-En el pasado, yo te daba plantas de poder -dijo-. Al principio, hiciste lo imposible por convencerte de que lo que experimentabas eran alucinaciones. Después, querías que fueran alucinaciones especiales. Me acuerdo mucho de cómo me burlaba de tu insistencia en llamarlas experiencias alucinatorias didácticas.

Comentó que cada uno de nosotros, como indivi­duos, estamos separados del conocimiento silencioso por barreras naturales, propias de cada individuo, y que la más inexpugnable de mis barreras era mi insistencia en hacer aparecer mi holgazanería como independencia.

Lo reté a darme un ejemplo concreto. Le recordé que él mismo me había advertido que una de las estratagemas que ganan debates es emprender críticas en general, que no se pueden apoyar con ejemplos concretos.

Don Juan me encaró con una sonrisa radiante.

-En el pasado, yo te daba plantas de poder -dijo-. Al principio, hiciste lo imposible por convencerte de que lo que experimentabas eran alucinaciones. Después, querías que fueran alucinaciones especiales. Me acuerdo mucho de cómo me burlaba de tu insistencia en llamar­las experiencias alucinatorias didácticas.

Dijo que mi necesidad de demostrar mi ilusoria in­dependencia me forzaba a no aceptar lo que él me decía acerca de esas experiencias: aunque yo mismo silenciosa­mente sabía lo que él estaba haciendo. Estaba empleando plantas de poder, a pesar de ser medios muy limitados, para mover mi punto de encaje fuera de su posición ha­bitual y hacerme entrar, de ese modo, en parciales y tran­sitorios estados de conciencia acrecentada.

-Utilizaste esa barrera de falsa independencia para explicarte a ti mismo tus experiencias con las plantas de poder -continuó-. La misma barrera sigue funcionan­do hasta el día de hoy. Ahora, la pregunta es: ¿cómo arre­glas tus conclusiones para que tus experiencias actuales encajen dentro de tu esquema de holgazanería?

Le confesé que el único arreglo que me permitía mantener mi falsa independencia era el no pensar acerca de mis experiencias.

La carcajada de don Juan casi lo hizo caer de su silla. Se levantó y caminó para recobrar el aliento. Se sentó de nuevo ya recobrada la compostura. Se alisó el cabello ha­cia atrás y cruzó las piernas.

Dijo que nosotros, como hombres comunes y co­rrientes, no sabemos que algo real y funcional, nuestro vínculo con el intento, es lo que nos produce nuestra preocupación ancestral acerca de nuestro destino. Ase­guró que, durante nuestra vida activa, nunca tenemos la oportunidad de ir más allá del nivel de la mera preocu­pación, ya que desde tiempos inmemoriales, el arrullo de la vida cotidiana nos adormece. No es sino hasta el mo­mento de estar al borde de la muerte que nuestra preocu­pación ancestral acerca de nuestro destino cobra un dife­rente cariz. Comienza a presionarnos para que veamos a través de la niebla de la vida diaria. Pero por desgracia, este despertar siempre viene de la mano con la pérdida de energía provocada por la vejez. Y no nos queda fuerza suficiente para transformar nuestra preocupación en un descubrimiento positivo y pragmático. A esa altura, todo lo que nos queda es una angustia indefinida y pene­trante; un anhelo de algo incomprensible; y una rabia comprensible, por haber perdido todo.

-Me gustan los poemas por muchas razones -di­jo-. Una de ellas es porque captan esa preocupación an­cestral y pueden explicarlo.

Reconoció que los poetas estaban profundamente afectados por el vínculo con el espíritu, pero que se da­ban cuenta de ello de manera intuitiva y no de manera deliberada y pragmática como lo hacen los brujos.

-Los poetas no tienen una noción directa del espíritu -continuó-. Esa es la causa por la cual sus poe­mas realmente no son verdaderos gestos al espíritu, aunque andan bastante cerca.

Tomó uno de mis libros de poesía de la silla próxima a él. Era una colección de poemas escritos por Juan Ramón Jiménez. Lo abrió en una página señalada por un marcador; me lo tendió e hizo señas para que leyera.

