EL DISCURSO DE JESÚS

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“¡Ay de vosotros, guías falsos de una nación!

“Recordad que éste es el pecado de esos gobernantes: Dicen lo que es bueno, pero no lo hacen. Sabéis bien que esos dirigentes echan sobre vuestros hombros unas cargas pesadas, unas cargas penosas de llevar, y que no levantarán ni un solo dedo para ayudaros a llevar esas pesadas cargas. Os han oprimido con ceremonias y esclavizado con tradiciones.

“¡Ay de vosotros, falsos educadores y guías ciegos! ¿Qué se puede esperar de una nación cuando los ciegos conducen a los ciegos? Los dos tropezarán y caerán al abismo de la destrucción.

“He estado con vosotros durante mucho tiempo, recorriendo el país de un lado a otro, y proclamando el amor del Padre por los hijos de los hombres. Muchos han visto la luz y han entrado, por la fe, en el reino de los cielos. En conexión con esta enseñanza y esta predicación, el Padre ha realizado muchas obras maravillosas, llegando incluso a resucitar a los muertos. Muchos enfermos y afligidos han recuperado la salud porque creían; pero toda esta proclamación de la verdad y esta curación de enfermedades no han abierto los ojos a aquellos que se niegan a ver la luz, a aquellos que están decididos a rechazar este evangelio del reino.

“De todas las maneras compatibles con la realización de la voluntad de mi Padre, mis apóstoles y yo hemos hecho todo lo posible por vivir en paz con nuestros hermanos, por cumplir con las exigencias razonables de las leyes de Moisés y de las tradiciones de Israel. Hemos buscado la paz constantemente, pero los dirigentes de Israel no la quieren. Al rechazar la verdad de Dios y la luz del cielo, se alinean al lado del error y de las tinieblas. No puede haber paz entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte, entre la verdad y el error.

“Muchos de vosotros os habéis atrevido a creer en mis enseñanzas y ya habéis entrado en la alegría y la libertad de la conciencia de la filiación con Dios. Y daréis testimonio de que he ofrecido esta misma filiación con Dios a toda la nación judía, incluso a esos mismos hombres que ahora tratan de destruirme. Incluso ahora, mi Padre recibiría a esos educadores ciegos y a esos dirigentes hipócritas, sólo con que se volvieran hacia él y aceptaran su misericordia. Incluso ahora no es demasiado tarde para que esta gente reciba la palabra del cielo y acoja con agrado al Hijo del Hombre.

“Mi Padre ha tratado a este pueblo con misericordia durante mucho tiempo. Generación tras generación, hemos enviado a nuestros profetas para enseñarles y advertirles, y generación tras generación, han matado a estos instructores enviados por el cielo. Y ahora, vuestros altos sacerdotes obstinados y vuestros dirigentes testarudos continúan haciendo exactamente lo mismo. Del mismo modo que Herodes ha provocado la muerte de Juan, vosotros también os preparáis ahora para destruir al Hijo del Hombre.

“Mientras exista una posibilidad de que los judíos se vuelvan hacia mi Padre y busquen la salvación, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob mantendrá extendidas sus manos misericordiosas hacia vosotros; pero una vez que hayáis llenado vuestra copa de impenitencia, y una vez que hayáis rechazado finalmente la misericordia de mi Padre, esta nación será abandonada a sí misma y llegará rápidamente a un final ignominioso. Este pueblo estaba destinado a convertirse en la luz del mundo, a mostrar la gloria espiritual de una raza que conocía a Dios, pero os habéis desviado tanto de la realización de vuestros privilegios divinos, que vuestros dirigentes están a punto de cometer la locura suprema de todos los tiempos, en el sentido de que están a punto de rechazar finalmente el don de Dios a todos los hombres y para todos los tiempos -la revelación del amor del Padre que está en los cielos por todas sus criaturas de la tierra.

“Una vez que hayáis rechazado esta revelación de Dios al hombre, el reino de los cielos será entregado a otros pueblos, a aquellos que lo reciban con alegría y felicidad. En nombre del Padre que me ha enviado, os advierto solemnemente que estáis a punto de perder vuestra posición en el mundo como portaestandartes de la verdad eterna y custodios de la ley divina. En este momento os ofrezco vuestra última oportunidad de adelantaros y arrepentiros, para anunciar vuestra intención de buscar a Dios con todo vuestro corazón y entrar, como niños pequeños y con una fe sincera, en la seguridad y la salvación del reino de los cielos.

“Mi Padre ha trabajado durante mucho tiempo por vuestra salvación, y yo he descendido para vivir entre vosotros y mostraros personalmente el camino. Muchos judíos y samaritanos, e incluso los gentiles, han creído en el evangelio del reino, pero los que deberían ser los primeros en adelantarse para aceptar la luz del cielo, se han negado resueltamente a creer en la revelación de la verdad de Dios -Dios revelado en el hombre y el hombre elevado a Dios.

“Esta tarde, mis apóstoles están aquí delante de vosotros en silencio, pero pronto escucharéis sus voces anunciando la llamada a la salvación y la incitación a unirse al reino celestial como hijos del Dios vivo. Y ahora, tomo por testigos a mis discípulos y a los creyentes en el evangelio del reino, así como a los mensajeros invisibles que están a su lado, de que he ofrecido una vez más, a Israel y a sus dirigentes, la liberación y la salvación.

Pero todos observáis que la misericordia del Padre es despreciada y que los mensajeros de la verdad son rechazados. Sin embargo, os advierto que esos escribas y fariseos aún están sentados en el puesto de Moisés; por lo tanto, hasta que los Altísimos que gobiernan en los reinos de los hombres no hayan demolido finalmente esta nación y destruido el lugar donde se encuentran sus dirigentes, os pido que cooperéis con esos ancianos de Israel. No es necesario que os unáis a ellos en sus planes para destruir al Hijo del Hombre, pero en todo lo relacionado con la paz de Israel, debéis someteros a ellos. En todas esas cuestiones, haced todo lo que os ordenen y guardad lo esencial de la ley, pero no imitéis sus malas acciones.

Recordad que éste es el pecado de esos gobernantes: Dicen lo que es bueno, pero no lo hacen. Sabéis bien que esos dirigentes echan sobre vuestros hombros unas cargas pesadas, unas cargas penosas de llevar, y que no levantarán ni un solo dedo para ayudaros a llevar esas pesadas cargas. Os han oprimido con ceremonias y esclavizado con tradiciones.

“Además, a esos dirigentes egocéntricos les deleita hacer sus buenas obras de manera que puedan ser vistos por los hombres. Agrandan sus filacterias y ensanchan los bordes de sus vestidos oficiales. Anhelan los sitios principales en los banquetes y exigen los asientos de honor en las sinagogas. Codician los saludos elogiosos en las plazas públicas y desean que todos los hombres los llamen rabinos. Y mientras buscan ser honrados así por los hombres, se apoderan en secreto de las casas de las viudas y sacan provecho de los servicios del templo sagrado. Esos hipócritas simulan hacer largas oraciones en público, y dan limosnas para atraer la atención de sus semejantes.

“Aunque debéis honrar a vuestros dirigentes y respetar a vuestros educadores, no debéis llamar Padre a ningún hombre en el sentido espiritual, porque uno solo es vuestro Padre, y ese es Dios. No tratéis tampoco de dominar a vuestros hermanos en el reino. Recordad que os he enseñado que aquel que quiera ser el más grande entre vosotros, debe convertirse en el servidor de todos. Si os atrevéis a exaltaros delante de Dios, sin duda seréis humillados; pero aquel que se humilla sinceramente, será exaltado con toda seguridad. En vuestra vida diaria, no busquéis vuestra propia glorificación, sino la gloria de Dios. Someted inteligentemente vuestra propia voluntad a la voluntad del Padre que está en los cielos.

“No interpretéis mal mis palabras. No albergo ninguna mala intención hacia esos jefes de los sacerdotes y los dirigentes que en este mismo momento intentan destruirme; no tengo ninguna aversión contra esos escribas y fariseos que rechazan mis enseñanzas. Sé que muchos de vosotros creéis en secreto, y sé que confesaréis abiertamente vuestra lealtad hacia el reino cuando llegue mi hora. Pero, ¿cómo se justificarán vuestros rabinos, que declaran hablar con Dios y luego se atreven a rechazar y destruir a aquel que viene a revelar el Padre a los mundos?

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Quisierais cerrar las puertas del reino de los cielos a los hombres sinceros, sólo porque ignoran los caminos de vuestra enseñanza. Os negáis a entrar en el reino, y al mismo tiempo hacéis todo lo que podéis para impedir que entren todos los demás. Permanecéis de espaldas a las puertas de la salvación, y lucháis contra todos los que quieren entrar.

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, tan hipócritas como sois! Porque recorréis en verdad la tierra y el mar para hacer un prosélito, y cuando lo habéis conseguido, no os sentís satisfechos hasta hacerlo dos veces peor de lo que era como hijo de los paganos.

“¡Ay de vosotros, sacerdotes principales y dirigentes, que os adueñáis de los bienes de los pobres y exigís impuestos opresivos a los que quieren servir a Dios como creen que Moisés lo ordenó! Vosotros, que os negáis a mostrar misericordia, ¿podéis esperar misericordia en los mundos venideros?

“¡Ay de vosotros, falsos educadores y guías ciegos! ¿Qué se puede esperar de una nación cuando los ciegos conducen a los ciegos? Los dos tropezarán y caerán al abismo de la destrucción.

