EL COMIENZO DE LA LIBERTAD

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Desde un punto de vista superior, no es posible estar en disonancia con la evolución del universo, y hasta la inconsciencia humana y el sufrimiento que de ella emana son parte de esa evolución. Cuando ya no podemos soportar el ciclo permanente de sufrimiento, comenzamos a despertar. Así, también el cuerpo del dolor ocupa un lugar necesario en el esquema general de las cosas.

El comienzo de la libertad implica que para liberarnos del cuerpo del dolor debemos, ante todo, reconocer que lo tenemos. Después, y más importante todavía, es preciso mantenernos lo suficientemente presentes y alertas para notar el cuerpo del dolor cuando se activa en nosotros, como un flujo pesado de emoción negativa. Cuando lo reconocemos, ya no puede fingir que es nosotros, ya no puede hacerse pasar por nosotros, ni vivir ni renovarse a través de nosotros.

La identificación con el cuerpo del dolor se rompe con la Presencia consciente. Cuando dejamos de identificarnos con él, el cuerpo del dolor pierde todo control sobre nuestra forma de pensar y, por tanto, no puede alimentarse de nuestros pensamientos para renovarse. En la mayoría de los casos, el cuerpo del dolor no se disuelve inmediatamente. Sin embargo, una vez roto su vínculo con nuestros pensamientos, comienza a perder energía. La emoción ya no nubla nuestro pensamiento; el pasado ya no distorsiona nuestras percepciones del presente. Entonces, la frecuencia en la cual vibra la energía atrapada anteriormente cambia y se transmuta en Presencia. Es así como el cuerpo del dolor se convierte en combustible para la conciencia, y esta es la razón por la cual los hombres más sabios e iluminados de nuestro planeta tuvieron también alguna vez un cuerpo del dolor denso y pesado.

Independientemente de lo que digamos o hagamos, o del rostro que le presentemos al mundo, no podemos ocultar nuestro estado mental y emocional. De todos los seres humanos emana un campo de energía correspondiente a su estado interior, y la mayoría de las personas lo pueden percibir, aunque su emanación se perciba únicamente a nivel subliminal. Esto quiere decir que los demás no saben por qué la perciben y, no obstante, esa energía determina en gran medida la forma como reaccionan frente a la persona. Algunas personas, cuando conocen a otra, perciben claramente su energía, incluso antes de cruzar palabra con ella. Sin embargo, con el tiempo las palabras pasan a dominar la relación, y con las palabras vienen los personajes y el drama. La atención pasa entonces al ámbito de la mente y se disminuye considerablemente la capacidad para percibir el campo de energía de la otra persona. Aun así, se continúa percibiendo a nivel del inconsciente.

Cuando reconocemos que los cuerpos del dolor buscan inconscientemente más dolor, es decir que desean que suceda algo malo, comprendemos que muchos accidentes de tránsito son causados por los conductores cuyos cuerpos del dolor están activos en ese momento. Cuando dos conductores cuyos cuerpos del dolor están activos al mismo tiempo llegan a una intersección, la probabilidad de que ocurra un accidente es mucho mayor que en circunstancias normales. Los dos desean inconscientemente que se produzca el accidente. El papel de los cuerpos del dolor en los accidentes de tránsito se aprecia más claramente en el fenómeno de los conductores iracundos que se tornan físicamente violentos por nimiedades como por ejemplo la lentitud del vehículo que va adelante.

Muchos actos de violencia son cometidos por personas “normales” que pierden la cabeza transitoriamente. En los procesos judiciales del mundo entero se oye a los abogados de la defensa decir, “esto no corresponde para nada con el carácter de esta persona”, y a los acusados decir, “no sé qué me pasó”. Hasta donde yo sé, ningún abogado, con el propósito de argumentar un atenuante, ha dicho nunca que “el cuerpo del dolor de mi cliente estaba activado y no sabía lo que hacía. De hecho no fue él quien cometió el acto sino su cuerpo del dolor”.

Eckhart Tolle¿Significa esto que las personas no son responsables de sus actos cuando están bajo el control de su cuerpo del dolor? Yo respondo, ¿Cómo podrían serlo? ¿Cómo podemos ser responsables cuando estamos inconscientes, cuando no sabemos lo que hacemos? Sin embargo, en el gran esquema de las cosas, los seres humanos están destinados a evolucionar hasta convertirse en seres conscientes, y quienes no lo hagan sufrirán las consecuencias de su inconciencia. Estarán en disonancia con el ímpetu evolutivo del universo.

Pero incluso ésta es una verdad relativa. Desde un punto de vista superior, no es posible estar en disonancia con la evolución del universo, y hasta la inconciencia humana y el sufrimiento que de ella emana son parte de esa evolución. Cuando ya no podemos soportar el ciclo permanente de sufrimiento, comenzamos a despertar. Así, también el cuerpo del dolor ocupa un lugar necesario en el esquema general de las cosas.

ECKHART TOLLE

Desmontando el ego ~ Eckhart Tolle

ESCLAVITUD

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Posee varios nombres, pero una realidad. Tiene muchas apariencias, pero está hecho de un solo elemento. En verdad, es un mal eterno legado por cada generación a su sucesor.

Khalil GIBRAN

Khalil GIBRAN

    Siete mil años han pasado desde el día de mi primer na­cimiento, y desde aquel día he presenciado los esclavos de la vida, arrastrando sus pesados grilletes. He recorrido el Este y el Oeste de la Tierra, y he vagado a la luz y a la sombra de la Vida. He visto las procesiones de la civilización movién­dose de la luz hacia la oscuridad, y cada una fue arrastrada al infierno por almas humilladas, doblegadas bajo el yugo de la esclavitud. El poderoso es reprimido y sometido, y el fiel se arrodilla adorando a los ídolos. He seguido al hombre desde Babilonia hasta El Cairo, desde Ain Dour hasta Bagdad y he observado las huellas de sus cadenas sobre la arena. He escuchado los ecos tristes de los cambiantes siglos, repetidos por las praderas y los eternos valles.

He visitado templos y altares y entrado a palacios, y sentado ante los tronos. Y vi al aprendiz ser esclavo del artesano, y al artesano ser esclavo del empleador, y al emplea­dor ser esclavo del soldado, y al soldado ser esclavo del go­bernador, y al gobernador ser esclavo del rey, y al rey ser esclavo del sacerdote, y al sacerdote ser esclavo del ídolo… y el ídolo es nada más que tierra modelada por Satanás y erigida sobre una pila de cráneos.

Entré a las mansiones de los ricos, y visité las chozas de los pobres. Encontré al infante mamando del pecho de su madre la leche de la esclavitud, y a los niños aprendiendo sumisión con el alfabeto.

Acompañé a los siglos desde las riberas del Ganges hasta las costas del Eufrates; desde la desembocadura del Nilo hasta las planicies de Asiria; desde las arenas de Atenas hasta las iglesias de Roma; desde los suburbios de Constantinopla hasta los palacios de Alejandría… Sin embargo, vi a la escla­vitud moverse sobre todo, en una gloriosa y majestuosa procesión de ignorancia. Vi a la gente sacrificando jóvenes y doncellas a los pies del ídolo, llamándolo el Rey; quemando incienso delante de su imagen, y llamándolo Profeta; arro­dillándose y adorándolo, y llamándolo la Ley; peleando y muriendo por él, y llamándolo la Sombra de Dios sobre la tierra; destruyendo y demoliendo hogares e instituciones por su causa, y llamándolo Fraternidad; luchando y robando y trabajando por él y llamándolo Fortuna y Felicidad; ma­tando por él, y llamándolo igualdad.

Posee varios nombres, pero una realidad. Tiene muchas apariencias, pero está hecho de un solo elemento. En verdad, es un mal eterno legado por cada generación a su sucesor.

Encontré la esclavitud ciega, que ata el presente de las personas al pasado de sus padres, y los incita a ceder a sus tradiciones y costumbres poniendo espíritus ancianos dentro de los nuevos cuerpos.

Encontré la esclavitud muda, que liga la vida de un hom­bre, a una esposa que aborrece, y coloca el cuerpo de una mujer en el lecho de un esposo odiado, desvitalizando ambas vidas espiritualmente.

Encontré la esclavitud sorda, que sofoca el alma y el corazón, dando al hombre sólo el eco vacío de una voz, y la lastimosa sombra de un cuerpo.

Encontré la esclavitud coja que pone el cuello del hombre bajo el dominio del tirano y somete cuerpos fuertes y mentes débiles a los hijos de la Codicia para ser usados como instru­mento de su poder.

