La mente, el pensamiento. ¿Y qué entendemos por pensar? ¿Qué entendemos por pensamiento? ¿Cómo surge éste? ¿Cuál es su función?

El pensamiento, sin duda, es el resultado del pasado, del ayer, y de muchos, muchos, muchos “ayeres”. No seriáis capaces de pensar si no hubiera “ayeres”.

Pregunta: Deduzco de sus diversas pláticas que el pensamiento debe cesar antes de que pueda surgir el entendimiento. ¿Qué pensamiento es el que debe terminar? ¿Qué entiende Ud. por pensar y por pensamiento?

 

Krishnamurti: Espero que todo esto os interese. Después de todo, debería interesaros; pues eso es lo que estéis haciendo, ya que el único instrumento que poseemos es la mente, el pensamiento. ¿Y qué entendemos por pensar? ¿Qué entendemos por pensamiento? ¿Cómo surge éste? ¿Cuál es su función? Vamos, pues, a investigarlo juntos. Aunque sea yo el que conteste, os ruego que penséis en ello también vosotros. Reflexionemos juntos al respecto.

¿Qué es el pensamiento? El pensamiento, sin duda, es el resultado del pasado, del ayer, y de muchos, muchos, muchos “ayeres”. No seriáis capaces de pensar si no hubiera “ayeres”. El pensamiento es, pues, el resultado de las reacciones condicionadas, establecidas en la mente como pasado.

La mente es el resultado del pasado. Es decir, el pensar es la respuesta de la memoria. Si no tuvieseis memoria, no habría pensamiento. Si no tuvierais ningún recuerdo del camino que lleva a vuestra casa, no podríais llegar a ella; así, pues, el pensar es la respuesta de la memoria. La memoria es un proceso, un residuo de experiencias, sean éstas inmediatas o del pasado. El contacto, la sensación, el deseo, crean la experiencia. Es decir, por el contacto, la sensación, el deseo, surge la experiencia. Esa experiencia deja un residuo que llamamos memoria, ya sea agradable o desagradable, provechosa o no provechosa. De ese residuo surge una respuesta que nosotros llamamos “pensar”; condicionada por diferentes influencias ambientales, y así sucesivamente.

 En otros términos: la mente – no sólo las capaz superiores de la conciencia, sino el proceso completo – es el residuo del pasado. Después de todo, vosotros y yo somos productos del pasado. Todo nuestro proceso consciente de vivir, de pensar y de sentir tiene sus cimientos en el pasado; y la mayoría de nosotros vive en las capas superiores de la conciencia, en la mente superficial. Es ahí donde estamos activos, que se nos plantean los problemas, los innumerables conflictos y los asuntos del diario vivir; y con todo ello nos sentimos satisfechos. Más lo que está en la superficie, lo poco que ahí se manifiesta, no es por cierto el contenido total de la conciencia. Para entender todo el contenido de la conciencia, la mente superficial debe estar serena, así sea unos pocos segundos, unos cuantos minutos. Entonces – ¿no es así? – resulta posible recibir aquello que es lo desconocido.

 

Ahora bien, si el pensamiento es solamente la respuesta del pasado, entonces el proceso del pensamiento debe cesar para que surja algo nuevo, ¿no es cierto? Si el pensamiento es el resultado del tiempo – y lo es – entonces, para recibir las insinuaciones de lo atemporal, de algo que desconocéis, el proceso del pensamiento debe cesar, ¿no es así? Para recibir algo nuevo, lo viejo debe cesar. Si tenéis un cuadro moderno y no lo entendéis, inútil será que os alleguéis a él con vuestra educación clásica, de la que habréis de prescindir, por lo menos de momento, para entender lo nuevo.

 De la misma manera, si habéis de comprender aquello que es nuevo, lo atemporal, entonces la mente ‑ que es el instrumento del pensamiento el residuo del pasado – debe cesar; el proceso de terminar con el pensamiento, aunque esto parezca en cierto modo extravagante, no es asunto de disciplina, ni de eso que se llama “meditación”. Ya discutiremos, en las próximas semanas, lo que es la verdadera meditación y otras cosas más. Podemos ver, empero, que todo lo que la mente haga para poner fin a sí misma, continúa siendo un proceso de pensamiento.

