La Luz de la Compasión

Uno puede observar el efecto de diversas formas de presión sobre el cerebro. Un cerebro deteriorado se halla preso en la ilusión y, aunque medite por un millar de años, no encontrará la verdad.

Estamos interesados en la transformación psicológica, interna, de los seres humanos. A menos que nuestra conciencia experimente una radical transformación psicológica, no hay esperanza para el hombre. Ésta es una cuestión seria: hacer juntos un viaje en todo este problema de nuestra existencia diaria y ver si es posible transformar, producir una revolución psicológica radical en la estructura misma de nuestro pensar, de nuestro actuar, de nuestra conducta y de nuestra perspectiva de la vida. Nos interesan nuestras propias vidas, comprender nuestras vidas, nuestras desdichadas, conflictivas e infelices vidas cotidianas, y ver si no es posible generar una profunda y duradera transformación en nosotros mismos.

Juntos, quien les habla y ustedes, vamos a explorar el problema del cerebro, de nuestro cerebro humano que ha sido tan estropeado, deformado, distorsionado por la constante presión de la propaganda, de la cultura, por nuestras ambiciones, nuestros pesares y temores, nuestras ansiedades y también por nuestros placeres. Ha habido una constante presión sobre el cerebro. Eso es un hecho. Y cuando hay presión sobre el cerebro, tiene que haber distorsión, a menos que el cerebro tenga la capacidad de renovarse a sí mismo, de recobrarse después de que la presión ha desaparecido; y esto pueden hacerlo muy pocas personas.

Están el arte de escuchar, el arte de la observación, del ver y el arte del aprender. Tal vez mediante estas artes de escuchar, observar y aprender, no tengamos que sentir en absoluto la presión sobre el cerebro, de modo que éste permanezca prístino, flexible, joven, fresco e inocente. Es sólo una mente inocente la que puede ver la verdad. Las presiones sobre el cerebro ocurren cuando hay ambición, violencia o resistencia, ira, propaganda, tradición; todas éstas son presiones tremendas sobre el cerebro. Por lo tanto, un cerebro que vive bajo estas presiones debe inevitablemente distorsionarse, deformarse, estropearse. Mediante la comprensión de “lo que es” en el arte de escuchar, en el arte de ver, de aprender, captando la plena significación de estas tres artes, las presiones pueden ser comprendidas y el cerebro puede permanecer inalterado.

Uno puede observar el efecto de diversas formas de presión sobre el cerebro. Un cerebro deteriorado se halla preso en la ilusión y, aunque medite por un millar de años, no encontrará la verdad. Es muy importante comprender si a un cerebro que ha sido tan lastimado puede devolvérsele su original cualidad de frescura, de claridad, su capacidad de decisión instantánea no basada en la lógica, en la razón. La razón, la lógica, tienen cierto valor pero son limitadas. Lo que ahora estamos haciendo juntos, si ustedes advierten esta presión, es volvernos plenamente conscientes de ella, pero tenemos que saber por nosotros mismos si nuestro pensar consciente es el resultado de diversas presiones y si, por lo tanto, ese pensar es la consecuencia de un cerebro distorsionado. Entonces surge el problema de si es posible hacerle recuperar al cerebro su indemne condición original y, en consecuencia, su capacidad de funcionar libremente. Decimos que es posible sólo cuando uno comprende o aprende el arte de escuchar, de cómo escuchar cuando hay resistencia a lo que se dice; esa resistencia es el resultado de nuestra presión. Es muy sencillo aprender el arte de escuchar.