Encontré la esclavitud cruel, que desciende con el espí­ritu del infante desde el amplio firmamento hasta el hogar de la miseria; donde la Necesidad vive junto a la Ignorancia, y la Humillación reside al lado de la Desesperación. Y los niños crecen como miserables, y viven como criminales, y mueren como despreciados y rechazados seres inexistentes. Encontré la esclavitud sutil, que nombra a las cosas de otra manera… llamando inteligencia a la astucia, y vacío a la sabiduría, y debilidad a la ternura, y cobardía a un firme rechazo.

Encontré la esclavitud retorcida, que hace que la lengua de los débiles se mueva con miedo, y hable sin sentimiento, y ellos fingen estar meditando su súplica, pero son como sacos vacíos que hasta un niño puede doblar y colgar.

Encontré la esclavitud sumisa que induce a una nación a cumplir con las leyes y reglas de otra nación, y la sumisión es cada día mayor.

Encontré la esclavitud perpetua, que corona a los hijos de monarcas como reyes, sin ofrecer consideración al mérito. Encontré la esclavitud negra, que marca para siempre con vergüenza y desgracia a los hijos de los criminales.

Al contemplar la esclavitud, vemos que posee los viciosos poderes de continuación y contagio.

Cuando me cansé de seguir detrás de los disolutos siglos y me aburrí de observar procesiones de gente apedreada, caminé solitario por el “Valle de la Sombra de la Vida, donde el pasado trata de esconderse detrás de las culpa, y el alma del futuro se repliega y descansa demasiado tiempo. Allí, al borde del Río de Sangre y Lágrimas que se arrastraba como una víbora ponzoñosa y se retorcía como los sueños de un criminal, escuché el asustado susurro del fantasma de esclavos, y contemplé la nada.

Cuando llegó la medianoche y los espíritus emergieron de sus escondites, vi a un cadavérico y agonizante espectro caer de rodillas, contemplando la luna. Me acerqué diciendo:

-¿Cuál es tu nombre?

-Mi nombre es Libertad -contestó esta espantosa sombra de un cadáver.

-¿Dónde están tus hijos? -le pregunté. Y la libertad, llorosa y débil, jadeó.

-Uno murió crucificado, otro murió loco, y el tercero todavía no ha nacido.

Se fue cojeando, hablando todavía, pero las lágrimas en mis ojos y los gritos de mi corazón no me impidieron ver ni oír.

LA HISTORIA DE TU ESCLAVITUD

¿Qué es un espíritu libre?

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Carlo Suarès: Un espíritu así, por el hecho de que se ha vaciado de su contenido, que de hecho lo contenía a él, es extraordinariamente libre…

Krishnamurti: Es libre, está vivo y totalmente en silencio. Es el silencio lo que importa. Es un estado sin medida. Solamente entonces, y no como una experiencia, se puede ver aquello que no tiene nombre, que está más allá del pensamiento y que es energía sin causa. Si no hay ese silencio creador, se haga lo que se haga, no existirá en la tierra ni fraternidad ni paz, es decir, no habrá verdadera religión.

Carlo Suarès: Pasemos, pues, al sentimiento religioso. El hombre moderno, que vive conscientemente en el universo de Einstein y no en aquel de Euclides, ¿no puede entrar mejor en comunión con la realidad del universo gracias a una conciencia más experimentada y ampliada de un modo adecuado?

Krishnamurti: El que quiera ampliar su conciencia, puede elegir entre las psicodrogas que más le convengan. En cuanto a entrar mejor en comunión con el universo gracias a una acumulación de informaciones y de conocimientos científicos acerca del átomo o de las galaxias, es como decir que una inmensa erudición libresca sobre el amor, nos hará conocer el amor. Y, por otra parte, a este hombre ultramoderno, tan al corriente de los últimos descubrimientos científicos, ¿le habrá servido todo ello para iluminar su universo inconsciente? Mientras en él subsista una sola parcela inconsciente, proyectará una irrealidad de símbolos y de palabras por medio de la cual se forjará la ilusión de estar en comunión con algo superior.

Carlo Suarès: Sin embargo, ¿cree usted que es posible una religión futura basada en hechos científicos?

Krishnamurti: ¿Por qué hablar de una religión futura? Veamos, más bien, lo que es la verdadera religión. Una religión organizada sólo puede producir reformas sociales, cambios superficiales. Toda organización religiosa se sitúa necesariamente dentro de una estructura social. Yo hablo de una revolución religiosa que sólo puede producirse fuera de la estructura psicológica de una sociedad, cualquiera que ella sea. Un espíritu verdaderamente religioso está desprovisto de todo miedo, porque está libre de todas las estructuras que las civilizaciones han impuesto a lo largo de los milenios. Un espíritu semejante está vacío, en el sentido de que se ha vaciado de todas las influencias del pasado, sea colectivo o personal, así como de las presiones que ejerce la actividad del presente, la cual genera el futuro.

Carlo Suarès: Un espíritu así, por el hecho de que se ha vaciado de su contenido, que de hecho lo contenía a él, es extraordinariamente libre…

Krishnamurti: Es libre, está vivo y totalmente en silencio. Es el silencio lo que importa. Es un estado sin medida. Solamente entonces, y no como una experiencia, se puede ver aquello que no tiene nombre, que está más allá del pensamiento y que es energía sin causa. Si no hay ese silencio creador, se haga lo que se haga, no existirá en la tierra ni fraternidad ni paz, es decir, no habrá verdadera religión.

Carlo Suarès: Todas las religiones preconizan alguna forma de plegaria, algún método de contemplación a fin de entrar en comunión con una realidad superior, cuyo nombre, Dios, Atmán, Cosmos, etc., varía. ¿Qué actividades religiosas practica usted? ¿Reza usted?

Krishnamurti: La repetición de fórmulas sagradas calma la agitación de la mente y la adormece. La plegaria es un calmante que permite vivir en el interior de un recinto psicológico, sin experimentar la necesidad de destrozarlo, de destruirlo. El mecanismo de la plegaria, como todos los mecanismos, produce resultados mecánicos. No existe plegaria alguna que pueda traspasar la ignorancia de uno mismo. Toda plegaria dirigida a aquello que es ilimitado, presupone que un espíritu limitado sabe dónde y cómo alcanzar lo ilimitado. Eso quiere decir que él tiene ideas, conceptos, creencias sobre todo eso y que se halla atrapado en todo un sistema de explicaciones, en una prisión mental. Lejos de liberar, la plegaria aprisiona.

Ahora bien, la libertad es la esencia misma de la religión, en el verdadero sentido de esa palabra. Esta libertad esencial es negada por todas las organizaciones religiosas, a pesar de lo que digan. Lejos de ser un estado de plegaria, el conocimiento de sí mismo es la puerta de la meditación. No es ni una acumulación de conocimientos sobre psicología, ni un estado de sumisión llamada religiosa, en donde se espera la gracia. Es lo que derriba las disciplinas impuestas por la sociedad o la iglesia. Es un estado de atención total y no una concentración sobre algo en particular. Al estar el cerebro tranquilo y silencioso, observa el mundo exterior y ya no proyecta ninguna imaginación ni ninguna ilusión. Para observar el movimiento de la vida, el cerebro debe ser tan rápido como la misma vida, estar activo y sin dirección. Solamente entonces lo inconmensurable, lo atemporal, lo infinito, puede surgir. Eso es la verdadera religión.

Lo que queda por despertar

Carlo Suarès: ¿Cree usted que un pensamiento colectivo, que una inteligencia colectiva, habiendo acumulado y sintetizado los últimos logros de todas las ciencias, si es que ese pensamiento pudiera producirse, estaría en condiciones de guiar a la humanidad hacia una evolución sana?

Krishnamurti: La evolución que conocemos, de la carreta de bueyes al cohete espacial, se ha debido solamente a una determinada parte del cerebro. Aunque esa parte se desarrolle millones de veces más, esto no lograría el más mínimo progreso para el problema fundamental que se plantea la conciencia humana sobre sí misma. Se desarrollará. Ese proceso es irreversible y necesario. Pero existe otra parte del cerebro que todavía no está despierta y que desde ahora mismo podemos darle vida. Ese despertar no es cuestión de tiempo. Es una explosión revolucionaria que surge en el mismísimo origen de todas las cosas e impide la cristalización y solidificación – por los residuos del pasado – de una estructura psicológica. Esa lucidez aborda cada problema a medida que se presenta y, de esa manera, la importancia del problema se vuelve secundaria. Si no surge, y pervive, esa explosión de lucidez, que es energía sin causa, y que no es ni individual ni colectiva, el mundo no conocerá la libertad ni la paz.

 ARTÍCULO COMPLETO: Una Entrevista con Krishnamurti por Carlo Suarès – Planète 1964-

KRISHNAMURTI

KRISHNAMURTI

“El desafío del cambio” – Biografía de Krishnamurti, (Documental Completo Subtitulado en Español)

¿No es extraño que la gente preste tan poca atención a sí misma con referencia al conocimiento de si? ¿No es extraña la complacencia obtusa con que cierran sus ojos a lo que realmente son?