 

¿Soy yo quien anda, esta noche, por mi cuarto,

o el mendigo que rondaba mi jardín, al caer la tarde?…

Miro en torno y hallo que todo es lo mismo y no es lo mismo…

¿La ventana estaba abierta? ¿Yo no me había dormido?

¿El jardín no estaba verde de luna? …

…El cielo era limpio y azul… Y hay nubes y viento y el jardín está sombrío…

Creo que mi barba era negra…  Yo estaba vestido de gris…

Y mi barba es blanca y estoy enlutado…

¿Es mío éste andar?

¿Tiene esta voz, que ahora suena en mí, los ritmos de la voz que yo tenía?

¿Soy yo, o soy el mendigo que rondaba mi jardín, al caer la tarde?…

Miro en torno… Hay nubes y viento…

El jardín está sombrío…

…Y voy y vengo…

¿Es que yo no me había ya dormido?

Mi barba está blanca… Y todo es lo mismo y no es lo mismo…

Releí el poema otra vez para mis adentros y capté el estado de impotencia y azoro del poeta. Le pregunté a don Juan si él captaba lo mismo.

-Creo que el poeta siente la presión de la vejez y el ansia que eso produce -dijo don Juan-. Pero eso es sólo una parte. La otra parte, la que me interesa es que el poeta, aunque no mueve nunca su punto de encaje, intuye que algo increíble está en juego. Intuye con gran precisión que existe un factor innominado, imponente por su misma simplicidad que determina nuestro destino.

Carlos Castaneda

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El campo de batalla final

Es infinito mi agradecimiento por la suerte de haberme tropezado de bruces con las invencibles herramientas que el nagual Carlos Castaneda dejó para navegar en el universo. Está la Regla, la que reveló en diciembre de 1991. Está la recapitulación de Florinda la Grande gracias a la cual quienes lo conocimos podemos utilizarlo como puente para acceder al resto de los brujos y a todos los secretos de las veintisiete generaciones, incluido el Desafiante de la Muerte.

Está su  aviso, utilísimo en estos tiempos de ingeniería biológica: “La Mente es el Volador”. Gracias a su mapa podemos conocer un derrotero para alcanzar el mundo sutil, pues este mundo en el que usted lee ahora este texto, seguirá su curso, aunque tal vez se salve por carambola.

A lo largo de los cuarenta y seis capítulos anteriores he ido narrando los sucesos con la linealidad en la que ocurrieron en el tiempo, así como he ido señalando datos que, de manera sincrónica, íbamos obteniendo los protagonistas, de forma que el lector puede ir percibiendo y sintiendo, aunque sea sutilmente, el mismo estado de trance que los protagonistas sentimos en su momento: la perplejidad, el asombro, la ira, el desánimo, la euforia, el vacío, la concentración. Si pudiéramos acompañar al relato los ejercicios, los ayunos, las disciplinas, las dietas y las circunstancias, nos acercaríamos más al estado receptivo y acrítico con que seguíamos aquella corriente de energía. Y si a todo esto añadiéramos la presencia de los brujos, sus promesas, sus señalamientos personales a cada uno de los que estuvimos en su cercanía, sus ausencias y los eslogans del final del tiempo, de la ida sin retorno  a la segunda atención, de la desaparición porque el fuego interno les prendía, el panorama del trance en el que fuimos imbuidos estaría conseguido con cierta fidelidad.

