XI-La Pasión de Jesús: Así es como terminó un día de tragedia y de dolor para un inmenso universo, cuyos millares de inteligencias se habían estremecido ante el impresionante espectáculo de la crucifixión de la encarnación humana de su amado Soberano

LA CRUCIFIXIÓN

DESPUÉS DE QUE los dos bandidos hubieran sido preparados, los soldados partieron, bajo el mando de un centurión, para el lugar de la crucifixión. El centurión que estaba a cargo de estos doce soldados era el mismo capitán que había dirigido a los soldados romanos la noche anterior para arrestar a Jesús en Getsemaní. Los romanos tenían la costumbre de asignar cuatro soldados a cada persona que iba a ser crucificada. Los dos bandidos fueron debidamente azotados antes de llevárselos para ser crucificados, pero Jesús no recibió ningún castigo físico adicional; el capitán pensó sin duda que ya había sido suficientemente azotado, incluso antes de ser condenado.

Los dos ladrones crucificados con Jesús eran cómplices de Barrabás y habrían sido ejecutados más tarde con su jefe si éste no hubiera sido liberado gracias al indulto pascual de Pilatos. Jesús fue pues crucificado en el lugar de Barrabás.

Lo que Jesús está ahora a punto a hacer, sometiéndose a la muerte en la cruz, lo hace por su propio libre albedrío. Al predecir esta experiencia, había dicho:

«El Padre me ama y me sostiene porque estoy dispuesto a entregar mi vida. Pero la recuperaré de nuevo. Nadie me quita la vida —la entrego por mí mismo. Tengo autoridad para entregarla, y tengo autoridad para recuperarla. Este poder lo he recibido de mi Padre.»

Justo antes de las nueve de esta mañana, los soldados salieron del pretorio con Jesús camino del Gólgota. Mucha gente que los seguía simpatizaba en secreto con Jesús, pero la mayor parte de este grupo de doscientas personas o más estaba compuesto por sus enemigos y por holgazanes curiosos que simplemente deseaban disfrutar del horror de presenciar las crucifixiones. Sólo algunos dirigentes judíos fueron a ver a Jesús morir en la cruz. Sabiendo que Pilatos lo había entregado a los soldados romanos y que estaba condenado a muerte, los demás se ocuparon de su reunión en el templo, donde discutieron qué iban a hacer con sus discípulos.

CAMINO DEL GÓLGOTA

Antes de salir del patio del pretorio, los soldados colocaron el travesaño de la cruz sobre los hombros de Jesús. Era costumbre obligar al condenado a que llevara el travesaño de la cruz hasta el lugar de la crucifixión. El condenado no llevaba toda la cruz, sino únicamente este madero más corto. Los postes de madera más largos y verticales de las tres cruces ya habían sido transportados al Gólgota y, cuando llegaron los soldados con sus presos, estaban firmemente hincados en el suelo.

De acuerdo con la costumbre, el capitán dirigió la procesión, llevando unas pequeñas tablillas blancas en las que se habían escrito con carbón los nombres de los criminales y la naturaleza de los crímenes por los que habían sido condenados. Para los dos ladrones, el centurión llevaba unos letreros con sus nombres, debajo de los cuales estaba escrita una sola palabra: «Bandido». Después de que la víctima había sido clavada en el travesaño y levantada hasta su sitio en el poste vertical, tenían la costumbre de clavar este letrero en el extremo superior de la cruz, justo encima de la cabeza del criminal, para que todos los espectadores pudieran saber por qué crimen se crucificaba al condenado. La inscripción que llevaba el centurión para colocarla en la cruz de Jesús había sido escrita por el mismo Pilatos en latín, griego y arameo, y decía: «Jesús de Nazaret —el rey de los judíos».

Algunas autoridades judías que aún estaban presentes cuando Pilatos escribió esta inscripción protestaron enérgicamente porque se calificara a Jesús de «rey de los judíos». Pero Pilatos les recordó que esta acusación formaba parte de los cargos que habían llevado a condenarlo. Cuando vieron que no podían convencer a Pilatos para que cambiara de idea, los judíos le rogaron que al menos modificara la inscripción para que dijera: «Él ha dicho: ‘yo soy el rey de los judíos’». Pero Pilatos se mantuvo inflexible y no quiso cambiar el letrero. A todas sus nuevas súplicas se limitó a contestar: «Lo que he escrito, escrito está.»

Normalmente se tenía la costumbre de ir hasta el Gólgota por el camino más largo, para que un gran número de personas pudiera ver al criminal condenado, pero este día se dirigieron por el camino más directo hasta la puerta de Damasco, por donde se salía de la ciudad hacia el norte, y siguiendo esta carretera, pronto llegaron al Gólgota, el lugar oficial de las crucifixiones en Jerusalén. Más allá del Gólgota se encontraban las villas de los ricos, y al otro lado de la carretera estaban las tumbas de muchos judíos acaudalados.

La crucifixión no era una forma de castigo judío. Tanto los griegos como los romanos habían aprendido este método de ejecución de los fenicios. Incluso Herodes, con toda su crueldad, no recurría a la crucifixión. Los romanos nunca crucificaban a un ciudadano romano; sólo sometían a este tipo de muerte deshonrosa a los esclavos y a los pueblos sometidos. Durante el asedio de Jerusalén, exactamente cuarenta años después de la crucifixión de Jesús, todo el Gólgota estuvo cubierto de miles y miles de cruces sobre las que pereció, día tras día, la flor de la raza judía. Fue en verdad una cosecha terrible por la semilla que se sembró este día.

Mientras la procesión de la muerte pasaba por las estrechas calles de Jerusalén, muchas mujeres judías tiernas de corazón que habían escuchado las palabras de ánimo y de compasión de Jesús, y que conocían su vida de ministerio amoroso, no pudieron contener el llanto cuando vieron que lo llevaban a una muerte tan indigna. Mientras pasaba, muchas de estas mujeres lloraban y se lamentaban. Cuando algunas de ellas se atrevieron incluso a caminar a su lado, el Maestro volvió la cabeza hacia ellas y les dijo:

«Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino más bien por vosotras y por vuestros hijos. Mi obra está a punto de terminar —pronto iré hacia mi Padre— pero los tiempos de las terribles tribulaciones para Jerusalén acaban de empezar. Mirad, se acercan los días en que diréis: Bienaventuradas las estériles y aquellas cuyos pechos nunca han amamantado a sus pequeños. En esos días rogaréis a las rocas de las colinas que caigan sobre vosotras para que os liberen de los terrores de vuestras tribulaciones.»

Estas mujeres de Jerusalén eran en verdad valientes al manifestar su simpatía por Jesús, porque la ley prohibía estrictamente que se mostraran sentimientos amistosos por alguien que iba a ser crucificado. El populacho tenía permiso para burlarse, mofarse y ridiculizar al condenado, pero no estaba permitido expresar ninguna simpatía. Aunque Jesús apreciaba estas manifestaciones de simpatía en esta hora sombría en la que sus amigos estaban escondidos, no quería que estas mujeres de buen corazón se granjearan la indignación de las autoridades por atreverse a mostrar compasión por él. Incluso en un momento como éste, Jesús pensaba poco en sí mismo; sólo pensaba en los terribles días de tragedia que le esperaban a Jerusalén y a toda la nación judía.

Mientras el Maestro caminaba con dificultad hacia la crucifixión, se sintió muy cansado; estaba casi agotado. No había comido ni bebido desde la Última Cena en la casa de Elías Marcos, y tampoco le habían permitido disfrutar de un instante de sueño. Además, había soportado un interrogatorio tras otro hasta el momento de su condena, sin mencionar los azotes abusivos con el sufrimiento físico y la pérdida de sangre consiguientes. A todo esto había que añadir su extremada angustia mental, su aguda tensión espiritual y un terrible sentimiento de soledad humana.

Poco después de pasar por la puerta que conducía fuera de la ciudad, mientras Jesús se tambaleaba llevando el travesaño de la cruz, su fuerza física flaqueó por un momento, y cayó bajo el peso de su pesada carga. Los soldados le gritaron y le dieron patadas, pero no pudo levantarse. Cuando el capitán vio esto, sabiendo lo que Jesús ya había soportado, ordenó a los soldados que se detuvieran. Luego le ordenó a un transeúnte, un tal Simón de Cirene, que cogiera el travesaño de los hombros de Jesús y le obligó a llevarlo durante el resto del camino hasta el Gólgota.

Este Simón había efectuado todo el trayecto desde Cirene, en el norte de África, para asistir a la Pascua. Estaba alojado con otros cireneos justo fuera de los muros de la ciudad, y se dirigía hacia el templo para asistir a los oficios en la ciudad cuando el capitán romano le ordenó que llevara el travesaño de Jesús. Simón permaneció allí durante las horas que el Maestro tardó en morir en la cruz, hablando con muchos amigos de Jesús y con sus enemigos. Después de la resurrección y antes de marcharse de Jerusalén, se convirtió en un valeroso creyente en el evangelio del reino, y cuando regresó a su hogar, hizo entrar a su familia en el reino celestial. Sus dos hijos, Alejandro y Rufo, fueron unos instructores muy eficaces del nuevo evangelio en África. Pero Simón no supo nunca que Jesús, cuya carga había llevado, y el preceptor judío que en otro tiempo había favorecido a su hijo lesionado, eran la misma persona.

Eran poco más de las nueve cuando esta procesión de la muerte llegó al Gólgota, y los soldados romanos se pusieron a la tarea de clavar a los dos bandidos y al Hijo del Hombre en sus cruces respectivas.

 

LA CRUCIFIXIÓN

Los soldados ataron primero los brazos del Maestro al travesaño con unas cuerdas, y luego clavaron sus manos a la madera. Después de haber izado este travesaño en el poste, y de haberlo clavado firmemente en el brazo vertical de la cruz, ataron y clavaron los pies de Jesús a la madera, utilizando un largo clavo para atravesar los dos pies. El poste vertical tenía un gran taco, colocado a la altura adecuada, que servía como una especie de sillín para sostener el peso del cuerpo. La cruz no era alta, y los pies del Maestro se encontraban aproximadamente a sólo un metro del suelo. Por eso podía escuchar todo lo que se decía de él con irrisión, y podía ver claramente la expresión de los rostros de todos los que se mofaban de él con tanta desconsideración. Los que estaban presentes también podían escuchar fácilmente todo lo que Jesús dijo durante estas horas de tortura prolongada y de muerte lenta.

Se tenía la costumbre de quitarle toda la ropa a los que iban a ser crucificados, pero como los judíos ponían grandes objeciones a que se expusiera públicamente el cuerpo humano desnudo, los romanos siempre proporcionaban un taparrabos adecuado a todas las personas que se crucificaban en Jerusalén. En consecuencia, después de haberle quitado la ropa a Jesús, lo vistieron de esta manera antes de colocarlo en la cruz.

Se recurría a la crucifixión para infligir un castigo cruel y prolongado, pues la víctima a veces tardaba varios días en morir. Había en Jerusalén una importante oposición a la crucifixión, y existía una asociación de mujeres judías que siempre enviaba a una representante a las crucifixiones, con el fin de ofrecerle a la víctima un vino mezclado con drogas para disminuir sus sufrimientos. Pero cuando Jesús probó este vino narcotizado, a pesar de la sed que tenía, se negó a beberlo. El Maestro escogió conservar su conciencia humana hasta el instante final. Deseaba enfrentarse a la muerte, incluso de esta manera cruel e inhumana, y vencerla sometiéndose voluntariamente a la plena experiencia humana.

Antes de que Jesús fuera colocado en su cruz, los dos bandidos ya habían sido situados en las suyas, maldiciendo y escupiendo continuamente a sus verdugos. Las únicas palabras de Jesús mientras lo clavaban en el travesaño fueron: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.» No podría haber intercedido con tanto amor y misericordia a favor de sus verdugos, si estos pensamientos de devoción afectuosa no hubieran sido el móvil principal de toda su vida de servicio desinteresado. Las ideas, los móviles y los anhelos de toda una vida se revelan abiertamente en una crisis.

Después de que el Maestro fuera izado en la cruz, el capitán clavó el letrero por encima de su cabeza, y se podía leer en tres idiomas: «Jesús de Nazaret —el rey de los Judíos». Los judíos estaban furiosos por este supuesto insulto. Pero los modales irrespetuosos de los judíos habían enfadado a Pilatos; sentía que había sido intimidado y humillado, y adoptó este método para obtener una mezquina venganza. Podría haber escrito: «Jesús, un rebelde». Pero sabía muy bien que estos judíos de Jerusalén detestaban el nombre mismo de Nazaret, y estaba decidido a humillarlos de esta manera. Sabía que también se sentirían heridos en lo más vivo al ver que este galileo ejecutado era llamado «el rey de los judíos».

Muchos dirigentes judíos, cuando se enteraron de cómo Pilatos había intentado ridiculizarlos poniendo esta inscripción en la cruz de Jesús, se apresuraron a ir al Gólgota, pero no se atrevieron a quitar el letrero porque los soldados romanos estaban vigilando. Como no pudieron quitar el rótulo, estos dirigentes se mezclaron con la multitud e hicieron todo lo posible por incitarla a la burla y a la irrisión, a fin de que nadie se tomara en serio la inscripción.

El apóstol Juan, con María la madre de Jesús, Rut y Judá, llegaron a la escena poco después de que Jesús hubiera sido izado a su posición en la cruz, y justo cuando el capitán estaba clavando el letrero por encima de la cabeza del Maestro. Juan fue el único de los once apóstoles que presenció la crucifixión, e incluso él no estuvo presente todo el tiempo, puesto que corrió a Jerusalén para traer a su madre y a las amigas de ésta poco después de haber llevado al Gólgota a la madre de Jesús.

Cuando Jesús vio a su madre, junto con Juan, su hermano y su hermana, sonrió pero no dijo nada. Mientras tanto, los cuatro soldados asignados a la crucifixión del Maestro se habían repartido, como era costumbre, sus vestidos entre ellos; uno había cogido las sandalias, otro el turbante, otro el cinturón y el cuarto el manto. Sólo quedaba la túnica, el vestido sin costuras que llegaba hasta cerca de las rodillas, que iba a ser cortada en cuatro pedazos, pero cuando los soldados vieron que se trataba de una prenda tan insólita, decidieron echarla a suertes. Jesús los miraba desde arriba mientras se repartían sus vestiduras y la multitud irreflexiva se burlaba de él.

Fue una suerte que los soldados romanos se apropiaran de las ropas del Maestro. De lo contrario, si sus seguidores hubieran conseguido estas vestimentas, hubieran tenido la tentación de utilizar estas reliquias para adorarlas de manera supersticiosa. El Maestro deseaba que sus seguidores no tuvieran ningún objeto material que pudiera asociarse con su vida en la tierra. Quería dejar a la humanidad únicamente el recuerdo de una vida humana dedicada al alto ideal espiritual de estar consagrado a hacer la voluntad del Padre.