“¡Ay de vosotros que disimuláis cuando prestáis juramento! Sois unos tramposos, porque enseñáis que un hombre puede jurar por el templo y violar su juramento; pero que si cualquiera jura por el oro del templo, debe permanecer atado a su juramento. Todos sois necios y ciegos. Ni siquiera sois consistentes en vuestra deshonestidad, porque, ¿qué es más grande, el oro o el templo que supuestamente ha santificado al oro? También enseñáis que si un hombre jura por el altar, no significa nada; pero que si alguien jura por la ofrenda que está en el altar, entonces será tenido por deudor. De nuevo estáis ciegos ante la verdad, porque ¿qué es más grande, la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda? ¿Cómo podéis justificar una hipocresía y una deshonestidad semejantes a los ojos del Dios del cielo

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, y todos los demás hipócritas, que os aseguráis de pagar el diezmo de la menta, el anís y el comino, y al mismo tiempo descuidáis los asuntos más importantes de la ley -la fe, la misericordia y el juicio! Dentro de lo razonable, deberíais hacer lo primero sin dejar de hacer lo segundo. Sois realmente unos guías ciegos y unos educadores estúpidos; filtráis los mosquitos y os tragáis los camellos.

“¡Ay de vosotros, escribas, fariseos e hipócritas! pues limpiáis escrupulosamente el exterior de la copa y del plato, pero dentro permanece la inmundicia de la extorsión, los excesos y el engaño. Estáis espiritualmente ciegos. ¿No reconocéis que sería mucho mejor limpiar primero el interior de la copa, y luego lo que rebosa limpiaría por sí mismo el exterior? ¡Réprobos perversos! Ejecutáis los actos exteriores de vuestra religión para cumplir literalmente con vuestra interpretación de la ley de Moisés, mientras que vuestras almas están impregnadas de iniquidad y llenas de intenciones asesinas.

“¡Ay de todos vosotros que rechazáis la verdad y despreciáis la misericordia! Muchos de vosotros os parecéis a los sepulcros blanqueados, que aparecen hermosos por fuera, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de todo tipo de impurezas. Así es como vosotros, que rechazáis a sabiendas el consejo de Dios, aparecéis exteriormente ante los hombres como santos y rectos, pero por dentro vuestro corazón está lleno de hipocresía y de iniquidad.

“¡Ay de vosotros, guías falsos de una nación! Habéis construido allá un monumento a los antiguos profetas martirizados, mientras conspiráis para destruir a Aquel de quien ellos hablaban. Adornáis las tumbas de los justos y presumís de que si hubierais vivido en la época de vuestros padres, no hubierais matado a los profetas; y luego, a pesar de este pensamiento presuntuoso, os preparáis para asesinar a aquel de quien hablaban los profetas: el Hijo del Hombre. En vista de que hacéis estas cosas, testificáis contra vosotros mismos de que sois los hijos perversos de aquellos que mataron a los profetas. ¡Continuad pues, y llenad hasta el borde la copa de vuestra condenación!

“¡Ay de vosotros, hijos del mal! Juan os llamó con razón los hijos de las víboras, y yo os pregunto: ¿cómo podéis escapar al juicio que Juan pronunció contra vosotros?

“Pero incluso ahora os ofrezco, en nombre de mi Padre, la misericordia y el perdón; incluso ahora os tiendo la mano amorosa de la hermandad eterna. Mi Padre os ha enviado a los sabios y a los profetas; habéis perseguido a unos y habéis matado a los otros. Luego apareció Juan, proclamando la llegada del Hijo del Hombre, y lo destruisteis después de que muchos hubieran creído en sus enseñanzas. Y ahora os preparáis para derramar más sangre inocente. ¿No comprendéis que llegará un día terrible de rendición de cuentas, cuando el Juez de toda la tierra exija a este pueblo que explique por qué ha rechazado, perseguido y destruido a estos mensajeros del cielo? ¿No comprendéis que debéis rendir cuentas por toda esta sangre justa, desde el primer profeta asesinado hasta la época de Zacarías, a quien le quitaron la vida entre el santuario y el altar? Si continuáis por ese camino perverso, quizás esta rendición de cuentas le sea requerida a esta misma generación.

“¡Oh Jerusalén e hijos de Abraham, vosotros que habéis lapidado a los profetas y matado a los instructores que os fueron enviados, incluso ahora quisiera reunir a vuestros hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de sus alas, pero no queréis!

Y ahora me despido de vosotros. Habéis escuchado mi mensaje y habéis tomado vuestra decisión. Aquellos que han creído en mi evangelio ya están a salvo en el reino de Dios. A vosotros, que habéis escogido rechazar el regalo de Dios, os digo que no me veréis más enseñar en el templo. Mi trabajo a favor de vosotros ha terminado.

¡Mirad, ahora salgo con mis hijos, y os dejo vuestra casa desolada!” A continuación, el Maestro hizo señas a sus seguidores para que salieran del templo.

El Libro de Urantia -LA VIDA Y LAS ENSEÑANZAS DE JESÚS

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Aquí compartís entre vosotros el conocimiento de que he resucitado de entre los muertos. Tengo el poder de abandonar mi vida y de recuperarla de nuevo

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Lo que el mundo más necesita saber es que los hombres son hijos de Dios, y que pueden comprender realmente por la fe esta verdad ennoblecedora, y experimentarla diariamente. Mi donación debería ayudar a todos los hombres a saber que son hijos de Dios.

LAS APARICIONES FINALES Y LA ASCENSIÓN

LA DECIMOSEXTA manifestación morontial de Jesús tuvo lugar el viernes 5 de mayo, hacia las nueve de la noche, en el patio de Nicodemo. Esta noche, los creyentes de Jerusalén habían realizado su primer intento por reunirse después de la resurrección. En este momento se encontraban congregados aquí los once apóstoles, el cuerpo de mujeres y sus asociadas, y aproximadamente otros cincuenta discípulos principales del Maestro, incluyendo a varios griegos. Este grupo de creyentes había estado conversando familiarmente durante más de media hora cuando de pronto, el Maestro morontial apareció plenamente a la vista de todos y empezó de inmediato a instruirlos. Jesús dijo:

«Que la paz sea con vosotros. Éste es el grupo de creyentes más representativo —apóstoles y discípulos, tanto hombres como mujeres— al que me he aparecido desde el momento en que fui liberado de la carne. Ahora os tomo por testigos de que os había dicho de antemano que mi estancia entre vosotros debía llegar a su fin. Os dije que pronto debía regresar hacia el Padre. Y luego os dije claramente de qué manera los jefes de los sacerdotes y los dirigentes de los judíos me entregarían para ser ejecutado, y que saldría de la tumba. ¿Por qué, entonces, os habéis desconcertado tanto por todo esto, cuando ha sucedido? ¿Y por qué estabais tan sorprendidos cuando resucité de la tumba al tercer día? No lograsteis creerme porque escuchabais mis palabras sin comprender su significado.

«Ahora deberíais prestar oído a mis palabras para no cometer de nuevo el error de escuchar mi enseñanza con la mente, sin comprender su significado en vuestro corazón. Desde el principio de mi estancia aquí como uno de vosotros, os enseñé que mi única finalidad era revelar mi Padre que está en los cielos a sus hijos de la tierra. He vivido la donación de revelar a Dios para que podáis experimentar la carrera de conocer a Dios. He revelado a Dios como vuestro Padre que está en los cielos; os he revelado que sois los hijos de Dios en la tierra. Es un hecho que Dios os ama a vosotros, sus hijos. Por la fe en mis palabras, este hecho se vuelve una verdad eterna y viviente en vuestro corazón. Cuando, por la fe viviente, os volvéis divinamente conscientes de Dios, entonces nacéis del espíritu como hijos de la luz y de la vida, de la misma vida eterna con la que ascenderéis el universo de universos y lograréis la experiencia de encontrar a Dios Padre en el Paraíso.

«Os exhorto a que recordéis siempre que vuestra misión entre los hombres consiste en proclamar el evangelio del reino —la realidad de la paternidad de Dios y la verdad de la filiación de los hombres. Proclamad la verdad total de la buena nueva, y no solamente una parte del evangelio salvador. Vuestro mensaje no ha cambiado debido a la experiencia de mi resurrección. La filiación con Dios, por la fe, sigue siendo la verdad salvadora del evangelio del reino. Debéis salir a predicar el amor de Dios y el servicio a los hombres. Lo que el mundo más necesita saber es que los hombres son hijos de Dios, y que pueden comprender realmente por la fe esta verdad ennoblecedora, y experimentarla diariamente. Mi donación debería ayudar a todos los hombres a saber que son hijos de Dios, pero este conocimiento será insuficiente si no logran captar personalmente, por la fe, la verdad salvadora de que son los hijos espirituales vivientes del Padre eterno. El evangelio del reino se ocupa del amor del Padre y del servicio a sus hijos en la tierra.

«Aquí compartís entre vosotros el conocimiento de que he resucitado de entre los muertos, pero esto no es algo extraordinario. Tengo el poder de abandonar mi vida y de recuperarla de nuevo; el Padre confiere este poder a sus Hijos del Paraíso. Vuestro corazón debería conmoverse más bien con el conocimiento de que los muertos de una era han emprendido la ascensión eterna poco después de que yo saliera de la tumba nueva de José. He vivido mi vida en la carne para mostraros cómo podéis ser, a través del servicio amoroso, una revelación de Dios para vuestros semejantes, al igual que yo he sido, amándoos y sirviéndoos, una revelación de Dios para vosotros. He vivido entre vosotros como el Hijo del Hombre para que vosotros, y todos los demás hombres, podáis saber que todos sois en verdad los hijos de Dios. Por eso, id ahora por el mundo entero predicando este evangelio del reino de los cielos a todos los hombres. Amad a todos los hombres como yo os he amado; servid a vuestros compañeros mortales como yo os he servido. Habéis recibido gratuitamente, dad gratuitamente. Permaneced aquí en Jerusalén solamente mientras voy hacia el Padre y hasta que os envíe el Espíritu de la Verdad. Él os guiará hacia una verdad más amplia, y yo iré con vosotros por todo el mundo. Siempre estoy con vosotros, y mi paz os dejo.»