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¿Que podría darle al hombre la posibilidad de emplear el tiempo ventajosamente en su búsqueda, sino la libertad de toda clase de apego?

Pregúntense: ¿son libres? Muchos se inclinan a contestar “sí “ si están relativamente seguros en un sentido material y no tienen que inquietarse acerca del mañana; si no dependen de nadie para la subsistencia o para la elección de las condiciones de vida. Pero ¿es esto libertad? ¿Se trata sólo de condiciones exteriores? …

Al hablar sobre diferentes temas, he notado lo difícil que es el transmitir, aunque sea a una persona bien conocida, la comprensión que se tiene hasta del tema más ordinario. Nuestro idioma es demasiado pobre para descripciones completas y exactas. Más tarde, encontré que esta falta de comprensión entre un hombre y otro es un fenómeno matemáticamente ordenado, tan preciso como las tablas de multiplicar. En general, depende de la así llamada “psique” de la gente de que se trata y, en particular, del estado de su psique en un momento dado.

La verdad de esta ley puede verificarse a cada paso. Para ser comprendido por un hombre, no sólo es necesario para el que habla saber cómo hablar, sino también para el que escucha saber cómo escuchar. Y es por esto que puedo decir que si yo hablara del modo que considero exacto, todos aquí, con muy pocas excepciones, pensarían que estoy loco. Pero como ahora tengo que hablar para mi auditorio tal cual es, y mi auditorio tendrá que escucharme, primero debemos establecer la posibilidad de un entendimiento común. Mientras hablamos, debemos señalar gradualmente los hitos de una conversación productiva. Todo lo que quiero sugerir en este momento es que traten de mirar los fenómenos y cosas que les rodean, especialmente a ustedes mismos desde un punto de vista, desde un ángulo, que puede ser diferente a lo que es usual o natural para ustedes. Sólo mirar, porque el hacer más sólo es posible con el deseo y la cooperación del que escucha, cuando el que escucha deja de escuchar pasivamente y empieza a hacer, es decir, cuando se mueve hacia un estado activo.

Muy a menudo, al conversar con la gente, se oye la opinión directa o implícita de que al hombre, tal como lo encontramos en la vida ordinaria, se lo podrá considerar casi el centro del universo, el ‘‛ápice de la creación” o, en cualquier caso, una entidad grande e importante, cuyas posibilidades son casi ilimitadas, sus poderes casi infinitos. Pero aun con tales puntos de vista hay ciertas reservas: dicen que para esto se necesitan condiciones excepcionales, circunstancias especiales, inspiración, revelación, etc. Sin embargo, si examinamos esta concepción del “hombre”, vemos de inmediato que está formada por características que pertenecen no a un hombre, sino a varios individuos conocidos o supuestamente diferentes. En la vida real, nunca encontramos a tal hombre, ni en el presente, ni como personaje histórico en el pasado, ya que cada hombre tiene sus propias debilidades y si se mira más de cerca, se designa el espejismo de grandeza y de poder.

Pero la cosa más interesante no es que la gente disfrace a los demás con este espejismo, sino que, debido a una característica peculiar de su propia psique, lo transfiera a sí misma, si no en su totalidad, por lo menos en parte, como un reflejo. Y así, aunque las personas son casi nulidades, se imaginan ser ellas mismas este tipo colectivo o algo muy parecido.

Mas si un  hombre sabe cómo ser sincero consigo mismo —no sincero como usualmente se entiende esa palabra, sino despiadadamente sincero- entonces a la pregunta: “¿Que es usted?” no esperara una contestación reconfortante. Por lo tanto, sin esperar que ustedes se aproximen a experimentar por si’ mismos sobre lo que estoy hablando, sugiero que para comprender mejor lo que quiero decir, cada uno de ustedes ahora debería hacerse a sí mismo la pregunta: “¿Qué soy yo‛?” Estoy seguro que el 95 por ciento de ustedes se quedara perplejo con esta pregunta y contestará con otra: “¿Qué quiere usted decir?‛’.

Y esto probará que un hombre ha vivido durante toda su vida sin hacerse esta pregunta, que ha dado por sentado, axiomáticamente, que él es “algo”, hasta algo muy valioso, algo que nunca ha puesto en duda. Al mismo tiempo, es incapaz de explicar a otra persona lo que es. ¿Y no sería que no lo sabe, porque de hecho este “algo” no existe, sino que su existencia es mera presunción? ¿No es extraño que la gente preste tan poca atención a sí misma con referencia al conocimiento de si”? ¿No es extraña la complacencia obtusa con que cierran sus ojos a lo que realmente son y gastan sus vidas en la plácida convicción de que representan algo valioso? Dejan de ver la irritante vacuidad escondida detrás de la fachada demasiado pintada creada por su propio engaño y no se dan cuenta de que su valor es puramente convencional. En verdad, esto no es siempre así.

No toda la gente se ve a sí misma tan superficialmente. Sí, existen las mentes inquisitivas que anhelan la verdad del corazón, la buscan, se esfuerzan por resolver los problemas planteados por la vida, tratan de penetrar dentro de sí mismos. Si un hombre razona y piensa sanamente, no importa que camino siga al resolver estos problemas, inevitablemente debe regresar a sí mismo y empezar a solucionar el problema de lo que el mismos es y cuál es su lugar en el mundo que lo rodea. Porque sin este conocimiento no tendrá ningún punto de enfoque en su búsqueda. Las palabras de Sócrates, “Conócete a ti mismo”, persisten para todos aquellos que buscan el verdadero conocimiento y el ser.

Acabo de usar una nueva palabra: “ser”. Para estar seguro que por ella todos entendemos la misma cosa, tendré que decir algunas palabras como explicación.

Acabamos de preguntarnos si lo que un hombre piensa de sí mismo corresponde a lo que es en realidad, y ustedes se preguntaron a sí mismos qué son. He aquí un médico, allá un ingeniero ya allí un artista. ¿Son realmente lo que pensamos que son? ¿Podemos considerar la personalidad de cada uno de ellos como idéntica a su profesión, a la experiencia que esta profesión, o su preparación para ella, le ha dado?

Cada hombre llega al mundo como una hoja de papel en blanco; luego la gente y las circunstancias a su alrededor empiezan a rivalizar entre sí para ensuciar esta hoja y cubrirla con escritos. Entran aquí la educación, la formación de la moralidad, la información que llamamos conocimiento; todos los sentimientos de deber, honor, conciencia, etc. Y todos pretenden que los métodos adoptados para injertar al tronco estos retoños conocidos como la “personalidad del hombre” son inmutables e infalibles. Gradualmente se ensucia la hoja y mientras más se ensucia con el así llamado ‛’conocimiento‛’, más listo se considera al hombre. Cuanto más hay escrito en el espacio llamado “deber”, más honesto se dice que es poseedor; y así es con todo. Y la misma hoja sucia, al ver que la gente considera su suciedad como un mérito, cree que es valiosa. Este es un ejemplo de lo que llamamos “hombre”, al cual aún agregamos frecuentemente términos tales como talento y genio. Sin embargo, el humor de nuestro ‘‛genio”, cuando se despierta en la mañana, se arruina para todo el día si no encuentra sus pantuflas junto a la cama.

El hombre no es libre ni en sus manifestaciones ni en su vida. No puede ser lo que desea ser ni lo que cree que es. No se asemeja al retrato de sí mismo y las palabras ‛’hombre”, el ápice de la creación no son aplicables a él.

“Hombre”, éste es un término para enorgullecerse, pero tenemos que preguntarnos ¿qué clase de hombre? No el hombre, por cierto, que se irrita por trivialidades, que presta atención a pequeñeces y se enreda en todo lo que lo rodea. Para tener derecho a llamarse hombre, se debe ser un hombre; y este “ser” se obtiene sólo a través del conocimiento de sí y del trabajo sobre uno mismo en las direcciones que llegan a ser claras a través del conocimiento de sí.

¿Han tratado ustedes alguna vez de observarse mentalmente cuando su atención no está concentrada en algún problema determinado? Supongo que la mayoría de ustedes están familiarizados con esto, aunque tal vez sólo unos pocos lo han vigilado sistemáticamente en sí mismos. Sin duda, ustedes se han dado cuenta de nuestro modo de pensar por asociaciones casuales, cuando nuestro pensamiento ensarta escenas y memorias desconectadas, cuando cada cosa que cae dentro del campo de nuestra conciencia o apenas la toca ligeramente, hace surgir en nuestro pensamiento estas asociaciones causales. La cadena de pensamientos parece continuar sin interrupción, entretejiendo fragmentos de representaciones de percepciones anteriores, tomadas de diferentes grabaciones en nuestra memoria. Y estas grabaciones giran y se desenvuelven mientras nuestro aparato pensante teje hábil y continuamente los hilos del pensamiento de este material.