LOS QUE VIERON LA CRUCIFIXIÓN

Hacia las nueve y media de este viernes por la mañana, Jesús fue suspendido en la cruz. Antes de las once, más de mil personas se habían reunido para presenciar este espectáculo de la crucifixión del Hijo del Hombre. Durante estas horas espantosas, las huestes invisibles de un universo permanecieron en silencio mientras contemplaban este fenómeno extraordinario en el que el Creador estaba experimentando la muerte de la criatura, incluso la muerte más indigna de un criminal condenado.

Las personas que permanecieron cerca de la cruz en un momento u otro de la crucifixión fueron: María, Rut, Judá, Juan, Salomé (la madre de Juan) y un grupo de fervorosas creyentes que incluía a María (la mujer de Clopas y hermana de la madre de Jesús), María Magdalena y Rebeca, que en otro tiempo había vivido en Séforis. Estos y otros amigos de Jesús guardaron silencio mientras presenciaban su gran paciencia y entereza, y contemplaban sus intensos sufrimientos.

Muchos de los que pasaban por allí movían la cabeza y se burlaban de él diciendo: «Tú que querías destruir el templo y reconstruirlo en tres días, sálvate a ti mismo. Si eres el Hijo de Dios, ¿por qué no bajas de tu cruz?» De la misma manera, algunos dirigentes judíos se mofaban de él diciendo: «Ha salvado a otros, pero no puede salvarse a sí mismo.» Otros decían: «Si eres el rey de los judíos, bájate de la cruz y creeremos en ti.» Y más tarde se burlaron aun más de él, diciendo: «Confiaba en que Dios lo liberaría. Incluso pretendía ser el Hijo de Dios —miradlo ahora— crucificado entre dos ladrones.» Incluso los dos ladrones también se burlaron de él y lo llenaron de reproches.

En vista de que Jesús no quería responder a sus insultos, y puesto que se acercaba la hora del mediodía de este día especial de preparación, la mayor parte de la multitud burlona y bromista se había ido a las once y media; menos de cincuenta personas permanecieron en el lugar. Los soldados se prepararon ahora para comer y beber su vino agrio y barato mientras se instalaban para el largo velatorio. Mientras compartían su vino, brindaron irrisoriamente a la salud de Jesús, diciendo: «¡Salud y buena suerte al rey de los judíos!» Y se quedaron sorprendidos de la mirada tolerante del Maestro ante sus burlas y mofas.

Cuando Jesús los vio comer y beber, bajó la mirada hacia ellos y dijo: «Tengo sed.» Cuando el capitán de la guardia oyó decir a Jesús «tengo sed», cogió un poco de vino de su botella, puso el tapón esponjoso empapado en la punta de una jabalina y lo levantó hasta Jesús para que pudiera humedecer sus labios resecos.

Jesús había decidido vivir sin recurrir a sus poderes sobrenaturales, y del mismo modo escogió morir en la cruz como un mortal común y corriente. Había vivido como un hombre y quería morir como un hombre —haciendo la voluntad del Padre.

EL LADRÓN EN LA CRUZ

Uno de los bandidos recriminó a Jesús diciendo: «Si eres el Hijo de Dios, ¿por qué no te salvas a ti mismo y nos salvas a nosotros?» Pero cuando terminó de increpar a Jesús, el otro ladrón, que había escuchado muchas veces la enseñanza del Maestro, dijo: «¿Es que ni siquiera temes a Dios? ¿No ves que sufrimos justamente por nuestras acciones, pero que este hombre sufre injustamente? Sería mejor que buscáramos el perdón de nuestros pecados y la salvación de nuestra alma.» Cuando Jesús escuchó al ladrón decir esto, volvió la cara hacia él y le sonrió con aprobación. Al ver el rostro de Jesús vuelto hacia él, el malhechor reunió su valor, avivó la llama vacilante de su fe, y dijo: «Señor, acuérdate de mí cuando entres en tu reino.» Entonces Jesús dijo: «En verdad, en verdad te digo hoy, algún día estarás conmigo en el Paraíso.»

En medio de los dolores de la muerte física, el Maestro tenía tiempo para escuchar la confesión de fe del bandido creyente. Cuando este ladrón intentó alcanzar la salvación, encontró la liberación. Muchas veces antes de este momento había sentido el impulso de creer en Jesús, pero sólo en estas últimas horas de conciencia se volvió de todo corazón hacia la enseñanza del Maestro. Cuando vio la manera en que Jesús afrontaba la muerte en la cruz, este ladrón ya no pudo resistir la convicción de que el Hijo del Hombre era en verdad el Hijo de Dios.

Durante este episodio de la conversión del ladrón y de su recibimiento en el reino por parte de Jesús, el apóstol Juan estaba ausente, pues había ido a la ciudad para traer a su madre y a las amigas de ésta a la escena de la crucifixión. Lucas escuchó posteriormente esta anécdota de labios del capitán romano de la guardia, que se había convertido.

El apóstol Juan habló de la crucifixión tal como recordaba el acontecimiento dos tercios de siglo después de haber ocurrido. Los otros escritos se basaron en el relato del centurión romano que estaba de servicio, el cual, a causa de lo que había visto y oído, creyó posteriormente en Jesús y entró plenamente en la hermandad del reino de los cielos en la tierra.

Este joven, el bandido arrepentido, había sido inducido a una vida de violencia y de fechorías por aquellos que ensalzaban esta carrera de pillaje como una protesta patriótica eficaz contra la opresión política y la injusticia social. Este tipo de enseñanza, unido al deseo de aventuras, conducía a muchos jóvenes, por otra parte bien intencionados, a alistarse en estas arriesgadas expediciones de robo a mano armada. Este joven había considerado a Barrabás como un héroe. Ahora veía que se había equivocado. Aquí en la cruz, a su lado, veía a un hombre realmente grande, a un verdadero héroe. Éste era un héroe que inflamaba su fervor e inspiraba sus ideas más elevadas de dignidad moral y vivificaba todos sus ideales de coraje, de virilidad y de valentía. Al contemplar a Jesús, brotó en su corazón un sentimiento irresistible de amor, de lealtad y de auténtica grandeza.

Si cualquier otra persona de la burlona multitud hubiera experimentado el nacimiento de la fe en su alma y hubiera apelado a la misericordia de Jesús, habría sido recibida con la misma consideración afectuosa que se había mostrado al bandido creyente.

Poco después de que el ladrón arrepentido hubiera escuchado la promesa del Maestro de que algún día se encontrarían en el Paraíso, Juan regresó de la ciudad trayendo con él a su madre y a un grupo de casi doce mujeres creyentes. Juan ocupó su lugar al lado de María, la madre de Jesús, sosteniéndola. Su hijo Judá se encontraba al otro lado. Cuando Jesús contempló esta escena, ya era mediodía, y dijo a su madre: «Mujer, he aquí a tu hijo.» Y hablándole a Juan, le dijo: «Hijo mío, he aquí a tu madre.» Luego se dirigió a los dos, diciendo: «Deseo que os vayáis de este lugar.» Y así, Juan y Judá alejaron a María del Gólgota. Juan llevó a la madre de Jesús al lugar donde él se alojaba en Jerusalén, y luego se apresuró en volver a la escena de la crucifixión. Después de la Pascua, María regresó a Betsaida, donde vivió en la casa de Juan durante el resto de su vida física. María no llegó a vivir más de un año después de la muerte de Jesús.

Después de marcharse María, las otras mujeres se retiraron a corta distancia y permanecieron acompañando a Jesús hasta que éste expiró en la cruz. Y aún se hallaban allí cuando bajaron el cuerpo del Maestro para ser sepultado.

 

LAS ÚLTIMAS HORAS EN LA CRUZ

Aunque era pronto para que se produjera un fenómeno así en esta estación del año, poco después de las doce el cielo se oscureció a causa de la presencia de arena fina en el aire. La población de Jerusalén sabía que esto significaba la llegada de una tormenta de arena con viento caliente procedente del desierto de Arabia. Antes de la una el cielo se puso tan oscuro que ocultó al sol, y el resto de la multitud se apresuró a regresar a la ciudad. Cuando el Maestro abandonó su vida poco después de esta hora, menos de treinta personas estaban presentes, únicamente los trece soldados romanos y un grupo de unos quince creyentes. Todos estos creyentes eran mujeres, excepto dos: Judá el hermano de Jesús, y Juan Zebedeo, que regresó a la escena justo antes de que expirara el Maestro.

Poco después de la una, en medio de la creciente oscuridad de la violenta tormenta de arena, Jesús empezó a perder su conciencia humana. Había pronunciado sus últimas palabras de misericordia, de perdón y de exhortación. Su último deseo —acerca del cuidado de su madre— había sido expresado. Durante esta hora en que la muerte se acercaba, la mente humana de Jesús recurrió a la repetición de numerosos pasajes de las escrituras hebreas, en particular los salmos. El último pensamiento consciente del Jesús humano estuvo ocupado en la repetición mental de una parte del Libro de los Salmos que ahora se conoce como los salmos veinte, veintiuno y veintidós. Aunque sus labios se movían a menudo, estaba demasiado débil como para pronunciar las palabras de estos pasajes, que tan bien conocía de memoria, a medida que cruzaban por su mente. Sólo en pocas ocasiones aquellos que estaban cerca lograron captar algunas palabras, tales como: «Sé que el Señor salvará a su ungido», «Tu mano descubrirá a todos mis enemigos» y «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Jesús no albergó en ningún momento la menor duda de que había vivido de acuerdo con la voluntad del Padre; y nunca dudó de que ahora abandonaba su vida carnal de acuerdo con la voluntad de su Padre. No tenía el sentimiento de que el Padre lo había abandonado; simplemente estaba recitando en su conciencia evanescente numerosos pasajes de las escrituras, entre ellos este salmo veintidós que comienza diciendo «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Y dio la casualidad de que éste fue uno de los tres pasajes que pronunció con la suficiente claridad como para ser escuchado por aquellos que estaban cerca.

La última petición que el Jesús mortal hizo a sus semejantes tuvo lugar alrededor de la una y media, cuando dijo por segunda vez: «Tengo sed.» Y el mismo capitán de la guardia le humedeció de nuevo los labios con la misma esponja mojada en el vino agrio, que en aquella época llamaban vulgarmente vinagre.

La tormenta de arena se volvió más intensa y los cielos se oscurecieron cada vez más. Sin embargo, los soldados y el pequeño grupo de creyentes permanecían allí. Los soldados se habían agachado cerca de la cruz, acurrucados todos juntos para protegerse de la arena cortante. La madre de Juan y otras personas observaban desde cierta distancia, donde estaban un poco resguardadas bajo una roca saliente. Cuando el Maestro exhaló finalmente su último suspiro, al pie de su cruz se encontraban su hermano Judá, su hermana Rut, Juan Zebedeo, María Magdalena y Rebeca, la que había vivido en Séforis.

Fue justo antes de las tres cuando Jesús, dando un grito, exclamó: «¡Se acabó! Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.» Cuando hubo dicho esto, inclinó la cabeza y abandonó la lucha por la vida. Cuando el centurión romano vio cómo Jesús había muerto, se golpeó el pecho y dijo: «Éste era en verdad un hombre justo; debe haber sido realmente un Hijo de Dios.» Y a partir de ese momento empezó a creer en Jesús.

Jesús murió majestuosamente —tal como había vivido. Admitió sin reservas su realeza y permaneció dueño de la situación durante todo este trágico día. Se dirigió voluntariamente a su muerte ignominiosa después de haber previsto la seguridad de sus apóstoles escogidos. Detuvo sabiamente la violencia alborotadora de Pedro y dispuso que Juan pudiera estar cerca de él hasta el fin de su existencia mortal. Reveló su verdadera naturaleza al sanguinario sanedrín y le recordó a Pilatos el origen de su autoridad soberana como Hijo de Dios. Partió para el Gólgota llevando el travesaño de su propia cruz y terminó su donación amorosa entregando el espíritu que había adquirido como mortal al Padre del Paraíso. Después de una vida así —y en el momento de una muerte semejante— el Maestro podía decir en verdad: «Se acabó.»

Como éste era el día tanto de la preparación de la Pascua como del sábado, los judíos no querían que estos cuerpos permanecieran expuestos en el Gólgota. Por eso, se presentaron ante Pilatos para pedirle que rompieran las piernas de estos tres hombres, que fueran rematados, para poder bajarlos de sus cruces y echarlos en la fosa común de los criminales antes de ponerse el sol. Cuando Pilatos escuchó esta petición, envió inmediatamente a tres soldados para que rompieran las piernas y remataran a Jesús y a los dos bandidos.

Cuando estos soldados llegaron al Gólgota, actuaron en consecuencia con los dos ladrones, pero para su gran sorpresa, se encontraron con que Jesús ya había muerto. Sin embargo, para asegurarse de su muerte, uno de los soldados le clavó su lanza en el costado izquierdo. Aunque era corriente que las víctimas de la crucifixión permanecieran vivas en la cruz incluso durante dos o tres días, la abrumadora agonía emocional y la aguda angustia espiritual de Jesús provocaron el final de su vida mortal en la carne en poco menos de cinco horas y media.

DESPUÉS DE LA CRUCIFIXIÓN

En medio de la oscuridad de la tormenta de arena, hacia las tres y media, David Zebedeo envió al último de sus mensajeros con la noticia de la muerte del Maestro. Despachó al último de sus corredores hacia la casa de Marta y María en Betania, donde suponía que estaba la madre de Jesús con el resto de la familia.

Después de la muerte del Maestro, Juan envió a las mujeres, bajo la dirección de Judá, a la casa de Elías Marcos, donde permanecieron durante el sábado. En cuanto a Juan, que ya era bien conocido por el centurión romano, permaneció en el Gólgota hasta que José y Nicodemo llegaron a la escena con una orden de Pilatos autorizándolos para que tomaran posesión del cuerpo de Jesús.

Así es como terminó un día de tragedia y de dolor para un inmenso universo, cuyos millares de inteligencias se habían estremecido ante el impresionante espectáculo de la crucifixión de la encarnación humana de su amado Soberano; estaban atónitas ante esta exhibición de insensibilidad y de perversidad humanas.

XI-La Pasión de Jesús.

Anuncios

X-La Pasión de Jesús: Fue el hombre, y no Dios, el que planeó y ejecutó la muerte de Jesús en la cruz

LOS PREPARATIVOS PARA LA CRUCIFIXIÓN

Después de que Pilatos se hubiera lavado las manos delante de la multitud, tratando así de escapar a la culpabilidad de haber entregado a un hombre inocente a la crucifixión simplemente porque temía resistirse al clamor de los dirigentes de los judíos, ordenó que el Maestro fuera entregado a los soldados romanos y dio instrucciones a su capitán para que fuera crucificado inmediatamente. Al hacerse cargo de Jesús, los soldados lo llevaron de nuevo al patio del pretorio, y después de quitarle el manto que Herodes le había puesto, lo vistieron con su propia ropa. Estos soldados se burlaron y se mofaron de él, pero no le infligieron nuevos castigos físicos. Jesús estaba ahora solo con estos soldados romanos. Sus amigos estaban escondidos, sus enemigos se habían ido por su camino, e incluso Juan Zebedeo ya no estaba a su lado.

