Entra al Zen desde allí

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¿Puedes oír la quebrada en la montaña?

Un maestro zen caminaba en silencio con uno de sus discípulos por un sendero de la montaña. Cuando llegaron donde había un cedro antiguo, se sentaron para comer su merienda sencilla a base de arroz y verduras. Después de comer, el discípulo, un monje joven que no había descubierto todavía la clave del misterio del Zen, rompió el silencio para preguntar: “maestro, ¿cómo puedo entrar en Zen?”

Obviamente se refería a la forma de entrar en el estado de la conciencia que es el Zen.

El maestro permaneció en silencio. Pasaron casi cinco minutos durante los cuales el discípulo aguardó ansiosamente la respuesta. Estaba a punto de hacer otra pregunta cuando el maestro le preguntó repentinamente, “¿oyes el sonido de esa quebrada en la montaña”?

El discípulo no se había percatado de ninguna quebrada. Estaba demasiado ocupado pensando en el significado del Zen. Entonces prestó atención al sonido y su mente ruidosa comenzó a aquietarse. Al principio no oyó nada. Después, sus pensamientos dieron paso a un estado de alerta, hasta que escuchó el murmullo casi imperceptible de una quebrada en la distancia.

“Sí, ahora lo oigo”, dijo.

El maestro levantó un dedo y con una mirada a la vez dura y gentil, le dijo, “Entra al Zen desde allí”.

El discípulo quedó asombrado. Fue su satori, un destello de iluminación. Sabía lo que era el Zen sin saber qué era lo que sabía.

Después siguieron su camino en silencio. El discípulo no salía de su asombro al sentir la vida del mundo que lo rodeaba. Lo experimentó todo como si fuera la primera vez. Sin embargo, poco a poco comenzó a pensar nuevamente. El ruido de su mente sofocó nuevamente la quietud de su conciencia y no tardó en formular otra pregunta: “maestro”, dijo, “he estado pensando. ¿Qué hubiera dicho usted si yo no hubiera logrado oír la quebrada en la montaña?” El maestro se detuvo, lo miró, levantó el dedo y dijo, “Entra al Zen desde allí”.

ECKHART TOLLE

¿Qué es el Zen?

Existen dos tipos de objetivos egoicos: los mundanos y los ultramundanos.
Algunas personas andan a la búsqueda de dinero, otras quieren poder, prestigio, ganar.
Otras andan buscando a Dios, moksha, nirvana, iluminación. Pero la búsqueda continúa.
¿Y quién busca?
El mismo ego.
En el momento en que abandonas la búsqueda, también desechas el ego. En el momento en que no hay búsqueda, deja de existir el buscador.

¿Cuál es el secreto más básico del Zen?

Soltar.
La vida se manifiesta a sí misma cuando no te agarras a ella, cuando no te apegas, cuando no acaparas, cuando no eres miserable.
Cuando estás suelto y dispuesto a soltar, cuando no cierras el puño, cuando tienes la mano abierta.
La vida se revela a sí misma llanamente cuando no te agarras a ella, ni de sentimiento ni de pensamiento.
Desapego, ése es el secreto.
Todo lo que se guarda acaba estropeándose, todo.
Acumula algo y lo matarás, acumula y se ranciará.
La razón es que todo lo que es importante, vivo y en movimiento, es momentáneo.
Pero si vives el momento soltando por completo, entonces es eterno.
Un momento vivido por completo, en un estado mental relajado, es la eternidad.
Eternidad no es duración; eternidad es profundidad en el momento.
Si profundizas en el momento, si te dejas hundir en lo momentáneo, disolviéndose por completo en ello, tendrás un vislumbre de eternidad. Todo momento vivido total y relajadamente es eternidad.
La eternidad está siempre presente. El “ahora” es parte de la eternidad, no parte del tiempo.

El secreto más básico del Zen es soltar, y el desapego. Vivir de manera tan relajada. Abandonar el cuerpo y la mente, y abandonar el abandono. Eso es relajación completa, un completo soltar.
Se suelta incluso el nirvana, incluso a Dios, incluso la espiritualidad. Incluso se suelta la meditación. La meditación es perfecta cuando se suelta.
Habrás llegado cuando te olvides incluso de la iluminación. Eso es relajación total; eso es soltar.

OSHO

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EL ESPÍRITU REBELDE

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Solamente puedes encontrarte con la muerte en la muerte del ser querido. Cuando el amor y la muerte te rodean, se produce una transformación, una inmensa mutación, como si naciera un nuevo ser. Nunca vuelves a ser el mismo. Pero las personas no aman, y como no aman no pueden experimentar la muer­te como la experimenté yo. Sin amor la muerte no te da las llaves de la existen­cia. Con amor, te entrega las llaves de todo lo que hay.

Por lo que puedo recordar, sólo me gustaba un juego, discutir, discutir sobre cualquier cosa. De modo que muy pocos adultos podían aguantar­me; entenderme ni se plantea.

Nunca tuve interés en ir a la escuela. Ése era el peor lugar. Finalmente me obligaron, pero me resistí todo lo que pude, porque allí sólo había niños que no estaban interesados en las cosas que me interesaban a mí, y a mí no me intere­saban las cosas que les interesaban a ellos. Así que yo era un marginado.

Mi interés ha seguido siendo el mismo: conocer cuál es la verdad absoluta, cuál es el significado de la vida, por qué estoy aquí y no en otro lugar. Y estaba decidido a que, a menos que encontrara la respuesta, no iba a descansar y tam­poco iba a dejar descansar a nadie a mi alrededor.

1939-1951:

GADAWARA, MADHYA PRADESH, INDIA

La muerte de mi abuelo fu mi primer encuentro con la muerte. Sí, fue un encuentro y algo más; no sólo fue un encuentro, si no me habría perdido el verdadero sentido. Vi algo más que no se estaba mu­riendo, que flotaba más alto, escapándose del cuerpo… los elementos. Ese en­cuentro determinó el rumbo de mi vida. Me dio una dirección, mejor dicho una dimensión, que hasta entonces me resultaba desconocida.

Había oído hablar de las muertes de otras personas, pero sólo de oídas. Nunca había presenciado ninguna, y aun cuando la hubiese visto, no significaban nada para mí. A menos que ames a alguien y esta persona muera, no puedes encontrarte de verdad con la muerte. Pon esto subrayado:

Solamente puedes encontrarte con la muerte en la muerte del ser querido. Cuando el amor y la muerte te rodean, se produce una transformación, una inmensa mutación, como si naciera un nuevo ser. Nunca vuelves a ser el mismo. Pero las personas no aman, y como no aman no pueden experimentar la muer­te como la experimenté yo. Sin amor la muerte no te da las llaves de la existen­cia. Con amor, te entrega las llaves de todo lo que hay.

Mi primera experiencia de muerte no fue un simple encuentro. Fue com­plejo en muchos sentidos. El hombre que había amado se estaba muriendo. Era como un padre para mí. Me crió con una libertad absoluta, sin inhibiciones, re­presiones ni mandamientos …

Si tienes amor con libertad, eres un rey o una reina. Ése es el auténtico reino de Dios, amor con libertad. El amor te da raíces en la tierra y la libertad te da alas.

