Lo que somos ahora, es lo que seremos en los días que vendrán. No podemos evitarlo. Éste no es un punto de vista deprimente, desalentador; es realmente así

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No podemos eludir esto. No podemos escapar de esta insondable confusión a menos que realmente le dediquemos cierta reflexión, y no sólo reflexión, sino que veamos con atención cuidadosa, con diligen­te vigilancia, todo el movimiento del pensar y del «yo».

Al parecer, el hombre siempre ha escapado de sí mismo, de lo que él es, eludiendo ver adónde va, huyendo de todo esto que le concierne: el universo, su vida cotidiana, el morir y el comenzar. Es extraño que nunca nos demos cuenta de que, por mucho que escapemos de nosotros mismos, por mucho que podamos alejar­nos de manera consciente, deliberada, inconsciente o sutil, el conflicto, el placer, el dolor, el miedo, etc., siempre están ahí. Y finalmente dominan.

Uno puede tratar de reprimirlos, puede tra­tar de apartarlos deliberadamente por un acto de voluntad, pero vuelven a la superficie. Y el placer es uno de los factores que pre­dominan; también trae consigo los mismos conflictos, el mismo dolor, el mismo hastío. El cansancio y el desgaste del placer for­man parte de esta confusión que es nuestra vida. No podemos eludir esto. No podemos escapar de esta insondable confusión a menos que realmente le dediquemos cierta reflexión, y no sólo reflexión, sino que veamos con atención cuidadosa, con diligen­te vigilancia, todo el movimiento del pensar y del «yo».

Muchos podrán decir que esto es demasiado fatigoso, tal vez innecesario. Pero si no le prestamos atención, si no le hacemos caso, el futuro no sólo va a ser más destructivo, más intolerable, sino que carecerá de mayor significación. Éste no es un punto de vista deprimente, desalentador; es realmente así. Lo que somos ahora, es lo que seremos en los días que vendrán. No podemos evitarlo. Es algo tan preciso como la salida y la puesta del Sol. Esto lo compartirán todos los seres humanos, toda la humanidad, a menos que cambiemos todos nosotros, cada uno de nosotros, que cambiemos hacia algo que no sea proyectado por el pensa­miento

Por eso, como ya dije, es importante entender el proceso, el comportamiento de nuestro propio pensar. No puede adquirir conocimiento propio a través de nadie, de ningún libro, de ninguna religión, psicología o psicoanálisis. Tiene que descubrirlo usted mismo, porque es su vida; y sin ampliar y profundizar en ese conocimiento del yo, haga lo que haga, cambie cualquier circunstancia o influencia externa o interna, siempre estará abonando la tierra de la desesperación, del dolor y del sufrimiento. Y para ir más allá de esas actividades limitadas de la mente, uno debe comprenderlas; y para comprenderlas es necesario darse cuenta de la acción en las relaciones, la relación hacia las cosas, las personas y las ideas.

Y en esa relación, que es un espejo, comenzamos a vernos a nosotros mismos, sin ninguna justificación o condena; y desde ese conocimiento más amplio y profundo del comportamiento de la mente se puede proseguir; entonces la mente puede estar tranquila, recibir aquello que es real.

Krishnamurti

Viaje al Tíbet. En Busca de Shangri-La (Shambala)

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La confusión de la mente: Si mi mente es confusa, angustiada, solitaria, ¿cómo puede ella estar en relación con la verdad, con lo real?

Y yo digo que estos problemas jamás podrán resolverse por sistema alguno, ya sea de la izquierda, de la derecha o del centro.

Pregunta: He escuchado todas las pláticas de usted y he leído todos sus libros. Con toda seriedad le pregunto: ¿Cuál puede ser el objeto de mi vida si como usted dice, todo pensamiento ha de cesar, todo conocimiento ha de ser suprimido, y todo recuerdo ha de perderse? ¿Cómo relaciona usted ese estado de ser  ‑sea lo que él fuere según usted- con el mundo en que vivimos? ¿Qué relación tiene ese ser con nuestra triste y dolorosa existencia?