Cuando el Maestro les hubo hablado, desapareció de su vista. Estos creyentes no se dispersaron hasta cerca del alba; permanecieron juntos toda la noche discutiendo seriamente las recomendaciones del Maestro y meditando sobre todo lo que les había sucedido. Santiago Zebedeo y otros apóstoles les contaron también sus experiencias con el Maestro morontial en Galilea, y refirieron cómo se les había aparecido tres veces.

 La Vida y las Enseñanzas de Jesús

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XI-La Pasión de Jesús: Así es como terminó un día de tragedia y de dolor para un inmenso universo, cuyos millares de inteligencias se habían estremecido ante el impresionante espectáculo de la crucifixión de la encarnación humana de su amado Soberano

LA CRUCIFIXIÓN

DESPUÉS DE QUE los dos bandidos hubieran sido preparados, los soldados partieron, bajo el mando de un centurión, para el lugar de la crucifixión. El centurión que estaba a cargo de estos doce soldados era el mismo capitán que había dirigido a los soldados romanos la noche anterior para arrestar a Jesús en Getsemaní. Los romanos tenían la costumbre de asignar cuatro soldados a cada persona que iba a ser crucificada. Los dos bandidos fueron debidamente azotados antes de llevárselos para ser crucificados, pero Jesús no recibió ningún castigo físico adicional; el capitán pensó sin duda que ya había sido suficientemente azotado, incluso antes de ser condenado.

Los dos ladrones crucificados con Jesús eran cómplices de Barrabás y habrían sido ejecutados más tarde con su jefe si éste no hubiera sido liberado gracias al indulto pascual de Pilatos. Jesús fue pues crucificado en el lugar de Barrabás.

Lo que Jesús está ahora a punto a hacer, sometiéndose a la muerte en la cruz, lo hace por su propio libre albedrío. Al predecir esta experiencia, había dicho:

«El Padre me ama y me sostiene porque estoy dispuesto a entregar mi vida. Pero la recuperaré de nuevo. Nadie me quita la vida —la entrego por mí mismo. Tengo autoridad para entregarla, y tengo autoridad para recuperarla. Este poder lo he recibido de mi Padre.»

Justo antes de las nueve de esta mañana, los soldados salieron del pretorio con Jesús camino del Gólgota. Mucha gente que los seguía simpatizaba en secreto con Jesús, pero la mayor parte de este grupo de doscientas personas o más estaba compuesto por sus enemigos y por holgazanes curiosos que simplemente deseaban disfrutar del horror de presenciar las crucifixiones. Sólo algunos dirigentes judíos fueron a ver a Jesús morir en la cruz. Sabiendo que Pilatos lo había entregado a los soldados romanos y que estaba condenado a muerte, los demás se ocuparon de su reunión en el templo, donde discutieron qué iban a hacer con sus discípulos.

CAMINO DEL GÓLGOTA

Antes de salir del patio del pretorio, los soldados colocaron el travesaño de la cruz sobre los hombros de Jesús. Era costumbre obligar al condenado a que llevara el travesaño de la cruz hasta el lugar de la crucifixión. El condenado no llevaba toda la cruz, sino únicamente este madero más corto. Los postes de madera más largos y verticales de las tres cruces ya habían sido transportados al Gólgota y, cuando llegaron los soldados con sus presos, estaban firmemente hincados en el suelo.

De acuerdo con la costumbre, el capitán dirigió la procesión, llevando unas pequeñas tablillas blancas en las que se habían escrito con carbón los nombres de los criminales y la naturaleza de los crímenes por los que habían sido condenados. Para los dos ladrones, el centurión llevaba unos letreros con sus nombres, debajo de los cuales estaba escrita una sola palabra: «Bandido». Después de que la víctima había sido clavada en el travesaño y levantada hasta su sitio en el poste vertical, tenían la costumbre de clavar este letrero en el extremo superior de la cruz, justo encima de la cabeza del criminal, para que todos los espectadores pudieran saber por qué crimen se crucificaba al condenado. La inscripción que llevaba el centurión para colocarla en la cruz de Jesús había sido escrita por el mismo Pilatos en latín, griego y arameo, y decía: «Jesús de Nazaret —el rey de los judíos».

Algunas autoridades judías que aún estaban presentes cuando Pilatos escribió esta inscripción protestaron enérgicamente porque se calificara a Jesús de «rey de los judíos». Pero Pilatos les recordó que esta acusación formaba parte de los cargos que habían llevado a condenarlo. Cuando vieron que no podían convencer a Pilatos para que cambiara de idea, los judíos le rogaron que al menos modificara la inscripción para que dijera: «Él ha dicho: ‘yo soy el rey de los judíos’». Pero Pilatos se mantuvo inflexible y no quiso cambiar el letrero. A todas sus nuevas súplicas se limitó a contestar: «Lo que he escrito, escrito está.»

Normalmente se tenía la costumbre de ir hasta el Gólgota por el camino más largo, para que un gran número de personas pudiera ver al criminal condenado, pero este día se dirigieron por el camino más directo hasta la puerta de Damasco, por donde se salía de la ciudad hacia el norte, y siguiendo esta carretera, pronto llegaron al Gólgota, el lugar oficial de las crucifixiones en Jerusalén. Más allá del Gólgota se encontraban las villas de los ricos, y al otro lado de la carretera estaban las tumbas de muchos judíos acaudalados.

La crucifixión no era una forma de castigo judío. Tanto los griegos como los romanos habían aprendido este método de ejecución de los fenicios. Incluso Herodes, con toda su crueldad, no recurría a la crucifixión. Los romanos nunca crucificaban a un ciudadano romano; sólo sometían a este tipo de muerte deshonrosa a los esclavos y a los pueblos sometidos. Durante el asedio de Jerusalén, exactamente cuarenta años después de la crucifixión de Jesús, todo el Gólgota estuvo cubierto de miles y miles de cruces sobre las que pereció, día tras día, la flor de la raza judía. Fue en verdad una cosecha terrible por la semilla que se sembró este día.

Mientras la procesión de la muerte pasaba por las estrechas calles de Jerusalén, muchas mujeres judías tiernas de corazón que habían escuchado las palabras de ánimo y de compasión de Jesús, y que conocían su vida de ministerio amoroso, no pudieron contener el llanto cuando vieron que lo llevaban a una muerte tan indigna. Mientras pasaba, muchas de estas mujeres lloraban y se lamentaban. Cuando algunas de ellas se atrevieron incluso a caminar a su lado, el Maestro volvió la cabeza hacia ellas y les dijo:

«Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino más bien por vosotras y por vuestros hijos. Mi obra está a punto de terminar —pronto iré hacia mi Padre— pero los tiempos de las terribles tribulaciones para Jerusalén acaban de empezar. Mirad, se acercan los días en que diréis: Bienaventuradas las estériles y aquellas cuyos pechos nunca han amamantado a sus pequeños. En esos días rogaréis a las rocas de las colinas que caigan sobre vosotras para que os liberen de los terrores de vuestras tribulaciones.»

Estas mujeres de Jerusalén eran en verdad valientes al manifestar su simpatía por Jesús, porque la ley prohibía estrictamente que se mostraran sentimientos amistosos por alguien que iba a ser crucificado. El populacho tenía permiso para burlarse, mofarse y ridiculizar al condenado, pero no estaba permitido expresar ninguna simpatía. Aunque Jesús apreciaba estas manifestaciones de simpatía en esta hora sombría en la que sus amigos estaban escondidos, no quería que estas mujeres de buen corazón se granjearan la indignación de las autoridades por atreverse a mostrar compasión por él. Incluso en un momento como éste, Jesús pensaba poco en sí mismo; sólo pensaba en los terribles días de tragedia que le esperaban a Jerusalén y a toda la nación judía.

Mientras el Maestro caminaba con dificultad hacia la crucifixión, se sintió muy cansado; estaba casi agotado. No había comido ni bebido desde la Última Cena en la casa de Elías Marcos, y tampoco le habían permitido disfrutar de un instante de sueño. Además, había soportado un interrogatorio tras otro hasta el momento de su condena, sin mencionar los azotes abusivos con el sufrimiento físico y la pérdida de sangre consiguientes. A todo esto había que añadir su extremada angustia mental, su aguda tensión espiritual y un terrible sentimiento de soledad humana.

Poco después de pasar por la puerta que conducía fuera de la ciudad, mientras Jesús se tambaleaba llevando el travesaño de la cruz, su fuerza física flaqueó por un momento, y cayó bajo el peso de su pesada carga. Los soldados le gritaron y le dieron patadas, pero no pudo levantarse. Cuando el capitán vio esto, sabiendo lo que Jesús ya había soportado, ordenó a los soldados que se detuvieran. Luego le ordenó a un transeúnte, un tal Simón de Cirene, que cogiera el travesaño de los hombros de Jesús y le obligó a llevarlo durante el resto del camino hasta el Gólgota.

Este Simón había efectuado todo el trayecto desde Cirene, en el norte de África, para asistir a la Pascua. Estaba alojado con otros cireneos justo fuera de los muros de la ciudad, y se dirigía hacia el templo para asistir a los oficios en la ciudad cuando el capitán romano le ordenó que llevara el travesaño de Jesús. Simón permaneció allí durante las horas que el Maestro tardó en morir en la cruz, hablando con muchos amigos de Jesús y con sus enemigos. Después de la resurrección y antes de marcharse de Jerusalén, se convirtió en un valeroso creyente en el evangelio del reino, y cuando regresó a su hogar, hizo entrar a su familia en el reino celestial. Sus dos hijos, Alejandro y Rufo, fueron unos instructores muy eficaces del nuevo evangelio en África. Pero Simón no supo nunca que Jesús, cuya carga había llevado, y el preceptor judío que en otro tiempo había favorecido a su hijo lesionado, eran la misma persona.