Pilatos entregó a Jesús a los soldados poco después de las ocho de la mañana, y poco antes de las nueve partieron para el lugar de la crucifixión. Durante este intervalo de más de media hora, Jesús no dijo ni una sola palabra. La actividad ejecutiva de un gran universo estaba prácticamente detenida. Gabriel y los principales dirigentes de Nebadón o bien se encontraban reunidos aquí en Urantia, o prestaban mucha atención a los informes espaciales de los arcángeles, en un esfuerzo por mantenerse informados de lo que le estaba sucediendo al Hijo del Hombre en Urantia.

Cuando los soldados estuvieron preparados para salir con Jesús hacia el Gólgota, habían empezado a sentirse impresionados por su insólita serenidad y su dignidad extraordinaria, por su silencio sin queja.

Una gran parte del retraso en partir con Jesús para el lugar de la crucifixión se debió a que el capitán decidió, a última hora, llevarse consigo a dos ladrones que habían sido condenados a muerte; puesto que Jesús iba a ser crucificado aquella mañana, el capitán romano pensó que estos dos también podían morir con él, en lugar de esperar hasta el fin de las festividades de la Pascua.

En cuanto prepararon a los ladrones, fueron conducidos al patio, donde uno de ellos contempló a Jesús por primera vez, pero el otro le había oído hablar a menudo tanto en el templo como muchos meses antes en el campamento de Pella.

RELACIÓN ENTRE LA MUERTE DE JESUS Y LA PASCUA

No existe una relación directa entre la muerte de Jesús y la Pascua judía. Es verdad que el Maestro entregó su vida carnal en este día, el día de la preparación de la Pascua judía, y alrededor de la hora en que se sacrificaban los corderos pascuales en el templo. Pero la coincidencia de estos acontecimientos no indica de ninguna manera que la muerte del Hijo del Hombre en la tierra tenga alguna relación con el sistema de los sacrificios judío. Jesús era judío pero, como Hijo del Hombre, era un mortal de los reinos. Los acontecimientos ya narrados, que condujeron a este momento en que el Maestro iba a ser crucificado de manera inminente, son suficientes para indicar que su muerte, que se produjo aproximadamente a esta hora, fue un asunto puramente natural y manejado por los hombres.

Fue el hombre, y no Dios, el que planeó y ejecutó la muerte de Jesús en la cruz. Es verdad que el Padre se negó a entremeterse en la marcha de los acontecimientos humanos en Urantia, pero el Padre del Paraíso no decretó, pidió ni exigió la muerte de su Hijo tal como se llevó a cabo en la tierra. Es un hecho que, tarde o temprano y de alguna manera, Jesús habría tenido que despojarse de su cuerpo mortal, poniendo fin a su encarnación, pero podría haberlo hecho de muchas formas, sin tener que morir en una cruz entre dos ladrones. Todo esto fue obra del hombre, y no de Dios.

En la época de su bautismo, el Maestro ya había completado la parte técnica de la experiencia requerida en la tierra y en la carne, necesaria para finalizar su séptima y última donación en el universo. En aquel mismo momento, Jesús había realizado su deber en la tierra. Toda la vida que vivió de allí en adelante, e incluso la manera en que murió, fueron un ministerio puramente personal por su parte por el bienestar y la elevación de sus criaturas mortales en este mundo y en otros mundos.

El evangelio de la buena nueva de que el hombre mortal puede, por la fe, volverse espiritualmente consciente de que es hijo de Dios, no depende de la muerte de Jesús. Es verdad, en efecto, que todo este evangelio del reino ha sido enormemente iluminado por la muerte del Maestro, pero lo fue aun más por su vida.

Todo lo que el Hijo del Hombre dijo o hizo en la tierra embelleció enormemente las doctrinas de la filiación con Dios y la fraternidad de los hombres, pero estas relaciones esenciales entre Dios y los hombres son inherentes a los hechos universales del amor de Dios por sus criaturas y de la misericordia innata de los Hijos divinos. Estas relaciones conmovedoras y divinamente hermosas entre el hombre y su Hacedor, en este mundo y en todos los demás, en todo el universo de universos, han existido desde la eternidad; y no dependen en ningún sentido de las actuaciones donadoras periódicas de los Hijos Creadores de Dios, que asumen así la naturaleza y la semejanza de las inteligencias creadas por ellos, como una parte del precio que han de pagar para adquirir finalmente la soberanía ilimitada sobre sus universos locales respectivos.

Antes de la vida y la muerte de Jesús en Urantia, el Padre que está en los cielos amaba al hombre mortal de la tierra tanto como lo ama después de esta manifestación trascendente de la asociación entre el hombre y Dios. Esta poderosa transacción de la encarnación del Dios de Nebadón como hombre en Urantia no podía aumentar los atributos del Padre eterno, infinito y universal, pero sí enriqueció e iluminó a todos los demás administradores y criaturas del universo de Nebadón. Aunque el Padre que está en los cielos no nos ama más debido a esta donación de Miguel, todas las demás inteligencias celestiales sí lo hacen. Y esto es así porque Jesús no solamente hizo una revelación de Dios al hombre, sino que también hizo una nueva revelación del hombre a los Dioses y a las inteligencias celestiales del universo de universos.

Jesús no está a punto de morir como sacrificio por el pecado. No va a expiar la culpabilidad moral innata de la raza humana. La humanidad no tiene esta culpabilidad racial ante Dios. La culpabilidad es estrictamente una cuestión de pecado personal y de rebelión consciente y deliberada contra la voluntad del Padre y la administración de sus Hijos.

El pecado y la rebelión no tienen nada que ver con el plan fundamental de donación de los Hijos Paradisiacos de Dios, aunque nos parezca que el plan de salvación es una característica provisional del plan de donación.

La salvación de Dios para los mortales de Urantia habría sido exactamente igual de eficaz e infaliblemente segura si Jesús no hubiera sido ejecutado por las manos crueles de unos mortales ignorantes. Si el Maestro hubiera sido recibido favorablemente por los mortales de la tierra y si hubiera partido de Urantia abandonando voluntariamente su vida en la carne, el hecho del amor de Dios y de la misericordia del Hijo —el hecho de la filiación con Dios— no hubiera sido afectado de ninguna manera. Vosotros los mortales sois los hijos de Dios, y para que esta verdad se convierta en un hecho en vuestra experiencia personal, sólo se os pide una cosa: vuestra fe nacida del espíritu.

X-La Pasión de Jesús.

IX-La Pasión de Jesús: EL FINAL DE JUDAS ISCARIOTE

POCO ANTES DE LA CRUCIFIXIÓN

CUANDO JESÚS y sus acusadores salieron para ver a Herodes, el Maestro se volvió hacia el apóstol Juan y le dijo: «Juan, ya no puedes hacer nada más por mí. Ve a buscar a mi madre y tráela para que me vea antes de morir.» Cuando Juan escuchó la petición de su Maestro, aunque no quería dejarlo solo entre sus enemigos, se apresuró a ir a Betania, donde toda la familia de Jesús estaba reunida y esperando en la casa de Marta y María, las hermanas de Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos.

Varias veces durante la mañana, los mensajeros habían llevado a Marta y María las noticias sobre el desarrollo del juicio de Jesús. Pero la familia de Jesús no llegó a Betania hasta unos minutos antes de que llegara Juan trayendo la petición de Jesús de ver a su madre antes de ser ejecutado. Después de que Juan Zebedeo les hubiera contado todo lo que había sucedido desde el arresto de Jesús a medianoche, su madre María partió inmediatamente en compañía de Juan para ver a su hijo mayor. Cuando María y Juan llegaron a la ciudad, Jesús, acompañado por los soldados romanos que iban a crucificarlo, ya había llegado al Gólgota.

Cuando María, la madre de Jesús, se marchó con Juan para ver a su hijo, su hermana Rut se negó a quedarse atrás con el resto de la familia. Puesto que estaba decidida a acompañar a su madre, su hermano Judá fue con ella. El resto de la familia del Maestro permaneció en Betania bajo la dirección de Santiago, y prácticamente cada hora, los mensajeros de David Zebedeo les traían noticias sobre el desarrollo del terrible acontecimiento de la ejecución de su hermano mayor, Jesús de Nazaret EL FINAL DE JUDAS ISCARIOTE

El juicio de Jesús ante Pilatos terminó aproximadamente a las ocho y media de este viernes por la mañana, y el Maestro fue puesto en manos de los soldados romanos que iban a crucificarlo. En cuanto los romanos tomaron posesión de Jesús, el capitán de los guardias judíos regresó con sus hombres a su cuartel general en el templo. El sumo sacerdote y sus asociados sanedristas siguieron de cerca a los guardias, y fueron directamente a su lugar habitual de reunión en la sala de piedras labradas del templo. Allí encontraron a otros muchos miembros del sanedrín que esperaban para saber lo que se había hecho con Jesús. Mientras Caifás presentaba su informe al sanedrín sobre el juicio y la condena de Jesús, Judas apareció ante ellos para reclamar su recompensa por el papel que había jugado en el arresto y la sentencia de muerte de su Maestro.

Todos estos judíos detestaban a Judas; sólo miraban al traidor con unos sentimientos de total desprecio. A lo largo de todo el juicio de Jesús ante Caifás y durante su aparición ante Pilatos, a Judas le había remordido la conciencia por su comportamiento traidor. Y también empezaba a perder un poco sus ilusiones sobre la recompensa que iba a recibir como pago por su traición a Jesús. No le gustaba la frialdad y la indiferencia de las autoridades judías; sin embargo, contaba con ser recompensado ampliamente por su cobarde conducta. Preveía que sería llamado ante el pleno del sanedrín y que allí escucharía sus elogios mientras le conferían los honores adecuados como prueba del gran servicio que se vanagloriaba haber prestado a su nación. Imaginad pues la gran sorpresa de este traidor egoísta cuando un criado del sumo sacerdote le tocó en el hombro, lo llamó para que saliera de la sala y le dijo: «Judas, me han encargado que te pague por haber traicionado a Jesús. Aquí está tu recompensa.» Mientras le decía esto, el criado de Caifás le entregó a Judas una bolsa que contenía treinta monedas de plata —el precio corriente de un buen esclavo sano.

Judas se quedó atónito, confundido. Se abalanzó para entrar en la sala, pero el portero se lo impidió. Quería apelar al sanedrín, pero no quisieron recibirlo. Judas no podía creer que estos dirigentes de los judíos le habían permitido traicionar a sus amigos y a su Maestro para ofrecerle después como recompensa treinta monedas de plata. Se sentía humillado, desilusionado y totalmente aplastado. Se alejó del templo, por así decirlo, como enajenado. Como un autómata, dejó caer la bolsa de dinero en su profundo bolsillo, el mismo bolsillo en el que había transportado durante tanto tiempo la bolsa que contenía los fondos apostólicos. Y estuvo vagando por la ciudad detrás de la muchedumbre que se dirigía a presenciar las crucifixiones.

Judas vio a lo lejos que levantaban el travesaño donde estaba clavado Jesús; al ver esto, volvió precipitadamente al templo, apartó a la fuerza al portero y se encontró en presencia del sanedrín, que estaba reunido todavía. El traidor estaba casi sin aliento y sumamente desconcertado, pero se las arregló para balbucear estas palabras: «He pecado porque he traicionado una sangre inocente. Me habéis insultado. Me habéis ofrecido dinero como recompensa por mi servicio —el precio de un esclavo. Me arrepiento de haber hecho esto; aquí está vuestro dinero. Quiero escapar de la culpabilidad de este acto.»

Cuando los dirigentes de los judíos escucharon a Judas, se mofaron de él. Uno de ellos, que estaba sentado cerca de donde se encontraba Judas, le hizo señas para que se fuera de la sala, y le dijo: «Tu Maestro ya ha sido ejecutado por los romanos, y en cuanto a tu culpabilidad, ¿qué nos importa a nosotros? Ocúpate tú de ella —y ¡fuera de aquí!»

Cuando dejó la sala del sanedrín, Judas sacó de la bolsa las treinta monedas de plata y las lanzó al voleo sobre el suelo del templo. Cuando el traidor salió del templo, estaba casi fuera de sí. Judas estaba pasando ahora por la experiencia de comprender la verdadera naturaleza del pecado. Todo el encanto, la fascinación y la embriaguez de las malas acciones se habían desvanecido. Ahora el malhechor se encontraba solo, frente a frente con el veredicto del juicio de su alma desilusionada y decepcionada. El pecado era fascinante y aventurero mientras se cometía, pero ahora había que hacer frente a la cosecha de los hechos desnudos y poco románticos.

Este antiguo embajador del reino de los cielos en la tierra caminaba ahora solo y abandonado por las calles de Jerusalén. Su desesperación era terrible y casi absoluta. Continuó caminando por la ciudad y por fuera de sus muros, hasta descender a la terrible soledad del valle de Hinom, donde subió por las rocas escarpadas; cogió el cinturón de su vestido, ató un extremo a un pequeño árbol, anudó el otro alrededor de su cuello, y se arrojó al precipicio. Antes de morir, el nudo que había atado con sus manos nerviosas se soltó, y el cuerpo del traidor se hizo trizas al caer sobre las rocas puntiagudas de abajo.

LA ACTITUD DEL MAESTRO

Cuando Jesús fue arrestado, sabía que su trabajo en la tierra, en la similitud de la carne mortal, había terminado. Comprendía plenamente la clase de muerte que le esperaba, y le preocupaban poco los detalles de sus supuestos juicios.

Delante del tribunal de los sanedristas, Jesús rehusó responder al testimonio de los testigos perjuros. Sólo había una pregunta que siempre atraía una respuesta, ya fuera hecha por amigos o enemigos, y era la que se refería a la naturaleza y a la divinidad de su misión en la tierra. Cuando le preguntaban si era el Hijo de Dios, daba infaliblemente una respuesta. Se negó firmemente a hablar cuanto estuvo en presencia del curioso y malvado Herodes. Delante de Pilatos sólo habló cuando pensó que podría ayudar a Pilatos, o a alguna otra persona, a conocer mejor la verdad mediante lo que él decía. Jesús había enseñado a sus apóstoles que era inútil que echaran sus perlas a los cerdos, y ahora se atrevía a practicar lo que había enseñado. Su conducta en ese momento ejemplificó la paciente sumisión de la naturaleza humana unida al silencio majestuoso y a la solemne dignidad de la naturaleza divina. Estaba enteramente dispuesto a discutir con Pilatos cualquier cuestión relacionada con las acusaciones políticas presentadas contra él —cualquier cuestión que Jesús reconocía que pertenecía a la jurisdicción del gobernador.