Existe un gran milagro en el escuchar cuando no interpretamos lo que estamos oyendo, cuando no lo convertimos en una idea y luego perseguimos esa idea, porque en tal caso estamos completamente fuera de foco. Pero si escuchamos con todo el corazón, con solicitud, con atención, entonces ese mismo escuchar es como un florecer. En ese escuchar hay belleza. La hay, de igual modo, en el observar el mundo tal como es, el mundo exterior con toda su miseria, su pobreza, su degradación, su vulgaridad, su brutalidad y las cosas aterradoras que tienen lugar en el campo científico, en el campo tecnológico, en el mundo de las organizaciones religiosas, de la deshonestidad, de la ambición, del dinero y el poder ‑observar todo esto sin introducir nuestra condena o aceptación personal, o nuestro rechazo, sólo observar sin verbalizarlo, sin desear ver belleza, sólo observar-. Y después, observar igualmente lo que ocurre dentro de nosotros, nuestros pensamientos, nuestras ambiciones, nuestra codicia, nuestra violencia, nuestra vulgaridad, nuestra sexualidad… Sólo observar, y entonces veremos, si observamos de ese modo, que nuestra codicia y todo lo demás florecen y mueren, que hay un final para ello.

También existe un arte de aprender. Para casi todos nosotros, el aprender implica generalmente acumular conocimientos que se almacenan en el cerebro como en una computadora y actuar conforme a esos conocimientos. Aquí estamos proponiendo algo por completo diferente, que es el aprender sin acumulación. El aprender significa tener un discernimiento (insight) directo en el hecho. El discernimiento implica captar la plena significación, por ejemplo, de nuestra codicia, captar toda la naturaleza y estructura de la codicia mediante una percepción directa de la misma, mediante una comprensión total de esa reacción llamada codicia. Cuando hay completo discernimiento, hay necesidad de aprender. Uno está más allá del aprender. Es muy importante comprender estos tres actos: observar, escuchar y aprender, porque si hemos captado la plena significación de los tres, entonces podremos comprender y eliminar sobre la marcha, la presión que soporta el cerebro. Y esa presión existe cuando el cerebro carece de espacio.

Todas las cosas existen en el espacio: los árboles, las nubes, las estrellas, los pájaros y los seres humanos. Éstos deben tener algún espacio para vivir. El mundo se está poblando en exceso y el espacio se está volviendo más bien limitado. Ése es un hecho obvio, y puede ser que la presión de los seres humanos que carecen de espacio suficiente viviendo en una población, en una ciudad, sea uno de los factores de violencia. Y, en lo interno, apenas si tenemos espacio en absoluto. Vale decir, que nuestros cerebros están tan ocupados, nuestras mentes se ocupan tanto de nosotros mismos, de nuestro progreso, de nuestro status, de nuestro poder, de nuestro dinero, de nuestro sexo, de nuestra ansiedad, que esa ocupación misma impide que haya espacio. Todo nuestro mundo interno se halla en un estado de ocupación constante con una cosa u otra. No hay espacio y, porque falta espacio, la presión que ejercen nuestras ocupaciones se vuelve cada vez mayor y, por lo tanto, el cerebro se deteriora cada vez más. Es sólo cuando disponemos de tiempo libre que podemos aprender. Pero cuando el cerebro o la mente están tan ocupados, no tenemos tiempo libre y así jamás aprendemos nada nuevo. Ningún aire fresco puede entrar y, por consiguiente, el deterioro que la presión ocasiona en el cerebro es cada vez mayor. Ese es uno de los problemas de la meditación: descubrir si la conciencia puede liberarse de todas las presiones, lo cual implica una mente libre.

Estamos investigando qué es la meditación, no cómo meditar. Esa es una de las cosas más tontas en que uno pueda pensar: que le digan cómo meditar. Eso significaría que uno quiere un sistema de meditación. Para quien les habla no hay sistema de meditación. En la meditación, la acción de la voluntad tiene que cesar por completo. La voluntad es la esencia del deseo, una forma intensificada del deseo. En toda nuestra vida actuamos por medio de la voluntad: “Yo haré esto”, “yo no debo hacer aquello”, “llegaré a ser algo grande”. La esencia misma de la voluntad la constituyen la ambición, la violencia. ¿Es posible actuar en la vida cotidiana sin ejercer la voluntad, o sea, sin ejercer control alguno?