Eran poco más de las nueve cuando esta procesión de la muerte llegó al Gólgota, y los soldados romanos se pusieron a la tarea de clavar a los dos bandidos y al Hijo del Hombre en sus cruces respectivas.

 

LA CRUCIFIXIÓN

Los soldados ataron primero los brazos del Maestro al travesaño con unas cuerdas, y luego clavaron sus manos a la madera. Después de haber izado este travesaño en el poste, y de haberlo clavado firmemente en el brazo vertical de la cruz, ataron y clavaron los pies de Jesús a la madera, utilizando un largo clavo para atravesar los dos pies. El poste vertical tenía un gran taco, colocado a la altura adecuada, que servía como una especie de sillín para sostener el peso del cuerpo. La cruz no era alta, y los pies del Maestro se encontraban aproximadamente a sólo un metro del suelo. Por eso podía escuchar todo lo que se decía de él con irrisión, y podía ver claramente la expresión de los rostros de todos los que se mofaban de él con tanta desconsideración. Los que estaban presentes también podían escuchar fácilmente todo lo que Jesús dijo durante estas horas de tortura prolongada y de muerte lenta.

Se tenía la costumbre de quitarle toda la ropa a los que iban a ser crucificados, pero como los judíos ponían grandes objeciones a que se expusiera públicamente el cuerpo humano desnudo, los romanos siempre proporcionaban un taparrabos adecuado a todas las personas que se crucificaban en Jerusalén. En consecuencia, después de haberle quitado la ropa a Jesús, lo vistieron de esta manera antes de colocarlo en la cruz.

Se recurría a la crucifixión para infligir un castigo cruel y prolongado, pues la víctima a veces tardaba varios días en morir. Había en Jerusalén una importante oposición a la crucifixión, y existía una asociación de mujeres judías que siempre enviaba a una representante a las crucifixiones, con el fin de ofrecerle a la víctima un vino mezclado con drogas para disminuir sus sufrimientos. Pero cuando Jesús probó este vino narcotizado, a pesar de la sed que tenía, se negó a beberlo. El Maestro escogió conservar su conciencia humana hasta el instante final. Deseaba enfrentarse a la muerte, incluso de esta manera cruel e inhumana, y vencerla sometiéndose voluntariamente a la plena experiencia humana.

Antes de que Jesús fuera colocado en su cruz, los dos bandidos ya habían sido situados en las suyas, maldiciendo y escupiendo continuamente a sus verdugos. Las únicas palabras de Jesús mientras lo clavaban en el travesaño fueron: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.» No podría haber intercedido con tanto amor y misericordia a favor de sus verdugos, si estos pensamientos de devoción afectuosa no hubieran sido el móvil principal de toda su vida de servicio desinteresado. Las ideas, los móviles y los anhelos de toda una vida se revelan abiertamente en una crisis.

Después de que el Maestro fuera izado en la cruz, el capitán clavó el letrero por encima de su cabeza, y se podía leer en tres idiomas: «Jesús de Nazaret —el rey de los Judíos». Los judíos estaban furiosos por este supuesto insulto. Pero los modales irrespetuosos de los judíos habían enfadado a Pilatos; sentía que había sido intimidado y humillado, y adoptó este método para obtener una mezquina venganza. Podría haber escrito: «Jesús, un rebelde». Pero sabía muy bien que estos judíos de Jerusalén detestaban el nombre mismo de Nazaret, y estaba decidido a humillarlos de esta manera. Sabía que también se sentirían heridos en lo más vivo al ver que este galileo ejecutado era llamado «el rey de los judíos».

Muchos dirigentes judíos, cuando se enteraron de cómo Pilatos había intentado ridiculizarlos poniendo esta inscripción en la cruz de Jesús, se apresuraron a ir al Gólgota, pero no se atrevieron a quitar el letrero porque los soldados romanos estaban vigilando. Como no pudieron quitar el rótulo, estos dirigentes se mezclaron con la multitud e hicieron todo lo posible por incitarla a la burla y a la irrisión, a fin de que nadie se tomara en serio la inscripción.

El apóstol Juan, con María la madre de Jesús, Rut y Judá, llegaron a la escena poco después de que Jesús hubiera sido izado a su posición en la cruz, y justo cuando el capitán estaba clavando el letrero por encima de la cabeza del Maestro. Juan fue el único de los once apóstoles que presenció la crucifixión, e incluso él no estuvo presente todo el tiempo, puesto que corrió a Jerusalén para traer a su madre y a las amigas de ésta poco después de haber llevado al Gólgota a la madre de Jesús.

Cuando Jesús vio a su madre, junto con Juan, su hermano y su hermana, sonrió pero no dijo nada. Mientras tanto, los cuatro soldados asignados a la crucifixión del Maestro se habían repartido, como era costumbre, sus vestidos entre ellos; uno había cogido las sandalias, otro el turbante, otro el cinturón y el cuarto el manto. Sólo quedaba la túnica, el vestido sin costuras que llegaba hasta cerca de las rodillas, que iba a ser cortada en cuatro pedazos, pero cuando los soldados vieron que se trataba de una prenda tan insólita, decidieron echarla a suertes. Jesús los miraba desde arriba mientras se repartían sus vestiduras y la multitud irreflexiva se burlaba de él.

Fue una suerte que los soldados romanos se apropiaran de las ropas del Maestro. De lo contrario, si sus seguidores hubieran conseguido estas vestimentas, hubieran tenido la tentación de utilizar estas reliquias para adorarlas de manera supersticiosa. El Maestro deseaba que sus seguidores no tuvieran ningún objeto material que pudiera asociarse con su vida en la tierra. Quería dejar a la humanidad únicamente el recuerdo de una vida humana dedicada al alto ideal espiritual de estar consagrado a hacer la voluntad del Padre.

LOS QUE VIERON LA CRUCIFIXIÓN

Hacia las nueve y media de este viernes por la mañana, Jesús fue suspendido en la cruz. Antes de las once, más de mil personas se habían reunido para presenciar este espectáculo de la crucifixión del Hijo del Hombre. Durante estas horas espantosas, las huestes invisibles de un universo permanecieron en silencio mientras contemplaban este fenómeno extraordinario en el que el Creador estaba experimentando la muerte de la criatura, incluso la muerte más indigna de un criminal condenado.

Las personas que permanecieron cerca de la cruz en un momento u otro de la crucifixión fueron: María, Rut, Judá, Juan, Salomé (la madre de Juan) y un grupo de fervorosas creyentes que incluía a María (la mujer de Clopas y hermana de la madre de Jesús), María Magdalena y Rebeca, que en otro tiempo había vivido en Séforis. Estos y otros amigos de Jesús guardaron silencio mientras presenciaban su gran paciencia y entereza, y contemplaban sus intensos sufrimientos.

Muchos de los que pasaban por allí movían la cabeza y se burlaban de él diciendo: «Tú que querías destruir el templo y reconstruirlo en tres días, sálvate a ti mismo. Si eres el Hijo de Dios, ¿por qué no bajas de tu cruz?» De la misma manera, algunos dirigentes judíos se mofaban de él diciendo: «Ha salvado a otros, pero no puede salvarse a sí mismo.» Otros decían: «Si eres el rey de los judíos, bájate de la cruz y creeremos en ti.» Y más tarde se burlaron aun más de él, diciendo: «Confiaba en que Dios lo liberaría. Incluso pretendía ser el Hijo de Dios —miradlo ahora— crucificado entre dos ladrones.» Incluso los dos ladrones también se burlaron de él y lo llenaron de reproches.

En vista de que Jesús no quería responder a sus insultos, y puesto que se acercaba la hora del mediodía de este día especial de preparación, la mayor parte de la multitud burlona y bromista se había ido a las once y media; menos de cincuenta personas permanecieron en el lugar. Los soldados se prepararon ahora para comer y beber su vino agrio y barato mientras se instalaban para el largo velatorio. Mientras compartían su vino, brindaron irrisoriamente a la salud de Jesús, diciendo: «¡Salud y buena suerte al rey de los judíos!» Y se quedaron sorprendidos de la mirada tolerante del Maestro ante sus burlas y mofas.

Cuando Jesús los vio comer y beber, bajó la mirada hacia ellos y dijo: «Tengo sed.» Cuando el capitán de la guardia oyó decir a Jesús «tengo sed», cogió un poco de vino de su botella, puso el tapón esponjoso empapado en la punta de una jabalina y lo levantó hasta Jesús para que pudiera humedecer sus labios resecos.

Jesús había decidido vivir sin recurrir a sus poderes sobrenaturales, y del mismo modo escogió morir en la cruz como un mortal común y corriente. Había vivido como un hombre y quería morir como un hombre —haciendo la voluntad del Padre.

EL LADRÓN EN LA CRUZ

Uno de los bandidos recriminó a Jesús diciendo: «Si eres el Hijo de Dios, ¿por qué no te salvas a ti mismo y nos salvas a nosotros?» Pero cuando terminó de increpar a Jesús, el otro ladrón, que había escuchado muchas veces la enseñanza del Maestro, dijo: «¿Es que ni siquiera temes a Dios? ¿No ves que sufrimos justamente por nuestras acciones, pero que este hombre sufre injustamente? Sería mejor que buscáramos el perdón de nuestros pecados y la salvación de nuestra alma.» Cuando Jesús escuchó al ladrón decir esto, volvió la cara hacia él y le sonrió con aprobación. Al ver el rostro de Jesús vuelto hacia él, el malhechor reunió su valor, avivó la llama vacilante de su fe, y dijo: «Señor, acuérdate de mí cuando entres en tu reino.» Entonces Jesús dijo: «En verdad, en verdad te digo hoy, algún día estarás conmigo en el Paraíso.»