Krishnamurti: Queremos saber qué es ese estado que sólo puede surgir cuando todo conocimiento, cuando el reconocedor, no existe; queremos saber qué relación tiene ese estado con nuestro mundo de diarias actividades, diarios empeños. Sabemos qué es ahora nuestra vida: triste, penosa, constantemente temerosa, nada permanente. Eso lo sabemos muy bien. Y queremos saber qué relación hay entre este estado y aquél; y, si dejamos de lado el conocimiento, si nos liberamos de nuestros recuerdos y demás, cuál es el objeto de la existencia.

 ¿Qué objeto tiene la existencia tal como ahora la conocemos, no en teoría sino realmente?

¿Cuál es el propósito de nuestra existencia diaria? Nada más que el sobrevivir ‑ ¿no es así?-, con todas sus miserias, con todos sus pesares y confusión, sus guerras, destrucciones, y demás. Podemos inventar teorías, podemos decir: “Esto no debiera ser, sino alguna otra cosa”. Pero todas esas son teorías, no son hechos. Lo que conocemos es la confusión, el dolor, el sufrimiento, los antagonismos interminables. Y también, por poco que nos demos cuenta, sabemos cómo ocurre todo eso. Porque el objeto de la vida día tras días, de instante en instante, es destruirnos unos a otros, explotarnos unos a otros, ya sea como individuos o como seres humanos colectivos. En nuestra soledad, en nuestra miseria, tratamos de utilizar a otros, intentamos huir de nosotros mismos, por medio de la diversión, de dioses, del conocimiento, de toda forma de creencia, de la identificación. Tal es nuestro objeto, consciente o inconsciente, tal como ahora vivimos. ¿Y existe un propósito más profundo, más amplio y trascendente, un fin que no sea de confusión, de adquisición? ¿Y ese estado espontáneo tiene alguna relación con nuestra vida diaria?

Eso, por cierto, no tiene absolutamente ninguna relación con nuestra vida. ¿Cómo puede tenerla? Si mi mente es confusa, angustiada, solitaria, ¿cómo puede ella estar en relación con algo que no pertenezca a la misma? ¿Cómo puede la verdad estar en relación con la falsedad, con la ilusión? Pero eso no lo queremos admitir. Porque nuestra esperanza, nuestra confusión, nos hace creer en algo más grande, más noble, que, según decimos, tiene relación con nosotros. En nuestra desesperación buscamos la verdad, esperando que en el descubrimiento de la misma nuestra desesperación habrá de desaparecer. Podemos ver, pues, que una mente confusa, una mente transida de dolor, una mente que capta su propio vacío, su soledad, jamás podrá encontrar aquello que está más allá de sí misma. Aquello que está más allá de la mente sólo puede surgir cuando las causas de confusión, de desdicha, han sido disipadas o comprendidas.

Todo lo que he estado diciendo, de lo que he estado hablando, es cómo comprendernos a nosotros mismos. Porque, sin conocimiento propio, lo otro no adviene, lo otro es sólo una ilusión. Mas si comprendemos el proceso total de nosotros mismos, de instante en instante, entonces veremos que, al despejarse nuestra propia confusión, lo otro adviene. Entonces vivenciando aquello tendrá una relación con esto. Pero esto jamás tendrá relación con aquello. Estando de este lado de la cortina, estando en la oscuridad, ¿cómo puede uno tener la vivencia de la luz, de la libertad? Mas una vez que haya vivencia de la verdad, entonces podréis vosotros relacionarla con este mundo en que vivís.

Si jamás hemos conocido lo que es el amor, sino tan sólo constantes reyertas, desdichas, angustias, conflictos, ¿cómo podemos vivenciar ese amor que nada tiene que ver con todo esto? Pero una vez que tengamos la vivencia de eso, entonces no necesitamos molestarnos en hallar la relación. Entonces el amor, la inteligencia, funcionan. Mas para vivenciar ese estado, todo conocimiento, recuerdos acumulados, actividades identificadas con uno mismo, tienen que cesar para que la mente sea incapaz de proyectar sensación alguna. Entonces, vivenciando eso, habrá acción en este mundo.