¿Podemos actuar en la vida, en la vida de todos los días, sin ejercer la voluntad, sin controlar? El controlador es la esencia del deseo, que varía de tiempo en tiempo. Por lo tanto, siempre hay conflicto entre el que controla y lo controlado. Cuando aceptamos la meditación tradicional, tratamos de concentrarnos, de controlar nuestros pensamientos. En la meditación, si uno la sigue hasta su máxima profundidad y altura, la mente tiene que estar por completo libre de todas las acciones de la voluntad. La acción de la voluntad existe cuando uno elige. Cuando elegimos, hay confusión. Sólo cuando nos hallamos confundidos comenzamos a elegir, a optar. Es únicamente cuando hay claridad interna que no optamos. De modo que la opción, la voluntad y el control marchan juntos e impiden la total libertad de la mente. Ese es un punto.

El otro punto es que ustedes piensan que su conciencia particular es diferente de la mía o de la de alguna otra persona. ¿Es así? La conciencia de cada uno de nosotros contiene toda la cultura que ha sido vertida en nuestra mente, la tradición, los libros que hemos leído, la lucha, el conflicto, la desdicha, la confusión, las vanidades, las crueldades, la arrogancia, la angustia, el dolor, el placer… todo eso es nuestra conciencia de hindú, musulmán, budista o lo que fuere. El contenido de eso constituye nuestra conciencia. ¿Es posible, entonces, librarse de ese contenido? Es muy importante que esto se comprenda, no cómo vaciar la conciencia de su contenido sino, en primer lugar, darnos cuenta de ese contenido. El darnos cuenta implica observar el mundo y verlo tal como es, conocer el mundo, los árboles, la naturaleza, la belleza y la fealdad, estar atentos a nuestro prójimo, ver lo que él o ella visten, y también estar atentos a lo que somos internamente. Y si estamos así de atentos, veremos que en esa atención hay una gran cantidad de reacciones, agrado y desagrado, castigo y recompensa, etcétera. ¿Podemos estar atentos sin preferencia alguna, con una atención sin opciones? Sólo estar atentos, sin elegir, sin ningún tipo de prejuicio, darnos cuenta totalmente de nuestra conciencia. Vale decir, ¿puede la conciencia darse cuenta de sí misma? Lo cual también implica: ¿Puede el pensamiento, puede nuestro pensar darse cuenta de sí mismo?

El cerebro es como una computadora. Está siempre registrando, registrando nuestras experiencias, nuestras esperanzas, nuestros deseos, nuestras ambiciones; registra cada impresión, y de esa impresión, de ese registro surge el pensamiento. Ahora, la pregunta es: ¿Podemos darnos cuenta del pensamiento cuando surge, tal como nos damos cuenta de la ira cuando aparece en nosotros? Eso es posible, ¿verdad? Así como podemos advertir el surgimiento de la ira, ¿podemos igualmente percibir el pensamiento cuando éste comienza? Lo cual implica percibir la cosa mientras florece y se desarrolla. ¿Hay, del mismo modo, una percepción de nuestra conciencia, de la totalidad de ella? Esto forma parte de la meditación, es la esencia de la meditación: darse cuenta, sin preferencia alguna, del mundo exterior y del inmenso conflicto que impera dentro de nosotros. Cuando lleguemos a este punto, veremos que el mundo no está separado de uno mismo, el mundo es uno mismo. Al percibirse la conciencia a sí misma, las partes que componen la conciencia desaparecen. Entonces, la conciencia se convierte en algo por completo diferente. Entonces es la conciencia de la totalidad, no de la parte.

Casi todos nosotros estamos acostumbrados a los sistemas, a diversas formas de yoga, a diversas formas de gobierno, de normas burocráticas, todas las cuales se basan en los sistemas. El gurú que tienen les dará un sistema de meditación; o bien tomarán ustedes un libro y de ese libro aprenderán un sistema. El sistema implica la comprensión del todo a través de la parte. Estudiando la parte, esperan ustedes comprender la totalidad de la existencia. Nuestro cerebro, nuestra mente está adiestrada para seguir sistemas, sistemas de yoga o nuestros propios sistemas. Cuando uno sigue un sistema está metido en un surco, y ésa es la forma más cómoda de vivir. Un sistema es como una vía férrea, y los seguidores de un sistema no se dan cuenta de que son como el tren que marcha restringido a los rieles.