La disonancia cognitiva que, con gran acierto, perseguían los brujos provocar en los grupos secretos anteriores a la época de la publicidad, de tal manera que el seguimiento conductual de una disciplina física, emocional e intelectiva, anulara la capacidad crítica en los aprendices, dejaba campo abierto para el señalamiento de un enemigo que mantenía en tensión continua al practicante: los voladores, presencias o entidades que constituían nuestra propia mente. Huir de nuestra propia mente provocaría, finalmente, un colapso, un vacío, del cual, con las mayores garantías, intentaría salir el protagonista asiéndose a lo que le infundiera una mínima confianza: el propio origen de la doctrina que había liberado al practicante de tamaño peligro. Es decir, el Nagual y sus brujos. Este esquema estructural se repite, con más o menos elegancia, en todos los grupos de control mental, religiosos, militares, políticos, mercantiles, deportivos y, en general, de cualquier tipo asociativo. Y este esquema estructural da pie a dos teorías, igual de conspiranoicas. Una teoría es la de que los seres humanos forman parte de una cadena depredatoria universal. En el universo conocido los seres vivos sobreviven gracias a que devoran de alguna manera a otros seres vivos situados en un nivel trófico inferior. Ahora bien, esta lectura no hay que hacerla sólo en el plano físico y testable, sino intersectando diversos planos invisibles a nuestra vista y a nuestros sentidos, pero en los que existen quienes nos depredan de la misma manera que nosotros criamos, matamos y comemos, por ejemplo, pollos, vacas o vegetales.

Los humanos pertenecen, pues, a la granja humana, viven en un humanero como las gallinas viven en un gallinero. Y ni los unos ni las otras son plenamente concientes. La segunda teoría es la de los memes. Como dije al principio, arranca de una idea de Richard Dawkins de los años setenta, que posteriormente ha ido siendo desarrollada por algunos evolucionistas modernos. Los memes son la contraparte intelectiva de los genes. El gen que forma a todos los seres vivos es el verdadero ser. Cada uno de los seres vivos son meras cáscaras, vehículos replicantes que sirven para portar a sus reales dueños que se reproducen masivamente con independencia de que sus portadores vivan bien o mal: los genes. El gen es un ser egoísta a quien sólo le interesa perdurar. El ser humano, como portador de su estructura genética, es un ser predeterminado a funcionar de una manera social dentro de la que deberá subsistir disciplinadamente. Su tarea es simple: reproducirse para perpetuar su estructura genética. El ser humano, así mismo, cree que dirige sus pensamientos, pero sus pensamientos, las ideas que maneja, siempre le vienen dadas. Todo lo más que puede hacer el ser humano es intentar reformarlas. Pero para que una idea se reforme ha de reformarse en el entorno que ha proporcionado esa idea al ser humano que pretende tal cosa. El ser humano, pues, es un punto en una red. Y en esa red las ideas circulan con independencia de quienes las piensan. También ahí, el ser humano es sólo un mandado: recibe, procesa y emite, más o menos, las mismas ideas recibidas.

Y si acaso alguna vez nos encontramos con una idea nueva, revolucionaria, lo más probable es que esa idea misma se haya desarrollado como una mutación genética. Las ideas, como los genes, mutan, y crecen y se reproducen las que tienen fuerza de supervivencia, las mejor adaptadas al medio, y desaparecen las que no soportan el medio. Hay una estructura básica en las ideas semejante al ADN genético, estructuras a partir de las cuales las ideas se reproducen con códigos propios dentro de su perímetro de control: son los memes, y son egoístas, y tampoco nos pertenecen del todo a los humanos. Los humanos somos puntos materiales e intelectuales a través de los que pasan corrientes de energía que funcionan por sí solas y nos obligan, en un gigantesco efecto marioneta, a movernos y actuar de determinada manera.

Esos memes son, pues, substancia invisible absolutamente ajena a nosotros. Esos memes son mente no humana, son mente social. Son como los “voladores” de Carlos Castaneda y su clan. En la literatura sobre memética se mantiene por los diversos autores que la cultivan, que Dios es un meme. Es el meme por excelencia dentro de la especie humana. Detrás de ese meme hay multitud de memes de grado inferior. Carlos Castaneda y sus brujos, que son en este caso con quienes hemos lidiado, descubrieron que esto es así, y tienen mecanismos de reacción operativos para escapar. Pero los memes, a su vez, tienen mecanismos de defensa y por eso siempre se producen inesperadas e inexplicables contrainformaciones. Ésa es la lucha.