Mi abuelo me dio ambas cosas. Me dio su amor, más del que jamás le dio a mi madre o a mi abuela; y me dio libertad, que es el regalo más grande. Al mo­rirse me regaló su anillo y me dijo con lágrimas en los ojos:

-No tengo nada más para darte.

-Nana -le dije-, ya me has dado el regalo más preciado.

-¿Cuál es? -me preguntó abriendo los ojos.

Yo me reí y le dije:

-¿Te has olvidado? Me has dado tu amor y me has dado libertad. No creo que ningún otro niño haya tenido la libertad que tú me has dado a mí. ¿Qué más necesito? ¿Qué otra cosa me puedes dar? Te estoy agradecido. Puedes morir en paz.

Fue mi primer encuentro con la muerte, y fue precioso. No fue una cosa horrible, como lo que le sucede, más o menos, a todos los niños del mundo. Afortunadamente, estuve con mi abuelo agonizante durante muchas horas, y murió lentamente. A medida que pasaba el tiempo pude sentir cómo le llegaba la muerte y pude ver el silencio que hay en ella.

También tuve suerte de que estuviese mi Nani. Sin ella quizás se me podría haber escapado la belleza de la muerte, porque el amor y la muerte son muy pa­recidos, quizás iguales. Ella me amaba. Me colmó de amor, y la muerte estaba ahí, sucediendo lentamente. La carreta de bueyes -todavía puedo oír el soni­do-, el traqueteo de las ruedas sobre las piedras, el conductor gritando sin ce­sar a los bueyes, el sonido del látigo azuzándolos…, todavía oigo todos los soni­dos. Está tan profundamente enraizada en mi experiencia que no creo que lo borre ni siquiera la muerte. Incluso cuando me esté muriendo, puede que vuel­va a oír el sonido de la carreta de bueyes.

Mi nani me sujetaba la mano y yo estaba completamente aturdido, sin saber qué estaba ocurriendo, enteramente en el presente. La cabeza de mi abuelo es­taba sobre mi regazo. Puse mis manos sobre su pecho y, poco a poco, desapareció la respiración. Al sentir que ya no respiraba le dije a mi abuela:

-Lo siento, nani, pero parece que ya no respira.

-No pasa nada -me dijo ella-. No tienes por qué preocuparte. Ha vivido bastante y no hay por qué pedir más.

También me dijo:

-Recuerda, porque estos momentos no se deben olvidar: nunca pidas más. Es suficiente con lo que hay.

Los primeros siete años son los más importantes en la vida; nunca volverás a tener una oportunidad así. Esos siete años deciden tus setenta años, todos los cimientos son colocados en esos siete años. Por eso, por una extraña coinciden­cia, estuve a salvo de mis padres y cuando por fin entré en contacto con ellos, ya casi me valía por mí mismo, ya estaba volando. Sabía que tenía alas. Sabía que no necesitaba de la ayuda de nadie para volar. Sabía que todo el cielo es mío.

OSHO  

Instrumental – Gayatri Mantra (Flute,Sitar & Santoor)

COMPRENDER LAS RAÍCES DE LA ESCLAVITUD

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Rabindranath Tagore dice en su Gitanjali:

Obstinadas son las restricciones, pero me duele el corazón cuando intento vencerlas. La libertad es lo único que quiero, pero me avergüenzo de tener esperanza de ella. Estoy seguro de que hay en ti un tesoro inmensurable, y de que eres mi mejor amigo. Pero me falta valor para deshacerme de las baratijas que abarrotan mi habitación. La mortaja que me cubre es una mortaja de polvo y muerte. La odio, pero la abrazo con amor. Mis deudas son enormes, mis fracasos mayúsculos, mi vergüenza secreta y opresiva. Aun así, cuando voy a pedir mi bien, tiemblo de miedo de que mi oración me sea concedida.

Rabindranath Tagore es el más contemporáneo de los hombres y, sin embargo, también el más antiguo. Sus palabras son un puente entre la mente moderna y los sabios más antiguos del mundo. Especialmente, su libro Gitanjali es su mayor contribución a la evolución humana, a la consciencia humana. Es uno de los libros más excepcionales que han aparecido en el siglo XX.

Tagore no es una persona religiosa en el sentido corriente. Es uno de los pensadores más progresistas —no tradicional, heterodoxo— pero su grandeza reside en su inocencia de niño. Y quizá debido a esa inocencia, fue capaz de convertirse en el vehículo del espíritu universal. Es un poeta de la más alta categoría, y también un místico. Semejante combinación solo se ha dado una o dos veces antes: en Jalil Gibran, en Friedrich Nietzsche y en Rabindranath Tagore. Estas tres personas llenan esa categoría. En la larga historia del hombre, esto es extraordinario… Ha habido grandes poetas y ha habido grandes místicos. Ha habido grandes poetas que tenían un poco de misticismo, y ha habido grandes místicos que se han expresado en poesía… pero su poesía no es brillante.

Es difícil decir si Rabindranath es mejor como poeta o como místico. Es ambos —es mejor como ambas cosas— y en el siglo XX… Rabindranath no fue un hombre confinado en India. Fue un cosmopolita, se educó en Occidente, y estuvo continuamente viajando por diferentes países; le encantaba andar errante. Era un ciudadano del mundo, y sin embargo, tenía profundas raíces en India. Aunque volaba lejos, como un águila alrededor del sol, no dejaba de volver a su pequeño nido. Y nunca perdió de vista su herencia cultural, no importa lo cubierta de polvo que pudiese haber llegado a estar. Fue capaz de limpiarla y convertirla en un espejo en el que uno puede verse a sí mismo.

Sus poemas de Gitanjali son ofrendas de canciones a Dios. Ese es el significado de la palabra Gitanjali: ofrendas de canciones. Él solía decir: «No tengo nada más que ofrecer. Soy pobre como un pájaro, o rico como un pájaro. Puedo cantar una canción cada mañana, fresca y nueva, en agradecimiento. Esa es mi oración». Nunca fue a ningún templo, nunca rezó en el sentido tradicional. Nació hindú, pero no sería correcto confinarlo a una cierta sección de la humanidad; era muy universal. Le dijeron muchas veces: «Tus palabras están tan fragantes de religiosidad, tan radiantes de espiritualidad, tan vivas con lo desconocido, que incluso los que no creen en nada más que la materia se sienten afectados, conmovidos. Pero nunca vas al templo, nunca lees las escrituras».

Su respuesta es inmensamente importante para vosotros. Dijo: «Nunca leo las escrituras; de hecho, las evito, porque tengo mi propia experiencia de lo trascendental y no quiero que las palabras de otros se mezclen con mi experiencia original, auténtica, individual. Quiero ofrecerle a Dios exactamente lo que constituye el latido de mi corazón. Puede que otros lo hayan conocido —sin duda, otros lo han conocido— pero su conocimiento no puede ser mi conocimiento. Solo mi experiencia puede satisfacerme, puede colmar mi búsqueda, puede darme confianza en la existencia. No quiero ser un creyente».

