EL SECRETO DE LA FELICIDAD

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“Algo debe suceder en mi vida para que yo pueda alcanzar la paz (la felicidad, la realización, etcétera). Y resiento que no haya sucedido todavía. Quizás con mi resentimiento logre que suceda finalmente”.

“Algo sucedió en el pasado que no debió suceder y lo resien­to. Si eso no hubiera sucedido, tendría paz ahora”.

“Me está sucediendo algo que no debería sucederme y me está impidiendo tener paz”.

Muchas veces, las creencias inconscientes apuntan a una persona, de manera que la palabra “suceder” se reemplaza por “hacer”.

“Deberías hacer esto o aquello para que yo pueda tener paz. Y resiento que no lo hayas hecho. Quizás con mi resentimien­to logre que lo hagas”.

“Algo que tú (o yo) hicimos, dijimos o dejamos de hacer en el pasado me está impidiendo tener paz”.

“Lo que haces o no haces ahora me está impidiendo tener paz”.

Eckhart Tolle

Eckhart Tolle

Todas las citas anteriores son supuestos que no se han examinado y que confundimos con la realidad. Son historias creadas por el ego para convencernos de que no podemos estar en paz en el presente y tampoco ser nosotros mismos. Estar en paz y ser quienes somos es lo mismo. El ego dice: quizás en un futuro podré tener paz si tal o cual cosa sucede o si obtengo aquello o me convierto en lo de más allá. También dice: no podré estar en paz jamás a causa de algo que sucedió en el pasado. En general, todo el mundo cuenta la misma historia, “por qué no puedo tener paz ahora”. El ego no sabe que nuestra única oportunidad para estar en paz es ahora. O quizás sí lo sabe pero teme que lo averigüemos. Después de todo, la paz representa la aniquilación del ego.

¿Cómo podemos alcanzar la paz ahora? Haciendo la paz con el momento presente. El momento presente es el campo en el cual transcurre el juego de la vida. No puede jugarse en ningún otro lugar. Una vez hecha la paz con el momento presente, podemos ver lo que sucede, lo que podemos hacer o lo que optamos por hacer, o más bien, lo que la vida hace a través de nosotros. Hay cuatro palabras en las cuales se encierra el secreto del arte de vivir, el secreto del éxito y la felicidad: uno con la vida. Ser uno con la vida significa ser Uno con el Ahora. Entonces nos damos cuenta de que no vivimos la vida, sino que ésta nos vive. La vida es la bailarina y nosotros somos la danza.

Al ego le encanta estar resentido con la realidad. ¿Qué es la realidad? Cualquier cosa que es. Buda la denominó tatata, el tal o cual de la vida, es decir, nada más que el tal o cual de este momento. Oponerse a ese tal o cual es una de las principales características del ego. Esa oposición crea la negatividad de la cual se alimenta el ego, la infelicidad que tanto le gusta. De esta manera sufrimos y hacemos sufrir a los demás sin siquiera saberlo, sin darnos cuenta de que estamos creando el infierno en la tierra. Crear sufrimiento sin reconocerlo es la esencia de la vida inconsciente y es estar completamente bajo el control del ego. La incapacidad del ego para reconocerse y ver lo que hace es verdaderamente aterradora e increíble. El ego hace exactamente lo que condena en los demás y ni siquiera se da cuenta. Cuando se lo señala, recurre a la negación, la ira, los argumentos y las justificaciones que distorsionan los hechos. Y todo el mundo lo hace, las personas, las empresas y los gobiernos. Cuando todo lo demás falla, el ego recurre a los gritos y hasta a la violencia física. ¡Que manden al ejército! Es entonces cuando reconocemos la sabiduría de las palabras de Jesús en la cruz: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Para poner fin a la desgracia que se ha cernido sobre la condición humana durante miles de años, debemos comenzar con nosotros mismos y asumir la responsabilidad por nuestro estado interior en todo momento. Eso significa que debe ser ahora mismo. Pregúntese si hay negatividad en su interior en este mismo momento. Entonces preste atención a sus pensamientos y también a sus emociones. Esté alerta a esa infelicidad latente a la cual me referí anteriormente, en cualquiera de sus formas: descontento, nerviosismo, hastío, etcétera. Esté alerta a los pensamientos que aparentemente justifican o explican esa infelicidad pero que en realidad son los causantes de la misma. Tan pronto como tome conciencia de un estado negativo en su interior no piense que ha fallado. Significa que ha tenido éxito. Mientras no hay esa conciencia, prevalece la identificación con los estados interiores, y esa identificación es el ego. Con la conciencia se suspende la identificación con los pensamientos, las emociones y las reacciones. Este estado no debe confundirse con la negación. Al reconocerse los pensamientos, las emociones y las reacciones, se suspende automáticamente esa identificación. Entonces cambia nuestro sentido de lo que somos, nuestra sensación de ser: antes éramos pensamientos, emociones y reacciones; ahora somos conciencia, la Presencia consciente que observa esos estados.