Es infinito mi agradecimiento por la suerte de haberme tropezado de bruces con las invencibles herramientas que el nagual Carlos Castaneda dejó para navegar en el universo. Está la Regla, la que reveló en diciembre de 1991. Está la recapitulación de Florinda la Grande gracias a la cual quienes lo conocimos podemos utilizarlo como puente para acceder al resto de los brujos y a todos los secretos de las veintisiete generaciones, incluido el Desafiante de la Muerte. Está el Segundo Anillo de Poder, para utilizarlo después de su partida. Está su método de parar el diálogo interno, de hacer el silencio total y, por tanto, de frenar la dirección del tiempo para virarlo hacia donde convenga, atrás, a los lados, darle más prisa o enlentecerlo. Está su  aviso, utilísimo en estos tiempos de ingeniería biológica: “La Mente es el Volador”. Gracias a su mapa podemos conocer un derrotero para alcanzar el mundo sutil, pues este mundo en el que usted lee ahora este texto, seguirá su curso, aunque tal vez se salve por carambola.

Juan Morales

Carlos Castaneda y sus adláteres: “la mente es el volador”

Ahora quedan sus libros, esos manojos de información a los que él mismo quitaba últimamente importancia y emplazaba a tirarlos a la basura. Él estará, a buen seguro, navegando ya por los océanos sutiles de la conciencia, origen cierto y único e indestructible de este universo pobre y físico, batido por emociones, gozos y dolores, que arrumban al hombre a una situación de continua lucha.

El doce de diciembre de 1991 conocí a Carlos Castaneda, en Madrid, y sus enseñanzas significaron para mí la culminación del grado de sospecha con el que, por mi cuenta, me había confrontado a las formas occidentales de pensar y conocer el mundo.  No obstante, la experiencia con Carlos Castaneda fue asaz paradójica, pues, al parecer, tropecé con él en el periodo más desintegrador, desmitificador y ridículo de su trayectoria. Como resultado quedé, en el campo del pensamiento, huérfano de todo origen, laico, entumecido por la incoherencia de las formas de enfrentar el mundo, ya fuera pensando o sin pensar. Sin embargo, en toda esta aventura existencial fue tomando cuerpo una premisa rara, repetida últimamente por Carlos Castaneda y sus adláteres: “la mente es el volador”, enigmática afirmación que, para entenderla bien, exige una más detallada descripción de los hechos, de los encuentros y desencuentros con Castaneda, a fin de colmar la curiosidad de quienes gustamos de explicaciones que nos señalen un camino, o un instrumento descriptible, capaces de intervenir en la realidad modificándola.

Hay seres con entidad propia cuyo objetivo es perdurar utilizando los cuerpos de los seres en los que se manifiestan, como materia para inmortalizarse, como “hardware” que nace, crece, se reproduce y muere dando paso a nuevos replicantes. Los seres humanos, por ejemplo, son la materia dentro de la cual viven y se reproducen los “memes” que han logrado desarrollar las diversas ideas que esclavizan al hombre y que se organizan, como la materia viva, y se dividen en especies y subespecies, y buscan, a la postre, su propia supervivencia. Algunos humanos llevan ya ejercitando prácticamente las ventajas de controlar los “memes”, lo cual se puede entender en términos distintos como controlar la mente. Entre ellos está Carlos Castaneda y su grupo y un sinfín de comunidades de control mental que se encargan de sacar jugo pragmático a la substancia eidética hasta límites insospechados y a los cuales, alegre e inocentemente, catalogamos en Occidente de “sectas”.

Pero el conocimiento no depende de que las comunidades científicas o sociales lo permitan o no. Y desde luego, el conocimiento del que se habla en sus libros, a fuer de ser explícito, es un conocimiento como el de las artes marciales: sólo lo intenta refutar quien no lo ha visto, pero no quien lo ha vivido, porque ocurre. Y lo que es más importante: implica muchas y novedosas cosas para esta humanidad a punto de perderse en la inanidad y en la catástrofe, pero que, como siempre, seguro que se salva por carambola.

Juan Morales

Una Realidad aparte

Cuando un hombre se embarca en el camino del guerrero, poco a poco se va dando cuenta de que la vida ordinaria ha quedado atrás para siempre. Los medios del mundo ordinario ya no le sirven de sostén y debe adoptar un nuevo modo de vida para sobrevivir.