De manera que la concentración es una resistencia a todas las otras formas de pensamiento. Ustedes cultivan la resistencia, mientras que lo que nosotros decimos es que la concentración sólo es necesaria en determinado nivel. Aun ala, si podemos aprender a prestar atención, la concentración se vuelve muy fácil. Vamos a averiguar qué significa estar atento, entregar el corazón, la mente, entregar por completo todos nuestros sentidos a algo. Cuando uno atiende así, cuando todos sus sentidos están completamente despiertos y observando, entonces en ese proceso, en esa calidad de atención, no existe un centro. Cuando no existe el centro, no hay limitación para el espacio. La mayoría de nosotros tiene un centro, que es la forma del “yo”, el ego, la personalidad, el carácter, la tendencia, la idiosincrasia, las peculiaridades, etcétera. En cada uno de nosotros hay un centro que es la esencia del yo, que es egoísmo. Dondequiera que haya un centro, el espacio tiene que ser siempre limitado. Por eso decimos que una mente ocupada está formando centro todo el tiempo y, por lo tanto, su ocupación está limitando el espacio. Cuando hay atención total, cuando uno observa, escucha y aprende con todos sus sentidos despiertos, no hay un centro.

Hagan esto en su vida cotidiana, en la relación que establecen con la esposa, con el vecino, con la naturaleza. Relación significa estar en contacto. Uno sólo puede estar relacionado de ese modo con alguien si no tiene una imagen de sí mismo o del otro; entonces hay una relación directa.

De esto surge la compasión, o sea, la pasión por todo. Eso solamente puede ocurrir cuando existe este perfume, esta calidad de amor que no es deseo, que no es placer, que no es la acción del pensamiento. El amor no es algo producido por el pensamiento, por el ambiente, por la sensación. El amor no es emocionalismo ni sentimentalismo. Amor significa amor por las rocas, por los árboles, significa amar a un perro perdido, amar los cielos, la belleza, la puesta de sol, amar al prójimo… amar sin toda la sensación de la sexualidad con que ahora identificamos al amor. El amor no puede existir cuando somos ambiciosos, cuando buscamos poder, posición, dinero. ¿Cómo puede un hombre amar a su esposa cuando toda su mente está concentrada en llegar a ser alguien, en tener poder en el mundo? Él podrá dormir con ella, tener hijos, pero eso no es amor. Es lujuria, con todas sus desdichas. Y sin amor no podemos tener compasión. Cuando hay compasión, hay claridad, que es la luz que emerge de la compasión. Todos los actos son entonces claros, y de esa claridad viene la destreza, destreza en la comunicación, en la acción, destreza en el arte de escuchar, de aprender, de observar.

La meditación es el despertar de esa inteligencia que nace de la compasión, de la claridad y de la destreza que la inteligencia utiliza. Esa inteligencia no es personal, no puede ser cultivada; surge sólo de la compasión y la claridad. Todo esto y mucho más es la meditación, y lo “más” adviene cuando la mente es libre y, por lo tanto, se halla completamente quieta. No puede estar quieta si no hay espacio. De igual manera, el silencio puede llegar, no mediante la práctica o el control, no como el silencio entre dos ruidos o como la paz entre dos guerras; el silencio llega sólo cuando la mente y el cuerpo están en completa armonía y sin fricción alguna. Entonces, en ese silencio hay un movimiento total que es la terminación del tiempo. Eso significa que el tiempo ha llegado a su fin. Hay mucho más en la meditación, y consiste en descubrir aquello que es lo más sagrado. No lo sagrado de los ídolos que hay en los templos, iglesias o mezquitas; esas cosas están hechas por el hombre, las fabrican la mano, la mente, el pensamiento. Existe lo sagrado que no ha sido tocado por el pensamiento.