Las grabaciones de nuestros sentimientos giran del mismo modo; agradable y desagradable, alegría y tristezas, risa e irritación, placer y dolor, simpatía y antipatía. Al ser alabado usted está contento; alguien lo regaña y su humor se echa a perder. Algo nuevo capta su interés e instantáneamente le hace olvidar lo que tanto le interesaba el momento anterior. Gradualmente su interés lo amarra a esta nueva cosa, hasta que se hunde de pies a cabeza; de repente ya no la posee, usted ha desaparecido, está amarrado y disuelto en esta cosa; de hecho ella lo posee, lo ha cautivado; y esta infatuación, esta capacidad para ser cautivado, bajo muchos diferentes modos, es una característica de cada uno de nosotros. Esto nos amarra y nos impide ser libres. Por lo mismo nos quita nuestra fuerza y nuestro tiempo, dejándonos sin posibilidad de ser objetivos y libres: dos cualidades esenciales para quien decide seguir el camino del conocimiento de sí.

Debemos esforzarnos por la libertad si nos esforzamos por el conocimiento de sí. La tarea de un más amplio conocimiento y desarrollo de sí es de tal importancia y seriedad, demanda tan intensidad de esfuerzo, que es imposible intentarla descuidadamente y en medio de otras cosas. La persona que emprende esta tarea debe darle preeminencia en su vida, la que no es tan larga para permitirle el malgastarla en trivialidades.

¿Que podría darle al hombre la posibilidad de emplear el tiempo ventajosamente en su búsqueda, sino la libertad de toda clase de apego?

Libertad y seriedad. No la clase de seriedad que se asoma bajo cejas fruncidas y labios arrugados, ademanes cuidadosamente reprimidos y palabras filtradas entre los dientes, sino la clase de seriedad que significa determinación y persistencia en la búsqueda, intensidad y constancia en ella tal, que un hombre, aun cuando descansa, continúa con su tarea principal.

Pregúntense: ¿son libres? Muchos se inclinan a contestar “sí “ si están relativamente seguros en un sentido material y no tienen que inquietarse acerca del mañana; si no dependen de nadie para la subsistencia o para la elección de las condiciones de vida. Pero ¿es esto libertad? ¿Se trata sólo de condiciones exteriores? …

PERSPECTIVAS DESDE EL MUNDO REAL (1º)

Beethoven – Violin Concerto – Vadim Repin – Valery Gergiev – Kirov Orchestra Saint Petersburg

G.I. GURDJIEFF

G.I. GURDJIEFF

COMPRENDER LAS RAÍCES DE LA ESCLAVITUD

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Rabindranath Tagore dice en su Gitanjali:

Obstinadas son las restricciones, pero me duele el corazón cuando intento vencerlas. La libertad es lo único que quiero, pero me avergüenzo de tener esperanza de ella. Estoy seguro de que hay en ti un tesoro inmensurable, y de que eres mi mejor amigo. Pero me falta valor para deshacerme de las baratijas que abarrotan mi habitación. La mortaja que me cubre es una mortaja de polvo y muerte. La odio, pero la abrazo con amor. Mis deudas son enormes, mis fracasos mayúsculos, mi vergüenza secreta y opresiva. Aun así, cuando voy a pedir mi bien, tiemblo de miedo de que mi oración me sea concedida.

Rabindranath Tagore es el más contemporáneo de los hombres y, sin embargo, también el más antiguo. Sus palabras son un puente entre la mente moderna y los sabios más antiguos del mundo. Especialmente, su libro Gitanjali es su mayor contribución a la evolución humana, a la consciencia humana. Es uno de los libros más excepcionales que han aparecido en el siglo XX.

Tagore no es una persona religiosa en el sentido corriente. Es uno de los pensadores más progresistas —no tradicional, heterodoxo— pero su grandeza reside en su inocencia de niño. Y quizá debido a esa inocencia, fue capaz de convertirse en el vehículo del espíritu universal. Es un poeta de la más alta categoría, y también un místico. Semejante combinación solo se ha dado una o dos veces antes: en Jalil Gibran, en Friedrich Nietzsche y en Rabindranath Tagore. Estas tres personas llenan esa categoría. En la larga historia del hombre, esto es extraordinario… Ha habido grandes poetas y ha habido grandes místicos. Ha habido grandes poetas que tenían un poco de misticismo, y ha habido grandes místicos que se han expresado en poesía… pero su poesía no es brillante.

Es difícil decir si Rabindranath es mejor como poeta o como místico. Es ambos —es mejor como ambas cosas— y en el siglo XX… Rabindranath no fue un hombre confinado en India. Fue un cosmopolita, se educó en Occidente, y estuvo continuamente viajando por diferentes países; le encantaba andar errante. Era un ciudadano del mundo, y sin embargo, tenía profundas raíces en India. Aunque volaba lejos, como un águila alrededor del sol, no dejaba de volver a su pequeño nido. Y nunca perdió de vista su herencia cultural, no importa lo cubierta de polvo que pudiese haber llegado a estar. Fue capaz de limpiarla y convertirla en un espejo en el que uno puede verse a sí mismo.

Sus poemas de Gitanjali son ofrendas de canciones a Dios. Ese es el significado de la palabra Gitanjali: ofrendas de canciones. Él solía decir: «No tengo nada más que ofrecer. Soy pobre como un pájaro, o rico como un pájaro. Puedo cantar una canción cada mañana, fresca y nueva, en agradecimiento. Esa es mi oración». Nunca fue a ningún templo, nunca rezó en el sentido tradicional. Nació hindú, pero no sería correcto confinarlo a una cierta sección de la humanidad; era muy universal. Le dijeron muchas veces: «Tus palabras están tan fragantes de religiosidad, tan radiantes de espiritualidad, tan vivas con lo desconocido, que incluso los que no creen en nada más que la materia se sienten afectados, conmovidos. Pero nunca vas al templo, nunca lees las escrituras».

Su respuesta es inmensamente importante para vosotros. Dijo: «Nunca leo las escrituras; de hecho, las evito, porque tengo mi propia experiencia de lo trascendental y no quiero que las palabras de otros se mezclen con mi experiencia original, auténtica, individual. Quiero ofrecerle a Dios exactamente lo que constituye el latido de mi corazón. Puede que otros lo hayan conocido —sin duda, otros lo han conocido— pero su conocimiento no puede ser mi conocimiento. Solo mi experiencia puede satisfacerme, puede colmar mi búsqueda, puede darme confianza en la existencia. No quiero ser un creyente».

Estas palabras hay que recordarlas: «No quiero ser un creyente; quiero ser alguien que sabe. No quiero tener muchos conocimientos; quiero ser lo suficientemente inocente como para que la existencia me revele sus misterios. No quiero ser considerado un santo». Y la realidad es que en todo el siglo XX no ha habido nadie más santo que Rabindranath Tagore; pero no quiso ser reconocido como tal. Dijo: «Solo tengo un deseo: ser recordado como un cantor de canciones, como un bailarín, como un poeta que ha ofrecido todo su potencial, todas las flores de su ser, a la divinidad desconocida de la existencia. No quiero ser venerado; lo considero una humillación… algo feo, inhumano, y completamente distante del mundo. Todo hombre lleva en sí a Dios; toda nube, todo árbol, todo océano está lleno de divinidad, así es que ¿quién debe venerar a quién?».

Rabindranath nunca fue a ningún templo, nunca veneró a ningún Dios, nunca fue, en el sentido tradicional, un santo. Pero, para mí, es uno de los mayores santos que ha conocido el mundo. Su santidad se manifiesta en cada una de sus palabras. «Obstinadas son las restricciones, pero me duele el corazón cuando intento vencerlas. La libertad es lo único que quiero, pero me avergüenzo de tener esperanza de ella.»

Está diciendo algo no solo sobre sí mismo, sino sobre toda la consciencia humana.

Semejantes personas no hablan de sí mismas; hablan del núcleo mismo de todo el género humano. «Obstinadas son las restricciones…» Los obstáculos son enormes. … me he apegado demasiado a ellas. Ya no me parecen cadenas; se han convertido en mis ornamentos. Son de oro, son muy preciados. Pero me duele el corazón porque, por un lado, quiero libertad y, por el otro, no puedo romper las cadenas que me impiden ser libre. Esas cadenas, esos ornamentos, esas relaciones, se han convertido en mi vida. No puedo imaginarme a mí mismo sin mi amada, sin mis amigos. No puedo imaginarme a mí mismo absolutamente solo, en silencio profundo. Mis canciones se han convertido también en mis grilletes, así es que «me duele el corazón cuando intento vencerlas. La libertad es lo único que quiero».