De suerte que este problema, en realidad, es sumamente sutil y difícil de profundizar. ¿Porque no puede haber felicidad, no puede haber dicha ni bienaventuranza, a no ser que haya renovación creadora? Esta renovación creadora no puede producirse si la mente se proyecta de continuo en el futuro, en el mañana, en el próximo segundo. Y, como la mente no cesa de hacer tal cosa, no somos creadores. Podemos procrear hijos, mas no somos interiormente creadores ni tenemos ese extraordinario sentido de renovación en el cual hay constante novedad y lozanía, en el cual hay ausencia total de la mente.

 Ese sentido de “creatividad” no puede surgir si la mente se proyecta de continuo en el futuro, en el mañana. Por eso es importante comprender todo el proceso del pensamiento. Si no comprendéis el proceso del pensamiento – todas sus sutilezas, sus variedades, su profundidad – no podéis llegar a lo otro. Podréis hablar de ello, pero tenéis que dejar de pensar, aunque os parezca una locura. Para lograr esa renovación, esa lozanía, esa extraordinaria sensación de ser “lo otro”, la mente debe entenderse a sí misma. Y por eso es importante que tengamos más profunda y amplia percepción del conocimiento propio

 

KRISHNAMURTI     El Conocimiento de Uno Mismo

¿Cómo surge el pensamiento, ese que aísla y que no da amor?, y ¿cómo puede terminar ese pensamiento?

No tengo respuesta ni expectativa. En realidad, no sé. No hay intervalo, ni por tanto, pensamiento, porque la mente no está mirando, no busca, no está a la espera

Veamos, ¿cómo surge el pensamiento, ese que aísla y que no da amor, el amor que es el único medio de comunicación?, y ¿cómo puede terminar ese pensamiento? El pensamiento y todo su mecanismo tiene que ser comprendido, y la misma comprensión de él es su terminación. Con su permiso, vamos a examinar esto.

Surge el pensamiento como una reacción cuando hay un estímulo. Si no hubiera un estímulo no pensaríais. El estímulo puede adoptar la forma de una pregunta, sea o no importante, y con arreglo a esa pregunta, respondéis. En el intervalo entre la pregunta y la respuesta empieza el proceso del pensamiento, ¿no? Si me preguntáis por algo que conozco bien, mi respuesta es inmediata. Sí, por ejemplo, me preguntáis que donde vivo, no habrá intervalo, porque no tengo que pensarlo, y a vuestra pregunta respondo de manera inmediata. Pero si vuestra pregunta es un poco más compleja, hay un intervalo (durante el cual estoy consultando la memoria) entre vuestra pregunta y mi replica. Podéis preguntarme cual es la distancia entre la tierra y la luna, y yo digo: “¡Cielos! ¿Sé cuál es?”. Si, lo sé y entonces respondo.

Entre vuestra pregunta y mi respuesta hay un intervalo durante el cual la memoria ha funcionado y ha facilitado la respuesta, de modo que, cuando se me plantea una pregunta mi respuesta puede ser inmediata o puede llevar cierto tiempo. Si me hacéis una pregunta sobre algo de lo cual no sé nada en absoluto, el intervalo es mucho más largo. Yo digo: “No lo sé, pero lo averiguaré”; y al no encontrar la respuesta entre las cosas que recuerdo, recurro a alguien para que me lo diga, o lo busco en un libro. También durante este intervalo mucho más largo está en marcha el proceso del pensamiento. Con estas tres fases estamos muy familiarizados.

Ahora, hay una cuarta fase, que tal vez no conozcáis, o no la hayáis distinguido con claridad nunca antes, y es esta: me hacéis una pregunta, y en realidad no conozco la respuesta. Mi memoria no la recuerda, y no espero que nadie me la diga. No tengo respuesta ni expectativa. En realidad, no sé. No hay intervalo, ni por tanto, pensamiento, porque la mente no está mirando, no busca, no está a la espera. Ese estado es efectivamente una completa negación, es liberación de todo lo que la mente ha conocido, y sólo en ese estado es como puede comprender lo nuevo, lo supremo, o cualquier otra palabra con que queráis designarlo.