Ese es por cierto el objeto de la existencia: ir más allá de la actividad egocéntrica de la mente. Y, habiendo vivenciado ese estado ‑que la mente no puede medir-, entonces la vivencia misma de eso trae consigo una revolución íntima. Entonces, habiendo amor, no hay problema social; no hay problema de ninguna especie cuando hay amor. Es porque no sabemos amar que tenemos problemas sociales, y sistemas de filosofía sobre el modo de habérnoslas con nuestros problemas. Y yo digo que estos problemas jamás podrán resolverse por sistema alguno, ya sea de la izquierda, de la derecha o del centro. Ellos podrán ser resueltos ‑nuestra confusión, nuestras miserias, nuestra autodestrucción- tan sólo cuando podamos vivenciar aquel estado que no es autoproyectado.

La confusión de la mente 

Krishnamurti

 

  • ¿Cuál es el propósito de nuestra existencia diaria? Nada más que el sobrevivir ‑ ¿no es así?-, con todas sus miserias, con todos sus pesares y confusión, sus guerras, destrucciones, y demás.

 

  • Podemos inventar teorías, podemos decir: “Esto no debiera ser, sino alguna otra cosa”. Pero todas esas son teorías, no son hechos. Lo que conocemos es la confusión, el dolor, el sufrimiento, los antagonismos interminables.

 

  • En nuestra soledad, en nuestra miseria, tratamos de utilizar a otros, intentamos huir de nosotros mismos.

 

  • ¿Y existe un propósito más profundo, más amplio y trascendente, un fin que no sea de confusión, de adquisición? ¿Y ese estado espontáneo tiene alguna relación con nuestra vida diaria?

 

  • Si mi mente es confusa, angustiada, solitaria, ¿cómo puede ella estar en relación con algo que no pertenezca a la misma? ¿Cómo puede la verdad estar en relación con la falsedad, con la ilusión? Pero eso no lo queremos admitir.

No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma.

¿Por qué es doloroso estar solo? Lo primero que ocurre es que tu ego se enferma. Tu ego sólo puede existir cuando estás con otros

Enfrentarse a uno mismo en solitario provoca miedo y es doloroso

y uno tiene que sufrirlo.

Nada debe hacerse para evitarlo, nada debe hacerse para desviar la mente y nada debe hacerse para escapar de ello. Uno debe sufrirlo y pasar por ahí. Este sufrimiento y este dolor es una buena señal de que te acercas a un nuevo nacimiento, porque todo nacimiento es precedido de dolor. No puede evitarse y no debería evitarse porque forma parte de tu crecimiento.

Pero, ¿por qué existe ese dolor?

Es importante comprenderlo porque esta comprensión te ayudará a sobrellevarlo, y si lo sobrellevas conscientemente saldrás de él más fácilmente y con mayor rapidez.

¿Por qué es doloroso estar solo? Lo primero que ocurre es que tu ego se enferma. Tu ego sólo puede existir cuando estás con otros. Ha crecido en las relaciones, no puede existir en solitario. Así que si se da una situación en la que ya no puede existir, se siente sofocado; se siente justo al borde de la muerte. Este es el sufrimiento más profundo. Te sientes como si estuvieras muriendo. Pero no eres tú el que está muriendo, sino tu ego, el que piensas que eres tú y con el que te has llegado a identificar. No puede existir porque te lo han dado los demás. Es una contribución del exterior. Cuando dejas a los demás no lo puedes llevar contigo.

Así que, al quedarte solo, todo lo que sabes acerca de ti mismo se desplomará; poco a poco desaparecerá. Puedes prolongar tu ego por un tiempo — y para eso también tendrás que usar tu imaginación — pero no puedes prolongarlo por mucho tiempo. Sin la sociedad te sientes desarraigado, no tienes la tierra que necesitas para alimentarte. Este es el dolor básico.

Ya no estás seguro de quién eres en realidad: eres sólo una personalidad dispersa, en proceso de disolución. Pero esto está bien porque a menos que este falso tú desaparezca, el verdadero no puede surgir. A menos que te laves completamente y te quedes limpio de nuevo, lo verdadero no puede surgir.