Esta es la situación de todo ser humano. Es difícil encontrar un hombre cuyo corazón no quiera volar como un pájaro, que no quisiera llegar a las estrellas remotas, pero que también tenga conocimiento de su profundo apego a la tierra. Está profundamente enraizado en la tierra. Su escisión es que está apegado a su encarcelamiento y su anhelo más profundo es la libertad. Está dividido contra sí mismo.

Esta es la mayor angustia, ansiedad. No puedes dejar el mundo que te encadena; no puedes dejar a los que se han convertido en tus obstáculos en la vida, porque ellos son también tus apegos, tus alegrías. De alguna manera, ellos son también un alimento para tu orgullo. Ni puedes dejarlos, ni puedes olvidar que no perteneces a este mundo, que tu hogar debe estar en alguna otra parte, porque en tus sueños siempre estás volando, volando a lugares remotos. «La libertad es lo único que quiero, pero me avergüenzo de tener esperanza de ella.» ¿Por qué debería uno avergonzarse de tener esperanza de libertad?... Porque nadie te lo impide: puedes ser libre en este mismo momento.

 Pero esos apegos… han ahondado muy dentro de ti; se han convertido casi en tu propia existencia. Puede que te estén trayendo sufrimiento, pero también te traen momentos de felicidad. Puede que estén creando cadenas para tus pies, pero también te dan momentos de baile. Es una situación muy extraña que todo ser humano inteligente tiene que afrontar: estamos enraizados en la tierra y queremos alas para volar por el cielo. No podemos desarraigarnos porque la tierra es nuestra nutrición, nuestro alimento. Y no podemos dejar de soñar con alas, porque ese es nuestro espíritu, esa es nuestra alma misma, eso es lo que nos hace seres humanos. Ningún animal siente angustia; todos los animales están plenamente satisfechos tal como son. El hombre es el único animal que está intrínsecamente descontento; por eso la sensación de vergüenza, porque sabe: «Puedo ser libre». […]

Rabindranath tiene razón: «La libertad es lo único que quiero, pero me avergüenzo de tener esperanza de ella». Porque no es cuestión de esperanza; es cuestión de correr un riesgo. «Estoy seguro de que hay en ti un tesoro inmensurable, y de que eres mi mejor amigo. Pero me falta valor para deshacerme de las baratijas que abarrotan mi habitación.» Estás seguro de que en el mundo de la libertad, en la experiencia de la libertad, hay un tesoro inmensurable. Pero esta certeza es también una proyección de tu deseo: ¿cómo puedes estar seguro? Te gustaría estar seguro. Sabes que tienes un anhelo de libertad. No puede ser de una libertad inútil; debe de ser de algo sustancioso, algo inmensurable. Estás creando una certeza para armarte de valor y así poder lanzarte a lo desconocido. «… Y de que eres mi mejor amigo.» Pero todo esto son sueños hermosos, son esperanzas; la certeza es tu propia jaula, su seguridad. «Pero me falta valor para deshacerme de las baratijas que abarrotan mi habitación.» Todo esto son bellas ideas de la mente. «La mortaja que me cubre es una mortaja de polvo y muerte. La odio, pero la abrazo con amor.»

Sabes que tu cuerpo va a morir. De hecho, tu cuerpo está hecho de material muerto; ya está muerto. Parece vivo porque hay algo vivo dentro de él. Irradia calor y vida debido al huésped que hay dentro de ti. En el momento que el huésped haya emprendido el vuelo, la realidad del cuerpo te será revelada. Rabindranath dice que nuestros cuerpos están hechos de polvo y muerte. «La odio, pero la abrazo con amor.» Pero cuando te enamoras de una mujer, entonces se abrazan dos esqueletos; ambos sabéis que la piel es solo el revestimiento de un esqueleto. Si pudierais ver al otro en su verdadera desnudez —no solo sin ropa, sino también sin piel, porque esa es la verdadera ropa— entonces quedarías impresionado, y te escaparías lo más rápido posible de la persona amada con la que estabas prometiendo que ibas a vivir por siempre jamás. Ni siquiera mirarías hacia atrás; ni siquiera quisieras acordarte de ese fenómeno. […]

La odio, pero la abrazo con amor.» Así es la esquizofrenia del hombre, la personalidad dividida del hombre. Su casa está dividida contra sí misma; en consecuencia, no puede encontrar la paz. «Mis deudas son enormes, mis fracasos mayúsculos, mi vergüenza secreta y opresiva. Aun así, cuando voy a pedir mi bien, tiemblo de miedo de que mi oración me sea concedida.»

Estas líneas solo pueden entenderse si os recuerdo otro poema de Rabindranath del mismo Gitanjali.

En ese otro poema dice: «He estado buscando y rebuscando a Dios desde que puedo acordarme, durante muchas, muchísimas vidas, desde el principio mismo de la existencia. Alguna que otra vez, le he visto junto a alguna estrella lejana, y he bailado y me he regocijado pensando que la distancia, aunque grande, no es imposible de alcanzar. Y he viajado y he llegado a la estrella, pero para cuando he llegado a ella, Dios se había ido a otra. Y esto ha estado sucediendo durante siglos. »El desafío es tan enorme que sigo aferrándome a la esperanza… tengo que encontrarle, estoy absorto en la búsqueda. La búsqueda misma es tan enigmática, tan misteriosa, tan cautivadora, que Dios se ha vuelto casi una excusa: la búsqueda en sí misma se ha vuelto el objetivo.»Y, para mi asombro, un día llegué a una casa en una estrella remota con un pequeño letrero en la fachada que decía: “Ésta es la casa de Dios”. Mi alegría no tuvo límite: ¡por fin, había llegado!

Subí corriendo las escaleras, las muchas escaleras que llevaban a la puerta de la casa. Pero según iba acercándome a la puerta, de pronto surgió un miedo en mi corazón. En el momento en que iba a llamar, quedé paralizado por un miedo que nunca antes había conocido, que nunca había considerado, que nunca había imaginado. El miedo era este: si esta casa es ciertamente la casa de Dios, ¿qué voy a hacer después de haberle encontrado?» Ahora que buscar a Dios se ha vuelto mi vida misma, haberle encontrado será el equivalente a suicidarse. ¿Y qué voy a hacer con él? Nunca había pensado en estas cosas antes. Debería haber pensado antes de comenzar la búsqueda: ¿qué voy a hacer con Dios?»Con los zapatos en las manos, retrocedí en silencio y muy lentamente, con miedo a que Dios pudiera oír el ruido y pudiera abrir la puerta y decir: “¿Dónde vas? ¡Estoy aquí, entra!”. Y cuando llegué a las escaleras, corrí como no había corrido nunca; y desde entonces he vuelto a estar buscando a Dios, buscándole en todas partes… y esquivando la casa en la que vive. Ahora sé que tengo que esquivar esa casa. Y continúo la búsqueda, disfruto el viaje mismo, el peregrinaje».

La sabiduría que hay en esta historia es tremenda. Hay buscadores de la verdad que nunca han pensado « ¿qué haré con la verdad?». No puedes comerla, no puedes venderla; no puedes llegar a ser presidente porque tienes la verdad. A lo sumo, si tienes la verdad, la gente te crucificará.

Rabindranath tiene razón cuando dice: «Mis deudas son enormes, mis fracasos mayúsculos, mi vergüenza secreta y opresiva. Aun así, cuando voy a pedir mi bien, tiemblo de miedo de que mi oración me sea concedida», porque estas cosas son buenas para hablar de ellas: Dios, la verdad, la bondad, la belleza. Es bueno escribir tratados sobre ellas, hacer que las universidades otorguen doctorados, hacer que el comité del Nobel te conceda un premio. Estas cosas son buenas para hablar, para escribir, pero si llegas realmente a experimentarlas, tendrás problemas. Eso es lo que dice: tengo miedo de que mi petición pueda serme concedida.

Está bien que Dios esté sordo. No oye las oraciones; de lo contrario estaréis todos en dificultades. Tu oración te creará problemas, porque en las oraciones serás muy romántico y pedirás grandes cosas a cuya altura no podrás estar, y se volverán agobiantes e interferirán con lo que llamas tu vida… que, aunque llena de sufrimiento, va como una seda.

La verdad se vuelve una cruz; la vida se vuelve agobiante. La verdad se convierte en veneno para Sócrates. La verdad se convierte en la muerte para al-Hallach Mansoor. La verdad se convierte en crucifixión para Jesucristo. Y tú oras: «Dios, otórgame la verdad. Dame cualidades que sean divinas, celestiales». Pero Dios está sordo a propósito: para que tus oraciones no puedan ser oídas y puedas disfrutar ambas cosas, tu desdichada vida y tus bellas oraciones. Las oraciones no serán escuchadas —puedes seguir lleno de envidia, lleno de ira, lleno de odio, lleno de egoísmo, y seguir rezando a Dios: «Hazme humilde; y como “bienaventurados son los mansos”, hazme manso»— pero a propósito.