En las citas extraídas de Una realidad aparte empieza a evidenciarse con notable claridad el sentido de ánimo que los chamanes del México antiguo plasmaron en todos sus empeños de intento. El propio don Juan me señaló, en nuestras conversaciones sobre aquellos antiguos chamanes, que un aspecto de su mundo que resultaba de supremo interés para los modernos practicantes era la afiladísima conciencia que esos chamanes habían desarrollado sobre la fuerza universal que llamaban intento. Explicaba que el vínculo que cada uno de esos hombres tenía con dicha fuerza era tan limpio y nítido que podían influir en las cosas a placer. Don Juan decía que el intento de esos chamanes, desarrollado con tal afilada intensidad, era la única ayuda con la que contaban los practicantes modernos.

Lo expresó en términos más mundanos al decir que los practicantes modernos, si fueran honestos consigo mismos, estarían dispuestos a pagar cualquier precio por el hecho de vivir al amparo de un intento semejante.

Don Juan afirmaba que cualquiera que mostrara el más leve interés por el mundo de los cha­manes de la antigüedad era inmediatamente atraí­do al círculo de su afiladísimo intento. El intento de aquellos chamanes era, para don Juan, algo inconmensurable que ninguno de nosotros podía cancelar. Por otra parte, razonaba, no había nece­sidad de cancelar un intento semejante, ya que era la única cosa que importaba: era la esencia del mundo de aquellos chamanes, un mundo que los modernos practicantes codiciaban más que cual­quier otra cosa imaginable.

El sentido de ánimo que emana de las citas de Una realidad aparte no es algo que yo arreglara a propósito. Ese talante afloró con independencia de mis deseos y objetivos. Incluso podría decir que era lo opuesto a lo que tenía en mente. Era el misterioso resorte de la rueda del tiempo que, oculto en el texto del libro, se había activado súbitamente adquiriendo un estado de tensión: una tensión que dictaba la dirección de mis esfuerzos.

Mientras escribía Una realidad aparte podía afirmar, con toda honestidad, que estaba felizmente involucrado en un trabajo de campo antropoló­gico, al menos en lo que concernía a mis sentimientos acerca de mi trabajo. De hecho, mis sentimientos y pensamientos se encontraban tan alejados del mundo de los chamanes de la antigüedad como los del que más. Don Juan tenía una opinión diferente. Siendo un guerrero experimentado, sabía que yo no tenía ninguna posibilidad de sustraerme al magnetismo del intento que aquellos chamanes habían creado. Ya estaba inmerso en él, al margen de lo que creyera o deseara.

Ese estado de cosas desencadenó en mí una ansiedad subconsciente. No era una ansiedad que pudiera definir o localizar; ni siquiera estaba cons­ciente de ella. Impregnaba mis actos sin darme la posibilidad de detenerme conscientemente en ella o de buscarle una explicación. Volviendo la vista atrás, sólo puedo decir que estaba mortalmente asustado, aunque no podía determinar qué era lo que me asustaba.

Intenté analizar muchas veces esa sensación de temor, pero inmediatamente me sentía fatigado, aburrido. Al momento encontraba infundadas y superfluas mis indagaciones, y terminaba abando­nándolas. Le pregunté a don Juan sobre mi estado de ánimo. Quería su consejo, su opinión.

‑Sólo estás asustado ‑dijo‑. Eso es todo. No busques razones misteriosas para tu miedo. La razón misteriosa está justo delante de ti, a tu alcance. Es el intento de los chamanes del México antiguo. Estás tratando con su mundo, y ese mundo te muestra su rostro de vez en cuando. Por supuesto, no soportas esa visión. Tampoco yo podía soportarla en mi época. Ninguno de noso­tros la podía soportar.

‑¡Me está hablando con enigmas, don Juan!

‑Sí, de momento. Algún día te resultará claro. Por ahora es una estupidez intentar hablar de ello o darte explicaciones. Nada de lo que estoy inten­tando mostrarte tendría sentido. Cualquier banalidad inconcebible tendría infinitamente más sen­tido para ti en este momento.