Ello puede llegar con naturalidad, fácil y gozosamente sólo cuando hemos creado un orden completo en nuestra vida cotidiana. Cuando hay un orden semejante en nuestra vida de todos los días ‑orden significa ausencia de conflicto-, entonces desde ese orden surge esta calidad de amor, compasión y claridad. Y la meditación es todo esto, no un escaparle a la vida, a nuestro vivir. Y bienaventurados son aquellos que conocen la calidad de esta meditación.

Krishnamurti

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CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /IX

   Entre 1948 y principios de los años 60, Krishnaji era fácilmente accesible y mucha gente venía a verle. Las relaciones florecían en los paseos, en las entrevistas personales, a través de cartas. Las cartas que siguen las escribió a una joven amiga que llegó a él herida en cuerpo y mente. Escritas entre junio de 1948 y marzo de 1960, revelan una rara compasión y claridad; se despliegan en ella la enseñanza y el poder curativo; desaparecen la separación y la distancia; las palabras fluyen; ni una sola palabra es superflua; la curación y la enseñanza son simultáneas:

Es una temprana madrugada sin nubes; el cielo es muy puro, suave y azul. Todas las nubes parecen haber desaparecido, pero pueden presentarse otra vez durante el día. Después de este frío, del viento y la lluvia, de nuevo estallará la primavera. Esta ha estado prosiguiendo suavemente a pesar de los fuertes vientos, pero ahora cada hoja, cada retoño, se regocijarán. ¡Qué cosa tan bella es la tierra! ¡Qué hermoso es todo lo que brota de ella las rocas, los torrentes, los árboles, la hierba, las flores, las infinitas cosas que produce­! Sólo el hombre genera aflicción, sólo él destruye su propia especie; sólo él explota a su prójimo, tiraniza y mata. Es el más desdichado y sufriente, el más inventivo, y el conquistador del tiempo y del espacio. Pero con todas sus capacidades, a pesar de sus hermosos templos e iglesias, de sus mezquitas y catedrales, vive sumido en su propia oscuridad. Sus dioses son sus propios miedos, y sus amores sus propios odios. ¡Qué mundo maravilloso podríamos hacer de éste, sin nuestras guerras, sin nuestros miedos! Pero de qué sirve la especulación, no sirve de nada.

Lo real es el descontento del hombre, el inevitable descontento. Es una cosa preciosa, una joya de gran valor. Pero uno le tiene miedo, lo disipa, lo utiliza o permite que se lo utilice para producir ciertos resultados. El hombre le teme al descontento, pero éste es una joya preciosa que él no valora. Viva con el descontento, obsérvelo día tras día sin interferir con sus movimientos; entonces es como una llama que quema todas las impurezas, dejando aquello que no tiene morada ni medida. Lea muy atentamente todo esto.

El hombre rico tiene más que suficiente, y el pobre pasa hambre y durante toda su vida no hace otra cosa que buscar comida, esforzarse y trabajar. Uno que nada posee, hace de su vida o permite que la vida haga de sí misma algo precioso, creativo; y otro, que posee todas las cosas de este mundo, disipa la vida y la marchita. Démosle a un hombre un pedazo de tierra y la hará bella y productiva; otro la descuidará y dejará que muera, tal como él mismo está muriendo. Tenemos capacidades infinitas en todos los sentidos para descubrir lo innominado o para producir el infierno en la tierra. Pero por alguna razón, el hombre prefiere engendrar odio y antagonismo. ¡Es tanto más fácil odiar, ser envidioso! y como la sociedad se basa en la exigencia del ‘más’, los seres humanos se deslizan en todas las formas de adquisitividad y así hay una perpetua lucha, que justificamos y consideramos noble.