No está escrito en ninguna escritura, pero yo os digo con autoridad propia que, después de crear el mundo en seis días, lo último que hizo Dios fue destrozar sus oídos. Desde entonces, no ha oído nada; y desde entonces, tampoco nosotros hemos vuelto a oír de él. De modo que está perfectamente bien: por la mañana vas al templo o a la iglesia o a la mezquita, rezas una bella oración, pides grandes cosas —sabiendo perfectamente que está sordo— y luego sigues siendo igual de desagradable e infeliz. Después, mañana por la mañana, vuelve a rezar una buena oración… Es un buen arreglo, un buen acomodo.

Rabindranath, en su poema, está señalando una tremenda verdad: ¿Quieres realmente a Dios? ¿Quieres realmente la verdad? ¿Quieres realmente silencio? Si preguntas, y eres honesto, te sentirás avergonzado. Tendrás que aceptar que no quieres realmente estas cosas. Solo estás simulando que meditas; porque sabes que has estado meditando muchos años y no sucede nada. No hay miedo; puedes meditar y no sucede nada. En cuanto empieza a suceder algo, entonces hay problemas. Cuando empiece a crecer en tu vida algo que no crece en los corazones de la multitud que te rodea, serás un extraño, serás una persona ajena. Y la multitud nunca perdona a los extraños, la multitud nunca perdona a las personas ajenas; los aniquila. Tiene que aniquilarlos para preservar su propia tranquilidad mental.

Un hombre como Jesucristo es una molestia continua, porque te recuerda que tú también puedes tener la misma belleza, la misma gracia, la misma verdad, y eso duele. Hace que te sientas inferior, y nadie quiere sentirse inferior. Y solo hay dos maneras de no sentirse inferior: una es volverse superior; esa es una manera ardua, y muy prolongada… peligrosa, porque tendrás que avanzar solo. La manera simple es acabar con ese hombre superior. Entonces toda la multitud está compuesta de gente igual. Nadie es superior, nadie es inferior. Todos son taimados, todos son embusteros, todos son criminales a su manera. Todos son envidiosos, todos son ambiciosos. Todos están en las mismas, y se entienden perfectamente. Y nadie causa ningún revuelo sobre la verdad, sobre Dios, sobre la meditación.

La gente es feliz sin ningún Buda, sin ningún Sócrates, sin ningún Zaratustra, porque estas personas son como cimas elevadas de montañas, y tú pareces tan pequeño, como un pigmeo; eso duele. Dicen que los camellos nunca se acercan a las montañas. Han elegido vivir en el desierto porque en el desierto ellos son montañas andantes, pero junto a las montañas parecerán hormigas, y eso duele. La manera más fácil es olvidarse de las montañas, decir: «Todas esas montañas son mitológicas, ficticias; la realidad es el desierto». De modo que disfrutas el desierto, disfrutas tu ego… y también disfrutas la oración: «Dios, por favor, libérame del ego, hazme humilde», sabiendo perfectamente que no oye, que ninguna oración es concedida. Puedes rezar por cualquier cosa sin miedo, porque seguirás siendo el mismo, y además tendrás la satisfacción de orar por grandes cosas.

Por eso la gente, sin volverse religiosa, se hace cristiana, se hace hindú, se hace musulmana. No son personas religiosas en absoluto; estas son estrategias para evitar ser religioso. Una persona religiosa es simplemente religiosa; no es ni hindú, ni musulmana, ni cristiana, ni budista… no es necesario. Es veraz, es sincera, es compasiva, es amorosa, es humana… tan humana que casi representa lo divino en el mundo.

OSHO

La libertad sólo es posible cuando estás tan integrado, que puedes asumir la responsabilidad de ser libre

beneath_the_starsLA PSICO-ASTROLOGIA

¿Se puede trascender los signos zodiacales?

Escrito está con carbones encendidos en el libro de la Vida, que todo aquél que logre la eliminación total del ego puede llegar a cambiar de signo y de sus influencias a voluntad.

No podemos negar que las influencias de los signos existen y nos manejan mientras no se haya hecho una revolución psicológica dentro de sí mismos. Mas en el camino de todo estudiante que aspira a la iluminación, se debe empezar por revolucionarse contra lo que establecen los horóscopos.

Eso de que un signo no es compatible con otro signo es totalmente absurdo, porque los que son incompatibles son los egos, los yoes, esos elementos indeseables que cargamos dentro.

La Astrología de estos tiempos del fin no sirve para nada porque es puro comercio. La verdadera Astrología de los sabios caldeos ya ha sido olvidada.

Las gentes-máquinas no quieren cambiar porque dicen: ¡Ese es mi signo, ésa es mi influencia zodiacal!, etc. Jamás me cansaré de enfatizar que lo importante es cambiar emocional y mentalmente.

Revolución de la Dialéctica – Samael Aun Weor

OSHO, SOBRE LA LIBERTAD

Ésta es una de las preguntas perennes de la humanidad: La pregunta sobre la libertad y la responsabilidad. Si eres libre, lo interpretas como si no hubiera ahora responsabilidad.

Hace tan sólo cien años Friedrich Nietzsche declaró: “Dios está muerto y el hombre es libre”. La siguiente frase que escribió fue: “Ahora puedes hacer lo que quieras. No hay responsabilidad. Dios está muerto, el hombre es libre, y no hay responsabilidad”.

En esto estaba absolutamente equivocado; cuando no hay un Dios, una tremenda responsabilidad cae en tus hombros. Si hay un Dios, él puede compartir tu responsabilidad. Puedes poner tu responsabilidad en Él; puedes decir: “Eres tú el que ha hecho el mundo; eres tú el que me ha hecho de esta manera; eres tú el responsable finalmente, definitivamente, no yo. ¿Cómo podría ser yo finalmente el responsable? Yo sólo soy una criatura, y tú eres el Creador. ¿Por qué has puesto semillas de corrupción y de pecado desde el comienzo? Tú eres responsable. Yo soy libre”.

En realidad, si no hay un Dios, entonces el hombre es absolutamente responsable de sus actos, porque no hay forma de hacer responsable a nadie más. Cuando te digo que eres libre, quiero decir que eres responsable. No puedes hacer responsable a nadie más, estás solo. Y, cualquier cosa que hagas, es tu quehacer. No puedes decir que alguien más te obligó a hacerlo, debido a que eres libre; ¡nadie puede obligarte! Debido a que eres libre, es decisión tuya hacer algo o no hacerlo.

Con la libertad llega la responsabilidad. La libertad es responsabilidad. Pero la mente es muy astuta, la mente interpreta a su manera: Sigue escuchando siempre aquello que quiere escuchar. Sigue interpretando las cosas a su manera. La mente nunca trata de comprender qué es la verdad realmente. Ya ha tomado esa decisión.

Lo he escuchado…

”Soy un hombre respetable, doctor, pero últimamente la vida se me ha vuelto intolerable debido a mis sentimientos de culpa y auto recriminación”. El paciente tragó saliva miserablemente antes de continuar: “Verá, recientemente he sido víctima de un impulso incontrolable de pellizcar y sobar a las chicas en el metro”.

“Amigo mío”, le dijo el psiquiatra consolándolo: “ciertamente tenemos que ayudarte para que te liberes de este impulso desafortunado. Puedo ver muy bien qué tan perturbador…”. El paciente interrumpió ansiosamente: “No es tanto del impulso de lo que quiero que usted me libere, doctor, sino de la culpa”.

La gente no deja de hablar de la libertad, pero no quieren la libertad precisamente, quieren irresponsabilidad. Piden libertad, pero, en lo profundo, inconscientemente, piden irresponsabilidad, permisividad. La libertad es madurez; la permisividad es muy infantil. La libertad es posible sólo cuando estás tan integrado que puedes asumir la responsabilidad de ser libre. El mundo no es libre porque la gente no está madura.

Los revolucionarios han hecho muchas cosas a través de los siglos, pero todo fracasa. Los utópicos han estado pensando continuamente en cómo liberar al hombre, pero a nadie le importa, porque el hombre no puede ser libre a menos que esté integrado.

Sólo un Buda puede ser libre, un Mahavira puede ser libre, un Cristo, un Mahoma puede ser libre, o un Zaratustra puede ser libre, porque la libertad implica que la persona ahora está presente. Si no estás presente entonces el estado es necesario, el gobierno es necesario, la policía es necesaria, los juzgados son necesarios. Entonces la libertad se tiene que recortar por doquier. Entonces la libertad existe sólo como una palabra; en realidad no existe. ¿Cómo puede existir la libertad si existe el gobierno? Es imposible.