Don Juan tenía razón. Todos mis temores estaban provocados por una banalidad de la que me avergonzaba entonces y todavía me avergüen­zo ahora: tenía miedo a ser poseído por el demo­nio. Tales temores me habían sido inculcados desde una edad muy temprana. Cualquier cosa inexplicable era, naturalmente, algo diabólico, algo maligno que buscaba destruirme.

Cuanto más profundas eran las explicaciones de don Juan acerca del mundo de los antiguos chamanes, mayor era mi sensación de que necesitaba protegerme. Esa sensación no era algo que pudie­ra expresarse con palabras. Más que una necesidad de proteger el yo, se trataba de la necesidad de proteger la veracidad y el innegable valor del mundo en el que vivimos los seres humanos. Mi mundo era para mí el único mundo reconocible. Si ese mundo era amenazado se producía en mí una reacción inmediata, una reacción que se manifes­taba en una clase de miedo que nunca sabré expli­car; un miedo que hay que haber sentido para poder captar su inmensidad. No era miedo a la muerte o al dolor. Era, más bien, algo inconmen­surablemente más profundo que eso. Era tan pro­fundo que cualquier practicante de chamanismo sería incapaz tan siquiera de conceptualizarlo.

‑Has llegado, tras un rodeo, a ponerte justo enfrente del guerrero ‑dijo don Juan.

Por aquel entonces ponía muchísimo énfasis en el concepto de guerrero. Decía que ser un guerrero era, por supuesto, mucho más que un mero concepto. Era un modo de vida, y ese modo de vida era lo único que podía detener el miedo y el único canal del que podía servirse un practicante para dejar circular libremente el flujo de su acti­vidad. Sin el concepto de guerrero era imposible superar los obstáculos del camino del conoci­miento.

Don Juan definía al guerrero como un lucha­dor por excelencia. Era un estado de ánimo, un talante propiciado por el intento de los chamanes de la antigüedad; un ánimo en el que cualquier hombre podía introducirse.

‑El intento de aquellos chamanes ‑dijo don Juan‑ era tan agudo, tan poderoso, que solidifi­caba la estructura de guerrero en quienquiera que lo pulsara, aun cuando no fuera consciente de ello.

Para los chamanes del México antiguo, el gue­rrero era, en síntesis, una unidad de combate tan afinada para la lucha en su entorno, tan extraordi­nariamente alerta que, en su forma más pura, no necesitaba nada superfluo para sobrevivir. Un guerrero no tenía necesidad de regalos, ni de ser apoyado con palabras o con actos, ni de recibir consuelo o incentivos. Todas esas cosas estaban incluidas en la propia estructura del guerrero. Dado que tal estructura estaba determinada por el intento de los chamanes del México antiguo, aquellos chamanes se aseguraron de incluir en ella cualquier cosa previsible. El resultado final era un luchador que luchaba solo y que extraía de sus propias silenciosas convicciones todo el impulso que precisaba para seguir adelante, sin quejas, sin necesidad de reconocimiento.

Personalmente, encontraba fascinante el con­cepto de guerrero, al tiempo que me parecía una de las cosas más aterradoras con las que jamás me había topado. Pensaba que, de adoptar ese concepto, llegaría a esclavizarme sin tener el tiempo o la disposición para protestar, analizar o quejarme. Quejarme había sido un hábito de toda mi vida y, la verdad, habría luchado con uñas y dientes con tal de no renunciar a él. Pensaba que quejarse era propio de un hombre sensible, valiente y directo que no titubea en defender sus actos ni en decir lo que le gusta y lo que le disgusta. Si todo eso iba a convertirse en un orga­nismo luchador, corría el riesgo de perder más de lo que podía soportar.