Jesús estaba convencido de que la voluntad del Padre era que se sometiera al curso natural y normal de los acontecimientos humanos, tal como las demás criaturas mortales deben hacerlo, y por eso se negó incluso a emplear sus poderes puramente humanos de elocuencia persuasiva para influir sobre el resultado de las maquinaciones de sus semejantes mortales, socialmente miopes y espiritualmente ciegos. Aunque Jesús vivió y murió en Urantia, toda su carrera humana, desde el principio hasta el fin, fue un espectáculo destinado a influir e instruir a todo el universo que había creado y sostenido sin cesar.

Estos judíos miopes gritaban de manera indecente pidiendo la muerte del Maestro, mientras éste permanecía allí en un silencio impresionante, contemplando la escena de la muerte de una nación —el propio pueblo de su padre terrenal.

Jesús había adquirido ese tipo de carácter humano que puede conservar la serenidad y afirmar su dignidad en medio de los insultos continuos e injustificados. No se le podía intimidar. Cuando fue atacado en primer lugar por el criado de Anás, sólo había sugerido la conveniencia de llamar a unos testigos que pudieran testificar debidamente contra él.

Desde el principio hasta el fin de su supuesto juicio ante Pilatos, las huestes celestiales que presenciaban los acontecimientos no pudieron abstenerse de transmitir al universo la descripción de la escena de «Pilatos procesado ante Jesús».

Cuando compareció ante Caifás y todos los testimonios perjuros se habían derrumbado, Jesús no dudó en responder a la pregunta del sumo sacerdote, proporcionando así con su propio testimonio la base que deseaban para condenarlo por blasfemia.

El Maestro nunca manifestó el menor interés por los esfuerzos bien intencionados, pero poco entusiastas, de Pilatos por conseguir su liberación. Compadecía realmente a Pilatos y se esforzó sinceramente por iluminar su mente ensombrecida. Permaneció enteramente pasivo ante todos los llamamientos del gobernador romano para que los judíos retiraran sus acusaciones criminales contra él. Durante toda esta penosa prueba, se comportó con una dignidad sencilla y una majestad sin ostentación. Ni siquiera quiso criticar la insinceridad de sus supuestos asesinos cuando éstos le preguntaron si era «el rey de los judíos». Aceptó esta designación con un mínimo de explicación modificativa, sabiendo que aunque habían escogido rechazarlo, sería el último en representar para ellos un verdadero jefe nacional, incluso en el sentido espiritual.

Jesús habló poco durante estos juicios, pero dijo lo suficiente como para mostrar a todos los mortales el tipo de carácter humano que un hombre puede perfeccionar en asociación con Dios, y para revelar a todo el universo la manera en que Dios se puede manifestar en la vida de la criatura cuando ésta escoge verdaderamente hacer la voluntad del Padre, volviéndose así un hijo activo del Dios vivo.

Su amor por los mortales ignorantes se revela plenamente mediante su paciencia y su gran serenidad frente a las burlas, los golpes y las bofetadas de los toscos soldados y de los criados irreflexivos. Ni siquiera se irritó cuando le vendaron los ojos y le golpearon burlonamente en la cara, exclamando: «Profetiza y dinos quién te ha golpeado.»

Pilatos estaba más cerca de la verdad de lo que podía suponer cuando, después de haber hecho azotar a Jesús, lo presentó ante la multitud exclamando: «¡He aquí al hombre!» En verdad, el temeroso gobernador romano poco podía imaginar que en aquel mismo momento el universo permanecía atento, contemplando esta escena única en la que su amado Soberano se sometía así a la humillación de las burlas y los golpes de sus súbditos mortales ignorantes y envilecidos. Y cuando Pilatos habló, la frase «¡He aquí a Dios y al Hombre!» resonó por todo Nebadón. Desde ese día, incalculables millones de criaturas han continuado contemplando a este hombre en todo un universo, mientras que el Dios de Havona, el gobernante supremo del universo de universos, acepta al hombre de Nazaret como que satisface el ideal de las criaturas mortales de este universo local del tiempo y del espacio. En su vida incomparable, Jesús no dejó nunca de revelar Dios al hombre. Ahora, durante estos episodios finales de su carrera mortal y de su muerte posterior, efectuó una nueva y conmovedora revelación del hombre a Dios.

EL FIABLE DAVID ZEBEDEO

Poco después de que Jesús fuera entregado a los soldados romanos al final de la audiencia ante Pilatos, un destacamento de guardias del templo se dirigió apresuradamente a Getsemaní para dispersar o arrestar a los seguidores del Maestro. Pero mucho antes de que llegaran, estos seguidores se habían dispersado. Los apóstoles se habían retirado a unos escondites designados; los griegos se habían separado y dirigido a diversas casas de Jerusalén; los demás discípulos habían desaparecido igualmente. David Zebedeo creía que los enemigos de Jesús regresarían, de manera que trasladó enseguida unas cinco o seis tiendas hacia la parte alta de la hondonada, cerca del lugar donde el Maestro se retiraba tan a menudo para orar y adorar. Tenía la intención de ocultarse aquí y de mantener al mismo tiempo un centro, o estación coordinadora, para su servicio de mensajeros. David apenas había abandonado el campamento cuando llegaron los guardias del templo. Como no encontraron a nadie allí, se contentaron con incendiar el campamento y luego regresaron apresuradamente al templo. Al escuchar el informe de los guardias, el sanedrín se convenció de que los seguidores de Jesús estaban tan asustados y sumisos, que ya no habría ningún peligro de motín o de cualquier intento por rescatar a Jesús de las manos de sus verdugos. Por fin podían respirar tranquilos; así pues levantaron la sesión y cada cual se fue por su lado para prepararse para la Pascua.

Tan pronto como Pilatos entregó a Jesús a los soldados romanos para que lo crucificaran, un mensajero salió precipitadamente hacia Getsemaní para informar a David, y en menos de cinco minutos ya habían partido los corredores hacia Betsaida, Pella, Filadelfia, Sidón, Siquem, Hebrón, Damasco y Alejandría. Estos mensajeros llevaban la noticia de que Jesús estaba a punto de ser crucificado por los romanos a instancias insistentes de los dirigentes de los judíos.

A lo largo de todo este trágico día, y hasta que salió el último mensaje indicando que el Maestro había sido colocado en el sepulcro, David envió a los mensajeros aproximadamente cada media hora con informes para los apóstoles, los griegos y la familia terrenal de Jesús, que estaba reunida en la casa de Lázaro en Betania. Cuando los mensajeros partieron con la noticia de que Jesús había sido sepultado, David despidió a su cuerpo de corredores locales para que celebraran la Pascua y descansaran el sábado que se avecinaba, dándoles instrucciones para que comparecieran discretamente ante él el domingo por la mañana en la casa de Nicodemo, donde tenía la intención de esconderse algunos días con Andrés y Simón Pedro.

Este David Zebedeo, con su manera de pensar tan peculiar, era el único de los principales discípulos de Jesús que se sentía inclinado a tomar al pie de la letra y como un hecho verdadero la afirmación del Maestro de que moriría y «resucitaría al tercer día». David le había escuchado una vez hacer esta predicción, y como tenía la inclinación de tomarse las cosas en sentido literal, ahora se proponía reunir a sus mensajeros el domingo por la mañana temprano en la casa de Nicodemo a fin de tenerlos cerca para difundir la noticia, en el caso de que Jesús resucitara de entre los muertos. David descubrió enseguida que ninguno de los seguidores de Jesús esperaba que regresara tan pronto de la tumba; por eso habló poco sobre su convicción, y no dijo que había movilizado a todo su ejército de mensajeros para el domingo por la mañana temprano, excepto a los corredores que habían sido enviados el viernes por la mañana a las ciudades lejanas y a los centros de creyentes.

Y así, estos seguidores de Jesús, dispersos por todo Jerusalén y sus alrededores, compartieron la Pascua aquella noche, y al día siguiente permanecieron recluidos.

IX-La Pasión de Jesús.

VIII-La Pasión de Jesús: Entonces el gentío aplaudió y replicó: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos.»

JESÚS VUELVE ANTE PILATOS

Cuando los guardias volvieron a traer a Jesús ante Pilatos, éste salió a los escalones del pretorio donde se había colocado su asiento para el juicio, convocó a los principales sacerdotes y a los sanedristas, y les dijo: «Habéis traído a este hombre ante mí acusándolo de que pervierte al pueblo, prohíbe el pago de los impuestos y pretende ser el rey de los judíos. Lo he interrogado y no lo he encontrado culpable de esas acusaciones. De hecho, no encuentro ninguna falta en él. Luego lo he enviado a Herodes, y el tetrarca debe haber llegado a la misma conclusión, puesto que nos lo ha enviado de vuelta. Sin duda este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Si aún seguís pensando que necesita ser castigado, estoy dispuesto a darle un escarmiento antes de ponerlo en libertad.»

En el preciso momento en que los judíos se disponían a gritar sus protestas por la liberación de Jesús, una gran muchedumbre se acercó hasta el pretorio para pedirle a Pilatos que soltara a un preso en honor de la fiesta de la Pascua. Desde hacía algún tiempo, los gobernadores romanos habían tenido la costumbre de permitir que la plebe escogiera a un hombre encarcelado o condenado para que fuera indultado en la época de la Pascua. Ahora que este gentío se presentaba ante él para pedirle que liberara a un preso, y puesto que Jesús había gozado tan recientemente de una gran popularidad entre las multitudes, a Pilatos se le ocurrió que quizás podría salir de este apuro proponiéndole a este grupo que, ya que Jesús estaba ahora preso delante de su tribunal, les soltaría a este hombre de Galilea como prueba de la buena voluntad de la Pascua.

Mientras la multitud invadía las escaleras del edificio, Pilatos les oyó gritar el nombre de un tal Barrabás. Barrabás era un conocido agitador político y ladrón asesino, hijo de un sacerdote, que había sido capturado recientemente in fraganti robando y asesinando en la carretera de Jericó. Este hombre había sido condenado a muerte y sería ejecutado en cuanto terminaran las fiestas de la Pascua.

Pilatos se levantó y explicó a la multitud que Jesús había sido traído ante él por los jefes de los sacerdotes, los cuales querían que fuera condenado a muerte por ciertas acusaciones, y que él no creía que este hombre mereciera la muerte. Pilatos dijo: «¿A quién preferís entonces que os suelte, a ese Barrabás, el asesino, o a este Jesús de Galilea?» Cuando Pilatos hubo dicho esto, los jefes de los sacerdotes y los consejeros del sanedrín exclamaron a voz en grito: «¡Barrabás, Barrabás!» Cuando la gente vio que los jefes de los sacerdotes estaban dispuestos a conseguir la muerte de Jesús, se unieron rápidamente al clamor pidiendo su vida, mientras vociferaban ruidosamente que soltaran a Barrabás.

Pocos días antes de esto, la multitud había sentido un respeto reverencial por Jesús, pero la muchedumbre no miraba con respeto a alguien que había pretendido ser el Hijo de Dios y ahora se encontraba preso de los principales sacerdotes y de los dirigentes, con el riesgo de ser condenado a muerte ante el tribunal de Pilatos. Jesús podía ser un héroe a los ojos del pueblo cuando echaba del templo a los cambistas y a los mercaderes, pero no cuando era un preso sin resistencia en manos de sus enemigos y con el riesgo de perder la vida.

Pilatos se indignó al ver a los jefes de los sacerdotes pidiendo a voces el indulto de un asesino bien conocido mientras gritaban para conseguir la sangre de Jesús. Vio su maldad y su odio y percibió sus prejuicios y su envidia. Por eso les dijo: «¿Cómo podéis escoger la vida de un asesino, en lugar de preferir la de este hombre cuyo peor crimen consiste en hacerse llamar en sentido figurado el rey de los judíos?» Pero esta declaración que hizo Pilatos no fue sabia. Los judíos eran un pueblo orgulloso, ahora sometido al yugo político romano, pero que esperaban la venida de un Mesías que los liberaría de su esclavitud de los gentiles con una gran exhibición de poder y de gloria. Se sintieron más ofendidos de lo que Pilatos podía suponer, por la insinuación de que este instructor de modales suaves que enseñaba unas doctrinas extrañas, ahora arrestado y acusado de unos delitos que merecían la muerte, pudiera ser considerado como «el rey de los judíos». Contemplaron esta observación como un insulto a todo lo que consideraban sagrado y honorable en su existencia nacional, y por esta razón todos se pusieron a gritar con todas sus fuerzas por la liberación de Barrabás y la muerte de Jesús.

Pilatos sabía que Jesús era inocente de las acusaciones presentadas contra él, y si hubiera sido un juez justo y valiente, lo habría absuelto y puesto en libertad. Pero tenía miedo de desafiar a estos judíos encolerizados, y mientras titubeaba en cumplir con su deber, llegó un mensajero y le entregó un mensaje sellado de su mujer, Claudia.

Pilatos indicó a los que estaban congregados ante él que deseaba leer la comunicación que acababa de recibir antes de proseguir con el asunto que tenía ante él. Pilatos abrió la carta de su mujer y leyó: «Te ruego que no tengas nada que ver con este hombre justo e inocente a quien llaman Jesús. Esta noche he sufrido mucho en un sueño a causa de él». Esta nota de Claudia no sólo afectó mucho a Pilatos y retrasó así el juicio de este asunto, sino que desgraciadamente también proporcionó a los dirigentes judíos un tiempo considerable para circular libremente entre la multitud e incitar al pueblo a pedir la liberación de Barrabás y a gritar que crucificaran a Jesús.

Finalmente, Pilatos se dedicó una vez más a solucionar el problema que tenía delante, preguntándole a la asamblea mixta compuesta por los dirigentes judíos y la multitud que buscaba el indulto: «¿Qué he de hacer con el que llaman el rey de los judíos?» Y todos gritaron al unísono: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!» La unanimidad de esta petición por parte de una gente de todo tipo sorprendió y alarmó a Pilatos, el juez injusto y dominado por el miedo.

Entonces Pilatos dijo una vez más: «¿Por qué queréis crucificar a este hombre? ¿Qué mal ha hecho? ¿Quién quiere adelantarse para testificar contra él?» Pero cuando escucharon que Pilatos hablaba en defensa de Jesús, se limitaron a gritar aún más: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!»

Pilatos recurrió de nuevo a ellos para el asunto relacionado con la liberación del preso de la Pascua, diciendo: «Os pregunto una vez más, ¿cuál de estos presos debo soltaros en estas fechas de vuestra Pascua?» Y el gentío gritó de nuevo: «¡Danos a Barrabás!»

Entonces dijo Pilatos: «Si suelto a Barrabás, el asesino, ¿qué he de hacer con Jesús?» Y una vez más la multitud gritó al unísono: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!»