Pero, ¿qué hacer? Si desaparece el gobierno, simplemente habrá anarquía. La libertad no llegará si desaparecen los gobiernos; simplemente habrá anarquía. Será un estado peor que el que existe ahora. Será una tremenda locura. La policía se necesita porque tú no estás presente. Si no, ¿qué sentido tiene tener un policía parado en el cruce de la vía? Si las personas están presentes, se puede quitar al policía, se le tendrá que quitar, porque es innecesario. Pero las personas no están conscientes.

Así que cuando hablo de ‘libertad’, quiero decir sé responsable. Cuanto más responsable te vuelvas, más libre llegarás a ser; o, cuanto más libre llegues a ser, más responsabilidad te llega. Entonces tienes que estar muy alerta con lo que estás haciendo, con lo que estás diciendo. Tienes que estar muy alerta, incluso de tus pequeños gestos inconscientes, porque no hay nadie más controlándote, sólo estás tú.

Cuando te digo que eres libre, quiero decir que eres un Dios. No es permisividad, es una tremenda disciplina y responsabilidad”.

OSHO

El individuo y la sociedad

¿Por qué, pues, la sociedad se derrumba, se desploma, como sin duda ocurre?

Actualmente interesados en la transformación de la sociedad, de esta sociedad que es corrupta, inmoral, que está basada en la competencia, en la crueldad. Ésa es la sociedad en que estamos viviendo. ¿Está usted verdaderamente, profundamente interesado en cambiar eso, aun como un simple ser humano? Si lo está, entonces tiene que investigar qué es la sociedad. ¿Es la sociedad una palabra, una idea abstracta o es una realidad? ¿Es algo real o es una abstracción de la relación humana? Es la relación humana, o sea, la sociedad. Esa relación humana con todas sus complejidades, sus condicionamientos, sus odios, ¿puede usted transformarla por completo? Puede. Puede dejar de ser cruel, con todo lo que acompaña a la crueldad. Lo que es su relación, eso es su ambiente. Si su relación es posesiva y egocéntrica, está usted creando a su alrededor algo que será igualmente destructivo. Por consiguiente, usted es el individuo y usted es el resto de la humanidad. No sé si se da cuenta de eso.

El problema que se nos plantea a la mayoría de nosotros es el de saber si el individuo es un mero instrumento de la sociedad, o si es el fin de la sociedad. ¿Vosotros y yo, como individuos, debemos ser  utilizados, dirigidos, educados, controlados, plasmados conforme a cierto molde, por la sociedad, el gobierno, o es que la sociedad, el Estado, existen para el individuo? ¿Es el individuo el fin de la sociedad, o es tan sólo un títere al que hay que enseñar, que explotar, que enviar al matadero como instrumento de guerra? Ese es el problema que se nos plantea a la mayoría de nosotros. Ese es el problema del mundo: el de saber si el individuo es mero instrumento de la sociedad, juguete de influencias, que haya de ser moldeado; o bien si la sociedad existe para el individuo.

¿Cómo habréis de descubrir eso? Es un serio problema, verdad? Si el individuo no es más que un instrumento de la sociedad, entonces la sociedad es mucho más importante que el individuo. Si eso es cierto, debemos renunciar a la individualidad y trabajar para la sociedad; entonces nuestro sistema educativo debe ser enteramente revolucionado, y el individuo convertido en instrumento que ha de usarse, destruirse, liquidarse, y del que hay que deshacerse. Pero si la sociedad existe para el individuo, entonces la función de la sociedad no consiste en hacer que él se ajuste a molde alguno, sino en darle el sentido y el apremio de libertad. Debemos, pues, descubrir qué es lo falso.

¿Cómo investigaríais este problema? Es un problema vital, ¿no es cierto? Él no depende de ideología alguna, de izquierda o de derecha; y en caso de que si dependa de una ideología, entonces es mero asunto de opinión. Las ideas siempre engendran enemistad, confusión, conflicto. Si dependéis de ideologías de izquierda o de derecha, o de libros sagrados, entonces dependéis de meras opiniones, sean ellas las de Buda, de Cristo, del capitalismo, del comunismo o de lo que os plazca. Son ideas, no la verdad. Un hecho nunca puede ser negado. La opinión acerca del hecho puede negarse. Si podemos descubrir cuál es la verdad en este asunto, podremos actuar independientemente de la opinión. ¿No resulta necesario, por lo tanto, descartar lo que otros han dicho? La opinión de los izquierdistas, nacionalistas  u otros líderes es el resultado de su condicionamiento. De suerte que si dependéis para vuestro descubrimiento de lo que se encuentra en los libros, estáis simplemente atados a las opiniones. No se trata, pues, de conocimiento directo.

¿Cómo habrá de descubrirse la verdad acerca de esto? Sobre esa base actuaremos. Para hallar la verdad al respecto, hay que estar libre de toda propaganda, lo cual significa que sois capaces de observar el problema independientemente de la opinión. Todo el cometido de la educación consiste en despertar al individuo. Para ver la verdad respecto de esto habréis de ser muy claros, es decir, no podréis depender de un dirigente. Cuando escogéis un líder, lo hacéis por confusión, de suerte que vuestros dirigentes también están confusos; y eso es lo que ocurre en el mundo. No podéis, por consiguiente, esperar de vuestro dirigente guía ni ayuda.

Una mente que desea comprender un problema debe no sólo comprender el problema por completo, enteramente, sino que debe poder seguirlo rápidamente, porque el problema nunca es estático, siempre es nuevo, ya sea el problema del hambre, un problema psicológico o cualquier problema. Toda crisis siempre es nueva, por lo tanto, para comprenderla, la mente debe ser siempre lozana, clara, veloz en su búsqueda. Creo que la mayoría de nosotros comprendemos la urgencia de una revolución intima, pues ella es lo único capaz de producir una transformación radical de lo externo, de la sociedad. Este es el problema que a mí mismo a todas las personas de intenciones serias nos preocupa.

Cómo lograr una transformación fundamental, radical, en la sociedad es nuestro problema; y esta transformación de lo externo no puede ocurrir sin revolución íntima. Dado que la sociedad siempre es estática, cualquier reforma que se realice sin esa revolución intima se vuelve igualmente estática; de suerte que sin esa constante revolución íntima no hay esperanza, porque sin ella la acción externa resulta reiterativa, habitual. La acción implícita en las relaciones entre vosotros y los demás, entre vosotros y yo, es la sociedad; y esa sociedad se vuelve estática, sin cualidades vitalizadoras, mientras no exista esa constante revolución íntima una transformación sociológica creadora; y es porque no hay esa constante revolución íntima que la sociedad siempre se vuelve estática, cristalizada, y tiene por lo tanto que ser destruida constantemente.

¿Qué relación existe entre vosotros, por una parte, y la miseria y confusión en vosotros, y a vuestro alrededor, por la otra? Es evidente que esta confusión, esta miseria, no se ha originado de por sí. Somos vosotros y yo quienes la hemos creado, no la sociedad capitalista, o comunista, o fascista. Vosotros y yo la hemos creado en nuestras relaciones. Lo que sois proyectado hacia afuera, en el mundo. Lo que sois, lo que pensáis y lo que sentís, lo que hacéis en vuestra existencia diaria, se proyecte hasta afuera; y eso es lo que constituye el mundo. Si somos desdichados, confusos, caóticos en nuestro interior, eso, proyectado llega a constituir el mundo, la sociedad ‑la sociedad es el producto de nuestra relación-, y si nuestra relación es confusa, egocéntrica, estrecha, limitada, nacionalista, eso lo proyectamos y causamos caos en el mundo.

El mundo es lo que vosotros sois. Vuestro problema es el problema del mundo. Ese, a no dudarlo, es un hecho básico y sencillo. Pero en nuestras relaciones con uno o con muchos parecemos siempre, en cierto modo, no tomarlo en cuenta. Pretendemos producir alteraciones mediante sistemas o una revolución en las ideas o los valores, basada en tal o cual sistema, olvidando que somos vosotros y yo quienes creamos la sociedad y producimos el orden o la confusión con nuestra manera de vivir. Debemos entonces empezar por lo que está más próximo; tenemos que preocuparnos por nuestra existencia diaria, por nuestros actos, pensamientos y sentimientos de todos los días, los cuales se revelan en el modo de ganarnos la vida y en nuestra relación con las ideas y las creencias.