Estas palabras hay que recordarlas: «No quiero ser un creyente; quiero ser alguien que sabe. No quiero tener muchos conocimientos; quiero ser lo suficientemente inocente como para que la existencia me revele sus misterios. No quiero ser considerado un santo». Y la realidad es que en todo el siglo XX no ha habido nadie más santo que Rabindranath Tagore; pero no quiso ser reconocido como tal. Dijo: «Solo tengo un deseo: ser recordado como un cantor de canciones, como un bailarín, como un poeta que ha ofrecido todo su potencial, todas las flores de su ser, a la divinidad desconocida de la existencia. No quiero ser venerado; lo considero una humillación… algo feo, inhumano, y completamente distante del mundo. Todo hombre lleva en sí a Dios; toda nube, todo árbol, todo océano está lleno de divinidad, así es que ¿quién debe venerar a quién?».

Rabindranath nunca fue a ningún templo, nunca veneró a ningún Dios, nunca fue, en el sentido tradicional, un santo. Pero, para mí, es uno de los mayores santos que ha conocido el mundo. Su santidad se manifiesta en cada una de sus palabras. «Obstinadas son las restricciones, pero me duele el corazón cuando intento vencerlas. La libertad es lo único que quiero, pero me avergüenzo de tener esperanza de ella.»

Está diciendo algo no solo sobre sí mismo, sino sobre toda la consciencia humana.

Semejantes personas no hablan de sí mismas; hablan del núcleo mismo de todo el género humano. «Obstinadas son las restricciones…» Los obstáculos son enormes. … me he apegado demasiado a ellas. Ya no me parecen cadenas; se han convertido en mis ornamentos. Son de oro, son muy preciados. Pero me duele el corazón porque, por un lado, quiero libertad y, por el otro, no puedo romper las cadenas que me impiden ser libre. Esas cadenas, esos ornamentos, esas relaciones, se han convertido en mi vida. No puedo imaginarme a mí mismo sin mi amada, sin mis amigos. No puedo imaginarme a mí mismo absolutamente solo, en silencio profundo. Mis canciones se han convertido también en mis grilletes, así es que «me duele el corazón cuando intento vencerlas. La libertad es lo único que quiero».

Esta es la situación de todo ser humano. Es difícil encontrar un hombre cuyo corazón no quiera volar como un pájaro, que no quisiera llegar a las estrellas remotas, pero que también tenga conocimiento de su profundo apego a la tierra. Está profundamente enraizado en la tierra. Su escisión es que está apegado a su encarcelamiento y su anhelo más profundo es la libertad. Está dividido contra sí mismo.

Esta es la mayor angustia, ansiedad. No puedes dejar el mundo que te encadena; no puedes dejar a los que se han convertido en tus obstáculos en la vida, porque ellos son también tus apegos, tus alegrías. De alguna manera, ellos son también un alimento para tu orgullo. Ni puedes dejarlos, ni puedes olvidar que no perteneces a este mundo, que tu hogar debe estar en alguna otra parte, porque en tus sueños siempre estás volando, volando a lugares remotos. «La libertad es lo único que quiero, pero me avergüenzo de tener esperanza de ella.» ¿Por qué debería uno avergonzarse de tener esperanza de libertad?... Porque nadie te lo impide: puedes ser libre en este mismo momento.

 Pero esos apegos… han ahondado muy dentro de ti; se han convertido casi en tu propia existencia. Puede que te estén trayendo sufrimiento, pero también te traen momentos de felicidad. Puede que estén creando cadenas para tus pies, pero también te dan momentos de baile. Es una situación muy extraña que todo ser humano inteligente tiene que afrontar: estamos enraizados en la tierra y queremos alas para volar por el cielo. No podemos desarraigarnos porque la tierra es nuestra nutrición, nuestro alimento. Y no podemos dejar de soñar con alas, porque ese es nuestro espíritu, esa es nuestra alma misma, eso es lo que nos hace seres humanos. Ningún animal siente angustia; todos los animales están plenamente satisfechos tal como son. El hombre es el único animal que está intrínsecamente descontento; por eso la sensación de vergüenza, porque sabe: «Puedo ser libre». […]

Rabindranath tiene razón: «La libertad es lo único que quiero, pero me avergüenzo de tener esperanza de ella». Porque no es cuestión de esperanza; es cuestión de correr un riesgo. «Estoy seguro de que hay en ti un tesoro inmensurable, y de que eres mi mejor amigo. Pero me falta valor para deshacerme de las baratijas que abarrotan mi habitación.» Estás seguro de que en el mundo de la libertad, en la experiencia de la libertad, hay un tesoro inmensurable. Pero esta certeza es también una proyección de tu deseo: ¿cómo puedes estar seguro? Te gustaría estar seguro. Sabes que tienes un anhelo de libertad. No puede ser de una libertad inútil; debe de ser de algo sustancioso, algo inmensurable. Estás creando una certeza para armarte de valor y así poder lanzarte a lo desconocido. «… Y de que eres mi mejor amigo.» Pero todo esto son sueños hermosos, son esperanzas; la certeza es tu propia jaula, su seguridad. «Pero me falta valor para deshacerme de las baratijas que abarrotan mi habitación.» Todo esto son bellas ideas de la mente. «La mortaja que me cubre es una mortaja de polvo y muerte. La odio, pero la abrazo con amor.»

Sabes que tu cuerpo va a morir. De hecho, tu cuerpo está hecho de material muerto; ya está muerto. Parece vivo porque hay algo vivo dentro de él. Irradia calor y vida debido al huésped que hay dentro de ti. En el momento que el huésped haya emprendido el vuelo, la realidad del cuerpo te será revelada. Rabindranath dice que nuestros cuerpos están hechos de polvo y muerte. «La odio, pero la abrazo con amor.» Pero cuando te enamoras de una mujer, entonces se abrazan dos esqueletos; ambos sabéis que la piel es solo el revestimiento de un esqueleto. Si pudierais ver al otro en su verdadera desnudez —no solo sin ropa, sino también sin piel, porque esa es la verdadera ropa— entonces quedarías impresionado, y te escaparías lo más rápido posible de la persona amada con la que estabas prometiendo que ibas a vivir por siempre jamás. Ni siquiera mirarías hacia atrás; ni siquiera quisieras acordarte de ese fenómeno. […]

La odio, pero la abrazo con amor.» Así es la esquizofrenia del hombre, la personalidad dividida del hombre. Su casa está dividida contra sí misma; en consecuencia, no puede encontrar la paz. «Mis deudas son enormes, mis fracasos mayúsculos, mi vergüenza secreta y opresiva. Aun así, cuando voy a pedir mi bien, tiemblo de miedo de que mi oración me sea concedida.»

Estas líneas solo pueden entenderse si os recuerdo otro poema de Rabindranath del mismo Gitanjali.

En ese otro poema dice: «He estado buscando y rebuscando a Dios desde que puedo acordarme, durante muchas, muchísimas vidas, desde el principio mismo de la existencia. Alguna que otra vez, le he visto junto a alguna estrella lejana, y he bailado y me he regocijado pensando que la distancia, aunque grande, no es imposible de alcanzar. Y he viajado y he llegado a la estrella, pero para cuando he llegado a ella, Dios se había ido a otra. Y esto ha estado sucediendo durante siglos. »El desafío es tan enorme que sigo aferrándome a la esperanza… tengo que encontrarle, estoy absorto en la búsqueda. La búsqueda misma es tan enigmática, tan misteriosa, tan cautivadora, que Dios se ha vuelto casi una excusa: la búsqueda en sí misma se ha vuelto el objetivo.»Y, para mi asombro, un día llegué a una casa en una estrella remota con un pequeño letrero en la fachada que decía: “Ésta es la casa de Dios”. Mi alegría no tuvo límite: ¡por fin, había llegado!