Pilatos se sintió aterrorizado por el clamor insistente del gentío, que actuaba bajo la dirección inmediata de los jefes de los sacerdotes y los consejeros del sanedrín; sin embargo, decidió hacer al menos una última tentativa por apaciguar a la muchedumbre y salvar a Jesús.

EL ÚLTIMO LLAMAMIENTO DE PILATOS

Sólo los enemigos de Jesús participan en todo lo que está sucediendo este viernes por la mañana temprano ante Pilatos. Sus numerosos amigos o bien ignoran todavía su arresto nocturno y su juicio a primeras horas de la mañana, o están escondidos por temor a ser capturados también y condenados a muerte porque creen en las enseñanzas de Jesús. En la multitud que ahora vocifera pidiendo la muerte del Maestro sólo se encuentran sus enemigos declarados y la plebe irreflexiva fácilmente gobernable.

Pilatos quería hacer un último llamamiento a la piedad de la gente. Como tenía miedo de desafiar el clamor de este gentío descarriado que gritaba para conseguir la sangre de Jesús, ordenó a los guardias judíos y a los soldados romanos que cogieran a Jesús y lo azotaran. Este modo de proceder era en sí mismo injusto e ilegal, ya que la ley romana estipulaba que únicamente los condenados a morir por crucifixión fueran sometidos así a la flagelación. Los guardias llevaron a Jesús al patio abierto del pretorio para este suplicio. Aunque sus enemigos no presenciaron esta flagelación, Pilatos sí lo hizo, y antes de que terminaran este abuso perverso, ordenó a los azotadores que se detuvieran e indicó que Jesús fuera llevado ante él. Antes de que los azotadores ataran a Jesús al poste de flagelación y lo golpearan con sus látigos de nudos, le pusieron de nuevo el manto de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la colocaron en la frente. Después de poner una caña en su mano simulando un cetro, se arrodillaron delante de él y se burlaron de él, diciendo: «¡Salud, rey de los judíos!» Luego le escupieron y lo abofetearon. Antes de devolverlo a Pilatos, uno de ellos le quitó la caña de la mano y lo golpeó con ella en la cabeza.

Entonces, Pilatos condujo fuera a este preso sangrante y lacerado, y lo presentó a la variopinta multitud, diciendo: «¡He aquí al hombre! Os declaro de nuevo que no encuentro ningún delito en él, y después de haberlo azotado, quisiera liberarlo.»

Jesús de Nazaret estaba allí, vestido con un viejo manto de púrpura real, con una corona de espinas que le hería su bondadosa frente. Su rostro estaba manchado de sangre y su cuerpo encorvado de sufrimiento y de pena. Pero nada puede conmover el corazón insensible de aquellos que son víctimas de un intenso odio emocional y esclavos de los prejuicios religiosos. Este espectáculo produjo un poderoso estremecimiento en los reinos de un inmenso universo, pero no enterneció el corazón de los que habían decidido llevar a cabo la destrucción de Jesús.

Cuando se hubieron recobrado del primer impacto al ver el estado lastimoso del Maestro, sólo gritaron más fuerte y durante más tiempo: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!»

Pilatos comprendió ahora que era inútil apelar a sus supuestos sentimientos de piedad. Se adelantó y dijo: «Percibo que estáis decididos a que este hombre muera, ¿pero qué ha hecho para merecer la muerte? ¿Quién quiere declarar su crimen?»

Entonces el sumo sacerdote en persona se adelantó, subió hasta Pilatos, y declaró con irritación: «Tenemos una ley sagrada, y según esa ley este hombre debe morir porque se ha llamado a sí mismo Hijo de Dios.» Cuando Pilatos escuchó esto, tuvo aún más miedo, no solamente de los judíos, sino que al recordar la nota de su mujer y la mitología griega en la que los dioses descendían a la tierra, se puso a temblar ante la idea de que Jesús pudiera ser un personaje divino. Hizo señas a la multitud para que se calmara, mientras cogía a Jesús por el brazo y lo conducía de nuevo al interior del edificio para poder interrogarlo otra vez. Pilatos estaba ahora confuso por el miedo, desconcertado por la superstición y abrumado por la actitud testaruda de la muchedumbre.

LA ÚLTIMA ENTREVISTA CON PILATOS

Cuando Pilatos, temblando con una temerosa emoción, se sentó al lado de Jesús, le preguntó: «¿De dónde vienes? ¿Quién eres realmente? ¿Qué es eso que dicen de que eres el Hijo de Dios?»

Pero Jesús difícilmente podía contestar estas preguntas cuando eran efectuadas por un juez débil, vacilante, que temía a los hombres, y que era tan injusto como para hacerlo azotar incluso después de haberlo declarado inocente de todo delito, y antes de haber sido debidamente condenado a muerte. Jesús miró a Pilatos directamente a la cara, pero no le contestó. Entonces dijo Pilatos: «¿Te niegas a hablarme? ¿No te das cuenta de que aún tengo el poder de liberarte o de crucificarte?» Entonces Jesús le dijo: «No podrías tener ningún poder sobre mí si no fuera consentido desde arriba. No podrías ejercer ninguna autoridad sobre el Hijo del Hombre a menos que lo permita el Padre que está en los cielos. Pero no eres tan culpable puesto que ignoras el evangelio. El que me ha traicionado y el que me ha entregado a ti son los que tienen el mayor pecado.»

Esta última conversación con Jesús aterrorizó completamente a Pilatos. Este hombre moralmente cobarde, este juez débil, tenía que luchar ahora contra el doble peso del temor supersticioso a Jesús y del miedo mortal a los dirigentes judíos.

Pilatos apareció de nuevo ante el gentío, diciendo: «Estoy seguro de que este hombre sólo es un delincuente religioso. Deberíais cogerlo y juzgarlo según vuestra ley. ¿Por qué esperáis que yo acceda a que muera porque se ha opuesto a vuestras tradiciones?»

Pilatos estaba casi dispuesto a soltar a Jesús cuando Caifás, el sumo sacerdote, se acercó al cobarde juez romano, agitó un dedo vengativo delante de la cara de Pilatos, y dijo estas palabras irritadas que toda la multitud pudo escuchar: «Si sueltas a este hombre, no eres amigo del césar, y procuraré que el emperador se entere de todo.» Esta amenaza pública fue demasiado para Pilatos. El temor por sus bienes personales eclipsó ahora cualquier otra consideración, y el cobarde gobernador ordenó que Jesús fuera traído ante el tribunal. Cuando el Maestro estuvo allí delante de ellos, Pilatos lo señaló con el dedo y dijo en tono burlón: «Aquí está vuestro rey.» Y los judíos respondieron: «¡Acaba con él! ¡Crucifícalo!» Entonces dijo Pilatos, con mucha ironía y sarcasmo: «¿Voy a crucificar a vuestro rey?» Y los judíos respondieron: «Sí, ¡crucifícalo! No tenemos más rey que al césar.» Entonces Pilatos se dio cuenta de que no había ninguna esperanza de salvar a Jesús, puesto que no estaba dispuesto a desafiar a los judíos.

EL TRÁGICO ABANDONO DE PILATOS

Allí estaba el Hijo de Dios, encarnado como Hijo del Hombre. Había sido arrestado sin acusación, acusado sin pruebas, juzgado sin testigos, castigado sin veredicto, y pronto iba a ser condenado a muerte por un juez injusto que había confesado que no podía encontrar ninguna falta en él. Si Pilatos había creído apelar al patriotismo de la gente llamando a Jesús el «rey de los judíos», se había equivocado por completo. Los judíos no esperaban ningún rey de este tipo. La declaración de los jefes de los sacerdotes y los saduceos «No tenemos más rey que al césar» impactó incluso a la plebe irreflexiva, pero ya era demasiado tarde para salvar a Jesús, aunque el gentío se hubiera atrevido a abrazar la causa del Maestro.

Pilatos temía un alboroto o un motín. No se atrevía a arriesgarse a tener este tipo de disturbios durante la época de la Pascua en Jerusalén. Recientemente había recibido una reprimenda del césar, y no quería arriesgarse a recibir otra. El gentío aplaudió cuando ordenó que soltaran a Barrabás. Luego ordenó que le trajeran una palangana y un poco de agua, y se lavó las manos allí mismo delante de la multitud, diciendo: «Soy inocente de la sangre de este hombre. Estáis decididos a que muera, pero no he encontrado ninguna culpa en él. Allá vosotros. Los soldados se lo llevarán.» Entonces el gentío aplaudió y replicó:

«Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos.»

VIII-La Pasión de Jesús.

VII-La Pasión de Jesús: “Nací en este mundo para mostrar mi Padre a todos los hombres y dar testimonio de la verdad de Dios. E incluso ahora te afirmo que todo el que ama la verdad escucha mi voz.»

EL JUICIO ANTE PILATOS

POCO DESPUÉS DE las seis de la mañana de este viernes 7 de abril del año 30, Jesús fue llevado ante Pilatos, el procurador romano que gobernaba Judea, Samaria e Idumea bajo la supervisión inmediata del legado de Siria. Los guardias del templo llevaron al Maestro, atado, a la presencia del gobernador romano, e iba acompañado por unos cincuenta de sus acusadores, incluyendo el tribunal sanedrista (principalmente saduceos), Judas Iscariote, el sumo sacerdote Caifás y el apóstol Juan. Anás no se presentó ante Pilatos.

Pilatos estaba levantado y preparado para recibir a este grupo de visitantes tan madrugadores, pues los hombres que habían conseguido su consentimiento la noche anterior para emplear los soldados romanos en el arresto del Hijo del Hombre, le habían informado que traerían a Jesús temprano ante él. Se había acordado que este juicio tendría lugar frente al pretorio, un edificio adicional a la fortaleza de Antonia, donde Pilatos y su mujer establecían su cuartel general cuando se quedaban en Jerusalén.

Aunque Pilatos dirigió una gran parte del interrogatorio de Jesús dentro de las salas del pretorio, el juicio público se celebró en el exterior, en los escalones que conducían a la entrada principal. Fue una concesión que hizo a los judíos, los cuales se negaban a entrar en cualquier edificio gentil donde quizás se había utilizado la levadura en este día de la preparación de la Pascua. Una conducta así no solamente los volvería ceremonialmente impuros, privándolos con ello de poder participar en la fiesta de acción de gracias de la tarde, sino que también necesitarían someterse a las ceremonias de purificación después de la puesta del sol para poder compartir la cena pascual.

Aunque a estos judíos no les molestaba en absoluto la conciencia cuando tramaban asesinar judicialmente a Jesús, sin embargo eran escrupulosos en lo referente a todas estas cuestiones de pureza ceremonial y de regularidad tradicional. Y estos judíos no han sido los únicos en dejar de reconocer sus altas y santas obligaciones de naturaleza divina, mientras prestaban una atención meticulosa a cosas de poca importancia para el bienestar humano tanto en el tiempo como en la eternidad.

PONCIO PILATOS

Si Poncio Pilatos no hubiera sido un gobernador razonablemente bueno de las provincias menores, Tiberio difícilmente le hubiera permitido que permaneciera diez años como procurador de Judea. Aunque era un administrador razonablemente bueno, moralmente era un cobarde. No era un hombre lo bastante grande como para comprender la naturaleza de su tarea como gobernador de los judíos. No lograba captar el hecho de que estos hebreos tenían una religión real, una fe por la que estaban dispuestos a morir, y que millones y millones de ellos, dispersos aquí y allá por todo el imperio, consideraban a Jerusalén como el santuario de su fe y respetaban al sanedrín como el tribunal más alto de la tierra.

Pilatos no amaba a los judíos, y este odio profundo empezó a manifestarse muy pronto. De todas las provincias romanas, ninguna era más difícil de gobernar que Judea. Pilatos nunca comprendió realmente los problemas implicados en la administración de los judíos y por esta razón, desde el principio de su experiencia como gobernador, cometió una serie de errores descomunales casi fatales y prácticamente suicidas. Estos errores fueron los que dieron a los judíos tanto poder sobre él. Cuando querían influir sobre sus decisiones, todo lo que tenían que hacer era amenazarlo con una insurrección, y Pilatos capitulaba rápidamente. Esta indecisión aparente, o falta de valor moral del procurador, se debía principalmente al recuerdo de una serie de controversias que había tenido con los judíos, y en cada caso habían sido ellos los que habían vencido. Los judíos sabían que Pilatos les tenía miedo, que temía por su posición ante Tiberio, y emplearon este conocimiento en gran perjuicio del gobernador en numerosas ocasiones.

La desventaja de Pilatos ante los judíos se produjo a consecuencia de una serie de encuentros desafortunados. En primer lugar, no supo tomarse en serio el profundo prejuicio judío contra todas las imágenes, consideradas como símbolos de idolatría. Por consiguiente, permitió que sus soldados entraran en Jerusalén sin quitar las imágenes del césar de sus banderas, como los soldados romanos habían tenido la costumbre de hacerlo bajo su predecesor. Una numerosa delegación de judíos esperó a Pilatos durante cinco días, implorándole que hiciera quitar aquellas imágenes de los estandartes militares. Se negó rotundamente a conceder su petición y los amenazó de muerte inmediata. Como él mismo era un escéptico, Pilatos no comprendía que unos hombres con unos fuertes sentimientos religiosos no dudarían en morir por sus convicciones religiosas; por eso, se sintió consternado cuando aquellos judíos se reunieron desafiantes delante de su palacio, inclinaron sus rostros hasta el suelo y enviaron a decir que estaban preparados para morir. Pilatos comprendió entonces que había hecho una amenaza que no quería llevar a cabo. Cedió, y ordenó que quitaran las imágenes de los estandartes de sus soldados en Jerusalén; desde aquel día en adelante, se encontró ampliamente sometido a los caprichos de los dirigentes judíos, que habían descubierto así su debilidad, la de hacer amenazas que temía ejecutar.

Pilatos decidió posteriormente recuperar su prestigio perdido y, en consecuencia, hizo colocar los escudos del emperador, como los que se empleaban generalmente para adorar al césar, en los muros del palacio de Herodes en Jerusalén. Cuando los judíos protestaron, se mantuvo inflexible. Como se negó a escuchar sus protestas, los judíos apelaron rápidamente a Roma, y el emperador ordenó con igual rapidez que se quitaran los escudos ofensivos. Y Pilatos gozó entonces de mucha menos estima que antes.

Otra cosa que le granjeó una gran desaprobación entre los judíos fue el hecho de que se atrevió a coger dinero del tesoro del templo para financiar la construcción de un nuevo acueducto, a fin de proporcionar un mayor abastecimiento de agua a los millones de visitantes de Jerusalén en las épocas de las grandes fiestas religiosas. Los judíos estimaban que sólo el sanedrín podía gastar los fondos del templo, y nunca dejaron de arremeter contra Pilatos por esta orden arbitraria. Esta decisión provocó no menos de veinte motines y mucho derramamiento de sangre. El último de estos graves disturbios consistió en la matanza de un numeroso grupo de galileos cuando estaban rindiendo culto en el altar.