En medio de los dolores de la muerte física, el Maestro tenía tiempo para escuchar la confesión de fe del bandido creyente. Cuando este ladrón intentó alcanzar la salvación, encontró la liberación. Muchas veces antes de este momento había sentido el impulso de creer en Jesús, pero sólo en estas últimas horas de conciencia se volvió de todo corazón hacia la enseñanza del Maestro. Cuando vio la manera en que Jesús afrontaba la muerte en la cruz, este ladrón ya no pudo resistir la convicción de que el Hijo del Hombre era en verdad el Hijo de Dios.

Durante este episodio de la conversión del ladrón y de su recibimiento en el reino por parte de Jesús, el apóstol Juan estaba ausente, pues había ido a la ciudad para traer a su madre y a las amigas de ésta a la escena de la crucifixión. Lucas escuchó posteriormente esta anécdota de labios del capitán romano de la guardia, que se había convertido.

El apóstol Juan habló de la crucifixión tal como recordaba el acontecimiento dos tercios de siglo después de haber ocurrido. Los otros escritos se basaron en el relato del centurión romano que estaba de servicio, el cual, a causa de lo que había visto y oído, creyó posteriormente en Jesús y entró plenamente en la hermandad del reino de los cielos en la tierra.

Este joven, el bandido arrepentido, había sido inducido a una vida de violencia y de fechorías por aquellos que ensalzaban esta carrera de pillaje como una protesta patriótica eficaz contra la opresión política y la injusticia social. Este tipo de enseñanza, unido al deseo de aventuras, conducía a muchos jóvenes, por otra parte bien intencionados, a alistarse en estas arriesgadas expediciones de robo a mano armada. Este joven había considerado a Barrabás como un héroe. Ahora veía que se había equivocado. Aquí en la cruz, a su lado, veía a un hombre realmente grande, a un verdadero héroe. Éste era un héroe que inflamaba su fervor e inspiraba sus ideas más elevadas de dignidad moral y vivificaba todos sus ideales de coraje, de virilidad y de valentía. Al contemplar a Jesús, brotó en su corazón un sentimiento irresistible de amor, de lealtad y de auténtica grandeza.

Si cualquier otra persona de la burlona multitud hubiera experimentado el nacimiento de la fe en su alma y hubiera apelado a la misericordia de Jesús, habría sido recibida con la misma consideración afectuosa que se había mostrado al bandido creyente.

Poco después de que el ladrón arrepentido hubiera escuchado la promesa del Maestro de que algún día se encontrarían en el Paraíso, Juan regresó de la ciudad trayendo con él a su madre y a un grupo de casi doce mujeres creyentes. Juan ocupó su lugar al lado de María, la madre de Jesús, sosteniéndola. Su hijo Judá se encontraba al otro lado. Cuando Jesús contempló esta escena, ya era mediodía, y dijo a su madre: «Mujer, he aquí a tu hijo.» Y hablándole a Juan, le dijo: «Hijo mío, he aquí a tu madre.» Luego se dirigió a los dos, diciendo: «Deseo que os vayáis de este lugar.» Y así, Juan y Judá alejaron a María del Gólgota. Juan llevó a la madre de Jesús al lugar donde él se alojaba en Jerusalén, y luego se apresuró en volver a la escena de la crucifixión. Después de la Pascua, María regresó a Betsaida, donde vivió en la casa de Juan durante el resto de su vida física. María no llegó a vivir más de un año después de la muerte de Jesús.

Después de marcharse María, las otras mujeres se retiraron a corta distancia y permanecieron acompañando a Jesús hasta que éste expiró en la cruz. Y aún se hallaban allí cuando bajaron el cuerpo del Maestro para ser sepultado.

 

LAS ÚLTIMAS HORAS EN LA CRUZ

Aunque era pronto para que se produjera un fenómeno así en esta estación del año, poco después de las doce el cielo se oscureció a causa de la presencia de arena fina en el aire. La población de Jerusalén sabía que esto significaba la llegada de una tormenta de arena con viento caliente procedente del desierto de Arabia. Antes de la una el cielo se puso tan oscuro que ocultó al sol, y el resto de la multitud se apresuró a regresar a la ciudad. Cuando el Maestro abandonó su vida poco después de esta hora, menos de treinta personas estaban presentes, únicamente los trece soldados romanos y un grupo de unos quince creyentes. Todos estos creyentes eran mujeres, excepto dos: Judá el hermano de Jesús, y Juan Zebedeo, que regresó a la escena justo antes de que expirara el Maestro.

Poco después de la una, en medio de la creciente oscuridad de la violenta tormenta de arena, Jesús empezó a perder su conciencia humana. Había pronunciado sus últimas palabras de misericordia, de perdón y de exhortación. Su último deseo —acerca del cuidado de su madre— había sido expresado. Durante esta hora en que la muerte se acercaba, la mente humana de Jesús recurrió a la repetición de numerosos pasajes de las escrituras hebreas, en particular los salmos. El último pensamiento consciente del Jesús humano estuvo ocupado en la repetición mental de una parte del Libro de los Salmos que ahora se conoce como los salmos veinte, veintiuno y veintidós. Aunque sus labios se movían a menudo, estaba demasiado débil como para pronunciar las palabras de estos pasajes, que tan bien conocía de memoria, a medida que cruzaban por su mente. Sólo en pocas ocasiones aquellos que estaban cerca lograron captar algunas palabras, tales como: «Sé que el Señor salvará a su ungido», «Tu mano descubrirá a todos mis enemigos» y «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Jesús no albergó en ningún momento la menor duda de que había vivido de acuerdo con la voluntad del Padre; y nunca dudó de que ahora abandonaba su vida carnal de acuerdo con la voluntad de su Padre. No tenía el sentimiento de que el Padre lo había abandonado; simplemente estaba recitando en su conciencia evanescente numerosos pasajes de las escrituras, entre ellos este salmo veintidós que comienza diciendo «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Y dio la casualidad de que éste fue uno de los tres pasajes que pronunció con la suficiente claridad como para ser escuchado por aquellos que estaban cerca.

La última petición que el Jesús mortal hizo a sus semejantes tuvo lugar alrededor de la una y media, cuando dijo por segunda vez: «Tengo sed.» Y el mismo capitán de la guardia le humedeció de nuevo los labios con la misma esponja mojada en el vino agrio, que en aquella época llamaban vulgarmente vinagre.

La tormenta de arena se volvió más intensa y los cielos se oscurecieron cada vez más. Sin embargo, los soldados y el pequeño grupo de creyentes permanecían allí. Los soldados se habían agachado cerca de la cruz, acurrucados todos juntos para protegerse de la arena cortante. La madre de Juan y otras personas observaban desde cierta distancia, donde estaban un poco resguardadas bajo una roca saliente. Cuando el Maestro exhaló finalmente su último suspiro, al pie de su cruz se encontraban su hermano Judá, su hermana Rut, Juan Zebedeo, María Magdalena y Rebeca, la que había vivido en Séforis.

Fue justo antes de las tres cuando Jesús, dando un grito, exclamó: «¡Se acabó! Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.» Cuando hubo dicho esto, inclinó la cabeza y abandonó la lucha por la vida. Cuando el centurión romano vio cómo Jesús había muerto, se golpeó el pecho y dijo: «Éste era en verdad un hombre justo; debe haber sido realmente un Hijo de Dios.» Y a partir de ese momento empezó a creer en Jesús.

Jesús murió majestuosamente —tal como había vivido. Admitió sin reservas su realeza y permaneció dueño de la situación durante todo este trágico día. Se dirigió voluntariamente a su muerte ignominiosa después de haber previsto la seguridad de sus apóstoles escogidos. Detuvo sabiamente la violencia alborotadora de Pedro y dispuso que Juan pudiera estar cerca de él hasta el fin de su existencia mortal. Reveló su verdadera naturaleza al sanguinario sanedrín y le recordó a Pilatos el origen de su autoridad soberana como Hijo de Dios. Partió para el Gólgota llevando el travesaño de su propia cruz y terminó su donación amorosa entregando el espíritu que había adquirido como mortal al Padre del Paraíso. Después de una vida así —y en el momento de una muerte semejante— el Maestro podía decir en verdad: «Se acabó.»

Como éste era el día tanto de la preparación de la Pascua como del sábado, los judíos no querían que estos cuerpos permanecieran expuestos en el Gólgota. Por eso, se presentaron ante Pilatos para pedirle que rompieran las piernas de estos tres hombres, que fueran rematados, para poder bajarlos de sus cruces y echarlos en la fosa común de los criminales antes de ponerse el sol. Cuando Pilatos escuchó esta petición, envió inmediatamente a tres soldados para que rompieran las piernas y remataran a Jesús y a los dos bandidos.

Cuando estos soldados llegaron al Gólgota, actuaron en consecuencia con los dos ladrones, pero para su gran sorpresa, se encontraron con que Jesús ya había muerto. Sin embargo, para asegurarse de su muerte, uno de los soldados le clavó su lanza en el costado izquierdo. Aunque era corriente que las víctimas de la crucifixión permanecieran vivas en la cruz incluso durante dos o tres días, la abrumadora agonía emocional y la aguda angustia espiritual de Jesús provocaron el final de su vida mortal en la carne en poco menos de cinco horas y media.

DESPUÉS DE LA CRUCIFIXIÓN

En medio de la oscuridad de la tormenta de arena, hacia las tres y media, David Zebedeo envió al último de sus mensajeros con la noticia de la muerte del Maestro. Despachó al último de sus corredores hacia la casa de Marta y María en Betania, donde suponía que estaba la madre de Jesús con el resto de la familia.