Subí corriendo las escaleras, las muchas escaleras que llevaban a la puerta de la casa. Pero según iba acercándome a la puerta, de pronto surgió un miedo en mi corazón. En el momento en que iba a llamar, quedé paralizado por un miedo que nunca antes había conocido, que nunca había considerado, que nunca había imaginado. El miedo era este: si esta casa es ciertamente la casa de Dios, ¿qué voy a hacer después de haberle encontrado?» Ahora que buscar a Dios se ha vuelto mi vida misma, haberle encontrado será el equivalente a suicidarse. ¿Y qué voy a hacer con él? Nunca había pensado en estas cosas antes. Debería haber pensado antes de comenzar la búsqueda: ¿qué voy a hacer con Dios?»Con los zapatos en las manos, retrocedí en silencio y muy lentamente, con miedo a que Dios pudiera oír el ruido y pudiera abrir la puerta y decir: “¿Dónde vas? ¡Estoy aquí, entra!”. Y cuando llegué a las escaleras, corrí como no había corrido nunca; y desde entonces he vuelto a estar buscando a Dios, buscándole en todas partes… y esquivando la casa en la que vive. Ahora sé que tengo que esquivar esa casa. Y continúo la búsqueda, disfruto el viaje mismo, el peregrinaje».

La sabiduría que hay en esta historia es tremenda. Hay buscadores de la verdad que nunca han pensado « ¿qué haré con la verdad?». No puedes comerla, no puedes venderla; no puedes llegar a ser presidente porque tienes la verdad. A lo sumo, si tienes la verdad, la gente te crucificará.

Rabindranath tiene razón cuando dice: «Mis deudas son enormes, mis fracasos mayúsculos, mi vergüenza secreta y opresiva. Aun así, cuando voy a pedir mi bien, tiemblo de miedo de que mi oración me sea concedida», porque estas cosas son buenas para hablar de ellas: Dios, la verdad, la bondad, la belleza. Es bueno escribir tratados sobre ellas, hacer que las universidades otorguen doctorados, hacer que el comité del Nobel te conceda un premio. Estas cosas son buenas para hablar, para escribir, pero si llegas realmente a experimentarlas, tendrás problemas. Eso es lo que dice: tengo miedo de que mi petición pueda serme concedida.

Está bien que Dios esté sordo. No oye las oraciones; de lo contrario estaréis todos en dificultades. Tu oración te creará problemas, porque en las oraciones serás muy romántico y pedirás grandes cosas a cuya altura no podrás estar, y se volverán agobiantes e interferirán con lo que llamas tu vida… que, aunque llena de sufrimiento, va como una seda.

La verdad se vuelve una cruz; la vida se vuelve agobiante. La verdad se convierte en veneno para Sócrates. La verdad se convierte en la muerte para al-Hallach Mansoor. La verdad se convierte en crucifixión para Jesucristo. Y tú oras: «Dios, otórgame la verdad. Dame cualidades que sean divinas, celestiales». Pero Dios está sordo a propósito: para que tus oraciones no puedan ser oídas y puedas disfrutar ambas cosas, tu desdichada vida y tus bellas oraciones. Las oraciones no serán escuchadas —puedes seguir lleno de envidia, lleno de ira, lleno de odio, lleno de egoísmo, y seguir rezando a Dios: «Hazme humilde; y como “bienaventurados son los mansos”, hazme manso»— pero a propósito.

No está escrito en ninguna escritura, pero yo os digo con autoridad propia que, después de crear el mundo en seis días, lo último que hizo Dios fue destrozar sus oídos. Desde entonces, no ha oído nada; y desde entonces, tampoco nosotros hemos vuelto a oír de él. De modo que está perfectamente bien: por la mañana vas al templo o a la iglesia o a la mezquita, rezas una bella oración, pides grandes cosas —sabiendo perfectamente que está sordo— y luego sigues siendo igual de desagradable e infeliz. Después, mañana por la mañana, vuelve a rezar una buena oración… Es un buen arreglo, un buen acomodo.

Rabindranath, en su poema, está señalando una tremenda verdad: ¿Quieres realmente a Dios? ¿Quieres realmente la verdad? ¿Quieres realmente silencio? Si preguntas, y eres honesto, te sentirás avergonzado. Tendrás que aceptar que no quieres realmente estas cosas. Solo estás simulando que meditas; porque sabes que has estado meditando muchos años y no sucede nada. No hay miedo; puedes meditar y no sucede nada. En cuanto empieza a suceder algo, entonces hay problemas. Cuando empiece a crecer en tu vida algo que no crece en los corazones de la multitud que te rodea, serás un extraño, serás una persona ajena. Y la multitud nunca perdona a los extraños, la multitud nunca perdona a las personas ajenas; los aniquila. Tiene que aniquilarlos para preservar su propia tranquilidad mental.

Un hombre como Jesucristo es una molestia continua, porque te recuerda que tú también puedes tener la misma belleza, la misma gracia, la misma verdad, y eso duele. Hace que te sientas inferior, y nadie quiere sentirse inferior. Y solo hay dos maneras de no sentirse inferior: una es volverse superior; esa es una manera ardua, y muy prolongada… peligrosa, porque tendrás que avanzar solo. La manera simple es acabar con ese hombre superior. Entonces toda la multitud está compuesta de gente igual. Nadie es superior, nadie es inferior. Todos son taimados, todos son embusteros, todos son criminales a su manera. Todos son envidiosos, todos son ambiciosos. Todos están en las mismas, y se entienden perfectamente. Y nadie causa ningún revuelo sobre la verdad, sobre Dios, sobre la meditación.

La gente es feliz sin ningún Buda, sin ningún Sócrates, sin ningún Zaratustra, porque estas personas son como cimas elevadas de montañas, y tú pareces tan pequeño, como un pigmeo; eso duele. Dicen que los camellos nunca se acercan a las montañas. Han elegido vivir en el desierto porque en el desierto ellos son montañas andantes, pero junto a las montañas parecerán hormigas, y eso duele. La manera más fácil es olvidarse de las montañas, decir: «Todas esas montañas son mitológicas, ficticias; la realidad es el desierto». De modo que disfrutas el desierto, disfrutas tu ego… y también disfrutas la oración: «Dios, por favor, libérame del ego, hazme humilde», sabiendo perfectamente que no oye, que ninguna oración es concedida. Puedes rezar por cualquier cosa sin miedo, porque seguirás siendo el mismo, y además tendrás la satisfacción de orar por grandes cosas.

Por eso la gente, sin volverse religiosa, se hace cristiana, se hace hindú, se hace musulmana. No son personas religiosas en absoluto; estas son estrategias para evitar ser religioso. Una persona religiosa es simplemente religiosa; no es ni hindú, ni musulmana, ni cristiana, ni budista… no es necesario. Es veraz, es sincera, es compasiva, es amorosa, es humana… tan humana que casi representa lo divino en el mundo.