Es significativo constatar que, aunque este gobernante romano indeciso sacrificó a Jesús por miedo a los judíos y para salvaguardar su posición personal, finalmente fue destituido a consecuencia de una matanza innecesaria de samaritanos en relación con las pretensiones de un falso Mesías que había conducido unas tropas al Monte Gerizim, donde pretendía que estaban enterradas las vasijas del templo; y estallaron unos violentos motines cuando no logró revelar el escondite de las vasijas sagradas, tal como había prometido. A consecuencia de este episodio, el legado de Siria ordenó a Pilatos que volviera a Roma. Tiberio murió mientras Pilatos iba camino de Roma, y no se le nombró de nuevo procurador de Judea. Nunca se recuperó por completo de la lamentable condena que hizo al haber consentido la crucifixión de Jesús. Como no encontró ningún favor a los ojos del nuevo emperador, se retiró a la provincia de Lausana, donde posteriormente se suicidó.

Claudia Prócula, la mujer de Pilatos, había oído hablar mucho de Jesús por boca de su criada, una fenicia que creía en el evangelio del reino. Después de la muerte de Pilatos, Claudia se identificó de manera sobresaliente con la difusión de la buena nueva.

Todo esto explica una gran parte de lo que sucedió este trágico viernes por la mañana. Es fácil comprender por qué los judíos se atrevían a darle órdenes a Pilatos —a hacer que se levantara a las seis de la mañana para juzgar a Jesús— y también por qué no dudaron en amenazarlo con acusarlo de traición ante el emperador si se atrevía a rehusar sus peticiones de ejecutar a Jesús.

Un gobernador romano digno, que no hubiera estado implicado de manera desfavorable con los dirigentes de los judíos, nunca hubiera permitido que estos fanáticos religiosos sedientos de sangre provocaran la muerte de un hombre que él mismo había declarado sin falta e inocente de las falsas acusaciones. Roma cometió una gran equivocación, un error trascendental en los asuntos terrestres, cuando envió al mediocre Pilatos como gobernador de Palestina. Tiberio debería haber enviado a los judíos el mejor administrador provincial del imperio.

JESÚS COMPARECE ANTE PILATOS

Cuando Jesús y sus acusadores se hubieron congregado delante de la sala de juicios de Pilatos, el gobernador romano salió y se dirigió a la compañía reunida, preguntando: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?» Los saduceos y los consejeros, que habían hecho suyo el deshacerse de Jesús, habían decidido presentarse ante Pilatos para pedirle la confirmación de la sentencia de muerte pronunciada contra él, sin ofrecer ninguna acusación definida. Por esta razón, el portavoz del tribunal de los sanedristas le contestó a Pilatos: «Si este hombre no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado.»

Cuando Pilatos observó que eran reacios a exponer sus acusaciones contra Jesús, aunque sabía que habían pasado toda la noche deliberando sobre su culpabilidad, les contestó: «Puesto que no estáis de acuerdo en unas acusaciones determinadas, ¿por qué no os lleváis a este hombre y lo juzgáis según vuestras propias leyes?»

Entonces, el actuario del tribunal del sanedrín le dijo a Pilatos: «No nos está permitido ejecutar a nadie, y este perturbador de nuestra nación merece morir por las cosas que ha dicho y hecho. Por eso hemos venido ante ti para que confirmes esta sentencia.»

Presentarse ante el gobernador romano con este intento de evasión revela la inquina y el malhumor de los sanedristas hacia Jesús, así como su falta de respeto por la equidad, el honor y la dignidad de Pilatos. ¡Qué desfachatez la de estos ciudadanos sometidos, los cuales comparecían ante su gobernador provincial para pedirle un decreto de ejecución contra un hombre antes de concederle un juicio justo, e incluso sin presentar unas acusaciones criminales definidas contra él!

Pilatos conocía algunas cosas del trabajo de Jesús entre los judíos, y supuso que las acusaciones que se podían presentar contra él estarían relacionadas con infracciones a las leyes eclesiásticas judías; por esta razón, trató de remitir el caso al propio tribunal judío. Además, Pilatos se deleitó en hacerles confesar públicamente que no tenían poder para pronunciar y ejecutar una sentencia de muerte, ni siquiera contra un miembro de su propia raza, al cual habían llegado a despreciar con un odio lleno de amargura y de envidia.

Unas horas antes, poco antes de la medianoche y después de haber concedido el permiso de emplear los soldados romanos para detener en secreto a Jesús, Pilatos había escuchado más cosas sobre Jesús y sus enseñanzas de labios de su mujer, Claudia, que se había convertido parcialmente al judaísmo, y que más tarde creyó plenamente en el evangelio de Jesús.

A Pilatos le hubiera gustado posponer esta audiencia, pero vio que los dirigentes judíos estaban decididos a continuar con el caso. Sabía que esta mañana no era solamente la de la preparación de la Pascua, sino que como era viernes, también era el día de la preparación para el sábado judío de descanso y de culto.

Como Pilatos era extremadamente sensible a la manera irrespetuosa en que estos judíos lo trataban, no estaba dispuesto a satisfacer sus exigencias de sentenciar a muerte a Jesús sin un juicio. Por consiguiente, después de esperar unos momentos para que presentaran sus acusaciones contra el detenido, se volvió hacia ellos y dijo: «No condenaré a muerte a este hombre sin un juicio; y tampoco consentiré en interrogarlo hasta que hayáis presentado por escrito vuestras acusaciones contra él.»

Cuando el sumo sacerdote y los demás escucharon a Pilatos decir esto, hicieron una señal al actuario del tribunal, el cual entregó entonces a Pilatos las acusaciones escritas contra Jesús. Estas acusaciones eran:

«El tribunal sanedrista estima que este hombre es un malhechor y un perturbador de nuestra nación, porque es culpable de:

1. Pervertir a nuestra nación e incitar a nuestro pueblo a la rebelión.

2. Prohibir al pueblo que pague el tributo al césar.

 

3. Llamarse a sí mismo rey de los judíos y enseñar la fundación de un nuevo reino.»

Jesús no había sido juzgado de manera regular ni declarado legalmente culpable de ninguna de estas acusaciones. Ni siquiera las escuchó cuando fueron expresadas por primera vez, pero Pilatos lo hizo traer del pretorio, donde estaba a cargo de los guardias, e insistió para que estas acusaciones fueran repetidas delante de Jesús.

Cuando Jesús escuchó estas acusaciones, sabía muy bien que no había sido interrogado sobre estas cuestiones ante el tribunal judío, y también lo sabían Juan Zebedeo y sus acusadores, pero no respondió nada a estos falsos cargos. Incluso cuando Pilatos le rogó que respondiera a sus acusadores, no abrió la boca. Pilatos se quedó tan sorprendido por la injusticia de todo el procedimiento y tan impresionado por el comportamiento silencioso y magistral de Jesús, que decidió llevar al preso al interior de la sala e interrogarlo en privado.

Pilatos tenía la mente confusa, miedo a los judíos en su fuero interno, y su espíritu poderosamente agitado por el espectáculo que ofrecía Jesús, el cual permanecía majestuosamente allí de pie delante de sus acusadores sedientos de sangre, contemplándolos no con un desprecio silencioso, sino con una expresión de verdadera piedad y de afecto entristecido.

EL INTERROGATORIO PRIVADO DE PILATOS

Pilatos llevó a Jesús y a Juan Zebedeo a una habitación privada, dejando a los guardias fuera en la sala; le rogó al preso que se sentara, se sentó a su lado y le hizo varias preguntas. Pilatos empezó su conversación con Jesús asegurándole que no creía en la primera acusación contra él: la de que pervertía a la nación e incitaba a la rebelión. Luego le preguntó: «¿Has enseñado alguna vez que se debe negar el tributo al césar?» Jesús señaló a Juan y dijo: «Pregúntale a él o a cualquier otra persona que haya escuchado mi enseñanza.» Entonces Pilatos le preguntó a Juan sobre este asunto del tributo, y Juan testificó acerca de la enseñanza de su Maestro y explicó que Jesús y sus apóstoles pagaban los impuestos tanto al césar como al templo. Cuando Pilatos hubo interrogado a Juan, dijo: «Procura no decirle a nadie que he hablado contigo.» Y Juan no reveló nunca este asunto.

Pilatos se volvió entonces para hacerle nuevas preguntas a Jesús, diciendo: «Y ahora, en cuanto a la tercera acusación contra ti, ¿eres el rey de los judíos?» Puesto que en la voz de Pilatos había un tono de interrogación posiblemente sincera, Jesús le sonrió al procurador y dijo: «Pilatos, ¿preguntas esto por ti mismo, o coges esta pregunta de esos otros, mis acusadores?» Entonces, el gobernador respondió con un tono parcialmente indignado: «¿Soy yo judío? Tu propio pueblo y los jefes de los sacerdotes te han entregado y me han pedido que te condene a muerte. Pongo en duda la validez de sus acusaciones y sólo intento descubrir por mí mismo qué has hecho. Dime, ¿has dicho que eres el rey de los judíos, y has tratado de fundar un nuevo reino?»

Jesús le dijo entonces a Pilatos:

«¿No percibes que mi reino no es de este mundo? Si mi reino fuera de este mundo, mis discípulos lucharían con toda seguridad para que yo no fuera entregado a los judíos. Mi presencia aquí delante de ti con estas ataduras es suficiente para mostrar a todos los hombres que mi reino es un dominio espiritual, la fraternidad misma de los hombres que se han vuelto hijos de Dios a través de la fe y por amor. Y esta salvación es tanto para los gentiles como para los judíos.»

«Entonces, ¿después de todo eres rey?» dijo Pilatos. Y Jesús respondió:

«Sí, soy un rey de ese tipo, y mi reino es la familia de los hijos por la fe de mi Padre que está en los cielos. Nací en este mundo con esa finalidad, para mostrar mi Padre a todos los hombres y dar testimonio de la verdad de Dios. E incluso ahora te afirmo que todo el que ama la verdad escucha mi voz.»

Entonces dijo Pilatos con una mezcla de burla y de sinceridad: «La verdad, ¿cuál es la verdad —quién la conoce?»

Pilatos no era capaz de profundizar en las palabras de Jesús ni de comprender la naturaleza de su reino espiritual, pero ahora estaba seguro de que el detenido no había hecho nada que mereciera la muerte. Una mirada a Jesús cara a cara era suficiente para convencer incluso a Pilatos de que este hombre dulce y cansado, pero justo y majestuoso, no era ningún revolucionario salvaje y peligroso que aspirara a establecerse en el trono temporal de Israel. Pilatos creía comprender algo de lo que Jesús había querido decir cuando se llamó a sí mismo rey, porque conocía las enseñanzas de los estoicos que proclamaban que «el hombre sabio es rey». Pilatos estaba enteramente convencido de que en lugar de ser un sedicioso peligroso, Jesús no era ni más ni menos que un visionario inofensivo, un fanático inocente.

Después de interrogar al Maestro, Pilatos regresó donde estaban los jefes de los sacerdotes y los acusadores de Jesús, y dijo: «He interrogado a este hombre, y no encuentro ninguna falta en él. No creo que sea culpable de las acusaciones que habéis efectuado contra él; creo que debe ser puesto en libertad.» Cuando los judíos escucharon esto, se encolerizaron enormemente, hasta el punto de que gritaron ferozmente que Jesús debía morir; y uno de los sanedristas subió con descaro hasta el lado de Pilatos, diciendo: «Este hombre excita al pueblo, empezando por Galilea y continuando por toda Judea. Causa daño y es un malhechor. Si dejas en libertad a este hombre perverso, lo lamentarás durante mucho tiempo.»

Pilatos se veía en el apuro de no saber qué hacer con Jesús; por eso, cuando les oyó decir que había empezado su trabajo en Galilea, pensó en esquivar la responsabilidad de resolver el caso, o al menos ganar tiempo para reflexionar, enviando a Jesús a comparecer ante Herodes, que entonces estaba en la ciudad para asistir a la Pascua. Pilatos pensó también que este gesto serviría de antídoto contra algunos sentimientos desagradables que habían existido entre él y Herodes desde hacía algún tiempo, debidos a numerosos malentendidos sobre cuestiones de jurisdicción.

Pilatos llamó a los guardias y les dijo: «Este hombre es galileo. Llevadlo inmediatamente ante Herodes, y cuando lo haya interrogado, informadme de sus conclusiones.» Y los guardias llevaron a Jesús ante Herodes.

JESÚS ANTE HERODES

Cuando Herodes Antipas se quedaba en Jerusalén, residía en el viejo palacio macabeo de Herodes el Grande, y Jesús fue llevado ahora por los guardias del templo a esta residencia del anterior rey, seguido por sus acusadores y una multitud en aumento. Herodes había oído hablar de Jesús desde hacía tiempo, y tenía mucha curiosidad por conocerlo. Cuando el Hijo del Hombre estuvo ante él este viernes por la mañana, el malvado idumeo no recordó en ningún momento al muchacho de años atrás que se había presentado ante él en Séforis para rogarle una decisión justa sobre el dinero que le debían a su padre, el cual había muerto accidentalmente mientras trabajaba en uno de los edificios públicos. Que Herodes supiera, nunca había visto a Jesús, aunque se había inquietado mucho a causa de él cuando la actividad del Maestro estaba centrada en Galilea. Ahora que Jesús estaba bajo la custodia de Pilatos y de los judeos, Herodes ansiaba verlo, pues se sentía protegido contra cualquier problema que Jesús pudiera causar en el futuro. Herodes había oído hablar mucho de los milagros que Jesús había hecho, y esperaba realmente verle realizar algún prodigio.

Cuando llevaron a Jesús ante Herodes, el tetrarca se quedó sorprendido de su apariencia majestuosa y de la serenidad de su semblante. Herodes le hizo preguntas a Jesús durante unos quince minutos, pero el Maestro no quiso responder. Herodes lo provocó y lo desafió a que realizara un milagro, pero Jesús no quiso contestar a sus numerosas preguntas ni responder a sus insultos.

Herodes se volvió entonces hacia los jefes de los sacerdotes y los saduceos, prestó oído a sus acusaciones, y escuchó todo lo que Pilatos había oído y más aún acerca de las supuestas maldades del Hijo del Hombre. Finalmente, convencido de que Jesús no hablaría ni realizaría un prodigio para él, Herodes, después de burlarse de él durante un rato, le colocó un viejo manto de púrpura real y lo envió de vuelta a Pilatos. Herodes sabía que no tenía ninguna jurisdicción sobre Jesús en Judea. Aunque le alegraba creer que por fin se iba a desembarazar de Jesús en Galilea, estaba agradecido de que fuera Pilatos quien tenía la responsabilidad de quitarle la vida. Herodes nunca se había recuperado por completo del miedo que padecía por haber ejecutado a Juan el Bautista. En algunos momentos, Herodes había temido incluso que Jesús fuera Juan resucitado de entre los muertos. Ahora se había librado de este temor, puesto que observó que Jesús era un tipo de persona muy diferente al directo y fogoso profeta que se había atrevido a sacar a la luz y denunciar su vida privada.

