CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /V

Entre 1948 y principios de los años 60, Krishnaji era fácilmente accesible y mucha gente venía a verle. Las relaciones florecían en los paseos, en las entrevistas personales, a través de cartas. Las cartas que siguen las escribió a una joven amiga que llegó a él herida en cuerpo y mente. Escritas entre junio de 1948 y marzo de 1960, revelan una rara compasión y claridad; se despliegan en ella la enseñanza y el poder curativo; desaparecen la separación y la distancia; las palabras fluyen; ni una sola palabra es superflua; la curación y la enseñanza son simultáneas:

A través de esta finca pasa un arroyo. No es un agua tranquila que corre apaciblemente hacia el gran río, sino un torrente animado y ruidoso. Toda esta región que nos rodea aquí es cerril, el torrente tiene más de una cascada y en un lugar hay tres cascadas a diferentes profundidades. La más elevada es la que hace el ruido, es la más audible, las otras dos no se aprecian pero se escuchan en un tono menor. Estas tres cascadas están distintamente espaciadas, de modo que el movimiento del sonido es constante. Uno tiene que prestar atención para escuchar la música. Es una orquesta tocando en medio de las huertas, bajo los cielos abiertos. La música está ahí. Uno tiene que descubrirla, tiene que prestar atención, tiene que acompañar el fluir de las aguas para escuchar su música. Uno tiene que ser lo total a fin de escucharla los cielos, la tierra, los altísimos árboles, los verdes campos y las rápidas aguas­. Sólo entonces la escuchará. Pero todo esto es demasiada molestia; uno va, compra un boleto y se sienta en una sala rodeada por la gente, y la orquesta toca y alguien canta. Ellos hacen todo el trabajo por uno; alguien compone la canción, la música, otro toca o canta, y uno paga por escuchar. Todo en la vida, excepto para unas pocas cosas, es de segunda, tercera o cuarta mano los dioses, los poemas, la política, la música. Y así nuestra vida está vacía­. Estando vacía tratamos de llenarla con la música, con los dioses, con el amor, con formas de escape, y el mismo llenar la vida es el vaciarla­. Pero la belleza no es para comprarse. Pocos son, pues, los que anhelan belleza y bondad, y el hombre se satisface con cosas de segunda mano. Desechar todo eso es la única y verdadera revolución; sólo entonces surge lo creativo de la realidad.

Es extraño cómo el hombre insiste en la continuidad de todas las cosas; en las relaciones, en la tradición, en la religión, en el arte. No hay un desprenderse de todo y empezar otra vez de nuevo. Si el hombre no tuviera un libro, ni un líder, ni a alguien a quien copiar o seguir como ejemplo, si estuviera completamente solo, despojado de todo su conocimiento, tendría que comenzar desde el principio. Por supuesto, este completo despojarse uno mismo de todo, tiene que ser absoluta y plenamente espontáneo y voluntario; de otro modo puede uno enloquecer o forzarse hacia algún tipo de neurosis. Como solamente muy pocos parecen ser capaces de afrontar esta completa soledad, el mundo continúa con la tradición en su arte, en su música, su política, sus dioses­ lo cual engendra perpetua desdicha. Esto es lo que realmente ocurre en el mundo. No hay nada nuevo, sólo oposición y contra oposición. En la religión continúa la vieja fórmula del dogma y el temor­; en las artes está el esfuerzo por encontrar algo nuevo. Pero la mente no es nueva, es la misma mente vieja agobiada por la tradición, el miedo, el conocimiento y la experiencia, esforzándose en pos de lo nuevo. Es la mente misma la que debe desnudarse totalmente para que lo nuevo sea. Esta es la verdadera revolución.

El viento está soplando desde el sur, hay nubes oscuras y lluvia, todo sigue adelante, extendiéndose y renovándose sin cesar.

El granjero que vive cerca de aquí tenía un hermoso conejo, vivaz y saltarín. Su esposa se lo trajo, y una de las mujeres dijo: “No puedo mirar”, y el hombre lo mató y unos minutos después eso que estaba vivo, con una luz en sus ojos, era despellejado por las mujeres. Aquí, como en otras partes del mundo; están acostumbrados a matar animales, la religión no les prohíbe hacerlo. En la India, donde por siglos a los niños se les enseña al menos en el sur, entre los brahmines­ a no matar, lo cruel que es matar, hay muchos niños que, cuando crecen, están obligados por las circunstancias a cambiar su cultura de la mañana a la noche; comen carne, se convierten en oficiales de las fuerzas armadas para matar y ser muertos. De la mañana a la noche cambian sus valores. Un patrón particular de cultura con siglos de existencia se destruye, y uno nuevo ocupa su lugar. El deseo de estar seguros, en una forma u otra, es tan dominante que la mente se ajustará a cualquier patrón que pueda darle certidumbre y seguridad. Pero la seguridad no existe; y cuando uno realmente comprende esto, hay algo por completo diferente que crea su propio estilo de vida. Esa vida no puede comprenderse ni copiarse; todo lo que uno puede hacer es comprender, advertir claramente los hábitos de seguridad, lo cual trae consigo su propia libertad.

La tierra es hermosa, y cuanto más sensible y perceptivo es uno a ella, más hermosa es. El color, las variedades de verdes, los amarillos. Es asombroso lo que uno descubre cuando está a solas con la tierra. No sólo los insectos, los pájaros, la hierba, las variedades de flores, las rocas, los colores y los árboles, sino los pensamientos, si es que uno los ama. Jamás estamos a solas con nada. Ni con nosotros mismos ni con la tierra. Es fácil estar a solas con un deseo; no resistirlo mediante un acto de la voluntad, no dejarle que escape a través de alguna acción, no permitir que se satisfaga, no crear su opuesto por la justificación o la condena, sino estar a solas con él. Esto genera un estado muy extraño sin acción alguna de la voluntad. Es esta voluntad la que crea resistencia y conflicto. Estar a solas con un deseo, produce una transformación en el deseo mismo. Juegue con esto y descubra lo que ocurre; no fuerce nada, sólo considérelo tranquilamente.

CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /V

KRISHNAMURTI

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