La riqueza ilimitada está en una vida sin lucha, sin el ejercicio de la voluntad egocéntrica, sin opciones. Pero esa vida es difícil e imposible cuando toda nuestra cultura es el resultado de la lucha y del ejercicio de la voluntad personal. Sin la acción de esta voluntad, para casi todos los que viven hay muerte. Sin alguna clase de ambición, la vida no tiene sentido casi para nadie.

Existe una vida sin el ejercicio de la voluntad egocéntrica, sin las opciones. Esta vida surge cuando la vida de la voluntad egocéntrica llega a su fin. Espero que no le moleste leer todo esto; si no le molesta, entonces léalo y escúchelo con agrado.

El sol está tratando de irrumpir entre las nubes, y probablemente logrará hacerlo durante el día. Un día es primavera y al día siguiente es casi invierno. El tiempo representa los cambiantes estados de ánimo del hombre, hacia arriba y hacia abajo, oscuridad y luz temporaria. ¿Sabe?, es extraño cómo deseamos libertad y lo hacemos todo para esclavizarnos. Perdemos toda nuestra iniciativa. Acudimos a otros para que nos guíen, nos ayuden a ser generosos, pacíficos; acudimos a los gurús, a los maestros, a los salvadores, a los meditadores. Alguno escribe la gran música, otro la toca, la interpreta a su propio modo, y nosotros la escuchamos, gozándola o criticándola. Somos el público que observa a los actores, a los jugadores de fútbol, o que mira la pantalla del cine. Otros escriben los poemas y nosotros los leemos; otros pintan y nosotros nos embobamos con sus pinturas. No tenemos nada, y entonces nos volvemos hacia otros para que nos entretengan, nos inspiren, nos guíen o nos salven. Más y más la civilización moderna nos está destruyendo, nos vacía de toda creatividad. Nosotros mismos estamos internamente vacíos y acudimos a otros para que nos enriquezcan; y de este modo, nuestro semejante saca ventaja de esto para explotarnos, o nosotros nos aprovechamos de él.

Cuando uno se da cuenta de las múltiples implicaciones que envuelve el acudir a otros, esa libertad misma es el principio de la creatividad. Esa libertad es la verdadera revolución, y no la falsa revolución de los arreglos sociales o económicos, la cual es otra forma de esclavitud.

Nuestras mentes fabrican pequeños castillos de seguridad. Queremos estar seguros de todo, seguros de nuestras relaciones, de nuestras realizaciones, de nuestra esperanza y de nuestro futuro. Nos construimos estas prisiones internas, y ¡pobre del que nos perturbe! Es extraño cómo la mente está buscando siempre una zona en la que no haya ningún conflicto ni perturbación alguna. Nuestro vivir es la constante destrucción y reconstrucción, en diferentes formas, de estas zonas de seguridad. De este modo nuestra mente se embota y se desgasta. La libertad consiste en no tener seguridad de ninguna clase.

Es realmente asombroso poseer una mente silenciosa y muy serena, en la que no haya ni una onda de pensamiento. Desde luego, la quietud de una mente muerta no es una mente en calma. La mente suele aquietarse por la acción de la voluntad. Pero, ¿puede alguna vez permanecer profundamente silenciosa en la totalidad de su estructura? Es realmente maravilloso lo que ocurre cuando la mente se encuentra de este modo silenciosa. En ese estado cesa toda conciencia como conocimiento y reconocimiento. La búsqueda instintiva de la mente, la memoria, ha llegado a su fin. Y es muy interesante observar cómo la mente hace todo lo posible para capturar ese estado inexpresable por medio del pensar, de la verbalización, del perfeccionamiento de los símbolos. Pero para que este proceso termine de manera natural y espontánea, es preciso morir para todas las cosas. Uno no desea morir, y así siempre se está desarrollando una lucha, y a esta lucha la llamamos vida. Es curioso cómo casi todos quieren impresionar a otros, con sus logros, con sus capacidades, con sus libros por cualquier medio buscan afirmarse a sí mismos­.

CARTAS A UNA JOVEN AMIGA /IX

KRISHNAMURTI