Este falso tú está ocupando el trono. Debe ser destronado. Viviendo en soledad puedes liberarte de todo lo que es falso. Y todo lo que la sociedad te ha dado es falso. De verdad, todo lo que se te ha dado es falso; todo lo que nace contigo es real. Todo lo que eres por ti mismo, sin que te lo haya dado alguien más, es real, auténtico. Pero lo falso debe irse, y lo falso supone una gran inversión. Has invertido mucho en ello; lo has estado cuidando tanto; todas tus esperanzas descansan en ello. Así que cuando empiece a disolverse te sentirás temeroso, con miedo y temblando: “¿Qué te estás haciendo a ti mismo? Estás destruyendo toda tu vida, toda la estructura”.

Habrá miedo. Pero tienes que pasar por este miedo; sólo entonces te volverás intrépido. No quiero decir que te volverás valiente, no. Quiero decir que te volverás intrépido.

La valentía es sólo parte del miedo. No importa qué tan valiente seas, el miedo está oculto detrás. Yo hablo de ser “intrépido”. No serás valiente; no hay necesidad de ser valiente cuando no hay miedo. Tanto la valentía como el miedo se vuelven irrelevantes. Son caras de la misma moneda. Así pues, tus héroes no son otra cosa más que tú mismo, parado de cabeza. Tu valentía está escondida dentro de ti y tu miedo está en la superficie; su miedo está oculto dentro y su valentía se encuentra en la superficie. Así que cuando estás solo eres muy valiente. Cuando piensas en algo eres muy valiente, pero cuando una situación real aparece sientes miedo.

Uno se vuelve intrépido sólo cuando ha pasado a través del miedo más profundo; en eso consiste la disolución del ego, la disolución de la imagen y la disolución de la personalidad.

Esto es la muerte, pues no sabes si de ahí va a surgir una nueva vida. Durante el proceso conocerás sólo muerte. Sólo cuando mueres a lo que eres, a tu falsa entidad, sólo entonces sabrás que la muerte era sólo una puerta a la inmortalidad. Pero esto ocurrirá al final; durante el proceso tú estás simplemente muriendo.

Todo lo que tanto valorabas te está siendo arrebatado — tu personalidad, tus ideas, todo lo que pensabas que era bello. Todo te está abandonando. Es como si te desnudasen. Todos los papeles que representabas y tus disfraces te están siendo arrebatados. En el proceso el miedo estará presente, pero este miedo es básico, necesario e inevitable: uno tiene que atravesarlo. Deberías entenderlo, pero no trates de evitarlo, no trates de escapar de él porque al escapar regresarás a él. Volverás de nuevo a tu personalidad.

Aquellos que se sumergen en un profundo silencio y soledad, siempre me preguntan: “¿Qué hacer cuando el miedo aparezca?”. Les respondo que no hagan nada más que vivirlo.

Si te pones a temblar, déjalo estar. ¿Por qué evitarlo? Si un miedo interior está apareciendo y te hace temblar, tiembla con él. No hagas nada. Permite que ocurra. Desaparecerá por sí mismo. Si lo evitas… y tú puedes evitarlo. Puedes empezar a cantar “Ram, Ram, Ram”; puedes ponerte a recitar un mantra para que tu mente esté entretenida. Te tranquilizarás y el miedo desaparecerá; lo habrás enviado al inconsciente. Estaba saliendo — lo cual era bueno, te ibas a librar de él — te estaba abandonando, y cuando te abandone, temblarás.

Eso es natural porque de cada célula del cuerpo y de la mente, alguna energía que siempre ha estado ahí retenida se está desprendiendo. Se producirá una sacudida, un temblor; será como un terremoto. Toda tu alma se sentirá perturbada. Pero permite que suceda. No hagas nada. Ese es mi consejo. Ni siquiera cantes. No intentes hacer nada con ello porque todo lo que hagas será nuevamente una represión. Simplemente permitiéndolo, dejándolo estar, te abandonará — y cuando se haya ido, serás por completo un hombre diferente.

OSHO        

No culpes a otros.

No culpes a otros. Lo que sea que son, son.

De hecho toda la astucia del mundo

y las trampas del mundo te ayudan a estar despierto.

Si este mundo no puede ayudarte a estar consciente;

entonces ¿Qué mundo podría ser capaz de despertarte, de hacerte cauto?

Este es un buen mundo — te da un tremendo desafío para ser cauteloso.

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