VII-La Pasión de Jesús

VI-La Pasión de Jesús: ¿Qué pensáis ahora que podemos hacer con este blasfemo y transgresor de la ley?» Y todos contestaron al unísono: «Merece la muerte; que sea crucificado.»

ANTE EL TRIBUNAL DE LOS SANEDRISTAS

Eran aproximadamente las tres y media de la madrugada de este viernes cuando el sumo sacerdote, Caifás, declaró constituido el tribunal sanedrista de investigación y pidió que Jesús fuera traído ante ellos para ser juzgado oficialmente. En tres ocasiones anteriores, el sanedrín, por una gran mayoría de votos, había decretado la muerte de Jesús, había decidido que merecía la muerte basándose en las acusaciones irregulares de transgredir la ley, blasfemar y burlarse de las tradiciones de los padres de Israel.

Esta reunión del sanedrín no se había convocado de manera regular y no se celebraba en el lugar habitual, la cámara de piedras labradas del templo. Se trataba de un tribunal especial compuesto por unos treinta sanedristas, y se había convocado en el palacio del sumo sacerdote. Juan Zebedeo estuvo presente con Jesús durante todo este pretendido juicio.

¡Cuánto se vanagloriaban estos jefes de los sacerdotes, escribas, saduceos y algunos fariseos, de que este Jesús que había comprometido su posición social y desafiado su autoridad, estuviera ahora seguro entre sus manos! Y estaban decididos a no dejarlo escapar vivo de sus garras vengativas.

Normalmente, cuando los judíos juzgaban a un hombre por un delito capital, procedían con una gran cautela y proporcionaban todas las garantías de la equidad en la selección de los testigos y en toda la conducta del juicio. Pero en esta ocasión, Caifás era más un fiscal que un juez imparcial.

Jesús apareció ante este tribunal vestido con su ropa habitual y con las manos atadas detrás de la espalda. Todo el tribunal se quedó sorprendido y algo confuso por su aspecto majestuoso. Nunca habían contemplado a un preso semejante ni habían presenciado aquella sangre fría en un hombre que podía perder la vida.

La ley judía exigía que al menos dos testigos estuvieran de acuerdo en un punto cualquiera antes de que se pudiera hacer una acusación contra un preso. Judas no podía servir de testigo contra Jesús, porque la ley judía prohibía expresamente el testimonio de un traidor. Más de veinte falsos testigos estaban disponibles para testificar contra Jesús, pero sus declaraciones eran tan contradictorias y tan evidentemente inventadas que los mismos sanedristas se sentían bastante avergonzados con el espectáculo. Jesús permanecía allí de pie, mirando con benignidad a aquellos perjuros, y su mismo semblante desconcertaba a los testigos mentirosos. Durante todos estos falsos testimonios, el Maestro no dijo ni una sola palabra; no respondió a ninguna de sus numerosas falsas acusaciones.

La primera vez que dos de los testigos se acercaron algo a una apariencia de acuerdo fue cuando dos hombres atestiguaron que habían escuchado decir a Jesús, en el transcurso de uno de sus discursos en el templo, que «destruiría este templo hecho por las manos del hombre y en tres días construiría otro templo sin emplear las manos del hombre.» Aquello no era exactamente lo que Jesús había dicho, aparte del hecho de que había señalado su propio cuerpo cuando hizo aquel comentario.

Aunque el sumo sacerdote le gritó a Jesús: «¿No contestas a ninguna de estas acusaciones?», Jesús no abrió la boca. Permaneció allí en silencio mientras todos aquellos falsos testigos prestaban sus declaraciones. El odio, el fanatismo y la exageración sin escrúpulos caracterizaban de tal manera las palabras de aquellos perjuros, que sus testimonios caían por su propio peso. La mejor refutación de aquellas falsas acusaciones era el silencio sosegado y majestuoso del Maestro.

Anás llegó poco después de que los falsos testigos empezaran a declarar, y tomó asiento al lado de Caifás. Anás se levantó entonces para argumentar que aquella amenaza de Jesús de destruir el templo era suficiente para justificar tres cargos contra él:

1. Que era un peligroso embaucador del pueblo. Que les enseñaba cosas imposibles y que los engañaba de otras maneras.
2. Que era un revolucionario fanático pues abogaba por el empleo de la violencia contra el templo sagrado, porque ¿cómo podría destruirlo de otra manera?
3. Que enseñaba la magia, puesto que prometía construir un nuevo templo, y sin ayudarse con las manos.

Todo el sanedrín ya estaba de acuerdo en que Jesús era culpable de unas transgresiones de las leyes judías que merecían la muerte, pero ahora les preocupaba más preparar unas acusaciones relacionadas con su conducta y sus enseñanzas, que justificaran la sentencia de muerte que Pilatos debería pronunciar contra su preso. Sabían que tenían que obtener el consentimiento del gobernador romano antes de poder ejecutar legalmente a Jesús. Anás se sentía inclinado a seguir el método de hacer aparecer a Jesús como un peligroso educador que no podía estar por la calle entre la gente.

Pero Caifás ya no podía soportar más la vista del Maestro, que permanecía allí de pie con una serenidad perfecta y en un absoluto silencio. Pensó que conocía al menos una manera de incitar al preso a hablar. En consecuencia, se precipitó hacia Jesús, agitó un dedo acusador delante del rostro del Maestro, y dijo: «En nombre del Dios vivo, te ordeno que nos digas si eres el Libertador, el Hijo de Dios.» Jesús contestó a Caifás: «Lo soy. Pronto iré hacia el Padre, y dentro de poco el Hijo del Hombre será revestido de poder y reinará de nuevo sobre las huestes del cielo.»

Cuando el sumo sacerdote escuchó a Jesús pronunciar estas palabras, se encolerizó enormemente, y rasgando sus vestiduras exteriores, exclamó: «¿Qué necesidad tenemos de más testigos? Mirad, ahora todos habéis escuchado la blasfemia de este hombre. ¿Qué pensáis ahora que podemos hacer con este blasfemo y transgresor de la ley?» Y todos contestaron al unísono: «Merece la muerte; que sea crucificado.»

Jesús no manifestó interés por ninguna de las preguntas que le hicieron cuando estaba delante de Anás o de los sanedristas, exceptuando la única pregunta relacionada con su misión donadora. Cuando se le preguntó si era el Hijo de Dios, contestó afirmativamente de manera instantánea e inequívoca.

Anás deseaba que continuara el juicio y que se formularan unas acusaciones bien definidas en cuanto a la relación de Jesús con la ley y las instituciones romanas, para presentarlas posteriormente a Pilatos. Los consejeros estaban impacientes por terminar rápidamente este asunto, no sólo porque era el día de la preparación de la Pascua y no se podía hacer ningún trabajo seglar después del mediodía, sino también porque temían que Pilatos regresara en cualquier momento a Cesarea, la capital romana de Judea, puesto que sólo estaba en Jerusalén para la celebración de la Pascua.

Pero Anás no logró conservar el control del tribunal. Después de que Jesús contestara tan inesperadamente a Caifás, el sumo sacerdote se adelantó y lo abofeteó. Anás se quedó verdaderamente impresionado cuando los otros miembros del tribunal escupieron a Jesús a la cara al salir de la sala, y muchos de ellos lo abofetearon burlonamente con la palma de la mano. Y así terminó, a las cuatro y media de la mañana, esta primera sesión del juicio de Jesús por parte de los sanedristas, en desorden y en medio de una confusión inaudita.

LA HORA DE LA HUMILLACIÓN

En la cuestión de pronunciar una sentencia de muerte, la ley judía exigía que el tribunal celebrara dos sesiones. Esta segunda sesión debía tener lugar al día siguiente de la primera, y los miembros del tribunal debían pasar las horas intermedias ayunando y lamentándose. Pero estos hombres no podían esperar al día siguiente para confirmar su decisión de que Jesús debía morir. Sólo esperaron una hora. Mientras tanto, dejaron a Jesús en la sala de audiencia al cuidado de los guardias del templo, que junto con los criados del sumo sacerdote, se divirtieron acumulando todo tipo de indignidades sobre el Hijo del Hombre. Se burlaron de él, le escupieron y lo abofetearon cruelmente. Le golpeaban en la cara con una vara y luego le decían: «Profetiza, Libertador, y dinos quién te ha golpeado.» Continuaron así durante una hora entera, ultrajando y maltratando a este hombre de Galilea que no ofrecía resistencia.

Durante esta hora trágica de sufrimientos y de juicios burlescos a manos de los guardias y criados ignorantes e insensibles, Juan Zebedeo estuvo esperando a solas, lleno de terror, en una habitación contigua. Cuando empezaron estos abusos, Jesús le indicó a Juan con un gesto de la cabeza que debía retirarse. El Maestro sabía muy bien que si permitía a su apóstol permanecer en la sala presenciando estas indignidades, se despertaría en Juan tal resentimiento que le hubiera conducido a una explosión de protesta indignada que probablemente le hubiera costado la vida.

Durante esta hora espantosa, Jesús no pronunció ni una palabra. Para este alma humana dulce y sensible, unida en una relación de personalidad con el Dios de todo este universo, no hubo un período más amargo en la copa de su humillación que esta hora terrible a merced de estos guardias y criados ignorantes y crueles, que se habían sentido estimulados a maltratarlo debido al ejemplo de los miembros de este pretendido tribunal sanedrista.

El corazón humano quizás no puede concebir el escalofrío de indignación que recorrió un enorme universo, mientras las inteligencias celestiales presenciaban este espectáculo de su amado Soberano sometiéndose a la voluntad de sus criaturas ignorantes y desviadas, en la esfera ensombrecida por el pecado de la desafortunada Urantia.

¿Qué es esa característica animal en el hombre que le conduce a querer insultar y atacar físicamente aquello que no puede alcanzar espiritualmente ni conseguir intelectualmente? Aún se esconde en el hombre medio civilizado una malvada brutalidad que intenta desahogarse en aquellos que son superiores en sabiduría y en logros espirituales. Observad la malvada tosquedad y la brutal ferocidad de estos hombres supuestamente civilizados, mientras obtenían cierta forma de placer animal atacando físicamente al Hijo del Hombre que no ofrecía resistencia. Mientras estos insultos, burlas y golpes caían sobre Jesús, él no se defendía, pero no estaba indefenso. Jesús no estaba derrotado, se limitaba a no luchar en el sentido material.

Éstos son los momentos de las mayores victorias del Maestro en toda su larga y extraordinaria carrera como autor, sostén y salvador de un enorme y extenso universo. Después de vivir hasta su plenitud una vida revelando Dios al hombre, Jesús está dedicado ahora a revelar el hombre a Dios de una manera nueva y sin precedentes. Jesús está revelando ahora a los mundos la victoria final sobre todos los temores del aislamiento de la personalidad que siente la criatura. El Hijo del Hombre ha conseguido finalmente realizar su identidad como Hijo de Dios. Jesús no duda en afirmar que él y el Padre son uno; y basándose en el hecho y la verdad de esta experiencia suprema y celeste, exhorta a todo creyente en el reino a que se vuelva uno con él, como él y su Padre son uno. La experiencia viviente en la religión de Jesús se convierte así en la técnica cierta y segura mediante la cual los mortales de la tierra, espiritualmente aislados y cósmicamente solitarios, consiguen escapar del aislamiento de la personalidad, con todos sus efectos de temores y de sentimientos de impotencia asociados. En las realidades fraternales del reino de los cielos, los hijos de Dios por la fe encuentran su liberación final del aislamiento del yo, tanto de manera personal como planetaria. El creyente que conoce a Dios experimenta cada vez más el éxtasis y la grandeza de la socialización espiritual a escala del universo —la ciudadanía en el cielo asociada a la realización eterna del destino divino consistente en alcanzar la perfección.

LA SEGUNDA REUNIÓN DEL TRIBUNAL

El tribunal se reunió de nuevo a las cinco y media de la mañana, y Jesús fue conducido a la habitación contigua donde estaba esperando Juan. Aquí, el soldado romano y los guardias del templo vigilaron a Jesús, mientras el tribunal empezaba a formular las acusaciones que se iban a presentar a Pilatos. Anás indicó claramente a sus asociados que la acusación de blasfemia no tendría ningún peso ante Pilatos. Judas estaba presente durante esta segunda reunión del tribunal, pero no prestó ninguna declaración.

Esta sesión de la corte sólo duró media hora, y cuando levantaron la sesión para presentarse ante Pilatos, habían redactado la acusación contra Jesús estimando que merecía la muerte por tres razones:

1. Que pervertía a la nación judía; que engañaba al pueblo y lo incitaba a la rebelión.2. Que enseñaba al pueblo a que se negara a pagar el tributo al césar.3. Que como pretendía ser rey y el fundador de un nuevo tipo de reino, incitaba a la traición contra el emperador.

Todo este procedimiento era irregular y totalmente contrario a las leyes judías. No había dos testigos que se hubieran puesto de acuerdo en ninguna cuestión, excepto los que habían testificado en relación con la declaración de Jesús de que destruiría el templo y lo levantaría de nuevo en tres días. E incluso en este punto, ningún testigo había hablado en nombre de la defensa, y tampoco se le pidió a Jesús que explicara lo que había querido decir.

El único punto sobre el que el tribunal podría haberlo juzgado coherentemente era el de la blasfemia, y hubiera estado basado enteramente en el propio testimonio del acusado. Incluso en lo que concierne a la blasfemia, no consiguieron votar oficialmente la pena de muerte.

Y ahora, para presentarse ante Pilatos, se atrevían a formular tres cargos sobre los cuales ningún testigo había sido interrogado, y sobre los que se habían puesto de acuerdo en ausencia del acusado. Cuando todo estuvo hecho, tres de los fariseos se marcharon; querían que Jesús fuera aniquilado, pero no querían formular cargos contra él sin testigos y en su ausencia.

Jesús no volvió a aparecer ante el tribunal de los sanedristas. Éstos no querían volver a contemplar su rostro mientras juzgaban su vida inocente. Jesús no se enteró (como hombre) de las acusaciones oficiales hasta que las escuchó de boca de Pilatos.

Mientras Jesús estaba en la habitación con Juan y los guardias, y el tribunal celebraba su segunda sesión, algunas mujeres del palacio del sumo sacerdote vinieron con sus amigas para contemplar al extraño preso, y una de ellas le preguntó: «¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios?» Y Jesús respondió: «Si te lo digo, no me creerás; y si te lo pregunto, no contestarás.»