OSHO

La separación tiene su propia poesía; uno sólo tiene que aprender su len­guaje, y tiene que vivirla en toda su profundidad

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Prender fuego a su cuerpo ha sido la tarea más difícil de mi vida. Es como si estuviese quemando uno de los cuadros más hermosos de Leonardo o de Vin­cent Van Gogh. Por supuesto que para mi ella tenía más valor que la Mona Lisa y era más bella que Cleopatra. No es una exageración. Todo lo hermoso que hay en mi visión viene, de alguna manera, a través de ella.

Nana no era sólo mi abuelo materno. Me es muy difícil definir lo que era para mí. Él solía llamarme “rajá” -“rajá” significa “el rey”- y durante aquellos siete años consiguió que yo viviera como un rey. El día de mi cumpleaños solía traer un elefante de un pueblo cercano… En aquellos días, los elefantes en la India estaban reservados, o bien para los reyes -porque es muy costoso el mantenimiento, la alimentación y el servicio que requieren los elefantes- o para los santos. Los solían disfrutar estos dos tipos de personas. Los santos podían tener elefantes porque tenían muchos seguidores. De la misma forma que los seguidores se ocupaban del santo, se ocupaban del elefante. Cerca de allí había un santo que tenía un elefante, de modo que para mi cumpleaños mi abuelo materno solía subirme al elefante con dos bolsas, una en cada lado, llenas de monedas de plata…cf002501_1524x2000 (1)

En mi infancia, todavía no habían aparecido los billetes en la India; las rupias todavía eran de plata. Mi abuelo llenaba dos grandes bolsas, y las colgaba una de cada lado, con monedas de plata, y yo iba dando vueltas por la aldea tirando las monedas de plata. Así es como solía celebrar mi cumpleaños. Una vez que empezaba, me seguía con su carro de bueyes con más rupias, y me iba diciendo: «No seas avaro; tengo más guardadas. No puedes tirar todas las que tengo. ¡Sigue tirándolas!».

Él consiguió en todos los aspectos darme la idea de que pertenecía a alguna familia real.

La separación tiene su propia poesía; uno sólo tiene que aprender su len­guaje, y tiene que vivirla en toda su profundidad. De esa misma tristeza surge un nuevo tipo de alegría… , que parece casi imposible, pero sucede. Yo la he co­nocido con la muerte de mi nana. Fue una separación total. No nos volveremos a ver pero había algo hermoso en ello. Él era viejo y se estaba muriendo, pro­bablemente de un fuerte ataque al corazón. No lo sabíamos porque en el pue­blo no había médico, ni farmacéutico ni medicinas. Por eso no pudimos saber cuál fue la causa de su muerte, aunque creo que fue un grave ataque al corazón.

Le pregunté al oído:

-Nana, ¿hay algo que me quieras decir antes de irte? ¿Las últimas palabras? ¿Me quieres dar algo para que te recuerde para siempre?-. Se quitó el anillo y me lo puso en la mano. Ahora, lo tiene algún sannyasin*; se lo regalé a alguien. Pero ese anillo siempre fue un misterio. Durante toda la vida no le permitió ver a nadie lo que había en su interior, pero él solía mirar de vez en cuando. El ani­llo tenía una ventana de cristal a ambos lados, de modo que se podía mirar a través. En la parte superior había un diamante, y a cada lado había una ventanilla de cristal.

No le había dejado ver a nadie lo que solía mirar a través del cristal. En su interior había una estatua de Mahavira, el tirthankara jainista; una figura muy hermosa y muy pequeña. Se trataba de un pequeño retrato de Mahavira, y aque­llos dos cristales actuaban como lupas. Lo ampliaban y parecía enorme.

Con lágrimas en los ojos mi abuelo me dijo:

-No tengo otra cosa para darte, porque todo lo que tengo te será arreba­tado, igual que me ha sido arrebatado a mí. Sólo puedo darte mi amor por aquél que se ha conocido a sí mismo.

Aunque no me quedé con el anillo, he cumplido su deseo. Lo he conoci­do, y lo he conocido dentro  de mí mismo. El anillo, ¿qué más da? Pero el pobre viejo amaba a su Maestro, Mahavira, y me dio su amor. Respeto su amor a su maestro y a mí. Las últimas palabras que dijo fueron: «No os preocupéis, porque no me estoy muriendo».

Todos esperamos para ver si decía algo más, pero aquello fue todo. Sus ojos se cerraron y dejó de existir.

Todavía recuerdo aquel  silencio. La carreta de bueyes estaba cruzando el le­cho de un río. Me acuerdo exactamente de todos los detalles. No dije nada por­ que no quería molestar a mi abuela. Ella no dijo nada. Pasaron algunos instan­tes, entonces me empecé a preocupar por ella y le dije:

-Di algo; no estés tan callada, no lo puedo soportar.

No os lo creeréis, ¡se puso a cantar una canción! De ese modo aprendí que hay que celebrar la muerte. Cantó la misma canción que había cantado cuando se enamoró de mi abuelo la primera vez.

También conviene tener en cuenta esto: tuvo el valor de enamorarse hace noventa años en la India. No se casó hasta los veinticuatro años. Eso era poco corriente. Una vez le pregunté por qué había tardado tanto en casarse. Era una mujer muy bella… Le dije en broma que se habría enamorado de ella hasta el rey de Chhattarpur, el estado donde se encuentra Khajuraho.

Ella respondió:

-Qué raro que lo menciones, porque ocurrió. Pero yo le rechacé, y no sólo a él, sino también a muchos otros.

En aquella época, en la India, las niñas se casaban a los siete años, a los nue­ve como mucho. Sólo por miedo al amor…, si fueran mayores podrían enamorarse. Pero el padre de mi abuela era un poeta; todavía cantan sus canciones en Khajurabo y en los pueblos cercanos. Él insistió en que no la casaría con nadie si ella no estaba de acuerdo. Y por arte del azar, se enamoró de mi abuelo.

-Eso es más extraño -le pregunté-. Rechazaste al rey de Chhattapur y, sin embargo, te enamoraste de este pobre hombre ¿Por qué? Desde luego no era un hombre muy apuesto, ni extraordinario en ningún otro sentido; ¿por qué te enamoraste de él?

-Estás haciendo la pregunta equivocada -respondió-. Enamorarse no tiene un «por qué». Le vi y eso es todo. Vi sus ojos y surgió en mí una confian­za que no ha flaqueado nunca.

También le pregunté a mi abuelo:

-Nani dice que se enamoró de ti. Por su parte está bien, pero ¿por qué permitiste que se celebrara la boda?

-No soy un poeta ni un pensador -me contestó-, pero reconozco la belleza cuando la veo.

Nunca a vi una mujer tan hermosa como mi abuela. Yo también estaba ena­morado de ella, y la amé durante toda su vida. Cuando murió a los ochenta años, corrí hasta la casa y la encontré ahí, echada, muerta. Estaban todos es­perándome, porque ella había dicho que no pusieran su cuerpo en la pira fu­neraria hasta que yo llegase. Insistió en que yo tenía que prender la pira fune­raria, de modo que me estaban esperando. Entré, le descubrí la cara… ¡y seguía estando hermosa! En realidad, más bella que nunca, porque todo estaba quieto; el alboroto de la vida, ya no estaban allí. Ella sólo era una presencia.