“Un día me liberaré del ego”. ¿Quién habla? El ego. Liberarse del ego realmente no representa un gran esfuerzo. Lo único que se necesita es tomar conciencia de los pensamientos y las emociones en el mismo momento en el que suceden. No se trata realmente de “hacer”, sino de “ver”. En ese sentido, es cierto que no hay nada que podamos hacer para liberarnos del ego. Cuando se produce el cambio de pasar de pensar a observar, entra a operar en nuestras vidas una inteligencia muy superior a la astucia del ego. Las emociones y hasta los pensamientos se despersonalizan a través de la conciencia. Reconocemos su naturaleza impersonal. Dejan de estar cargados del “yo”. Son solamente emociones y pensamientos humanos. Toda la historia personal, la cual no es más que un cuento, un paquete de pensamientos y emociones, pasa a ocupar un lugar secundario y deja de ocupar el primer lugar en la conciencia. Deja de ser la base de nuestro sentido de identidad. Pasamos a ser la luz de la Presencia, la conciencia profunda que antecede a los pensamientos y las emociones.

ECKHART TOLLE

Thalia – Amore Mío (Letra / Lyric Video)

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¿Cómo una mente embotada, un corazón insensible, puede tener relación con otra persona? Sólo una mente sensible, un corazón despierto al afecto, puede estar relacionado con algo

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Casi todos preferimos ocultarnos a nosotros mismos en la convivencia

Y la vida de relación será mero estímulo, un entretenimiento, mientras nos sirvamos de los demás como medio de satisfacción propia, o como una necesidad, para huir de nosotros mismos. Tal relación está llamada a ser un conflicto, un dolor; y algo que produce dolor deja de ser una distracción. Deseamos,por lo tanto, escapar a esa relación; y a esto le llamamos desapego.

Pregunta: A mí me parece que el movimiento de la vida se experimenta en la relación con las personas y las ideas. El desprenderse de tal estímulo implica vivir en un vacío deprimente. Yo necesito distracciones para sentirme vivir.

 

Krishnamurti: En esta pregunta está implícito el problema íntegro del desapego y la convivencia. Ahora bien, ¿por qué deseamos estar desligados? ¿Qué instinto es ese, que a la mayoría de nosotros nos hace querer apartarnos, estar desligados? Puede que, para casi todos nosotros, esa idea del desapego haya surgido porque tantos instructores religiosos nos han hablado acerca de ello. “Debéis desprenderos de todo para encontrar la realidad; debéis renunciar, debéis abandonarlo todo, y sólo entonces hallaréis la realidad”. ¿Pero es que en la convivencia podernos estar desligados? ¿Qué entendemos por convivencia? Tendremos, pues, que ahondar esta cuestión con cierto esmero.

Veamos ahora por qué tenemos esa reacción instintiva, esa constante propensión al desapego. Los diversos instructores religiosos han dicho: “Debéis estar desligados”. ¿Por qué? El problema, en primer lugar, es este “¿Por qué estamos apegados? “No se trata de saber estar desligados, sino por qué estáis apegados. Es seguro que si podéis hallar respuesta a eso, el problema del desapego no existe, ¿verdad? ¿Por qué estamos apegados a las atracciones, a las sensaciones, a las cosas de la mente o del corazón? Si podemos descubrir por qué estamos apegados, entonces, tal vez, hallaremos la respuesta justa, que no consiste en cómo lograr el desapego.

¿Por qué estáis apegados? ¿Y qué sucedería si no lo estuvierais? Si no estuvierais apegados a vuestro propio nombre, a vuestros bienes, a vuestra posición – ya lo sabéis, a todo ese cúmulo de cosas que forman vuestro “yo”; vuestros muebles, vuestro coche vuestras características e idiosincrasia, vuestras virtudes, creencias e ideas – ¿qué ocurriría? Si no estuvierais apegados a esas cosas, hallaríais que sois como la nada, ¿no es así? Si no estuvierais apegados a vuestras comodidades, a vuestra posición, a vuestra vanidad, os sentiríais súbitamente perdidos, ¿verdad? De modo que el temor a ese vacío, el temor a no ser nada, hace que os apaguéis a algo: vuestra familia, vuestro esposo o esposa, una silla, un automóvil, vuestro país; no importa lo que sea. El temor de no ser nada hace que uno se adhiera a algo; y el proceso de aferrarse implica conflicto, dolor. Porque aquello a que os aferráis no tarda en desintegrarse, en morir: vuestro coche, vuestra posición, vuestros bienes, vuestro esposo. Así, pues, en el proceso de retener hay dolor; y para evitar el dolor decimos que hay que estar desligado.

Examinaros a vosotros mismos, y veréis que ello es así. El miedo a la soledad, el miedo a no ser nada, el miedo al vacío, nos hace apegarnos a algo: a un país, a una idea, a un Dios, a alguna organización, a un Maestro, a una disciplina, a lo que os plazca. En el proceso de apego hay dolor; y, para evitar ese dolor, tratamos de cultivar el desapego; y así persistimos en ese círculo que siempre es doloroso, en el que siempre hay lucha.