En ese estado ha concluido todo el proceso del pensar; no hay el observador ni lo observado, el experimentador ni la cosa experimentada. Toda experiencia ha cesado y en ese silencio total hay mutación completa.

 

Jiddu Krishnamurti
La Mutación Psicológica.
Conversaciones en Saanen 1964

Le mente jamás puede encontrar la felicidad

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                              La felicidad no es sensación   

Le mente jamás puede encontrar la felicidad.

La felicidad no es, como lo es la sensación, una cosa que pueda perseguirse y encontrarse. La sensación podemos encontrarla una y otra vez, porque siempre la perdemos; pero la felicidad no puede ser encontrada. La felicidad que recordamos es tan sólo una sensación, una reacción a favor o en contra del presente.

Lo que se ha terminado no es la felicidad; la experiencia de la felicidad que se ha acabado es sensación, porque el recuerdo es el pasado y el pasado es sensación. La felicidad no es sensación […].

Lo que conocemos es el pasado, no el presente; y el pasado es sensación, reacción, memoria. Recordamos que fuimos felices. ¿Puede el pasado decir qué es la felicidad? Puede rememorarla, pero no revivirla. El reconocimiento no es la felicidad; saber qué es ser feliz no es la felicidad.

El reconocer algo es la respuesta de la memoria; ¿puede la mente, el complejo de recuerdos, de experiencias, ser feliz alguna vez? El reconocimiento mismo impide el experimentar.

Cuando usted está consciente de que es feliz, ¿hay felicidad? Cuando hay felicidad, ¿es consciente de ella? La conciencia llega sólo con el conflicto, el conflicto de recordar lo “más”. Donde hay conflicto, no existe la felicidad. El conflicto está donde está la mente.

El pensamiento en todos los niveles es la respuesta de la memoria, y así el pensamiento engendra invariablemente conflicto. El pensamiento es sensación, y la sensación no es felicidad.

Las sensaciones están siempre buscando satisfacerse. El objetivo es la sensación, pero la felicidad no es un objetivo, no es posible ir en busca de ella.

El libro de la Vida, ©KFA.  Krishnamurti

El camino de la meditación

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¿Es la verdad algo final, absoluto, fijo? Nos gustaría que fuera absoluto, porque entonces podríamos refugiarnos en ella. Quisiéramos que fuera permanente, porque así podríamos afirmarnos en ella y encontrar allí la felicidad. Pero, ¿es absoluta la verdad, es continua, puede experimentarse una y otra vez? La repetición de la experiencia es el mero cultivo de la memoria, ¿no es así? En instantes de quietud puedo experimentar cierta verdad, pero si me aferro a esa experiencia por medio de la memoria y la convierto en absoluta, fija, ¿es eso la verdad? La verdad, ¿es la continuación, el cultivo de la memoria? ¿O la verdad puede descubrirse sólo cuando la mente se halla por completo quieta, silenciosa? Cuando mi mente no está presa en los recuerdos, cuando no cultiva la memoria como el centro del reconocimiento, sino que está atenta a todo lo que digo, a todo lo que hago en mis relaciones, en mis actividades, viendo la verdad de todo tal como se manifiesta de instante en instante, ése es, por cierto, el camino de la meditación, ¿verdad? Hay comprensión tan sólo cuando la mente está quieta, y la mente no puede estar quieta mientras se desconoce a sí misma. Ese desconocimiento no se disipa mediante ninguna forma de disciplina, ni yendo en pos de ninguna autoridad, antigua o moderna. Las creencias sólo generan resistencia, aislamiento, y donde hay aislamiento no es posible que haya serenidad. La serenidad interna adviene únicamente cuando comprendo todo el proceso de mí mismo, las diversas entidades que componen el «yo» y están en conflicto la una con la otra. Como ésta es una tarea ardua, recurrimos a otros para aprender distintos trucos, a los que llamamos «meditación». Los trucos de la mente no son la meditación.

La meditación es el principio del conocimiento propio; sin meditación, no hay conocimiento propio.

Krishnamurti