A las seis de aquella mañana, Jesús fue sacado de la casa de Caifás para aparecer ante Pilatos, a fin de que éste confirmara la sentencia de muerte que el tribunal de los sanedristas había decretado de manera tan injusta e irregular.

VI-La Pasión de Jesús

V-La Pasión de Jesús: “Algunos quisieran matar al Hijo del Hombre porque son ignorantes; pero tú, amigo, sabes lo que estás haciendo. ¿Cómo puedes, por tanto, rechazar la luz de Dios?”

ANTE EL TRIBUNAL DEL SANEDRÍN

UNOS REPRESENTANTES de Anás habían ordenado en secreto al capitán de los soldados romanos que llevara a Jesús al palacio de Anás inmediatamente después de arrestarlo. El antiguo sumo sacerdote deseaba mantener su prestigio como principal autoridad eclesiástica de los judíos. También tenía otro objetivo al retener a Jesús en su casa durante varias horas, y era ganar tiempo para reunir legalmente al tribunal del sanedrín. No era legal convocar el tribunal del sanedrín antes de la hora de la ofrenda del sacrificio matutino en el templo, y este sacrificio se ofrecía hacia las tres de la mañana.

Anás sabía que un tribunal de sanedristas estaba esperando en el palacio de su yerno Caifás. Unos treinta miembros del sanedrín se habían reunido a medianoche en la casa del sumo sacerdote a fin de estar preparados para juzgar a Jesús cuando fuera traído ante ellos. Únicamente se habían reunido aquellos miembros que se oponían enérgica y abiertamente a Jesús y a sus enseñanzas, puesto que sólo se necesitaban veintitrés para constituir un tribunal procesal.

Jesús pasó unas tres horas en el palacio de Anás en el monte Olivete, no lejos del jardín de Getsemaní, donde lo habían arrestado. Juan Zebedeo estaba libre y a salvo en el palacio de Anás, no solamente debido a la palabra del capitán romano, sino también porque él y su hermano Santiago eran bien conocidos por los criados más viejos, pues habían sido invitados muchas veces al palacio, ya que el antiguo sumo sacerdote era un pariente lejano de su madre Salomé.

EL INTERROGATORIO DE ANÁS

Enriquecido por los ingresos del templo, con su yerno como sumo sacerdote en ejercicio, y debido a sus relaciones con las autoridades romanas, Anás era en verdad el individuo más poderoso de la sociedad judía. Era un planificador y un conspirador sofisticado y diplomático. Deseaba dirigir este asunto para deshacerse de Jesús; temía confiar enteramente una empresa tan importante como ésta a su brusco y agresivo yerno. Anás quería asegurarse de que el juicio del Maestro permanecería entre las manos de los saduceos; temía la posible simpatía de algunos fariseos, ya que prácticamente todos los miembros del sanedrín que habían abrazado la causa de Jesús eran fariseos.

Anás no había visto a Jesús desde hacía varios años, desde la época en que el Maestro se presentó en su casa y se marchó inmediatamente al observar la frialdad y la reserva con que lo recibió. Anás había pensado aprovecharse de esta antigua relación e intentar de este modo persuadir a Jesús para que abandonara sus pretensiones y se fuera de Palestina. Le repugnaba participar en el asesinato de un hombre bueno y había razonado que quizás Jesús escogería dejar el país en lugar de sufrir la muerte. Pero cuando Anás se encontró delante del fornido y resuelto galileo, supo enseguida que hacer tales proposiciones sería inútil. Jesús era aún más majestuoso y equilibrado de lo que Anás lo recordaba.

Cuando Jesús era joven, Anás se había interesado mucho por él, pero ahora sus ingresos estaban amenazados por lo que Jesús había hecho tan recientemente echando del templo a los cambistas y a otros mercaderes. Este acto había suscitado la enemistad del antiguo sumo sacerdote mucho más que las enseñanzas de Jesús.

Anás entró en su espaciosa sala de audiencias, se sentó en un gran sillón y ordenó que trajeran a Jesús ante él. Después de observar al Maestro en silencio durante unos momentos, dijo: «Comprenderás que habrá que hacer algo con respecto a tu enseñanza, puesto que estás perturbando la paz y el orden de nuestro país.» Mientras Anás miraba de manera indagadora a Jesús, el Maestro lo miró directamente a los ojos, pero no respondió. Anás dijo de nuevo: « ¿Cuáles son los nombres de tus discípulos, además de Simón Celotes, el agitador?» Jesús lo miró de nuevo, pero no contestó.

Anás estaba considerablemente molesto porque Jesús se negaba a contestar a sus preguntas, de tal manera que le dijo: «¿No te preocupa que yo sea benévolo o no contigo? ¿No tienes consideración por el poder que tengo para determinar las cuestiones de tu próximo juicio?» Cuando Jesús escuchó esto, dijo:

«Anás, sabes que no podrías tener ningún poder sobre mí si no fuera permitido por mi Padre. Algunos quisieran matar al Hijo del Hombre porque son ignorantes y no conocen nada mejor; pero tú, amigo, sabes lo que estás haciendo. ¿Cómo puedes, por tanto, rechazar la luz de Dios?»

Anás se quedó casi desconcertado por la manera amable en que Jesús le habló. Pero ya había decidido en su interior que Jesús debía irse de Palestina o morir; así pues, reunió su coraje y preguntó: «¿Qué es exactamente lo que intentas enseñar a la gente? ¿Qué pretendes ser?» Jesús contestó:

 «Sabes muy bien que he hablado abiertamente al mundo. He enseñado en las sinagogas y muchas veces en el templo, donde todos los judíos y muchos gentiles me han escuchado. No he dicho nada en secreto; entonces, ¿por qué me preguntas sobre mi enseñanza? ¿Por qué no llamas a los que me han escuchado y les preguntas a ellos? Mira, todo Jerusalén ha oído lo que he dicho, aunque tú mismo no hayas escuchado estas enseñanzas.»

Pero antes de que Anás pudiera responder, el administrador principal del palacio, que estaba cerca, abofeteó a Jesús, diciendo: «¿Cómo te atreves a contestarle así al sumo sacerdote?» Anás no reprendió a su administrador, pero Jesús se dirigió a él, diciendo: «Amigo mío, si he hablado mal, testifica contra el mal; pero si he dicho la verdad, entonces ¿por qué me golpeas?»

Anás lamentaba que su administrador hubiera abofeteado a Jesús, pero era demasiado orgulloso como para tener en cuenta el asunto. En su confusión, se fue a otra habitación y dejó solo a Jesús casi una hora con los criados de la casa y los guardias del templo.

Cuando regresó, se puso al lado del Maestro y dijo: «¿Pretendes ser el Mesías, el libertador de Israel?» Jesús dijo: «Anás, me conoces desde la época de mi juventud. Sabes que no pretendo ser nada más que lo que mi Padre ha decretado, y que he sido enviado a todos los hombres, tanto gentiles como judíos.» Entonces Anás dijo: «Me han dicho que has pretendido ser el Mesías; ¿es verdad?» Jesús miró a Anás pero se limitó a contestar: «Tú lo has dicho.»

Aproximadamente en ese momento, unos mensajeros del palacio de Caifás llegaron para preguntar a qué hora sería llevado Jesús ante el tribunal del sanedrín, y puesto que faltaba poco para el amanecer, Anás pensó que sería mejor enviar a Jesús, atado y custodiado por los guardias del templo, a Caifás. Él mismo los siguió un poco después.

PEDRO EN EL PATIO

Cuando el grupo de guardias y soldados se acercaba a la entrada del palacio de Anás, Juan Zebedeo caminaba al lado del capitán de los soldados romanos. Judas se había quedado rezagado a cierta distancia, y Simón Pedro los seguía a lo lejos. Después de que Juan hubiera entrado en el patio del palacio con Jesús y los guardias, Judas se acercó a la cancela pero, al ver a Jesús y a Juan, continuó hacia la casa de Caifás, donde sabía que el verdadero juicio del Maestro se llevaría a cabo más tarde. Poco después de que Judas se hubiera marchado, llegó Simón Pedro, y mientras permanecía delante de la cancela, Juan lo vio en el momento en que estaban a punto de meter a Jesús en el palacio. La portera que estaba encargada de la cancela conocía a Juan, y cuando éste le pidió que dejara entrar a Pedro, ella asintió con placer.

Al entrar en el patio, Pedro se dirigió hacia el fuego de carbón e intentó calentarse porque la noche era fría. Se sentía aquí totalmente fuera de lugar entre los enemigos de Jesús, y en verdad no estaba en su sitio. El Maestro no le había ordenado que se mantuviera cerca tal como se lo había recomendado a Juan. Pedro pertenecía al grupo de apóstoles que habían sido expresamente advertidos que no arriesgaran su vida durante estas horas del juicio y de la crucifixión de su Maestro.

Pedro había tirado su espada poco antes de llegar a la cancela del palacio, de manera que entró desarmado en el patio de Anás. Su mente era un torbellino de confusión; apenas podía darse cuenta de que Jesús había sido arrestado. No conseguía captar la realidad de la situación —que se encontraba allí en el patio de Anás, calentándose al lado de los criados del sumo sacerdote. Se preguntaba qué estarían haciendo los demás apóstoles y, al darle vueltas en la cabeza a la forma en que Juan había sido admitido en el palacio, llegó a la conclusión de que los criados lo conocían, puesto que Juan le había pedido a la portera que lo dejara entrar.

Poco después de que la portera dejara entrar a Pedro, y mientras éste se calentaba junto al fuego, ella se le acercó y le dijo maliciosamente: «¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?» Pedro no debería haberse sorprendido de ser reconocido de esta manera, ya que había sido Juan quien le había pedido a la muchacha que le dejara traspasar las cancelas del palacio; pero estaba en tal estado de tensión nerviosa que el ser identificado como discípulo lo desequilibró, y con un solo pensamiento prioritario en su mente —la idea de escapar con vida— respondió de inmediato a la pregunta de la sirvienta, diciendo: «No lo soy.»

Muy pronto, otro criado se acercó a Pedro y le preguntó: «¿No te he visto en el jardín cuando arrestaron a ese tipo? ¿No eres tú también uno de sus seguidores?» Pedro estaba ahora totalmente alarmado; no veía la manera de escapar sano y salvo de estos acusadores; negó pues con vehemencia toda conexión con Jesús, diciendo: «No conozco a ese hombre, ni soy uno de sus seguidores.»

Casi en ese momento, la portera de la cancela llevó a Pedro a un lado y le dijo: «Estoy segura de que eres un discípulo de ese Jesús, no solamente porque uno de sus seguidores me ha pedido que te dejara entrar en el patio, sino que mi hermana que está aquí te ha visto en el templo con ese hombre. ¿Por qué lo niegas?» Cuando Pedro escuchó la acusación de la sirvienta, negó totalmente que conociera a Jesús con muchas maldiciones y juramentos, diciendo de nuevo: «No soy un seguidor de ese hombre; ni siquiera lo conozco; nunca he oído hablar de él anteriormente.»

Pedro se alejó del fuego durante un momento mientras caminaba por el patio. Le hubiera gustado escaparse, pero temía atraer la atención. Como tenía frío, regresó junto al fuego, y uno de los hombres que estaban cerca de él dijo: «Tú eres sin duda uno de los discípulos de ese hombre. Ese Jesús es galileo, y tu manera de hablar te traiciona, pues hablas también como un galileo.» Y Pedro negó de nuevo toda conexión con su Maestro.

Pedro estaba tan inquieto que intentó evitar el contacto con sus acusadores alejándose del fuego y permaneciendo solo en el porche. Después de más de una hora de aislamiento, la portera y su hermana lo encontraron por casualidad, y las dos le tomaron el pelo de nuevo acusándolo de ser un seguidor de Jesús. Y otra vez negó la acusación. Justo cuando había negado una vez más toda conexión con Jesús, el gallo cantó, y Pedro recordó las palabras de advertencia que su Maestro le había dicho anteriormente aquella misma noche. Mientras permanecía allí, acongojado y abatido por el sentimiento de culpa, las puertas del palacio se abrieron y salieron los guardias conduciendo a Jesús hacia la casa de Caifás. Al pasar cerca de Pedro, el Maestro vio, a la luz de las antorchas, la cara de desesperación de su apóstol, anteriormente tan seguro de sí mismo y superficialmente valiente; volvió la cabeza y miró a Pedro. Pedro nunca olvidó aquella mirada durante toda su vida. Fue una mirada de compasión y de amor a la vez como ningún hombre mortal había visto nunca en el rostro del Maestro.

Después de que Jesús y los guardias hubieron franqueado las cancelas del palacio, Pedro los siguió, pero sólo durante una corta distancia. No pudo ir más allá. Se sentó a un lado del camino y lloró amargamente. Después de derramar estas lágrimas de desesperación, volvió sobre sus pasos hacia el campamento con la esperanza de encontrar a su hermano, Andrés. Al llegar al campamento, sólo encontró a David Zebedeo, el cual envió a un mensajero para indicarle el camino hasta el lugar donde se había escondido su hermano en Jerusalén.

Toda la experiencia de Pedro tuvo lugar en el patio del palacio de Anás en el monte Olivete. No siguió a Jesús hasta el palacio del sumo sacerdote Caifás. El hecho de que Pedro cayera en la cuenta, con el canto de un gallo, de que había negado repetidas veces a su Maestro, indica que todo esto sucedió fuera de Jerusalén, puesto que la ley prohibía tener aves de corral dentro de los límites de la ciudad.

Hasta que el canto del gallo no devolvió a Pedro su sentido común, sólo había pensado, mientras iba y venía por el porche para entrar en calor, en la habilidad con que había eludido las acusaciones de los criados, y en cómo había frustrado sus intenciones de identificarlo con Jesús. De momento, sólo había considerado que aquellos criados no tenían el derecho moral ni legal de interrogarlo así, y se felicitaba realmente por la manera en que creía que había evitado ser identificado y quizás arrestado y encarcelado. A Pedro no se le ocurrió que había negado a su Maestro hasta que el gallo cantó. Únicamente cuando Jesús lo miró se dio cuenta de que no había estado a la altura de sus privilegios como embajador del reino.

Después de dar el primer paso en el camino del compromiso y de la menor resistencia, a Pedro no parecía quedarle más salida que continuar con el tipo de conducta que había decidido. Se necesita un carácter grande y noble para cambiar de opinión y retomar el camino recto después de haber empezado mal. Demasiado a menudo, nuestra propia mente tiende a justificar nuestra permanencia en el camino erróneo después de haber entrado en él.

Pedro nunca creyó por completo que podría ser perdonado hasta el momento en que se encontró con su Maestro después de la resurrección, y vió que era acogido como antes de las experiencias de esta trágica noche de negaciones.

ANTE EL TRIBUNAL DEL SANEDRÍN

V- La Pasión de Jesús