Ahora a bien: ¿por qué no podemos ser como la nada, algo inexistente, no sólo en el nivel verbal sino en lo íntimo? Entonces ya no hay problema de apego o desapego, ¿verdad? ¿Y en ese estado puede haber convivencia? Eso, en efecto, es lo que este interlocutor desea saber. El dice que sin relaciones con personas e ideas, uno vive en un vacío deprimente. ¿Es cierto, eso? ¿La convivencia es un proceso de apego? Cuando estáis apegados a alguien, ¿estéis relacionados con esa persona? Cuando estoy apegado a vosotros, cuando me aferro a vosotros, cuando os poseo, ¿estoy relacionado con vosotros? Llegáis a ser una necesidad para mí porque sin vosotros estoy perdido, me siento incómodo, desdichado, solo. Os convertís, pues, en una necesidad para mí, en uno cosa útil, en algo para llenar mi vacío. Vosotros no sois lo importante; lo que importa es que llenéis mi necesidad. ¿Y existe convivencia alguna entre nosotros cuando sois para mí una necesidad, una cosa necesaria, tal como un mueble?

Dicho de otra manera: ¿puede uno vivir sin relaciones? ¿Y es la vida de relación un mero estimulo? Porque sin eso que llamáis distracción os sentís perdidos, no os sentís vivir. Es decir, tratáis la convivencia como una distracción que os hace sentir vivos. Eso es lo que dice el autor de la pregunta.

¿Así, pues, puede uno vivir en el mundo sin convivencia? Evidentemente no. No hay nada que pueda vivir en el aislamiento. A algunos de nosotros quizá nos agradaría vivir aislados; pero ello no es posible. La vida de relación, por lo tanto, se convierte en una simple distracción, que os hace sentir como si estuvierais vivos. El reñir unos con otros, el sostener luchas, disputas, etc., produce una sensación de vida. De manera que la convivencia se convierte en mera distracción. Y como dice el interlocutor, sin distracciones os sentís muertos. Por eso utilizáis la convivencia como un simple medio para distraeros; y es obvio que la distracción, ya se trate de la bebida, de ir al cine, de acumular conocimientos – cualquier forma de distracción – embota la mente y el corazón, ¿no es así? ¿Cómo una mente embotada, un corazón insensible, puede tener relación con otra persona? Sólo una mente sensible, un corazón despierto al afecto, puede estar relacionado con algo.

De modo que, mientras consideréis la convivencia como distracción, viviréis evidentemente en un vacío porque os asusta salir de ese estado de distracción. De ahí que temáis cualquier clase de desapego, de separación. La convivencia es, pues, una distracción que os hace sentiros vivos. La verdadera convivencia, en cambio, no es, distracción; es, en realidad, un estado en el que os halláis constantemente en proceso de entenderos a vosotros mismos en relación con algo. Es decir, la convivencia no es una distracción sino un proceso en el cual uno se revela a sí mismo; y esa autorevelación es muy penosa porque en la convivencia no tardáis en descubriros a vosotros mismos, si estáis abiertos a tal descubrimiento. Como casi ninguno de nosotros, empero, desea descubrirse, como casi todos preferimos ocultarnos a nosotros mismos en la convivencia, ésta llega a ser ciegamente penosa, y procuramos desligarnos de ella. La vida de relación no es un estímulo. ¿Por qué queréis que la convivencia os estimule? Si ello ocurre, entonces la convivencia languidece, al igual que el estímulo. No sé si habéis notado que cualquier clase de estímulo termina por embotar la mente y disminuir la sensibilidad del corazón.

De suerte que la cuestión del desapego nunca debiera plantearse, porque sólo el que posee piensa en renunciar. Nunca, empero, se pregunta él por qué posee, cuál es el “trasfondo” que ha hecho de él un hombre posesivo. Cuando comprende el proceso de poseer, entonces, naturalmente, se libra de la posesión; no que cultive un opuesto, como el desapego. Y la vida de relación será mero estímulo, un entretenimiento, mientras nos sirvamos de los demás como medio de satisfacción propia, o como una necesidad, para huir de nosotros mismos. Lleguéis a ser muy importantes para mí porque en mí mismo yo soy muy pobre; en mí mismo nada soy, y, por lo tanto, vosotros lo sois todo. Tal relación está llamada a ser un conflicto, un dolor; y algo que produce dolor deja de ser una distracción. Deseamos, por lo tanto, escapar a esa relación; y a esto le llamamos desapego.

Así, pues, mientras nos sirvamos de la mente en la vida de relación, no podremos entender la convivencia. Porque, después de todo, la mente es la que nos hace desligarnos. Cuando hay amor no existe el problema del apego o del desapego. El amor no es producto del pensamiento: no podéis pensar acerca del amor. Es un estado de ser.

Y cuando la mente interviene por medio de sus cálculos, de sus celos, de diversos y sutiles engaños, entonces surge el problema en la vida de relación. La convivencia sólo tiene significación cuando es un proceso en que uno se revela a sí mismo; y si en ese proceso uno actúa en forma profunda, amplia y extensa, entonces hay paz en la convivencia, no la lucha ni el antagonismo entre dos personas. Sólo en esa quietud, en esa convivencia en la que existe la fruición del conocimiento propio, está la paz.

El Conocimiento de Uno Mismo

Krishnamurti