Prender fuego a su cuerpo ha sido la tarea más difícil de mi vida. Es como si estuviese quemando uno de los cuadros más hermosos de pira_funeraria_Leonardo o de Vin­cent van Gogh. Por supuesto que para mi ella tenía más valor que la Mona Lisa y era más bella que Cleopatra. No es una exageración. Todo lo hermoso que hay en mi visión viene, de alguna manera, a través de ella. Me ayudó totalmen­te a ser lo que soy. Sin ella habría sido un tendero, o quizás un doctor o un ingeniero, porque mi padre era tan pobre cuando aprobé el examen de ingreso, que para él era muy difícil mandarme a la universidad. Pero estaba dispuesto a pedir dinero para poder hacerlo. Me insistió mucho para que fuese a la universidad. Yo deseaba hacerlo, pero no quería hacer la carrera de medicina ni la de ingeniería. Rechacé de plano ser médico o ingeniero.

-Si quieres saber la verdad -le dije-, quiero ser un sannyasin, un vaga­bundo.

-¿Qué? -respondió-. ¿Un vagabundo?

-Sí -afirmé–. Quiero ir a la universidad y estudiar filosofía para ser un vagabundo filosófico.

Él se negó diciendo:

-En ese caso no pienso pedir dinero prestado ni tomarme todo ese trabajo.

Mi abuela dijo:

-No te preocupes, hijo; ve y haz lo que quieras. Estoy viva y venderé todo lo que tengo para ayudarte a ser tú mismo. No te voy a preguntar dónde vas a ir ni qué quieres estudiar.

Nunca me pidió nada y me mandaba dinero continuamente, incluso cuan­do ya era profesor. Le tuve que decir que ahora ya ganaba dinero y que prefería mandárselo yo a ella.

-No te preocupes -me contestó-. No necesito este dinero y seguro que le estás dando buen uso.

La gente se preguntaba de dónde sacaba tanto dinero para comprar mis li­bros, porque yo tenía miles de libros. Tenía miles de libros en casa, incluso cuan­do estaba estudiando en la escuela superior. Toda mi casa estaba llena de libros y todos se preguntaban de dónde sacaba el dinero. Mi abuela me había dicho:

“No le cuentes a nadie que te doy dinero porque, si se enteran tus padres, me empezarán a pedir dinero y me costará mucho negarme».

Siguió dándome dinero. Os sorprenderá saber que, incluso el mes en que murió, me había mandado el dinero habitual. Firmó el cheque la misma maña­na del día en que se murió. Igualmente os asombrará saber que era el último di­nero que le quedaba en el banco. Tal vez supiese que no iba a haber un mañana.

Soy afortunado en muchos sentidos, pero la mayor fortuna ha sido tener a mis abuelos maternos… y aquellos primeros años dorados.

OSHO  -Vislumbres de una infancia dorada-

* Tradicionalmente, un sannyasin, es un buscador espiritual que renuncia al mundo; como utiliza Osho el término, es un buscador, o discípulo, que permanece en el mundo pero trata de traer la meditación y la conciencia a todo lo que ella o él hace.

DANG, DANG, DOKO, DANG. Nunca finjas, ni siquiera respecto a una calavera

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FUGAI ERA UN MAESTRO CONSIDERADO COMO MUY SABIO Y GENEROSO,

AUNQUE  MUY SEVERO

TANTO CONSIGO MISMO, COMO CON SUS DISCÍPULOS.

SE FUE A LA MONTAÑA PARA CONSAGRARSE AL ZAZEN.

ALLÍ VIVÍA EN UNA CUEVA Y CUANDO TENÍA HAMBRE

SE IBA AL PUEBLO A POR RESTOS.

UN DIA UN MONJE LLAMADO BUNDO, ATRAÍDO

POR LAS AUSTERIDADES DE FUGAI,

LLEGÓ A LA CUEVA Y LE ROGÓ QUE LE PERMITIESE PASAR ALLÍ LA NOCHE.

EL MAESTRO PARECIÓ CONTENTO DE DARLE COBIJO,

Y A LA MAÑANA SIGUIENTE LE PREPARÓ  UNAS GACHAS DE ARROZ.

COMO NO TENÍA MAS QUE UN CUENCO,

SALIÓ Y VOLVIÓ CON UN CRÁNEO

QUE ENCONTRÓ ABANDONADO JUNTO A UNA TUMBA.

LO LLENÓ DE GACHAS Y SE LO OFRECIÓ A BUNDO.

EL HUESPED SE NEGÓ A TOCARLO

Y SE QUEDÓ MIRANDO A FUGAI COMO SI  ÉSTE SE HUBIERA VUELTO LOCO.

ANTE LO CUAL FUGAI SE ENCOLERIZÓ

Y LO SACÓ DE LA CUEVA A GOLPES.

“¡ESTÚPIDO!” LE GRITÓ MIENTRAS SE ALEJABAS, “¿CÓMO TÚ, CON TUS IDEAS MUNDANAS ACERCA DE  SUCIEDAD Y       PUREZA,

PUEDES CONSIDERARTE BUDISTA?”

UNOS CUANTOS MESES MÁS TARDE, EL MAESTRO TETSGYU LE HIZO UNA VISITA

Y LE DIJO QUE LE PARECÍA UNA LÁSTIMA

QUE HUBIERA RENUNCIADO AL MUNDO.

FUGAI SOLTÓ UNA CARCAJADA Y DIJO:

“¡OH!, RENUNCIAR AL MUNDO Y CONVERTIRSE EN UN BONZO NO ES TAN DIFÍCIL;

LO DIFÍCIL ES,  A CONTINUACIÓN, LLEGAR A SER UN AUTÉNTICO BUDISTA”.

DANG, DANG, DOKO, DANG

La verdad es una, pero podemos acercarnos a ella de muchas maneras. La verdad es una, pero podemos expresarla de muchas maneras. Dos maneras son muy esenciales; todas las maneras pueden ser divididas en dos categorías. Será bueno entender esta polaridad básica.
O nos acercamos a ella desde la mente, o nos acercamos a ella desde el corazón. Por eso hay dos tipos de religiones en el mundo, ambas verdaderas, ambas significativas, pero opuestas entre sí, la religión de la mente y la religión del corazón. La religión de la mente cree que si eliminas los pensamientos, si te libras de la mente,  llegas a la verdad. La mente es el  obstáculo, la no-mente será la puerta; Budismo, Jainismo, Taoísmo. Estas son las religiones de la mente. Son religiones del análisis profundo, religiones de la conciencia profunda, religiones de la iluminación.
Y luego tenemos las religiones del corazón: Judaísmo, Cristianismo, Islam, Hinduismo. Creen que el camino discurre a través del corazón, que el corazón tiene que fundirse en el amado, en lo Divino.