Eso era lo que pensaba por dentro. Y, sin embargo, codiciaba la dirección, la paz, la eficien­cia del guerrero. Una de las grandes ayudas que emplearon los chamanes del México antiguo para establecer el concepto de guerrero fue la idea de tomar nuestra muerte como compañera, como testigo de nuestros actos. Don Juan decía que en cuanto se acepta esta premisa, por muy livianamente que sea, se tiende un puente que salva el abismo entre nuestro mundo de los asuntos coti­dianos y algo que tenemos enfrente y que no tiene nombre; algo que está perdido en una niebla, que parece no existir; algo tan tremendamente difuso que no puede utilizarse como punto de referencia, pero que está allí, innegablemente presente.

Don Juan afirmaba que el único ser de la Tierra capaz de cruzar ese puente era el guerrero: silen­cioso en su lucha, imparable porque no tiene nada que perder, práctico y eficaz porque tiene todo que ganar.

Carlos Castaneda

Cuando Don Juan Matus abandonó este mundo

El hecho de no ver nunca más a don Juan no podía ser aliviado por ninguna pseudotarea. Naturalmente, lo primero que hice fue suplicarle que me llevara con él.

‑No estás preparado todavía ‑respondió‑. Seamos realistas.

‑Pero podría prepararme en un abrir y cerrar de ojos, ‑le aseguré.

-No insistas. Insistir no cabe en el mundo de los guerreros.

Relatos de poder lleva la marca de mi caída definitiva. En la época en la que tuvieron lugar los acontecimientos que se narran en el libro sufrí una profunda sacudida emocional, la crisis del guerrero. Don Juan Matus abandonó este mundo dejando a sus cuatro aprendices en él. Don Juan se dirigió a cada uno de esos aprendices y les asignó una tarea. A mí, aquella tarea me parecía un placebo que carecía del más mínimo significado en comparación con aquella pérdida.

El hecho de no ver nunca más a don Juan no podía ser aliviado por ninguna pseudotarea. Naturalmente, lo primero que hice fue suplicarle que me llevara con él.

‑No estás preparado todavía ‑respondió‑. Seamos realistas.

‑Pero podría prepararme en un abrir y cerrar de ojos, ‑le aseguré.

‑No lo dudo. Estarías preparado, pero no para mí. Yo exijo una eficacia perfecta. Exijo un intento impecable y una disciplina impecable. Tú aún no los tienes. Los tendrás, te estás acercando; pero todavía no has llegado.

‑Usted tiene el poder de llevarme, don Juan, aunque yo no esté a punto y sea imperfecto.

‑Supongo que sí; pero no lo haré porque sería un vergonzoso desperdicio. Lo perderías todo, créeme. No insistas. Insistir no cabe en el mundo de los guerreros.

Aquella afirmación bastó para detenerme. Pero en mi fuero interno, sin embargo, anhelaba irme con él, aventurarme más allá de los límites de todo lo que conocía como normal y real.

Cuando llegó el momento en que abandonó efectivamente el mundo, don Juan se convirtió en una especie de coloreada y vaporosa luminosidad. Era pura energía, fluyendo libremente en el universo. En ese momento mi sensación de pérdida fue tan intensa que quise morir. Prescindí de todo lo que don Juan había dicho y, sin dudarlo, me arrojé a un precipicio. Pensaba que si hacía eso, don Juan estaría obligado a llevarme consigo y a salvar cualquier ápice de conciencia que me quedara, muerto y todo.

Pero por razones que me resultan inexplica­bles, tanto desde las premisas de mi cognición nor­mal como desde la cognición del mundo de los chamanes, no morí. Me quedé solo en el mundo cotidiano, mientras que los tres componentes de mi grupo se dispersaron por el mundo. Era un des­conocido para mí mismo, lo que hacía que mi sole­dad fuera más intensa que nunca. Me veía a mí mismo como un infiltrado, como una especie de espía que don Juan había dejado atrás impelido por oscuras razones.

Carlos Castaneda

Un Camino con Corazón

El único inconveniente de tan magnífico cuadro es que para penetrar en las maravillas de este mundo, o en las maravillas de cualquier otro mundo, un hombre necesita ser un guerrero: sereno, recogido, indiferente, templado por los embates de lo desconocido. Tú aún no tienes ese temple. Tu deber es, por tanto, buscar esa plenitud antes de poder siquiera hablar de aventurarte en el infinito.