Después de la muerte del Maestro, Juan envió a las mujeres, bajo la dirección de Judá, a la casa de Elías Marcos, donde permanecieron durante el sábado. En cuanto a Juan, que ya era bien conocido por el centurión romano, permaneció en el Gólgota hasta que José y Nicodemo llegaron a la escena con una orden de Pilatos autorizándolos para que tomaran posesión del cuerpo de Jesús.

Así es como terminó un día de tragedia y de dolor para un inmenso universo, cuyos millares de inteligencias se habían estremecido ante el impresionante espectáculo de la crucifixión de la encarnación humana de su amado Soberano; estaban atónitas ante esta exhibición de insensibilidad y de perversidad humanas.

XI-La Pasión de Jesús.

VI-La Pasión de Jesús: ¿Qué pensáis ahora que podemos hacer con este blasfemo y transgresor de la ley?» Y todos contestaron al unísono: «Merece la muerte; que sea crucificado.»

ANTE EL TRIBUNAL DE LOS SANEDRISTAS

Eran aproximadamente las tres y media de la madrugada de este viernes cuando el sumo sacerdote, Caifás, declaró constituido el tribunal sanedrista de investigación y pidió que Jesús fuera traído ante ellos para ser juzgado oficialmente. En tres ocasiones anteriores, el sanedrín, por una gran mayoría de votos, había decretado la muerte de Jesús, había decidido que merecía la muerte basándose en las acusaciones irregulares de transgredir la ley, blasfemar y burlarse de las tradiciones de los padres de Israel.

Esta reunión del sanedrín no se había convocado de manera regular y no se celebraba en el lugar habitual, la cámara de piedras labradas del templo. Se trataba de un tribunal especial compuesto por unos treinta sanedristas, y se había convocado en el palacio del sumo sacerdote. Juan Zebedeo estuvo presente con Jesús durante todo este pretendido juicio.

¡Cuánto se vanagloriaban estos jefes de los sacerdotes, escribas, saduceos y algunos fariseos, de que este Jesús que había comprometido su posición social y desafiado su autoridad, estuviera ahora seguro entre sus manos! Y estaban decididos a no dejarlo escapar vivo de sus garras vengativas.

Normalmente, cuando los judíos juzgaban a un hombre por un delito capital, procedían con una gran cautela y proporcionaban todas las garantías de la equidad en la selección de los testigos y en toda la conducta del juicio. Pero en esta ocasión, Caifás era más un fiscal que un juez imparcial.

Jesús apareció ante este tribunal vestido con su ropa habitual y con las manos atadas detrás de la espalda. Todo el tribunal se quedó sorprendido y algo confuso por su aspecto majestuoso. Nunca habían contemplado a un preso semejante ni habían presenciado aquella sangre fría en un hombre que podía perder la vida.

La ley judía exigía que al menos dos testigos estuvieran de acuerdo en un punto cualquiera antes de que se pudiera hacer una acusación contra un preso. Judas no podía servir de testigo contra Jesús, porque la ley judía prohibía expresamente el testimonio de un traidor. Más de veinte falsos testigos estaban disponibles para testificar contra Jesús, pero sus declaraciones eran tan contradictorias y tan evidentemente inventadas que los mismos sanedristas se sentían bastante avergonzados con el espectáculo. Jesús permanecía allí de pie, mirando con benignidad a aquellos perjuros, y su mismo semblante desconcertaba a los testigos mentirosos. Durante todos estos falsos testimonios, el Maestro no dijo ni una sola palabra; no respondió a ninguna de sus numerosas falsas acusaciones.

La primera vez que dos de los testigos se acercaron algo a una apariencia de acuerdo fue cuando dos hombres atestiguaron que habían escuchado decir a Jesús, en el transcurso de uno de sus discursos en el templo, que «destruiría este templo hecho por las manos del hombre y en tres días construiría otro templo sin emplear las manos del hombre.» Aquello no era exactamente lo que Jesús había dicho, aparte del hecho de que había señalado su propio cuerpo cuando hizo aquel comentario.

Aunque el sumo sacerdote le gritó a Jesús: «¿No contestas a ninguna de estas acusaciones?», Jesús no abrió la boca. Permaneció allí en silencio mientras todos aquellos falsos testigos prestaban sus declaraciones. El odio, el fanatismo y la exageración sin escrúpulos caracterizaban de tal manera las palabras de aquellos perjuros, que sus testimonios caían por su propio peso. La mejor refutación de aquellas falsas acusaciones era el silencio sosegado y majestuoso del Maestro.

Anás llegó poco después de que los falsos testigos empezaran a declarar, y tomó asiento al lado de Caifás. Anás se levantó entonces para argumentar que aquella amenaza de Jesús de destruir el templo era suficiente para justificar tres cargos contra él:

1. Que era un peligroso embaucador del pueblo. Que les enseñaba cosas imposibles y que los engañaba de otras maneras.
2. Que era un revolucionario fanático pues abogaba por el empleo de la violencia contra el templo sagrado, porque ¿cómo podría destruirlo de otra manera?
3. Que enseñaba la magia, puesto que prometía construir un nuevo templo, y sin ayudarse con las manos.

Todo el sanedrín ya estaba de acuerdo en que Jesús era culpable de unas transgresiones de las leyes judías que merecían la muerte, pero ahora les preocupaba más preparar unas acusaciones relacionadas con su conducta y sus enseñanzas, que justificaran la sentencia de muerte que Pilatos debería pronunciar contra su preso. Sabían que tenían que obtener el consentimiento del gobernador romano antes de poder ejecutar legalmente a Jesús. Anás se sentía inclinado a seguir el método de hacer aparecer a Jesús como un peligroso educador que no podía estar por la calle entre la gente.

Pero Caifás ya no podía soportar más la vista del Maestro, que permanecía allí de pie con una serenidad perfecta y en un absoluto silencio. Pensó que conocía al menos una manera de incitar al preso a hablar. En consecuencia, se precipitó hacia Jesús, agitó un dedo acusador delante del rostro del Maestro, y dijo: «En nombre del Dios vivo, te ordeno que nos digas si eres el Libertador, el Hijo de Dios.» Jesús contestó a Caifás: «Lo soy. Pronto iré hacia el Padre, y dentro de poco el Hijo del Hombre será revestido de poder y reinará de nuevo sobre las huestes del cielo.»

Cuando el sumo sacerdote escuchó a Jesús pronunciar estas palabras, se encolerizó enormemente, y rasgando sus vestiduras exteriores, exclamó: «¿Qué necesidad tenemos de más testigos? Mirad, ahora todos habéis escuchado la blasfemia de este hombre. ¿Qué pensáis ahora que podemos hacer con este blasfemo y transgresor de la ley?» Y todos contestaron al unísono: «Merece la muerte; que sea crucificado.»

Jesús no manifestó interés por ninguna de las preguntas que le hicieron cuando estaba delante de Anás o de los sanedristas, exceptuando la única pregunta relacionada con su misión donadora. Cuando se le preguntó si era el Hijo de Dios, contestó afirmativamente de manera instantánea e inequívoca.

Anás deseaba que continuara el juicio y que se formularan unas acusaciones bien definidas en cuanto a la relación de Jesús con la ley y las instituciones romanas, para presentarlas posteriormente a Pilatos. Los consejeros estaban impacientes por terminar rápidamente este asunto, no sólo porque era el día de la preparación de la Pascua y no se podía hacer ningún trabajo seglar después del mediodía, sino también porque temían que Pilatos regresara en cualquier momento a Cesarea, la capital romana de Judea, puesto que sólo estaba en Jerusalén para la celebración de la Pascua.

Pero Anás no logró conservar el control del tribunal. Después de que Jesús contestara tan inesperadamente a Caifás, el sumo sacerdote se adelantó y lo abofeteó. Anás se quedó verdaderamente impresionado cuando los otros miembros del tribunal escupieron a Jesús a la cara al salir de la sala, y muchos de ellos lo abofetearon burlonamente con la palma de la mano. Y así terminó, a las cuatro y media de la mañana, esta primera sesión del juicio de Jesús por parte de los sanedristas, en desorden y en medio de una confusión inaudita.

LA HORA DE LA HUMILLACIÓN

En la cuestión de pronunciar una sentencia de muerte, la ley judía exigía que el tribunal celebrara dos sesiones. Esta segunda sesión debía tener lugar al día siguiente de la primera, y los miembros del tribunal debían pasar las horas intermedias ayunando y lamentándose. Pero estos hombres no podían esperar al día siguiente para confirmar su decisión de que Jesús debía morir. Sólo esperaron una hora. Mientras tanto, dejaron a Jesús en la sala de audiencia al cuidado de los guardias del templo, que junto con los criados del sumo sacerdote, se divirtieron acumulando todo tipo de indignidades sobre el Hijo del Hombre. Se burlaron de él, le escupieron y lo abofetearon cruelmente. Le golpeaban en la cara con una vara y luego le decían: «Profetiza, Libertador, y dinos quién te ha golpeado.» Continuaron así durante una hora entera, ultrajando y maltratando a este hombre de Galilea que no ofrecía resistencia.

Durante esta hora trágica de sufrimientos y de juicios burlescos a manos de los guardias y criados ignorantes e insensibles, Juan Zebedeo estuvo esperando a solas, lleno de terror, en una habitación contigua. Cuando empezaron estos abusos, Jesús le indicó a Juan con un gesto de la cabeza que debía retirarse. El Maestro sabía muy bien que si permitía a su apóstol permanecer en la sala presenciando estas indignidades, se despertaría en Juan tal resentimiento que le hubiera conducido a una explosión de protesta indignada que probablemente le hubiera costado la vida.

Durante esta hora espantosa, Jesús no pronunció ni una palabra. Para este alma humana dulce y sensible, unida en una relación de personalidad con el Dios de todo este universo, no hubo un período más amargo en la copa de su humillación que esta hora terrible a merced de estos guardias y criados ignorantes y crueles, que se habían sentido estimulados a maltratarlo debido al ejemplo de los miembros de este pretendido tribunal sanedrista.