Esa es nuestra existencia diaria, ¿no es cierto? Nos interesa ganarnos el sustento, conseguir un empleo, ganar dinero; nos interesa la relación con nuestra familia, o con nuestros vecinos, y estamos interesados en ideas y creencias. Si examináis ahora vuestras ocupaciones, veréis que ellas se basan fundamentalmente en la envidia y no en la estricta necesidad de ganar el sustento. La sociedad está estructurada en tal forma que es un proceso de constante conflicto, de constante devenir. Todo se basa en la codicia, en la envidia a nuestros superiores. El empleado quiere llegar a ser gerente, lo que muestra que su preocupación no es sólo ganarse el sustento, un medio de subsistencia, sino también adquirir posición y prestigio. Tal actitud, naturalmente, produce estragos en la sociedad, en la convivencia. Mas si vosotros y yo nos preocupásemos tan sólo por el sustento, hallaríamos medios de vida justos cuya base no sería la envidia. Ésta es uno de los factores más destructivos que obran en la sociedad, ya que la envidia revela deseo de poder, de posición, y al final conduce a la política. Envidia y política están estrechamente ligadas. Cuando el empleado busca llegar a gerente, conviértese en uno de los factores que engendra la política del poder, que conduce a la guerra. Él es, pues, directamente responsable de la guerra.

¿En qué se basan nuestras relaciones? La relación entre vosotros y yo, entre vosotros y los demás ‑la sociedad es eso-, ¿en qué se basa? No, por cierto, en el amor, aunque hablemos de ello. Si se basara en el amor habría orden, paz y felicidad, entre nosotros. Empero, en esa relación entre vosotros y yo hay una fuerte dosis de mala voluntad que asume la forma del respeto. Si unos y otros fuésemos iguales en pensamientos y en sentimientos, no habría respeto ni mala voluntad, puesto que habría contacto entre dos individuos ‑no se trataría de maestro y discípulo, ni de esposo que domina a su mujer, ni de mujer que domina al marido. Cuando hay mala voluntad hay deseo de dominación, lo cual provoca celos, ira, pasiones; y todo eso, en nuestras mutuas relaciones engendra constante conflicto que hacemos lo posible por eludir, produciendo mayor caos y mayor desdicha.

En lo que atañe a las ideas, creencias y formulaciones, las cuales forman parte de nuestra vida cotidiana, ¿no deforman acaso nuestra mente? ¿Qué es, en efecto, la estupidez? Consiste en atribuir falso valor a las cosas que produce la mano o la mente del hombre. Casi todos nuestros pensamientos se originan en el instinto de autoprotección, ¿no es así? ¿No damos a muchas de nuestras ideas un sentido de que carecen en sí mismas? Cuando, por consiguiente, creemos en determinadas formas ‑ya sean religiosas, económicas o sociales- o cuando creemos en Dios, en ideas, en un régimen social que separa al hombre del hombre, en el nacionalismo y otras cosas más, es evidente que damos falsa significación a la creencia. Ello indica estupidez, pues la creencia no une a los hombres sino que los divide. Vemos, pues, que por nuestra manera de vivir podemos producir orden o caos, paz o conflicto, felicidad o desdicha.

Nuestro problema, pues, consiste en saber ‑ ¿no es así?- si puede haber una sociedad que sea estática y al mismo tiempo un individuo en quien aquella constante revolución esté realizándose. Es decir, la revolución en la sociedad debe empezar por la transformación íntima, psicológica, del individuo. La mayoría de nosotros desea ver una radical transformación en la estructura social. Esa es toda la batalla que se desarrolla en el mundo: producir una revolución social por medios comunistas o cualesquiera otros. Ahora bien, si hay una revolución social, es decir, una acción con respecto a la estructura externa del hombre, la naturaleza misma de esa revolución social, por más radical que ella sea, es estática si no se produce una revolución íntima del individuo, si no hay una transformación psicológica. De suerte que, para hacer surgir una sociedad que no sea reiterativa estática, que no esté desintegrándose, que esté constantemente viva, resulta imperativo que haya una revolución en la estructura psicológica del individuo; pues sin una revolución íntima, psicológica, la mera transformación de lo externo tiene muy poca significación. Es decir, la sociedad se vuelve siempre cristalizada, estática, por lo cual constantemente se desintegra. Por mucho y muy sabiamente que la legislación sea promulgada, la sociedad está siempre en proceso de descomposición; porque la revolución debe producirse por dentro, no sólo exteriormente.

Creo que es importante comprender esto, y no considerarlo con ligereza. Una vez llevada a efecto, la acción externa ha terminado, es estática; y si la relación entre individuos ‑que es la sociedad- no es el resultado de la revolución intima, entonces la estructura social, por ser estática, absorbe al individuo y por lo tanto lo torna igualmente estático, reiterativo. Si se comprende esto, si se percibe el extraordinario significado de ese hecho, no puede tratarse de acuerdo o de desacuerdo. Es un hecho que la sociedad siempre se está cristalizando, que siempre absorbe al individuo y que la revolución constante, creadora, sólo puede ocurrir en el individuo, no en la sociedad, en lo externo. Esto es, la revolución creadora sólo puede tener lugar en las relaciones del individuo, que es la sociedad. Vemos cómo la estructura de la sociedad actual en la India, en Europa en América, en todas partes del mundo, se desintegra rápidamente; y esto lo sabemos dentro de nuestra propia vida. Podemos observarlo cuando vamos por la calle. No necesitamos grandes historiadores para que nos revelen el hecho de que nuestra sociedad se derrumba; y es preciso que haya nuevos arquitectos, nuevos constructores, para crear una nueva sociedad. La estructura debe levantarse sobre nuevos cimientos, sobre hechos y valores nuevamente descubiertos. Tales arquitectos aún no existen. No hay constructores, nadie que observando, dándose cuenta del hecho de que la estructura se desploma, esté transformándose en arquitecto. Ese, pues, es nuestro problema. Vemos que la sociedad se derrumba, se desmorona; y somos nosotros ‑vosotros y yo- quienes tenemos que ser los arquitectos. Vosotros y yo debemos descubrir de nuevo los valores, y edificar sobre cimientos más fundamentales, más duraderos. Porque si algo esperamos de los arquitectos profesionales ‑los constructores políticos y religiosos- nos hallaremos precisamente en la misma situación de antes.

Porque vosotros y yo no somos creativos, hemos reducido la sociedad a este caos. Vosotros y yo tenemos, pues, que ser creativos, porque el problema es urgente. Vosotros y yo debemos darnos cuenta de las causas del derrumbe de la sociedad, y crear una nueva estructura que no se base en la mera imitación sino en nuestra comprensión creadora. Y esto implica ‑ ¿no es así?- pensamiento negativo. El pensamiento negativo es la más alta forma de la comprensión Es decir, para comprender lo que es el pensamiento creador, debemos enfocar el problema negativamente; porque un enfoque positivo del problema ‑que es que vosotros y yo debemos volvernos creadores a fin de edificar una nueva estructura de la sociedad- será imitativo. Para comprender aquello que se está derrumbando, debemos investigarlo, examinarlo negativamente, no con un sistema positivo, una fórmula positiva, una conclusión positiva.

¿Por qué, pues, la sociedad se derrumba, se desploma, como sin duda ocurre? Una de las razones fundamentales es que el individuo, vosotros, habéis dejado de ser creadores. Explicaré lo que quiero decir. Vosotros y yo hemos llegado a ser imitativos; copiamos exterior e interiormente. Exteriormente, cuando aprendéis una técnica, cuando os comunicáis unos con otros en el nivel verbal, tiene naturalmente que haber algo de imitación, de copia. Copio las palabras. Para llegar a ser ingeniero, primero debo aprender la técnica; y luego empleo la técnica para construir un puente. Tiene, pues, que haber cierto grado de imitación, de copia, en la técnica externa. Pero cuando hay imitación interior, psicológica, dejamos por cierto de ser creadores. Nuestra educación, nuestra estructura social, nuestra vida llamada “religiosa”, todo ello se basa en la imitación; es decir, me ajusto a determinada fórmula social o religiosa. He dejado de ser un verdadero individuo; psicológicamente, me he convertido en una simple máquina de repetir, con ciertas respuestas condicionadas, sean ellas las del hindú las del cristiano, las del budista, las del alemán o las del inglés. Nuestras respuestas están condicionadas según el tipo de sociedad, ya sea oriental u occidental, religiosa o materialista. De suerte que una de las causas fundamentales de la desintegración social es la imitación, y uno de los factores desintegrantes es el líder, cuya esencia misma es la imitación.

Para comprender, pues, la naturaleza de la sociedad en vía de desintegración, ¿no es importante investigar si vosotros y yo ‑el individuo- podemos ser creadores? Podemos ver que, cuando hay incitación, tiene que haber desintegración; cuando hay autoridad, tiene que haber imitación. Y como toda nuestra formación mental, psicológica, se basa en la autoridad, hay que estar libre de autoridad para ser creador. ¿No habéis notado que en los momentos de creación, en esos momentos relativamente felices de interés vital, no hay sentido alguno de repetición, de imitación? Tales momentos siempre son nuevos, frescos, creadores, dichosos. De suerte que una de las causas fundamentales de la desintegración social es la imitación, que es el culto de la autoridad.

Krishnamurti