuanto uno depende de otra persona, ya no depende de sí mismo; y cuando uno no depende de sí mismo, tiene que ser un conformista, y el conformismo con el tiempo desemboca en la dictadura de los estados totalitarios.

 Al comprender, pues, todas estas cosas -al comprender las causas de la guerra, de la presente catástrofe, de la presente crisis moral y social- y al ver tanto las causas como los resultados, naturalmente uno empieza a percibir que la función de la educación es la de crear nuevos valores, no la de limitarse a implantar valores existentes en la mente del alumno, lo cual no hace más que condicionarlo sin despertar su inteligencia.

Pero cuando el propio educador no ha visto cuáles son las causas del caos presente, ¿cómo puede crear nuevos valores, cómo puede despertar la inteligencia, cómo puede impedir que la próxima generación siga los mismos pasos que al final conducirán a un desastre aún mayor? Lo importante, sin duda alguna, es que el educador no se limite a implantar ciertos ideales y a transmitir mera información, sino que consagre todo su pensamiento, todo su esmero, todo su afecto, a crear el ambiente apropiado, la atmósfera adecuada, de manera que cuando el niño crezca y alcance la madurez, sea capaz de habérselas con cualquier problema humano que se le plantee.

 La educación, pues, está en íntima relación con la actual crisis mundial; y todos los educadores, al menos en Europa y América, están dándose cuenta de que la crisis es el resultado de una educación errónea. La educación sólo puede transformarse educando al educador, y no simplemente creando una nueva norma, un nuevo sistema de acción.

 Educando al educador, © KFA 1948   Krishnamurti