El corazón humano quizás no puede concebir el escalofrío de indignación que recorrió un enorme universo, mientras las inteligencias celestiales presenciaban este espectáculo de su amado Soberano sometiéndose a la voluntad de sus criaturas ignorantes y desviadas, en la esfera ensombrecida por el pecado de la desafortunada Urantia.

¿Qué es esa característica animal en el hombre que le conduce a querer insultar y atacar físicamente aquello que no puede alcanzar espiritualmente ni conseguir intelectualmente? Aún se esconde en el hombre medio civilizado una malvada brutalidad que intenta desahogarse en aquellos que son superiores en sabiduría y en logros espirituales. Observad la malvada tosquedad y la brutal ferocidad de estos hombres supuestamente civilizados, mientras obtenían cierta forma de placer animal atacando físicamente al Hijo del Hombre que no ofrecía resistencia. Mientras estos insultos, burlas y golpes caían sobre Jesús, él no se defendía, pero no estaba indefenso. Jesús no estaba derrotado, se limitaba a no luchar en el sentido material.

Éstos son los momentos de las mayores victorias del Maestro en toda su larga y extraordinaria carrera como autor, sostén y salvador de un enorme y extenso universo. Después de vivir hasta su plenitud una vida revelando Dios al hombre, Jesús está dedicado ahora a revelar el hombre a Dios de una manera nueva y sin precedentes. Jesús está revelando ahora a los mundos la victoria final sobre todos los temores del aislamiento de la personalidad que siente la criatura. El Hijo del Hombre ha conseguido finalmente realizar su identidad como Hijo de Dios. Jesús no duda en afirmar que él y el Padre son uno; y basándose en el hecho y la verdad de esta experiencia suprema y celeste, exhorta a todo creyente en el reino a que se vuelva uno con él, como él y su Padre son uno. La experiencia viviente en la religión de Jesús se convierte así en la técnica cierta y segura mediante la cual los mortales de la tierra, espiritualmente aislados y cósmicamente solitarios, consiguen escapar del aislamiento de la personalidad, con todos sus efectos de temores y de sentimientos de impotencia asociados. En las realidades fraternales del reino de los cielos, los hijos de Dios por la fe encuentran su liberación final del aislamiento del yo, tanto de manera personal como planetaria. El creyente que conoce a Dios experimenta cada vez más el éxtasis y la grandeza de la socialización espiritual a escala del universo —la ciudadanía en el cielo asociada a la realización eterna del destino divino consistente en alcanzar la perfección.

LA SEGUNDA REUNIÓN DEL TRIBUNAL

El tribunal se reunió de nuevo a las cinco y media de la mañana, y Jesús fue conducido a la habitación contigua donde estaba esperando Juan. Aquí, el soldado romano y los guardias del templo vigilaron a Jesús, mientras el tribunal empezaba a formular las acusaciones que se iban a presentar a Pilatos. Anás indicó claramente a sus asociados que la acusación de blasfemia no tendría ningún peso ante Pilatos. Judas estaba presente durante esta segunda reunión del tribunal, pero no prestó ninguna declaración.

Esta sesión de la corte sólo duró media hora, y cuando levantaron la sesión para presentarse ante Pilatos, habían redactado la acusación contra Jesús estimando que merecía la muerte por tres razones:

1. Que pervertía a la nación judía; que engañaba al pueblo y lo incitaba a la rebelión.2. Que enseñaba al pueblo a que se negara a pagar el tributo al césar.3. Que como pretendía ser rey y el fundador de un nuevo tipo de reino, incitaba a la traición contra el emperador.

Todo este procedimiento era irregular y totalmente contrario a las leyes judías. No había dos testigos que se hubieran puesto de acuerdo en ninguna cuestión, excepto los que habían testificado en relación con la declaración de Jesús de que destruiría el templo y lo levantaría de nuevo en tres días. E incluso en este punto, ningún testigo había hablado en nombre de la defensa, y tampoco se le pidió a Jesús que explicara lo que había querido decir.

El único punto sobre el que el tribunal podría haberlo juzgado coherentemente era el de la blasfemia, y hubiera estado basado enteramente en el propio testimonio del acusado. Incluso en lo que concierne a la blasfemia, no consiguieron votar oficialmente la pena de muerte.

Y ahora, para presentarse ante Pilatos, se atrevían a formular tres cargos sobre los cuales ningún testigo había sido interrogado, y sobre los que se habían puesto de acuerdo en ausencia del acusado. Cuando todo estuvo hecho, tres de los fariseos se marcharon; querían que Jesús fuera aniquilado, pero no querían formular cargos contra él sin testigos y en su ausencia.

Jesús no volvió a aparecer ante el tribunal de los sanedristas. Éstos no querían volver a contemplar su rostro mientras juzgaban su vida inocente. Jesús no se enteró (como hombre) de las acusaciones oficiales hasta que las escuchó de boca de Pilatos.

Mientras Jesús estaba en la habitación con Juan y los guardias, y el tribunal celebraba su segunda sesión, algunas mujeres del palacio del sumo sacerdote vinieron con sus amigas para contemplar al extraño preso, y una de ellas le preguntó: «¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios?» Y Jesús respondió: «Si te lo digo, no me creerás; y si te lo pregunto, no contestarás.»

A las seis de aquella mañana, Jesús fue sacado de la casa de Caifás para aparecer ante Pilatos, a fin de que éste confirmara la sentencia de muerte que el tribunal de los sanedristas había decretado de manera tan injusta e irregular.

VI-La Pasión de Jesús

EL DISCURSO DE JESÚS

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Pero todos observáis que la misericordia del Padre es despreciada y que los mensajeros de la verdad son rechazados

 “He estado con vosotros durante mucho tiempo, recorriendo el país de un lado a otro, y proclamando el amor del Padre por los hijos de los hombres. Muchos han visto la luz y han entrado, por la fe, en el reino de los cielos. En conexión con esta enseñanza y esta predicación, el Padre ha realizado muchas obras maravillosas, llegando incluso a resucitar a los muertos. Muchos enfermos y afligidos han recuperado la salud porque creían; pero toda esta proclamación de la verdad y esta curación de enfermedades no han abierto los ojos a aquellos que se niegan a ver la luz, a aquellos que están decididos a rechazar este evangelio del reino.

 “De todas las maneras compatibles con la realización de la voluntad de mi Padre, mis apóstoles y yo hemos hecho todo lo posible por vivir en paz con nuestros hermanos, por cumplir con las exigencias razonables de las leyes de Moisés y de las tradiciones de Israel. Hemos buscado la paz constantemente, pero los dirigentes de Israel no la quieren. Al rechazar la verdad de Dios y la luz del cielo, se alinean al lado del error y de las tinieblas. No puede haber paz entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte, entre la verdad y el error.  

“Muchos de vosotros os habéis atrevido a creer en mis enseñanzas y ya habéis entrado en la alegría y la libertad de la conciencia de la filiación con Dios. Y daréis testimonio de que he ofrecido esta misma filiación con Dios a toda la nación judía, incluso a esos mismos hombres que ahora tratan de destruirme. Incluso ahora, mi Padre recibiría a esos educadores ciegos y a esos dirigentes hipócritas, sólo con que se volvieran hacia él y aceptaran su misericordia. Incluso ahora no es demasiado tarde para que esta gente reciba la palabra del cielo y acoja con agrado al Hijo del Hombre. “Mi Padre ha tratado a este pueblo con misericordia durante mucho tiempo. Generación tras generación, hemos enviado a nuestros profetas para enseñarles y advertirles, y generación tras generación, han matado a estos instructores enviados por el cielo. Y ahora, vuestros altos sacerdotes obstinados y vuestros dirigentes testarudos continúan haciendo exactamente lo mismo. Del mismo modo que Herodes ha provocado la muerte de Juan, vosotros también os preparáis ahora para destruir al Hijo del Hombre.  

 “Mientras exista una posibilidad de que los judíos se vuelvan hacia mi Padre y busquen la salvación, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob mantendrá extendidas sus manos misericordiosas hacia vosotros; pero una vez que hayáis llenado vuestra copa de impenitencia, y una vez que hayáis rechazado finalmente la misericordia de mi Padre, esta nación será abandonada a sí misma y llegará rápidamente a un final ignominioso. Este pueblo estaba destinado a convertirse en la luz del mundo, a mostrar la gloria espiritual de una raza que conocía a Dios, pero os habéis desviado tanto de la realización de vuestros privilegios divinos, que vuestros dirigentes están a punto de cometer la locura suprema de todos los tiempos, en el sentido de que están a punto de rechazar finalmente el don de Dios a todos los hombres y para todos los tiempos -la revelación del amor del Padre que está en los cielos por todas sus criaturas de la tierra.

“Una vez que hayáis rechazado esta revelación de Dios al hombre, el reino de los cielos será entregado a otros pueblos, a aquellos que lo reciban con alegría y felicidad. En nombre del Padre que me ha enviado, os advierto solemnemente que estáis a punto de perder vuestra posición en el mundo como portaestandartes de la verdad eterna y custodios de la ley divina. En este momento os ofrezco vuestra última oportunidad de adelantaros y arrepentiros, para anunciar vuestra intención de buscar a Dios con todo vuestro corazón y entrar, como niños pequeños y con una fe sincera, en la seguridad y la salvación del reino de los cielos.

 “Mi Padre ha trabajado durante mucho tiempo por vuestra salvación, y yo he descendido para vivir entre vosotros y mostraros personalmente el camino. Muchos judíos y samaritanos, e incluso los gentiles, han creído en el evangelio del reino, pero los que deberían ser los primeros en adelantarse para aceptar la luz del cielo, se han negado resueltamente a creer en la revelación de la verdad de Dios -Dios revelado en el hombre y el hombre elevado a Dios.