Las primeras religiones son las religiones de la meditación. La palabra “meditación” no es exactamente apropiada, pero no hay otra palabra para traducir DHYANA en inglés, pues como esta lengua nunca ha conocido una religión de meditación, la palabra no existe. Todas las lenguas occidentales, de hecho, sólo han conocido la religión del corazón, por lo que tienen la palabra perfecta para este método: oración. Pero para DHYANA no tienen ninguna palabra, así que la única palabra que puede ser usada es meditación. De hecho, DHYANA tiene un significado exactamente opuesto; DHYANA significa lo contrario. La palabra “meditación” viene de la raíz griega “medonai”, que significa pensar. La palabra “meditación” significa pensar y DHYANA, que nosotros traducimos como “meditación”, significa cómo no pensar, cómo estar en un estado de no-pensamiento, cómo llegar al punto en que uno está ahí, pero no hay pensamiento, un estado de no-mente, de conciencia pura. Pero meditación es la única palabra, así que la utilizaremos.droppedImage

El zen es la cumbre de la búsqueda budista. El zen es la floración suprema del camino de la meditación. La palabra “zen” viene de DHYANA. DHYANA se convirtió en “chen” en China, y luego “chen” se transformó en “zen” en Japón. Recuerda esto: el zen nació en la India, con Gautama Buda. Cuando Gautama Buda alcanzó su iluminación definitiva, el estado de no-mente, llegó al mundo el conocimiento del camino analítico, el camino del pensamiento correcto, el camino de la correcta memoria y el camino de cómo disolver todo pensamiento, volviéndose más y más consciente de los pensamientos. Basta con observar los  pensamientos para que poco a poco vayan desapareciendo, te conviertes en un mero observador, no te identificas con tu mentación, te mantienes aparte y sigues observando, como si estuvieras en pie junto a una carretera mirando el tráfico. La mente es como el tráfico, muy circular, se va moviendo en un círculo, muy repetitiva, casi maquinal. Vas haciendo lo mismo una vez, y otra, y otra. Toda tu vida no es sino una repetición prolongada, muy circular. La mente es un mandala, un círculo, y se mueve. Si observas, vas tomando conciencia del círculo, del círculo vicioso de la mente. Una y otra vez trae las mismas emociones: la misma cólera, el mismo odio, la misma codicia, el mismo ego… Y tú sigues. No eres  sino una víctima.

Una vez  has concienciado la mente y empiezas a observarla, el puente se ha roto, dejas de estar identificado con la mente. Cuando no estás identificado con la mente, la mente desaparece, porque necesita de tu cooperación para existir.
Durante los próximos diez días hablaremos del zen. Pero para entenderlo correctamente, también tenéis que entender su  opuesto, lo opuesto se convierte en un contraste, un telón de fondo.
El camino de la oración no analiza; no intenta mantenerse consciente, o alerta. Al contrario, el camino de la oración se disuelve completamente en la oración.  No debes ser un testigo, no debes ser un observador, debes estar borracho como un alcohólico y perdido, completamente perdido.

En el camino de la oración, el amor es el objetivo. Debes amar, debes estar tan lleno de amor que tu ego se disuelve en tu amor, se funde en tu amor. En el camino de la oración, Dios es una hipótesis necesaria. Lo llamo una hipótesis porque es una necesidad en el camino de la oración, pero no es una necesidad en el camino de la meditación.
En el camino de la meditación no es necesario ningún Dios: de aquí la influencia y el atractivo del zen en occidente. Dios se ha convertido en algo casi incomprensible. La mera palabra “Dios” parece sucia. En el momento en que dices “Dios” te pones a la gente en contra. De ahí el atractivo del zen en occidente. El cristianismo se está muriendo porque esta hipótesis se ha utilizado demasiado, se ha explotado demasiado. Otra cosa, justo lo opuesto, es necesario. En el camino de la oración tienes que emborracharte, en el camino de la meditación tienes que mantenerte alerta. De ambas maneras el ego desaparece. Si estás totalmente alerta no hay ego, porque en estado de total alerta te vuelves tan transparente que no creas sombra alguna. Si estas completamente borracho, profundamente enamorado de Dios, también desapareces, porque en el AMOR no puedes existir. El resultado es el mismo: el ego desaparece. Y cuando no hay ego, empiezas a saber lo que es la verdad.

Nadie ha sido nunca capaz de decir lo que es; nadie será nunca capaz de decir lo que es. La experiencia es tan definitiva, tan vasta, que es indefinible. Es tan ilimitada que no puede ser puesta en palabras, las palabras son muy mezquinas y la experiencia es tremendamente vasta. Pero por ambos caminos se llega al mismo final. La verdad es una. Los Vedas dicen: “La verdad es una, pero ha sido vista de diferentes maneras por los videntes”.
Así que recuerda esto. Todas las religiones conducen básicamente, intrínsecamente, al mismo fin. Incluso cuando parecen contradecirse, incluso cuando parecen diametralmente distintas, llevan al mismo final.
Por lo que depende de ti qué camino prefieres escoger. Si sientes a Dios, no creencia, la creencia sola no basta, la creencia es algo muerto, si sientes a Dios, si al oír la palabra “Dios” notas un latido sutil, notas un temblor, te sientes inspirado, tu corazón comienza a latir más aprisa, si la simple palabra “Dios” te produce una gran impresión, en este caso puedes seguir el camino de la oración. En este caso, el zen no es para ti, en este caso simplemente tienes que  olvidar el zen, porque el zen sería un obstáculo.

Pero si la palabra “Dios” no tiene sentido para ti, si para ti de hecho ya ha muerto, si Dios está realmente muerto, no te provoca ningún sentimiento, ninguna emoción, no vibra en ti, no late en ti, no transporta tu ser hacia lo desconocido, en este caso el zen es para ti. Cada vez más gente tendrá que seguir el camino del zen, porque el cristianismo, el hinduismo, el islam y el judaísmo, todos ellos, de alguna manera, han sido demasiado explotados. Han perdido su atractivo.

El budismo está aún intacto, es aún fértil y para la mente moderna particularmente tiene un profundo atractivo, porque la mente moderna está hecha de una actitud científica y el zen es absolutamente científico, super-científico. Llega a las mismísimas raíces de tu mente y no te pide que creas en nada. No tiene ninguna hipótesis. No te pide que creas en nada, no tiene ninguna superstición.
La palabra “superstición” es muy bella. Viene del latín “superstes”, que significa: lo que sobrevive, reliquias del pasado, cosas que se han vuelto fútiles pero persisten por ser habituales. Vas a la iglesia, pero vas sin emoción alguna y a lo mejor todas las noches rezas antes de meterte en cama,  pero es sólo un gesto impotente, porque no hay corazón en él. Te limitas a repetir con los labios; son palabras huecas. Quizás es una antigua costumbre, un viejo reflejo condicionado: te enseñaron a rezar en la primera infancia y  sigues haciéndolo. La mente va repitiendo lo que es familiar.

Conferencias sobre el Zen
Capítulo 1: Nunca finjas, ni siquiera respecto a una calavera.

OSHO

Aprovechando los Tiempos de Crisis ¿Quién Guía el destino de la Humanidad?

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Me siento muy confundido. Lo bueno y lo malo ya no tienen ningún significado.

Cuando existe una crisis de identidad, cuando la gente no sabe quién es, cuando el pasado pierde fuerza, cuando la gente se siente desarraigada de lo tradicional, cuando el pasado ya no parece ser relevante, esta crisis se presenta, una gran crisis de identidad: ¿quiénes somos? ¿Qué se supone debemos hacer?

Esta oportunidad puede convertirse también en una maldición, si te vuelves víctima de algún Adolfo Hitler; pero esta maldición puede convertirse en una gran apertura a lo desconocido si eres lo bastante afortunado para estar en la cercanía de un buda. Si eres lo suficientemente afortunado para estar enamorado de un buda, tu vida se puede transformar.