Las citas tomadas del texto de Relatos de poder muestran la cualidad desconocida del mundo; no del mundo de los chamanes, sino del mundo de la vida cotidiana, que es, según don Juan, tan rico y misterioso como el que más. Lo único que necesitamos para captar las maravillas de este mundo de la vida cotidiana es tener el suficiente desapego. Pero, más que desapego, lo que necesitamos es tener el afecto y el abandono suficientes.

‑Un guerrero debe amar este mundo ‑me había advertido don Juan‑, para que este mundo que parece tan corriente se abra y revele sus mara­villas.

Cuando formuló esta afirmación nos hallábamos en el desierto de Sonora.

‑Es una sensación sublime ‑dijo‑ estar en este desierto maravilloso, contemplando sus picos escabrosos de aquello que parecen montañas y que, en realidad, son formaciones de lava de volcanes desaparecidos hace largo tiempo. Es una sensación gloriosa descubrir que algunas de esas pepitas de obsidiana se formaron a unas temperaturas tan elevadas que todavía conservan la marca de su origen. Tienen muchísimo poder. Es algo soberbio vagar sin rumbo por aquellos picos escarpados y encontrar súbitamente un trozo de cuarzo capaz de captar las ondas de radio. El único inconveniente de tan magnífico cuadro es que para penetrar en las maravillas de este mundo, o en las maravillas de cualquier otro mundo, un hombre necesita ser un guerrero: sereno, recogido, indiferente, templado por los embates de lo desconocido. Tú aún no tienes ese temple. Tu deber es, por tanto, buscar esa plenitud antes de poder siquiera hablar de aventurarte en el infinito.

Carlos Castaneda

ADVERTENCIA

La brujería es el uso especializado de la energía -dijo, y como yo no respondí, siguió explicando-. Ver la brujería desde el punto de vista del hombre común y corriente es ver o bien una idiotez o un insondable misterio, que está fuera de nuestro alcance. Y, desde el punto de vista del hombre común y corriente, esto es lo cierto, no porque sea un hecho absoluto, sino porque el hombre común y corriente carece de la energía necesaria para tratar con la brujería.

ADVERTENCIA

Desde que por vez primera se publicó mi trabajo, me han preguntado si mis libros son ficción. Y yo he manifestado continuamente que lo que he hecho en mis libros es describir fielmente las diferentes facetas de un método de instrucción utilizado por don Juan Matus -un indio mexicano brujo- para enseñarme a comprender el mundo en términos de un grupo de premisas que él llamaba brujería.

El aprender a manejar de manera inteligente el mundo de la vida cotidiana, nos toma años de adiestramiento. Nuestra preparación, ya sea en el razonamiento mundano o en temas especializados, es muy rigurosa, porque el conocimiento que se nos trata de impartir es muy complejo. Idéntico criterio puede aplicarse al mundo de los brujos; sus métodos de enseñanza, los cuales dependen de la instrucción oral y de la manipulación de la conciencia de ser, aunque diferentes de los nuestros, son igualmente rigurosos, puesto que su conocimiento es tan, o hasta quizás más, complejo que el nuestro.

En varias ocasiones, a fin de ayudarme, don Juan trató de poner nombre a su conocimiento. El creía que el nombre más apropiado era nagualismo, pero que el término era demasiado oscuro. Llamarlo simplemente “conocimiento” lo encontraba muy vago, y llamarlo “hechicería”, sumamente erróneo. “La maestría del intento” y “la búsqueda de la libertad total” tampoco le gustaron por ser términos abstractos en exceso, demasiado largos y metafóricos. Incapaz de encontrar un término adecuado optó por llamarlo “brujería”, aunque admitiendo lo inexacto que era.

En el transcurso de los años, don Juan me dio diversas definiciones de lo que es la brujería, sosteniendo siempre que las definiciones cambian en la medida que el conocimiento aumenta. Hacia el final de mi aprendizaje, me pareció que estaba yo en condiciones de apreciar una definición tal vez más compleja o más clara que las que ya había recibido.

Carlos Castaneda