 “Esta tarde, mis apóstoles están aquí delante de vosotros en silencio, pero pronto escucharéis sus voces anunciando la llamada a la salvación y la incitación a unirse al reino celestial como hijos del Dios vivo. Y ahora, tomo por testigos a mis discípulos y a los creyentes en el evangelio del reino, así como a los mensajeros invisibles que están a su lado, de que he ofrecido una vez más, a Israel y a sus dirigentes, la liberación y la salvación.

 Pero todos observáis que la misericordia del Padre es despreciada y que los mensajeros de la verdad son rechazados. Sin embargo, os advierto que esos escribas y fariseos aún están sentados en el puesto de Moisés; por lo tanto, hasta que los Altísimos que gobiernan en los reinos de los hombres no hayan demolido finalmente esta nación y destruido el lugar donde se encuentran sus dirigentes, os pido que cooperéis con esos ancianos de Israel. No es necesario que os unáis a ellos en sus planes para destruir al Hijo del Hombre, pero en todo lo relacionado con la paz de Israel, debéis someteros a ellos. En todas esas cuestiones, haced todo lo que os ordenen y guardad lo esencial de la ley, pero no imitéis sus malas acciones.

 Recordad que éste es el pecado de esos gobernantes: Dicen lo que es bueno, pero no lo hacen. Sabéis bien que esos dirigentes echan sobre vuestros hombros unas cargas pesadas, unas cargas penosas de llevar, y que no levantarán ni un solo dedo para ayudaros a llevar esas pesadas cargas. Os han oprimido con ceremonias y esclavizado con tradiciones.  

“Además, a esos dirigentes egocéntricos les deleita hacer sus buenas obras de manera que puedan ser vistos por los hombres. Agrandan sus filacterias y ensanchan los bordes de sus vestidos oficiales. Anhelan los sitios principales en los banquetes y exigen los asientos de honor en las sinagogas. Codician los saludos elogiosos en las plazas públicas y desean que todos los hombres los llamen rabinos. Y mientras buscan ser honrados así por los hombres, se apoderan en secreto de las casas de las viudas y sacan provecho de los servicios del templo sagrado. Esos hipócritas simulan hacer largas oraciones en público, y dan limosnas para atraer la atención de sus semejantes. “Aunque debéis honrar a vuestros dirigentes y respetar a vuestros educadores, no debéis llamar Padre a ningún hombre en el sentido espiritual, porque uno solo es vuestro Padre, y ese es Dios. No tratéis tampoco de dominar a vuestros hermanos en el reino. Recordad que os he enseñado que aquel que quiera ser el más grande entre vosotros, debe convertirse en el servidor de todos. Si os atrevéis a exaltaros delante de Dios, sin duda seréis humillados; pero aquel que se humilla sinceramente, será exaltado con toda seguridad. En vuestra vida diaria, no busquéis vuestra propia glorificación, sino la gloria de Dios. Someted inteligentemente vuestra propia voluntad a la voluntad del Padre que está en los cielos.

 “No interpretéis mal mis palabras. No albergo ninguna mala intención hacia esos jefes de los sacerdotes y los dirigentes que en este mismo momento intentan destruirme; no tengo ninguna aversión contra esos escribas y fariseos que rechazan mis enseñanzas. Sé que muchos de vosotros creéis en secreto, y sé que confesaréis abiertamente vuestra lealtad hacia el reino cuando llegue mi hora. Pero, ¿cómo se justificarán vuestros rabinos, que declaran hablar con Dios y luego se atreven a rechazar y destruir a aquel que viene a revelar el Padre a los mundos?

 “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Quisiérais cerrar las puertas del reino de los cielos a los hombres sinceros, sólo porque ignoran los caminos de vuestra enseñanza. Os negáis a entrar en el reino, y al mismo tiempo hacéis todo lo que podéis para impedir que entren todos los demás. Permanecéis de espaldas a las puertas de la salvación, y lucháis contra todos los que quieren entrar.

 “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, tan hipócritas como sois! Porque recorréis en verdad la tierra y el mar para hacer un prosélito, y cuando lo habéis conseguido, no os sentís satisfechos hasta hacerlo dos veces peor de lo que era como hijo de los paganos.

 “¡Ay de vosotros, sacerdotes principales y dirigentes, que os adueñáis de los bienes de los pobres y exigís impuestos opresivos a los que quieren servir a Dios como creen que Moisés lo ordenó! Vosotros, que os negáis a mostrar misericordia, ¿podéis esperar misericordia en los mundos venideros?

 “¡Ay de vosotros, falsos educadores y guías ciegos! ¿Qué se puede esperar de una nación cuando los ciegos conducen a los ciegos? Los dos tropezarán y caerán al abismo de la destrucción.

 “¡Ay de vosotros que disimuláis cuando prestáis juramento! Sois unos tramposos, porque enseñáis que un hombre puede jurar por el templo y violar su juramento; pero que si cualquiera jura por el oro del templo, debe permanecer atado a su juramento. Todos sois necios y ciegos. Ni siquiera sois consistentes en vuestra deshonestidad, porque, ¿qué es más grande, el oro o el templo que supuestamente ha santificado al oro? También enseñáis que si un hombre jura por el altar, no significa nada; pero que si alguien jura por la ofrenda que está en el altar, entonces será tenido por deudor. De nuevo estáis ciegos ante la verdad, porque ¿qué es más grande, la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda? ¿Cómo podéis justificar una hipocresía y una deshonestidad semejantes a los ojos del Dios del cielo?

 “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, y todos los demás hipócritas, que os aseguráis de pagar el diezmo de la menta, el anís y el comino, y al mismo tiempo descuidáis los asuntos más importantes de la ley -la fe, la misericordia y el juicio! Dentro de lo razonable, deberíais hacer lo primero sin dejar de hacer lo segundo. Sois realmente unos guías ciegos y unos educadores estúpidos; filtráis los mosquitos y os tragáis los camellos.

 “¡Ay de vosotros, escribas, fariseos e hipócritas! pues limpiáis escrupulosamente el exterior de la copa y del plato, pero dentro permanece la inmundicia de la extorsión, los excesos y el engaño. Estáis espiritualmente ciegos. ¿No reconocéis que sería mucho mejor limpiar primero el interior de la copa, y luego lo que rebosa limpiaría por sí mismo el exterior? ¡Réprobos perversos! Ejecutáis los actos exteriores de vuestra religión para cumplir literalmente con vuestra interpretación de la ley de Moisés, mientras que vuestras almas están impregnadas de iniquidad y llenas de intenciones asesinas.

“¡Ay de todos vosotros que rechazáis la verdad y despreciáis la misericordia! Muchos de vosotros os parecéis a los sepulcros blanqueados, que aparecen hermosos por fuera, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de todo tipo de impurezas. Así es como vosotros, que rechazáis a sabiendas el consejo de Dios, aparecéis exteriormente ante los hombres como santos y rectos, pero por dentro vuestro corazón está lleno de hipocresía y de iniquidad.

“¡Ay de vosotros, guías falsos de una nación! Habéis construido allá un monumento a los antiguos profetas martirizados, mientras conspiráis para destruir a Aquel de quien ellos hablaban. Adornáis las tumbas de los justos y presumís de que si hubierais vivido en la época de vuestros padres, no hubierais matado a los profetas; y luego, a pesar de este pensamiento presuntuoso, os preparáis para asesinar a aquel de quien hablaban los profetas: el Hijo del Hombre. En vista de que hacéis estas cosas, testificáis contra vosotros mismos de que sois los hijos perversos de aquellos que mataron a los profetas. ¡Continuad pues, y llenad hasta el borde la copa de vuestra condenación!

 “¡Ay de vosotros, hijos del mal! Juan os llamó con razón los hijos de las víboras, y yo os pregunto: ¿cómo podéis escapar al juicio que Juan pronunció contra vosotros?

“Pero incluso ahora os ofrezco, en nombre de mi Padre, la misericordia y el perdón; incluso ahora os tiendo la mano amorosa de la hermandad eterna. Mi Padre os ha enviado a los sabios y a los profetas; habéis perseguido a unos y habéis matado a los otros. Luego apareció Juan, proclamando la llegada del Hijo del Hombre, y lo destruisteis después de que muchos hubieran creído en sus enseñanzas. Y ahora os preparáis para derramar más sangre inocente. ¿No comprendéis que llegará un día terrible de rendición de cuentas, cuando el Juez de toda la tierra exija a este pueblo que explique por qué ha rechazado, perseguido y destruido a estos mensajeros del cielo? ¿No comprendéis que debéis rendir cuentas por toda esta sangre justa, desde el primer profeta asesinado hasta la época de Zacarías, a quien le quitaron la vida entre el santuario y el altar? Si continuáis por ese camino perverso, quizás esta rendición de cuentas le sea requerida a esta misma generación.

 “¡Oh Jerusalén e hijos de Abraham, vosotros que habéis lapidado a los profetas y matado a los instructores que os fueron enviados, incluso ahora quisiera reunir a vuestros hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de sus alas, pero no queréis!

 “Y ahora me despido de vosotros. Habéis escuchado mi mensaje y habéis tomado vuestra decisión. Aquellos que han creído en mi evangelio ya están a salvo en el reino de Dios. A vosotros, que habéis escogido rechazar el regalo de Dios, os digo que no me veréis más enseñar en el templo. Mi trabajo a favor de vosotros ha terminado. ¡Mirad, ahora salgo con mis hijos, y os dejo vuestra casa desolada!”
A continuación, el Maestro hizo señas a sus seguidores para que salieran del templo.   

El Libro de Urantia

  LA VIDA Y LAS ENSEÑANZAS DE JESÚS