La gente que todavía se arraiga en la tradición, y que piensa que sabe qué es lo correcto y qué es lo incorrecto, nunca vendrá a un buda. Continuará viviendo su vida, la vida rutinaria, la vida aburrida y muerta. Seguirá satisfaciendo sus deberes como lo hacían sus antepasados. Durante siglos ha estado siguiendo un camino y seguirá ese camino trillado.

Por supuesto, cuando sigues un camino trillado, te sientes seguro; mucha gente ha caminado por él. Pero cuando vienes a un buda y comienzas a desplazarte en lo desconocido, no hay carretera, ningún camino trillado. Tendrás que hacer tu propio camino andando; el camino no se encontrará ya trazado.

Puedo animarte para que te manejes por tu cuenta, yo puedo provocar un proceso de indagación en ti; pero no te daré un sistema de pensamiento, no te daré ninguna certeza. Sólo te daré un peregrinaje… un peregrinaje que es arriesgado, un peregrinaje que tiene millones y millones de trampas, un peregrinaje en el que tendrás que enfrentar cada vez más peligros a diario, un peregrinaje que te llevará a la cima de la conciencia humana, al cuarto estado. Pero cuanto más arriba vas, el peligro de caer es mayor.

Sólo puedo prometerte una gran aventura, riesgosa, peligrosa, sin promesa de que lo lograrás, porque lo desconocido no se puede garantizar.

Estás entrando en un espacio hermoso. Si lo bueno y lo malo han dejado de existir, ¡está bien que sea así! Ahora incorpora otra dimensión, no artificial, donde las distinciones no tienen ninguna importancia, donde nada es bueno y nada es malo, donde lo que es es, y lo que no es no es. No es cuestión de bueno y malo; algo es o no es. Bueno y malo no son más que alternativas a escoger: elige esto, o aquello. Te mantienen en la división de lo uno o lo otro.

En el momento en que comienzas a ver la falsedad de todo lo bueno y lo malo, cuando comienzas a ver que son cosas socialmente elaboradas… Por supuesto son útiles, y no estoy diciendo que te adentres en el mercado y te comportes como si no hubiera nada bueno y nada malo. No estoy diciendo que camines en medio de la vía, diciendo que no importa si uno camina a la derecha o a la izquierda.

Cuando estés con la gente, recuerda, para ellos lo bueno y lo malo todavía existe. Sé respetuoso con ellos y con sus sueños. No debes perturbar el sueño de nadie. ¿Quién eres tú? No debes interferir. Se cortés con la gente y sus tonterías, sé cortés con ellos y sus juegos. Pero recuerda en todo momento, en lo profundo nada es bueno, nada es malo.

La existencia está simplemente allí; no hay nada que escoger. Y recuerda, cuando no hay nada que escoger, te encontrarás sin divisiones. Cuando hay algo que elegir, también te divides. La división es una espada de doble filo: divide la realidad por fuera, te divide por dentro. Si eliges, eliges la división, eliges estar dividido, eliges la esquizofrenia. Si no eliges, si sabes que no hay nada bueno, nada malo, eliges la cordura.

No elegir nada es elegir la cordura, el no elegir es estar cuerdo, porque ahora no hay división por fuera, ¿cómo puedes estar dividido por dentro? El interior y el exterior van juntos. Te vuelves indivisible, te vuelves un individuo. Éste es el proceso para volverse un individuo. Nada es bueno, nada es malo. Cuando esto surge en tu conciencia, de repente estás unido, todos los fragmentos han desaparecido en una unidad. Estás cristalizado, estás centrado.

El llegar a saber que nada es bueno, nada es malo, es un momento crucial; es una conversión. Comienzas a mirar al interior; la realidad exterior pierde su significado. La realidad social es una ficción, un drama hermoso; puedes participar en él, pero entonces no lo tomas con seriedad. Es sólo un papel que representar; represéntalo tan maravillosa, tan eficientemente como te sea posible. Pero no lo tomes seriamente, no contiene nada de lo supremo.

Lo supremo es lo interior; el alma indivisible lo sabe. Y, para llegar a esa alma, éste es un buen momento crucial.

OSHO

No ha sido capaz de amar, o no ha sido capaz de recibir amor. No ha sido capaz de compartir su ser. Esa es la miseria

bcfbe211cbCompasión – La Panacea Universal

Sólo la compasión es terapéutica, porque todo lo que está enfermo en el hombre se debe a la falta de amor. Todo lo que está equivocado en el hombre está asociado con el amor: No ha sido capaz de amar, o no ha sido capaz de recibir amor. No ha sido capaz de compartir su ser. Esa es la miseria. Eso crea toda clase de complejos interiormente.

Esas heridas internas pueden emerger de muchas maneras: pueden convertirse en enfermedades físicas, se pueden convertir en enfermedades mentales — pero en el fondo el hombre sufre por falta de amor. Al igual que la comida es necesaria para el cuerpo, el amor es necesario para el alma. El cuerpo no puede sobrevivir sin alimento y el alma no puede sobrevivir sin amor. De hecho, sin amor el alma nunca nace; no es un asunto de su supervivencia.

Por eso digo que la compasión es terapéutica. ¿Qué es la compasión? La compasión es la forma más pura del amor. El sexo es la forma más baja del amor, la compasión la forma más elevada del amor. En el sexo el contacto se basa en lo físico; en la compasión el contacto es básicamente espiritual. En el amor, la compasión y el sexo se mezclan, lo físico y lo espiritual también se mezclan. El amor está a medio camino entre el sexo y la compasión.

Puedes decir que la compasión también es oración. Puedes decir que la compasión es también meditación. La forma más elevada de energía es la compasión. La palabra compasión es bella: la mitad es pasión; de alguna manera la pasión se ha convertido en algo tan refinado que ya no es pasión. Se ha vuelto compasión.

En la compasión, simplemente das. En el amor, estás agradecido porque el otro te ha dado algo. En la compasión, estás agradecido porque el otro ha tomado algo de ti; estás agradecido porque el otro no te ha rechazado. Tú llegaste con energía para dar, llegaste con flores para compartir y el otro te lo permitió, el otro fue receptivo. Tú estás agradecido porque el otro fue receptivo.

La compasión es la forma más elevada del amor.

La angustia más grande en la vida se da cuando no puedes expresar, cuando no puedes comunicarte, cuando no puedes compartir. El hombre más pobre es aquél que no tiene nada para compartir, o que tiene algo para compartir pero ha perdido la capacidad, el arte de compartirlo; entonces un hombre es pobre.

El hombre sexual es muy pobre. El hombre amoroso es más rico comparativamente. El hombre de compasión es el más rico — está en la cima del mundo. El no tiene confinamiento, ni limitaciones. Simplemente da y recibe y continúa su camino. Ni siquiera espera que le des las gracias. Con tremendo amor él comparte su energía.

Esto es lo que yo llamo terapéutico.

A menos que alguna vez se haya producido en ti la compasión, no pienses que has vivido correctamente o que has vivido del todo.

La compasión es el florecimiento. Y, cuando la compasión se da en alguna persona, millones se curan. Cualquier persona que entre en contacto con ella se sana. La compasión es terapéutica.

OSHO